Crimen y castigo

Tony-Vito

Imposible cenar contigo si no fotografiabas el plato que ibas a comer.

Un recuerdo de nuestra cena, pensaba yo entonces… hasta que lo ponías en Facebook.

Tristes eran los postres cuando observabas desolado que tenías un solitario “me gusta”. No se puede vivir para los “me gustas” de Facebook. Suele convertirse en algo trágico.

Sin embargo, los bogavantes te salían de unos colores fantásticos, he de reconocerlo. Claro que no podía ser de otra manera, porque si no te habías comprado el último iPhone que estaba a la venta no te atrevías a sacarlo del bolsillo. A ver si el camarero iba a pensar que no te lo podías permitir.

Cuando me decías que habías adelgazado unos treinta kilos porque habías pagado uno de los mejores hoteles expertos en adelgazamiento, de esos que preparan tu cuerpo con comidas regulares, paseos a ciertas horas y tiempo para la meditación, la verdad es que no mentías del todo. Me han dicho que la cárcel donde estuviste, tenía estas prestaciones.

Desde luego, a ti te había dado un aspecto bastante mejor. El que te hubiesen prohibido el alcohol y no te dejaran tomar hamburguesas a altas horas de la noche mientras veías, embelesado, películas de matones y mafiosos, a los que emulabas por las mañanas inventando alguna estafa por Internet… ¿Cómo llamabas tú a eso…? !Ah, sí, ya recuerdo! Ser empresario. En cierta manera tenías razón, creo que Vito Corleone tenía negocios parecidos y Tony Soprano también, sólo que él era mucho más simpático.

Siento haberte cortado el grifo de “emprendedor”, es todo un desperdicio, lo sé. Pero me enfadaba que dejases a tantas familias en la calle con tus estafas y cuando me enteré… En fin, siempre he sido mala para los “negocios”, hasta tú me lo decías.

Ahora con los treinta kilos otra vez a cuestas, y la poli pisándote los talones, se ha vuelto más difícil lo de los viajes, el champán y los spas.

Tu error fue pensar que las rubias éramos todas tontas.

Ahora el bogavante me lo voy a tomar yo, pero no voy a sacarle fotos, no vaya a ser que no me pongan un “me gusta” en Facebook y pase mala tarde.

Los cobardes

monos-sabios

Si los ves, diles que he estado aquí, que vivo aquí.

Y aquí llueve.

¿Has visto llover alguna vez?

¿Sabes leer las gotas de agua?

¿Te produce miedo y te ocultas tras los cristales, o sales para que el agua te rocíe la cara?

¿De qué modo ves llover?

¿Eres de los que llamas para hablar del tiempo o sabes escuchar?

¿Te ocultas tras tus ventanales, aunque eres consciente de que a ti también te va a llover?

Yo salgo a mojarme el rostro, a veces muerta de miedo, y otras, orgullosa de no ser de los que se oculta, intentando obviar la certeza de que, quiera o no, un día, me voy a mojar.

Todos nos vamos a mojar.

Por eso, en mi mundo, no existen opciones y los que están conmigo, están todos empapados.

Estado condicional

Woman thinking

La maldita condición, si hubiera, si no fuera, si pudiera, si todo no se hubiese desarrollado así, si no hubiese escogido ese camino en aquel momento, si en ese segundo no se hubiera cruzado en mi camino aquello o aquél, si no hubiese tomado esa decisión, si lo hubiese visto antes, si no lo hubiera permitido aún sabiéndolo, si las circunstancias hubiesen sido otras…

Odiosas palabras las que se expresan en condicional, la maldita condición, malditas condiciones, cuyos oxidados hierros nos mantienen encerrados sin dejarnos avanzar más que a patosos trompicones y estúpidos errores propios de nuestra naturaleza.

Tu perspectiva del mundo

Sea

Una misma copa de vino sabe distinto según el sitio en que la tomes, las emociones que sientas o las circunstancias en las que te encuentres.

No es suficiente con comunicarse de forma coherente, razonable o con exponer ideas brillantes.

La aceptación de tu forma de vivir, de tus charlas o escritos siempre se halla supeditada a quien recibe el mensaje.

Los receptores te interpretarán de formas muy diversas, que dependerán de factores tales como, el prisma de sus emociones, sus prejuicios, sus ideas preconcebidas o de sus creencias determinadas. No existe un receptor objetivo, al tiempo que no existe un mensaje objetivo.

Aunque todos nos hallamos bajo unas circunstancias parecidas, mientras unos piensan que la vida es un juego, otros la encuentran aburrida, algunos arriesgada, están los que piensan que es una aventura, otros creen que es una fiesta y algunos, te dirán que carece de sentido.

