La cena

Ella entró tranquila y sonriente en el coche de su tío, así lo llamaba desde hacía años, aunque en realidad era un primo hermano de su padre, unos veinte años mayor que él.

Muchas veces cuando iban juntos ella y él, debido a la diferencia de edad, ella tenía veinticuatro, la gente pensaba que eran abuelo y nieta. Un abuelo de ochenta y tres años cumplidos.

Un aspecto que, por cierto, no reflejaba su verdadera edad. Era un hombre alto y robusto que procuraba caminar muy erguido, en su empeño por conservar el porte que en su juventud le había dado fama de conquistador entre las mujeres.

Al entrar en el coche que la esperaba a la puerta de su apartamento, él la saludo con una discreta sonrisa y después se dirigió al chófer para darle una dirección en francés.

Ahora ella vivía en un país extranjero y trabajaba en el sitio con el que había soñado en tantas ocasiones y aunque su sueldo consistía, en algunos billetes que su jefe y tío soltaba encima de su mesa cuando lo consideraba oportuno, estaba contenta de estar allí luchando por su sueño de trazarse una carrera internacional.

Por eso, todo era nuevo y emocionante para ella, y el hecho de salir a cenar fuera, toda una aventura. Y aunque, pasar más horas con su jefe no era el plan que más le apetecía, tenía que aprovechar las pocas ocasiones en las que podía cenar fuera.

La noche era fría, él llevaba un abrigo austríaco de lana, un abrigo muy distinto al de ella, bonito y comprado en Zara, pero cuya tela dejaba pasar más fácilmente el intenso frío.

El coche se puso en marcha enseguida cruzando la ciudad despacio. Ella miraba por la ventana observando ilusionada, pensando que cuando tuviese un empleo que se lo permitiese, invitaría a sus padres que la ayudaban todos los meses a subsistir en aquella fría ciudad, a algún restaurante bonito. Y disfrutaba con esta idea. Pero esta noche iba con su tío, al que sus padres, como pariente cercano, la habían confiado.

La ciudad, inundada de luces le parecía aún más bonita que de día. Se pararon en un semáforo y aunque aún no conocía todas las calles de la ciudad, se dio cuenta de que estaban dirigiéndose hacia las afueras.

Durante el trayecto observó un extraño comportamiento en él, aunque no le dio mucha importancia. Se percató de que esa noche su tío se mostraba poco dispuesto a hablar y se mantenía algo distante. Pasados unos minutos, sintió curiosidad y preguntó a qué restaurante se dirigían. Él, mirando por la otra ventana y con un semblante de fingida distracción, le contestó que era una sorpresa.

A veces comían juntos en el trabajo y a veces en restaurantes cercanos a éste, invitaciones con las que él pretendía disculpar el hecho de no ofrecerle un trabajo remunerado.

La verdad es que, según ella misma había observado hasta el momento, había infinidad los lugares bonitos para salir en esa ciudad y a ella le encantaba descubrir sitios nuevos.

La carretera discurría por un sendero de altos árboles, la conversación era poca en el coche y cada vez se alejaban más de la ciudad.

Por fin el coche tomó un desvío, todo se oscureció detrás de la ventanilla. Se estaban adentrando en un bosque, de los muchos que abundaban alrededor de esa capital europea y, paulatinamente, las luces a los lados de la carretera iban desapareciendo.

Trascurridos unos veinte minutos, el coche se detuvo junto a una  pequeña casa. La verdad es que no parecía un restaurante.

Una señora de semblante frío que no miraba a la cara, abrió la puerta, recogió los abrigos de ambos y los colgó en el recibidor.

La casa parecía tener varios pisos y, desde la entrada, se veían unas escaleras de madera que conducían a las otras dos alturas. En toda la casa había un silencio extraño, más propio de una propiedad privada que de un sitio público.

Al fin, tras una puerta de madera oscura, entraron en un pequeño restaurante, que se parecía al salón de una casa particular. A ella le pareció precioso. Era pequeño, lleno de luces bajas, lámparas con cristales sobre las mesas muy bien situadas en discretas esquinas alejadas las unas de las otras. Toda la cubertería era de plata, había adornos barrocos por todas partes, pero sin caer en lo vulgar y cuidados manteles de hilo blanco con puntillas en sus bordes.

El camarero que se les acercó tenía un semblante  extremadamente serio, frío, rozando en lo antipático muy parecido al de la dueña del aquel local.

De forma similar se comportaba su tío aquella noche. Era parco en palabras, tenía un gesto adusto, leía el menú y actuaba como si cenase solo.

Mientras ella, comentaba cosas sobre el sitio, sobre los platos que iban desfilando ante sus ojos, entre otras razones porque le parecía violento comer en silencio y de muy mala educación. Por esto, ya que él siempre se jactaba de su pulida educación, ella comenzó a indagar sobre su comportamiento de aquella noche.

Las respuestas fueron absurdas, algo así como que cuando estaba con alguien de su familia, se sentía lo suficientemente relajado como para no tener que mantener una conversación.

En aquel momento, aturdida por todo lo que la rodeaba, ella lo creyó. Pensó que era lógico que, al tener un cargo público y debido a su avanzada edad, estuviese cansado de hablar al finalizar el día.

La cena era buena, aunque de un precio exageradamente alto, aun tratándose de un restaurante de lujo, parecía como si en el precio de cada plato estuviesen cobrando algún servicio añadido.

Ella preguntó qué había en los pisos de arriba, él por supuesto, lo ignoraba, como tampoco sabía por qué todo el mundo se comportaba como si fuesen del servicio secreto.

Su tío había pedido una botella de vino de la que sólo había querido tomar un vaso, sin embargo, a ella le servía constantemente. Mientras lo hacía la observaba, como pensando o decidiendo algo.

Al llegar el postre, aunque ella no acostumbraba a tomarlo, presionada por la insistencia de él, pidió un helado coronado por un adorno de crema y chocolate líquido.

Acto seguido y sin permiso se empeñó en pedirle un digestivo que ella probó por pura cortesía. No le gustaba ni la copa, ni aquella imposición de esa noche para que bebiese alcohol. De hecho, si no se hubiese tratado de un miembro de su propia familia, habría sospechado que quería emborracharla.

Al finalizar la cena, en aquel restaurante en que nadie era amable, ni nadie te miraba, en el que solo había parejas perdidas en rincones, tomado platos de un precio que sólo un tonto querría pagar, la tensión entre ellos aumentaba por momentos.

Había algo extraño en todo aquel ambiente de lujo.

Mientras él pagaba la cuenta, ella miraba por una ventana blanca, cuyos cristales daba a un precioso jardín inundado por una intensa oscuridad.

Se levantaron y se dirigieron otra vez al coche que los esperaba a la puerta. Hacía aún más frío que cuando llegaron, un frío que a ella le penetraba a través del abrigo y, casi a través del alma.

A pesar de estar en un lugar precioso se sentía perdida en mitad de aquel bosque y con todo aquel enrarecido ambiente, en el que nunca había estado.

El chófer les abrió la puerta, él se mostraba increíblemente amable ahora. Intentó iniciar una conversación y ella, sentada a su lado sólo pensaba en alejarse de aquel sitio.

