Rainy Mood

rain

 

Speak and I will answer.

Your silence is too noisy.

 

Don´t let me down again.

And let me read your pain.

 

Your silence is the end.

I will not ask again.

 

I long for the sound of your voice.

Cause I´m obsessed by its noise.

 

The past is too crowded.

And the present is haunted.

 

Fear the rainy days without me.

And the shadows of our tree.

 

Break your ice

And let me in.

 

Or I´ll let you go forever.

And you know I won´t be back.

 

Dare to be yourself again

And I´ll be your lover till the end.

Superman y yo

supermanUno de los momentos más felices de mi infancia fue el día que fui a ver la reposición de Superman con mi tía Elena.

Me encontraba casi en la pre-adolescencia cuando a mi tía, que adoraba a los niños, se le ocurrió llevarme a una película que ella había disfrutado hasta la última escena.

Mi tía Elena era infantilmente feliz, una persona animada, a la que le gustaba comprar cosas y, sobre todo, regalar. Tenía un espíritu joven y generoso y esto hacía que disfrutase de todo.

Era capaz de convencer a todo el mundo para embarcarse en un viaje en coche en una tarde aburrida. En mitad de una conversación nos decía que conocía un sitio muy chulo que nos quería enseñar. El viaje siempre se convertía en una aventura, lograba que nos perdiésemos en algún lugar desconocido. De eso se trataba.

Solíamos llegar a un bosque en medio de la nada o a un pueblecito perdido que no figuraba en los mapas. Entonces nos veíamos obligados a dormir en algún lugar del camino.

Y ella sonreía, mientras su marido refunfuñaba. Y a mí, secretamente, me encantaba.

Por desgracia, por aquel entonces, mi timidez era casi enfermiza. Mi pudor impedía que expresase mis sentimientos en voz alta. Odiaba que alguien supiese qué me gustaba o qué no.

Y Superman, como a casi todos los adolescentes, me gustó y mucho.

Como era de esperar, y a pesar de ser la segunda vez que veía la película, ella salió pletórica. Con su entusiasmo habitual intentaba arrancarme algún “sí, me ha gustado” que yo soltaba a duras penas y con cara pétrea. Con razón, se desesperaba.

Lo que ella no sospechaba en aquella época es que cuando salí de ese cine mi vida había cambiado para siempre.

Estaba totalmente enamorada de Superman.

Tanto es así que, durante meses, no podía pensar en otra cosa. Miraba al cielo esperando que apareciese en cualquier momento. Me fijaba en todos los hombres que eran tímidos y llevaban gafas, esperando ver el traje de mi Superhéroe debajo de su camisa.

Ya a mi corta edad, el hecho de haber visto esa película me llevaba a pensar que, cuando él apareciese, sólo se fijaría en mí, como si me hubiese hecho un guiño en alguna de las escenas y ya tuviésemos un acuerdo tácito para nuestro posterior compromiso.

Pensaba para mis adentros que jamás consentiría estar con un hombre que no volase.

Es más, recuerdo haberme prometido a mí misma que hasta que no encontrase un hombre que volase, no querría a nadie.

Debo confesar que, hasta ahora, no he encontrado a ninguno que vuele.Sí he salido con alguno que caminaba, pero la mayoría de los hombres con los que he salido, reptaban.

Incluso algunos no se limitaban a reptar, sino que se arrastraban de tal modo que desaparecían bajo tierra. Y yo, como es lógico, dejaba de verlos.

Hoy en día, me conformaría con uno que caminase.

 

 

Mi blog cumple un año

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Hoy se celebra el solsticio del verano, la noche más corta del año en la que se saluda al verano con fuego y se alejan los malos espíritus.

Es la fiesta de San Juan y por estas fechas se cumple también un año desde que comencé a escribir esta bitácora.

Mi blog y yo solemos pasar muy buenos ratos juntos, aunque no pasamos todo el tiempo que deberíamos por todas las obligaciones diarias que nos separan.

Vosotros, todos los que me leéis y hacéis comentarios en mi blog, formáis parte de él, por eso me gusta tanto veros por aquí y también visitaros.

Una vez dicho esto, debo confesar que, aunque hace tiempo en una entrada hablaba de escribir siendo fiel a mí misma, en algún momento no he mantenido este principio.

