El finger

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Temblando y agarrada al billete de avión me disponía a regresar a España desde Hannover.

Mi madre había cogido el primer avión hacia Alemania para acudir a rescatarme. Después de interminables charlas había logrado arrancarme de la casa donde vivía. Aquella crisis de angustia había dado paso a síntomas de agorafobia y sentía pánico a abandonar los lugares conocidos.

Estaba agotada ya que llevaba meses sin poder dormir por las noches. Solía pasar el día estudiando alemán en casa y practicando cada día a bajar un peldaño más de las escaleras del piso donde vivía, para lograr alcanzar la acera y poder, algún día, regresar a mi país.

El aeropuerto de Düsseldorf no era muy grande, pero a mí toda aquella gente que me rodeaba me parecía una multitud demasiado bulliciosa. Procuraba mirar hacia el suelo simulando un estado de calma que no tenía, mientras hacía cola para entrar en aquel aparato que nos llevaría de vuelta a casa.

Mientras tanto, el único pensamiento que ocupaba la mente de mi madre era sacarme del país cuanto antes. Con este firme propósito, me sujetaba con fuerza por un brazo e intentaba distraerme con alguna charla frívola que yo me esforzaba por escuchar.

Entregamos los billetes en el mostrador de la puerta de embarque y entramos en el finger. Pude sentir cómo la presión sobre mi brazo había cedido. El hecho de haber superado ese mostrador se le antojaba la última de las barreras para llevarme de vuelta.

Mis pensamientos estaban algo más llenos de dudas. Era consciente de que una vez que lograse meterme en el avión, no habría salida y el encerrarme en él, o en cualquier otro sitio, me producía pánico. No por temor a volar, sino porque me mareaba aun teniendo ambos pies sobre tierra firme. No me fiaba de mis sensaciones. Era como cuando tienes fiebre alta y sabes que tus sensaciones están deformadas, pero a ti te da igual, porque lo que te importa es lo que estás sintiendo.

Con un hombro medio encogido y mirando fijamente a la moqueta del suelo del finger, concentraba mis esfuerzos en que mi respiración fuese pausada y tranquila.

No sé cuál era la posición de la puerta del avión, sólo recuerdo que el pasillo en el que estábamos hacía una curva muy pronunciada hacia un lado.

En aquel momento aparté mis ojos del suelo y se me ocurrió mirarme las piernas, entonces pude observar que tenía la rodilla derecha doblada, mientras que la izquierda permanecía estirada en posición normal.

Respiré profundamente y armándome de valor ante la posible respuesta, pregunté a mi madre:

–      Mamá, ¿para ti el suelo está normal?

–      Sí, claro – contestó lacónica.

No tardé ni un segundo en desprenderme de su brazo para iniciar una carrera en sentido contrario.

O sea, que toda aquella cola de pasajeros se hallaba de pie con ambas piernas perfectamente rectas y, para mí, ni el suelo, ni mi rodilla derecha lo estaban. Entré en barrena.

Mi madre, para entonces, había abandonado la fila de pasajeros sin pensárselo dos veces y, ante el asombro de la gente, empezó a perseguirme por todo el finger, intentando alcanzar la manga de mi chaqueta.

La pobre ante la perspectiva de quedarse con una persona totalmente descontrolada y rodeada de alemanes, gritaba una y otra vez:

-Li, Li, párate, escucha.

Cuando consiguió darme alcance, volví a sentir aquella fuerte presión en el brazo. Aquella vez estaba claro que no pensaba soltarme y que no entendía qué podía haber desatado mi repentina estampida.

Cuando aclaramos que el suelo del finger también estaba inclinado hacia un lado para ella y para el resto de los pasajeros, mis signos vitales fueron volviendo paulatinamente a la normalidad.

Fue un vuelo tranquilo. Mamá se pasó las dos horas que duró sin dejar de hablar de cosas tan divertidas y con tal sentido del humor, que cuando aterrizamos, muchos pasajeros con miedo a volar, se acercaron a darle las gracias por haber hecho su vuelo tan agradable.

