Cartas sin respuesta

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¿Quién no ha mandado alguna vez un correo que nunca ha sido contestado?

¿Quién no ha dudado de que lo que había escrito no ha existido en realidad, precisamente por esa falta de respuesta?

¿Quién no se ha preguntado cómo es la nada en la que viven tus palabras no contestadas, quizá nunca escritas o no enviadas?

La monotonía nos traga, igual que los pasillos de una oficina.

A veces hasta tal punto desaparecemos, que nos diluimos en la nada de una absurda vida y nos parece que hemos dejado de existir.

Cada carta no contestada, sólo confirma lo que sospechamos, que no existimos.

Pues si lo hiciéramos, habría alguien al otro lado para responder a nuestras cartas.

¿Pasillo o ventanilla?

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Creo que vivir con miedo es no vivir.

Recuerdo haberme enfadado conmigo misma antes de partir en avión hacia Budapest. No había motivo para tener miedo y sin embargo, lo tenía.

Todo había sido por una pesadilla y también porque, tiempo atrás, yo solía confiar en las líneas aéreas que conocía. Una estupidez, lo sé. Ahora no confío en ninguna, aunque eso no me impide volar.

La línea aérea húngara Malév, aún funcionaba por aquel entonces, pero como era la primera vez que yo oía su nombre, todo en ella me hacía desconfiar.

El viaje prometía, prometía sustos y los hubo de toda índole.

Entré en el avión y, a pesar de haberme concienciado sobre esta aventura, aquello seguía sin darme buena espina.

Lo que vi al entrar en el aparato, era exactamente lo que me esperaba. Un avión muy viejo y muy pequeño.

Era la primera vez que había volado en un avión de ese tamaño.

Según mi acompañante esto lo hacía muy manejable, frase que me inquietó más aún.

Sabía, por experiencia de mis muchas horas por los aires, que los aparatos grandes se mueven menos y esto hace que yo no me entere del vuelo. Puedo leer y centrarme en el pollo duro que me dan para que me entretenga durante el trayecto.

Efectivamente, aquello se movía pero, yo cuando ya estoy en algo, estoy. Apechugo con las turbulencias y con el pollo duro.

Trago saliva, hago de tripas corazón, aparento tranquilidad y me concentro en que el suelo no se hunda antes de abandonar la nave.

Aquello temblaba por todas partes y yo sólo podía pensar en una cosa: “¿serán conscientes de la cantidad de tornillos que se estarán aflojando en un avión tan viejo con ese movimiento?”

Mientras lo pensaba, seguía a la azafata con la mirada. Quería advertirla del peligro y, de paso, preguntarle qué se había tomado para aparentar tal estado de depresión en una situación como ésa.

Algunas maletas se caían mientras ella, totalmente apática, nos dirigía miradas de desprecio y volvía a colocarlas en su sitio.

La comida rebotaba contra las paredes y algunos pasajeros se empeñaban en atraparla dando absurdos manotazos.

Tan entretenida estaba con ese espectáculo que, sin esperarlo aún, anunciaron que estábamos a punto de aterrizar en el aeropuerto de Budapest.

Sentí cierta alegría, aunque no quería precipitarme, pues sabía que quedaba lo peor: el descenso y aterrizaje.

Me atreví a mirar por la ventana y, de pronto, observé que el pequeño aparato se había puesto casi del revés.

Sin casi, se puso del revés.

“¿Será una costumbre húngara o algún tipo de venganza hacia los países capitalistas?”, me pregunté.

Este tipo de filigranas aéreas ya me parecían una tomadura de pelo.

Mi acompañante me dijo que tenían que coger la pista así, a causa de la situación del aeropuerto.

No me creía nada.

Miré hacia una de las alas y observé que tenía una enorme abolladura.

Además, se movía como si se fuera a desprender. Ahora, mi teoría sobre los tornillos parecía cobrar mucho más sentido.

