Al médico con papá

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Existen días en los que hagas lo que hagas, las cosas no salen bien. Y éste, sin duda,  fue uno de ellos.

Me encontraba pasando unos días en casa de mis padres. Mi madre procuraba pasar tiempo conmigo, pero tenía mil cosas que hacer. Entre ellas, atender un súbito dolor que tenía mi padre en el dedo de un pie, con la consiguiente cita con su médico general.

Lo peor del asunto era que, sin él saberlo, le esperaba una pequeña encerrona, ya que el médico pretendía convencer a mi padre de que se hiciera un examen de próstata, pues su internista había encontrado algo en los últimos análisis que le había hecho.

Mi madre y yo sabíamos que no había persona en la tierra que lograra convencer a mi padre de algo que él no quería hacer, así que, habíamos intentado que este asunto quedase en nuestras manos.

Sin embargo, aquella aciaga mañana, para sorpresa de ambas, mi padre, que ya había estado reflexionando sobre su estratagema para librarse de la cita, se presentó ante nosotras muy decidido, con cara de pocos amigos y nos espetó desafiante: “Me voy al médico solo”.

Papá no ha ido al médico solo en todos los días de su vida, ni tan siquiera a pedir una receta, no fuera a ser que, en un descuido, lo cogiese por las orejas y en vez de firmársela, lo metiera directo en el quirófano.

Después de tan valiente afirmación, ambas teníamos claro que lo que pretendía era marcharse solo a dar una vuelta, hacer tiempo y volver a la hora de comer, protestando por  la cantidad de gente que había encontrado en la consulta y pudiendo afirmar así, que no había podido ser atendido.

Como era preciso que le recetasen algo para el súbito dolor en el pie, yo me ofrecí voluntaria a acompañarlo, con lo que, obviamente le chafé el plan de escabullirse de la visita. En aquellos momentos no sabía a lo que me exponía.

Simplemente quería evitar que fuese solo porque, tanto mi madre como yo, nos temíamos que Francisco, así se llama el médico, pudiese mencionar la prueba de la próstata: “Traédmelo por aquí que ya lo convenzo yo”, nos había soltado con gran seguridad. Después de aquella frase, mi madre y yo pensábamos: “Este pobre hombre no sabe a lo que se enfrenta, si lo supiera preferiría repetir el MIR”.

Lo primero que hicimos fue coger un taxi, ya que mi padre no podía caminar bien. No es que el ambiente en el vehículo fuese muy distendido esa mañana. Papá había entrado en una especie de mutismo muy raro en él, muy probablemente debido a su cita.

Llegamos al centro médico. El sitio es nuevo y diría que agradable, aunque no puede haber ningún sitio donde haya médicos que sea agradable. Y sé que la mayoría de ellos opinan igual que yo.

Me bajé del taxi y dejé a mi padre pagando. La primera en la frente. El pobre estaba tan nervioso, que cuando salía del taxi su cabeza rozó el techo del vehículo y, debido a su falta de pelo, y por tanto, a una mínima protección, se convirtió en un reguero de sangre. Pero esto no lo detuvo ni un momento.

¡Santo cielo! Cuando vi aquello me abalancé a examinarle la cabeza  y comprendí que no debía de haber salido tan a la ligera del vehículo y que la mejor opción hubiera sido poner mi mano en su cabeza cuando descendió, como hacen los polis con los maleantes.

Acto seguido, papá dijo apresurado que no era nada, poniéndose un pañuelo blanco en la cabeza, pero yo ya había observado que se había llevado por delante un buen trozo de piel, nada grave, pero que sangraba abundantemente.

Pues así entramos. Era un espectáculo casi hilarante, ya que en lo único que él podía pensar era en terminar pronto con todo aquello y aceleraba el paso por el pasillo sin darme tiempo ni a seguirlo, con la mano en la cabeza intentando detener la estrenada hemorragia.

Una vez lo vi sentado, empecé a buscar a una enfermera que le pusiera algo en la herida, pero, oh milagro, la puerta del médico se abrió y nos indicó que pasáramos.