Y es que siempre he dicho que mi madre debería hablar más bajo y también trabajar en la radio, pues estoy segura de que haría subir varios puntos cualquier audiencia.

El síntoma

El síntoma

Los síntomas de una crisis de ansiedad pueden ser muy diversos. Muchos de ellos se encuentran recogidos en los libros de psicología y otros, son estrictamente personales e incomprensibles para aquellos que nunca los hayan sufrido.

Hace unos años, tener un ataque de pánico aún era interpretado como algo muy raro, en el que la gente te imaginaba con los pelos de punta y echando espuma por la boca. Sin embargo, hoy en día, puedes leer sobre ataques de pánico en cualquier revista de divulgación, de moda o en el suplemento que viene con la prensa de los domingos. Y de todos es sabido que, los ataques de pánico y las crisis de angustia, no son otra cosa que un estado de estrés extremo. Tan corrientes como un catarro, al que hay que poner remedio.

Por aquella época yo pasaba mi primera gran crisis de ansiedad que tuvo lugar durante mi segundo año en Hannover y de la que vino a rescatarme mi madre, que no dudó en coger el primer avión hacia Alemania.

Ya en mi país y después de haber sido diagnosticada, mi madre dedicaba todo sus esfuerzos a que me recuperase.

Aquella tarde, nos disponíamos a comprar unas pastillas en una farmacia para comenzar un tratamiento.

Ella hacía lo posible por entender mis extravagantes explicaciones y atendía a todos y cada uno de los extraños síntomas que le explicaba con pelos y señales.

Al salir de la farmacia, y probablemente porque ya no soportaba durante mucho tiempo más que siguiese hablando tanto y a tal velocidad, me aconsejó con voz calmada, que comenzase con el tratamiento lo antes posible.

Siempre he estado contra las pastillas, pero en aquel momento mucho más, ya que hasta lo más nimio, hacía saltar mis alarmas y provocaba que mis niveles de hipocondría fuesen más acusados aún de lo que ya eran.

Sin embargo, su consejo era comprensible, pues me daba cuenta de que había que detener aquel estado nervioso en el que me encontraba.

Decidí, por ello, abrir la caja en la misma acera de la farmacia y comencé a leer en voz alta a mi madre, que escuchaba con paciencia, los posibles efectos secundarios que las pastillas podían provocar en mi organismo.

No hizo falta más de un segundo para que mis ojos se quedaran clavados en la primera frase del prospecto.

Posibles efectos adversos:

– ¡Nerviosismo verborroso! – Le grité poseída por el pánico.

– ¿Lo has oído, mamá? ¡Ese síntoma ya lo tengo y sin tomar una sola cápsula! Estoy muy nerviosa y no dejo de hablar, ¿te das cuenta de que tengo el síntoma? ¡Y si tomo esto me pondré aún peor!

Mi madre, que poco tiene de hipocondríaca, y que estaba leyendo las instrucciones conmigo en su afán por complacerme, abandonó inmediatamente la lectura y soltó una carcajada tan sonora que pudo oírse en toda la calle.

Varias personas que nos conocían, nos miraron con envidia por lo divertida que era nuestra vida, pues hasta saliendo de una farmacia éramos como dos cascabeles.

–  No, no – decía mi madre entre lágrimas y sin poder articular palabra.

–  No, no – repetía.

Por el contrario yo me hallaba sumida en un profundo mutismo producto de mi estupefacción y del repentino pánico al no poder frenar aquello ni con una pastilla. No alcanzaba a comprender cómo podía echarse a reír de aquel modo en una situación tan grave como aquella. Tenía un síntoma que me hacía hablar sin poder parar, me secaba la boca, me producía unas terribles palpitaciones y, además, jamás podría frenarlo para volver a ser una persona normal. Pero cuanto más la miraba reprochando su falta de empatía, más agudo se tornaba aquel repentino ataque de risa incontrolada.