Pasados unos minutos mientras el coche discurría lentamente por un camino empedrado hacia la carretera principal, notó la mano de él sobre la suya. Lo miró sin comprender y sin pensarlo, la apartó de inmediato. Hubo un silencio.

La segunda vez la mano de él no se posó, sino que la agarró con fuerza, con una fuerza impensable en una persona tan mayor. Sin tiempo a reaccionar se volvió hacia él para advertirle que dejase sus manos en paz, pero al hacerlo, se encontró con la cara de él y lo peor, con su boca.

Ella cerró los labios como quien cierra los ojos cuando nota que le entra algo en ellos, pero él agarró su mandíbula con tal fuerza, que sólo podía sentir cómo sus mejillas enrojecían por momentos.

Pasados unos segundos de lucha, ante sí sólo se plantó una imagen: la dentadura postiza. Sintió tal asco que puso sus dos manos en la solapa de su abrigo, para apartarlo de ella con mayor fuerza. Pero el empeño de él por conseguir lo que quería iba en aumento.

Todo el mundo lo trataba como a un respetable y amable anciano. Ella nunca hubiese pensado que tuviese esas garras de hierro y menos se le hubiese ocurrido encontrarse en semejante situación.

Alzaba la voz pidiéndole que se apartase, repitiendo que no entendía lo que estaba haciendo, mientras el chófer, sordo y mudo, seguía conduciendo sin pestañear.

Era una situación angustiosa en la que él se enfadaba cada vez más y en la que ella procuraba librarse de aquel asqueroso beso.

Ella luchaba para que su boca ni rozase la cara de él, pero cada vez le resultaba más difícil y notaba cómo sus brazos comenzaban a cansarse.

Procuraba alejar su cara de aquella boca que susurraba palabras que no comprendía y para que el temido beso no se produjese de ninguna manera.

De pronto, cedió, la dejó y dijo: “Siempre he sido un caballero”  Ella se separó. Casi no podía respirar por las palpitaciones de su corazón. Y esa estúpida frase resonaba en su cerebro una y otra vez… un caballero. Era lo más ridículo que había oído nunca.

No lo había conseguido, ni un roce, sólo aquella absurda lucha en aquel lujoso coche que conducía ese chofer que parecía un robot.

Si el ambiente era extraño antes de este brusco ataque, ahora se podía cortar con cuchillo.

Ahora era ella la que se había quedado sin palabras. No sabía qué decir, se tocaba el pelo nerviosa, le temblaban las manos y sentía muy doloridos los brazos.

Él estaba ofendido, muy ofendido y enfadado. Nunca lo habían rechazado así. Todas las mujeres habían cedido ante él por una razón u otra.

Ella no podía pensar, lo conocía desde pequeña, conocía a su mujer, sus padres eran parientes cercanos y habían confiado en él.

Todo siguió como si no hubiese pasado nada. Ella pronunció alguna frase absurda y él contestó como si durante los momentos previos todo hubiese trascurrido de forma normal.

Las señales que había vislumbrado previamente y que había intentado obviar, cobraron vida esa noche ante aquel burdo y machista plan de ataque con cena incluida.

El chófer salió del coche para abrirle la puerta. Las manos aún le temblaban al coger las llaves para entrar en su diminuto apartamento. Comenzaba a nevar, pero el frío de la noche no le parecía tan malo ahora. Sólo quería salir de allí.

Él se despidió desde el coche mientras decía: “Te veo mañana en el despacho”.

 

Laxe Beach

Laxe Beach
Laxe Beach

An enormous area of sandy ground in the shape of a half moon, with turquoise water, next to the fishing port.

Laxe is a small town situated in the north west of Galicia, forming part of other municipalities in the Costa da Morte (Coast of Death).

Laxe

The good food is one of the attractions that offers A Costa da Morte. In the waters of this coast, a large assortment of fish: hake, turbot, sea bass, sole, monkfish, … and excellent seafood: shrimp, lobster, crab, clams, barnacles … to be found in the varied menu of restaurants. We must not forget of the excellent meat from cattle raised with a juicy grass.

Sunset

Since a couple of miles before entering Laxe, the view from the road is impressive, especially at dusk when the sun goes down behind the port.

Sexo en el U-Bahn

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Llevaba unos cinco minutos esperando el metro en una céntrica estación de Berlín. Un viento helado me hacía daño en la cara, ésta era la única parte de mi cuerpo que no llevaba protegida. Aquel invierno estaba siendo especialmente frío.

Me ajusté el gorro a la cabeza hasta casi cubrir mis ojos con su ala y eché otro vistazo para ver si llegaba mi trasporte. Llegaron otras dos personas.

Por fin vi acercarse el metro al que subimos los tres con prisa. Dentro había calefacción y los asientos eran muy cómodos o así me lo parecía después de mi larga caminata de aquel día.

Me senté frente a dos señoras, acomodándome en el asiento de la ventana. El trayecto hasta llegar a la parada que me dejaba frente a mi casa era de veinte minutos.

Nadie hablaba. Me quedé inmersa en mis pensamientos que fluían en alemán por mi cabeza. Después de mi lucha contra el frío helado de la tarde estaba cansada.

Las dos señoras tenían todo el aspecto de ir de vuelta a casa después de su jornada laboral. De pronto, una de ellas soltó una frase ¡Una frase en gallego!  que me trasladó de inmediato a mi tierra. Por pura casualidad me había ido a sentar justo enfrente de dos paisanas.

Con media sonrisa en la cara me volví hacia ellas dispuesta informarlas sobre nuestro origen común y quizá charlar un rato, pero me paré en seco, cuando advertí que la conversación era privada, muy privada. Una de esas conversaciones que no debes mantener en público por mucho que te parezca que estás rodeada de gente no te entiende. Sin embargo, ellas al creerse rodeadas de alemanes hablaban con total soltura y en un tono bastante alto.

Al parecer una de ellas tenía un problema de carácter sexual con su marido, que necesitaba resolver con su compañera sin dilación alguna.

Ante esa situación y después de sólo un par de frases, no tuve más opción que no permitir que supiesen que las estaba entendiendo. Decidí poner todos mis esfuerzos en parecer lo más alemana posible.

Puse una mirada distraída, tirando a vacía como quien es sordo y está inmerso en su mundo. Me hubiese dejado bigote, pero no me daba tiempo.

Una especie de intuición hizo que se callasen para echarme una larga mirada de comprobación.

Repasaron mi ropa, mis botas y mi cara de forma tan exhaustiva que me pareció haberme trasladado a un control de la Segunda Guerra Mundial.

Parecían estar seguras de mi origen teutón y de que no me estaba enterando de nada, por tanto, más tranquilas siguieron conversando sobre algo que el marido de una quería intentar en la cama. La otra se reía a carcajadas y la tranquilizaba explicándole que eso ya lo tenía superado desde hacía años con el suyo.

Mientras miraba con ojos lo más fríamente que podía a través de la ventana, haciéndome la idiota, pensé que lo mejor sería sacarme el gorro para que mi pelo rubio me diera más credibilidad. Temía durante todo el tiempo que se me escapase algún gesto, una sonrisa o algo que pudiera delatarme, pero cambiar de asiento, resultaba aún más sospechoso.

