En la tempestad de lo inesperado, planeo la calma

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Hay ciertas circunstancias que no podemos cambiar por el momento, porque están fuera de nuestro control.

Es inútil destruirse centrándonos en un tiempo que no vamos a recuperar, maltratarnos con pensamientos que nos hacen daño o saturar nuestra mente de contradicciones enloquecedoras.

Luchar contra uno mismo, desgasta.

Busca el silencio y la calma del que camina lentamente, pero integra lo imposible en tus sueños.

Utiliza las tormentas para planear cómo será tu calma.

Es preferible esperar cultivando lo que después crecerá, creando ideas y moldeando sueños, ya que cuando las circunstancias sean otras, tendrán lugar.

Frente a una tempestad en mi mar, me consagro a festejar lo que me traiga lo inesperado e incluyo la tormenta en mis planes y en mis en sueños.

 

La frontera

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“Die Grenze verläuft nicht zwischen den Völkern, sondern zwischen oben und unten”.

“La frontera no transcurre entre los pueblos, sino entre los de arriba y los de abajo”.

La primera vez que pisé Berlín la ciudad parecía vacía. Estaba silenciosa y cubierta por un cielo que amenazaba nieve.

Un viaje que prometía una celebración se convirtió, en realidad, en una vuelta al pasado, ya que poco o nada vi del Oeste rico y próspero, sino que todo se centró en un Este destrozado y ruinoso.

Llevaba sólo unas horas allí y ya me prometía a mí misma no volver a pisar algo que parecía una cuidad a la que le hubiesen arrancado el alma de cuajo. Algo que continué pensando durante los tres días siguientes. Y algo que no cumplí, pues años más tarde me trasladé a vivir allí.

Sus calles cargadas de tristeza y recuerdos de una guerra pasada, lanzaban persistentes pinceladas de angustia que me golpeaban sin piedad.

Desde tanques abandonados, hasta largos trozos del muro que había separado a un pueblo, grafitis, edificios destrozados por balas y granadas que mostraban un rostro decorado por pintadas de colores, que no hacían más que recordar la voz desesperada de un pueblo que lanzaba mensajes a sus dirigentes.

Edificios como el de esta foto llenaban mi cámara y mis ojos.

En realidad, la frontera, por aquel entonces, transcurría entre una vida que me estaba atrapando y la vida que yo quería llevar.

Berlín representó un punto de inflexión en mi vida, pero no por la ciudad en sí. Las ciudades poco tienen que ver con las decisiones, sino más bien porque al no tener las riendas de lo que estaba ocurriendo, paseaba entre sombras.

En aquella época y con lo dada que soy a las películas y libros, Alemania entera se me antojaba las fronteras de mi prisión, aunque mi prisión era otra.

Poderes sobrenaturales

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No hay nada que me impida caminar, pero tengo la sensación de avanzar dentro de agua. Tal es la resistencia que puedo sentir a cada paso que doy. Me duelen los muslos, están duros como piedras, pero sé que debo caminar más deprisa. Voy a cámara lenta. Si sigo así, no tardará en alcanzarme.

Una mirada suya en aquel callejón oscuro al cruzarme con él y ya sé lo que quiere.

Conozco esa mirada y al tipo de hombres que miran así.

Una ola de furia ha recorrido mi cuerpo.

La calle se me antoja aún más larga. Infinita. Parece de goma, una calle que estira. No se acaba nunca y oigo claramente su respiración profunda detrás de mí. Ni se molesta en correr. Disfruta viendo que tiene todo el poder. Se ríe mientras observa cómo apuro el paso, sin que pueda ir más deprisa.

Avanzar dentro del agua es difícil y correr es imposible. Los músculos de mis piernas se tensan aún más con el esfuerzo. Miro al suelo y no lo entiendo. No veo agua, pero la sensación sigue ahí, ¿Acaso es un sueño? Si es así, quiero despertar. Estoy cansada de la resistencia con la que se enfrentan mis piernas. Mi corazón late con fuerza y su respiración está tan cerca, que creo que no tiene más que estirar su brazo para alcanzar mi espalda.