Mantenía los ojos bien abiertos, en alerta máxima, para avisar al piloto de cualquier cosa que pudiera descolocarse o romperse. Seguía expectante. Aunque no sirviese de nada.

Luego, viene mi reacción, la de siempre. Me pregunto a mí misma qué hago yo allí y por qué no estoy en mi casa sentada sobre algo que no se mueva y que se atenga a las leyes de la gravedad. Y me recreo en la estupidez de estar haciendo esas absurdas piruetas en el aire hacia una ciudad desconocida.

La pregunta de siempre, “¿podré regresar por algún otro medio que no sea por el aire?”

“Seguro. Ya lo pensaré en el hotel”.

Con esta simple pregunta, mi estancia siempre se hace más liviana, más llevadera. Me repito que no voy a regresar bajo ninguna circunstancia de la misma manera y me entretengo encontrando distintas opciones, en coche, en tren, a pie…

Siempre regreso en avión, claro.

En fin, todo tiene su recompensa.

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La difícil tarea de no hacer nada

 

 

Don Tancredo

No hacer nada no es fácil.

Muy poca gente lo consigue, requiere mucha práctica y un don especial.

Sin embargo, algunos lo logran e incluso lo convierten en su trabajo.

No hacer nada exige sacrifico y un buen entrenamiento.

Debes formar parte de una casta y desarrollar ahí tu carrera.

Dentro de este sistema inmutable de castas, no todos los individuos son aptos para no hacer nada.

La clave está en la resistencia.

Tienes que saber resistir la tentación de hacer algo y no hacer nada.

Si eres hábil y sabes usarlo a tu favor, puedes no contestar preguntas, ser capaz de abstenerte en la toma de decisiones o presidir un país entero, sin que apenas se note que estás ahí. Si dominas todo esto, eres el hombre apropiado.

Eres un líder y, como tal, tienes que rodearte de fieles seguidores para que se ocupen de entretener a la masa. Esa cosa tan molesta con la que debes tener contacto cada cuatro años.

Debes delegar en tus seguidores. Ellos se encargarán de detener el molesto encontronazo con la cantidad de individuos que te ha otorgado la mayoría absoluta, con la que tú no haces absolutamente nada.

También tienes que ofrecer distracciones a esa masa de votantes desagradecidos, ya que no aprecian la escarpada labor que realizas siendo el centro de todas las miradas, y no hacer nada.

Lo sé, no es fácil.

Te preguntan y debes evitar a toda costa contestar.

Te miran y tienes que poner cara de idiota.

Quieren que gobiernes y debe parecer que lo haces.

Sólo que tú sabes que, como dirigente, debes abstenerte de resolver cualquier problema que surja.

Sé que no es fácil estar en una reunión y tener la habilidad de mirar hacia el suelo con ojos vacíos. Esa expresión que te ha llevado años conseguir y que ellos, simplemente, no aprecian.

Precisamente por eso, tú estás tan arriba y ellos tan abajo.

No se dan cuenta de tu esfuerzo cuando miras, pero no atiendes.

No saben lo que es no ceder ante la presión del grupo y rechazar los intentos de otros para convencerte. Por eso, si lo intentan, tienes que deshacerte de ellos.

El hecho de tener a todo un país mirando hacia ti y no hacer nada, no es tarea sencilla.

Sin embargo, tú sabes bien que no debes moverte. Jamás. Pase lo que pase. Ni hacia un lado ni hacia otro, ni hacia arriba ni hacia abajo. No manifestarte. Mantener esa lejanía tan poco apreciada y, al tiempo, tan difícil de conseguir.

Has aprendido a aguantar sin doblegarte, aunque para conseguirlo, te hayas doblado muchas veces hasta tocar el suelo con la nariz.

Y ahora, ya en el culmen de tu carrera, que sabes durará cuatro años y ni un segundo más, te sientes orgulloso de aguantar. Aguantar sin hacer nada.

No gobiernas, pero presides.