Tras una descripción detallada de una postura que yo no alcanzaba a entender, me regalaron otro vistazo de comprobación. No sabiendo que hacer y por miedo a que se me escapara algo, dejé de mirar hacia la ventana y las miré de frente, eso sí, torciendo un ojo hacia dentro como si me hubiese vuelto idiota de tomar tanta salchicha. Una de ellas soltó una frase despectiva sobre mí e indicó a su amiga que continuase hablando sin prestarme atención ya que yo no me enteraba de nada.

Respiré aliviada.

Las palabras de la conversación se hicieron más explícitas y dejaron de faltarle palabras. Estaban mucho más metidas en el tema y rellenaban cualquier hueco que pudiera presentar una duda para que la cosa quedara clara.

Cuando acabé por entender la extravagante postura que el marido de una pretendía hacer que adoptase para obtener, según parece, mayor placer, no pude evitar que el ojo que me quedaba libre se fuese a posar en la barriga de la que tenía que hacer semejantes cosas después de una jornada laboral tan larga y en un país tan inspirador para el sexo como es Alemania “Pobre mujer”,  pensé, “anda que no le queda trabajo por hacer y como a él le guste y quiera repetir, está perdida”.

 

Al médico con papá

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Existen días en los que hagas lo que hagas, las cosas no salen bien. Y éste, sin duda,  fue uno de ellos.

Me encontraba pasando unos días en casa de mis padres. Mi madre procuraba pasar tiempo conmigo, pero tenía mil cosas que hacer. Entre ellas, atender un súbito dolor que tenía mi padre en el dedo de un pie, con la consiguiente cita con su médico general.

Lo peor del asunto era que, sin él saberlo, le esperaba una pequeña encerrona, ya que el médico pretendía convencer a mi padre de que se hiciera un examen de próstata, pues su internista había encontrado algo en los últimos análisis que le había hecho.

Mi madre y yo sabíamos que no había persona en la tierra que lograra convencer a mi padre de algo que él no quería hacer, así que, habíamos intentado que este asunto quedase en nuestras manos.

Sin embargo, aquella aciaga mañana, para sorpresa de ambas, mi padre, que ya había estado reflexionando sobre su estratagema para librarse de la cita, se presentó ante nosotras muy decidido, con cara de pocos amigos y nos espetó desafiante: “Me voy al médico solo”.

Papá no ha ido al médico solo en todos los días de su vida, ni tan siquiera a pedir una receta, no fuera a ser que, en un descuido, lo cogiese por las orejas y en vez de firmársela, lo metiera directo en el quirófano.

Después de tan valiente afirmación, ambas teníamos claro que lo que pretendía era marcharse solo a dar una vuelta, hacer tiempo y volver a la hora de comer, protestando por  la cantidad de gente que había encontrado en la consulta y pudiendo afirmar así, que no había podido ser atendido.

Como era preciso que le recetasen algo para el súbito dolor en el pie, yo me ofrecí voluntaria a acompañarlo, con lo que, obviamente le chafé el plan de escabullirse de la visita. En aquellos momentos no sabía a lo que me exponía.

Simplemente quería evitar que fuese solo porque, tanto mi madre como yo, nos temíamos que Francisco, así se llama el médico, pudiese mencionar la prueba de la próstata: “Traédmelo por aquí que ya lo convenzo yo”, nos había soltado con gran seguridad. Después de aquella frase, mi madre y yo pensábamos: “Este pobre hombre no sabe a lo que se enfrenta, si lo supiera preferiría repetir el MIR”.

Lo primero que hicimos fue coger un taxi, ya que mi padre no podía caminar bien. No es que el ambiente en el vehículo fuese muy distendido esa mañana. Papá había entrado en una especie de mutismo muy raro en él, muy probablemente debido a su cita.

Llegamos al centro médico. El sitio es nuevo y diría que agradable, aunque no puede haber ningún sitio donde haya médicos que sea agradable. Y sé que la mayoría de ellos opinan igual que yo.

Me bajé del taxi y dejé a mi padre pagando. La primera en la frente. El pobre estaba tan nervioso, que cuando salía del taxi su cabeza rozó el techo del vehículo y, debido a su falta de pelo, y por tanto, a una mínima protección, se convirtió en un reguero de sangre. Pero esto no lo detuvo ni un momento.

¡Santo cielo! Cuando vi aquello me abalancé a examinarle la cabeza  y comprendí que no debía de haber salido tan a la ligera del vehículo y que la mejor opción hubiera sido poner mi mano en su cabeza cuando descendió, como hacen los polis con los maleantes.

Acto seguido, papá dijo apresurado que no era nada, poniéndose un pañuelo blanco en la cabeza, pero yo ya había observado que se había llevado por delante un buen trozo de piel, nada grave, pero que sangraba abundantemente.

Pues así entramos. Era un espectáculo casi hilarante, ya que en lo único que él podía pensar era en terminar pronto con todo aquello y aceleraba el paso por el pasillo sin darme tiempo ni a seguirlo, con la mano en la cabeza intentando detener la estrenada hemorragia.

Una vez lo vi sentado, empecé a buscar a una enfermera que le pusiera algo en la herida, pero, oh milagro, la puerta del médico se abrió y nos indicó que pasáramos.

¿Por qué todo ocurría tan deprisa esa mañana? Generalmente, siempre tenemos que esperar un buen rato en la antesala. Pero ese día, nada.

Nos sentamos. Le dije lo que le pasaba en la cabeza. Papá estaba totalmente a la defensiva ante la perspectiva de consultarle lo que le pasaba en el pie.

El médico, al que ya le rondaba la idea de soltarle el discurso prohibido,  pensó que poniendo una voz autoritaria, método que probablemente le funcionaba con muchos pacientes, mi padre iría como un cordero a hacerse la dichosa prueba.

A esas alturas yo ya sabía que no era ni el momento, ni el día y probablemente ni el año. Ya se lo había dicho anteriormente, estando a solas con él. “Deja que le hable mi madre. No le menciones el tema porque lo vas a asustar más” Pero, mi padre que parece una persona afable y sencilla, es muy difícil de conocer y puede acabar con la moral de una persona en unos cuantos minutos sin siquiera proponérselo.

Al terminar de mirarle el dedo gordo del pie y diagnosticarle un probable pequeño ataque de gota, mi padre ya se había soltado mucho más con eso del pañuelo y se lo había dejado pegado, eso sí plegado en cuatro partes, encima de la cabeza y adoptado una posición mucho más a la defensiva que antes, frente al posible agresor. Quizá ya sospechaba que algo más se gestaba allí, con los médicos nunca se sabe. Cruzaba los brazos sobre el pecho. “Mala señal”, pensé yo. No podría decirse que la postura fuese muy natural. Sus ansias de defenderse eran tales, que los había cruzado demasiado arriba mientras apretaba los labios, y eso, junto con el toque árabe que el pañuelo le daba, su aspecto no inspiraba mucha tranquilidad.

Aprovechando que yo estaba sentada del lado del oído en que mi padre no oye, advertí al médico, sin miedo a ser oída, que no plantease el tema ese día. Sin embargo, éste no estaba dispuesto a arredrarse y, haciendo caso omiso de mis indicaciones verbales, inició su propio calvario.

Comenzó explicando con paciencia, pero con seguridad, que era mejor asegurarse del resultado de los análisis del internista y que se sometiese a una prueba, que, según él, era muy sencilla. Y así, pasó a explicarle en qué consistía la prueba en cuestión.

