“Palourde”

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El restaurante estaba a rebosar de gente de todos los países.

Mis padres acababan de aterrizar en Bruselas y, teníamos un montón de cosas que contarnos.

Yo llevaba todo el día pensando en ir a buscarlos al aeropuerto y llevarlos a cenar a un pequeño restaurante que me encantaba.

El ambiente era perfecto. Los camareros desfilaban atareados entre velas, cortinas rojas de terciopelo y lámparas de cristales.

Imposible entrar sin haber reservado. Era uno de esos sitios que nunca conoces si no vives en la ciudad.

Aquella noche lo único que pedíamos era beber un buen vino y tomar una cena sencilla y caliente en un sitio agradable donde poder ponernos al día.

Mi mesa reservada en La Fin de Siécle, uno de mis restaurantes favoritos, nos esperaba. Una mesa de madera destartalada con una vela enorme en el medio, situada cerca del patio interior convertido en terraza para salir a tomar un café o postre después de la cena.

Entre aturdidas y felices, mamá y yo nos hicimos con la carta para pedir cuanto antes, ya que lo de menos era la cena y lo más importante, la charla.

Encontramos platos sencillos y nos decidimos por pedir algo de carne para papá y un plato de pasta para nosotras.

Mamá se desenvolvía resuelta en su francés olvidado, muy estudiado y rara vez hablado y yo, me estrenaba en mi francés habitualmente hablado y poco estudiado. Pero, ¿qué importaba el francés aquella noche?

Pedimos al camarero que se acercó estresado a nuestra mesa unos entrantes y los platos principales. Mamá y yo queríamos: Tagliatelles aux crevettes géantes, palourdes et persil méditerranéen.

Como no nos íbamos a meter nada que no conociésemos en la boca, y aquellos “palourdes” no alcanzábamos a recordar lo que eran, la pregunta obligada en nuestro atropellado francés al apresurado camarero era:

– ¿Qué es “palourde”?

– Pues, Madame, “palourde” es “palourde”

– “Ah, pescado”, dice mamá.

– ¡No, Madame! ¡Palourde!

Y ahí comienza una descripción crispada y a toda pastilla, acompañada de gestos histéricos con la mano en la que no tiene la bandeja.

Mamá me mira sin entender y con cara de sorna, y yo, en mi intento por ayudar, le soplo al oído:

Debe de querer decir que “n’est pas lourde”, para el estómago, ya sabes. Vamos, que, a pesar de su aspecto, es amable ya que nos advierte de que no es un plato pesado. Por lo menos se preocupa por nuestra digestión.

Ambas, después de una pausa mirándonos a los ojos, encontramos mi traducción tan absurda como la situación.

En realidad  a mí, me daba igual, yo lo que quería era que nos trajera algo y que se callase. El problema era mamá, que como buena Virgo, siempre ha sido más exhaustiva que yo. Por tanto, no abandonaba a su presa y le daba vueltas a todas las frases para dar con la traducción de aquella palabra.

– ¡Palourde! Gritaba desesperado el pobre hombre exhausto porque su trabajo incluyese clases de francés.

Hacía un buen rato que a mamá y a mí nos costaba contener la risa, pero cedimos a una gran carcajada cuando papá preguntó:

– ¿Por qué lleva este hombre media hora llamándonos “palurdos”?

Casi sin poder abrir los ojos y con las lágrimas corriendo por nuestras mejillas, se nos encendió una luz en el cerebro:

– “¡Almejas!”, dijimos al tiempo, ¡“Palourde” quiere decir almejas!

Papá se sirvió vino mientras murmuraba:

–  Pues menuda cena me espera con estas dos gritando “almejas” y ese tío llamándonos “palurdos”.