El poder de las palabras

 


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Algunas frases son peores que cuchillos porque, una vez oídas, se te clavan en el alma para siempre.

Son frases construidas para destruir.

Palabras colocadas una detrás de otra que parecen inofensivas.

Oraciones que, aunque te digan que fueron dichas sin intención de dañarte, destruyen porque no desaparecen.

Cuando se oye algo punzante y afilado dicho con las palabras apropiadas para que se clave en lo más profundo, no se puede olvidar.

Algunas palabras son capaces de herir y hasta de matar.

Una vez se sueltan y quedan libres, no existen excusas posteriores porque se quedan para siempre ahí.

Se pueden perdonar, pero no olvidar.

Hay que reflexionar antes de dejar en libertad palabras que no tienen vuelta atrás.

Sexo y Crítica Literaria

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Cuando estudiaba en la Universidad, tenía un profesor de Crítica Literaria obsesionado por el sexo.

Recuerdo como si fuese hoy que, después de una hora de darnos clase, salía del aula con el pelo revuelto y de punta, con toda la ropa llena de tiza, con la mitad de su camisa por fuera del pantalón y respirando de forma agitada. En vez de salir de impartir clase, parecía que hubiese tenido un orgasmo.

Sus clases de Literatura eran pésimas. Jamás terminaba las frases que empezaba, sólo alzaba los ojos al techo como imaginando algo que nunca llegábamos a saber qué era.

“¿Habéis leído a…?” “¿Y el párrafo donde dice…? ¡No puedo ni decirlo en alto!¡Es puro sexo! ¡Todas esas alusiones a…!” Ninguna frase llegaba a su fin. Mientras, solía garabatear palabras sin sentido, carentes de contexto en la pizarra y así, justificaba el sueldo que no era justo que cobrase.

Estaba claro para mí, que no había leído ninguno de los libros sobre los que hablaba con tal vehemencia. Yo sí. Todos y cada uno. Conocía al dedillo el argumento, los personajes, pero lo más importante, interpretaba sin problemas el mensaje del autor, que nada tenía que ver con el sexo.

Este hombre que paseaba como un león enjaulado durante toda la clase, alzando sus brazos al cielo, reemplazaba su falta de conocimientos representando ante sus alumnos una obra de teatro ridícula a mis ojos.

“¿Os habéis fijado en los buzones de Correos? ¡Qué escándalo! ¡Tendrían que retirarlos todos! ¡La ciudad entera está llena de símbolos fálicos!”

El problema era que, para aprobar la asignatura, no te quedaba otra que interpretar cualquier texto bajo este mismo prisma.

Por tanto, dejé de luchar contra corriente, y a pesar de mis acertadas interpretaciones literarias, comprendí lo que había que hacer.

No era complicado. En los textos de los exámenes sólo tenía que fijarme en todo lo que tuviera una forma alargada, estuviese duro, se ablandase, fuese un agujero negro (perdón a los astrofísicos a los que sé que les pagan por estudiarlos) o cualquier otra cosa que se pudiese identificar con sexo.

Todo era sexo. El examen era puro sexo y yo, de esta manera, conservaba mis sobresalientes y mi beca.

Eso sí, no se podía comentar de cualquier manera. Había que ser prolífica en matices, tener cuidado con las palabras, dejar paso a la imaginación, abrir puertas o entreabrirlas, pero sutilmente, para que mis palabras enganchasen a mi profesor y leyese mis textos hasta el final.

Yo me imagino a este buen señor corrigiendo mis exámenes. Recuerdo ser extremadamente discreta en mis comentarios y emplear todo tipo de eufemismos y rodeos dejando, eso sí, siempre claros todos y cada uno de los símbolos a los que el pobre autor de la obra en cuestión nunca había querido referirse.

Yo escribía mis análisis literarios desde la única perspectiva que él aceptaba y utilizaba toda mi imaginación procurando interpretar palabras desde su perspectiva enfermiza. Todo ello, con el único fin de aprobar sin estar de acuerdo con lo que escribía.

Después de corregir mis exámenes, puedo imaginar que tendría que darse una larga ducha fría.

Lo sospecho por el estado en el que estaban las hojas cuando me las entregaba en clase ya corregidas. Llenas de garabatos rojos sin pulso, dibujos inacabados, hojas arrugadas y manoseadas. Papeles que, en vez de parecer que se habían escrito escasos días atrás, daban la impresión de haber salido del siglo XV y en mal estado de conservación.