Nadie como tú conoce el arte de no hacer nada.

Y así estamos todos, asombrados diariamente por la nada en la que estamos.

Y es que, hasta haces que parezca fácil.

Gracias por nada.

El reencuentro

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Lucía el sol al llegar a Salamanca.

Iba calle arriba, presa de un calor abrasador, buscando el hotel que estaba cerca de La Plaza Mayor.

La Plaza que había cruzado tantas veces saludando al viejo de ojos azules y barba blanca, que sentado en uno de los brazos, vendía sus poemas. Sin él, la Plaza no era la misma.

Sin embargo, huir de los cambios es morir, por eso había regresado tantas veces.

España está hecha de plazas y bares.

Recordó sin querer las piedras rojizas que la sorprendían en primavera con sus cambios de color bajo el sol y la niebla que la acompañaba, rodeándola en invierno. Así como ese frío, que ella adoraba, y que muchas veces se adornaba a sí mismo con un manto blanco de nieve.

Años atrás lo había sentido casi todo en esa ciudad.

Por un momento, el sol le dio en plena frente.

No hay en Salamanca mares que mirar, pero hay tanto que ver y tanto que recordar.

Todo volvía a ser salmantino, hasta ella y su acento.

Se le atragantaron en la memoria las piedras seculares que la rodeaban.

Como siempre, todo era pequeño, acogedor, conocido y, sin embargo, no había tiempo suficiente para mirar todos los cambios, así como todo lo que seguía igual.

Volver era distinto cada vez.

Las sensaciones viejas regresaban y otras nuevas la envolvían.

Recordaba sonriendo, la universidad y un novio que había tenido.

El hotel estaba construido en la calle empedrada de la  Plaza del Corrillo.

Allí está la fachada de la iglesia de San Martín y, como fondo, la colosal Plaza Mayor de la ciudad.

¿Quién llegará a la aquí mañana? ¿Quién se marchará?

Pidió la habitación que ya había reservado como quien pide amparo.

Daba a La Plaza Mayor, a la noche y a una paz rotunda.

Se alegró de estar allí.

Sobre la cama, un blanco albornoz, bueno dos, uno sobre otro, como haciendo el amor. Los miró y sonrió.

Se lavó las manos en agua fría admirando un precioso baño de mármol y piedra que traía ese frescor tan agradable que la protegía del calor de fuera.

Y se sorprendió mirándose en el espejo. La felicidad de quien cruza una frontera invisible que tiñe su alma de sentimientos necesarios.

Cruzó La Plaza una vez más de las miles que lo había hecho antaño, pensando en las que aún repetiría en el futuro. Le pareció aún más bella, más humana y más de verdad.

Se oía hablar a la gente iluminada por estrellas grandes como piedras, ésas tan propias de ese cielo castellano y el aire de la noche, limpio que llenaba sus pulmones.

Te he echado de menos… no sabía hasta qué punto.

Ya en la mesa de una de las muchas terrazas, la melancolía volvió por un instante y ésta dio paso a un vivo apetito. Pidió de todo un poco y su plato favorito. Mientras esperaba, entabló conversación con un soberbio tapiz que se veía al mirar el interior del restaurante.

En esta charla estaba cuando, de repente, llegó él.

Un enorme plato de jamón ibérico de bellota acompañado de una de las mejores botellas de vino de las tierras salmantinas.
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Volvió a enamorarse, casi sin darse cuenta. Miles de párrafos de libros antaño leídos, regresaron sin previo aviso al unir esos dos sabores.

Amándote, muero.

Los olores, los acentos, la noche, los clásicos como Antonio de Nebrija que había estudiado en la misma Universidad que ella, su “Gramática castellana” de 1492, la primera lengua moderna de Europa que tuvo una gramática y cuya primera edición se hizo en Salamanca.

