Cuerdos y locos

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Se encontraba perdido en una realidad anodina que le indujo a creer cuentos que llegó a utilizar para prolongar su existencia.

Se ahogaba perdido entre una multitud de gente toda igual con lo que su aislamiento aumentaba.

Se sentía atrapado en una vida insulsa girando de forma incesante en busca de pequeños y vulgares placeres.

Hablaba sin hablar, ya que sus palabras eran prestadas.

Oía sin oír, ya que las conversaciones no lograban captar su atención.

Y escondía la cabeza entre historias de vidas que llegó a pensar eran la suya propia.

Su vida eran los libros.

Noche tras noche al llegar del trabajo hundía su cabeza en ellos, acompañado por una botella tan solitaria como él.

Hasta que un día despertó creyendo que él era el protagonista de las interminables historias que leía.

Y comenzó a hablar según lo que la ficción dictase en su cabeza, volviendo a ser dueño de sus palabras. Incluso inventado sus propios términos.

Nadie entendía de qué hablaba porque se dirigía a los personajes que habían salido de la ficción para formar parte de su realidad.

Ellos contaban historias llenas de magia, que sí merecían ser escuchadas.

Y así fue como lo tildaron de loco.

En su locura inventaba su vida cada día y, de esta manera, no había día igual al anterior.

Creó su propio mundo en el que todo era aventura.

Una vida en la que él decidía y que se atenía a las normas que él mismo se imponía.

Los demás continuaron en sus oficinas, repitiendo día tras día lo que habían hecho el anterior, perdidos en una desvaída realidad, vagando sin sentido.

Hordas de personas viviendo sin vivir, sin hablar, sin escuchar.

Todos locos su juicio.

El cuerdo siguió viviendo rodeado del resto del mundo, un mundo de locos.

 

Mejor sin instrucciones

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Nunca he creído que fuese buena idea leer las instrucciones de los medicamentos antes de tomarlos y, mucho menos, cuando el dolor trastorna todos tus sentidos.

Cuando un médico te receta alguna medicina debes confiar, sólo que yo tengo la mala costumbre de no confiar y las leo, lo cual es perjudicial.

A causa de esta estúpida costumbre me informo de todos los efectos secundarios de lo que voy a tomar. Éstos suelen ser de tal calibre, que termino valorando si será mejor que no tome nada para evitar acabar peor.

Sin embargo, dadas las características del dolor en cuestión, esta vez esa opción no era posible.

Acosada por un agudo dolor, causado por una contractura muscular que decidió acompañarme, por si me sentía sola, durante toda la semana pasada, me acerqué al médico, sin apenas poder disimular el dolor.

El galeno me recetó lo normal, un antinflamatorio y un analgésico.

Ya en casa, sin poder permanecer en una sola postura a causa de los nervios que provocaba aquella cosa afincada en un lado de mi espalda, que además osaba irradiar hacia otras zonas para mayor incordio, me dispuse a leer si se tomaba con las comidas o fuera de ellas.

A pesar de no poder apenas esperar a comenzar con el tratamiento, desplegué como pude el papelito, minuciosamente doblado, para leerlo.

Una mala costumbre que debo abandonar, pues todos te advierten de una serie infinita de consecuencias, tales como espasmos, temblores musculares, picor de la piel, erupciones cutáneas, sensaciones de que todo da vueltas, ictus, hematomas o manchas en la piel, náuseas o vómitos, hinchazones varias, temblores o convulsiones y un largo etcétera.

Levanté la vista después de leer la retahíla de trastornos que el medicamento podía ejercer en mi cuerpo y pensé que podrían resumirse diciendo que sus efectos podían convertirte en un zombi que echa espuma por la boca, oye sonidos extraños, camina con un hombro encogido por los espasmos, tiene la piel llena de pústulas y que se encuentra fatal.

En este estado, que imagino debe de ser muy molesto, te pueden entrar ganas de ir matando a la gente por ahí. No por el hecho de matar, sino por pura envidia de ver a los demás tan sanotes caminado como si nada.

En resumen, que si te ponías así de mal, dejases de tomarlo. Esto ya le sobraba a las dichosas instrucciones.

