Inventando la vida

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Sonrío pensando cómo ayer hacíamos una barbacoa cerca del río acarreando troncos que tú cortabas a hachazos con todo el cuerpo mojado por el sudor bajo el sol.

Y por el contrario hoy, acabamos de llegar de una de las representaciones de ballet más caras de la ciudad.

El primer día y con el único fin de impresionarme, me obligaste a entrar en Cartier en la Bahnhofstrasse, parecía que habías vivido toda tu vida en esa tienda, hasta el portero que nos abrió la puerta estaba convencido de que eras cliente habitual.

Desarrollas con habilidad esa cualidad tan tuya que te permite representar la función que quieras.

La verdad es que conseguiste impresionarme con aquel paseo por una de las calles más caras de toda Europa. Es fácil impresionar cuando todo resulta nuevo, pero no es tan fácil hacer que cada día sea distinto haciendo únicamente uso de la imaginación. Y sin embargo, ambos lo conseguíamos a diario.

Recuerdo con nitidez cómo después de tu alarde por esas tiendas tan exclusivas, lo que me impresionó de verdad fue tu vuelta a la realidad. Tu sinceridad, imposible de rechazar con un enfado y fácil de aceptar con una sonrisa.

Haciendo uso de la misma y ayudado por la noche y una botella de vino en aquel embarcadero contemplando cómo una intensa luna se dejaba caer con suavidad sobre el centro del Lago, confesaste.

Tus ojos, de un azul felino, se clavaron en mí mientras decías que tenías los francos justos para pagar los recibos del mes.

Aquella sinceridad no pudo más que vencerme y estallé en una gran carcajada, sin pararme a pensar en mucho más.

Ambos nos reímos de lo bueno que era tener amigos que se encargaban de la iluminación de la Ópera de Zúrich y que podían conseguir entradas gratis en primera fila, incluida una copa de champán en el balcón durante el descanso para disfrutar del atardecer en el Lago.

La vida transcurría entre entrevistas de trabajo diurnas, tus esculturas, tus cuadros, las joyas que tallabas con tus manos y mis febriles narraciones en el ordenador mientras tú cocinabas.

Tener más que todo eso, hubiera sido pecado, seguro.

Los Lunes

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Hoy lunes, he salido de casa dispuesta a empezar otra semana.

Bajaba hacia mi trabajo distraída, pensando lo tranquila que estaba la mañana y que era una pena no disponer de tiempo para tomar café en una terraza bajo los primeros rayos del sol que empezaban a irrumpir en el recién estrenado día.

Mientras caminaba, me cruzaba con “los de primera hora”. Todos recién salidos de la ducha. Ellos con sus trajes, ellas con sus sandalias de rebajas luciendo unas piernas bronceadas. Todos dispuestos a su lucha particular. Nada especial, un lunes cualquiera.

Sin embargo, a medida que me iba fijando en sus caras, notaba ese aire de lunes tan característico.

Sé bien que los lunes son el comienzo de la semana, pero no entiendo bien por qué eso dibuja caras tan largas a todos los que se dirigen a trabajar.

Es verdad que, lo más probable, es que sus trabajos estén mal pagados o que se hayan topado con un jefe inepto, que es lo que hay en general.

La zona por la que voy hacia mi trabajo no es una en la que la gente tenga el tipo de trabajo por el que podrías tirarte por un puente pero, aunque así fuera, llevar esa actitud no arregla mucho.

Y es que sus caras no reflejan depresión a causa de que sea lunes. El problema es que concentran su felicidad en un trozo de sus vidas, bien sea el fin de semana o unos cuantos días de vacaciones. El resto del año toca caminar con cara de perro con malas pulgas. No sé si esta forma de protesta les sirve para mejorar sus vidas. Para mí que no.

En el trabajo, a todos nos pueden esperar problemas muy diversos, es cierto. A mí no, yo ya los llevo puestos de casa. No por ello me cambia la cara, ni en casa ni en la calle. Simplemente, porque llevar cara de enfadada no me arregla nada, sólo me pone más fea. Lo único que puede reflejarse en mi rostro es un día de cansancio o algún dolor molesto. Por lo demás, los días, son días, sin importar demasiado cómo se llamen, lunes, martes o viernes.

