Rodeada de zombis

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Hoy quiero dedicar un pequeño espacio de mis pensamientos a todas aquellas personas que se cruzan en mi vida a diario y parecen estar muertas.

Quizá lo estén, no lo sé, porque no hablan, sólo caminan en línea recta con los ojos mirando hacia el horizonte.

Sus miradas no se cruzan jamás con las de otro ser vivo.

Si les das paso en la entrada de alguna tienda, no sale de ellos ni la más mínima palabra.

Si te pisan un pie con el carrito del niño, siguen avanzando como si tu pie formara parte de la acera.

Si les dices buenos días, su cara no muestra ningún signo de vida.

Si los insultas, no oyen.

Si les sonríes, procuran no hacer ningún gesto que pueda delatar que se han enterado.

Si los conoces, hacen que eres invisible para ellos, aunque luego se vuelvan a mirarte por detrás.

Si les das las gracias, tuercen la cara hacia otro lado.

Ellos no son conscientes de que están muertos, pero lo están. Han practicado tanto, que se han muerto.

Creo que la próxima vez que me cruce con ellos, voy a cerrarles la puerta en las narices. He oído decir que los zombis son tan imbéciles, que no se les ocurre abrir las puertas. Sólo se quedan detrás de ellas y las arañan.

A ver si así consigo que no entren más en mi vida.

Ahora mismo vuelvo, voy a cerrar la puerta.

Tu vida y tus posibles vidas

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Un escritor imagina historias para sus personajes y las decisiones que tome formarán parte de la trama de su libro.

Los personajes tomarán uno u otro camino, según el escritor dibuje sus vidas para que los lectores sigan sus palabras, dejándose llevar por caminos imaginarios.

Escribir una novela es como ser el director de una orquesta en la que tus personajes son y hacen lo que tú quieres.

La imaginación del escritor es la fuente de la vida de sus personajes y de lo que en sus vidas suceda. El creador de estas vidas ficticias que harán volar a sus lectores, es el arma que le permitirá, no sólo crear un libro, sino otros muchos. Los libros vistos como vidas, ofrecen la posibilidad al que escribe, de vivir otras posibles vidas.

Los escritores son almas románticas a las que les gusta soñar y, en muchas ocasiones, se dejan llevar por sus personajes y viven la vida de éstos como si fuera la suya propia. Esto es posible en la ficción.

Y este planteamiento me lleva a una cuestión que seguro, tanto tú como yo, nos hemos planteado en muchas ocasiones y que, en muchas ocasiones quizá nos asalte en el momento menos adecuado.

¿Y si hubiésemos tomado otras decisiones en nuestra vida? ¿Cómo sería ésta? ¿Dónde estaríamos? ¿Hubiéramos estudiado la misma carrera? ¿Viviríamos en el mismo sitio? ¿Conoceríamos a otras personas? ¿Seríamos más felices o más desgraciados?

Las decisiones van conduciendo nuestra vida hasta la que tenemos en el presente.

El propio Miguel de Unamuno ya  se planteaba este asunto: “Siempre me ha preocupado el problema de lo que llamaría mis yos ex futuros, lo que pude haber sido y dejé de ser, las posibilidades que he ido dejando en el camino de mi vida. Sobre ello he de escribir un ensayo, acaso un libro. Es el fondo del problema el libre albedrío. Proponerse un hombre el asunto de qué es lo que hubiese sido de él si en tal momento de su pasado hubiera tomado otra determinación de la que tomó, es cosa de locos. Tiemblo de tener que ponerme a pensar en el que pude haber sido, en el ex futuro llamado Unamuno, que dejé hace años desamparado y solo…”

Conformarse con una vida y con las decisiones que tomaste en momentos en los que, muy probablemente, desconocías posibilidades que ahora conoces, produce una sensación de pánico, vacío y curiosidad.

Ahora, que eres más consciente de quién eres, de lo que quieres o de lo que eres capaz de hacer, ¿tienes que conformarte con lo que tienes porque las decisiones que tomaste, en su momento te parecieron apropiadas?

¿Te gustaría poder escribir distintos libros con distintas tramas con distintos personajes, escenarios y vivir tus otros yos?

Como dice Unamuno “Tiemblo de pensar en lo que pude haber sido”.

“Palourde”

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El restaurante estaba a rebosar de gente de todos los países.

Mis padres acababan de aterrizar en Bruselas y, teníamos un montón de cosas que contarnos.

