La imagen de un recuerdo

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Te he visto salir de entre las llamas como quien sale de la oficina.

Un héroe mudo e invisible que se confundía con el todo.

Tenía mi cámara en la mano, pero era incapaz de captar una imagen.

Parecías tranquilo.

Te sacaste el casco y sacudiste un poco la cabeza.

Estabas bañado en humo y tus compañeros ya se ocupaban de la niña de cinco años que acababas de arrancar del infierno rojo y negro que quedaba atrás.

Yo permanecía en la acera de enfrente, inmóvil, intentando reaccionar ante el caos de llamas y el lecho de heridos que se desplegaba, cada vez más real, ante mis ojos.

Sólo cuando tus piernas se rindieron en el suelo, con tu casco entre las manos, pude ver señales de cansancio. Un cansancio más allá de lo físico.

Y el antifaz de calma que dibujaba tu rostro, se desvaneció y, a pesar de tu juventud, tu cara quedó dibujada por las arrugas esculpidas por el dolor.

Esas arrugas que como cicatrices tatuadas en la cara delatan el rostro del que ha visto casi todo, pero no ha dejado de sentir.

Entonces fue cuando hundiste tu cara entre tus manos sucias por el humo.

Escuché cómo descargabas esa tensión que minutos antes habías reprimido.

Tampoco tú habías estado en un accidente de tales dimensiones, tampoco tú estabas preparado para tal horror y tantos cuerpos tendidos pidiendo ayuda.

Tus ojos vacíos se llenaron de lágrimas y fue en ese instante cuando levantaste tu mirada.

Sin intercambiar palabra alguna tus ojos se cruzaron con los míos. Jamás fui capaz de sacar esa foto.

Esa imagen no puede ser captada por ninguna cámara, simplemente se clava como una daga incandescente en ese lugar en el que nunca queremos escarbar.

Se tamiza con el tiempo, pero resulta imposible de borrar.

El otro día nos cruzamos por la calle. Caminabas entre la gente, ya vestido de paisano y tu cara reflejaba calma.

Al mirarnos, aquel instante regresó sin previo aviso para ambos y colapsó el tiempo con la misma fuerza que aquel día.

El dolor volvió a alzarse sin piedad, ése con el que ambos pensábamos que ya podíamos lidiar.

Y esa imagen que sólo existe entre tú y yo, regresó.

Sólo nosotros guardamos esa foto secreta en nuestras mentes.

Jamás he intercambiado una palabra contigo, pero esa imagen se ha convertido, sin quererlo, en un vínculo.

Un recuerdo que nos une sin piedad.

 

 

 

 

5 comentarios en “La imagen de un recuerdo”

    1. Hola Julia.

      Pues sí, desgraciadamente me pasó de verdad y todo regresó a mi mente hace un par de días cuando volví a ver a esa persona por la calle.

      Me ha costado trabajo escribirlo, pero veo que ha merecido la pena.

      Quería hacer un homenaje a la cantidad de personas anónimas, que como tú muy bien dices, arriesgan su vida a diario sin que nos enteremos.

      Un saludo y gracias por tu comentario.
      Livia.

      1. La verdad es que mientras lo leía, veía las secuencias del suceso. Se nota que lo has vivido y es tu forma de dar las gracias, por que nunca se sabe si te puede pasar a ti directamente. Ellos velan por nosotros, su trabajo es duro y sacrificado, Es un bonito detalle y además rompes con la deuda que tiene tu corazón. Darle las gracias. Muy bonito Livia son sentimientos muy puros, escritos con mucho cariño y tristeza.
        Un abrazo.

  1. Intensa y profunda tu forma de narrar Libia. Como de costumbre consigues hacerme llegar tus sentimientos, que no son sino mis propias experiencias despertando mis emociones, y que, aunque sean amargas, siguen siendo un lujo que merece la pena explorar.

    1. Muchas gracias por tu comentario, Juan.

      La intensidad del recuerdo y el dolor que provoca es lo que más me ha costado. No ha sido fácil revivirlo.

      Supongo que tú esto lo entiendes bien.

      Un saludo,
      Livia

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