No sé qué intuición hace que intente impulsar todo mi cuerpo hacia arriba, en un intento de salir de allí hacia el cielo, ya que la tierra se me resiste cada vez más. Un pequeño impulso hace que me levante varios metros del suelo. Ni yo entiendo lo que me impedía caminar, ni entiendo ahora lo que hace que pueda volar.

Desde arriba lo veo lejos, pequeño. Según voy cayendo se hace más grande y cuando aterrizo de mi torpe vuelo, lo hago justo entre sus brazos. Más bien garras, para mí, por la fuerza con que me aprieta la cintura. No me va a soltar.

Ahora sonríe. Me tiene. Empieza a rozar la tela de mi vestido.

Mi rabia es tanta que no puedo casi respirar. Ahora me pesan los brazos, los siento como dos yunques. Cierro un puño y, sin pensar, golpeo su cara.

El golpe me impulsa hacia el cielo y desde allí veo cómo la sangre brota a borbotones por toda su cara, una sangre oscura y densa. Le he dado de pleno con una extraña fuerza que no me pertenece. Oigo gritos de dolor y veo cómo se retuerce en el suelo.

Una ola de placer recorre todo mi ser. No sólo me he librado, sino que el agresor, ha pasado a ser el agredido. El miedo, se ha trasmitido como un virus. Y es él ahora quien lo tiene. Está infectado, como lo estaba yo hace unos minutos.

Mira hacia arriba con pánico y echa a correr por el callejón.

Me siento feliz. Tengo superpoderes.

Creo que voy a estar muy ocupada a partir de ahora.

La Universidad en casa

391802741_5e2735db17_oLa idea de poder asistir a cursos de las universidades y organizaciones más prestigiosas del mundo sin tener que desplazarse es ya una realidad actualmente. Son los denominados Masive Open Online Courses, los MOOC.

Existen muchas plataformas digitales de e-learning que están cada vez más presentes en la red, como:

http://oyc.yale.edu/

https://www.udacity.com/

https://www.edx.org/

http://ocw.mit.edu/

http://www.extension.harvard.edu/

 

Hoy me gustaría hablar de una de ellas: Coursera:

https://www.coursera.org/

Los cursos se imparten en ella de manera gratuita y a todo el mundo que esté interesado en formar parte de ellos. La idea es ofrecer una educación sin límites.

Hace años que llevo formando parte de los diversos cursos ofrecidos por ésta y otras plataformas similares. Y pienso que, en conjunto, es una gran idea. Aunque también creo que aún está en ciernes, es decir están tanteando el terreno y en pleno proceso de desarrollo.

A pesar de todo, no creo que debamos perder de vista este modelo educativo cada vez más extendido. El campo de la educación, al igual que muchos otros, está cambiando tan rápidamente cómo lo hacen las nuevas tecnologías.

A mi modo de ver, uno de sus puntos fuertes es que, los diversos cursos que ofrecen muchas de estas plataformas educativas, pueden seguirse en distintos idiomas.

Visto bajo este prisma, se convierten en otra oportunidad, no sólo para indagar sobre un área de conocimiento concreta, sino también en una herramienta para desarrollar nuestras habilidades lingüísticas.

Y en caso de querer asistir a una clase en la que no dominas el idioma, poseen convenios con grandes empresas de traducción que ofrecen los materiales del curso en gran variedad de lenguas.

Las clases ofrecidas por Coursera están diseñadas por catedráticos y profesores de reconocido prestigio, que elaboran el curso para que, al final de éste, domines la materia que imparten.

La lecciones se ofrecen mediante vídeos con material de lectura adicional y foros en los que puedes participar si quieres, aunque no hay obligación y algunos de ellos ya ofrecen certificados.

De esta forma, lo que también está ocurriendo es que se está construyendo una comunidad global de miles de estudiantes extendidos por todo el mundo. La comunidad de estudiantes la forman ya unos 4 millones de personas.

Los cursos que ofrecen se integran en diversas especialidades, tales como, Humanidades, Medicina, Biología, Ciencias Sociales, Matemáticas, Informática y Negocios, entre otras muchas.

Dentro de las mismas, podemos elegir entre más de 400 cursos de 20 categorías creados por 85 universidades de 16 países.