Y Miguel, también Miguel de Unamuno, tres veces rector de esta misma Universidad, cuidad donde los clásicos se mezclan con las copas de un lugar de decoración medieval llamado Cámelot, construido dentro del convento de las Úrsulas, por si te da por dar las gracias a Dios por estar allí.

Sitios en los que Niebla, no es sólo una obra de Unamuno sino también un lugar para estar toda la noche, una ciudad donde puedes sacarte un “Cum Laude” todos los días en su pista de baile y si quieres uno de verdad, vete a la Universidad, aunque ahí siempre han sido más difíciles de conseguir.

Ella se tragó todos estos recuerdos de golpe, tantos eran que se le apretó a la garganta y estalló en llanto.

Fue uno de esos momentos que te rompen el alma en dos.

De esos que quieres repetir a lo largo de tu vida, y lo haces, regresando una y otra vez para ver qué te has perdido y para averiguar, no sin cierto miedo, si puedes volver a sentir otra vez.

Salamanca

Sexo e hipocondría

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Don Jacinto solía reunirse en un café con sus dos amigos Don Juan y Don Gregorio, una vez al mes, pues eran las dos únicas personas que lo entendían y con los que podía desahogarse.

Sólo eran tres amigos muy íntimos.

Los tres padecían la misma enfermedad: Hipocondría.

Una enfermedad que provocaba en ellos la incapacidad de controlar sus miedos y preocupaciones creyendo que cualquier síntoma o sensación era un signo evidente de una enfermedad seria.

La gente huía de ellos, pues todo el barrio pensaba que se trataba de tres locos.

Los tres provenían de familias adineradas y dos de ellos incluso tenían títulos nobiliarios.

El mayor problema de Don Jacinto era su pavor a los gérmenes. No podía soportar pensar en la cantidad de ellos que lo rodeaban a diario. Procuraba no tocar nada pues todo estaba contaminado. Huía de cualquier lugar en el que hubiese gente y donde pudieran rozarlo para no contagiarse.

Incluso había días en los que hasta le costaba trabajo respirar, por miedo a los virus y bacterias que flotaban en el aire, sobre los que no podía tener control alguno.

Vivía aterrorizado, víctima de continuas palpitaciones y sudores que lo asaltaban a diario.

Los otros dos solían quejarse de continuos dolores imaginarios y acudían al médico a diario.

Incluso muchas noches se llamaban para acudir juntos a urgencias.

Cuando la enfermedad que les acechaba esa noche les proporcionaba algo de tiempo, cogían un taxi. Sin embargo, cuando era de vida o muerte se trasladaban al hospital en ambulancia.

Tanto en el taxi, como en la ambulancia, aprovechaban para contarse con todo lujo de detalles cada una de sus sensaciones haciendo así más liviano el camino. Hablaban sobre la velocidad a la que iba su corazón, si les parecía que se les había parado de golpe o sobre cómo sentían que una sensación extraña les invadía el cerebro.

Y así, compartiendo su miedo, solían llegar a urgencias prácticamente en estado de inconsciencia por la sugestión de los síntomas y la conversación.

Sin embargo, ese día algo fuera de lo normal había ocurrido, ya que su amigo Don Jacinto no despegaba los labios desde que había llegado. Algo anormal en él, pues solía iniciar las conversaciones repasando todo lo que había sentido durante el mes y a qué pruebas médicas se había sometido. Pero ese día callaba.

Tal era su mutismo que sus dos amigos le preguntaron qué le ocurría, pues sin duda de algo grave se trataba.

Levantando los ojos hacia ellos, comenzó diciendo algo que sus dos colegas ya sabían.

“Como sabéis siempre he resistido la tentación de acostarme con una mujer”.

Sus colegas asintieron.

“Hace dos semanas se trasladó a mi barrio una vecina nueva, que ahora vive justo encima de mi apartamento. En principio la traté con amabilidad procurando, como siempre, no tener contacto alguno con ella. Le expliqué que debido a una manía, no me gustaba saludar dando la mano o de cualquier otra forma que implicase tocar a otra persona. Ella lo aceptó, pero no por ello dejó de llamar a mi puerta para solicitar algo, pedirme cosas que necesitaba, hasta que… una noche me embaucó y doblegó la voluntad que siempre había tenido de mantenerme puro y casto”.