Es difícil huir de la vanidad y debo decir que he escrito algunas entradas porque sabía que iban a ser populares, y no porque fuesen lo que yo quería escribir.

Sin embargo, hace poco, una persona de vasta experiencia en el arte de escribir me recordó lo que yo me había propuesto hace tiempo: Escribir para mí misma.

Es bueno recibir este tipo de críticas cuya sinceridad tiene como único fin ayudarte, darte un pequeño toque de atención para que no te pierdas en el camino.

Esta misma persona me decía que la única manera de convertirse en escritor, en alguien que intenta serlo, o simplemente en alguien al que le gusta escribir, es desarrollar tu propio estilo y no pensar en lo que demanden tus lectores.

Ser fiel a ti mismo durante el trayecto y no traicionarte no es sólo difícil en cuanto a la escritura, sino en todos los ámbitos de la vida. Pues, bien sea por vanidad, bien por otro tipo de tentaciones, cedemos a lo que los demás quieren de nosotros.

Cada vez que cedes en tus creencias o convicciones, por poco que lo hagas o cuando tuerces tu camino, empiezas a perderte a ti mismo y si sigues cultivando esta trayectoria, finalmente dejas de ser tú para no saber ya quién eres.

Por este motivo intentaré luchar y no escribir en función de las visitas o los “me gustas”.

A mi juicio, y aunque a todos nos gusta ser leídos y recibir buenas críticas, un verdadero escritor escribe por escribir, como una finalidad en sí misma.

Y por último, me gustaría agradecer a todos vosotros vuestros mensajes, vuestras visitas, así como vuestras invitaciones a colaborar en otros blogs.

Espero que sigamos creciendo todos juntos. Quizá en algún momento de nuestras vidas, mientras no tengamos que firmar autógrafos por la calle :), tengamos la oportunidad de conocernos en persona.

Gracias a todos por hacerme feliz,

Una Meiga.

Atrapada en Massimo Dutti

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Las informaciones que recibimos a través de los sentidos, se alojan en nuestro cerebro y graban en nuestras mentes situaciones agradables o no tanto.

Muchos de nosotros hemos evocado recuerdos al escuchar de nuevo una vieja canción que nos ha transportado a un momento del pasado.

Todos sabemos que tener un enfermo en casa es estar consciente, o inconscientemente, siempre en estado de alerta.

Evitar el estrés es recomendable, pero no siempre posible.

El comienzo de una situación de estas características parece en un principio pasajera, pero cuando se prolonga, produce un estado de agotamiento difícil de describir para quien no lo haya pasado.

El estado de alerta del principio hace que durante los  primeros meses te alarme cada sonido, cada chasquido y que, dejar al enfermo unos segundos te parezca un riesgo demasiado alto.

Al ver que la situación se estabiliza y se prolonga, aunque no bajes la guardia, decides facilitar en lo posible lo cotidiano.

Y así fue como, con el fin de evitar lanzarnos a recorrer el largo pasillo acompañadas de una agradable taquicardia y consiguiente susto, a mi madre y a mí se nos ocurrió hacernos con un aparato inalámbrico de llamada que tiene un receptor y un emisor.

En principio nos pareció muy cómodo, pues su señal atraviesa paredes, puertas o cualquier obstáculo físico, lo que no sabíamos es que nos iba a atravesar el cerebro y tampoco, que iba a ser de por vida.

El aparato en cuestión disponía de tres melodías y escogimos la más discreta. Un sencillo “Ding, Dong”, que sonaba cuatro veces y en un tono muy alto.

Cuando lo hicimos, desconocíamos que esa melodía iba a cambiar nuestras vidas.

El timbre que se utilizaba para llamar en caso de urgencia, pasó a tener otras funciones.

Pasados unos meses, el enfermo lo utilizaba alegremente para llamar a “sus mayordomos”, que seguíamos recorriendo el enorme pasillo a trote y con taquicardia.

Como digo, el sonido significaba urgencia, un desmayo o una bajada de algo o una subida de lo otro, pero poco después, la cosa se desvió hacia fines más banales, tales como averiguar qué había esa noche de cena, o preguntar si sabíamos el horario de algún partido de fútbol.