Existen diversas opiniones sobre la eficacia de la educación on-line respecto a la educación presencial, por este motivo se han llevado a cabo diversas investigaciones sobre este tema en los que se prueba que la eficacia de la educación a distancia es casi tan beneficiosa como la presencial.

Sobre este punto, yo no he llegado a una conclusión, simplemente procuro probar diversas opciones para formarme una opinión sobre ellas. Lo que sí sé, es que es mejor asistir a un curso a distancia que no hacerlo y, por el momento, todos los cursos de las diversas universidades de los que he formado parte, no han hecho más que contribuir a mi desarrollo personal, tanto en conocimientos, como en idiomas.

 

Dos maneras de viajar

ESTOCOLMO

Existen distintas maneras de viajar:

–         El viaje como mero desplazamiento.

–         El viaje como búsqueda.

Sentimos la necesidad de cambiar de circunstancias y de probar cómo nos sentimos en un entorno que no nos conoce y que no conocemos.

Salir de nuestro medio conocido permite actuar con mayor libertad y, en la mayoría de las ocasiones, incidir sobre el yo adormilado que trasportamos de un sitio a otro a diario.

Muchos viajeros sienten la necesidad de hacer cosas que en su país no hacen.

Este tipo de personas sólo viaja para desatar instintos básicos y comportarse como nunca lo harían en su entorno. Poseen un yo superficial que no tiene demasiada curva de desarrollo.

Me refiero a los que huyen de sus países con el único fin de emborracharse, ligar o meterse en algún tipo de lío.

Viajan sin viajar, sólo se desplazan.

No aprenden nada en su viaje. Yo los denomino “viajeros vacíos de contenido”, aunque más propio sería decir, “personas vacías de contenido”, pues poco aportan a la sociedad o a ellos mismos. Son, a mi modo de ver, prescindibles.

Existe, otro tipo de viajeros, para los que viajar es un modo de ser, de existir y de vivir.

Para ellos viajar es un placer, pero puede ser también un proceso doloroso, pues forma parte de un aprendizaje, de su desarrollo interno.

El camino es visto por ellos como una aventura y un descubrimiento, no sólo en las cosas que encuentran por el camino, sino en cómo su verdadero yo reacciona a nuevas circunstancias y nuevos estímulos.

Viajar como necesidad y como acto compulsivo para indagar sobre lo que la cotidianidad tapa, lo que no muestras en tus circunstancias habituales.

El viaje es visto, de esta forma, como un sueño, una aventura en la que sabes que va a haber sorpresas, simplemente porque tu enfoque no es sólo moverte de un sitio a otro. Tu interés se centra en observar, integrarte en lo que tú decidas que quieres que forme parte de tu baúl de experiencias. Pruebas lo que se adapta a ti y te mueves en un abanico infinito de detalles que pasan inadvertidos para el viajero que sólo se desplaza.

La intensidad de la experiencia en estos viajes, no depende de la distancia. El recorrido se centra más en tu propio yo.

Viajar puede ser visto como una forma de ser, como una forma de desarrollarte que resulta imposible si permaneces en el mismo sitio y rodeado de los mismos estímulos.

Por mucho que pienses cómo te sentirías si estuvieras observando la luna desde Nueva York, Estocolmo o Checoslovaquia, o tomado un café perdido en mitad de un pueblo a cien kilómetros de donde vives, o cómo reaccionarías sin gasolina en la autopista de París a Bruselas, no lo sabes hasta que no lo haces. La sensación puede ser intensa, divertida, angustiosa o puedes odiar su recuerdo.

En los viajes surgen situaciones de las que deseas formar parte, que quieres probar, otras que no, y otras que ocurren sin que puedas hacer nada para evitarlo.

Es importante viajar sin traicionarte a ti mismo, es decir, obrar según tus propios criterios.

Durante tu viaje encontrarás viajeros clásicos, necesitados, huidizos, enfermos, agobiados, imaginarios, fantasiosos, insatisfechos, presuntuosos, famosos, desasosegados, fóbicos, compulsivos, poco realistas y locos. Habrá de todo, pero tú sigues siendo tú, aunque tu entorno haya cambiado.