Por otro lado, el dolor te altera de tal forma que ni entiendes lo que ves. Recuerdo haberme enfadado bastante al leer: “Ningún amante durante el tratamiento”. Aquello era mucho, en primer lugar no podía adoptar ninguna postura durante más de cinco segundos seguidos, pero además, ¿Quién les daba permiso para meterse en mi vida privada? Doblada de dolor, con las manos temblorosas sujetando el prospecto releí el inocente párrafo que decía: “No amamante durante el tratamiento” Reconozco que me quedé más tranquila, porque no pensaba hacer cosa semejante.

Aunque creo que el mayor golpe que recibí fue cuando leí que comenzase a tomar las pastillas en las cenas y desayunos, ya que apenas eran las tres.

Pasé la tarde retorciéndome de dolor y dando vueltas, mirando de reojo cualquier aparato que marcase la hora, esperando a que llegase el momento de cenar ¡Y menos mal que ceno temprano!

Cualquier persona más relajada que yo, en esta situación, se hubiera tomado la pastilla al salir de la farmacia.

Francamente, soy idiota.

El adoctrinamiento

libertad-de-expresionMe sorprende que en una sociedad que ha luchado tanto por vivir en libertad y democracia, casi nadie se atreva a desviarse de los senderos previamente trazados.

Prácticamente no existe ningún medio de comunicación que no se exprese bajo consignas, que se aburran a sí mismos, por no mencionar a nosotros los ciudadanos.

Y los periodistas ejercen de siervos incapaces de poder ejercer su profesión con libertad para no engrosar las listas del paro.

El panorama actual se encuentra dibujado por caminos invisibles de los que es difícil escabullirse sin salir perjudicado de una u otra manera. El simple hecho de expresar nuestra opinión con libertad puede ser duramente castigado.

Una libertad tan básica como es pensar por nuestra cuenta, se nos ha ido negando con el paso del tiempo.

Seas de un color u otro, siempre has de expresarte bajo los mismos términos sin salirte del guión de la secta a la que pertenezcas.

Pero, ¿qué ocurre si estás de acuerdo con las ideas de un grupo y, al tiempo, lo estás también con algunas de las del grupo de enfrente?

¿Por qué hemos de decantarnos por el blanco o el negro?

Desde mi punto de vista, se han ido creando habitáculos cerrados. Matando la libertad de las personas como seres individuales.

Si no perteneces a uno o a otro estás fuera y, si estás fuera, estás solo.

Si contemplamos esto desde la perspectiva de la Psicología estaríamos hablando de un tipo de movimiento que se caracteriza por la adscripción de personas totalmente dependientes de las ideas de un dirigente o varios, que los adoctrina. Es decir, una secta.

Este tipo de pensamiento es radicalmente opuesto a la libertad individual como el más alto valor social e impide el derecho a disentir.

Sin apenas percatarnos escuchamos a diario frases que se repiten como una especie de gota incesante que cae sobre nuestros pensamientos y los va minando.

En este caso, el bando del que provengan no es importante, pero sí lo es que este persistente adoctrinamiento nos llegue a impedir pensar, desarrollar y razonar pensamientos por nuestra cuenta. Este mantra consiste en consignas, que la mayoría no asimila, pero repite y a causa de esta repetición, da como válidas.

Si me niego a leer periódicos por el simple hecho de que tengan un color político u otro, me privo de exponerme a diferentes perspectivas. Si siempre leo o escucho lo que quiero oír, estoy cerrándome a escuchar otro tipo de opiniones con las que podría estar de acuerdo o no. Para ser capaz de opinar con argumentos sólidos debo abrir todos los canales de comunicación que formen mis teorías.

Tampoco por pertenecer a un grupo debo estar de acuerdo con todas y cada una de las ideas de ese grupo.

Es necesario defender que cada ser humano es dueño de sí mismo y que, en consecuencia, tiene total soberanía sobre su cuerpo y su pensamiento. Desde el momento en que nos negamos a ver otro tipo de perspectivas estamos dejando que merme nuestra percepción de la realidad y que disminuya nuestra flexibilidad mental. Estamos siendo adoctrinados.

Hoy en día se afirma que vivimos en una democracia, pero cada día que pasa me asaltan más dudas sobre si ésta forma parte de una falacia repetida hasta la saciedad. Cada día veo a una sociedad más sometida por la presión social y a la que se le impide expresarse en libertad, como si de un acuerdo tácito se tratase.

Esta presión social provoca el miedo a quedarse sin empleo,  sentirse excluido o rechazado y hace que la gente actúe de una determinada manera.

