¿Conoces a Manolo?

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De todos los animales de la creación, el hombre es el único que bebe sin tener sed, come sin tener hambre y habla sin tener nada que decir.

John Steinbeck

Manolo es un personaje al que le gusta comer y beber. No me gusta presenciar sus visitas a los restaurantes más exclusivos que, en su caso, salen siempre del bolsillo del contribuyente.

Puedo decir que empiezo a sentir repugnancia con tan solo verlo ojear la carta y comentar los platos que puede comer y los que ya comió.

Cuando pide una botella de vino, siempre duda, pero no porque entienda de vinos. No entiende en absoluto, sólo pide los más caros, que supone son los mejores. Utiliza su duda, para pedir dos botellas, con la excusa de comparar. Botellas que siempre termina.

Durante la comida desfilan ante él platos diversos y le gusta probar aunque su estómago no se lo pida, por pura ambición.

En general, me gusta ver cómo la gente disfruta de una buena cena y de un buen vino, pero en el caso de Manolo, tengo que decir que detesto presenciar sus copiosas comidas.

Sin embargo, lo peor es escuchar a Manolo parlotear durante horas sobre temas superfluos. Sus conversaciones nunca son nuevas, son repeticiones y remakes de otras con frases que repite constantemente con el único fin de rellenar, porque para Manolo no existe eso que se llama silencio. Es un discurso ininterrumpido que no cesa.

Manolo no puede dejar de hablar sin decir nada. Tiene miedo del silencio, teme incluso que los demás hablen porque sabe que su cerebro no puede prestar atención.

Come, bebe y habla sin cesar. Vive y cultiva una continua superficialidad. Elabora un vacío que lo hace inexistente, que lo borra, que hace que los demás, incluso él mismo, quieran prescindir de él. No vive para sentir, sino que vive para aturdirse y así, no sentir. 

Manolo es sólo un traje y una corbata bien pagados. Ese tipo de personas a los que les pagan para no pensar, sino para estar.

Supongo que tú también conoces a Manolo.

 

Es domingo ¿y tú?

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Estoy esperando a las puertas del café bajo una lluvia intensa.

Todo está gris, yo también.

El café cerrado está teñido por la luz dorada de la chimenea, que resplandece a mis ojos.

Es domingo ¿y tú?

El frío se intensifica en mi cuerpo y en mi todo mi ser.

Las gotas de lluvia resbalan por mi cara y piso tierra baldía.

Empiezo a notar cómo el agua me recorre entera.

Es domingo ¿y tú?

Quiero entrar, ¿por qué no puedo estar dentro?

Se oye la voz de alguien.

Veo a una mujer pasar con algo caliente entre las manos.

Es domingo ¿y tú?

Tengo hambre y frío.

Estoy sola y dentro está lleno. Todos hablan.

Estoy fundida en gris y ellos navegan en dorado.

Es domingo ¿y tú?

La puerta se abre y un haz de luz se desmaya por la acera mojada.

Un hombre de manos cálidas me invita a pasar y enciende en mí la esperanza.

Los colores dorados me inundan de calor el alma.

Para mí ya no es domingo ¿y tú? ¿Sigues esperando a que te abran?

No esperes, entra.

La teoría de las décadas

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La primera vez que me sentí mayor fue cuando cumplí los diecisiete años.

A los veintidós me llamaron vieja, lo peor fue que me lo creí.

A los veinticinco, pensaba que era una mujer tan adulta que procuraba manejarme por la vida con la sensatez que empiezas a tener diez años más tarde.

Supongo que a ti también te ha pasado eso de no asimilar la edad que cumples cada año y que tu cumpleaños se presente sin previo aviso, sin haber asimilado los dos anteriores.

Parece que el reloj se dedica a correr para incordiarnos y que nosotros, en cambio, nos empeñamos una y otra vez en olvidarnos, para volver a sorprendernos cuando se nos vuelve a echar encima nuestro cumpleaños.

Las personas que van por la vida con la disculpa de “ya soy muy mayor para eso”, suelen insultarse diez años más tarde, pensando lo equivocadas que estaban.

Por eso, mi consejo es que hagamos hoy lo que nos apetece hacer, que emprendamos hoy el proyecto que tenemos en mente, para que dentro de diez años no nos arrepintamos de no haberlo hecho o, por lo menos, de haberlo intentado.

