Deja que llueva sobre mí

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Hay días en los que el cielo llora.

Mientras la luz del sol nos impide ver.

El sol es dorado.

Y nos atrae.

Por eso pintamos sin descanso nuestra vida de colores brillantes.

Intentando crear un cuadro lo más bello posible.

Un cuadro irreal.

Fácil.

Despojado de todo lo que nos hace sufrir.

Y compramos los colores más dorados y brillantes que encontramos en nuestro afán por protegernos de la imperfecta realidad.

Un día el cielo se torna gris.

Después negro.

Una lluvia intensa e incesante cae del cielo.

Su olor nos recuerda que el color dorado no es el único que tiñe el cuadro que deseamos pintar.

Tenemos pavor a que la lluvia no cese nunca.

A que las nubes no dejen de llorar.

A que nuestra vida se vea salpicada por ese tono gris.

Nos equivocamos.

La lluvia es catarsis y su función es limpiar.

Ella hará que podamos volver a ver sin la luz cegadora del sol.

Sus gotas, con su suave sonido, nos hablan mientras caen.

De modo inconsciente, llenas tus pulmones con su olor que impregna la tierra.

Y en ese instante, te das cuenta de cuánto necesitabas ese descanso.

Había demasiada luz falsa en tu vida.

Entonces, la presión del sol desaparece.

Una extraña sensación de relax olvidada nos hace sonreír al mirar al cielo.

Con las diminutas gotas de lluvia, cayendo desde lo alto, podemos volver a ver lo que la brillante luz del sol nos impedía ver.

La lluvia.

Su olor.

Su pureza.

Un nuevo comienzo.

La oportunidad de borrar manchas y pintar una vida no tan brillante, pero la nuestra, con pintura de verdad.

Deja que llueva sobre mí.

 

¿Nos conocemos?

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La gente no se conoce.

Nadie se conoce.

Yo no me conozco.

Hay gente, la más próxima a ti, que sabe mucho más sobre ti de lo que jamás podrán saber otros.

Saber mucho y conocer, no es lo mismo.

Hay ocasiones en las que no me comprendo.

Tengo que interrogarme a mí misma para llegar a entender lo que siento, por qué he hecho una cosa, por qué he evitado la otra o qué ha hecho que me enfadase tanto o qué me ha hecho tan feliz.

Reacciones que entendería de inmediato si de verdad me conociese.

Llegar a conocerse a sí mismo es tarea harto difícil, ya que obliga a establecer un diálogo interior prolongado y, lo más difícil, sincero.

Ser totalmente sincero con uno mismo no es capaz de hacerlo cualquiera.

Si además, la persona tiene problemas y lleva años “tapando huecos”, es decir, poniéndose disculpas a sí misma para no ver su verdad, es peor.

Pues, lo más fácil es ponerse alguna excusa en vez de ver toda la verdad sobre uno mismo.

Una disculpa tras otra, nos aleja de nosotros mismos y es un acto de cobardía.

Debemos confesarnos lo que nos pasa, nuestros errores y aciertos.

Llegar al fondo para que nuestro yo exterior se comunique con nuestro yo interior con un diálogo fluido que nos permita entender nuestros actos y reacciones.

Conocer a otros es imposible.

Uno de los motivos es, que ni ellos se conocen.

Yo sé muchas cosas sobre las personas más cercanas a mí, pero no puedo decir que las conozca en el sentido al que me refiero ahora.

No puedo ser testigo del diálogo que establecen con ellos mismos de forma consciente o inconsciente.

Yo no soy ellos. Nunca lo seré y, por tanto, nunca llegaré a conocerlos.

Sólo sabré mucho más de lo que nadie sabe sobre ellos.

Ni ellos mismos han reflexionado sobre bucear en sí mismos.

Indagar en sus secretos más escondidos.

Generalmente ninguno de nosotros los hacemos.

Existe todo un mundo interior que descubrir.

Sería interesante conocerse a uno mismo.

Creo que hay que intentarlo, aunque el trabajo sea prolongado y escarpado.