Si viajas de esta forma, nunca vuelves siendo el mismo, sino que eres más… tú mismo.

 

Bruselas

La Bolsa y yo

SOCIEDADES-RESULTADOS
Hace más de diez años que invierto en bolsa y rara vez me ha generado pérdidas.

Empecé de una manera algo estúpida: una charla con el director de un banco.

Aquel día fui para que me asesorasen sobre depósitos, rentas fijas, o cualquier tipo de inversión.

Recibí información sobre todo tipo de productos, pero había un tema que cada vez que yo tocaba, era obviado: la bolsa.

Tras mi insistencia recibí la información que perseguía. El director de aquel banco me desaconsejaba invertir en bolsa, era muy arriesgado y yo desconocía ese campo. Tenía razón.

Después de varias visitas a otras entidades bancarias recibía las mismas respuestas.

Al llegar a casa y ya invadida por las sospechas, empecé a echar cuentas. Todas las posibilidades de ahorro que me ofrecía el banco hacían que mi cuenta generase unos beneficios irrisorios.

Mientras que ese mismo dinero hacía que mi banco obtuviese unos beneficios brutales ¿La razón? Mi banco invertía mi dinero en el mercado de valores, es decir, jugaba en bolsa.

Una vez llegué a esta conclusión y encontrando la situación harto injusta, el paso siguiente fue subsanar mi ignorancia sobre los mercados de valores, que era la que hacía que ellos se enriqueciesen con mi dinero y yo no.

Aquí comenzó mi investigación y posterior zambullida en índices, mercados y todo lo relativo a la economía.

Un banco es un negocio. Si un banco no quiere que hagas algo, es porque no le conviene. Esto se tradujo en mi mente en una simple frase: si no quieren que lo hagas, es que debes hacerlo.

Empecé a operar por mi cuenta desde internet a través de mi banco.

Como novata que era, cuando empecé prefería especular, es decir, ganar en un período de tiempo muy corto, que podía tratarse de un solo día o de una semana como máximo. Sin embargo, más tarde me percaté de que no siempre esta opción era la más adecuada.

Si bien es cierto que he leído mucho, muchísimo sobre economía, análisis, tendencias y he observado el comportamiento de los mercados, la clave de que durante estos diez años no haya perdido en bolsa ha sido crear mi perfil personal de inversor.

Me explico: El único enemigo que tenemos en bolsa somos nosotros, nuestra avaricia y nuestro miedo. Si tenemos el control sobre ellos, siempre obtendremos ganancias.

Se trata de constancia, paciencia y disciplina.

El 90% de los pequeños inversores, forman parte de la gente que pierde en los mercados. Tienes que saber cortar las pérdidas y establecer tu “stop loss” “órdenes de corte de pérdidas”. En otras palabras, saber cuándo retirarse.

Hay que tener un plan de antemano, no dejarse llevar por el miedo y marcarse objetivos reales.

Mi sistema de trading está adaptado a mi personalidad y circunstancias particulares. Intento ganar cada mes algo y acumulo esas ganancias en otra cuenta.

Hay valores que sólo me interesan por los dividendos que generan. Es decir, o bien me ingresan una cantidad cada cierto tiempo, o dejo que los dividendos se conviertan en más acciones. Esto incrementa mi inversión, que quizá puedan completar mi pensión futura. 

Preguntas que me planteo cuando invierto en algún valor:

1 ¿Cuáles son mis objetivos? Fijar cuáles van a ser mis ganancias y vender cuando las tenga, aunque la acción siga subiendo.

2 ¿En qué mercado voy a operar? Siempre lo hago en uno que conozco bien, suele ser el nacional.

3 ¿En qué marco temporal operaré? Establezco cuándo quiero recoger beneficios.

4 ¿Qué tipo de valores buscarás para entrar? Observo el comportamiento de acciones fiables, es decir, compañías fuertes.

Según he observado, los mercados bajan o suben por períodos, que no dependen en absoluto de si las noticias económicas son buenas o malas. Simplemente creo que los hacen subir o bajar, según les interese. Esta es una apreciación personal basada en la observación durante años, que sé que enfadará a cualquier analista o economista, pero es lo que pienso.