¿Por qué todo ocurría tan deprisa esa mañana? Generalmente, siempre tenemos que esperar un buen rato en la antesala. Pero ese día, nada.

Nos sentamos. Le dije lo que le pasaba en la cabeza. Papá estaba totalmente a la defensiva ante la perspectiva de consultarle lo que le pasaba en el pie.

El médico, al que ya le rondaba la idea de soltarle el discurso prohibido,  pensó que poniendo una voz autoritaria, método que probablemente le funcionaba con muchos pacientes, mi padre iría como un cordero a hacerse la dichosa prueba.

A esas alturas yo ya sabía que no era ni el momento, ni el día y probablemente ni el año. Ya se lo había dicho anteriormente, estando a solas con él. “Deja que le hable mi madre. No le menciones el tema porque lo vas a asustar más” Pero, mi padre que parece una persona afable y sencilla, es muy difícil de conocer y puede acabar con la moral de una persona en unos cuantos minutos sin siquiera proponérselo.

Al terminar de mirarle el dedo gordo del pie y diagnosticarle un probable pequeño ataque de gota, mi padre ya se había soltado mucho más con eso del pañuelo y se lo había dejado pegado, eso sí plegado en cuatro partes, encima de la cabeza y adoptado una posición mucho más a la defensiva que antes, frente al posible agresor. Quizá ya sospechaba que algo más se gestaba allí, con los médicos nunca se sabe. Cruzaba los brazos sobre el pecho. “Mala señal”, pensé yo. No podría decirse que la postura fuese muy natural. Sus ansias de defenderse eran tales, que los había cruzado demasiado arriba mientras apretaba los labios, y eso, junto con el toque árabe que el pañuelo le daba, su aspecto no inspiraba mucha tranquilidad.

Aprovechando que yo estaba sentada del lado del oído en que mi padre no oye, advertí al médico, sin miedo a ser oída, que no plantease el tema ese día. Sin embargo, éste no estaba dispuesto a arredrarse y, haciendo caso omiso de mis indicaciones verbales, inició su propio calvario.

Comenzó explicando con paciencia, pero con seguridad, que era mejor asegurarse del resultado de los análisis del internista y que se sometiese a una prueba, que, según él, era muy sencilla. Y así, pasó a explicarle en qué consistía la prueba en cuestión.

Tras dicha exposición mi padre contestó: “Pero, ¿eso qué es?” Cualquiera que no lo conociese y no supiera en el ataque de pánico en que se encontraba no le hubiese encontrado ni pies ni cabeza a la preguntita, que no era otra cosa que, ¿A qué conduce esto? ¿Va a haber otras pruebas? ¿Qué pasa si encuentran algo? En fin, lo que todos tenemos en la cabeza en este tipo de situaciones. Pero, como es lógico, el médico interpretó que había, quizá, que utilizar un lenguaje menos técnico y volvió sobre el asunto con palabras más sencillas, que tuvieron el mismo resultado: “Pero ¿eso qué es?” Parecía que mi padre se había parapetado en esa frase y no tenía intención de soltar otra cosa por la boca.

Para entonces, yo ya había abandonado al pobre doctor metido hasta las cejas en el asunto y me dedicaba a mirar hacia un lado, distraída, leyendo no sé qué calendario de esos que dedican cada mes a una enfermedad.

Cuando volví la cabeza hacia el médico, me dedicó una mirada de desesperación como suplicando ayuda. “No, no”, pensé, “ya te lo había advertido”.

Lo explicó por enésima vez, pero la postura corporal del médico había cambiado con respecto al comienzo del discurso. Ahora ya no reposaba su espalda en el sillón, sino que se hallaba echado hacia delante enervado. Lo último que le oí decir antes de abandonar la consulta, estando mi padre en la misma posición de autodefensa y repitiendo exactamente la misma frase fue: ¡Qué te van a meter un dedo por el culo!