La cara de sus colegas sufrió una transformación. El horror se adueñó de sus caras. Evidentemente, su amigo había cedido a la tentación después de toda una vida de preservarse limpio de virus.

En principio, y a pesar de su preocupación, ambos amigos intentaron consolarlo con frases tranquilizadoras.

Pero en mitad de su charla se dieron cuenta de que los brazos de Don Jacinto colgaban desmadejados de una extraña manera de la silla en la que se encontraba sentado, su cuello se encontraba un poco ladeado y sus párpados, que apenas podía mantener abiertos, daban la sensación de cansancio extremo.

“Ese es el problema”, dijo, Don Jacinto.

“Desde que me he acostado con esa mujer, mi fuerza vital se ha desvanecido. No sólo me hallo contaminado por todo tipo de bacterias y virus a causa del contacto tan íntimo que he tenido la debilidad de mantener con ella, sino que, además, mis fuerzas han mermado considerablemente. He sido víctima de mi falta de voluntad y eso ha absorbido toda mi energía. Desde hace dos semanas casi no puedo mover los brazos, me cuesta caminar y hasta comer. Me muero, lo sé, me muero”.

 

 

Las gafas de Google

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Hay gente que siempre lleva puestas las gafas de Google.

No me refiero a un momento o un par de horas al día, simplemente no entienden sus vidas sin ellas.

Vida, es lo que piensan que tienen cuando se trasladan del trabajo, al supermercado y luego se ponen las gafas de Google para no sacárselas hasta que sus ojos enrojecidos les suplican dormir.

Triste, pero es un fenómeno en masa.

Y la huida de la realidad también lo es.

Es como una invasión de zombis. De hecho, su aspecto y forma de moverse, después de tantas horas frente al ordenador, se asemeja mucho.

Hoy, en el supermercado, he estado observando a la gente y era fácil adivinar los que se acababan de sacar las gafas de Google.

Todos se habían puesto cualquier cosa a toda prisa para bajar de sus respectivos rediles, medio a escondidas, intentando mirar sólo hacia el suelo para evitar tener contacto visual con algún vecino que les obligase a mantener alguna charla molesta con la consiguiente pérdida de tiempo.

Lo único que necesitaban era llenar su nevera con las provisiones suficientes para su próxima sesión con su único amigo: Google.

Por el contrario, su amigo Google, no les exige nada, ni que se duchen, ni que se vistan, ni que hagan ejercicio, ni que hablen, ni que se muevan, pero los provee de todo… o eso creen.

A mí me dan miedo porque han perdido su capacidad de pensar, aunque ellos suelen pensar todo lo contrario.

Es más, se creen verdaderos expertos en diversas materias, lo que les lleva a desarrollar cierto desprecio hacia el prójimo, que desconoce la extrema sabiduría que les han proporcionado sus extensas investigaciones de días, semanas, meses y años en Google.

En medio de estas búsquedas-disculpa, se han abierto, como por arte de magia, otro tipo de páginas que nada tenían que ver con el tema que les ocupaba. Estas otras webs han captado su atención al punto de haberse enganchado a otros temas, unos interesantes, otros banales y, los más, burdos.

Sin embargo, como si de una posesión imposible de frenar se tratase, sólo pueden deshacerse de sus gafas de Google para ir al trabajo de mala gana y regresar, lo antes posible, a la soledad de sus pisos. Allí se sienten seguros y protegidos, pudiendo hundirse en su mundo virtual que ha pasado a ser su única realidad.

Sus ojos, desprovistos de ilusión, no utilizan Internet sino que han dejado que Internet los controle.

Vidas atrapadas que ya no tienen más finalidad que fisgar horas y horas por las entrañas más recónditas de Google.