Pasados unos minutos en los que hubo momentos en los que pensé que iba a dejar de respirar de las carcajadas que soltaba, pudo por fin articular:

–  Nerviosismo; ver borroso. Son dos síntomas y además a lo que tú te refieres es a nerviosismo y a verborrea, no existe “verborroso” ¡so lerda!

Cuando alcancé a comprender mi estúpido fallo mental, estallé en una carcajada de dimensiones parecidas, que se convirtió en todo un ataque de risa. Las lágrimas nos resbalaban por las mejillas mientras intentábamos recomponer nuestra cara para realizar el camino de vuelta a casa sin dar la impresión de haber sido golpeadas por algún matón. Por supuesto, aquello tuvo un efecto mucho mejor que el de ninguna pastilla y pasé a un estado de relax total.

Eso sí, para entonces ya no eran un par de señoras fisgonas las que había en la acera, más bien todo un corro, a punto de preguntarnos por nuestra receta de la felicidad.

El Prisionero de la Segunda Avenida

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El paro, las crisis de ansiedad, los agobios de una gran ciudad y la lucha diaria por la supervivencia son problemas actuales y de cualquier época.

Esto está magníficamente reflejado en una de mis películas favoritas “El Prisionero de la Segunda Avenida” o “The Prisoner of Second Avenue” de 1975, en versión original, que es como más la disfruto.

Los problemas acucian a una pareja norteamericana de los Estados Unidos de los 70, interpretada magistralmente por Anne Bancroft y Jack Lemmon. La película  es, en realidad, una obra de teatro, pues se desarrolla en espacios cerrados y está plagada de  diálogos que captan al espectador desde la primera escena.

Sus dos personajes principales son Mel Edison y su esposa que viven en la planta decimocuarta de un bloque de apartamentos de la Gran Manzana.

El ambiente agobiante del verano con las altas temperaturas de Nueva York y el crimen en aumento, unido a que lo despiden, le provocan una crisis que le hace ver su vida bajo otro prisma.

Mel, tiene el estrés muy alto por su trabajo, su asfixiante apartamento y la vida que la ciudad le obliga llevar, siempre con prisas y rodeados de gente embebida en sus problemas cotidianos y diminutos mundos.

La situación de la pareja se hace difícil cuando él es despedido y, aunque se esfuerza en volver a encontrar trabajo como sea, acaba recluido en su apartamento con una espantosa y, a la vez hilarante, crisis de ansiedad.

Creo que hay pocos actores que borden tan perfectamente este estado de ánimo como Jack Lemmon y aunque es trágico, es difícil no soltar una carcajada con algunas de sus hipocondrías y continuo estado de ansiedad.

Un hombre como él, acostumbrado a luchar día a día, se encuentra repentinamente recluido en su casa, después de numerosos y humillantes intentos por conseguir trabajo.

Acostumbrado a estar ocupado fuera de casa, aunque con una vida laboral no muy agradable, no asimila el parón repentino. Ahora no tiene nada que hacer y es su mujer la que encuentra un trabajo con el que intenta sobrellevar algo mejor la situación.

Esta estancia prolongada en su apartamento, el calor, el vacío que siente y la soledad provocan que su mente comience a deformar la realidad hasta el punto de verse obligado a ir al psiquiatra.

Se producen situaciones y diálogos que sólo invitan a la carcajada, sin embargo las circunstancias son trágicas.

Mel desvaría y llega a conclusiones exageradas, tales como que se hallan envueltos en una especie de conspiración del Estado contra todos los ciudadanos. Él se ha enterado a través de la radio, pero nadie más lo sabe porque, según él mismo explica, “no hay nadie en casa a las diez de la mañana, pues todos se encuentran trabajando”.

A pesar de que las crisis de ansiedad no invitan a la risa, no puedo evitarlas al ver esta película, pues esas mismas carcajadas aliviaron muchos momentos trágicos de mi vida, como veréis en mi siguiente entrada y quizá en alguna otra.

Monólogo

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Yo-  Tengo ganas de tomar un café.