Tras dicha exposición mi padre contestó: “Pero, ¿eso qué es?” Cualquiera que no lo conociese y no supiera en el ataque de pánico en que se encontraba no le hubiese encontrado ni pies ni cabeza a la preguntita, que no era otra cosa que, ¿A qué conduce esto? ¿Va a haber otras pruebas? ¿Qué pasa si encuentran algo? En fin, lo que todos tenemos en la cabeza en este tipo de situaciones. Pero, como es lógico, el médico interpretó que había, quizá, que utilizar un lenguaje menos técnico y volvió sobre el asunto con palabras más sencillas, que tuvieron el mismo resultado: “Pero ¿eso qué es?” Parecía que mi padre se había parapetado en esa frase y no tenía intención de soltar otra cosa por la boca.

Para entonces, yo ya había abandonado al pobre doctor metido hasta las cejas en el asunto y me dedicaba a mirar hacia un lado, distraída, leyendo no sé qué calendario de esos que dedican cada mes a una enfermedad.

Cuando volví la cabeza hacia el médico, me dedicó una mirada de desesperación como suplicando ayuda. “No, no”, pensé, “ya te lo había advertido”.

Lo explicó por enésima vez, pero la postura corporal del médico había cambiado con respecto al comienzo del discurso. Ahora ya no reposaba su espalda en el sillón, sino que se hallaba echado hacia delante enervado. Lo último que le oí decir antes de abandonar la consulta, estando mi padre en la misma posición de autodefensa y repitiendo exactamente la misma frase fue: ¡Qué te van a meter un dedo por el culo!

Caray, el pobre hombre estaba exhausto. Mi padre lo había machacado. Eso sí, él tampoco se encontraba demasiado bien, entre la herida de la cabeza y el bajón de moral a causa de la charla en la que le auguraban todo tipo de males. No había por donde cogerlo. También hay que decir, que el médico no estaba en mucho mejor estado.

Me lo llevé a la enfermería. Sólo quería sacarlo de allí y que le curasen la herida de una vez. Pero la cosa no había acabado. Aún me esperaba otro asalto con la enfermera.

Papá es siempre encantador con las enfermeras, ya que éstas suelen portar utensilios que no le gustan e intenta distraerlas charlando y riéndose. Ellas lo encuentran encantador, viéndolo tan relajado y están siempre encantadas de tener un paciente tan afable.

Entramos en una salita. Se sentó en un sillón. La enfermera echó un vistazo a la herida, dijo que no era profunda, pero que sangraba mucho. Había que desinfectarla y ponerle unas gasas. Como ya he mencionado, mi padre es sordo de un oído, él sigue diciendo que oye poco, pero eso es otro tema.

La enfermera depositó unos apósitos en la cabeza de mi padre. Las gasas blancas se asemejaban a una especie de torreta que había que aplastar “pescándolas” con un esparadrapo. Mi padre me miraba fijamente con todo aquel bulto colocado encima de la cabeza.

La enfermera se esmeró en colocarlas bien, puso bastantes, una encima de otra. La cabeza de mi padre parecía un merengue, blanco, alto y barroco.

En ese momento, la pobre cometió el fallo de avisar a mi padre de que no se moviera, dándose la vuelta para cortar el esparadrapo. Y al estar ella detrás del sillón donde él se encontraba sentado y oyendo que ella murmuraba, se volvió de golpe para preguntarle si quería algo, poniendo “su oído bueno” y su mejor intención. Todo el vendaje salió disparado hacia un lado igual que una serpentina.

Todo era tal sucesión de desastres, que yo me hallaba sumida en una profunda vergüenza y desesperación. Mi ayuda se había tornado más bien en una especie de asesinato tanto físico, como moral, pues se encontraba más asustado y deprimido que antes de acompañarlo.

Me quedé quieta, mirándolo fijamente y sin articular palabra. Me encontraba delante de él, como si me hubiese convertido de pronto en un objeto inanimado, mudo.

Me ha ocurrido otras veces en situaciones que superan mis límites y parece que ésta lo estaba consiguiendo. Me quedé en blanco. Es como si me saliese de mi cuerpo. Se me paralizan las conexiones cerebrales. La gente piensa que, o soy idiota o tengo unos nervios de acero. Ni lo uno, ni lo otro.

Todo era grotesco. Tres veces consecutivas se repitió la escena de las vendas cayendo de la herida de la cabeza de mi padre y cada vez era más gracioso ver cómo él, solícito, se giraba hacia atrás mientras la enfermera se quedaba de pie frustrada, boquiabierta, con el esparadrapo cortado en la mano y no entendía por qué, si lo avisaba, cada vez, de que no se moviese, él giraba la cabeza repentinamente como cuando un bebé tira una y otra vez los patucos al suelo sólo por el placer de ver agacharse a su madre.

Aquello ya duraba más que una operación. La enfermera no alcanzaba a comprender por qué un herido tan amable no se dejaba poner un simple vendaje en la cabeza y seguía intentando pescar a lazo los apósitos que se disparaban cada vez con más gracia como si de una broma molesta de carnaval se tratase. Algo tan sencillo, resultaba labor imposible.

Aquel día le devolví a mí madre una persona herida física y psíquicamente, que, encima, había dejado muy deprimidos a un taxista, a un médico y a una enfermera.

Tras esa mañana, me sentí muy mal, pues mi intento de ayuda se había convertido únicamente en una sucesión de calamidades. Por eso, es curioso que cada vez que le narro a mamá aquel desafortunado día, ni ella ni yo podemos evitar reírnos hasta no poder más.

Tormenta en el Ferry

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Llevamos más de cuatro horas en el Ferry que cruza desde Reino Unido hasta Santander.

Estamos todos en cubierta. Hace sol, pero también un viento que no deja de enredar mi melena. Me asomo a la barandilla para ver el mar. Todos en el grupo hablan de tonterías. A mí no me apetece unirme a la conversación, la encuentro absurda.

El viaje se ha hecho más corto de lo que esperaba, y un mes, me ha parecido una semana.

La travesía es de veinticuatro horas. Espero pasar unas cuantas en mi camarote, aunque sé que mis compañeros no estarán dispuestos a dejarme dormir mucho.

El mar azul absorbe mis pensamientos. Mi mente aún no ha partido del puerto.

Un altavoz advierte a los pasajeros que se hallan en cubierta que deben abandonarla. Se avecina una tormenta.

Miro con desgana hacia el grupo que se prepara para dejar de disfrutar del espacio abierto en el que estamos para meterse en el interior del barco.

Yo hago lo mismo.

Una vez dentro, comienzo a pisar una horrible moqueta de colorines espantosos, muy al gusto inglés e ideal para aquellos propensos al mareo.

Nos vamos hacia la cafetería y nos sentamos en una mesa. Me fijo en ella y me extraña comprobar que está atornillada al suelo, al igual que las sillas.

La gente, más por aprensión que por otra cosa, comienza a sentir síntomas de mareo, náuseas y el estómago revuelto.

Yo no siento nada. Son las cuatro de la tarde y la conversación de mis compañeros no ha mejorado.

Miro a mi alrededor y comienzo a ver pasajeros que se empiezan a sentir mal.