Es fundamental precisar tu hoja de ruta en la aventura de los mercados financieros, pues como he dicho, nuestro gran enemigo somos nosotros mismos.

 

¿Cuál es tu esclavitud?

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Nadie es libre.

Si fuésemos libres seríamos felices… o no.

Todos somos esclavos de nuestras ideas.

Sólo nos pertenece una parte de nuestra libertad, el resto la compartimos con los demás de una u otra manera.

Imaginemos que no estamos satisfechos con nuestra vida y después de ver una película o leer un libro inspirador, nos empeñamos en cambiarla por completo.

Dejamos nuestro trabajo, nos divorciamos de todas nuestras ataduras sentimentales y de todas aquellas personas que participan del sabroso pastel de nuestra libertad.

Nos vamos del país para ser libres. Aterrizamos con nuestro pastel al completo en otro país dispuestos a comenzar nuestra nueva vida y dispuestos a no compartir nuestra preciada libertad.

No pasará mucho tiempo hasta que seamos conscientes de que la libertad no se consigue por cortar con un presente que no nos satisface.

La verdadera libertad se consigue obrando acorde con nuestras convicciones y dejando de escuchar esa voz interior que nos susurra que estamos siendo poco valientes por no elegir lo que en realidad queremos, nuestra verdadera pasión.

El problema radica en encontrarla.

Por eso, estamos presos de nuestras propias fronteras y paseamos por las sombras que nosotros mismos creamos, fomentando nuestra esclavitud.

Todos tenemos una.

¿Cuál es la tuya?

Baño en el Lago de Zúrich

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Cuando se piensa en Suiza generalmente se asocia con frío, nieve y lujosas estaciones de esquí. Todo ello existe. Sin embargo, en verano el panorama cambia radicalmente.

Durante los años que viví en Zúrich no podía evitar perder peso. Mucha gente me ha preguntado la razón de mi pérdida de kilos y hoy he querido contaros en qué consistía mi régimen.

Como he dicho, los veranos eran sofocantes. Hacía un calor difícil de aguantar ya que la ciudad se halla rodeada de montañas. A tales temperaturas suelen seguir fuertes tormentas nocturnas, deliciosas para aliviar el ambiente.

El Lago de Zúrich es una buena opción para esos días en los que el calor te persigue a donde quiera que vayas.

Sentada en la hierba justo al lado del enorme Lago con un amigo suizo, me sentía por primera vez aliviada, sólo de pensar en el chapuzón que estaba a punto de darme.

Aquel día, las gotas de sudor resbalaban por mi frente como nunca antes. No tardé en suplicar que nos lanzáramos a nadar un rato.

Desde pequeña he sido una gran nadadora y una enamorada del agua. Hacía meses que no veía nada que se pareciera al mar y aquel día estaba entusiasmada con la idea de volver a sentir el agua refrescando mi cuerpo.

Una vez que mi amigo accedió, lo primero que hicimos fue descender por unas enormes rocas por las que había que bajar poniendo las posturas más inimaginables para evitar resbalar por el verdín del que se hallaban cubiertas. Yo era toda una inexperta en lagos, sólo conocía el mar y aquel descenso ya me hacía sospechar que la aventura no iba a ser sencilla.

Al principio, me esforcé en guardar cierta compostura, pero viendo que el descenso por aquella resbaladiza pendiente rocosa, era cuestión de vida o muerte, me concentré en no darme ningún mal golpe.

Ni aunque me lo hubiesen pedido, hubiese sido capaz, en toda mi vida, de poner posturas tan extravagantes como las que me vi forzada a adoptar ese día. Utilizaba mis cuatro miembros, y a veces parte de la cabeza, para apoyarme en todo saliente que pareciese seguro. Me sentía como una especie de arácnido con las patas anudadas.

Cuando por fin estuve al borde del agua, lancé una mirada hacia el fondo. Primer error. Nunca debí haber hecho algo semejante. Aquello era todo menos claro y cristalino, sólo pude ver un todo oscuro y tenebroso. Lo contrario al fondo azul del mar. Y, muy probablemente, lleno de musgo, verdín, barro y algún tipo de vida sobrenatural.