Por tanto, si me preguntan, ¿nos conocemos?

Yo siempre respondo: “No”, “Ni yo a mí, ni tú a ti y mucho menos entre nosotros”.

 

El camionero

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Aparco el camión cerca de la gasolinera.

Llevo años al volante.

Últimamente suelo parar sin razón aparente.

La historia de un hombre como yo, es imposible de contar.

A pesar de ser una de tantas historias, no muy distinta a las otras.

Una historia corriente.

Cuando vi a esa chica por primera vez conduje durante unas tres horas sin saber lo que hacía.

No me la podía arrancar de la mente.

Ella no se dio cuenta de mi presencia.

Aunque lo hubiera hecho, una chica como ella jamás me habría mirado.

Estoy a cinco kilómetros de donde está ella.

Va a ese restaurante de carretera en la que la música de los cincuenta inunda el local.

Se sienta sola, lee el periódico, toma café y se va a trabajar.

Suele llevar un vestido ligero a causa del calor y unas sandalias.

Su melena color dorado debe de ser preciosa suelta.

Nunca la he visto, pero la he imaginado todas las noches.

Sólo dos veces al mes puedo desviar mi ruta esos cinco kilómetros, sólo para observar esa escena cotidiana que tiene lugar todos los días.

Lo hago desde hace dos años que fue cuando su existencia envenenó mi vida.

Soy un camionero de treinta y cinco años.

Nunca he estudiado.

Tengo por amigos a mi camión y mi música.

Antes pensaba que la vida consistía en esas dos cosas.

Era suficiente.

Ahora ya no.

Entraré otra vez en el local que ella, sin darse cuenta, emborracha con su presencia.

Guardaré todas las imágenes que pueda recoger mi mente para repasarlas mentalmente hasta que pueda volver a verla.

Si alguna vez ella me mirase, sólo vería a un hombre bruto, lleno de músculos y con la camisa manchada de grasa.

Nunca he salido de Estados Unidos y ella, probablemente, haya estado mil veces en Europa.

Empujo la puerta del local y echo un ligero vistazo para ver si ya ha llegado.

La veo sentada en la mesa cerca de la ventana, leyendo, tranquila.

Los acordes de una canción de Elvis suenan de fondo.

Me siento en la barra de espaldas a ella y pido un café.

Soy feliz.

Sólo vivo para este momento.

Lo demás ha dejado de importarme.

Mi mundo se reduce a ver esta escena llena de luz.

Si tengo suerte, la veo sonreír a la camarera que, después de dos años, nos conoce a los dos.

Un hombre como yo no tiene nada que ofrecer a una mujer como ella.

Un hombre como yo lo daría todo por tener a una mujer como ella.

Tengo una historia que contar, es corriente, como las otras, pero imposible de contar.

La historia de un trabajador que, sin darse cuenta, un día dejó de sentir.

Un hombre que llegó a pensar que la vida, era lo que él tenía.

Alguien que recorría el país de un extremo a otro pensando que lo tenía todo con su música y su camión.

Un hombre que un día, al verla, lo perdió todo como si de un golpe le hubiesen arrancado el corazón.

Su vida, su trabajo y su música perdieron todo significado.

Un hombre que, cuando escuchó de los labios de la camarera, que la chica de la melena dorada, también llevaba dos años esperando por él, creyó morir.

 

Una lucha inútil

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Intenta alcanzar el marco de la puerta desde el estrecho pasillo.

Una fuerza tira de ella hacia atrás con tal ímpetu, que no logra ni poner los pies sobre el suelo.

Vuelve la cabeza y mira con horror el pasillo oscuro que la atrae hacia sí.

Por el contrario, la sala que desea alcanzar está iluminada por una cálida luz.

De ella salen animadas conversaciones y risas continuas.

Pero como si de una aspiradora se tratase, esa fuerza extraña no le permite entrar en la habitación.

Sus blancas manos son el único vínculo que la une al calor de aquel salón.

Sin soltar el marco, decide gritar para que los que están dentro la ayuden a entrar.