Unos, llevas a cabo cosas que te hacen más ilusión, otros, parecen más iguales, pero nunca se sabe si pueden mejorar y siempre se puede esperar que traigan algo que merezca la pena.

La gente tiende a enfadarse, pretende que todo sea bonito, fácil y empaquetado con un lacito.

No hay nada que hacer al respecto porque han sido acostumbrados a eso desde que nacieron. Muchos creen que se les debe todo, otros viven en el pasado recordando continuamente cuando sus padres les facilitaban la vida hasta puntos insospechados y ahora no pueden asimilar que son ellos los que tienen que poner la lavadora.

El único antídoto contra las depresiones de los lunes es vivir durante una temporada por tu cuenta, mejor si es fuera de tu país. A ser posible, marcharse con lo imprescindible, sin que mamá te busque un amiguito para aliviar la soledad del viaje, llegar y buscarte la vida. Andar corto de dinero aún te vacuna más. Y si, además, no sabes explicar en el mismo idioma del farmacéutico, bajo una intensa nevada, que necesitas algo para ese catarro que te ha bajado al pecho y que te impide respirar, pues mucho mejor.

Una vez pasadas situaciones de este calibre o parecidas, sin contar con que mamá te solucione la papeleta, tener trabajo los lunes casi te hace llorar de felicitad.

Tedio en Berlín

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Mi desayuno está encima de la mesa, esperándome.

Casi puedo ver cómo me sonríen todas las cosas que hay encima de la mesa.

Te espero.

Mi café se enfría, como siempre.

Bebo un sorbo sin ti, casi a escondidas, con remordimientos.

Me siento como si hubiese cometido un delito.

Sigo esperando a que aparezcas.

Miro mi taza con el café recién hecho, humeante.

Y sin pretenderlo me doy cuenta de que tú nunca sabes lo que pienso.

Mi mente es todo un misterio para ti.

Siempre pienso.

Y tú no tienes ni idea de lo que pasa por mi mente.

Me aburre esperar.

Estoy enfadada.

Hace mucho tiempo que estoy enfadada, ni lo sabía.

Me cansa enfadarme. Me agota. Llevo tiempo exhausta.

Y tú, tú me aburres.

Ayer no sabía que me aburrías tanto. Tampoco me di cuenta antes de ayer, ni el mes pasado, pero es así.

Ya hace algunos meses el hastío me asedia sin que me haya podido dar cuenta hasta ahora.

Este hecho ha provocado que haya ido cediendo poco a poco, que haya abandonado todas las cosas que me gustaba hacer, que me hacían feliz. Olvidando casi mi existencia, adormecida por tu aburrimiento.

Eres tedioso, monotemático, absurdo y sin sentido del humor.

No puedo vivir sin mar ni sin sentido del humor, por eso no me daba cuenta de que me estaba muriendo inmersa en tu aburrimiento diario.

Cuando quieres decir algo gracioso, me avisas, para que me ría. No hay nada más deprimente.

Eres así porque tu mente es estrecha, por eso miras con esos ojos vacíos. Tu mente está siempre en un lugar lejano.

Ojos que miran sin ver.

Te has convertido en un experto en perderte la vida. Te lo pierdes todo. Porque vas en busca de algo tan grande, como inexistente. Dejando pasar los momentos pequeños que es donde en realidad se encuentra la belleza de vivir.

Antes pensaba que yo estaba enferma. Reprimía mis risas porque tú no las entendías. Ignoraba que el enfermo eras tú.

Las personas inteligentes no necesitan comer mirando fijamente al plato mientras se pierden cómo pasa la vida a su alrededor.  En el plato no hay nada interesante, sólo comida. Esa actitud sólo la adoptan los estúpidos, los estúpidos como tú.

Odio cómo saboreas las cosas con el único fin de manifestar tu veredicto sobre lo que comes. Odio tu concentración mientras masticas, porque se nota que todos tus sentidos se concentran en una sola cosa: la comida. No puedes mantener una conversación al mismo tiempo. Tu mente no da para eso.