Desde la roca en la que me encontraba, era imposible alcanzar el agua, ni con la punta del pie. Observando que mi amigo ya se había tirado dando un gran salto para no golpearse con nada, supe que no tenía más remedio que hacer lo mismo.

Con todo el orgullo de la que se ha criado rodeada de agua desde niña, hice lo propio y, tras un gran impulso, me lancé detrás de él.

El agua estaba fresca y por unos segundos, sentí un gran alivio.

Con el fin de no ser presa del pánico, tomé la firme decisión de no mirar hacia el fondo pasase lo que pasase. Desde pequeña sé que en el agua el pánico es un gran enemigo y conviene mantener la calma.

Esta tarea se me hacía ardua, pues la imagen de una masa negra bajo mis pies ya formaba parte de las imágenes de mi cerebro. Quizá nadaba en un abismo o puede que fuese un fondo cercano, pero no estaba dispuesta a averiguarlo.

Mi amigo me preguntó si podía nadar hasta una boya que se encontraba a más o menos quinientos metros de distancia. Contesté afirmativamente producto de un estúpido orgullo. Empecé a dar mis primeras brazadas, siempre centrada en el azul cielo que nos servía de techo.

Idiota. Hasta que no dí unas cuantas brazadas, no fui consciente de que yo no estaba acostumbrada al agua dulce y recordé la fuerza que se debe ejercer para avanzar por ella, mucho más que en agua salada.

Tras varios metros nadando por las oscuras aguas, tenía la impresión de que me hubiesen cargado con una mochila de plomo. Mis brazos pesaban tres veces más y sentía como si en las piernas me hubiesen atado dos yunques de hierro en cada tobillo. Por no mencionar, lo que pasaba con esa parte de mi cuerpo que siempre me había servido de flotador en el mar.

Calma, me dije. Opté por descansar, es decir, me tumbé panza arriba para dejar de nadar un rato. Tampoco aquello era tan sencillo como había sido siempre, pero servía.

Tras un momento de descanso, avancé un poco más y alcancé la boya en la que ya me esperaba mi amigo, que a pesar de su fuerte musculatura, parecía totalmente agotado.

Cuando iba a agarrarme a aquel salvavidas flotante, sufrí una pequeña distracción y, por un segundo, desvié la mirada hacia el fondo. Horror. De aquella cosa pendían todo tipo de hierbajos, plantas purulentas y mohosas. “Ni soñarlo, aunque me muera, no me agarro a esa cosa”. Y así me mantuve, dando brazadas, mientras duró “el descanso”.

Por fin, mi amigo dijo que quería regresar. Otro medio kilómetro de vuelta.

Empecé a nadar hacia la orilla, intentando centrarme en todas las personas que había allí disfrutando de ese precioso día de verano, ignorantes de que allí había una española a punto de ser engullida por una masa negra de agua dulce.

Faltaba  poco para llegar, a esas alturas, mis brazos ya habían duplicado su peso. Sentía que si no alcanzaba pronto la orilla, me hundiría como el plomo y jamás volverían a saber de mí.

Fue en este momento, cuando mi amigo que nadaba delante, muy cortésmente, me advirtió de que parase porque se acercaban varios cisnes y, al parecer, eran unos bichos extremadamente peligrosos.

Aquello ya me pareció mucho. O sea, que en este sitio la gente  disfrutaba con este tipo de veranos, metiéndose en un lago que luchaba por engullirte a cada brazada, y por si no fuera poco, había que nadar en zigzag para evitar que unos cisnes, te mordieran el trasero.

Dada la mala suerte que estaba teniendo ese día, lógico es pensar que uno de los cisnes, al que seguían unos cincuenta patos, me echó el ojo. Tuve que modificar mi trayectoria y nadar realizando ridículas curvas y evitando mirarlo directamente a los ojos para que perdiese el interés.

Después de todo tipo de argucias para despistar al bicho, conseguí alcanzar la preciada orilla. Me agarré a una roca como pude, pero mi mano resbaló por el verdín como si fuera terciopelo y, como consecuencia me propiné una fuerte bofetada en la cara.

¿Podía pasarme algo más?