Escucha las cálidas voces mientras piensa que seguro acudirán en su ayuda.

Suelta un angustioso y profundo grito de auxilio, pero de su boca no sale ni un solo sonido.

No tiene voz.

Lo intenta de nuevo. Nada. Sus labios se mueven pero es como si le hubiesen arrancado la lengua.

El pánico se adueña de ella al percatarse de que por mucho que grite nadie podrá oírla.

La desesperación y la soledad son sus únicas compañeras.

Será aspirada hacia el pozo infinito del oscuro, el solitario pasillo en el que no habita nada, ni nadie.

Sus manos comienzan a perder fuerza y el marco se hace cada vez más resbaladizo.

Ejerce toda la fuerza que puede, pero todo la arrastra hacia atrás sin que pueda evitarlo.

Las tinieblas y el silencio la llaman implacables.

La quieren, la desean para sí, le sonríen, se burlan.

Ella sólo ansía la luz, las voces y su voz, que vuelva su voz.

Su terror, su compañero de siempre, la conoce bien.

Quizá demasiado, por eso juega, se solaza, una y otra vez, sin compasión.

Él es el único que recorre su cuerpo conocedor de su cercana derrota.

Ante una situación en la que, llevada por el pánico sólo puede perder.

Decide ceder ante él y dejar que la inunde.

Desea abandonar la lucha, dejar que el pasillo se la trague, que la oscuridad envuelva su cuerpo como una manta, la acaricie con su mezquino aislamiento y no tener voz para toda la eternidad.

Como si de una extraña fuerza mágica se tratase, súbitamente sus manos recobran fuerza y sus pies se posan en el suelo.

Sin creerlo aún, el aire que la arrastraba hacia la nada, cesa y puede asomarse tímidamente a la sala de color dorado.

De pronto todos interrumpen su charla, la miran, sonríen indicándole que sea una a ellos, que abrace la luz y abandone las sombras.

Ella da un paso hacia adelante y entra en la sala.

La invitan a pasar y ella, sin oponer ya resistencia al terror que segundos antes la retenía, les da las gracias con una dulce voz y una amplia sonrisa.

Todo ha vuelto. Su calma, su fuerza, su voz.

Antes de llegar al centro de la habitación donde todos la esperan, echa una mirada hacia el oscuro pasillo que quería engullirla para siempre.

Para su sorpresa, está iluminado y termina en una amplia habitación llena de vida donde se cocina entre risas y charlas.

Tus miedos alimentan lo que temes, así se hacen más grandes y merman tu fuerza.

Cuando los aceptas, pierden su poder y es sólo entonces cuando puedes vencerlos.

 

Un tren de vía lenta

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El cielo se volvió gris a medio día.

El empedrado de la calle parecía más duro que de costumbre.

Caminaba acosada por un frío más intenso que el de sus propias lágrimas.

Apurando el paso, llegó a la estación y se sentó en el tren.

Estaba cansada pero no quería llegar a casa.

Había cogido el tren que iba más despacio, era lo que quería, que todo fuese más despacio.

En realidad, deseaba que el mundo se parase y la dejase pensar.

Recordó que este tren de vía lenta de Zúrich llevaba un coche restaurante.

No lo dudó un minuto, se levantó y salió del vagón para sentarse en un cómodo sillón a lado de la ventana.

Demasiado gris. Todo era gris y se volvía más y más oscuro.

Oscuro como él, que esperaba ansioso a que regresara del trabajo.

Hambriento de reproches para que dejase de trabajar, se quedase dedicando su día a esa prolongada discusión en la que ya sólo había frases mil veces repetidas.

Esperaba, temeroso de su decisión de buscar otro apartamento en Zúrich, lejos de él.

Iracundo por pensar que pudiese escapar.

“Una copa de Riesling-Silvaner”, dijo ella en voz baja y profunda para no romper el silencio del vagón y de sus pensamientos.

La ventana y su vacío paisaje anunciando nieve dejaron de interesarle.

El coche restaurante no estaba muy lleno.