Sin embargo, un día se despiertan, reaccionan y se dan cuenta de que les han pasado demasiados años por encima.

Ven que se están perdiendo el mundo real, que su vida se les escurre entre los dedos y que ya nos les queda tanto tiempo como pensaban.

Se miran al espejo y ven los destrozos que ha causado en sus caras y en sus cuerpos la triste mecánica de sus vidas dependientes de Google.

Ahí es cuando la furia se vuelve determinación y deciden tomar el control.

A partir de mañana abandonarán Internet para ocuparse de su vida real.

Pero esta noche no, porque deben consultarle a su amigo Google cómo resolver su adicción. Seguro que hay alguna página que lo explica.

Vuelven a ponerse las gafas, pero sólo por esta noche.

 

No sin ti

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Mi amor por ti se remonta a tiempos que no puedo recordar.

Siempre has estado ahí.

En mi memoria, los momentos más felices, siempre estabas tú de fondo con tus olas acariciando una y otra vez la arena.

Cuando vivía en el extranjero no podía esperar a que llegase el verano para venir a verte.

Te echaba tanto de menos…

Me gustan los veranos de verdad, los míos.

Ésos en los que me dejo llevar por la vida.

Mis cálidos días de descanso, en los que cada mañana, cuando me despierto, es un día distinto.

Días en los que sé que la vida me regala horas junto a ti.

Mi mar, mi agua azul verdosa, trasparente y suave. Tú que guardas en tu silencio mis secretos.

Esos días se van a repetir dentro de poco.

No me gustan los veranos que le gustan a la gente, pero adoro mis veranos.

Ningún verano es igual a otro, por lo menos para mí.

Cada verano está repleto de nuevos sentimientos que descubrir.

Cada cala solitaria, cada forma nueva con la que has moldeado las rocas de las playas, después de tus voraces tormentas de invierno, cada pueblo que no he visto, cada lugar que ya conozco y ha cambiado, es un lugar que me regalas.

Todos mis veranos sigo la misma norma, hacer lo que deseo hacer, pero nunca sin ti.

Me encantan los días de sol en los que no necesito más que un vestido, mi bikini y unas sandalias para ir a verte.

Me encanta cuando la niebla que a veces esparces, me permita leer, escribir y desayunar despacio mientras tú me acompañas, paciente, con tu color azul de fondo y me esperas.

Me encanta tener el pelo mojado al final del día de tanto nadar en ti.

Sentir el cansancio en mi cuerpo por haber estado juntos tantas horas.

Siempre te tengo a ti.

No concibo un verano sin tu olor, tu furia o tu calma.

Estoy enamorada de ti desde que nací.

Me he hundido entre tus aguas y he navegado por encima de ellas.

Me has arrastrado por la arena hasta hacerme arañazos en la piel.

Más tarde, me has alzado dulcemente en una de las crestas que se forman en tus olas y me has depositado en la playa de nuevo.

Estamos hechos el uno para el otro porque somos iguales.

Unas veces, dulces y pacíficos, cuando queremos embrujar.

Otras, dejamos crecer tormentas en nuestro interior, hasta hacerlas estallar en un mar de espuma blanca, que engaña por su belleza.

Somos generosos y, al tiempo ruines, cuando nos enfurecen.

Tenemos días azules de una belleza diáfana, pero otros días somos grises e imposibles de entender.

Espero ansiosa a que vuelvas a tenerme entre tus brazos durante horas, mi mar, mi amor.

Todo lo cambia todo

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Antes me ponía nerviosa que mis planes se torciesen.

Ahora sé que el futuro es pura ficción.

Y del pasado quedan recuerdos. No se puede cambiar. Sirve para recordar, para olvidar o para aprender de él.

Un simple movimiento de cabeza hacia un lado o hacia otro, puede cambiar tu vida.