Bruselas, José Ovejero y yo

A la morte subite

La primera vez que fui a Bruselas llevaba una pequeña maleta y el libro de José Ovejero titulado “Bruselas”, que me había leído unas tres veces, entusiasmada con la idea de visitar y probar todos los lugares y extravagancias de la capital belga que en él se desvelaban.

El libro y la cara de Ovejero en su contraportada me acompañaron durante todo el tiempo por la ciudad, que pretendía hacer mía, antes de irme a trabajar allí.

Mi persistencia, curiosidad y avidez por aprender, hacían que me agarrase al manoseado libro mientras buscaba los lugares que en él se describían y recorría sin cansancio cada una de las calles, plazas y avenidas de la ciudad. Solía empezar por lo obvio y más turístico para ir adentrándome en lo escondido al ojo del turista.

Durante mi aventura la cara de José Ovejero me observaba y, me atrevería a decir, me consolaba cuando me sentía perdida y sola en alguna callejuela que parecía tener tantas historias que contarme que me alejaba de puro miedo a oírlas.

Sin embargo, J.Ovejero parecía que me sonreía y me susurraba al oído:

 – Tranquila, vete “A La Mort Subite”, tómate una Gueuze y ríete un rato con los circunspectos Vossen, descendientes directos de los que empezaron el negocio.

Y así lo hacía, seguía las indicaciones del libro, encontraba el lugar, y me tomaba la cerveza de imposible pronunciación para mí por aquel entonces. La tragaba, aún consciente de que tenía el listón más alto, en cuanto sabor amargo se refiere, de todas las cervezas belgas que podía probar. Reía para mis adentros con su libro encima de la mesa y su cara risueña, cómo diciendo:

– Amarga ¿eh? Y encima, con esos tres en la barra a punto de escupirte en un ojo por pronunciar mal el flamenco y ser otro espécimen más de turista ignorante. Pues, empieza a acostumbrarte, así es Bruselas a veces – Y así, la soledad compartida, era más llevadera.

Hice varios viajes “de investigación”, un Máster en Derecho Comunitario y Asuntos Europeos, hasta me empeñé en matricularme durante un mes de verano en la Universidad Libre de Bruselas para aprender francés y también con el fin de poder pasar más tiempo diseccionando las antiguas piedras de la ciudad.

En la universidad de Bruselas, aterricé un domingo lluvioso de agosto en un campus inhóspito, sin un alma a la vista, arrastrando mi maleta por un frondoso bosque sin edificio alguno a la vista. Era una universidad fantasma en verano, cuyo recuerdo más nítido no son sus clases de francés, a las que asistí religiosamente, sino más bien su terrible suciedad y abandono.

Pasé ese difícil mes, enclaustrada en mi habitación donde lo más prudente era dormir vestida y ducharme con sandalias de goma para no pisar el suelo de la ducha.

Los que llegaban al campus, solían regresar en avión al día siguiente, sobre todo los españoles. Sin embargo yo, no quise dejarme vencer, por aquello del orgullo de la hija única que, al final, aguanta más.

Luché mucho por vivir en Bruselas, conseguí hacer mío cada rincón de la ciudad, logré trabajar, como deseaba, en el Parlamento Europeo. Allí viví durante tres años experiencias dignas de recordar y otras tantas dignas de olvidar, pero puedo decir que las viví.

Creí haber vencido para, más adelante, creerme que las jaulas doradas me bastaban, que las puertas cerradas no me importaban. Y, por fin, tomar consciencia de que el dinero, en ocasiones, se convierte en la cuerda que rodea tu cuello y en la llave que cierra la puerta de tu libertad o, por lo menos, de la libertad que tú necesitas.

Bruselas, un lugar en que el calor se traduce en millones de mosquitos ansiosos por no dejarte ver por dónde caminas, donde las terrazas y mercadillos te atraen con sus mil curiosidades, donde las antigüedades te seducen hasta la saturación.

La urbe de las mil historias secretas de los que allí trabajan, las lámparas de lágrimas, las velas por doquier, el chocolate de Madame Godiva, los cientos de cervezas, los cócteles, las invitaciones y los restaurantes.

La ciudad que no se pinta la cara ni para los turistas y te recibe con oscuras piedras teñidas de siglos, con marionetas que no te dejan olvidar lo que los españoles hicimos una vez allí.

La nieve, la soledad, la humedad, la falta de luz, me acompañaron mucho tiempo, y con ellas, siempre estaba José, y su cara en aquel libro sonriente y pacífico.

Hasta que un día comprendí. Ya conocía los secretos que, sin saberlo, había ido a buscar. Ese día también entendí que mi trabajo pedía de mí algo más que no le quería dar.