Me- ¿Tienes algún problema?

Yo- Pues claro, ya sabes que yo sólo tomo café pasadas las cinco cuando necesito hablar.

Me-  Bien, pues vayamos a la cocina.

Yo- ¿Tú también quieres uno?

Me-  Sí, pero utiliza la misma taza, somos la misma persona.

Yo- Es una pena no poder levantar el teléfono y hablar con alguien, pero sé que es un tema muy delicado y si se lo dices a alguien que no le importa, sólo conseguirás que se lo cuente a otro. Por el contrario, si hablas con alguien a quien sí le importa, lo preocuparás.

Me- Por eso estás hablando contigo misma. Es lo que haces en estas situaciones ¿no?

Yo- Sí, es lo que hago, pero no sé si es muy sano. No es bueno que nos lo guardemos todo porque de esa manera sólo lo vemos desde una sola perspectiva, la nuestra. Lo más sano es echarlo fuera, ir a la calle y contarlo. Es lo que hace la gente para sentirse mejor. Es una buena terapia y tú, que eres mujer, deberías saberlo mejor que nadie.

Me- Yo nunca he dicho lo contrario, sé que es bueno.

Yo- ¿No crees que si quieres establecer un monólogo contigo misma deberías por lo menos contradecirte? Si no esto va a ser un poco aburrido.

Me- Contradecirte en esto es una pérdida de tiempo porque las dos estamos de acuerdo.

Yo- Pues sí, lo estamos, hablemos del problema que nos preocupa con otras personas.

Me- Muy bien, ¿qué prefieres las que  lo cuentan a todo el mundo o las  personas que se preocupan?

Yo- Ninguno de los dos grupos.

Me- Pues entonces sigue tomándote el café y calla, ya se nos ocurrirá algo.

 

La invasión de los ladrones de cuerpos

No sé si alguien recuerda esta película de ciencia ficción del año 1956 del mismo nombre que este artículo.

El argumento de esta película trataba de unos alienígenas que se apoderaban de los cuerpos humanos cuando éstos se dormían, con el fin de producir una réplica exacta del cuerpo del que se adueñaban.

La trasformación se llevaba a cabo dentro de extrañas vainas, parecidas a las que envuelven a las judías. De éstas, salían copias de seres humanos idénticas, pero carentes de sentimientos. Vamos, que si te dormías estabas perdido.

Era un argumento espeluznante, ya que todos sospechaban que sus parientes o amigos se habían convertido en seres de otro planeta. 

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Cuando veía esta película en casa de mis padres, ya resultaba antigua hasta para ellos, que se reían viéndola. Sin embargo, yo era demasiado pequeña para semejantes sutilezas y me aterrorizaba cada vez que la veíamos en televisión. De hecho, creo que fue una de las razones por las que mi madre tenía que hacer ímprobos esfuerzos para que me fuese a la cama. Cuando crecí y pensaba en ella, me hacía reír, porque me resultaba muy antigua. 

Años después de haberla casi olvidado, el miedo comenzó de nuevo. Y ahora, en muchas ocasiones, me parece estar otra vez rodeada de vainas con apariencia humana, pero carentes de sentimientos.

A veces estoy hablando con alguien, entregada a mi conversación. Explico maneras de ver una situación, sentimientos, manifiesto mi furia por actos que me parecen injustos, se me escapan frases con sentido del humor, muestro tristeza, hablo de películas que he visto, de libros que he leído, de situaciones que he vivido, de partes de mi vida felices o difíciles.

De pronto, me detengo. Hay una milésima de segundo, un momento insignificante en el que percibo un vacío en la mirada de mi interlocutor. Entonces algo se quiebra, algo queda al descubierto, y ahí, en ese preciso instante, lo sé. Es una vaina.

No me entiende, no me sigue, no le importa, no se conmueve, no siente.

Hay muchas vainas que se han instalado entre nosotros. Forman parte de una invasión secreta, pero todos tienen en común que no son empáticos, son fríos y su misión consiste en que los sentimientos mueran poco a poco.

