El teléfono y yo

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El ruido lejano y las ramas de los árboles tras las ventanas, anuncian que está cerca.

Empieza a oscurecer, las sombras me rodean, me persiguen, me acosan, pero no me acompañan.

Las ramas comienzan a doblarse y rozan sutilmente los cristales del ático, para que les preste atención.

Sin embargo, todos mis sentidos están puestos en el teléfono.

Sólo estamos el teléfono y yo.

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Pero no hay número al que pueda llamar, ni quien me llame, ni conozco una palabra del idioma que debo utilizar, ni tengo un solo conocido en la ciudad.

Hasta ahora no me había dado cuenta, pero al marcharse, me ha dejado incomunicada.

Él lo sabía, son sus modos, así enseña, así cree poder doblegar.

“Sólo son tres días, sólo tres… no te llamo para que te acostumbres, no quiero que seas una niña mimada”.

Enciendo unas velas y me siento en el suelo. En realidad me gusta estar sola, pero ahora no disfruto de mi soledad. Me siento como al que someten a un entrenamiento, como al que preparan para alguna misión reservada a unos pocos para medir su resistencia.

Miro en silencio hacia los árboles que ahora golpean con fuerza las ventanas, doblados casi hasta la mitad de su altura normal.

La tormenta es seca y adusta como la ciudad en la que estoy.

Yo no conozco este tipo de atronadores ruidos, sólo conozco las tormentas del mar, no menos peligrosas, pero distintas.

El estruendo que ahora hace temblar el suelo en el que me siento, es un fenómeno desconocido para mí.

Es un espectáculo para ser estrenado, por lo menos, entre dos.

Sin embargo, allí sentada en la oscuridad, a la luz tenue de las velas, pierdo la concentración en los cristales que me mantienen absorta y de nuevo se planta implacable ante mí, la imagen del teléfono. Ahora se me antoja más grande, enorme. Un objeto inanimado e inútil.

Su silencio me recuerda que estamos él y yo, solos. Sé que nadie me va a llamar, nadie sabe que estoy allí, ni que existo, la única persona que lo sabe, ha dicho que no estoy, que me he ido de viaje con él. Ignorante de este hecho, me concentro en asimilar mi recién estrenada situación: El teléfono y yo presos del mismo silencio.

Cuando él traduce a su idioma cosas que yo no digo, cuando miente en mi nombre, cuando es capaz de no avisar de que yo y el teléfono estamos allí, solos en medio de aquella implacable tormenta, una tormenta que no me permite ni oír mis propios pensamientos, que inunda el silencio de ruido y hace que el ruido sea más silencioso… vuelve a mí aquella frase… “Sólo son tres días…”. También la tormenta serán tres días, sólo tres.

Ese hombre que ahora, pasados tantos años sigue escribiéndome, el mismo que me pide que vuelva, que hablemos, el mismo que ahora está tan solo, ése que me enseñó que hay que huir de cierto tipo de tormentas, porque no vale la pena pasar por ellas.

Ése, sí ése, al que me hace tan feliz no contestar.