Los pocos que entraban, saludaban amablemente, como solían hacer los suizos. Y ella contestaba con una sonrisa automática.

El tiempo parecía detenerse mientras bebía su copa sentada en aquel sillón con la mirada perdida en el último sorbo que restaba en su copa.

Sin embargo, las estaciones pasaban una detrás de otra y el tren reiniciaba su recorrido para escupirla de nuevo en su destino y devolverla bruscamente a su realidad.

El camarero se acercó a ella y le sirvió otra copa.

“Perdone, pero no he pedido nada”, dijo ella con una sonrisa.

“Ya, pero creo que la necesita. Las decisiones de ese tipo no pueden tomarse con una sola copa”, dijo él.

Hay lágrimas que no se pueden esconder, por mucho que sonrías, y menos si el camarero es gallego como tú.

Herbert

c2f21c05f61f24e4276ee0c967182b45 Existen pocas cosas que me gusten tanto como cocinar en casa para amigos.

Esa tarde, el sol entraba por mi ventana y daba directamente en la enorme mesa de madera barnizada y montada por mí pocos días después de aterrizar en la ciudad. Habían pasado ya casi tres años.

Aún tenía el pelo húmedo de la ducha y me paseaba por la cocina repasando mentalmente los distintos menús que podía ofrecer a mis invitados.

Ellos saben que me gusta cocinar al tiempo que van apareciendo por la puerta, me gusta que entren y salgan de la cocina, que hablemos mientras bebemos la primera copa de vino, que corten un pimiento en trozos o me sugieran una receta nueva.

Ellos me conocen bien, ya que suelen ser pocos e íntimos.

Solemos improvisar.

Sin prisas y con el relax que proporciona la confianza de estar con los tuyos.

Miro por la ventana y un sol rojizo que me recuerda lo lejos que estoy de mi tierra, me produce un sentimiento de añoranza que procuro apartar de mí. Hoy no. Hoy no hay espacio al recuerdo, sólo quiero dejarme llevar por las sensaciones.

Tras ponerme un vestido negro corto y unas sandalias de cuero que suelo utilizar en casa, me voy a la cocina y enciendo las luces bajas de la encimera de madera.

La luz dorada irradia hasta el salón, ya que son dos habitaciones comunicadas.

Como un goteo mis invitados van llegando.

Íbamos a ser cuatro. Somos siete.

Típico cuando vives en el extranjero.

Siempre hay alguien descarriado que no soporta el peso de la soledad. Con el fin de librarlo de que, en noches semejantes, cometa cualquier locura, solemos invitarlo a unirse a nosotros.

No importa.

Aunque debo confesar que me invade algo de rabia al recordar que yo nunca gocé de estos privilegios por muy nueva o sola que estuviese en una ciudad. Tampoco caía en locuras, simplemente solía librarme de la soledad a base de escribir, leer y sacar fotografías.

Hay tres personas en mi casa a las que no conozco.

Los que se han colado son: una chica italiana muy molesta que no deja de reírse y contar anécdotas estúpidas. Tipo de persona al que odio, ruidosas que no escuchan y procuran llamar la atención.

Y dos hombres más, uno francés y otro alemán. El francés parece tímido. No hace más de tres semanas que ha llegado a la ciudad y el alemán es un tipo extraño.

Mis tres amigos son españoles.

Imagino que nos pasaremos al inglés durante la velada, pero no será así.

Por suerte, uno de mis amigos se empeña en remodelar uno de mis platos. Empieza a cortar cosas y poner especies en la sartén que aún está al fuego.

Aprovecho para servirme un vaso de vino tinto que uno de mis amigos ha comprado. Tengo suerte, porque además de generoso, entiende de vinos y ha traído uno de mis favoritos, Marqués de Murrieta Reserva. Una caja, aunque yo tengo botellas de vino diversas en casa.

Apoyada contra una pared, me dedico a uno de mis vicios favoritos: observar.