Conservan su vida y las cosas que poseen, o han conseguido, porque no hablan. Me refiero a que no hablan de verdad, sólo dicen lo que es correcto decir, de forma que sus conversaciones resultan insulsas. De esta manera, se pueden integrar fácilmente con otras vainas y eso está bien para su comunidad porque las vainas se ayudan entre sí. Y así, se hacen mayores en número.

Las vainas son entes que viven vidas parecidas con objetivos parecidos, no piensan, sólo saben lo que hay que hacer, y lo hacen para seguir conservando sus vidas monocromas, y lo que les rodea, sin mirar mucho hacia los lados. Ignorando a los que no son como ellos a los que todavía sienten, y se arriesgan, y sufren, y hablan de temas incómodos, y se hacen daño, y caen, y se levantan, y se ríen. Eso se sale del patrón impuesto, es peligroso y no les gusta.

Las vainas huyen de la esencia de la vida. No son como nosotros, los que aún conservamos sentimientos, los que estamos dispuestos a torcer nuestras vidas cuando alguien necesita ayuda y los que estamos dispuestos a escuchar, a hacernos más cicatrices de las que ya tenemos, porque no nos importa compartir, enseñar, pensar por nosotros mismos, tener ideas e intentar ser libres, aunque no sea fácil.

¿Y tú? ¿Te vas a quedar dormido?

Los españoles y el inglés

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Empieza septiembre y como cada nueva temporada viene acompañada de nuevos propósitos para “hacer las cosas bien” “enderezar tu vida” y, como no, aprender inglés de una vez por todas.

Este tipo de frases se repiten una y otra vez con cada nuevo comienzo de temporada. Es algo cíclico, pero nunca acabamos de convencernos de que no basta con repetir nuestros deseos en voz alta para que éstos se cumplan.

¿Por qué a los españoles les cuesta tanto aprender inglés?

En primer lugar, para aprender cualquier cosa, y más si se trata de un idioma, hay que olvidarse de los complejos y esto es, no sé por qué, inherente al español.

No he conocido pueblo que se vitupere más, se insulte y que sea más crítico consigo mismo que el español. Es una costumbre poco sana, nada inteligente y que, además, suele favorecer a los demás países.

No he conocido a ningún inglés o americano que se sintiese avergonzado por pronunciar el español como si se acabase de beber un barril de Rioja. Siguen practicando e intentándolo hasta que lo consiguen. Y cualquier español que se burle de su forma de pronunciar es porque ignora que su acento de alcohólico empedernido se debe a que en su idioma algunas consonantes son plosivas. Un sonido plosivo es un sonido consonántico producido por el cierre completo del tracto vocal, de forma que el flujo de aire aparece completamente bloqueado por un instante. Cuando este cierre finaliza, el aire se escapa produciendo un sonido. Este sonido se llama plosión: de ahí el término “plosivo”.

Hay muchas otras nacionalidades a las que podría referirme, por ejemplo los chinos. No he visto que ningún chino dejase de hablar español, a pesar de tener serias y comprensibles dificultades para pronunciar todas las “erres” ya que tienden a convertirlas en  “eles”.

Así como la pronunciación en inglés de los alemanes. Muchos de ellos, tienen un problema al pronunciar la “w” porque la pronuncian como una “efe”:

“Fi are happy to see you” en vez de, “We are happy to see you”.

También tienen problemas con la “s”, pues les resulta muy difícil la “th”, que tiene un sonido parecido a nuestra “z”, sólo que al pronunciarla hay que sacar más la lengua.

Un claro ejemplo es este famoso vídeo de You Tube del operador de radio de un barco que oye un S.O.S.

“We are sinking”

“We are thinking”.

“What are you thinking about?”

Como buen alemán, siempre dispuesto a hablar un rato.

Por tanto, los alemanes también podrían vituperarse hasta la saciedad, pero se centran en las cosas que hacen bien y así se nota menos. Una actitud más acertada.

