Excesos

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Su vehemencia, ingenio, su elocuencia en la conversación, su tono grave de voz hacía que sus palabras fuesen sus mejores armas de seducción.

No se trataba de su físico, que aún sin ser desagradable nunca hubiese llamado demasiado la atención del género femenino. Era su manera de mirar, sus movimientos y sus excesos.

Era ese tipo de hombres de los que las mujeres no deben enamorarse, pero del que no pueden evitar hacerlo.

Sus excesos con el alcohol formaban parte de su encanto y constituían también su parte más oscura. Esa atractiva mezcla que enfadaba y de la que, al tiempo, era difícil huir.

Inútil era decirle que no continuase bebiendo de aquella manera. Como inútil era no adorar por las mañanas lo que había escrito durante su borrachera nocturna.

Era fácil ver que sus excesos diarios le pasarían factura antes de tiempo, a pesar de su juventud. Precisamente, esa falta de tiempo, lo hacía aún más atractivo. Arriesgaba su vida a diario de una u otra manera. Advertirle que no lo hiciese sólo lo hubiese puesto furioso. No se debe intentar esculpir a personas como él, dejarían de ser auténticas, dejarían de existir.

Cuando definía a una persona no usaba dos, sino cuatro o cinco adjetivos a los que te enganchabas casi sin atreverte a respirar para no perderte ni una de las sílabas de su frase. Sus descripciones eran tan exactas como crueles. Y por ambas cosas, resultaba difícil no estallar en una carcajada final. Levantaba sus ojos de la copa y te miraba risueño como el niño que sabe que ha cometido una travesura. Entonces pedía otro whisky. Y tú sabías que cada trago lo acercaba un paso más su final, que sería parte del tuyo.

Vivía una noche interminable que duró apenas unas décadas en las que hizo uso como nadie de su libertad. Convirtió con ahínco su vida en la historia de una soledad elegida. Luchando por apartar el miedo que produce necesitar a otra persona casi para respirar, intentando acercarse a ese mundo bañado en alcohol en el que sentía menos dolor y que convertía en genial todo lo que escribía.

Ahora junto a su tumba, situada entre árboles centenarios, ella deja cada día una botella de whisky. Así ambos pasan horas charlando y riendo como en los viejos tiempos.

Porque cuando el amor es tan fuerte la muerte se convierte en un detalle sin importancia.

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