Sin lugar a dudas, el más raro es el alemán. Tiene una extraña manera de moverse, como si buscara algo que le falta. Está inquieto. Es mucho mayor que nosotros, está muy delgado y desde que ha llegado no deja de repetir que él casi no bebe. Sólo quiere tomar un vaso de blanco y nos advierte de que no va a pasar de ahí. Una advertencia algo extraña por su insistencia.

Sé que hay alguien que lo conoce porque cada vez que me ve observándolo, me hace un guiño de complicidad, como indicándome que la historia me la contará más tarde.

Llevo media hora viendo cómo todos se divierten y se ríen.

Han hecho callar a la chica molesta poniéndola a cortar cebolla y desde ese momento no ha vuelto a hablar. Parece que el acto le exige tanta concentración que sólo mueve la lengua para sacarla de la boca en un gesto que delata que nunca ha cortado una cebolla. Bueno, por lo menos está callada. No puede hablar y cortar al tiempo.

El tipo raro lleva ya unos cuatro vinos en media hora. Todos blancos y cada vez que se sirve nos repite que él no bebe.

Empiezo a ver que no es que no beba, es que además, debe de estar realmente acostumbrado a ello, porque el alcohol no lo altera en absoluto. Creo que está en la fase de lo que yo llamo “de nivelación”. Es decir, que tiene que beber hasta alcanzar el nivel de alcohol al que está acostumbrado porque, por el momento, no siente el efecto.

Es un tipo realmente curioso. Viste de una extraña forma setentera y tiene un extraño acento de Alemania del Este. Es cutre en sus ademanes, lleva los cuatro pelos que le quedan peinados de una forma muy extraña, como revueltos, para tapar la calva. Eso hace que se la mires con mayor interés. Y para rematar se llama Herbert. Yo también bebería si me llamase así y tuviese ese aspecto.

Transcurrido un rato, todos nos damos cuenta de que su manera de beber raya en lo cómico. Ha conseguido que el alcohol comience a hacerle efecto. Lleva casi dos botellas, pero como buen alemán, es muy persistente y sigue insistiendo en que él no bebe.

Cuando no miramos, Herbert, se sirve una copa hasta el borde del vaso y se la bebe de un tirón. Así cree engañarnos y que todos pensemos que es la misma copa vacía. Por eso se levanta de vez en cuando a la cocina para tirar la botella y abrir otra. Y repite que la botella sigue intacta porque él no bebe.

A estas alturas ya sabemos que las neuronas de Herbert no se comunican entre sí desde hace años.

Se ha convertido en el centro de atención de la reunión.

Nos sentamos a la mesa y comenzamos a cenar.

Herbert nos dice que es un gran empresario, que es dueño de una fortuna. Con este tipo de comentarios en una reunión en la que hay españoles y tú llevas un traje con manchas y que aún conserva polvo del armario del que lo has sacado, te arriesgas a ser objeto de burla o a que piensen que eres muy tacaño. Vivíamos uno de esos momentos en los que las palabras sobraban, bastaba con las miradas, que nos hacían estallar en carcajadas irrefrenables.

Cada comentario que el pobre hombre hacía nos ahogaba de risa. Él seguía bebiendo y comer, comía poco, pero hablaba cada vez más. Y cada vez que nos reíamos, Herbert pensaba que era a causa de sus absurdas anécdotas.

La borrachera de Herbert se convirtió en una de las reuniones más comentadas posteriormente y él, en una de las personas más patéticas que he conocido.

Más tarde me enteré de que este personaje vivía de autoinvitarse a toda reunión que encontrase. La gente que lo conocía decía que siempre llevaba el mismo traje, sólo que las manchas y las arrugas del mismo iban en aumento.

Por cierto, Herbert era un hombre rico que había heredado muchas posesiones. No se le conocía otro oficio más que el de acumular dinero y botellas de otros. Hace pocos días me he enterado de su fallecimiento. No tenía familia, ni amigos. No hubo más que una sola persona en su entierro, su abogado, que según dicen fue para asegurarse de que en la lápida de su tumba grabasen la inscripción: “Yo no bebo”.

Pröst Herbert!