Yo llevaba todo el día pensando en ir a buscarlos al aeropuerto y llevarlos a cenar a un pequeño restaurante que me encantaba.

El ambiente era perfecto. Los camareros desfilaban atareados entre velas, cortinas rojas de terciopelo y lámparas de cristales.

Imposible entrar sin haber reservado. Era uno de esos sitios que nunca conoces si no vives en la ciudad.

Aquella noche lo único que pedíamos era beber un buen vino y tomar una cena sencilla y caliente en un sitio agradable donde poder ponernos al día.

Mi mesa reservada en La Fin de Siécle, uno de mis restaurantes favoritos, nos esperaba. Una mesa de madera destartalada con una vela enorme en el medio, situada cerca del patio interior convertido en terraza para salir a tomar un café o postre después de la cena.

Entre aturdidas y felices, mamá y yo nos hicimos con la carta para pedir cuanto antes, ya que lo de menos era la cena y lo más importante, la charla.

Encontramos platos sencillos y nos decidimos por pedir algo de carne para papá y un plato de pasta para nosotras.

Mamá se desenvolvía resuelta en su francés olvidado, muy estudiado y rara vez hablado y yo, me estrenaba en mi francés habitualmente hablado y poco estudiado. Pero, ¿qué importaba el francés aquella noche?

Pedimos al camarero que se acercó estresado a nuestra mesa unos entrantes y los platos principales. Mamá y yo queríamos: Tagliatelles aux crevettes géantes, palourdes et persil méditerranéen.

Como no nos íbamos a meter nada que no conociésemos en la boca, y aquellos “palourdes” no alcanzábamos a recordar lo que eran, la pregunta obligada en nuestro atropellado francés al apresurado camarero era:

– ¿Qué es “palourde”?

– Pues, Madame, “palourde” es “palourde”

– “Ah, pescado”, dice mamá.

– ¡No, Madame! ¡Palourde!

Y ahí comienza una descripción crispada y a toda pastilla, acompañada de gestos histéricos con la mano en la que no tiene la bandeja.

Mamá me mira sin entender y con cara de sorna, y yo, en mi intento por ayudar, le soplo al oído:

Debe de querer decir que “n’est pas lourde”, para el estómago, ya sabes. Vamos, que, a pesar de su aspecto, es amable ya que nos advierte de que no es un plato pesado. Por lo menos se preocupa por nuestra digestión.

Ambas, después de una pausa mirándonos a los ojos, encontramos mi traducción tan absurda como la situación.

En realidad  a mí, me daba igual, yo lo que quería era que nos trajera algo y que se callase. El problema era mamá, que como buena Virgo, siempre ha sido más exhaustiva que yo. Por tanto, no abandonaba a su presa y le daba vueltas a todas las frases para dar con la traducción de aquella palabra.

– ¡Palourde! Gritaba desesperado el pobre hombre exhausto porque su trabajo incluyese clases de francés.

Hacía un buen rato que a mamá y a mí nos costaba contener la risa, pero cedimos a una gran carcajada cuando papá preguntó:

– ¿Por qué lleva este hombre media hora llamándonos “palurdos”?

Casi sin poder abrir los ojos y con las lágrimas corriendo por nuestras mejillas, se nos encendió una luz en el cerebro:

– “¡Almejas!”, dijimos al tiempo, ¡“Palourde” quiere decir almejas!

Papá se sirvió vino mientras murmuraba:

–  Pues menuda cena me espera con estas dos gritando “almejas” y ese tío llamándonos “palurdos”.

Principios básicos ante una crisis

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Hay tres cosas fundamentales en la vida:

1.   El respeto a cualquier forma de vida.

2.   Un buen funcionamiento intestinal.

3.   Y una chaqueta azul marino.

Cualquier crisis existencial se puede solucionar con estos tres principios básicos, que aprendí en una película titulada, “El Rey Pescador”.

Siempre funcionan, aunque yo añadiría… y una buena tortilla de patata.

La ley del silencio

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Hay silencios que transmiten paz y serenidad, sin embargo hay otros que irritan y enloquecen.

En España hay silencio. Un silencio que tiñe las calles del vacío de la desilusión.

Un silencio que anuncia un acontecimiento.

Las palabras fluyen firmes y raudas, pero a nosotros no nos dejan oírlas. Hay ciertas conversaciones que siempre se han mantenido lejos de la mayoría.