Cuando terminas y dictaminas si todo estaba en su punto y opinas durante media hora sobre la sal, después retomas el tema de siempre, tu monotema, en el que no avanzas, por mucho que pienses.  Uno no puede hacerse rico sin trabajar y menos si se es un estúpido, por muchas vueltas que le des.

Eres triste porque casi te hace llorar que una camisa no tenga arrugas. Deberías llorar si al verte, no al mirar una camisa.

Tu interior es lo más feo, lo peor. Lo que no se ve bajo tu aspecto inmaculado. Necesito imperfección para vislumbrar inteligencia.

Tú me produces hastío.

Por no romper la magia del silencio, rellenas sin decir nada. A veces, hasta con esos estúpidos sonidos guturales que se parecen a los que hacen las palomas en su palomar. Lo importante es rellenar el precioso silencio. Quizá evites pensar. No, no, perdona, no recordaba que no eras capaz de tales excesos.

Tu lenguaje es el de la nada, no dices nada por mucho que hables.

Cuando hablas, cuando gesticulas, esparces tu vacío y lo contaminas todo.

Hasta hoy no me había dado cuenta de que ésta era la razón por la que se morían las plantas. Estaban hartas de tu incesante monólogo, se les caían las hojas y se secaban.

Consideras importante colocar los cubiertos siempre en la misma posición y a los mismos centímetros del plato. Todo tiene que estar igual que el día anterior. Debí haberlos comprado de plástico en el supermercado para ver si te suicidabas. Probablemente ni así lo hubiese conseguido, te hubieses refugiado en el cuarto de la plancha para consolarte admirando tus camisas recién planchadas.

“¡Hagamos una locura!” gritaste un día, y tiraste un trapo de cocina que tenía un agujero, cuando para ti, lo sensato hubiera sido coserlo.

Compras uvas para adornar la mesa. Hay que tener cosas frescas en casa. Las uvas son tan perfectas, tan brillantes, tan enceradas, que no me atrevo a morderlas por si se me cae un diente. Nunca me ha ido el plástico. Pero hay que tenerlas para amortiguar la culpabilidad que te produce estar todo el día tomando golosinas. Esas que escondes por todos los cajones y que tomas en cuanto abro la ducha. Por eso, te cuesta tanto trabajo disfrutar de la comida, porque estás hinchado a golosinas. Todo lo haces a hurtadillas, eso es lo malo. Pero te sientes mejor cuando puedes mirar cómo brillan tus frescas uvas de cera.

Cierras las ventanas cuando llueve para que no se muevan las cortinas, para que no se mueva nada, para seguir viviendo enclaustrado, sin aire.

También cierras las ventanas cuando hace sol y si tienes que salir te embadurnas de un cemento químico por todas partes, para que ningún rayo ose rozar tu piel enferma a causa de tanta protección. Pareces de cera.

No sé por qué te espero sin desayunar.

Hace demasiado que te espero sin saber por qué y hace aún más tiempo que me aburres.

Hoy desayunaré sola. Siempre me ha encantado, pero también lo había olvidado. Lo haré hoy y todos los días del resto de mi vida sin ti.

Sin duda esta mañana el café me sabe mucho mejor que ayer.

El lector

El lector
Ferdinand Hodler

Hoy he vuelto a tropezarme con el anciano de ojos burlones que trabajó, desde que recuerda, en el gris anonimato de una oficina cualquiera.

Mi anciano amigo, ya jubilado, pasea por las calles en busca del único amigo con el que puede hablar. Se reúnen dos veces a la semana para darse consejos sobre libros y películas. No conversa con nadie más que con él y, de tarde en tarde, conmigo.

Ávido lector desde su niñez, volcado en los libros de la biblioteca de sus padres con pasión incontrolada, afirma, inseguro, que quizá le guste tanto leer porque lleva toda la vida leyendo mal.

