PERDIDOS

Map Better

Es inevitable perderse cuando te obligan.

Hay conductores que van huyendo, huyen de las autopistas porque son caras, y más, si atraviesas Europa. Huyen de la gente porque, según cambias de país, te hablan un idioma diferente ¡Qué gente tan rara! Si pasas por Francia, te hablan francés, si pasas por Alemania, alemán. Y es que hay que huir de semejantes locos.

Si haces un viaje con uno de estos conductores temerosos del mundanal ruido, lo lógico y normal, es que te pierdas. Te pierdes y lo haces en todos los sentidos.

Te pierdes porque te obligan a ir mapa en mano indicándoles caminos alternativos que, si bien, hacen que se ahorren un buen dinero en autopistas, también es verdad que les hacen gastar el doble en gasolina.

Tomas curvas y más curvas, atajos y más atajos, caminos inhóspitos, sin gente, sin casas. Bueno, sí, a veces te topas con una casa, pero sólo una.

Mientras conducen, te obligan con gritos histéricos o furia desatada, a que les indiques si hay que encaminarse hacia, la A8, pasando por el terruño B1 pero sin atravesar la autopista A2.

Y tú, tan cansada como aturdida, te dedicas a descifrar un mapa que, si fueras sola conduciendo, arrojarías por la ventana y, simplemente, seguirías las enormes y claras indicaciones de las autopistas de Europa, que no se parecen en nada a las de mi tierra. En mi tierra tienes que saberte de memoria los pueblos intermedios, porque los gallegos siempre ocultan el destino, por aquello de si te enteras de algo. Pues, en Europa no es así, sólo tienes que seguir el cartel que dice, PARÍS…, BRUSELAS…, GINEBRA, que es la que me apetece tomar a mí cuando estoy al lado de estos seres miedosos y cobardes.

Y tú sigues medio bizca, pues suelen querer conducir por la noche para pasar desapercibidos, ir de incógnito y no encontrarse ni con tráfico, ni con gente, ni con nada que tenga vida o les hable, sigues mirando el dichoso mapa, al que has dado tantas vueltas que, más que un mapa, parece una sábana centrifugada.

Y en estos agradables viajes, con estos conductores que sufren a lo largo de todo el trayecto una especie de ataque de pánico continuado, te dejas decir que, como eres mujer, te has equivocado y que ellos “creen” que, a pesar de lo que diga yo y el mapa, hay que torcer a la derecha. Y por mucho que les expliques que si tuercen, se van a ir directos a Alemania, no se convencen hasta que leen un cartel que dice: “Deutschland”.

Entonces nos deleitan con otro ataque de pánico, pues no hablan ni papa de alemán y empiezan a gritar: “¿Qué pone ahí? ¿Qué dice ese cartel? ¡La culpa la tienes tú porque no sabes leer los mapas! ¡Las mujeres no tenéis orientación! ¡Estos alemanes son una mierda, ponen todos los carteles en alemán!”

Llegados a este punto, me suplican que los lleve a una autopista donde haya gente “civilizada” que hable algún idioma “normal”.

Y como soy así de idiota, en vez de bajarme del coche e irme a un hotel a disfrutar de una ducha y una buena comida, los llevo de vuelta a una autopista.

Abandono el dichoso mapa y leo los carteles para hacer todo el camino de vuelta, entre las quejas y protestas del conductor de marras sobre el gasto inútil de gasolina.

Y, por fin, llegamos a la ansiada autopista. Sin embargo, estos conductores no se sentirán del todo a gusto, pues en el país vecino, resulta que hablan francés y esto tampoco les va, aunque se resignan.

Eso sí, la cola es interminable y ahí, yo no puedo ayudar. Pero, en su mente enferma, encuentran enseguida la solución. Y ésta no es otra que apagar el motor y situarse al lado del vehículo para, cada vez que avance el coche situado delante de nosotros en la cola, empujar y frenar el coche con las manos durante unos metros, conmigo dentro.

Y yo, me sacrifico a aguantar hasta llegar a mi punto de destino, tras unos treinta empujones de vehículo con la consiguiente frenada. Por supuesto, ya he decidido que, una vez se haya terminado semejante vergonzosa pesadilla, tomaré un avión o un tren de vuelta a casa. Hasta entonces, sólo me queda hundirme en el asiento del copiloto para pasar lo más desapercibida posible de la vista de los demás conductores que, por muy franceses que sean, no son idiotas.