La manera en que vivimos, hablamos o escribimos debe nacer desde la creación, el riesgo, el entusiasmo, la libertad, la individualidad y la originalidad, no desde el conformismo.

No podemos vivir o expresarnos intentando adaptarnos a un pensamiento que nos es ajeno. La fidelidad debe ser hacia nosotros mismos. Las audiencias o las personas que nos entiendan, serán entonces, limitadas.

El crear un proyecto individual se basa en elegir aquellos elementos, actividades o personas que encajen más con nosotros, o en que ellos nos elijan.

El mensaje sólo llega al receptor si se identifica con tu modo de ver el mundo, es decir, si siente empatía con lo que dices o haces.

Todos nosotros estamos buscando la mejor manera de resolver un problema o satisfacer un deseo. Y por ello, buscamos sin cesar, nos lanzamos a curiosear en las vidas ajenas o a leer lo que piensan otros porque tenemos hambre de encontrar piezas que aún sentimos vacías.

Todo el mundo tiene su audiencia. El problema es que ni ella ni tú, podéis llamaros por teléfono, quedar y conoceros.

Por este motivo, seguimos viviendo, hablando y escribiendo, por nuestras ansias de lanzar mensajes para ser encontrados y entendidos.

Y navegamos, presos de esa acuciante sospecha de no ser jamás localizados, o de serlo cuando sea demasiado tarde, mientras continuamos con nuestra búsqueda.

Uno de tantos

Justicia 2

¡Debiste ceñirte a la primera versión!

¿Por qué dejaste que ese médico escribiera ese informe sobre tu mierda de dedo? ¡Eres una estúpida!

Si no hubieras ido a verlo, ni hablado por un dedo roto, tu mierda de dedo…

El juez, lo absolvió, basándose en que había sido tan solo una pelea. Ni siquiera influyó en él, ni en la fiscal o demás mujeres de la sala que ella apenas pudiera tenerse en pie después de su operación.

Supongo que todos ellos saldrán a la calle con algún lacito en cuanto la maten.

Mi isla

Isla

Afrontar esta locura global no es fácil sin tu espacio privado.

Tu isla es un lugar donde te cobijas de todas las bombas de furia y miseria que nos acechan a diario en cada esquina.

La pérdida de confianza en tu privacidad es un golpe rápido y certero. Algo que, a mí, me resulta insoportable.

Si ocurriera, sería el principio del fin, ya que por mucho que viajes o por mucha gente que conozcas, hay siempre un lugar de descanso del que formas parte tú y esas escasas personas de confianza que te entienden sin que expliques y que forman parte de esa maleta de la que jamás te puedes deshacer.

Hay gente que llena su isla de gente vacía, sólo por llenarla con muchos.

Esos son los que están solos. Sin embargo, son necesarios, porque mantienen el equilibrio del universo.

Estas personas, en realidad, nos complementan. Son oscuros, nacen del odio, el rencor, la baja autoestima, de problemas personales o de la envidia. Y se rodean de gente también vacía para obviar que no son queridos por quienes son.

De todos modos, son necesarios, porque al juntarse entre ellos construyen sus islas compuestas de mentiras consentidas donde la verdad es sólo algo de lo que huyen.

Resulta muy distinto que te fastidie un tonto, pues no entenderá tu respuesta. Esta falta de compresión, no me afecta de forma excesiva. Es comparable a establecer un combate de esgrima con quien no porta sable. Es un duelo insulso e inútil.

Por el contrario, si el combate se mantiene contra un contrincante inteligente, la batalla se convertirá en laboriosa y entretenida a partes iguales. Y tus respuestas, formarán parte de un diálogo en el que se abrazarán diferentes puntos de vista.

A los tontos no les contestas, y a los inteligentes, aunque son más difíciles de rebatir, sin duda, son mucho más divertidos, por eso mi isla, definitivamente, es muy divertida.

Tus palabras

Pluma

Anoche entraste en mis sueños y, sin esperarte, estabas.

¿Cómo atravesaste el muro que los siglos separaban?

 

La magia de tus palabras era la llave perdida, aquella que no encontraba.

Ni una pregunta siquiera, para saber qué pasaba.

 

Como a ti te gusta hacerlo, entraste sin que esperara.

Y presa de tus palabras, como hace siglos estaba,

Doblé en poemas mi vida, aquellos que escribe el alma.

 

Tú regresaste con versos, que sólo a mí me tallabas.

Ahora ambos escribimos lo que nos inspira el alma.

 

Y desnudamos palabras, cada noche, cada día.

El tiempo somos nosotros, tras eso, la vida acaba.