Según él mismo cuenta no es capaz de entonar bien lo que lee cuando tiene que hacerlo en voz alta para otros y piensa que, quizá, cuando lee para él mismo, lo hace con tal rapidez que no se para en ningún signo de puntuación. Como si un conductor de vasta experiencia dijese que no presta la más mínima atención a las señales de tráfico.

Y por esta extraña costumbre de leer sin pausa para sí, piensa que interpreta los libros a su manera. Cree que para él tienen otro significado que ni el autor, ni los lectores son capaces de ver porque no “leen tan mal como él”.

Un lector tan ávido, jamás ha osado escribir una sola línea, porque al compararse con Sófocles, Aristóteles, Ovidio, Dante, Ezra Pound, Garcilaso, Shakespeare, Cervantes Lope, Tirso, Calderón, Stendhal, Balzac Hemingway, Faulkner, Passos, Scott Fitgerald, Cela, Sartre, Camus, Verne, Proust, Pushkin, Dostoievski, Turgueniev, Tolstói, Chéjov, Pérez Galdós, Pardo Bazán. Clarín, Unamuno, Charles Bukowski, Walt Whitman, Henry Miller, Kerouac, James Joyce, Kafka, Yeats, Keats, Dylan Thomas, Borges, Cortázar, Vargas Llosa, García Márquez, Aleixandre y un sinfín de autores más, se paraliza.

Habla perdiendo el hilo y enlazando un tema con otro, relacionando libros con cine, ópera o ballet. Mezclando palabras que pugnan por salir de su boca a borbotones.

Sin embargo, no por ello deja de hablar con mesura, despacio, meditando, buscando las palabras exactas. Me gusta escucharlo. Y a él no le importa que intercale preguntas u opiniones. Quizá por su avanzada edad sabe que escuchar es importante.

La gente lo define como un hombre raro. No lo entienden. Él confiesa que, cuando habla con estas personas, suele echar mano de temas como el tiempo o el estado de las carreteras.

Los raros nunca han sido aburridos. Se distinguen por esa mirada que delata que hay algo más que el simple color de sus ojos. Ese destello que sólo algunos captan. Son personas que hablan susurrando.

Gente que, por su cultura, es más consciente de sus inseguridades y piensa que encaja tan poco con el mundo, que cree que ni siquiera lee bien los signos de puntuación.

 

Mis estrategias de marketing

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Hay gente que se aburre mucho y sienten curiosidad por las conversaciones ajenas. No se lo reprocho.

Se trata de ese tipo de personas que se pega a tu mesa aunque el local entero se encuentre totalmente vacío.

Suelen ser individuos de mirada perdida, que parecen estar absortos en asuntos de trascendencia. No es así, pues por mucho que miren al infinito y sus cuerpos inmóviles emulen a las estatuas, lo que en realidad hacen es escuchar conversaciones ajenas.

La verdad es que pocas veces me doy cuenta de este tipo de espionaje. Sin embargo, cuando lo descubro, me resulta imposible continuar conversando. Siento un pudor infinito al saber que alguien escucha lo que estoy diciendo, aunque esté hablando del asunto más frívolo de la tierra. Es privado, me incumbe a mí y la persona que me acompaña.

En principio procuro no darle importancia y me lo tomo a broma. Intento coger desprevenido al espía y suelto frases como: “Y ahora interrumpimos unos segundos la charla para acercarnos a ver las novedades del Corte Inglés que está trayendo unos colores fantásticos para esta primavera”. Con ello intento que se den por aludidos y a veces lo consigo, por lo menos se sorprenden.

Pueden darse dos tipos de reacciones: que el espía se ofenda y se vaya; o peor, que se muestre aún más interesado por si paso a hablar de otro tipo de oferta.

Estar en compañía de una persona y no poder hablar es un verdadero rollo, por lo que pruebo otras estratagemas. Invento una forma de conseguir que flaquee en su impertérrita postura y se delate.

¿Cómo? Una de las maneras más efectivas, para lograr que alguien te mire, es hablar sobre ella con descaro y de forma impertinente. Ya que no te escucha, tampoco puede reaccionar. Puedo, por tanto, hablar sin pudor sobre esa gente que se dedica a escuchar conversaciones ajenas; opinar sobre su corte de pelo, su ropa, lo que se me ocurra pero que moleste. Si tengo suerte, reacciona, me mira con espanto, yo sonrío, se levanta y se va. Asunto resuelto.