Caray, el pobre hombre estaba exhausto. Mi padre lo había machacado. Eso sí, él tampoco se encontraba demasiado bien, entre la herida de la cabeza y el bajón de moral a causa de la charla en la que le auguraban todo tipo de males. No había por donde cogerlo. También hay que decir, que el médico no estaba en mucho mejor estado.

Me lo llevé a la enfermería. Sólo quería sacarlo de allí y que le curasen la herida de una vez. Pero la cosa no había acabado. Aún me esperaba otro asalto con la enfermera.

Papá es siempre encantador con las enfermeras, ya que éstas suelen portar utensilios que no le gustan e intenta distraerlas charlando y riéndose. Ellas lo encuentran encantador, viéndolo tan relajado y están siempre encantadas de tener un paciente tan afable.

Entramos en una salita. Se sentó en un sillón. La enfermera echó un vistazo a la herida, dijo que no era profunda, pero que sangraba mucho. Había que desinfectarla y ponerle unas gasas. Como ya he mencionado, mi padre es sordo de un oído, él sigue diciendo que oye poco, pero eso es otro tema.

La enfermera depositó unos apósitos en la cabeza de mi padre. Las gasas blancas se asemejaban a una especie de torreta que había que aplastar “pescándolas” con un esparadrapo. Mi padre me miraba fijamente con todo aquel bulto colocado encima de la cabeza.

La enfermera se esmeró en colocarlas bien, puso bastantes, una encima de otra. La cabeza de mi padre parecía un merengue, blanco, alto y barroco.

En ese momento, la pobre cometió el fallo de avisar a mi padre de que no se moviera, dándose la vuelta para cortar el esparadrapo. Y al estar ella detrás del sillón donde él se encontraba sentado y oyendo que ella murmuraba, se volvió de golpe para preguntarle si quería algo, poniendo “su oído bueno” y su mejor intención. Todo el vendaje salió disparado hacia un lado igual que una serpentina.

Todo era tal sucesión de desastres, que yo me hallaba sumida en una profunda vergüenza y desesperación. Mi ayuda se había tornado más bien en una especie de asesinato tanto físico, como moral, pues se encontraba más asustado y deprimido que antes de acompañarlo.

Me quedé quieta, mirándolo fijamente y sin articular palabra. Me encontraba delante de él, como si me hubiese convertido de pronto en un objeto inanimado, mudo.

Me ha ocurrido otras veces en situaciones que superan mis límites y parece que ésta lo estaba consiguiendo. Me quedé en blanco. Es como si me saliese de mi cuerpo. Se me paralizan las conexiones cerebrales. La gente piensa que, o soy idiota o tengo unos nervios de acero. Ni lo uno, ni lo otro.

Todo era grotesco. Tres veces consecutivas se repitió la escena de las vendas cayendo de la herida de la cabeza de mi padre y cada vez era más gracioso ver cómo él, solícito, se giraba hacia atrás mientras la enfermera se quedaba de pie frustrada, boquiabierta, con el esparadrapo cortado en la mano y no entendía por qué, si lo avisaba, cada vez, de que no se moviese, él giraba la cabeza repentinamente como cuando un bebé tira una y otra vez los patucos al suelo sólo por el placer de ver agacharse a su madre.

Aquello ya duraba más que una operación. La enfermera no alcanzaba a comprender por qué un herido tan amable no se dejaba poner un simple vendaje en la cabeza y seguía intentando pescar a lazo los apósitos que se disparaban cada vez con más gracia como si de una broma molesta de carnaval se tratase. Algo tan sencillo, resultaba labor imposible.

Aquel día le devolví a mí madre una persona herida física y psíquicamente, que, encima, había dejado muy deprimidos a un taxista, a un médico y a una enfermera.

Tras esa mañana, me sentí muy mal, pues mi intento de ayuda se había convertido únicamente en una sucesión de calamidades. Por eso, es curioso que cada vez que le narro a mamá aquel desafortunado día, ni ella ni yo podemos evitar reírnos hasta no poder más.

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