Claro que, en cuanto alcanza el control de la autopista, él gritará mi nombre para que le traduzca lo que ése “francés imbécil” le quiere cobrar, ya que no le entiende, porque, el muy “bobo, sólo le habla en francés”.

Y es que hay gente que debería quedarse en su tierra, allí se entiende todo. Bueno, ellos quizá no.

 

Antes de acabar este año

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Antes de acabar este año, uno de los más difíciles de mi vida, en los que me he agarrado al sentido de humor como única arma para defenderme de imponderables, no quiero dejar de escribiros que ha sido:

Un año con el que podría llenar, fácilmente, las páginas de un libro en el que se mezclarían mucho tipo de géneros, pero que no creo que dejara indiferente al lector.

Un año en el que he descubierto con quién se puede contar y con quién no.

Un año en el que las montañas se hacían cada día más grandes y en el que, a causa de los continuos sustos, no sabía si iba a amanecer con pelos en la cabeza o si se me habrían caído todos.

Ahora, en estos últimos momentos del año, miro hacia atrás y me pregunto cómo he podido ascender una montaña con tantos picos y sólo puedo contar las horas para que empiece el otro, con la esperanza de que sea mejor.

Gracias a todos los que habéis estado ahí y a todos los que me alegráis el día con vuestras entradas.

Espero seguir compartiendo muchos momentos con vosotros.

Feliz Año 2017 a todos.

Livia

El mago de la tristeza

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El mundo es feo, sólo que hay personas que lo embellecen casi sin darse cuenta.

Aprietan toda esa fealdad entre sus labios y la sueltan en forma de belleza para sorprendernos.

Convierten lo imposible en poesía, la tristeza y desesperación en versos, la desolación en canciones que se nos quedan grabadas en la mente sin pretenderlo.

Saben rodearse de esa serenidad que sólo enseña el tiempo.

Han vivido muchas más vidas más que el resto de nosotros.

Nos hablan sobre la tristeza del mundo, sobre todo lo que nos rodea, aquello que, en nuestra cotidiana estupidez, nos negamos a ver.

Ellos saben que el mundo es feo, por eso lo reciclan con sus poemas, con sus canciones, y nos regalan esos espacios iluminados de calidez.

Narran sus vidas repletas de oscuras imágenes de las que ellos se ríen porque saben transformar la fealdad en belleza.

Están preparados porque han vivido sombrías tristezas y saben cómo sentir la belleza.

Suelen ser ellos los que antes nos abandonan dejándonos rodeados de toda la fealdad que nos ofrece el mundo.

Y, ahora, todo se torna algo más feo, otra vez.

Me pregunto si sabremos vivir sin ellos…

El malentendido

enfermera

Entró en la sala con un aire decidido y amenazador.

  • ¿Cuál es la de las dos?, preguntó.

Sentadas la una junto a la otra, en un incómodo sofá negro de la sala de espera, nos miramos impertérritas. Ella a mí y yo a ella.

-Eres tú, dijo mi acompañante.

Hija de puta, pensé angustiada.

– Mi cita es a las doce, a ver si se equivocan y me trepanan la mandíbula, le dije a mi amiga.

Ella me miró sin hablar, sonrió e insistió.

  • Es ella, le dijo a la enfermera.

Me sentí traicionada. No lo podía creer.

Esta vez, la voz insistió, algo más impaciente:

  • ¿Cuál es de las dos?

¡Ah! Eso es distinto, pensé.

  • Pues soy yo, dije con cara de resignación.

Y entré para que me extrajesen la muela.

Europa y sus cafés

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La uniformidad siempre me ha producido un miedo devorador. La hipocresía o el conformismo también.

Los cafés son lugares para citas, conspiraciones, son clubs cuya función es desarrollar el espíritu.

Por los cafés discurren un sinfín de personas. Son sitios con historia de la que han sido testigos. Por ellos, han pasado grandes pensadores, que se reunían alrededor de esas mesas de mármol y de esas interminables charlas de las que surgían ideas, libros, teorías, conspiraciones y guerras.