Me los entregaba mirándome fijamente a los ojos, jadeante y yo leía: “Sobresaliente” en enormes letras escritas con sus manos temblorosas con un rotulador rojo que ocupaba toda la hoja principal. Mientras mi profesor me decía: “Excelente interpretación. Has llegado hasta el fondo.”

Yo sentía un escalofrío por todo el cuerpo cada vez que hacía este tipo de comentarios. Procuraba que aquel momento durase poco tiempo y, a ser posible, no establecer contacto visual con él. Luego respiraba profundamente sin atreverme casi a tocar las hojas que me habían sido entregadas y pensaba lo difícil que era conseguir un sobresaliente.

Es una pena que existan profesores tan malos y digo malos porque, aún después de tantos años, sigo convencida de que este profesor universitario con una licenciatura de una universidad cuyo nombre nadie conocía, no había leído ni uno de los libros, que yo sí me tragué. Libros que ya puedo comentar sin tener que hablar de ningún símbolo sexual donde no lo hay.

¡Qué liberación!

 

 

Hace frío

cbeba9957d855e8ab2a4dfe90a166239 Hoy hace frío.

No me pasa, aunque llevo puesto el jersey de lana más gordo y amplio que tengo.

Me siento al lado de la ventana y pongo mis piernas dentro del jersey intentando crear una bolsa de aire cálido que me caliente el cuerpo.

Observo a la gente que pasa por debajo de mi ventana.

Ahora tengo aún más frío.

Es un frío extraño.

Me preparo un café caliente.

Vuelvo a mi posición fetal. Esta vez acurrucada en el sofá con la taza de café entre mis manos.

Cierro los ojos y acerco la nariz al vapor que sale de aquel líquido oscuro que huele tan bien.

Después de dos sorbos, vuelvo a abrir los ojos.

De las mangas de mi jersey, sólo salen mis dedos. Hago un esfuerzo e intento palparme las piernas y la cara.

La temperatura de mi piel es cálida.

Sin embargo, el frío no me abandona.

Siento como si un trozo de hielo me recorriese el cuerpo sin olvidar ningún rincón.

Mi móvil abandonado en una esquina de la mesa de madera que tengo delante de mí, comienza a sonar furiosamente, con urgencia.

Es un sonido molesto que interrumpe mi silencio.

No voy a sacar mis manos de debajo del jersey, ni abandonaré mi taza de café.

No voy a moverme.

No quiero contestar.

Tengo frío.

Es un frío interno, una corriente helada que me recorre por entero el cuerpo, que se mete hasta los rincones más recónditos de mí.

Sitios que había olvidado.

No importa lo que haga, yo sé que no va a irse.

Hacía años que no sentía este frío.

Hacía años que no sentía tanto frío.

No siento nada.

Por eso tengo frío.

Literatura y alcohol

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Te conozco desde hace muchos años, por eso no puedo evitar intentar salvar, si es que aún llego a tiempo, lo que queda de tu vida.

Aunque para ello deba hacer lo que una amiga hace: decirte lo que pienso.

Sé que peleas a diario, parecen siglos, por convertirte en un gran escritor, buscas fama y fortuna.

Para lograrlo, soportas ese trabajo por horas en el bar de un barrio cualquiera que te permite sobrevivir.

Cada madrugada te observo llegar por la calle ya de madrugada, cansado, dando tumbos e introducir la llave del portal que lleva a tu piso.

Alcohol y escritura han estado unidos en muchas ocasiones a lo largo de la historia, sin embargo, sólo puedes permitirte el lujo de escribir borracho si eres un genio. Y aún así, muchos genios han conseguido escribir verdaderamente mal a causa del alcohol. Tanto es así, que han confesado que la escritura era trabajo, rutina y voluntad diaria.

El potencial, por muy bueno que seas, no te hace famoso, sólo lo hace el trabajo.

Llegas a casa borracho no sólo de alcohol, sino también de ideas. Entonces escribes febrilmente, poseído por lo que tú crees que es tu verdadero yo de escritor. Las palabras fluyen de tu mente sin esfuerzo, casi no te da tiempo a escribirlas.

Después de unas cuantas horas vomitando ideas sin cesar, te vas satisfecho a la cama. Has conseguido llenar páginas y páginas de las palabras que tú querías inmortalizar y que te harán rico y famoso.

Después de haber saciado tu cansancio con unas cuantas horas de sueño, te levantas para volver a tu trabajo en el bar.

