Os voy a contar un secreto

Menduniña

El otro día leía un artículo de un periodista muy conocido que decía que no soportaba ir a la playa y que no entendía a la gente que iba.

Desplazarse a un sitio para pasar calor, pelearse por extender la toalla y llenarse de arena como una croqueta, era algo que no entendía.

Mientras lo leía, sonreía porque creo que se refería a un tipo de playa y a una manera de ir a la playa.

He estado alguna vez, por error, en alguna de esas playas y me prometí a mí misma no volver por lo agobiante de la experiencia.

A mí tampoco me gustan, porque se pasa mucho calor, te pican bichos en el mar, el agua está más caliente que una sopa castellana, la gente se apelotona, grita, lleva bolsas de comida y refrescos varios, duermen la siesta espatarrados, se achicharran. Total, que a mí también me espanta ir a la playa así y tener que reservar sitio, o sombrilla, o como sea que acostumbren a hacer en esos sitios.

castineiras

No debería desvelar mi secreto, pero no es justo que exista gente que se esté perdiendo la otra manera de ir a la playa.

Durante el verano visito mi tierra, Galicia, y cuando voy a la playa, no paso calor nunca, aunque lo haga, y lo hace, por mucho que se empeñen en decir lo contrario en los telediarios, haciéndonos el inmenso favor de no enviarnos hordas de gente para machacar el litoral.  

Cuando el sol calienta, te metes en el agua, que está fría y a veces muy fría, pero por eso nos metemos, porque tenemos calor y no necesitamos calentarnos los pies.

Cuando el agua roza tus hombros, ya no puedes evitar sumergir la cabeza y el pelo entero. La sensación de relax es siempre intensa y engancha. Además, por mucho que se empeñen en obligarnos a comprar productos de belleza para tener un cuerpo diez y una melena brillante, no existe mejor cura de belleza que el agua del mar, cuanto más salada mejor.

Por no mencionar lo que les ocurre a las neuronas de tu cerebro en el mar, es toda una renovación de ideas, a tal punto que al salir del agua sueles pensar por qué no te has traído el portátil para, por lo menos, apuntar cinco de las ocho ideas que has tenido.

En cuanto al espacio entre toalla y toalla, pues no sé. La verdad es que si veo unas cuantas toallas juntas, me dirijo al otro extremo de la playa y me alejo unos cuantos metros, pero no centímetros, como ocurre en algunos sitios.

Si esto no es posible, como nuestras costas están repletas de pequeñas calas de agua clara y transparente, me voy, y todo lo más que puedo encontrar será una familia o una pareja.

En las playas que yo frecuento, no hay gente arrastrando neveras, ni calentando la comida que le han hecho preparar a cuarenta grados de temperatura a la pobre madre de familia, simplemente te acercas al bar más cercano y pides un Albariño frío y una tapita con lo que le haya dado la gana de ir a buscar al mercado al dueño o lo que haya pescado su sobrino.

Al final del día nadando y escuchando el sonido del mar, sólo puedes dar gracias por no tener que meterte en una caravana de coches. El mar está al lado, por todas partes y está frío para que nos circule la sangre a los gallegos ¡y vaya si nos circula! a toda máquina, excepto a algunos a los que me referiré otro día.

Únicamente quería dejar constancia de que ir a la playa no es siempre un sacrificio, para algunos es una bendición.

¿Por qué creéis que la mayoría de los políticos y otro tipo de cargos veranean por mi tierra y procuran no decirlo?

Pues, porque no quieren que lo sepáis, por eso os lo digo yo.