Estamos ante lo que hemos denominado “lo políticamente correcto”. Si vives en una sociedad que cada vez canaliza más sus fuerzas hacia este sometimiento es muy difícil que el individuo se rebele contra la presión de los diversos grupos. Por este motivo, pocas personas logran resistirse y otras, llevan ya tantos años bajo este tipo de influencias que ni se dan cuenta de que no desarrollan pensamientos propios sino que repiten de forma automática lo que su “secta”, “grupo”, “color” o “partido” les ha dictado durante generaciones.

Y no nos engañemos, todos estos grupos de presión que llevan dirigiendo a la mayoría durante años, tienen siempre una intención.

Cada día asistimos a una representación teatral, cada día estamos más desilusionados y somos más conformistas. Disentir siempre ha sido tarea ardua.

Y sin embargo, yo sigo creyendo en la gente y cuando empiezo a perder la fe en el libre pensamiento y en la libertad individual, recuerdo grandes tragedias, como la del choque de ese tren en Angrois, Galicia, en la que nadie preguntaba el color de nadie o a qué grupo pertenecía, simplemente ayudaban unidos por una causa común.

Así tendría que ser, en lugar seguir permitiendo que se genere odio y que se enfrente a la gente. Y este odio tiene como única finalidad que, siempre los mismos, sigan pasándose el testigo a través de los años. Y por ende, que no tengan la mínima intención de trabajar por el bien común.

Creo que ya les hemos regalado suficientes años.

 

Mi estúpida obediencia

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La primera vez que me embarcaron en un avión hacia otro país fue un verano cualquiera.

Contaba trece años, era hija única y en mi casa intentaban darme un baño repentino de independencia.

Ya en el avión hacia el Reino Unido, aquel asunto, no prometía en absoluto.

Yo ya nací agobiada, y así permanezco, con lo que cualquier pequeña situación que me provoque estrés, me produce dolor de cabeza. He llegado a sospechar que mis padres habían pagado extra para que mi aprendizaje comenzase de manera más brusca, puesto que sufrí uno de los vuelos más accidentados de mi vida. Bolsas de aire caliente que hicieron descender al avión varios metros en unos segundos, un despegue muy extraño y algún susto que otro en pleno vuelo. Ahí empecé a hablar de tú a tú con mi adrenalina y debo decir que, hoy en día, ya nos entendemos bastante bien.

Sin embargo, aquello no iba a amedrentarme. Había decidido afrontar aquello con valentía y hasta el final. Así lo hice pues.

Recién aterrizada en Londres nos metieron a todos en un autobús hacia nuestra ciudad de destino, en el sur de la Isla.

Durante el viaje intentaba concentrarme en todas las recomendaciones maternas y en algún salvavidas que mamá me había regalado en caso de apuro… “Un mes no es nada, son sólo cuatro semanas”. Reconozco que a mí, lo de contar por semanas me sonaba mucho mejor, puesto que tan sólo habían transcurrido unas horas y me habían parecido días. Empezaba a pensar que aquello de entrenar mi independencia era una broma de mal gusto y que esa noche dormiría de nuevo en mi cama. Por supuesto, no fue así.

Nada más llegar nos distribuyeron en nuestras respectivas familias, mientras mis compañeros de viaje lloraban desconsolados gritando el nombre de sus padres.

Muchos regresaron a España al día siguiente, otros a los tres días y sólo algunos nos quedamos todo el mes. No voy a decir los valientes, sino los obedientes.

Era sobre las nueve de la noche cuando llegué muerta de cansancio y con el dolor de cabeza multiplicado por tres, a lo que se suponía iba a ser mi nuevo hogar. Mi madre postiza y su hija, tan única como yo, me recibieron ofreciéndome un trozo de pastel y un té caliente.

Como yo era una nena tan obediente, lo rechacé amablemente siguiendo la recomendación de mi madre de “no comer nada antes de cenar”. Debería haber añadido “sólo en España”. En el Reino Unido después de las nueve no había más que irse a dormir.

Durante los días posteriores comprendí que la última comida del día se servía a las cuatro de la tarde. A partir de entonces, no rechazaba nada de lo que me ofrecían. No arreglé mucho, pues lo único que podía tomar después de las cuatro de la tarde era un té, que degustábamos en el jardín sobre las siete. El agua caliente hacía que, durante un rato, mi estómago dejase de protestar.