Por otra parte, el aprendizaje de idiomas en España está obsoleto desde hace años. Teoría mucha, práctica nula. Y aunque ahora están empezando a emplear nuevos métodos para renovarse, están bastante mal pensados y son una pérdida de un tiempo precioso.

Es cierto que un idioma no deja de aprenderse nunca, ni tan siquiera el materno. Los idiomas están llenos de entresijos y son, sobre todo, entes cambiantes, vivos que no dejan de desarrollarse, avanzar y crecer.

Sin embargo, es posible aprender a expresarse con naturalidad en un idioma extranjero, leerlo y escribirlo sin que esto lleve unos cien años, como ocurre en España.

Matricularse en un curso puede ayudar, depende del curso y del profesor, pero el aprendizaje de un idioma es algo íntimo, es sólo entre tú y el idioma.

Tampoco es algo que se pueda forzar, es un acto natural que requiere tiempo, para unas personas más y para otras menos, pero hay que tener presente que, antes de empezar con este proceso, necesitaremos hacer un “vaciado de datos”. Es decir, tu mente tiene que estar abierta al cambio que se va a producir y no puedes ponerte a comparar, ni pronunciación, ni gramática, ni los giros con tu idioma materno con el que estás aprendiendo. Es simplemente otro idioma y tienes que aceptarlo, con las cosas que te gustan y con las que no.

La única manera de llegar a dominar una lengua hasta el punto de pensar en esa lengua, es rodearse de ella durante el mayor tiempo posible.

Comentarios como, “qué forma tan rara de pronunciar tienen éstos”, sólo denota ignorancia, porque para ellos tú también pronuncias de una forma rarísima.

Ahora mismo me viene a la mente una chica de la República Dominicana que, casada con un alemán, intentaba aprender el idioma de él sin éxito alguno y siempre solía quejarse de que “los alemanes hablaban con los dientes pegados” y como ella no los tenía pegados, por eso no podía aprender alemán.

Tampoco establezcas una cruzada contra las estructuras y las traduzcas directamente de las españolas, en un intento de colonizar al otro idioma. Las estructuras son distintas y ya está, al igual que la gente que las utiliza tienen otras formas de pensar y ven el mundo con matices algo diferentes a los tuyos.

Acepta que es distinto y que la pronunciación es otra parte de él y por ello igual de importante. Por poner un ejemplo, las vocales en inglés no son tan abiertas como en español, por tanto, cuanto “más claramente” o “mejor” quieras pronunciar, más acento extranjero tendrás.

Vuelve a ser ese niño que eras, pon tu mente en blanco, copia sonidos y estructuras, aunque al principio sólo balbucees, déjate llevar, disfruta y tanto el inglés, como cualquier otro idioma formará parte de ti.

Los españoles podremos hablar inglés cuando nos olvidemos de nuestros complejos, de nuestro sentido del ridículo y estemos dispuestos a cometer los errores que conlleva todo proceso de aprendizaje.

En la playa nudista

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En la mayoría de los casos, las playas nudistas son tranquilas y de una belleza extraordinaria, así me había descrito una amiga este paraíso en el que me disponía a pasar un tranquilo día de verano junto a mi novio.

No es que yo fuese muy partidaria de ver pasar y repasar ante mis ojos a gente desprovista de ropa, pero teniendo en cuenta que era opcional sacarse el bikini, decidí no perderme la excursión.

Efectivamente el lugar no me defraudó, más bien al contrario. Descubrí una de las playas de mayor belleza que había visto en mi vida. Su agua era de un azul cristalino, la arena fina y blanca deliciosa para hundir los pies y hasta el alma.

En un principio pensé que me iba a sentir incómoda, pero opté por ir a lo mío y viendo que los demás hacían otro tanto, pronto me sentí muy a gusto.

Me sentía feliz tumbada bajo el sol en aquel paraíso terrenal, dejando los problemas del invierno a un lado y disfrutando de aquel tórrido día de verano.