Ahí es cuando decidí que era el momento de recuperar parte de mi ser perdido durante esos intensos años, orgullosa de haber salido victoriosa de otra de mis aventuras, de haberme mantenido firme en mis principios, de no haber cedido a las muchas tentaciones que me habían rondado.

Sin embargo, tampoco salía indemne, sino cansada por la batalla y con las heridas invisibles, las que todos tenemos cuando nos empeñamos en vivir.

Ya era hora de volver a sumergirme en la cálida luz de mi país, de volver sin más. Otra parte de la estatua de mi ser estaba tallada. Era suficiente, pues.

 

J. D. Salinger, un escritor rebelde de traducción imposible

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Hoy he vuelto sobre las páginas de uno de mis libros de referencia, El guardián entre el centeno, The Catcher in the Rye.

Aunque podría hablar horas sobre él y sobre su autor, creo que se ha escrito suficiente sobre él, tanto mentiras como verdades. Sólo pretendo dedicarle un fugaz pensamiento.

Jerome David Salinger, nacido el 1 de enero de 1919, Nueva York, Estados Unidos, se convirtió en uno de mis escritores favoritos por muchas razones que no vale la pena enumerar aquí. 

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The Catcher in the Rye, que fue un clásico de la literatura moderna estadounidense, casi desde el mismo momento de su publicación, en 1951, va acompañada de una rebeldía que a mí me sigue acompañando en muchas ocasiones y que, no puedo negar, me llena de un secreto regocijo interior. Por eso, dejo que siga conmigo para poder continuar observando el mundo con ese punto entre crítica burlona y escepticismo. Desde este punto de vista puedo trazar una distancia entre los acontecimientos que me rodean y mis pensamientos, y esta relativización, es lo que me permite discernir entre lo que es vital y lo que sólo debe provocarnos una simple sonrisa.

Siempre he creído que Salinger no puede ser traducido, porque, como muchos otros escritores, pierde su esencia misma, la que lo convierte en el autor que llegó a ser. Cuanto más lo leo más me afianzo en mi opinión. Nunca he encontrado una buena traducción de sus palabras que, con facilidad, se tiznan de connotaciones sólo posibles en la mente del lector que lo entienda en su idioma original, el inglés. 

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… yo tampoco estoy segura de que me apeteciera.

Soltando lastre

Soltando lastre

Me pesabas como una piedra.

Tenerte a mi lado, sin que estuvieses a mi lado,

sino colgado de mí, era un peso insoportable.

Pesabas tanto…, a propósito.

Todas las personas que habían pasado por tu vida se desprendieron de ti, porque pesabas más de lo que podían soportar.

Conmigo, querías pesar aún más.

Pesabas tanto que me impedías respirar, ahogándome con la cuerda de la soledad y el maltrato.

Tus gritos extenuantes…, sólo recuerdo tus gritos, y tu presión, y mi cárcel.

Pesabas toneladas.

Eras una piedra.

Un pasado muy pesado.

Qué ligera me siento ahora.

 

 

El teléfono y yo

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El ruido lejano y las ramas de los árboles tras las ventanas, anuncian que está cerca.

Empieza a oscurecer, las sombras me rodean, me persiguen, me acosan, pero no me acompañan.

Las ramas comienzan a doblarse y rozan sutilmente los cristales del ático, para que les preste atención.

Sin embargo, todos mis sentidos están puestos en el teléfono.

Sólo estamos el teléfono y yo.

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Pero no hay número al que pueda llamar, ni quien me llame, ni conozco una palabra del idioma que debo utilizar, ni tengo un solo conocido en la ciudad.

Hasta ahora no me había dado cuenta, pero al marcharse, me ha dejado incomunicada.

Él lo sabía, son sus modos, así enseña, así cree poder doblegar.

“Sólo son tres días, sólo tres… no te llamo para que te acostumbres, no quiero que seas una niña mimada”.

Enciendo unas velas y me siento en el suelo. En realidad me gusta estar sola, pero ahora no disfruto de mi soledad. Me siento como al que someten a un entrenamiento, como al que preparan para alguna misión reservada a unos pocos para medir su resistencia.

Miro en silencio hacia los árboles que ahora golpean con fuerza las ventanas, doblados casi hasta la mitad de su altura normal.

La tormenta es seca y adusta como la ciudad en la que estoy.

Yo no conozco este tipo de atronadores ruidos, sólo conozco las tormentas del mar, no menos peligrosas, pero distintas.