Y no sólo me molesta que me espíen cuando mantengo una conversación privada, hay otro tipo de situaciones que me sacan de quicio.

Algunas veces al entrar en una tienda, me acerco a una prenda o algo que me gusta y cometo el craso error de manifestarlo en voz alta. Aquí empiezan mis problemas. Si hay alguien cerca suele abalanzarse sobre mí para arrancarme lo que sea de las manos a codazos y hasta a dentelladas. Ocurre lo mismo con los grupos. En este caso, se forma un enjambre que intenta por todos los medios que suelte la prenda o el objeto en cuestión.

Siempre he pensado que sería una crack del marketing, pues lo que toco, se vende. Es igual en qué tipo de tienda me halle, alimentación, muebles, ropa, zapatos, si ven que estoy interesada, se vende.

Si este tipo de situaciones ocurren yendo acompañada por mi madre, la cosa empeora mucho. Ella suele tener por costumbre describir con infinito detalle y manera exhaustiva, los pros y los contras del artículo, con una precisión tal, que convence de su buen o mal uso a todo el que se encuentre cerca. La reacción del público es, en este caso, mucho más agresiva.

Después de años de observar este tipo de conductas a mi alrededor, pensaréis que estoy loca, he desarrollado una técnica de distracción que consiste en ir corriendo hacia el peor artículo que vea y, en el preciso momento en que observo que el grupo se dirige corriendo hacia mí con intención de arrebatármelo, ejecuto un rápido giro hacia la prenda u objeto en el que realmente estoy interesada y con un raudo e imperceptible movimiento, me llevo el objeto deseado antes de que los demás tengan tiempo a reaccionar.

Sé que contado así parece una locura, pero me ocurre constantemente y en todas partes.

Es cierto que todos nosotros podemos escuchar casualmente conversaciones por la calle o en cafeterías. También es una reacción normal, que la gente se sienta atraída por las cosas que otros quieren. Según he oído, constituye una conocida estrategia de marketing decir frases como: “Ahora todo el mundo se está comprando…” Y va y lo compran. Sin embargo, para mí, cierto tipo de comportamientos se hallan fuera de toda lógica.

En fin, si algún gran empresario que quiera incrementar sus ventas o si algún programa de radio tiene problemas de audiencia, que se pongan en contacto conmigo y subirán como la espuma 🙂

El poeta

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Su rostro sin gesto y su voz rasgada, lo delatan.

No le gusta lo que ve, pero sonríe cansado de intentar cambiar el sistema desde dentro.

Sabe que él es el último pasajero de aquella época en la que los sueños, no sólo estaban permitidos, sino que eran posibles.

Su alma demasiado nítida habla a través de la mirada, dulce y profunda, del que se comunica sin mover los labios.

Ha perdido los teléfonos de todos los que estuvieron una vez en su vida. Y ahora se pasea con las manos en los bolsillos vacíos buscando algo que nunca termina por encontrar.

Los espejos reflejan mentiras, por eso prescinde de ellos.

Su ruinosa poesía es un discurso inacabado que abre un abismo en la mente.

Exhibe con descaro trozos de su vida, retazos de su mundo.

Vive de música, poemas, besos y charlas a última hora de la tarde, pues al abandonar sus poemas se da cuenta de que viven en las calles.

Crea poemas y canciones sin pausa, lo hace sin levantar la voz, acompañado de esa calma que poseen las personas que lo han vivido todo.

Sabe en todo momento que los minutos se suceden, siendo consciente de la hora, pero no por eso abandona.

Escribe y escribe poemas que nadie entiende y sonríe pensando en el día en que sean meridianamente claros para todos. Sabe que ese día llegará.

Su voz inalterable, su paciencia, su constancia, su determinación y su risa intacta se tocan sin mirarse.

Y mientras soporta aplausos carentes de significado, aunque cargados de afecto, observa cómo la tela comienza a rasgarse.