Por el afán de ahorro de mi anfitriona, mi cena, que no la de su gorda hija, consistía en una loncha de tomate. Jamás me pusieron el tomate entero, lo cuál hubiera sido todo un detalle por el precio que pagaban mis padres por mi estancia.

Acatando mi estúpida obediencia y a pesar del hambre tan espantosa que pasaba, no compraba ni comía nada entre horas. Podría decirse que me mantenía de lo que me daban en el desayuno, que llevaba a cabo después de luchar para lavarme la cabeza, debido a los cortes de agua provocados por mi tacaña madre inglesa.

Con todas aquellas restricciones que observaba en aquel entorno hostil, cada día me convencía más de lo triste que hubiera sido ser inglesa. Nacer en un país en el que comes un trocito de tomate a plena luz del día, bebes agua caliente para no morir de inanición sobre las siete y no disponen de agua en las duchas para sacarte el champú de la melena, como en los países civilizados. Comprendía entonces todos los vicios británicos para luchar contra todas aquellas calamitosas circunstancias, no durante un mes, sino durante toda la vida.

Cuando pensaba que mis padres estarían con amigos en alguna playa, regresando a casa después de pasar el día jugando con el mar y que cenarían, como la gente normal, más tarde de las nueve, mi estómago me gritaba con más ímpetu que volviese a España.

Extraño que de esos viajes surgiese mi adoración, no sólo por la Lengua Inglesa, sino también por los idiomas. Durante esa difícil estancia el sonido del idioma, que pasaba horas escuchando, me embaucaba. Hasta llegué a disfrutar de las tertulias de barrio con los vecinos en el jardín de la casa.

Odiaba profundamente que la novela, “Los Gozos y Las Sombras”, que me había llevado en la maleta, mermara cada vez más. El pánico me asaltaba cuando veía disminuir las páginas ante mis ojos. No quería que aquellas palabras, que me libraban algo de mi profunda morriña durante un rato, me abandonasen antes de que mi estancia terminase.

Esos días con mi tacaña familia, entre lágrimas a veces, procuraba adaptarme a ese entorno ajeno y absurdo, en el que la gente sacaba la aspiradora al asfalto para limpiarlo, o en el que envidiaban a los vecinos bronceados en rosa, tras sus vacaciones en España.

Y así, trascurrían los días en los que me sentaba frente a ese gigantesco plato con aquella solitaria raja de tomate esperándome. Con aquel régimen llegué a perder unos cinco kilos en tan solo un mes y mis redondeces de niña, comenzaron a convertirse en unos cuántos huesos mientras rememoraba tapas variadas.

Mi regreso a España fue una de las sensaciones más intensas que recuerdo. Nunca me había hecho tan feliz ver a mis padres. Claro que, hasta entonces, nunca los había perdido de vista durante tanto tiempo.

A esas alturas, mi estómago se hallaba tan encogido como un guisante y poco más que eso pude tragar el día que regresé.

Eso sí, debía seguir entrenándome en el arte de “no necesitar a la familia como una hija única” y al verano siguiente, me embarcaron de nuevo en aquel avión en el que volví a sufrir aquel dolor de cabeza que no había tenido en todo un año.

Durante ese segundo verano, volví a derramar lágrimas e insultarme por ser tan obediente como para haber caído otra vez en la misma trampa.

Seguí convencida de lo triste que era ser ciudadano inglés y haber nacido en un país en el que las cenas consistían en una triste y exigua raja de tomate que se tomaba con tenedor y cuchillo por cuestiones de protocolo o para hacerte la ilusión de que te estabas zampando un pollo. En mi país, a esas horas de la tarde, el tiempo daba para mucho más que eso. Por esa misma razón, ni me molestaba en explicar a toda aquella gente lo equivocados que estaban todos los habitantes de esa Isla. No quería que nadie se enterase para que no hubiese una estampida hacia España. No habría para todos.

Lo que sí hice mi segundo verano en Plymouth fue llevar más novelas. Y no rechacé el trozo de pastel de bienvenida, ya que sabía que esto era una excepción.

Lo que no entendía por aquel entonces, era por qué en esa casa estaban todos tan gordos. Años más tarde, supe que sus cenas y lo que había entre las mismas, eran mucho más abundantes. También entiendo por qué mi hermana inglesa se ponía tan furiosa conmigo cuando nos poníamos el bañador.

Y es que no se puede ser tacaño, pero es peor ser tan obediente como yo.