Antes de irte, te paras y miras de reojo al ordenador y sin poder evitarlo lees con ojos ilusionados los pensamientos y conversaciones de tus personajes que escribiste anoche. No puedes evitar pensar que tu obra maestra por fin está tomando forma.

Y mientras lees con una gran taza de café caliente entre las manos, el mundo comienza a hundirse, se torna oscuro y estéril.

Allí no hay nada, es tierra baldía. Páginas y páginas llenas de palabras vacías que anoche brillaban solas. Las estupideces escritas por un borracho.

Y te das cuenta de que por mucho que repitas que eres escritor, el único arte que dominas a la perfección es beber.

Aun observando tu debilidad, no puedo evitar admirar tu humanidad. Tus lágrimas nunca brotan de tus ojos, pero sí de tu alma. Como si de un caballero herido mortalmente se tratase, sólo el orgullo te mantiene en pie, mientras tu sangre se derrama.

Te admiro porque sé que eres bueno escribiendo, te odio porque tu voluntad falla una y otra vez.

No soporto esas charlas llenas del brillo artificial que sólo te proporciona la ginebra. En ellas, hablas de cómo se deben hacer las cosas para convertirse en un buen escritor, hablas de disciplina, de esfuerzo. Y convences a todos.

Por unas horas el halo de luz que te rodea es tan brillante que ciega al mundo. Y, en esos momentos, dejas de ser ese camarero que se niega a sí mismo que lo es. Porque uno es lo que hace, no lo que desea ser.

Y cuando tu miserable sueldo te lo permite, en vez de escribir, te vas a dilapidarlo en algún restaurante caro o alguna fiesta estúpida donde alimentas tu ego, explicando a todo el mundo que tú eres escritor. Esa profesión que no ejerces.

Estás vacío de ideas porque te mueves en círculos iguales que recorres un día tras otro, pero te niegas a ver la realidad.

Los litros de alcohol presagian la negrura de tu futuro que, en realidad, es tu presente.

Esa alegría de los felices años en los que despuntabas, en los que llegaste a publicar artículos en los cuales la gente sólo veía a un escritor en ciernes, te cegaron. Cegaron tu ego y te quedaste en lo que podías llegar a ser, pero no eras aún.

Ahora lo único que veo es que todos los espejos reflejan tu vacío, un vacío existencial. Y revelan la verdad de la vejez prematura del fracaso.

Tu perpetua borrachera hace que cada día desciendas a un abismo de derrota vital.

Alivias tu frustración castigando tu cuerpo con un exceso de alcohol, del que eres ya un adicto.

Eras fuerte, joven, seguro, descarado y ahora te has vuelto inseguro, destructivo hasta un punto en el que me doy cuenta de que, cuándo las brumas ciegan tu entendimiento, la sombra del suicidio se pasea tentadora por tu mente.

Tu dañada autoestima, tu fragilidad emocional, producto de una infancia demasiado fácil en el que lo tenías todo y eras la promesa que alimentaba el ego de tu familia, desbocaron tus adicciones, único acicate que encuentras para desconectar de una realidad que detestas.

La vida te engulle pero, querido amigo, aún no está todo perdido.

Recuerda todo aquello que probaste por primera vez, recuerda capítulos en los que sufrías a pelo sin necesidad de mitigar tu dolor con ninguna droga, atrapa de nuevo lo que viviste y que te hizo feliz.

Existe un mundo lleno de matices entre estar vivo o muerto. Tú ahora vives muerto.

Elige de una vez, pero suspende el alivio momentáneo que te ayuda a deshacerte de tu depresión, porque te hunde sin remedio.

Sal de ese infierno permanente.

Nos estamos perdiendo a un gran escritor. No nos dejes a oscuras.

 

El rostro, reflejo de tu interior

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“La cara es el espejo del alma, y los ojos son sus intérpretes”.

“Imago animi vultus, iudices oculi”.

Cicerón

A medida que nos hacemos mayores, los sentimientos y lo que hemos vivido, se va reflejando en nuestro rostro, mirada y gestos, de tal forma, que ningún cirujano plástico podría copiar o cambiar, a no ser que nos hinchase de botox de tal manera que consiguiese que tuviéramos la expresión del pato Donald. Con esa cara, todo signo de averiguar qué se esconde debajo, sería inútil. Eso sí, te puedes casar con Daisy J

Hay una gran noticia para la mayoría de la gente que carece de sentimientos y es que no se dan cuenta.

Esto es algo muy bueno para ellos porque así no sufren. Y van por la vida diciendo que están llenos de buenos sentimientos, cuando sus actos delatan que no sienten nada.