 

Sólo tú, yo, los poemas,

y la llave: Tus palabras.

 

No me toques el arroz

Cocina

Las cebollas estaban picadas en trocitos y empezaban a hacer ese ruido chispeante, como susurrándote que las dejes en paz un rato, a fuego lento, si puede ser.

Como lenta y pacífica iba a ser la preparación de mi cena esa noche.

Abrí la nevera para coger el resto de los ingredientes.

Sola en la cocina, después de tanto tiempo. No lo podía creer.

Retomaba mi ritual. Un ritual, cuyos pasos, la mayoría de las veces se abrían a la improvisación.

Me apoyé en la encimera de mármol y, con la copa de vino en la mano, recapacité con regocijo unos instantes, sobre cómo iba a seguir todo aquel proceso.

Un sinfín de ingredientes se paseaban por mi mente en secreto, la cebolla era innegociable, pero había dos tipos de verduras que llevaban dos días impertérritas, sempiternas, eternas y constantes en mi nevera, suplicando que las utilizase para mi arroz.

Mientras abría la puerta del frigorífico para rescatarlas, noté una leve respiración en mi nuca.

Uno de mis mayores placeres y del que disfruto, sólo cuando tengo tiempo, es cocinar. Llevaba seis meses sin hacerlo. Siempre cocinaba él y esta vez le había prohibido que se acercase a un metro de la cocina.

Sin embargo, allí estaba, con esa sonrisa molesta del que mira, no con la intención de compartir, ni acompañar, sino para molestar, interrumpir, sugerir y sugería siempre que se cocinase como en su país, y si en su país se pone cilantro, orégano o eneldo al salmón, pues te sugiere que se lo eches a tu arroz con marisco.

Sin embargo, yo no me hallaba propicia a la discusión. Sonreí, le ofrecí una copa de vino, lo que en España se traduce como una invitación a compartir, a participar… pero esta vez no me iba a tocar el arroz.

Estaba decidida a cocinar yo sola, al igual que yo había dejado que él cocinase durante todos aquellos meses. Incluso con ese estrés de la persona que no disfruta cocinando, sino sólo comiendo. Yo lo había tolerado y esperaba lo mismo.

Se inclinó a oler la sartén y se aproximó a mí mientras cortaba las verduras.

Me hizo indicaciones para que no me cortase un dedo. Imposible, pues utilizo cuchillos que no cortan precisamente para no tener que fijarme en esas chorradas o no tener que irme con un dedo colgando al hospital.

  • Ese cuchillo no corta, dijo.

No contesté.

Bebió algo de vino y reiteró su peligrosa aproximación a mi sartén, pues llevaba en la mano un botecillo de color rojo oscuro.

Sin preguntar, comenzó a volcar un polvo de color rojizo por encima de las cebollas.

No pude evitar que me subiesen las pulsaciones. Habíamos hablado de ello. Habíamos quedado en que tenía un problema de control. Y lo más estúpido, me había confesado que estaba harto de cocinar ¡qué siempre cocinaba él!

Mi cara se puso roja de ira. Retiré con una cuchara lo que pude del nuevo ingrediente y lo invité cortésmente a que desapareciese de la cocina.

Proseguí cortando pimientos y miré de reojo al resto de las verduras jugando mentalmente a conjugar sabores varios.

¡Cómo había echado de menos a la ceremonia que rodeaba aquello!

Apareció otra vez. Esta vez más nervioso. Parecía que su obligación consistía en realizar indicaciones periódicas sobre cómo él haría el arroz.

¡Venía con una lista! Todo un inventario de quejas esta vez algo más ofensivas con el fin de ofender al cocinero, vamos, a mí: los ingredientes, el nivel de agua en la sartén, el punto de sal y un largo etcétera.

Parecía sufrir, sudaba, se movía de forma nerviosa por toda la cocina, agarrado a su lista y asomándose a los fogones.

Tras superar su número de interrupciones consideré necesario interrumpir mi labor.

Me acerqué al pie de madera en el que él guardaba relucientes y recién afilados todos sus cuchillos y le pregunté si le parecía mejor que cortase con éstos, como me había sugerido antes.

Dejó de sudar, ante la posibilidad de mi renuncia, ante el hecho de comenzar a dominar de nuevo. Se calmó y asintió complacido.

Pues, a mí también me parece muy bien, porque aquí, en España, es costumbre como toque final al arroz ¡¡¡echarle un poquito de sangre del tocapelotas que te lo estropea!!! ¡Y menos mal que no vives en Valencia! ¡Ahí creo que los matan si les tocas la paella!