El estruendo que ahora hace temblar el suelo en el que me siento, es un fenómeno desconocido para mí.

Es un espectáculo para ser estrenado, por lo menos, entre dos.

Sin embargo, allí sentada en la oscuridad, a la luz tenue de las velas, pierdo la concentración en los cristales que me mantienen absorta y de nuevo se planta implacable ante mí, la imagen del teléfono. Ahora se me antoja más grande, enorme. Un objeto inanimado e inútil.

Su silencio me recuerda que estamos él y yo, solos. Sé que nadie me va a llamar, nadie sabe que estoy allí, ni que existo, la única persona que lo sabe, ha dicho que no estoy, que me he ido de viaje con él. Ignorante de este hecho, me concentro en asimilar mi recién estrenada situación: El teléfono y yo presos del mismo silencio.

Cuando él traduce a su idioma cosas que yo no digo, cuando miente en mi nombre, cuando es capaz de no avisar de que yo y el teléfono estamos allí, solos en medio de aquella implacable tormenta, una tormenta que no me permite ni oír mis propios pensamientos, que inunda el silencio de ruido y hace que el ruido sea más silencioso… vuelve a mí aquella frase… “Sólo son tres días…”. También la tormenta serán tres días, sólo tres.

Ese hombre que ahora, pasados tantos años sigue escribiéndome, el mismo que me pide que vuelva, que hablemos, el mismo que ahora está tan solo, ése que me enseñó que hay que huir de cierto tipo de tormentas, porque no vale la pena pasar por ellas.

Ése, sí ése, al que me hace tan feliz no contestar. 

Walt Whitman “Do not let”/ “No te detengas”

Walt Whitman
Walt Whitman

 

Mi entrada de hoy está dedicada a uno de mis poemas favoritos de Walt Whitman, poeta, ensayista, periodista y humanista estadounidense.

Espero que os guste.

¡Feliz día a todos!

DO NOT LET

Do not let the day end without having grown a bit, without being happy, without having risen your dreams.

Do not let overcome by disappointment.

Do not let anyone you remove the right to express yourself,

which is almost a duty.

Do not forsake the yearning to make your life something special.

Be sure to believe that words and poetry it can change the world.

Whatever happens, our essence is intact.

We are beings full of passion. Life is desert and oasis.

We breakdowns, hurts us, teaches us, makes us protagonists of our own history.

Although the wind blow against the powerful work continues:

You can make a stanza. Never stop dreaming, because in a dream, man is free.

Do not fall into the worst mistakes: the silence.

Most live in a dreadful silence. Do not resign escape.

“Issued by my screams roofs of this world,” says the poet.

Rate the beauty of the simple things.

You can make beautiful poetry on little things, but we can not row against ourselves. That transforms life into hell.

Enjoy the panic that leads you have life ahead. Live intensely, without mediocrity.

Think that you are the future and facing the task with pride and without fear.

Learn from those who can teach you. The experiences of those who preceded us in our “dead poets”, help you walk through life.

Today’s society is us “poets alive”. Do not let life pass you live without that.

                                                                               WALT WHITMAN

 NO TE DETENGAS

No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,

sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.

No te dejes vencer por el desaliento.

No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,

que es casi un deber.

No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.

No dejes de creer que las palabras y las poesías

sí pueden cambiar el mundo.

Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.

Somos seres llenos de pasión.

La vida es desierto y oasis.

Nos derriba, nos lastima,

nos enseña,

nos convierte en protagonistas

de nuestra propia historia.

Aunque el viento sople en contra,

la poderosa obra continúa:

Tu puedes aportar una estrofa.

No dejes nunca de soñar,

porque en sueños es libre el hombre.

No caigas en el peor de los errores:

el silencio.

La mayoría vive en un silencio espantoso.

No te resignes.

Huye.

“Emito mis alaridos por los techos de este mundo”,

dice el poeta.

Valora la belleza de las cosas simples.

Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,

pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.

Eso transforma la vida en un infierno.

Disfruta del pánico que te provoca

tener la vida por delante.

Vívela intensamente,

sin mediocridad.

Piensa que en ti está el futuro

y encara la tarea con orgullo y sin miedo.

Aprende de quienes puedan enseñarte.

Las experiencias de quienes nos precedieron

de nuestros “poetas muertos”,

te ayudan a caminar por la vida

La sociedad de hoy somos nosotros:

Los “poetas vivos”.

No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas…

 

                                                                               WALT WHITMAN