Empecé a pensar en patentar aquello para entrenar a cuerpos especiales. Si se hacía a diario, llegarían a ser invencibles.

Extenuada hasta el extremo, comencé a trepar en sentido ascendente por las rocas, arrastrándome con total falta de estilo. No sentía ni brazos, ni piernas. Y, en esos momentos, hubiese jurado que los había perdido, pero me daba igual si conseguía que, lo que quedaba de mi cuerpo, se tumbase otra vez en la hierba.

Cuando me tumbé boca arriba, estaba tan agotada que mi respiración se podía oír a kilómetros de distancia.

Después de unos segundos encima de la toalla, me iba recuperando poco a poco. Eché un vistazo a mi cuerpo y pude comprobar que conservaba todos mis miembros.

Cuando mi amigo se tumbó en la hierba a mi lado, me miró y me dijo:

“Ten cuidado con las garrapatas, ya sabes que algunas te pueden dejar paralítica de por vida”.

Mi mirada de horror debió de ser tal, que me sonrió e intentando tranquilizarme volvió a decir:

“No te preocupes, si tienes alguna, te la quito luego” y acto seguido se puso a tomar el sol.

Es por este motivo por el que me resulta imposible dejar de perder peso Suiza. El queso, las salchichas o la mantequilla no tienen efecto en mí.

Por eso, mi consejo es, si os sentís bajos de forma o queréis bajar algún kilo, ya sea invierno o verano, Suiza es el lugar.

Lo que mi sonrisa esconde

hhhhhhhhhhhhh

 

Cuando estoy triste sonrío,

aunque me empujen las lágrimas.

No quieren ver mi tristeza,

Sólo reclaman mi calma.

No entienden y no lo explico.

No hablan y no les hablo.

Los secretos se ocultan,

que algunos ven y otros callan.

No les hablo, no me hablan.

Los valientes, sí se atreven.

Y los cobardes no engañan,

pues sí, lo saben y callan.

Mi sonrisa es lo que muestro,

y oculto lo que me pasa.

Les ofrezco lo que aman,

y mi dulzura reclaman.

Pues mis sonrisas ya tapan,

lo que los cobardes callan.

 

 

Desnuda en París

PARISsss

Acababa de llegar a París desnuda, es decir, me había olvidado la maleta que había tardado en hacer unas dos horas corriendo de un lado a otro de la habitación y pensando meticulosamente qué ponerme, en qué situación y en qué día.

Cuando mis amigos pararon el coche frente a mi apartamento para recogerme, cogí el bolso y, satisfecha, cerré la puerta tras de mí.

Tras una media hora de viaje, me percaté de que no llevaba absolutamente nada más que el contenido del bolso, una barra de labios roja, polvos compactos para la cara y la ropa que llevaba puesta.

Demasiado tarde para dar la vuelta, aunque si hubiera estado sola, la hubiese dado.

Mi primera reacción fue dedicar unos diez minutos en repasar mentalmente todas las cosas que ya no me iba a poner durante los próximos días. La indignación se adueñó de mí y se afincó en mi pecho durante un buen rato.

Sin embargo, hay momentos en los que enfadarse no sirve de mucho.

Decidí que lo mejor era adaptarme a la nueva situación y enfrentarme a la realidad. Tres días y cuatro noches sin mi maleta.

Sería una hipocresía negar que mi olvido no me fastidiaba hasta un punto indescriptible. También lo sería haber obviado la satisfacción interior de mis compañeros de viaje, que se sentían encantados con la idea de verme desprovista de mis cosas.

Siempre me han atraído los cambios de perspectiva y éste era, claramente uno, al menos para mí.

En esos momentos y arrastrada  por la convicción de que esa situación tan sólo era algo nuevo, se me antojó como un nuevo reto.

Desnuda en París, no porque lo estuviese, sino porque así me sentía.

Los días posteriores que pasé allí, me obligaron a improvisar continuamente y cada situación que salvaba, se convertía en una satisfacción.

Disfruté de mi estancia, con o sin maleta y aprendí que hay muchas cosas de las que podemos prescindir.

Aunque reconozco que me hubiera gustado dormir con mi camisón puesto.