Pues no piensa morirse hasta el día en que todos entiendan lo que con ahínco escribe, lo que sus poemas gritan y lo que su voz calla.

Y ese día podrá cerrar los ojos, contemplando su obra, que dejará de ser un concepto absurdo de palabras hiladas, tras noches en vela, para ser entendido.

Un sueño que lleva toda su vida persiguiendo.

Un día absurdo

 

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Hoy es un día cualquiera.

Ocurren muchas cosas, pero no pasa nada, nada que me despierte.

Estoy dormida.

Ejecuto mil tareas con la única idea de terminar el día.

Y en medio de la nada que me rodea ese día, cometo el error de pararme a pensar.

Me pregunto por qué repito de nuevo en el trabajo ese discurso a gente que me atiende, pero no me entiende.

Reflexiono sobre cuál es el estúpido motivo que me empuja a preparar la cafetera del día siguiente para que esté lista al terminar de ducharme.

Me paro. Pienso.

Los diálogos que mantengo conmigo misma son inconexos, repetitivos y carentes de significado. Me producen una inexplicable ansiedad.

Pensar es bueno, pero debo abstenerme. Lo sé.

Durante este tipo de días todo es absurdo, hasta pensar.

Lo que ayer tenía sentido, hoy carece de él.

Hay que esperar.

Mis conclusiones serán como esas que se obtienen en la irrealidad de la noche, cuando piensas que el mundo duerme.

Hay que pensar durante los días apropiados, sin embargo, no puedo evitarlo.

Durante estos días absurdos distorsionas la realidad, pero una especie de masoquismo me impulsa a seguir desenredando un hilo infinito de ideas incoherentes.

Nado en ideas ilógicas, en conclusiones mojadas de un gris plomizo que se adhiere como el pegamento a mis ideas y del que me resulta difícil desprenderme.

Parece que todo el mundo duerme menos tú.

Aunque la realidad es que ellos están tan despiertos como tú, ocupados en llegar a sus propias y absurdas conclusiones.

Están despiertos viviendo su propio día absurdo.

Lo absurdo es no compartir estos días, para que tu perspectiva y la de los demás, se vuelvan reales.

 

 

Fobia de ciertos hombres a ciertas mujeres

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Hola, ¿podrías prestarme tus apuntes, por favor, que ayer he faltado a clase?

¡No me toques! ¡No te acerques! ¡No quiero nada de ti!

Aquel chico se llevó tal susto ante esta peligrosa y malintencionada pregunta, que después de pegar todo su cuerpo contra la pared más cercana y alzando sus manos, como hacen los futbolistas para demostrar que no han tocado al contrario, salió escaleras abajo dando enormes zancadas.

Mientras ella, entre asombrada y petrificada por aquella reacción tan inesperada como absurda, observaba cómo aquel chico se alejaba de ella con su metro cincuenta y sus kilos de más, los cuales hacían que pareciese una pelota saltarina presa de un ataque de pánico.

Y es que ella, por aquel entonces, aún no había oído hablar de la venustrafobia.

Hay hombres que sufren un miedo injustificado a las mujeres atractivas, a tal punto que llegan a desarrollar una fobia, denominada venustrafobia o caliginefobia.

Este tipo de hombre suele experimentar palpitaciones, temblores, falta de aire y es posible que desarrollen un ataque de pánico. Se sienten intimidados y no saben cómo actuar, ya que creen que deben comportarse de otra forma con este tipo de mujeres.

Por miedo a ser rechazado o a que se rían de ellos, este tipo de hombres “apunta más bajo”, debido a su baja autoestima.

Como muchas otras fobias, su tratamiento consiste en enfrentarse al estímulo que le produce la fobia de forma progresiva, con apoyo de un psicoterapeuta y, en algunos casos, medicamentos utilizando antidepresivos para tratar la ansiedad.

Este tipo de fobias no tiene consecuencias exclusivamente para los varones, ya que hoy en día, y aunque parezca mentira, cada vez crece más la soltería entre las mujeres que son consideradas atractivas. Como consecuencia, cuanto más guapa o atractiva resulta una mujer, más sola se encuentra sentimentalmente y más difícil es para ella encontrar pareja.