El suelo comienza a inclinarse hacia un lado. Inclinación que dura varios segundos para después enderezarse. Me cuesta trabajo permanecer sentada en la mesa. Tengo que poner ambas manos a los lados de ésta para mantenerme sentada y no salir disparada hacia el otro lado de la cafetería.

Miro con curiosidad hacia la proa del barco. No veo bien, pues sigo sentada. Aprovecho un momento en que el barco se estabiliza para levantarme y alcanzo a ver la imagen de una ola gigantesca que nos envuelve. Me siento pensando cómo es posible que el mar pueda cubrir por entero a un barco tan grande. Calculo que la altura debe de ser impresionante, pues el barco es de grandes dimensiones, tiene varios pisos y muchos camarotes.

La ola nos cubre y la luz del día desaparece. Todo está gris. El barco la está embistiendo de frente y cuando la ola ya ha pasado hunde varios metros su proa en el mar para volver a salir con la misma intensidad con la que entró en él.

Hay que hacer una gran fuerza para mantenerse sentado porque el barco se inclina mucho.

Parte del grupo está asustado, otros se han puestos malos. Hay una persona responsable, ya que ninguno de nosotros somos mayores de edad.

Es ella quien me pide que vaya a buscar una infusión para alguien porque dice que le da pereza empezar a tropezar con todo el mundo. Su encargo me obliga a salir de la cafetería, cruzar un pasillo y entrar en otro recinto, pero accedo a ir, porque allí me aburro enormemente.

Al salir de la cafetería todo está controlado, me agarro a donde puedo, a los marcos de las puertas, a las sillas atornilladas que encuentro a mi paso y a algún que otro señor que guarda el equilibrio peor que yo.

Los oficiales del barco lo llevan bien y los camareros también, sólo que miran con cara de depresión al suelo, pensando en lo que tendrán que limpiar al día siguiente.

Aquello va empeorando por momentos, las olas que se oyen en cubierta alcanzan muchos metros, y desde dentro las oímos rugir amenazantes.

Sigo caminando. Aquel espectáculo ya empieza a despertar mi atención. Me divierte y no se me ocurre pensar en el peligro. Los barcos flotan y ya está, y si no flotan, pues siempre puedes nadar. Idiota ¿verdad?

Por fin veo el recinto en el que tengo que pedir la infusión. Empiezo a pensar con qué mano la llevaré, ya que no me sobra ninguna en esos momentos.

Observo que el sitio debe de convertirse por las noches en una discoteca, ya que hay luces apagadas y adornos que cuelgan del techo.

El local es muy grande, alargado y está casi vacío. En su parte derecha tiene un gran ventanal que deja entrar una luz extraña, salpicada de espuma blanca y brava que se estrella contra él pidiendo entrar.

Estoy agarrada a la puerta de entrada. Hay un hombre al final de la barra tomando una tónica a la que le están echando bastante ginebra. Debe de tener unos treinta y tantos y por su aspecto parece inglés.

Espero un momento para entrar, pero la fuerza de la inclinación, no permite que ni los hombres más fornidos tomen decisiones sobre qué dirección tomar.

El barco se inclina con tal fuerza que simplemente resistirse es imposible, y tanto hombres como mujeres se pasean por sus pasillos como bolas que se disparan hacia un lado u otro según se lo dicte el ángulo de inclinación. La verdad es que el espectáculo es ridículo. Nadie es dueño de sus actos. Parecen una pandilla de tontos a la que me resisto a pertenecer procurando avistar de antemano las esquinas y zonas a las que me puedo agarrar para no caerme de bruces en algún pasillo. Hasta esos momentos mantengo mi dignidad intacta. Me siento orgullosa de no haber tenido que pedir ayuda, aún después de un recorrido tan largo.

Tengo una mano medio dormida de agarrarme con tanta fuerza a la puerta de ese enorme bar que tengo como un inmenso reto ante mis ojos. El problema es que no veo la manera de pararme una vez que abandone el marco, porque solo está la larga barra y el hombre rubio que bebe una copa detrás de otra, atornillado a su taburete.

Miro hacia él intentando trazar un plan y de pronto gira su cabeza hacia mí muy lentamente. Me ofende la cara risueña con la que me mira. Parece como si supiera algo que yo ignoro. Él ni se tambalea, sólo apoya unos musculosos brazos en la barra del bar mientras se sujeta con las piernas enganchadas en su alta banqueta.  

Ahora lo veo claro. Me está esperando. No es que tenga mala intención, pero está claro que la situación le hace gracia. Y no es para menos. Si quiero alcanzar la barra, tengo que ir en línea recta hacia él y no creo que pueda parar una vez me haya soltado del preciado marco de la puerta a la que me hallo soldada por mi mano.

No hay más remedio. Parece que el suelo me concede unos segundos en estado horizontal. Me suelto. En principio todo va bien. Mis pasos no son muy apresurados, pero ya empieza esa terrible fuerza en el suelo que hace que, en vez de caminar, corra. En mitad de la absurda carrera, observo que él vuelve su cabeza hacia mí y también su cuerpo para intentar evitar que el impacto del mío le coja de lado y lo tire a él, y a mí, al suelo.

Aterrizo en sus brazos y me disculpo en inglés. Su cara es realmente de una persona simpática, una persona que se toma las situaciones difíciles con buen humor. Por su acento, veo que no iba desencaminada cuando pensaba que era inglés. Acepta mis disculpas mientras mantenemos el ridículo abrazo. Si no fuese por la situación tan bochornosa en la que nos encontramos, bien podría decirse que somos pareja y que estamos teniendo un momento de pasión o que hace cinco años que no nos vemos.

Mis frases de disculpa se han agotado, pero su sonrisa continúa. La fuerza del barco es esta vez de tal magnitud que los esfuerzos que él hace con sus brazos para separarme y yo, a su vez, con los míos, resulta del todo inútil.

Tengo mis pechos pegados a la camisa de él. No sé qué hacer. Aquellos segundos se me hacen horas.

Por fin, el barco se inclina hacia el otro lado. Siento un gran alivio, incluso me despido. Pero es peor. Voy a toda pastilla en sentido contrario, es decir, hacia atrás.

Durante todo el tiempo que llevaba soportando aquella tormenta me había visto envuelta en situaciones difíciles mientras recorría los pasillos del barco plagados de pasajeros, sin llegar a hacer el ridículo y ahora que me encontraba con alguien atractivo, parecía una especie de peonza descontrolada.

Aquel bochorno no había terminado, pues como es lógico, el barco proseguía con su interminable balancín.

Y otra vez los metros que me separaban de él, comenzaron a disminuir a toda prisa para volver a unirnos en un abrazo tan efusivo, que el camarero empezaba a dudar si aquello era amor a primera vista.

La verdad es que los abrazos de aquel hombre desconocido no estaban mal. Quizá por eso ahora me gustan tanto las tormentas. 

La enfermedad de la prisa, Hyperloop

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Ayer me enteré del proyecto de un nuevo medio de trasporte terrestre llamado Hyperloop que, según dicen, sería capaz de circular casi a la velocidad del sonido, propulsado por energía solar.

Por el momento su diseño es sólo teoría, pero si se llega a construir, estaría compuesto por varios vagones que circulan encapsulados dentro de un tubo, dentro del cual se dan las condiciones ambientales necesarias para que el vehículo se desplace a 1.220 kilómetros por hora.