Fuera lo que fuera lo que ocurría dentro del salón, ese sonido para nosotras seguía significando alarma. El mal estaba hecho.

La alarma, que nos iba a servir de ayuda, se convirtió en un castigo, en una obsesión. Ese sonido penetrante, impertinente, que interrumpía todo para disparar el pánico y que llegamos a odiar.

Durante tres días a la semana, mi madre y yo tenemos unas tres horas libres para estar juntas y solas. No sin sentido de culpa, las exprimimos para reponer fuerzas, tomarnos un café en una terraza, hacer recados, arreglar papeles o visitar médicos.

Un día, sabiendo que necesitábamos un descanso de todo aquello, se me ocurrió regalarnos algo agradable y que no significase esfuerzo.

Y en las pocas horas libres de aquel día nos decidimos a introducir algo de frivolidad en nuestras vidas. Nos fuimos de compras. Estaba segura de que aquello nos haría desconectar.

Algo agobiadas por el calor entramos en la tienda más cercana a nuestra casa y con el aire acondicionado más frío: Massimo Dutti.

Cruzamos el umbral de la tienda y nada más entrar…

¡DING, DONG, DING DONG!

¡El mismo sonido! ¡No podía ser! Aquella tienda tenía el sonido del timbre que nos atormentaba a todas horas.

Ese sonido alto, impetuoso, alarmante con su efecto devastador.

Nos quedamos paralizadas en la puerta y por eso mismo, no sonó cuatro veces, sino ocho.

No hubo más remedio que entrar. Y lo hicimos, pero porque nos quedamos en blanco. Lo sensato hubiese sido salir de allí corriendo.

Ya en mitad de la tienda nos mirábamos aterradas pensando en la salida.

¿Por qué habíamos entrado en la única tienda de Inditex que tenía el mismo sonido que oíamos a las tres de la mañana o a las cinco de la tarde, día y noche y del que sólo pretendíamos descansar unas horas?

Dimos unos tímidos pasitos e hicimos como que nos fijábamos en unos pantalones, pero en realidad nuestras neuronas estaban disparadas como si preparásemos la fuga de Alcatraz.

Nos miramos incrédulas, derrotadas.

No había esperanza, aquel sonido nos perseguiría para siempre. Sabíamos que las tiendas de Massimo Dutti estarían vetadas para nosotras de por vida.

¿Y cómo íbamos a salir de allí? Aquello era ridículo y dramático.

Paseábamos nuestros rostros teñidos de tristeza, la tristeza del que se siente atrapado en una situación de la que no sabe salir sin pasar por lo que no quiere.

Deambulábamos sin rumbo por la tienda como si nos hubiesen enjaulado, con la sensación de tener una alarma colgada del cuello que saltaría al cruzar la salida.

Atrapadas en Massimo Dutti. Qué triste.

Mi madre me miraba cabizbaja, incrédula, con mirada entre enfadada y deprimida. Tenía los brazos caídos a lo largo del cuerpo y apenas podía sostener el bolso ante aquel estrepitoso fracaso.

El acuerdo fue unánime. No había otra solución. Ambas miramos a la puerta y un sudor frío recorrió nuestro cuerpo mientras enfilábamos con paso firme la salida.

¡Ding, Dong, Ding, Dong!

“Hasta luego, que pasen una buena tarde. Vuelvan cuando quieran”, llegamos a oír tras nosotras. Ambas nos volvimos y le lanzamos una mirada asesina.

Esa noche, ya en casa, casi no recordábamos el incidente. El cerebro suele defenderse bien cuando quiere olvidar y conseguimos relajarnos.

Cocinábamos tranquilas mezclando risas con pimienta, cuando de pronto, todo regresó.

Cuando sonaba el cuarto “Dong”, yo ya me encontraba en el salón con el corazón a cien y dispuesta a todo.

“¿Qué te pasa? ¿Estás bien?” grité.

Entonces, con mirada entre risueña y relajada, él me preguntó: ¿Sabes qué hay de cena esta noche?

 

Mi isla privada

zurlindenstr-c04f61c6b6ef3380af58631cf1501909 (1)Recuerdo con nitidez las cenas al lado de nuestra ventana abierta de par en par y los árboles casi rozando mi rostro.