Según un estudio realizado por la Universidad de Valencia y la Universidad de Groningen, los niveles de cortisol en sangre de los hombres aumentaban cuando tenían delante a una mujer que consideraban atractiva y descendían, cuando ésta abandonaba la sala. Esta respuesta hormonal provoca un aumento en el estrés, al pensar que debían actuar de una manera distinta para cortejarla.

Y sin embargo, aquella adolescente con su inocente pregunta, aunque ahora ya sabe que se trata de un tipo de fobia que padecen algunos hombres, sigue preguntándose por qué esta patología incide más en unas zonas que en otras de nuestra geografía. Y según su propia experiencia, una de las más afectadas es la Comunidad Gallega.

¿Será a causa del viento o de los percebes?

Insólito despertar

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Al abrir los ojos un enorme haz de luz se cuela entre sus pestañas.

Ha ocurrido otra vez. Se despierta desorientada.

Durante los primeros segundos del nuevo día y tras largas horas de un sueño profundo, no puede recordar dónde se encuentra esta vez. No reconoce la habitación.

La sensación de desubicación es demasiado conocida como para tenerla en cuenta.

Esto es lo que suele suceder el primer día. Siempre ocurre.

Cierra de nuevo los ojos e intenta recordar qué ocurrió el día anterior… un avión, gente, un aeropuerto. Ya recuerda. Poco a poco todo va regresando a su mente, pero aún faltan escenas.

Vuelve a abrir los ojos. Es temprano y entra demasiada luz por la ventana. Puede afirmar con certeza que está fuera de España. Está claro. Durante ese mes no es posible que haya tanta claridad a esas horas.

Intenta pensar en un motivo para levantarse y se pregunta qué la ha impulsado esta vez a tomar la decisión de volver a hacer las maletas. Tiene que existir un motivo fuerte.

Aquella oferta de trabajo… ¿o era aquel hombre el que la había arrastrado esta vez? No recuerda. No, no, el hombre no era, era el trabajo. Menos mal, los errores, sólo una vez. Sí, el trabajo. Pagaban muy bien y era interesante. Algo sobre idiomas, traducciones, no está segura… ya recordará. Hay tiempo.

Debe levantarse… pero, qué pereza… no conoce las calles, tendrá volver a utilizar el mapa. Bueno, no está lejos ¿o sí?… Por cierto, ¿en qué idioma tenía que hablar esta vez? No está segura, pero una vez se haya duchado y tomado café, lo sabrá.

Descalza se dirige hacia la ducha, el café de aquella cafetera es malo, pero es café… hay que comprar una cafetera italiana, de las normalitas, de las que sale café, no agua. Es igual, ya lo hará.

Nada más salir a la calle, lo de siempre, ¿izquierda o derecha? Mapa. Vale, ya lo sabe, es a hacia la izquierda.

Las conversaciones de la gente que pasan por su lado le dan una pista sobre el idioma que debe utilizar en esta ocasión. Si no llega a oírlas se habría olvidado de este detalle y sólo se habría concentrado en el arrugado mapa que lleva entre sus manos.

Suspira y mira de nuevo al trozo de papel arrugado y que nunca sabe plegar de nuevo. A ver, el trabajo era… en el centro, no sabe. No logra acordarse. Es por culpa del café, no era fuerte, era agua teñida de algo. Eso es lo que le impide recordar. Antes de llegar a su destino tendría que tomar uno de esos cafés que te ponen a pensar aunque no quieras. Pero no quiere llegar tarde. Debe ser puntual y más el primer día, bueno todos, pero el primero más. Le molesta no acordarse. Es lo de siempre, es el primer día. Todo es nuevo y hay que arañar para hacerse un hueco en esa nueva realidad. Llegar con los ojos medio cerrados y que se abran de pronto y entre tanta luz en tus pupilas, no puede ser sano. Es por eso que no se acuerda.

¡No, no! ¡Sí se acuerda! ¡Acaba de recordarlo todo! ¡No era un trabajo! ¡Eran vacaciones, cinco días de vacaciones!