Sin embargo, mi novio iba a ocuparse de que ese día fuese inolvidable.

Después de un largo mutismo no muy común en él, se le ocurrió la genial idea de unirse al club de los nudistas. A mí me pareció una decisión poco propia en él pero, tampoco me importó.

Si le apetecía alardear de su corta y ridícula figura por la playa, yo no se lo iba a impedir. Claro que yo en su lugar, jamás se me hubiera ocurrido sacarme el bañador, ni tumbado. Más bien al contrario, me hubiese hecho un traje de neopreno especial y, para rematar, me habría enterrado en la arena.

Después de esta frase, os estaréis preguntando por las razones que me impulsaban a salir con él, pero como ahora no son pertinentes, es mejor decir que forman parte de una de esas experiencias que conviene olvidar.

Ya tumbado boca abajo en su toalla y desprovisto de su bañador empezó a envolverlo un halo de seguridad, quizá el sol al que no estaba acostumbrado, lo estaba obnubilando.

Y él, que en un principio se había negado rotundamente a ir a esa playa, dijo con cara desafiante que se iba a nadar un rato. Yo, no le concedí importancia, le dije que hiciera lo que quisiera. Semejante estado de inhibición tan poco propio de él, causaba cierta curiosidad en mí. Quizá fuese eso lo que perseguía.

El pobre hombre que media menos que yo, creo recordar que un metro sesenta y cinco con alzas, era calvo, con barriguilla, brazos y piernas cortas, cabeza pegada al cuello y pelo en todos los sitios menos donde debe tenerse. En un arranque de valentía, se levantó y se marchó con gran dignidad hacia el mar que estaba a cierta distancia, dejando ver su pequeño culo peludo e intentando caminar con prisa y con un estilo extrañamente deportivo en él.

Hasta aquí, todo controlado. Pero pasado un rato y viendo que no volvía, me incorporé en mi toalla y miré hacia el mar por si le había pasado algo.

He aquí el problema. Es relativamente sencillo ir caminando hacia el agua, pero…  ¿cómo volver?

Miré hacia la orilla y sólo alcancé a ver la tranquila caminata de dos hombres jóvenes delgados y con cuerpos dignos de una estatua griega que charlaban animadamente.

Mientras tanto, lo que le ocurría a mi novio en el agua era todo un contraste. Ni su cuerpo se parecía al de una estatua griega, ni tan siquiera una de las del parque.

El problema era que el pobre hombre había sufrido los efectos de las frescas aguas de las rías gallegas y ya ni siquiera se alcanzaba a decir si, alguna vez, había habido algo en ese sitio en el que algunos hombres basan toda su masculinidad.

Se sentía atrapado en el agua y miraba con desesperación hacia la arena, procurando diseñar algún plan para volver sin tener que arrastrase boca abajo por la playa.

Me miraba de lejos con actitud inquieta. Yo me percaté enseguida de lo que le impedía regresar a la ansiada toalla.

Sin embargo, antes de poder bajar para socorrerlo, no pude evitar pasar de una ligera sonrisa, a un ataque de risa en toda regla, que no podía detener.

Viéndose atrapado por las adversas circunstancias, que le impedían emprender su camino de vuelta de manera que nadie reparase en la parte de su cuerpo que había dejado de existir, se le ocurrió una brillante idea.

Y fue así como comenzó a correr hacia mí, pero evitando caminar en línea recta para mostrar sólo sus costados.

Comenzó entonces a trazar unas extrañas “eses” en zig zag con su cuerpo mientras avanzaba hacia mí, del mismo modo que hacen los esquiadores cuando bajan alguna pendiente, sólo que él subía.

Hasta ese momento no creo que nadie en la playa se hubiese percatado de su presencia, pero con un baile tan original, despertó gran expectación entre la gente que comenzó a observarlo con gran atención. Supongo que intentaban averiguar si le había picado algún bicho en el agua, o si se trataba de algún espontáneo que buscaba llamar la atención para demostrar sus dotes artísticas.