No nos dejan participar de estas conversaciones, siempre lo han hecho. Sólo cuando el resultado es el esperado, dicen que nosotros somos sus artífices por elección democrática.

Me gusta el silencio, pero no éste silencio. Es el silencio que alimenta la ignorancia.

Cuando no hablan es que ya hay un plan, que no conoceremos hasta que no esté hecho, firmado y en marcha. Entonces sí, lo sabremos. Tendrá otra forma, estará disfrazado de la mejor arma de manipulación: las palabras.

Sólo algunos verán bajo el disfraz. El resto no se enterará porque la ruptura del silencio, coincidirá con la salida de algún aparato más al mercado, para que sigan creyendo que son felices.

 

10 ventajas de escribir un blog

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 1.      Para dejar de ser un simple observador: El hecho de crear entradas para mi bitácora me obliga a pasar de la inactividad a la actividad. Y esto repercute también en mi vida En vez de dedicar demasiado tiempo a observar, actúo.

2.      Para obligarte a producir ideas: ¿Nuca has sentido que el espacio para escribir tu próxima entrada de está esperando a que lo rellenes con algo, bien sea una idea, una relato, una noticia, una fotografía o un vídeo? Yo sí, con mucha frecuencia y considero buena esta presión. La disciplina de escribir, como de tantas otras cosas, siempre se ha trasladado a mi vida en otras formas de disciplina. La voluntad y la disciplina se entrena, a veces, de tal modo, que casi no suponen un esfuerzo, sino un placer.

3.       Para que las entradas se conviertan en partes de un proyecto mayor. Si pretendemos escribir un libro, es una manera de practicar y acumular ideas, que quizá algún día, unidas, tomen forma. También si seguimos un tema que nos interese o vemos en qué está interesado nuestro público, las entradas pueden conducirnos a la creación de una empresa en la que nunca hubiéramos pensado.

4.      Para alimentar tu ego: No vamos a negar que a todos nos gusta ser leídos. En el fondo, estamos construyendo un canal de comunicación con el mundo y, en la mayoría de las ocasiones, nos asombra que lo que publicamos tenga visitas, reciba comentarios, o guste a la gente. Si esto nos impulsa a escribir, lo considero algo positivo.

5.      Para utilizarlo como catarsis o desahogo: Tanto si nos sentimos tristes, como eufóricos, todos nosotros hemos escrito alguna entrada porque necesitábamos trasmitir o contar algo. Escribir es, en esencia, comunicar y sirve en muchas ocasiones para liberar alguna carga, es tan sano como hablar y estoy convencida de que la comunicación alarga la vida y nos hace más felices ¡Seamos felices, pues, y comuniquemos!

6.      Para aprender sobre lo que le interesa leer a la gente: Si quieres convertirte en escritor, ser articulista, o generar opiniones, no tienes más que lanzar entradas al espacio sobre temas diversos. Después, echas un vistazo a tus estadísticas y habrás encontrado una poderosa fuente de información sobre lo que interesa leer, ver, saber o compartir.

7.      Para conocer y que te conozcan: Pasar por la vida sin haber intercambiado pensamientos o conversaciones con personas que quizá nunca se cruzarían en tu camino, es, para mí, un cuadro demasiado limitado. Las nuevas perspectivas son infinitas y es lo que hace que el mundo cambie, se regenere y sea un ente vivo. Leer, así como escuchar lo que tienen que decir otras personas que viven lejos de mí, me parece una inmensa oportunidad que nadie debería dejar pasar. Además, llegar a todas las partes del mundo, puede suponer construir lazos de amistad que nunca hubiesen sido posibles.

8.      Para que la actividad genere más actividad: Escribir una entrada con cierta frecuencia, no es fácil. Si conseguimos tener algo de disciplina, lograremos que ésta se instale también en otros ámbitos de nuestra vida, y ser capaces de cambiar pasividad por actividad. Recordemos que un movimiento fuera de la rutina, suele traer encadenado muchos otros que pueden enriquecer nuestra vida.

9.      Para no ser perfecto: Ninguno de nosotros somos perfectos y nuestras entradas tampoco lo son. Escribe. Un día lo harás bien y otro no. Intentar ser perfecto, paraliza. Lo sé por propia experiencia. Hubo muchas épocas de mi vida en las que intenté ser perfecta en todos los ámbitos y sólo conseguí no atreverme a participar en nada, es decir, a no vivir. Además, ser “perfecto” es muy aburrido. Sé imperfecto y feliz.