Solía sentarme en el cenador de nuestro piso y veía como la lluvia y los truenos borraban por fin el aplastante sol del día.

Suiza era un horno en verano. Una olla a presión a punto de estallar, pero por las noches siempre nos daba un respiro.

Esos momentos en los que todo cedía eran mágicos.

Nuestras cenas interminables en las que tú luchabas por hablar alemán alto y, después de la segunda copa de vino, ganaba tu dialecto de Zúrich.

Esas cenas tenían esa mezcla de locura que yo necesito para sentirme viva.

Cuando me conociste no sabías que no lo hago a propósito, me sale así, transformo una vida corriente, en otra que no lo es.

En un país lleno de normas que tú me enseñabas y que yo seguía, nuestra vida llegó a discurrir de forma paralela a ellas.

Eran normas razonables, bien pensadas, que seguíamos religiosamente para, en secreto, seguir las nuestras.

Y tú, te pasabas a las mías, sin darte cuenta. Y eras más tú mismo de lo que nunca habías sido.

Reservado como una piedra, no podías evitar contarme historias que habías enterrado hacía tiempo.

Todo aquello que te ardía en el pecho.

Había miradas que lo decían todo ¿recuerdas? Y risas más españolas que suizas.

Cocinabas tus pasiones.

Yo bajaba al sótano a por más vino o a por aceite.

Al regresar, te parecía que había tardado horas, en vez de unos minutos.

Me mirabas, sonreías y seguías cocinando.

Y la lluvia hacía sonar esas campanillas que tenías colgadas de la ventana.

Ese ruido no iba contra las normas.

Recuerdo el tintineo y su paz.

Y esos días de insoportable calor cuando cruzábamos El Lago en Ferry, el coche, tú y yo.

Para llegar a esa bodega en la que nos vendían esas cajas de nuestro vino favorito, ¿te acuerdas?

Nuestro Riesling-Silvaner, aunque acabáramos bebiendo vino español.

Y los dos sabíamos que ese calor implacable, arreciaría en forma de una lluvia copiosa con la llegada de la noche.

Esperábamos impacientes a escuchar el sonido de las campanillas de nuestra ventana y del viento doblando los árboles. Siendo la reverencia de éstos la antesala de la tormenta.

Y un millar de sonidos.

El calor y las normas cedían mientras del cielo caía agua, no gotas de lluvia, sino un torrente.

Las normas suizas dejaban de tener vigencia y sentados en el pequeño cenador de mármol, pasaríamos horas interpretando los sonidos que nos traía el ruidoso silencio.

Un silencio cargado de conversaciones ocultas que nos divertíamos en descifrar.

Recuerdo esas noches en las que, en una de las ciudades más ricas de Europa, el dinero carecía de importancia y sólo dejábamos paso a la vida.

En esos momentos en los que tu país es el que tú mismo creas, no en el que vives.

Si quieres ser escritor, escribe

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Son muchas las personas que se apuntan a cursos, seminarios o talleres para aprender a escribir y que se arrepienten de haberlo hecho.

La práctica, la disciplina y la pasión te llevarán a tu meta.

Si quieres ser escritor escribe, hazlo todos los días, aunque no publiques.

Tampoco pongas excusas para no leer a diario.

Todas las recomendaciones para escribir que se dan en los talleres de escritura, me parecen bien para quien quiera perder tiempo en no escribir.

Los escritores buenos escribían a diario sin excusas, con problemas, con falta de medios y de dinero.

Sé que lo ideal es alquilarse una cabañita cerca del mar o la montaña para crear tu propio espacio y dedicarte a escribir. Pero, a no ser que quieras crear una imagen de lo que aún no eres, además gastar todos tus ahorros, lo normal es que escribas rodeado de un montón de cosas que te molestan y que no puedas evitar perder la concentración a causa de problemas no resueltos.

La base de ser bueno en lo que haces, suele ser el trabajo y la constancia.

Estaréis pensando ahora en toda esa gente a la que le publican libros, sean buenos o malos. Esa gente vende, pero no porque escriba bien, ni escriben, sólo encargan el libro y luego lo firman. No me refiero a ellos, porque a mi juicio, no son dignos de un oficio como el de escritor.