Si os fijáis en la manera de sonreír, de mirar, de atender, y también del tono de voz de una persona, descubriréis un sinfín de cosas sobre ella sin necesidad de preguntar.

¿No tenéis la foto de alguien que en su juventud parecía que iba a ser un chico encantador y pasados unos años lo veis por la calle y se os ponen los pelos de punta del susto?

No se trata de envejecer, se trata de cómo ha vivido, de cómo piensa, de cómo siente esa persona.

La cara es un espejo que pocas veces puede ocultar la trayectoria de nuestra vida.

Refleja lo que hemos leído, aunque nos hayamos olvidado de ello, lo que hemos sentido alguna vez, lo que hemos llorado, los valores que procuramos seguir, lo real que hay en nosotros.

Hace poco ví la foto de un chico que, hace unos años, tenía unas bonitas facciones que reflejaban un cuadro aún sin pintar.

Ahora esa persona se ha convertido en alguien que lleva una vida vacía, aunque él cree que no. Ha dejado de luchar y eso se ha reflejado en su cara adornada ahora por una fláccida papada colgante que lo persigue sin piedad. Su cuerpo, más bien alto y atlético refleja el cansancio y los kilos de alguien sin edad definida. Y, aunque sólo tenga cuarenta y tantos, es una persona que se deja llevar por la vida sin metas de ningún tipo, que busca esos placeres inmediatos que son compañeros inseparables de una soledad que se niega a reconocer.

Él no ha cultivado su interior. Eso se refleja en su cara, unas veces de vacío, otras de venganza, crueldad o egoísmo, las cuales, por años de ensayo, ejecuta bien. Sin embargo, como digo, él, como otros, tiene la suerte de no darse cuenta y afirma a los cuatro vientos que es una persona de buenos sentimientos que trata bien a la gente.

Ya lo decía Cicerón.

“La cara es el espejo del alma, y los ojos son sus intérpretes”.

 

Calamitosas vulgaridades y maquillaje de palabras

 

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Cuando se me acerca un hombre que quiere ligar y lo primero que me dice es: “Yo soy un hombre muy sincero” aunque yo jamás se lo haya preguntado, ni se me haya pasado por la cabeza que no lo fuera, ¿no es algo sospechoso que sea su primera frase? Vale, eso se traduce en mi cabeza como: “Este tío es un mentiroso”.

Excepto en contadas ocasiones y por motivos fundados, no miento, por tanto no suelo presentarme a la gente y decirle, “¿Sabes qué? Yo no miento nunca”. Si alguna vez lo digo, marchaos rápidamente.

De igual manera, cuando se me acerca alguien y me dice: “Yo trato muy bien a las mujeres”. Aparte de sonarme machista, me suena a que las trata fatal. Y ya cuando ves que va saludando a las tan bien tratadas féminas y ellas responden dando imperceptibles e inconscientes pasitos hacia atrás, la cosa queda meridianamente clara.

Existe otra frase que me pone verdaderamente enferma, comprendo que debe de tratarse de alguna moda salida de algún descerebrado y a la gente se le ha pegado. Me refiero a: “Soy muy amigo de mis amigos” Pero, ¿de quién vas a ser amigo, de tus enemigos? Hace falta ser inepto. La frase que quieren decir es: “Tengo muy buenos amigos”.

Hay otro tipo de hombres que te advierten con premura que “jamás les faltes al respeto” La verdad, nunca lo he entendido. Es como si yo me acerco a alguien y le espeto a la cara “No me toques nunca este ojo”. Evidentemente es que tengo un problema con el ojo. Pues lo que les pasa a éstos es que sí les han faltado mucho al respeto, es decir, que tienen la autoestima por los suelos.

De igual manera, no llevo nada bien los cambios en las expresiones que se han utilizado toda la vida para intentar hablar de una manera más culta.

Me refiero a frases como: “me están comiendo la cabeza”, en vez de “me están comiendo el coco” o “me están lavando el cerebro”. Es la expresión de toda la vida. Y además, no se dan cuenta de que la cabeza es lo de fuera.

Hay otros que, en su afán de hablar de una forma “más fina”, se empeñan en evitar a toda costa mencionar la palabra “pelo”. Ellos carecen de pelos ¡qué asco! Y suelen decir: “Se me ponen los vellos de punta”. Y aunque la palabra “vello” se utiliza, jamás se usó en esta expresión tan corriente, hasta que la acuñó la Pantoja, qué sí tenía un problema de pelos.