10.  Para ser más feliz: Ese momento en el que tu página en blanco comienza a llenarse de palabras que solo tú has creado. Los ratos a solas en los que sólo escribes para ti y te repites que no lo publicarás, aunque después cedas a la tentación. Y después, cuando lo leen personas que no te conocen y te dicen que sienten igual, que te entienden, que también les ha pasado o que se han reído con tus artículos, también son momentos felices. Yo suelo escribir a la gente que me gusta leer, porque hay que ser generoso y darse cuenta de que los otros, también necesitan saberse reconocidos. Si te gusta lo que escriben, díselo, no te calles por pereza. La pereza es mezquina, ser generoso te hace más feliz.

Por hoy, voy a dejar aquí mi lista de ventajas, aunque, se me ocurren algunas más. Y a ti, ¿se te ocurren más ventajas de tener tu propio blog?

 

 

Un día sin clase

Plaza de Anaya, Salamanca
Plaza de Anaya, Salamanca

Son las siete de la mañana. Alzo la cabeza por encima del gorro que llevo calado hasta los ojos para mirar el panel que marca temperatura y hora. Tres grados sobre cero. Es un gesto que repito cada mañana al ir hacia la Universidad.

La Plaza está limpia y sólo se observa a algún estudiante tan madrugador como yo y las máquinas que limpian el suelo con chorros a presión. El casco antiguo de Salamanca nunca está sucio.

Tengo la mano izquierda helada por culpa de una libreta negra llena de apuntes. Odio llevar guantes. Pero me he cuidado de abrigar otras partes del cuerpo, aunque no pueda evitar que la novela de Literatura Americana de los años cincuenta que nos ha hecho leer el profesor, tenga cierta influencia en cómo voy vestida. Por eso me he puesto un vestido, siempre con botas, unas Panamá Jack de piel blanda marrón claro que me ha llevado siglos que me compraran. Ha merecido la pena, ya que no me separaré de ellas en cinco años, hasta haberlas dejado casi sin suela.

Llevo puestos dos pares de pantis negros, dos pares de calcetines gordos que doblo en varias vueltas al tobillo. El vestido es flojo y me permite ponerme dos camisetas pegadas al cuerpo. Por encima del vestido llevo, una chaqueta enorme que sólo deja que se me vea parte de la falda del vestido. Y un abrigo, estilo trenca con capucha, que no abriga porque es de Zara, pero es muy mono.

La novela de la noche anterior aún me trae imágenes de la Nueva York de los cincuenta y yo, en mi imaginación, me he convertido en una especie de Verónica Lake o Marilyn Monroe. De ahí el peinado de esa mañana. Mi pelo cortado a la altura de los hombros, peinado hacia un lado dejando que un mechón caiga encima de uno de mis ojos, lo cual me obliga a ver con el otro. Labios pintados de rojo fuerte. Sé que no es la imagen más apropiada para ir a clase, pero ya que voy a tener clase de teatro norteamericano y me pasaré unas cinco horas escribiendo y hablando en inglés sobre autores norteamericanos, lo mejor es que mi disfraz se corresponda algo con la época y las escenas de las que vamos a hablar en clase. De todas formas, soy una estudiante, unos van con el pelo de punta, otros con el pelo rojo y yo soy una actriz americana con botas Panamá Jack.

Ese día hay un ambiente extraño en todo el camino a la Facultad. Ya pasado el Corrillo, camino por Rúa Mayor con un paso más apurado. Como todas las mañanas, llegado este punto no puedo mover los labios a causa del frío y espero ansiosa alcanzar la Plaza Anaya, “Anayita”, para todo el que haya tenido el privilegio de sentarse en alguna de las aulas de la Universidad de Salamanca.

Sin embargo, sé que esa sensación pasará con la fuerte calefacción que me espera en cuanto entre en el secular edificio de piedra.

Observó cierta inquietud en la gente, hay “guiris” como siempre, pero éstos son algo mayores para ser estudiantes y tampoco parecen turistas. Han venido a la ciudad a hacer algo.

Tarde o temprano me enteraré.