La barrera del sonido está en 1.234 kilómetros por hora.

El emprendedor sudafricano Elon Musk, conocido por ser el fundador de PayPal, la compañía espacial SpaceX y la empresa de coches eléctricos de alta gama Tesla Motors, escribió sobre este nuevo proyecto a través del blog de Tesla Motors.

Siempre he estado a favor de los avances en todos los campos, creo que es parte de una sana evolución. Sin embargo, al conocer la noticia no pude evitar pensar que el mundo estaba infectado por una extraña enfermedad, que la afectaba en todos los ámbitos de la vida: La enfermedad de la prisa.

Todos somos conscientes de que la vida en sí misma es un recorrido y, según creo, casi nadie quiere llegar pronto a su meta. Entonces, ¿para qué corremos tanto? ¿Por qué no dejamos de idear aparatos que creemos nos hacen “ganar tiempo”? Cuando en realidad, lo que hacen es que el tiempo se nos escurra entre las manos.

En este empeño en alcanzar destinos, nos conduce a obviar el momento presente, es decir, la vida en sí misma.

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Los viajes en tren están hechos para mirar por la ventanilla, leer un libro, ir al vagón restaurante a tomar algo, sirven para disfrutar de una conversación o del sonido de los vagones, para pensar en cómo hacer reales tus sueños o para curiosear por la ventanilla en cada estación.

Disfrutar de un viaje en tren, es disfrutar del camino sin prisa, no del destino. Si enfocamos nuestra vida bajo este prisma, jamás viviremos, sólo nos acercaremos más deprisa hacia el final de ésta.

Ese afán por llegar, sin que sepamos siquiera qué queremos exactamente alcanzar con tal premura, esa vorágine que nos obliga a correr a todas partes, esa prisa y estrés que nos presiona continuamente, no nos permite disfrutar del viaje en sí mismo, que es lo único que con certeza tenemos.

¿Por qué no dejamos de correr hacia el final? Centrarse en el presente, en los pequeños momentos que un día normal nos proporciona, en los detalles a los que no prestamos atención hasta que perdemos. Aprender a ralentizar es aprender a vivir.

Sólo en esta lentitud encontraremos lo que tan ansiosamente buscamos.

Si corremos mucho, sólo conseguiremos llegar antes al final.  

 

Os voy a contar un secreto

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El otro día leía un artículo de un periodista muy conocido que decía que no soportaba ir a la playa y que no entendía a la gente que iba.

Desplazarse a un sitio para pasar calor, pelearse por extender la toalla y llenarse de arena como una croqueta, era algo que no entendía.

Mientras lo leía, sonreía porque creo que se refería a un tipo de playa y a una manera de ir a la playa.

He estado alguna vez, por error, en alguna de esas playas y me prometí a mí misma no volver por lo agobiante de la experiencia.

A mí tampoco me gustan, porque se pasa mucho calor, te pican bichos en el mar, el agua está más caliente que una sopa castellana, la gente se apelotona, grita, lleva bolsas de comida y refrescos varios, duermen la siesta espatarrados, se achicharran. Total, que a mí también me espanta ir a la playa así y tener que reservar sitio, o sombrilla, o como sea que acostumbren a hacer en esos sitios.

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No debería desvelar mi secreto, pero no es justo que exista gente que se esté perdiendo la otra manera de ir a la playa.

Durante el verano visito mi tierra, Galicia, y cuando voy a la playa, no paso calor nunca, aunque lo haga, y lo hace, por mucho que se empeñen en decir lo contrario en los telediarios, haciéndonos el inmenso favor de no enviarnos hordas de gente para machacar el litoral.  

Cuando el sol calienta, te metes en el agua, que está fría y a veces muy fría, pero por eso nos metemos, porque tenemos calor y no necesitamos calentarnos los pies.

Cuando el agua roza tus hombros, ya no puedes evitar sumergir la cabeza y el pelo entero. La sensación de relax es siempre intensa y engancha. Además, por mucho que se empeñen en obligarnos a comprar productos de belleza para tener un cuerpo diez y una melena brillante, no existe mejor cura de belleza que el agua del mar, cuanto más salada mejor.

Por no mencionar lo que les ocurre a las neuronas de tu cerebro en el mar, es toda una renovación de ideas, a tal punto que al salir del agua sueles pensar por qué no te has traído el portátil para, por lo menos, apuntar cinco de las ocho ideas que has tenido.

En cuanto al espacio entre toalla y toalla, pues no sé. La verdad es que si veo unas cuantas toallas juntas, me dirijo al otro extremo de la playa y me alejo unos cuantos metros, pero no centímetros, como ocurre en algunos sitios.

Si esto no es posible, como nuestras costas están repletas de pequeñas calas de agua clara y transparente, me voy, y todo lo más que puedo encontrar será una familia o una pareja.

En las playas que yo frecuento, no hay gente arrastrando neveras, ni calentando la comida que le han hecho preparar a cuarenta grados de temperatura a la pobre madre de familia, simplemente te acercas al bar más cercano y pides un Albariño frío y una tapita con lo que le haya dado la gana de ir a buscar al mercado al dueño o lo que haya pescado su sobrino.

Al final del día nadando y escuchando el sonido del mar, sólo puedes dar gracias por no tener que meterte en una caravana de coches. El mar está al lado, por todas partes y está frío para que nos circule la sangre a los gallegos ¡y vaya si nos circula! a toda máquina, excepto a algunos a los que me referiré otro día.

Únicamente quería dejar constancia de que ir a la playa no es siempre un sacrificio, para algunos es una bendición.

¿Por qué creéis que la mayoría de los políticos y otro tipo de cargos veranean por mi tierra y procuran no decirlo?

Pues, porque no quieren que lo sepáis, por eso os lo digo yo. 

Angrois: No pienses… actúa

Esta es una carta abierta enviada y publicada en “La Voz de Galicia” de forma anónima por uno de los vecinos del barrio de Angrois en la que expresa con valor y sinceridad los sentimientos de los vecinos.

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«Nos han manipulado, no nos han dejado pensar. Todos se han lavado la cara con nuestras lágrimas».

En la pequeña aldea de Angrois hay muchos ancianos. Cuando alguno tropieza y cae al suelo corremos a levantarlo. Es una reacción espontánea, humana. Eso hicimos la noche del 24 de julio. No pensamos, actuamos. Agotados, sin cenar, sin dormir, desde las ocho de la mañana hasta que desfallecimos respondimos al estribillo de cientos de micrófonos: «Dónde estabas, qué hiciste, qué pensaste, qué viste?». Mientras, por la plaza, el puente y las vías transitan uniformes, chalecos amarillos y corbatas; las gigantescas grúas levantan convoyes, las maletas, bolsos y el dinosaurio verde fosforito son transportados a furgonetas custodiadas. Ya no hacemos falta, no nos dejan ni mirar, para regresar a casa hay que dar el paseíllo por senderos oscuros. En casa los teléfonos fijos y móviles no paran de sonar, todos quieren una entrevista, desde Estados Unidos a Japón. Intentamos ser amables, educados. Para no herirnos apagamos el televisor, la radio, el ordenador, apartamos los periódicos.