Es un espectáculo tentador observar a todo el que entra en unos de estos cafés e imaginar quién es o dudar si aún es posible que en Europa surjan ideas, charlas como las que se daban antes.

Hace tiempo que todo el sistema se mueve en círculos, no sólo en Europa. Hace tiempo que somos más que benévolos con las adicciones al poder.

A medida que se conoce Europa, mientras recorres sus calles, cuando entras en sus cafés, te das cuenta de que las diferencias son, en realidad, nexos entre sus pueblos. Uniones que hay que saber interpretar, pequeñas pistas que nos hablan de un pasado común que nos empeñamos en borrar.

Y estos nexos se van diluyendo para ceder el paso a un todo uniforme. La uniformidad es pavorosa cuando nos iguala, si no permite diversidad de ideas. Se convierte así en un monstruo que lima las diferencias, lo diferente, lo que es nuevo y aún no tiene público, lo que no se entiende, porque aún no se conoce, esto da como resultado que todos formemos parte de la tediosa globalización. Es la muerte de un interesante mosaico de contrastes.

La cultura común europea cargada de mezclas, conexiones y resentimientos sigue viajando con nosotros y es aceptable porque forma parte de nuestro pasado.

Esa es una de las razones por las que en Europa las calles tienen nombres para recordarte la historia y para obligarte a recordar el pasado. En Estados Unidos, por el contrario, las calles tienen números y su pueblo suele mirar hacia el futuro.

Sin sus cafés, Europa muere y pierde su propia esencia. Las tertulias, el intercambio de pensamientos, las grandes ideas morirán también. Están en ello, por eso nos regalan aparatos. De esta manera, Europa y su sociedad se autodestruirán. De hecho, ya lo están haciendo desde hace tiempo y con bastante éxito.

Los cafés son necesarios como puntos de reunión para pensadores, poetas, e intelectuales.

Como también lo es, la diversidad lingüística que tiene que existir, pues la muerte de una lengua es irreparable.

Leer muchos mundos nos proporciona los elementos necesarios para ser capaces de encontrar sus nexos. Esta capacidad de “lectura” solo se adquiere si se cultiva el espíritu, lo cual no es asunto de élites.

Europa y sus cafés, donde se servía de todo y a todos, han tallado canteras de escritores, músicos, pensadores y romances. Han escondido a perseguidos, han preservado lo que se prohibía en algunas de sus ocultas puertas, han  dejado que se siguiera tocando música, que llegó a estar vetada, como el jazz en Bruselas. Han sido escondrijos de lo prohibido.

Las tertulias recorrían infinidad de caminos, algunos tan peligrosos que tumbaban gobiernos o movían ejércitos; Otros abrían nuevas posibilidades al pensamiento y, la mayoría de las veces, servían para cultivar lo que nos hace más humanos: las relaciones sociales.

¿Merece aún la pena recorrer estos caminos? ¿Hemos llegado a un punto muerto en el que todo irá irremisiblemente cuesta abajo? ¿Seguiremos presenciando cómo los andenes de las estaciones de trenes se llenan de zombis solitarios que se aferran a relaciones virtuales inexistentes? ¿Seguiremos como ganado la cultura del mercado de masas?

Crear es un acto desinteresado, una forma de dar, mediante el que regalas parte de ti. Crear ideas o crear belleza profundiza en lo superficial y nos aleja de lo vulgar, que nos deja vacíos, cansados, divididos y confusos.

Acudamos a los cafés, cultivemos las diferencia, retomemos el camino hacia el pensamiento y abandonemos esa tediosa nebulosa de uniformidad globalizadora.

La excusa

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El cuchillo resbaló y le produjo un corte en el dedo de su mano izquierda.

Dejó la zanahoria que estaba cortando y se apresuró a tapar la herida con un trapo limpio de la cocina. Pasados unos segundos, lo destapó y echó un vistazo al corte. No era profundo, pero sangraba.

Volvió a ejercer presión sobre su dedo herido mientras miraba distraída por la ventana de la cocina. Estaba nublado, gris y había una extraña calma en el cielo, una calma inquietante. Era como el presagio de algo.

Volvió a mirar hacia el corte, esta vez sin destapar la herida. Pensó en echarse a llorar. El corte era una buena excusa para soltar lo que había estado reprimiendo durante meses. Un torrente de sentimientos reprimidos se convirtieron, poco a poco, en un reguero de lágrimas.

