Superman y yo

supermanUno de los momentos más felices de mi infancia fue el día que fui a ver la reposición de Superman con mi tía Elena.

Me encontraba casi en la pre-adolescencia cuando a mi tía, que adoraba a los niños, se le ocurrió llevarme a una película que ella había disfrutado hasta la última escena.

Mi tía Elena era infantilmente feliz, una persona animada, a la que le gustaba comprar cosas y, sobre todo, regalar. Tenía un espíritu joven y generoso y esto hacía que disfrutase de todo.

Era capaz de convencer a todo el mundo para embarcarse en un viaje en coche en una tarde aburrida. En mitad de una conversación nos decía que conocía un sitio muy chulo que nos quería enseñar. El viaje siempre se convertía en una aventura, lograba que nos perdiésemos en algún lugar desconocido. De eso se trataba.

Solíamos llegar a un bosque en medio de la nada o a un pueblecito perdido que no figuraba en los mapas. Entonces nos veíamos obligados a dormir en algún lugar del camino.

Y ella sonreía, mientras su marido refunfuñaba. Y a mí, secretamente, me encantaba.

Por desgracia, por aquel entonces, mi timidez era casi enfermiza. Mi pudor impedía que expresase mis sentimientos en voz alta. Odiaba que alguien supiese qué me gustaba o qué no.

Y Superman, como a casi todos los adolescentes, me gustó y mucho.

Como era de esperar, y a pesar de ser la segunda vez que veía la película, ella salió pletórica. Con su entusiasmo habitual intentaba arrancarme algún “sí, me ha gustado” que yo soltaba a duras penas y con cara pétrea. Con razón, se desesperaba.

Lo que ella no sospechaba en aquella época es que cuando salí de ese cine mi vida había cambiado para siempre.

Estaba totalmente enamorada de Superman.

Tanto es así que, durante meses, no podía pensar en otra cosa. Miraba al cielo esperando que apareciese en cualquier momento. Me fijaba en todos los hombres que eran tímidos y llevaban gafas, esperando ver el traje de mi Superhéroe debajo de su camisa.

Ya a mi corta edad, el hecho de haber visto esa película me llevaba a pensar que, cuando él apareciese, sólo se fijaría en mí, como si me hubiese hecho un guiño en alguna de las escenas y ya tuviésemos un acuerdo tácito para nuestro posterior compromiso.

Pensaba para mis adentros que jamás consentiría estar con un hombre que no volase.

Es más, recuerdo haberme prometido a mí misma que hasta que no encontrase un hombre que volase, no querría a nadie.

Debo confesar que, hasta ahora, no he encontrado a ninguno que vuele.Sí he salido con alguno que caminaba, pero la mayoría de los hombres con los que he salido, reptaban.

Incluso algunos no se limitaban a reptar, sino que se arrastraban de tal modo que desaparecían bajo tierra. Y yo, como es lógico, dejaba de verlos.

Hoy en día, me conformaría con uno que caminase.

 

 

5 comentarios en “Superman y yo”

  1. Me encantaba Superman… todos los que tenemos mi edad o similares (tengo 34) hemos corrido alguna vez con el brazo estirado y el puño cerrado… y todo el mundo sabía que en ese momento, en ese mágico momento tú no estabas corriendo. No, estabas volando. Era obvio, no había duda. Y ya estirabas los dos brazos es que ibas muy muy rápido. Creo que los niños de ahora ya no entienden ese código,

    Por cierto, la clave no es que encuentres un hombre que vuele, sino uno que consiga que tú sientas que lo haces.

    🙂

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