Llega Rajoy y Ana Pastor, ni siquiera nos saludan. Luego Rubalcaba y otros, lo mismo. El alcalde nos convoca, por fin nos felicita. «No somos héroes, no queremos nada más de lo que ya estábamos demandando». Llegan los primos psicólogos. Un periódico nos concede el premio Gallegos del Año. Siguen los micrófonos acechando, los teléfonos sonando sin parar. «Ven a Madrid, a Barcelona, al programa de fulanito, te pagamos el viaje. El Facebook y la página web de Angrois se bloquean, como nosotros. Hay que ir al Ayuntamiento corriendo: vienen sus altezas los príncipes de Asturias, hay que estar a las 6.30 para recibirlos sonrientes, como así hicimos. Tras ellos, Feijoo, ministros, altos mandatarios. «Para lo que haga falta llámame, mi secretaria te da mi teléfono». Más micrófonos.

La policía judicial se lleva a los vecinos que socorrieron al maquinista para que declaren. El Ayuntamiento se reúne en pleno, nos concede la medalla de oro de Santiago. Un malagueño recoge firmas para nominarlos al príncipe de Asturias. Viene el alcalde, nos comunica el premio. «Gracias, pero no queremos nada». La concejala aprovecha para que le contemos y enseñemos lo que desde hace un año entró por el registro del ayuntamiento. «Hay que hacer algo que conmemore esto». «Por favor, no nos levanten un cementerio». Más micrófonos, más llamadas insistentes, primero elogian, luego piden que concedas una entrevista para un programa basura. Vienen los técnicos del Ayuntamiento, recorremos con ellos toda la aldea, recordándoles lo que ya pedimos y no leyeron. Levantan informes que se serán estudiados. Otro telefonazo, viene el ministro del Interior «¿y qué pintamos nosotros con él?». Viene, ni nos mira. Pero le paramos y le pedimos que rinda homenaje al jefe de caballería de Santiago, que se lanzó a las vías como desde un trampolín y nadó contracorriente toda la noche del 24. Toman nota, dicen. Funeral por las víctimas en la catedral, con tres horas de antelación la Xunta nos ofrece autobuses. Corremos para avisar a todos. Nos colocan los últimos. Don Julián Barrio pregona el descanso y la paz eterna. Eso es lo queremos nosotros también. Un familiar le niega la mano a los príncipes, «Vdes. no me representan». Esa sí que es una heroína. En el Obradoiro les aplauden generosamente. En la aldea nos esperan más micrófonos, cordones policiales, trasiego de maquinaria infernal. «Por aquí no se puede pasar», «Pero si vivo ahí? tengo que ir mañana a trabajar». Más rodeos, más llamadas durante la noche de insomnio. Saltándose los controles, comienzan a aparecer flores en el puente. En YouTube a un vecino le llaman hijoputa, cabrón, sinvergüenza, por haber grabado un vídeo y haber gritado fuera de sí ante el espanto. Se lo ha regalado a los medios de comunicación de todo el mundo. «No hagas caso -le consuelan sus vecinos-, nosotros sabemos lo que hiciste esa noche». Vamos cayendo, más psicólogos. Don José, nuestro cura, nos visita, nos alienta, programa una concentración en el Obradoiro saliendo desde Angrois. Llaman del hospital, van a devolvernos las mantas con que arropamos a los muertos. «Por Dios -grita un vecino-, ¿quién se va a arropar con ellas?». Acordamos que las donen a un centro de asistencia social cercano.

Más micrófonos, ya invadiendo huertas, casas, ventanas. El Sindicado Unificado de la Policía Nacional quiere rendirnos homenaje. «Gracias, pero sin vosotros no hubiéramos hecho nada». «Hay compañeros que se tocaron los cojones», responden. Aceptamos, no podemos ser desagradecidos. Nos llegan miles de mensajes y cartas de todo el mundo llamándonos ángeles. Los periodistas rascan en el pasado, el movimiento vecinal en contra del AVE, las promesas del ministro José Blanco, la aldea desgajada durante tres años, las casas derribadas, los terrenos expropiados, las duras negociaciones para levantar las actas, el pago a 3 euros el metro cuadrado por la finca que dio de comer a los abuelos, el no haber visto un duro desde entonces, el aplomo de Isabel Pardo de Vega, jefe de Obras, asegurándonos que en dos meses levantaba el nuevo puente de la Vía de la Plata. Tardó dos años. «Queremos un falso túnel», le demandamos. «No da la altura», responde. Lo hizo un poco más allá, en Castiñeiriño, más bajo, pero residencia de la hija del concejal Bernardino Rama. Bonitos jardines. Para nosotros, unos bancos y unos rododendros que se agostan por la maleza, a pesar de nuestros mimos. «Tenéis que asistir al homenaje de Bonaval», nos dicen desde el Parlamento. «Pero si tenemos la concentración en el Obradoiro». Nos dividimos. El presidente de la asociación de vecinos y el secretario aguardan consolando a la jefa de protocolo de la Xunta, rota en sollozos. Suben al estrado conmocionados por la Negra sombra de Rosalía. «En Angrois nos cogeremos del brazo y despacio, poco a poco, andaremos juntos hacia adelante», dice el primero. El otro recita a Valente y se derrumba. Le rodean decenas de trajes negros.

«Lo que quieras, lo que nos pidas, llámame». «Solo quiero descansar, que me dejen llorar». Un músico de la Real Filarmonía de Galicia le aconseja que les mande a la mierda, que los vecinos de Angrois también están heridos y necesitan ser respetados. El chico asiente.

En el Obradoiro nuestro cura se aparta, deja el protagonismo a un compañero suyo. Otra vez los malditos micrófonos y cámaras. «Pero qué coño quieren que les digamos ya? ¿una mentira?». En Angrois los operarios son incapaces de sacar las locomotoras. El insolente tren que ya circula por una vía libre tiene la desfachatez de cruzar haciendo sonar el estremecedor silbato. Otra noche de insomnio, la séptima. Culpan al maquinista y un vecino acierta «Nos vendieron una Harley y resultó ser una Vespino». Los altos jefazos del ADIF por fin dan la cara ante el pueblo. «Disculpad por no haber hablado antes con vosotros, pensábamos que érais un Ayuntamiento propio». Sonreímos ante su propia contradicción. Levantan acta de daños en viviendas, bienes públicos, pero no de daños personales. El operativo de emergencias del 112 para atender a los vecinos se cierra. «Acudid a urgencias». Citas para el otoño a los que cada día van cayendo. Se levantan las murallas. Decenas de familiares y curiosos invaden todo.

Cruces, recordatorios, flores, esquelas, incluso un artista graba en el hormigón con caligrafía esmerada un agradecimiento. Continúan los sabuesos reporteros grabando, pretendiendo ahora reflejar la vida cotidiana en Angrois. Se les cierran todas las bocas y puertas porque esa vida ya no existe. La policía nos rinde un sencillo pero sincero homenaje, de cinco minutos. Les aplaudimos a rabiar. Los de traje y corbata se despiden. «Ahora me voy de vacaciones, pero ya sabéis dónde estoy». Por fin nos quedamos solos. Llovizna. Nos miramos unos a otros con ojos enrojecidos y ojeras descomunales.