Se sentía estúpida. No había soltado toda aquella tensión durante los meses anteriores y ahora, que todo había pasado, lloraba por un insignificante corte que ni le dolía. Lloraba con desesperación, sin poder reprimir ni un sollozo.

Ella sabía que el corte era tan solo una excusa para algo que llevaba tiempo necesitando, aguantando, tapando con falsas sonrisas, con agotadas fuerzas, un vaso que dejó que se llenase durante demasiado tiempo, conscientemente, sólo porque no era el momento.

Las circunstancias que acontecían en ese pasado tan cercano no dejaban tiempo para llanto alguno. Ahora sí lo había. Era el momento de llorar por un corte, por la caída de la hoja, por un cielo demasiado gris, por nada. Simplemente, era el momento de llorar.

No tenía ni idea de cómo había logrado no sentir nada durante ese aluvión de acontecimientos que sí se merecían llantos infinitos. Sin embargo, sentía que era la ocasión de soltar aquellas lágrimas para que resbalasen por su alma hasta poder sentir que le estaba permitido respirar de nuevo.

Ana apareció en la cocina y le preguntó asustada por qué motivo lloraba de forma tan desesperada.

–  Me he cortado con el cuchillo.

Su amiga se acercó para mirar la herida y le lanzó una mirada de reproche.

– Eso no es nada. No entiendo que llores por algo tan pequeño después de lo que ha pasado. Eres una niña mimada, siempre lo has sido.

María se volvió hacia ella y le contestó.

– ¿Tú crees? ¿Me has visto llorar una sola vez durante los meses pasados cuando no había lugar para la esperanza, cuando todo se hundía, cuando sólo había tiempo para detener esa angustia del que espera, la angustia del que es golpeado una y otra vez sin compasión hasta que el cuerpo no tiene fuerzas para recibir más golpes, sacudido hasta que dejas de sentir?

Ana se quedó muda, mirándola fijamente.

– Pues, ahora que ha pasado, he decidido llorar hasta que me apetezca, porque ya puedo, porque tengo derecho a llorar, incluso a gritar hasta destrozar mi garganta y los oídos de quien me escuche y también a protestar hasta que me sangre el alma. En cambio, tú sólo tienes derecho a callarte y podrías intentar entender por qué un simple corte ha desatado esta tormenta en mí.

Crimen y castigo

Tony-Vito

Imposible cenar contigo si no fotografiabas el plato que ibas a comer.

Un recuerdo de nuestra cena, pensaba yo entonces… hasta que lo ponías en Facebook.

Tristes eran los postres cuando observabas desolado que tenías un solitario “me gusta”. No se puede vivir para los “me gustas” de Facebook. Suele convertirse en algo trágico.

Sin embargo, los bogavantes te salían de unos colores fantásticos, he de reconocerlo. Claro que no podía ser de otra manera, porque si no te habías comprado el último iPhone que estaba a la venta no te atrevías a sacarlo del bolsillo. A ver si el camarero iba a pensar que no te lo podías permitir.

Cuando me decías que habías adelgazado unos treinta kilos porque habías pagado uno de los mejores hoteles expertos en adelgazamiento, de esos que preparan tu cuerpo con comidas regulares, paseos a ciertas horas y tiempo para la meditación, la verdad es que no mentías del todo. Me han dicho que la cárcel donde estuviste, tenía estas prestaciones.

Desde luego, a ti te había dado un aspecto bastante mejor. El que te hubiesen prohibido el alcohol y no te dejaran tomar hamburguesas a altas horas de la noche mientras veías, embelesado, películas de matones y mafiosos, a los que emulabas por las mañanas inventando alguna estafa por Internet… ¿Cómo llamabas tú a eso…? !Ah, sí, ya recuerdo! Ser empresario. En cierta manera tenías razón, creo que Vito Corleone tenía negocios parecidos y Tony Soprano también, sólo que él era mucho más simpático.

Siento haberte cortado el grifo de “emprendedor”, es todo un desperdicio, lo sé. Pero me enfadaba que dejases a tantas familias en la calle con tus estafas y cuando me enteré… En fin, siempre he sido mala para los “negocios”, hasta tú me lo decías.