Tira el mapa mal doblado en una papelera dispuesta a perderse por las calles.

Esta vez procurará no encontrar trabajo, ni enamorarse. No vaya a ser que tenga que quedarse otra vez.

Antes era un fantasma

 

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Antes era un fantasma

Recuerdo cuando hace tiempo me resultaba fácil entrar en todas partes, a pesar de ser tan tímida.

La razón era simple: Era un fantasma.

La gente no me veía, ni jamás se percataba de mi presencia. Es más, incluso no oía mi voz, yo misma llegué a pensar que era invisible por alguna razón que desconocía.

Lejos de molestarme, esto me resultaba extremadamente cómodo. Lo que una persona tímida suele pretender es pasar desapercibida y yo lo lograba sin esfuerzo alguno por mi parte.

Mi invisibilidad llegó a su punto álgido en mi adolescencia.

Cuando me acercaba a algún grupo de compañeros para pedirles apuntes, raro era el día en el que alguien del grupo me contestase, ya que no me oían, ni me veían.

Si levantaba la mano en clase para responder a cualquier pregunta que el profesor planteaba, éste no veía mi mano en ninguna ocasión por mucho que yo la agitase. No se puede ver la mano de un fantasma.

Si tenía que leer en alto, se multiplicaban las voces que afirmaban que no me oían, aunque yo me esforzase en lo contrario.

Reconozco que, en algunas ocasiones, resultaba incómodo ser tan invisible porque al no ser vista por nadie, tampoco nadie se acordaba de mí para decirme que había alguna fiesta o que el examen había cambiado de fecha.

A medida que pasaba el tiempo las sospechas sobre mi invisibilidad se fueron incrementando, hasta que un terrible día todo quedó al descubierto debido a la indiscreción de alguien que me puso al corriente de la cantidad de gente que estaba pendiente de mí.

Descubrí con horror que me veían, aunque trataban de que yo pensase que no lo hacían.

Este descubrimiento fue mucho más duro que el día en que me enteré de quienes eran los Reyes Magos.

Desde este aciago momento mi perspectiva del mundo cambió.

Pasé de ser un fantasma a darme cuenta de que todo el mundo era consciente de mi presencia y aquello puso mi mundo al revés.

Entendía de pronto que no era casualidad, por mucho que mirasen hacia el cielo, la razón por la cual las señoras se asomaban a las ventanas de mi barrio a la hora exacta que yo salía del portal de mi casa.

O el motivo por el que mis compañeros sonreían desde sus coches al ver cómo me empapaba, esperando al bus bajo una intensa lluvia.

Como si de un desencadenamiento de descubrimientos de tratase, empecé a ser consciente de los motivos por los que en la peluquería siempre intentaban cortarme el pelo, o me hacían tanto daño cuando me peinaban.

Entendía por fin aquella “broma” en la que esas chicas mayores que yo, me habían colgado durante tanto tiempo por los brazos de aquel balcón del colegio cuando contaba sólo siete años.

Comprendía entonces por qué cuando salían las listas de los exámenes, sólo me enterase de la nota si había suspendido, ya que en caso contrario regresaba a mi estatus de fantasma.

Recuerdo la cantidad de llamadas que recibía a casa sin que nadie contestase al otro lado. Imagino que para comprobar dónde estaba.

Razones de sobra había también para que, a pesar de que tanta gente no me saludase, parasen a mi madre por la calle para preguntarle detalles sobre mi vida.

Y también supe por qué todas las personas que nunca me habían dirigido la palabra, se lanzaron a hablar conmigo para convencerme, vehementemente, de que no abandonase mi ciudad natal y no fuese a estudiar a la Universidad de Salamanca. Creo que nunca me había hablado tanta gente ¡Qué liberación no haberles hecho caso y abandonar todo aquello!

Al fin y al cabo, ¿qué les importaba un fantasma?

Conservo mil y un recuerdos de mi época como fantasma, y ahora que ya he crecido, mi problema es que ya no logro ver a toda esa gente aunque la tenga delante de mis ojos.

Se han convertido en fantasmas.