Sin embargo, sí sé que existe mucha gente en la sombra de una habitación vacía, peleándose con letras, hojas y problemas, como en su época hicieron Stephen King o J.K. Rowling, Stieg Larsson  y otros muchos, que sí trabajaron mucho para convertirse en lo que hoy son.

Esta entrada va dedicada a la gente que lucha a diario y paso a paso por salir de esas tinieblas y tener el éxito que, con toda probabilidad, se merecen.

No estáis solos, aunque lo parezca y, quiero pensar, que yo tampoco.

Yo y las moscas

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El silencio de la mañana me envolvía al salir de casa.

La calle comenzaba a llenarse de gente que también se dirigía al trabajo.

Los ojos de una mosca en forma de hombre de mediana edad, me miraron curiosos desde la oscuridad de un portal.

Era Pancho el portero que se empeña en salir a decirme todas las mañanas si le parece que he acertado con la ropa.

Cuando paso cerca de él suele darme su opinión sobre si va a llover y voy a pasar frío o si, por el contrario, hoy voy a pasar calor.

No lo conozco y nunca le he preguntado.

Suelo cruzar de acera porque me cansa oírlo.

Solo que en esta otra acera hay otra mosca, una mujer que me dice lo que ella haría con mi vida, de la que no sabe nada, si fuera yo.

Ambas moscas me molestan, pero lo que más me cansa es escuchar las mismas frases.

Hay moscas que me visitan por mail y me mandan mensajes, hasta del extranjero. Sólo me recuerdan vidas anteriores, capítulos cerrados que estas moscas quieren reabrir.

El pasado no se cambia y no contesto.

Hay moscas en forma de personas que me paran por la calle para preguntarme por cosas privadas.

En este caso suelo contestar algo incongruente o citar a algún escritor o poeta. Aquí se pierden. Piensan que estoy loca. Y creo que tienen razón.

La única manera de tratar con moscas es parecer idiota, porque con las moscas no se puede razonar…

¿O es que a vosotros alguna mosca os ha contestado algo congruente alguna vez?

Entre ruinas y escombros

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Agotados por el esfuerzo de vaciar los escombros, actuábamos sin pensar.

Nadie se paraba a pensar quién era el que tenía al lado, no había tiempo.

Todo podía derrumbarse en cualquier momento.

Estábamos al límite de nuestras fuerzas, sólo queríamos descansar, que nos dejasen llorar por lo irrecuperable.

Y por todos los que se habían quedado en el camino y a los que nos negábamos a olvidar.

Éramos un grupo de desconocidos unidos por unas circunstancias adversas y actuábamos tan coordinados como si llevásemos siglos trabajando en grupo.

Cada movimiento, cada músculo, cada frase, cada idea, llevaba a una solución que surgía espontáneamente dejándonos llevar por el sentido común y el bien de todos.

Lo prioritario era que el grupo no se perdiese para siempre.

Todos sabíamos que aquello que teníamos entre las manos se derrumbaba.

El peligro era inminente. Éramos conscientes.

Las grietas nos cercaban anunciando el hundimiento.

El cansancio se reflejaba en nuestros rostros.

Nos dolía cada músculo, cada centímetro de piel estaba perlado de sudor pero seguíamos, ante la certeza de que aquello era lo único que nos podía salvar.

Nunca antes la unión había sido tan férrea, ni nuestra determinación tan clara.

Había otros grupos rodeándonos, pero cada uno se ocupaba de lo suyo, de los suyos, aunque todos mirábamos hacia el exterior, sin perder de vista lo nuestro.

Esa coordinación, esa unidad, nos hacía cada vez más fuertes, rápidos, sagaces y eficientes.

El engranaje funcionaba.

Después de un esfuerzo continuado en el que todos, en algún momento, deseamos abandonar, rotos por dentro y por fuera, al fin lo conseguimos.

Y así fue cómo logramos volver a vivir en el país que nos merecíamos, el que habíamos construido juntos.

Eso sí, tardamos siglos.

Las promesas de un nuevo día

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La mañana es el nuevo comienzo que anuncia lo posible del día.

Las horas en las que ese silencio deja paso a lo que aún no es, pero puede llegar a ser.

Esa sensación al tomar el primer café en tu balcón abandonándote a los primeros rayos de Junio.

Y sentir sin pudor cómo acarician tu cara de nuevo.