Ahora con los treinta kilos otra vez a cuestas, y la poli pisándote los talones, se ha vuelto más difícil lo de los viajes, el champán y los spas.

Tu error fue pensar que las rubias éramos todas tontas.

Ahora el bogavante me lo voy a tomar yo, pero no voy a sacarle fotos, no vaya a ser que no me pongan un “me gusta” en Facebook y pase mala tarde.

Los cobardes

monos-sabios

Si los ves, diles que he estado aquí, que vivo aquí.

Y aquí llueve.

¿Has visto llover alguna vez?

¿Sabes leer las gotas de agua?

¿Te produce miedo y te ocultas tras los cristales, o sales para que el agua te rocíe la cara?

¿De qué modo ves llover?

¿Eres de los que llamas para hablar del tiempo o sabes escuchar?

¿Te ocultas tras tus ventanales, aunque eres consciente de que a ti también te va a llover?

Yo salgo a mojarme el rostro, a veces muerta de miedo, y otras, orgullosa de no ser de los que se oculta, intentando obviar la certeza de que, quiera o no, un día, me voy a mojar.

Todos nos vamos a mojar.

Por eso, en mi mundo, no existen opciones y los que están conmigo, están todos empapados.

Estado condicional

Woman thinking

La maldita condición, si hubiera, si no fuera, si pudiera, si todo no se hubiese desarrollado así, si no hubiese escogido ese camino en aquel momento, si en ese segundo no se hubiera cruzado en mi camino aquello o aquél, si no hubiese tomado esa decisión, si lo hubiese visto antes, si no lo hubiera permitido aún sabiéndolo, si las circunstancias hubiesen sido otras…

Odiosas palabras las que se expresan en condicional, la maldita condición, malditas condiciones, cuyos oxidados hierros nos mantienen encerrados sin dejarnos avanzar más que a patosos trompicones y estúpidos errores propios de nuestra naturaleza.

Tu perspectiva del mundo

Sea

Una misma copa de vino sabe distinto según el sitio en que la tomes, las emociones que sientas o las circunstancias en las que te encuentres.

No es suficiente con comunicarse de forma coherente, razonable o con exponer ideas brillantes.

La aceptación de tu forma de vivir, de tus charlas o escritos siempre se halla supeditada a quien recibe el mensaje.

Los receptores te interpretarán de formas muy diversas, que dependerán de factores tales como, el prisma de sus emociones, sus prejuicios, sus ideas preconcebidas o de sus creencias determinadas. No existe un receptor objetivo, al tiempo que no existe un mensaje objetivo.

Aunque todos nos hallamos bajo unas circunstancias parecidas, mientras unos piensan que la vida es un juego, otros la encuentran aburrida, algunos arriesgada, están los que piensan que es una aventura, otros creen que es una fiesta y algunos, te dirán que carece de sentido.

La manera en que vivimos, hablamos o escribimos debe nacer desde la creación, el riesgo, el entusiasmo, la libertad, la individualidad y la originalidad, no desde el conformismo.

No podemos vivir o expresarnos intentando adaptarnos a un pensamiento que nos es ajeno. La fidelidad debe ser hacia nosotros mismos. Las audiencias o las personas que nos entiendan, serán entonces, limitadas.

El crear un proyecto individual se basa en elegir aquellos elementos, actividades o personas que encajen más con nosotros, o en que ellos nos elijan.

El mensaje sólo llega al receptor si se identifica con tu modo de ver el mundo, es decir, si siente empatía con lo que dices o haces.

Todos nosotros estamos buscando la mejor manera de resolver un problema o satisfacer un deseo. Y por ello, buscamos sin cesar, nos lanzamos a curiosear en las vidas ajenas o a leer lo que piensan otros porque tenemos hambre de encontrar piezas que aún sentimos vacías.

Todo el mundo tiene su audiencia. El problema es que ni ella ni tú, podéis llamaros por teléfono, quedar y conoceros.

Por este motivo, seguimos viviendo, hablando y escribiendo, por nuestras ansias de lanzar mensajes para ser encontrados y entendidos.

Y navegamos, presos de esa acuciante sospecha de no ser jamás localizados, o de serlo cuando sea demasiado tarde, mientras continuamos con nuestra búsqueda.