Asímismo, estoy harta de oír continuamente en los medios de comunicación más prestigiosos la expresión “personas humanas” ¿Es que existen las “personas inhumanas”? Yo las llamo simplemente “animales”.

No hace falta que intentemos mejorar estas expresiones de nuestro idioma. Están ahí para ser utilizadas con propiedad y dentro de un registro concreto.

 

De champús y laxantes

Tránsito

Hace tiempo que observo en todos los medios de comunicación dos tipos de anuncios que ocupan el 99% del tiempo de la publicidad.

Anuncios sobre champús.

Anuncios sobre el funcionamiento intestinal.

El público femenino, al que se dirigen principalmente, se debate entre estos dos graves problemas diarios.

Ambas, frívolas, pero básicas cuestiones que hacen que las multinacionales, que se encargan de resolver estos problemas, se enriquezcan.

Lucir un pelo sedoso y conseguir que el organismo funcione, incluso diciéndole a qué hora te viene mejor, como si concertaras una cita con el fontanero, ya es posible.

Asuntos que se han convertido en necesidades básicas para el género femenino y desgraciadamente, para gran parte del masculino también.

Una vez alcanzados nuestros objetivos, lo demás carece de importancia o importa poco.

Cuando amanece un nuevo día, puedes volver a resolver todo este bullicio que atormentaba antes tu cabeza, sin más esfuerzo que seguir el consejo de la publicidad apropiada que te guiará hacia el producto de tus sueños.

La venta masiva de dichos productos para solucionar ambos intrincados asuntos constituye una prueba irrefutable.

¿Quién no es feliz luciendo un pelo bonito y una barriga plana?

No logro entender la necesidad de tanto psicólogo y tanto libro de autoayuda contra las depresiones o para guiarnos en nuestro camino hacia la felicidad.

¡Si la solución está en cualquier parafarmacia!

Nuestras máscaras

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Las imágenes que proyectamos de nosotros son infinitas, pues cada individuo que nos conoce percibe una persona distinta, sin embargo, nunca a nuestro auténtico yo.

Los yos posibles que viven en nosotros son trozos de nuestro verdadero yo.

Al igual que, las imágenes que proyectamos pueden ser buenas o malas según diversos factores podemos, sin pretenderlo, caer en la tentación de proyectar aquella imagen que sabes que más va a agradar a la persona con la que tratas.

Este es el principio del fin. Plegarte a complacer y ajustarte a la imagen que el mundo quiere que proyectes es un craso error.

Sería como si un escritor, escribiese pensando en cada uno de sus lectores. Hay tantos, que se volvería loco.

Debemos esforzarnos en ser auténticos y aunque parece una tarea sencilla, no lo es.

El mero hecho de vivir en un medio social en el que estamos acostumbrados a amoldar nuestro comportamiento en todas sus facetas, presos de lo que se debe hacer, lo que se debe decir y de comportamientos concretos que se nos exigen tácitamente, hacen que nuestro auténtico yo se diluya.

Por el contrario, si te exiges cada día el escribir siendo fiel a tus ideas, si vives según tus criterios y tus gustos, lograrás un sentimiento de armonía contigo mismo y es muy probable que esa autenticidad te conduzca al éxito que, al fin y al cabo, se traduce en tu felicidad.

 

Sin razón aparente

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¿Alguna vez os habéis sentido mal sin razón aparente?

Existen ocasiones, en las que no dejamos de preguntarnos qué es lo que ha podido ocurrir para que nos sintamos mal sin que haya una explicación, o sin que hayamos notado que pasaba algo.

En estas situaciones lo lógico es que busquemos respuestas que se basan únicamente en suposiciones, pero éstas no suelen tener nada que ver con la realidad.

Intentamos encontrar respuestas donde no las hay y no las hay porque nos falta información para comprender el problema en su totalidad.

Los más inseguros se culpan, o dudan, si han dicho o hecho algo malo.

Sin embargo, hace años que sé, y por eso quiero compartirlo con todos vosotros, que aunque no exista razón aparente para nuestro malestar, suele haberla.

Hace mucho tiempo una amiga me dijo que, si yo me sentía mal con una situación o con una persona, no intentase aguantar pensando que la equivocada era yo o que era por mi culpa. Que el dolor lo produce algo y que, aunque no se entienda en ese momento, soportarlo o pasarlo por alto, no es una buena opción.

En principio, lo que parece un razonamiento con muy poca lógica, nunca me ha fallado.