Cerrar los ojos a los planes para dejar que el día te lleve.

Desnuda ante los acontecimientos que esperan escondidos en todas las esquinas, silenciosos, con una lentitud casi imperceptible.

El olor del pan recién hecho.

Una llamada inesperada que pone del revés tu día.

Un beso inesperado.

El regalo de ese libro que no esperabas ese día, en el que cada una de sus páginas espera a ser interpretada por ti y sólo por ti.

El anuncio de todas esas cosas que no sabías que ibas a descubrir ese día, pero que ya los rayos del sol de la mañana te anuncian.

Deja que esos rayos de la mañana inunden tus pensamientos, cierra los ojos y respira la promesa de esos instantes, es lo que tienes.

El anonimato en Internet

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El autor de un blog es, en cierta manera, alguien con cierto grado de valentía, pues se está exponiendo de forma continuada cuando publica.

Un blog es una herramienta de comunicación digital en la que muchos pueden participar y aportar opiniones, es una manera de diálogo. El mundo de los blogs, ha permitido a millones de personas compartir opiniones, aportar datos o explicar sus vivencias personales

Sin embargo, los blogs empiezan a mostrar su lado más vulnerable ya que estamos asistiendo a la llegada de un fenómeno que utilizan muchos usuarios de Internet: El anonimato.

El uso de un pseudónimo o el uso del anonimato no es nada malo en sí, pero es una manera de “esconderse” y, de esta manera, pueden llevarse a cabo comportamientos negativos.

Muchos usuarios vierten su ira o problemas personales, haciendo uso de las redes sociales y, a veces, nosotros, los blogueros, somos objeto de estos insultos o comentarios ofensivos.

Lo que motiva a estos seres anónimos es poder alimentar su ego sin tener que sufrir las consecuencias de sus actos y para ello no utilizan su verdadero nombre.

Algunos blogueros tienen la suerte de conocer quién es esa persona que no deja de enviarle comentarios ofensivos, pueden también conocer su identificación IP o tener la precaución de guardar sus comentarios. En ese caso, hoy en día, se puede actuar en consecuencia. Pero la mayoría de los blogueros, o escritores de blogs, que son objeto de estos abusos no conocen el nombre de la persona o personas de la que son objeto.

Los mensajes de este tipo, que abundan mucho en la red 2.0, persiguen intencionadamente provocar la reacción del autor del blog.

Este tipo de usuarios anónimos suelen ser inmunes a las críticas y a argumentos lógicos. Es totalmente inútil razonar con ellos, aunque tu argumento sea sólido, porque su fin es ofender y entienden sólo lo que quieren entender.

En ocasiones, hacen comentarios que nada tienen que ver con lo que escribes, pues son una especie de sociópatas que se regocijan al herir los sentimientos de otras personas, pues es lo único que persiguen. En otros muchos casos, no entienden la entrada, pero la comentan igualmente.

No sienten ningún tipo de remordimiento.

Escriben para hacer daño y no se atienen a las reglas básicas de convivencia o de educación básica.

No existe límite para ellos cuando desean desatar su ira.

Se escudan en el anonimato que les proporciona la red para, así, soltar su necesidad de descargar su frustración y su odio.

No hay que menospreciar a este tipo de personas, puesto que suelen carecer de escrúpulos y provenir de estratos muy bajos de la sociedad. Nadie les ha enseñado que no todo vale y probablemente hayan tenido problemas para controlar su ira con anterioridad.

Y digo que son peligrosos porque en su personalidad suelen coincidir cuatro rasgos: psicopatía, narcisismo, maquiavelismo y sadismo.

Pero, ¿de qué se alimenta este tipo de sujetos anónimos?

Buscan tu enfado con sus ofensas y les encantará que les dirijas insultos, pues las emociones de indignación que provocan les dan una sensación de placer.

Hay dos formas de lidiar con este tipo de usuario anónimo: ignorarlos o bloquearlos.

La buena noticia es que la impunidad, que hasta ahora había tenido este tipo de comportamientos, empieza a resquebrajarse.

En internet también se deja huella. Lo que se escribe puede tener consecuencias y aunque todavía haya mucha gente que crea que el mundo virtual no tiene relación con el real, ya no es así.