Unos diez minutos más tarde de su espectacular subida levantando montones arena con sus extravagantes movimiento y algunos aplausos, consiguió aterrizar con un violento brinco en su toalla.

 Se quedó tumbado boca abajo, parecía agotado, pero aún así intentando salvar algo de su dañada autoestima, se dirigió a mí y me dijo: ¡Qué fresquita está el agua!

Salvada por el jazz

Hugh_Laurie_music2_1854963cLa música de jazz ha estado presente en mi vida desde que puedo recordar.

Mi contacto con el jazz comenzó muy pronto. Ya cuando era un bebé tomaba el biberón al ritmo de la música de Louis Armstrong, Miles Davis, Billie Holiday,  Duke Ellington, Count Basie, Benny Goodman, Billie Holiday, Ella Fitzgerald, entre otros.

El jazz era la música que solía inundar mi casa cuando era niña y aquello me marcó para siempre.

La semana pasada tuve uno de esos días en los que, no es que veas el vaso medio vacío, es que no ves ni el vaso. Estaba cansada y estresada. Aquel estado de ánimo provocaba que todos los pensamientos que acudían a mí mente fuesen negativos, cuanto más tiempo pasaba, más negro lo veía todo.

Decidí que lo mejor era que me regalase un paseo, para ver si se producía el difícil milagro de que alguna idea positiva tuviera la gentileza de pasar por mi mente de nuevo.

La mañana amaneció bañada por el sol, se respiraba ese limpio aire de verano que anuncia el comienzo de un nuevo día en el que sientes que todo está por descubrir.

Paseando despacio y procurando empaparme del ambiente de calma que me rodeaba, me encontré con una bonita cafetería de estilo nórdico con unas mesitas de madera en la terraza. Pensé que era buena idea tomar un café allí, y me senté.

Poco después de tener encima de mi mesa una humeante taza blanca con café recién hecho, llamó mi atención una melodía que provenía del interior. Sonaban los acordes del tema “Swanee river” del album de Hugh Laurie “Let Them Talk”. 

Cerré los ojos y algo se despertó en mi interior… la música, me había olvidado de la música.

Imágenes de situaciones pasadas, memorias que me ofrecen un paréntesis de felicidad ante sentimientos de tristeza o pesimismo, como los  de esa mañana, aparecieron en mi mente como una tabla de salvación en mitad del océano.

Recordé aquella noche lejana en la que había sido invitada a un concierto en un pequeño local de jazz de Bruselas. Un lugar difícil encontrar incluso para los belgas. Recordé cómo después de recorrer un estrecho antro hasta el final, sólo gracias a las indicaciones del camarero, que me condujo a una puerta trasera, presencié el mejor concierto de Dixieland y blues que recuerdo.

Un lugar mágico y escondido de los que abundan en Bruselas, ciudad donde estuvo oficialmente prohibido el jazz por el régimen hitleriano, aunque no por ello dejaba de tocarse y bailarse por todas partes.

Sonreí pensando que si yo hubiese vivido aquella época, habría disfrutado del concierto, aún más si cabe, debido a esa oscura e inexplicable atracción que producen las cosas prohibidas.

Sentada en aquella terraza, tuve otro flash del pasado. Se trataba de un pequeño café en Zúrich donde, de forma espontánea, un grupo de americanos se puso a tocar jazz, ese jazz de siempre, el antiguo, ése en el que el ritmo te conduce el cuerpo y el alma aunque te niegues, ése que expresa los sentimientos más felices y también los más tristes.

No sé si fue por la manera tan espontánea de tocar aquellos blues o porque al final tuve la suerte de poder acabar la noche charlando con estos improvisados músicos, pero éste se convirtió con el tiempo en uno de mis recuerdos más preciados.

Y es que a veces, muchas veces, algo tan simple como un café, acompañado de unas notas perdidas en el aire, hacen que nos reconciliemos de nuevo con la vida y que recordemos que las cosas más simples son las que nos hacen sonreír de nuevo.