El autor de esta carta es un vecino de Angrois

Mis distintos “yos” según el idioma, un cambio sin vuelta atrás

Berlin

Hay una gran diferencia entre viajar, por muchos países que visites, que vivir en ellos.

He vivido y trabajado tanto en Bruselas, Zúrich, como en Berlín, durante años y viajado por algunos más. Aunque reconozco que Suiza y Alemania están más en mi corazón.

En estos años he desarrollado, lo que denomino “mis distintos yos”. Estas variantes de mí misma, aparecen sobre todo al cambiar de idioma, pues al hacerlo, también cambia mi manera de pensar.

Cuando hablo inglés, alemán o francés, no pienso en español, sino en el idioma en el que hablo. Utilizo estructuras diferentes, que se han ido trazando a base de tiempo.

He aprendido, que tanto para dominar un idioma, como para poder integrarte en un país, no debes forzar el proceso, sino dejar que fluya de forma natural, pues se trata de una trasformación que se alimenta de tiempo.

Las claves son dejarse llevar, observar y permitir que se produzcan cambios en tu interior.

Si pretendes vivir en un país que no es el tuyo y sentirte parte de él, debes abrirte a un proceso de aprendizaje en el que participarán tus sentidos, la manera en que percibes el mundo y entiendes la vida.

No se trata sólo de “saber cómo van las cosas en ese país” sino en encontrar tú yo de ese lugar.

Cuando cruzo la frontera hacia un país en el que ya he vivido y que conozco, en esencia sigo siendo yo, con mi manera de pensar, el mismo sentido del humor y todas las características propias de mi ser, pero también mi manera de hablar, mi comportamiento, incluso mi tono de voz, es otro.

No voy a decir que cuando voy a Suiza me convierto en suiza, ni que cuando voy a Alemania me convierto en alemana, pero desde luego sí se produce un cambio en mí.

Siento que hay una derivación de mí que me hace sentir que pertenezco al país. Igualmente que, si no estoy en él, me falta algo. Y de la misma manera, si no estoy en el mío propio, lo añoro. A esto me refería en mi entrada “Feeling Nowhere”.

Este tipo de sentimientos únicamente se dan cuando te has adaptado a lo nuevo, de manera que ya forma parte de algo que sientes como tuyo.

Uno de los detonantes principales de este otro yo, es el idioma. Pues aunque sigo siendo la misma persona, cuando pienso en alemán, los recorridos que hace mi cerebro para expresar algo, difieren a los que recurro cuando hablo en español.

Si me expreso en inglés o francés no siento igual, que si lo hago en alemán o español.

Una persona que viaje por diversos países, pero viva y trabaje en uno solo, no puede sentirse de esta manera.

Si tu día a día, los sabores, los sonidos, los tonos de voz, la luz, las costumbres, la manera de pensar y todos los factores que te rodean, los has hecho tuyos, es entonces cuando has creado un nuevo yo.

 Museos y café en Berlín

En el aprendizaje de un idioma, por ejemplo, ocurre un fenómeno similar.

Hay gente que es incapaz de formar frases o pronunciar bien un idioma ajeno al suyo porque no derriba esa barrera, y no olvida las estructuras de su lengua materna, ni su fonética.

Estas personas hacen que su mundo sea, en este sentido, monocromo.

Si abandonas estas barreras y te abres, comprendes que la pronunciación de las distintas lenguas parte de un centro que no es el mismo para todas y si pones obstáculos para encontrarlo siempre hablarás ese idioma con acento extranjero.

Del mismo modo, si te empeñas en pensar en español y crees que sólo ésas son las estructuras “correctas” y que en ese otro idioma “deberían ser así, porque así te las han enseñado”, nunca dejarás de cometer errores en ese idioma extranjero.

Es decir, es una cuestión de abrirse o no. Si esta apertura se produce, habrá millones de conexiones cerebrales que cambiarán y también se crearán otras nuevas. El mapa de tu cerebro se ampliará en todos los idiomas que domines. Percibirás las cosas bajo prismas diferentes y dispondrás de un arcoíris de perspectivas, que enriquecerán tu vida.

Yo soy varios” yos” distintos, construidos a base de experiencias muy buenas y también muy malas, que hacen que vea el mundo en colores.

Estas diversas perspectivas son como una droga que nutre de claridad y agudeza a mi mente, pero no está exenta de efectos secundarios como que no sepas cuál de esos” yos” es al que debes seguir. Lo malo, es que, una vez la has probado, no hay posible vuelta atrás.

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Ethos, Pathos y Logos en el discurso político

 

40FDAC011Hace ya tiempo que vengo observando como los ojos de muchos políticos se vacían mientras pronuncian un discurso, como si las pocas neuronas que les circulan con dificultad, se fueran a dormir la siesta un rato.

A otros les da por pestañear frenéticamente cuando se les hace una pregunta que no tienen intención de contestar, procurando no mirar de frente a nadie  y actuando como si no se les hubiera secado del todo la máscara de pestañas.

Otros repiten frases vacías sin tono alguno y vacías de mensaje, como si pensaran que se les paga por mover los labios.

La retórica tiene su origen en la Grecia clásica. Aristóteles escribió en su famosa Retórica que existen tres tipos de argumentos persuasivos:

  • Ethos  que se refiere a la credibilidad del orador y su relación con la audiencia.
  • Pathos que se refiere  al receptor del discurso, es decir, a los  argumentos emocionales que pueden incluirse en un discurso, como  las historias, anécdotas, analogías, metáforas, símiles, narradas con pasión.
  • Logos que se refiere a los argumentos lógicos apoyados con evidencias sólidas que apelan a la razón.

Probablemente cualquier político que pudiese leer el comienzo de esta entrada, no llegaría ni a la tercera línea sin quedarse dormido.

Y es esto mismo lo que nos ocurre a nosotros cuando les escuchamos argumentos que a ellos mismos les producen somnolencia. Esa pesadez de ojos que les produce la frecuente falta de actividad cerebral.

No es únicamente que carezcan de las mínimas habilidades para pronunciar un discurso, si no que llevan tanto tiempo representando la misma obra de teatro, ensayada hasta la saciedad en conjunto por los partidos políticos ya sean éstos de color rojo, azul, verde o violeta, que aunque antes tampoco se creían ustedes sus insultos, ahora el problema es que su “ethos”, es decir, su credibilidad es completamente inexistente y aunque procuren disimular con enfados fingidos y falsa pasión, carecen de empatía alguna con la situación a la que nos han conducido a conciencia y de forma reiterada a través de los años y de las legislaturas.

Para mentir, también hay que esforzarse y ustedes, ya ni se molestan en eso.

Un recorrido de años tapando las chapuzas los unos a los otros, poniéndose de acuerdo tanto para subirse los sueldos, como para firmar de todo a nuestras espaldas que, aunque tuviesen la habilidad de los antiguos oradores, no convencerían a nadie, pues su credibilidad se ha agotado hace demasiado tiempo.

Por tanto, llegados a este punto, aunque fuesen unos expertos en el arte del discurso, ni su ethos, ni su pathos, ni su logos, podrían salvar lo que pensamos de ustedes. Nuestro pensamiento está ocupado en como iniciar un profundo proceso de purificación de arriba a abajo y sin más dilación.

Ya que nos han dejado en tierra baldía.