Todos intentamos controlar lo que pensamos que podemos controlar. Las amistades que elegimos, trabajos que escogemos, las fiestas a las que vamos, los lugares que visitamos o en los que vivimos.

Nunca controlas todo.

En realidad estás expuesto a circunstancias que te rodean y sobre las que no puedes ejercer ningún control.

En el momento en el que eliges, irradias consecuencias.

Todo lo cambia todo.

Es como un efecto dominó imposible de parar.

El recorrido te compromete a tomar una dirección u otra dentro de tu laberinto de decisiones, que es tu vida. Te fuerza a escoger aunque no quieras hacerlo.

Siempre hay un camino, hacia la derecha, hacia la izquierda hacia el centro o en medio de todos éstos.

Y tomas uno de ellos, no hay opción a quedarse quieto.

Y cuando escoges, bien o mal, todo lo cambia todo.

Se produce una cadena de acontecimientos, pequeños detalles, conexiones invisibles que tuercen tu camino y tu futuro.

Podemos esperar al futuro, aunque éste aún no existe en el presente.

Todo lo cambia todo.

Mi presente es esta entrada que estoy escribiendo ahora.

El futuro que espero, es publicarla esta tarde.

Es mi intención. Es lo que espero.

Esta tarde convertiré mi pasado en presente y habré hecho realidad lo que esperaba de mi futuro.

Por lo menos, es lo que espero.

Un sueño de verano

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Se acerca el verano y con él todo el mundo empieza a soñar.

Percibes cómo la gente empieza a prepararse, igual que si fuese a cambiar de vida.

Sueñan que este verano va a ser distinto y que ellos dejarán de ser quienes son para convertirse en quienes desean ser.

Los días se hacen más largos y la luz excita nuestras neuronas y este es el principio del sueño.

La mayoría sueña de más.

Piensan que, durante el verano, que casi alcanzan a tocar, van a ocurrir cosas distintas.

No sólo ellos, sino también su vida, va a cambiar.

Preparan su cuerpo y su mente para esta conversión en otra persona que nada tiene que ver con la que los atrapa en invierno.

Desean sentirse vivos, delgados, leer lo que no pueden “por falta de tiempo” mientras trabajan, ansían dejar de sentirse tan cansados, tan hastiados de todo y de ellos mismos.

Algunos sueñan que se van a enamorar y dejarán de sentirse solos para emprender una vida en la que compartan todo con el amor de su vida.

Otros, que “algo” va a ocurrir, una especie de milagro, mientras beben esa cerveza fría en la terraza, que hará que su monótono trabajo desaparezca y que su vida deje de ser anodina para ser parecida a la de James Bonn, un sin parar de aventuras.

Todo promete y los sueños se vuelven tan reales que te obligan a saltar de la cama para prepararte para el verano.

El cambio.

Y habrá un cambio, lo habrá y grande.

Cuando volváis de vacaciones, después de haber tenido largas horas de tiempo libre, no sólo habréis visto la realidad de vuestra vida, sino que probablemente los días ociosos os hayan permitido que compartir más horas con vuestras parejas.

Y todo cambiará después del verano.

Muchos comenzaréis los trámites de divorcio a causa de las acaloradas discusiones por el calor y el exceso de horas con alguien que, como veíais tan poco, os parecía conocer.

Otros, habréis cambiado vuestras grandes barrigas, por otras aún mayores, tras haber comido de todo, porque estabais de vacaciones.

Esa joven mujer u hombre, que se había fijado en vosotros el año pasado, os ha visto más viejos y ha dejado de lanzaros aquellas miradas que presagiaban el milagro de un nuevo amor en vuestras vidas.

El saldo de vuestro banco, después de las vacaciones también habrá sufrido un cambio. Uno que probablemente os obligue a establecer una relación mucho más intensa con vuestro director de banco, que a partir de ahora, os llamará por teléfono con más frecuencia.

Podéis seguir creyendo que, después del verano, todo habrá cambiado, porque es verdad, cambiará 🙂