Desnuda en París

PARISsss

Acababa de llegar a París desnuda, es decir, me había olvidado la maleta que había tardado en hacer unas dos horas corriendo de un lado a otro de la habitación y pensando meticulosamente qué ponerme, en qué situación y en qué día.

Cuando mis amigos pararon el coche frente a mi apartamento para recogerme, cogí el bolso y, satisfecha, cerré la puerta tras de mí.

Tras una media hora de viaje, me percaté de que no llevaba absolutamente nada más que el contenido del bolso, una barra de labios roja, polvos compactos para la cara y la ropa que llevaba puesta.

Demasiado tarde para dar la vuelta, aunque si hubiera estado sola, la hubiese dado.

Mi primera reacción fue dedicar unos diez minutos en repasar mentalmente todas las cosas que ya no me iba a poner durante los próximos días. La indignación se adueñó de mí y se afincó en mi pecho durante un buen rato.

Sin embargo, hay momentos en los que enfadarse no sirve de mucho.

Decidí que lo mejor era adaptarme a la nueva situación y enfrentarme a la realidad. Tres días y cuatro noches sin mi maleta.

Sería una hipocresía negar que mi olvido no me fastidiaba hasta un punto indescriptible. También lo sería haber obviado la satisfacción interior de mis compañeros de viaje, que se sentían encantados con la idea de verme desprovista de mis cosas.

Siempre me han atraído los cambios de perspectiva y éste era, claramente uno, al menos para mí.

En esos momentos y arrastrada  por la convicción de que esa situación tan sólo era algo nuevo, se me antojó como un nuevo reto.

Desnuda en París, no porque lo estuviese, sino porque así me sentía.

Los días posteriores que pasé allí, me obligaron a improvisar continuamente y cada situación que salvaba, se convertía en una satisfacción.

Disfruté de mi estancia, con o sin maleta y aprendí que hay muchas cosas de las que podemos prescindir.

Aunque reconozco que me hubiera gustado dormir con mi camisón puesto.