Si me siento mal, es que hay algo mal aunque, en ese momento, no alcance a comprenderlo.

El otro día estuve con una amiga. Pasamos el día juntas, ella me puso al corriente sobre cambios que se habían producido en su vida, sobre su nueva relación, su trabajo. Cenamos juntas, charlamos y nos reímos.

Aparentemente, era una salida normal con una persona a la que hacía tiempo que no veía. Sin embargo, cuando regresé a mi casa después de esa cena, no podía librarme de una extraña sensación en el pecho que me cuesta definir. No me sentía bien, pero ¿cuál era el motivo? Evidentemente era yo, porque no había ocurrido nada para que esos sentimientos aflorasen en mí.

No hubo mucho contacto más durante los días posteriores y la cosa quedó así.

Hoy recibí una llamada de esa amiga. Charlamos cortésmente y sin intención alguna por mi parte, volvió a surgir el tema del día de aquella aciaga cena.

Comencé por preguntarle algunas cosas que ella parecía no oír, ya que me contestaba con otras o no respondía. Finalmente, algo acosada por mis insistentes indagaciones, me dijo que tenía que solucionar mis problemas porque algo me pasaba ya que yo percibía una realidad deformada. Quizá tuviese un problema y no me había dado cuenta.

Ingenua de mí, después de haber zanjado el tema y creído en su buena fe, durante esa conversación, me entero de que aquella noche su intención real había sido hacerme daño.

Lo había hecho, y de forma tan sutil, como si de un novio vengativo se tratase.

Confieso que me encontré bastante estúpida ya que, como os dije, no es normal sentirse mal sin motivo, pero quise, una vez más, confiar en la buena fe de la raza humana. Y me equivoqué otra vez, haciendo caso omiso del aquel extraordinario consejo de aquella primera amiga: “Si te sientes mal, sigue tu corazón aunque no lo entiendas”.

Quizá si hubiese estado más alerta o si se hubiese tratado de un hombre… Perdonad chicos, pero ya sabéis que muchos de vosotros seguís algunas estrategias parecidas.

Por eso, si en cualquier situación o en compañía de otra persona os sentís mal, no os lo estáis inventando, suele existir una explicación, aunque no siempre es fácil de ver.

La explicación de mi amiga fue simplemente que quería vengarse de algo que yo había dicho sin mala intención. Creo que lo más honrado por su parte hubiera sido planteármelo abiertamente, pero decidió actuar de una forma cobarde que y lo que ha hecho en realidad, es dañar nuestra ya inexistente amistad.

Por tanto, después de sentirme la persona más desconfiada de la tierra, vuelvo a sentirme la más feliz al comprobar, una vez más, que debemos confiar en lo que sentimos. La explicación lógica suele aparecer con el tiempo.

Mi tesoro invisible

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Todos somos propietarios de un tesoro privado.

Un tesoro que nunca podemos compartir al cien por cien, pues su significado es tan íntimo que sólo puede ser interpretado por nosotros.

Cuando hablo de este tesoro, me refiero a cada uno de los libros que hemos leído, a todas las películas que hemos visto, al mapa de los viajes que hemos hecho, las imágenes que se han quedado grabadas en nuestra memoria o a los vinos que hemos probado y cuyo sabor no hemos podido olvidar. Un tesoro todo él compuesto de experiencias convertidas en sensaciones y sentimientos que nos pertenece exclusivamente a nosotros.

Ningún sistema ha podido detectar el mío en ningún aeropuerto o frontera que he atravesado. Es como si llevase una maleta oculta e invisible de la que nadie puede percatarse y que me acompaña siempre.

No puedo evitar esbozar una pequeña sonrisa cuando paso algún control y pienso que no lo ven, que es indetectable, que de tan mío, es invisible para los demás.

Mi tesoro cruza y cruzará con total libertad todas las fronteras y aduanas. Y también sé que, a medida que pasa el tiempo, aumenta, porque lo alimento y lo cuido, incrementando su valor cada vez que puedo.

Existen pocas excusas para no ser poseedores de este tesoro, pues no crece con dinero, crece con el tiempo y las experiencias.

Sólo las dudas, las decepciones, la pereza, la inactividad, lo pueden destruir.

¿Qué vas a hacer hoy, leer, ver una peli, irte de viaje, beber un buen vino o aprender algo nuevo? No importa lo que sea, pero asegúrate de que te hace feliz y emborráchate de vida.

Ya verás como no podrás evitar sonreír la próxima vez que cruces una aduana.