Entro por fin en la Facultad. Una ola de calor me invade. Comienzo a notar la desagradable sensación de todas las mañanas en los labios cuando empiezan a reaccionar. Sé que no puedo hablar porque mi boca aún está medio paralizada y, si lo intento, parece que me esté dando una parálisis facial. Como soy ya veterana, ni lo intento. Voy saludado con la cabeza, tampoco se puede sonreír porque se te tuerce un labio. Todos los que vivimos allí lo sabemos. Por eso, la gente que viene de fuera piensa que los salmantinos son gente adusta y seria. No, es el frío.

Ya en clase, apoyo los libros y cuando me dispongo a deshacerme de la chaqueta y el abrigo, observo por la ventana que comienzan a caer lentamente copos de nieve que se amontonan uno encima del otro. No me explico cómo puedo ser tan feliz. El espectáculo me deja absorta, como siempre.

Por fin me entero de lo que ocurre. Tenemos que irnos. En Salamanca se suspenden las clases por razones muy variopintas y la mayoría de las veces algo extravagantes, pero que, con el tiempo, contribuyen más que las mismas aulas a la educación y, sobre todo, a que los recuerdos de haber pasado por allí, jamás te abandonen. Por eso, si una vez has estudiado allí, has de seguir yendo periódicamente, si lo dejas mucho tiempo, no podrás volver.

Toda la zona centro va a ser acotada y hay que despejar la zona. Parece un bombardeo. Pues no. Han venido a rodar una película y necesitan como escenario la catedral, el casco antiguo, ya que, según dicen, hay que crear el ambiente del siglo XV.

Genial. No hay clase. Salgo a saltos de la universidad. Voy sorteando gente, vallas y obstáculos. Me dirijo directamente a un pequeño café cercano al Convento de San Esteban. Es un sitio de piedra con una pesada cortina de terciopelo rojo oscuro que hace las veces de puerta. Un sitio discreto.

Aquella nieve pide tomar algo caliente. Soy feliz, no hay clase y me espera un café, quizá incluso decida no comer para poder darme el gusto de pedir una tostada con mantequilla y mermelada. Desde que estoy en Salamanca he adelgazado unos cinco kilos, que es lo mejor para llevar una prenda encima de otra contra el frío, aunque a veces tanta ropa, haga que me sienta como un oso.

Abro la cortina y, para mi sorpresa, el pequeño café, hoy, no está vacío. Está hasta los bordes de gente. Lo más extraño es que no hay ni un solo estudiante. Tan raro es el ambiente que, por un momento, pienso si me habré saltado alguna valla de seguridad. Me da igual. Tengo frío.

No hay ni una sola mesa libre y a duras penas consigo un sitio al final de la diminuta barra. Al otro lado de ésta hay mucha gente de pie hablando y riéndose.

El camarero que me conoce, me atiende nada más llegar. Ya con el primer sorbo de café en el cuerpo, la libreta y mi gorro encima de la barra, dirijo mi mirada hacia un grupo sentado al principio de la barra. Parecen técnicos de la película por cómo van vestidos.

Uno de ellos, mayor, con barba y osado, me guiña un ojo. Yo, metida en mi papel protagonista del libro de la noche anterior, le lanzó una mirada helada de desprecio, estilo rubia letal. Él no se ofende, en realidad le encanta, se ríe y no deja de observar cómo agarro mi taza de café con ambas manos para mitigar el frío.

Pago y me voy a disfrutar de mis calles, de mi frío y de mis piedras seculares. Tengo que enterarme de qué película se rueda, quienes son los actores y del porqué de tantos controles de seguridad. Hoy tengo mucho trabajo de campo.

Años más tarde me enteré de que el hombre que me guiñaba el ojo y sonreía era el director de la película: Ridley Scott, que rodaba “1492: La conquista del Paraíso”, una película sobre Cristobal Colón,  junto a Gerard Depardieu y Sigourney Weaver, que se alojaban en un hotel enfrente del Convento de San Esteban.

Quizá él también recuerde esas indescriptibles mañanas salmantinas tanto como yo. Nunca se sabe.

Reforma de la Ley de Tráfico y Seguridad Vial

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Hoy el Consejo de Ministros ha dado luz verde y envía al Congreso la reforma de la Ley de Tráfico y Seguridad Vial que, entre otras cosas, incluye pruebas de alcohol a los peatones que infrinjan normas de circulación.

Y yo me pregunto, ¿por qué no hacen una prueba de alcoholemia a los señores diputados para asegurarnos de que no votan bajo los efectos del alcohol?

Aunque supongo que ni soplados, ni sin soplar, tienen arreglo.