Mi arroz de marisco salió perfecto, lo tomé sola mirando al mar con una copa de vino.

Él ahora vive en su país, creo que limpia cocinas, pero cuando llega a su casa puede ponerle eneldo a TODO.

Entre viñedos

Grapes

Sopla el viento entre los viñedos.

Espero ansiosa esa cena entre amigos.

Cada opinión de la mañana mudará, desatada en conversaciones, cuando se ponga el sol.

Entre viñedos.

La espera de cosecha anuncia una buena racha de buena salud, prosperidad, abundancia, riqueza, felices perspectivas un porvenir mejor.

Espero entre viñedos a que el vino lave mi alma de inquietudes.

Miro el paisaje como posible borrador de una escena que se desarrollará en esa conversación alzando nuestras copas de vino.

Resuena en mis oídos lo que dijeron otros hace miles de páginas y que ahora me relee el viento sur.

Dejaré un hueco a mi lado, en la mesa, por si alguien me contesta desde esas extrañas brechas que, en muchas ocasiones, abre el vino.

Necesito una respuesta, una respuesta de aquellas, de viñedos entre amigos.

Me expondré a la perspectiva, a cualquier perspectiva, a una distinta. Sólo escucharé para retomar aire. Hoy no hay sitio para más.

Sólo quiero cenar entre viñedos, entre promesas de sueños.

En una de esas cenas con un testigo minúsculo, una copa de vino, cuya desproporción está en la altura de su vértigo.

Haberlas haylas, hasta en tu barrio

meiga volando

Por estas tierras, de todos es conocido que, en esas calles donde silba el viento, en los caminos que azota la lluvia, en fragas umbrosas o en las encrucijadas de las carreteras, nos podemos encontrar con esos seres misteriosos a los que llamamos “meigas”.

Los que somos gallegos, sabemos que “haberlas haylas”, la cuestión es dónde buscar a las verdaderas brujas.

Sin embargo, debo advertiros de que, a veces, se cuelan en tu propia casa y se destapan tan solo con que pronuncies una inocente queja. Es entonces, cuando sientes ese súbito escalofrio que te recorre todo el cuerpo, esa certeza.

Me encontraba sentada escribiendo tranquilamente frente a mi ordenador cuando llamaron a la puerta.

El dueño del ultramarinos situado debajo de mi casa, se apresuró a subirme un pedido en el ascensor, cargado de bolsas con todas las cosas que le había encargado.

El hombre que regenta este pequeño negocio es muy afable, algo bruto, sí, como buen gallego, dispuesto a que tu pedido siempre alcance los cincuenta euros. Si le pides dos kilos de algo, te trae tres, o sea que si tienes treinta en casa, no lo llames o dile que aparezca con “el chisme”. Es así como él llama al aparato para cobrarte con tarjeta.

Mientras le indicaba dónde dejar las botellas de agua y el resto del pedido, mantuvimos una conversación de pura cortesía sobre cómo me iba y frases comunes de esa índole.

Yo, distraída, más bien pensando dónde colocar todo aquello, le contesté, por decir algo, que tenía que hacer un conjuro contra un fulano, que era el mal en persona para todo el que se topaba con él.

Proseguí diciendo que, como buena meiga gallega, esta noche de San Juan, me iba a emplear a fondo en deshacerme de la racha de mala suerte que, a mi entender, había traído el susodicho especimen a mi vida.

Continuaba yo con mi perorata, sin prestar mucha atención al del ultramarinos, mientras recapacitaba sobre que las latas de atún que me estaba colocando encima de la mesa de la cocina, me servirían para confeccionar una buena ensalada.

Sin embargo, él ya se había quedado con mis palabras sobre el “meigallo” grabadas en su mente.

Sin dudar un segundo, y con una cara muy seria, abandonó su tarea, se giró hacia mí y me respondió: “Pero mujer, para eso te paso yo un número de teléfono y con un par de puñaladas te lo arreglan enseguida”.

Me quedé estupefacta, de piedra, inmóvil, ya que, muy al contrario que yo, él iba totalmente en serio con aquello de deshacerse del tipo.

¡Tenía en mi propia casa al Padrino! o, por lo menos, a uno que trabajaba para las meigas, pero de las malas.

¿Cómo iba a sospechar yo que el paisano del ultramarinos de mi barrio, que se pasaba el día cortando chorizo, pertenecía a alguna organización  que iba por ahí cargándose al personal?

No sabiendo qué contestar a tamaño ofrecimiento, corrí a buscar la cartera, aunque tenía la certeza de que aquello no se arreglaba con una simple propina.

Y es que “haberlas haylas”.

Feliz Noche de San Juan,

Una meiga.