Los carniceros asesinos y otras costumbres

Fleisch

Cuando quieres vivir en otro  país que no es el tuyo debes saber adaptarte. No hay otro remedio. Es una lección que aprendí hace años.

Por mucho que te pelees las cosas son como son. Haz lo que puedas y lo que toleres y monta tu vida según tus gustos, pero, aún así, debes aceptar que, por mucho que grites, no te van a dar tortilla española si no estás en España. Y si no puedes vivir sin ella, vuelve a tu país.

No me refiero a que cambies, sino a que sepas que hay ciertas costumbres que debes aceptar.

Podría referirme a cientos de anécdotas pero no voy a extenderme.

Cuando tenía trece años, pensaba que los británicos carecían de agua en las duchas, pues cada vez que intentaba lavarme la cabeza, el chorro disminuía considerablemente. Eso hacía que permaneciese allí dentro durante mucho más tiempo del necesario. Sin embargo, me resignaba, pensando que, al vivir en una isla, carecían de los medios suficientes de los que se gozaba en el continente. Ni se  me pasaba por la cabeza pensar, que la familia que me acogía estaba ahorrando a mi costa, tonta de mí.

Lo mismo pensaba de la comida, que consitía en medio tomate al día y después de eso, me mantenía en pie tomando un té tras otro. Mi disculpa era la misma, que era gente aislada y no tenía las mismas comodidades de las que los demás disfrutábamos. Lo único bueno de esto, es que parece que, por aquel entonces, mi autoestima aún no estaba demasiado dañada.

Ya más crecidita comencé mis periplos por tierras germanas y suizas.

Si tenía que bajar a un sótano común con el bolsillo lleno de monedas para poder lavar mis pantalones, lo hacía. No me gustaba, ni encontraba normal estar tirando monedas a una caja negra hasta que una aguja subiera hasta cierto nivel que indicase que ya habías pagado tu parte.

Como tampoco me parecía lógico tener que apuntarme en una lista para avisar a mis vecinos de que el martes a las tres quería usar la lavadora ¿Cómo iba yo a saber qué iba a hacer yo el martes a las tres en punto? Es de locos, pero lo hacía. Utilizaba mis turnos y bajaba con una cesta en una mano y un pesado bolsillo lleno de cambio, para ir rellenando una caja negra provista de unas agujas similares a las de un reloj, que tenían que llegar a un nivel con el fin de que ningún vecino aporrease tu puerta después de un cuarto de hora para decirte que no habías cumplido con lo tuyo.

En Alemania y en Suiza, aprendí también que era inútil pelearse en la carnicería. Los carniceros son capaces de ofenderse hasta el punto de querer cortarte una oreja en medio del supermercado.

Cuando compras carne picada en España, el asunto es mucho más sencillo. Te acercas al tío del cuchillo, escoges el trozo de carne que más se adapte a tus necesidades y que esté más limpio. Él te lo enseña y lo estampa con desprecio contra una tabla para cortarlo y meterlo en la máquina que lo va a picar. Y ya está. Esto puedes pedírselo aunque tenga carne picada ya expuesta. Nadie se ofende.

En mi ignorancia, yo pensaba que podía gozar de estos privilegios tanto en Alemania como en Suiza, pero no. No. No. No.

Si te acercas a un carnicero y le dices que no quieres la carne picada que tiene expuesta bajo esos focos rojos que la maquillan de un perfecto tono rojizo, sino una pieza que tú escojas, entra en cólera. En cólera alemana o en cólera suiza, pero cólera.

Y ahí es cuando se desata la batalla en alemán, ya perdida de antemano.

Su cara comienza a cambiar de tono hacia un rojo chillón y mientras sujeta el cuchillo con una mano por encima de su espléndida panza, te explica que él ha estudiado dos años en un plan de formación dual para convertirse en carnicero profesional, que la carne es fresca, cortada por él y que ha pasado todos los controles de sanidad necesarios y un largo ecétera.

Puntos esenciales, pero que a ti, jamás se te habrían pasado por la imaginación antes de señalar tímidamente con tu dedo el trozo de carne limpia que querías para tu cena.

Ningún país es perfecto, sólo son distintos.

El discurso suele durar bastante, tanto en Alemania como en Suiza, si tienes suerte no hay mucha gente a tu alrededor. Yo no la he tenido. Te disculpas y cabizbaja, te resignas a llevarte a casa el paquetito de la carne que tiene expuesta.

Cuando te la entrega, notas que su animadversión hacia ti no ha pasado y nunca lo hará. Ya puedes empezar a pensar en cambiar de carnicero.

No hay más. Es así. Los extranjeros no deben intentar que España cambie, al igual que yo no me peleo con ciertas normas y costumbres, me adapto y evito las que puedo.

No puede gustarte todo del extranjero. Y si tu intención es sólo comer tortilla, ¿para qué has salido fuera de tu país?

La nada

3228

 

Existen días en los que la nada se convierte en lo que temías.

Hoy es lunes, jueves y sábado.

La nada está aquí conmigo.

Se sienta justo a mi lado.

No puedo escribir con ella aquí.

Deseo que la realidad resbale entre mis dedos.

Y que todo se vuelva otra vez ficción para poder rozar las teclas sin tener que pensar.

Pero, nada, no puedo.

No hay correos en la bandeja de entrada.

El móvil permanece inmóvil, se lo ha tragado la nada.

El cartero tampoco trae nada.

Escribir es barato.

Una nebulosa envuelve la habitación, total para nada.

Porque no hay nada que contar pues ella permanece aquí.

Y sigue aquí, sin querer moverse.

Acaricio ideas que, en realidad, no son nada importantes.

Puedo escribir sobre nada.

Nadie se daría cuenta.

Podría no contar nada.

Recuerdo que un día vino algo y se sentó a mi lado.

Ese día pude escribir.

Sin embargo, hoy no escribo simplemente nada.

 

La fina capa de hielo

 

 

Frozen-Lake-Schnolzersee-Bavaria-Germany

 

El hielo no es firme y piso con cuidado. Busco el camino más corto, pero es, al tiempo, el más arriesgado.

Dirijo la mirada hacia mis botas, intentando ver qué trozos de la inmensa masa blanca sobre la que camino son los más sólidos. Nunca se sabe. Es un acto absurdo.

Soy consciente de que estoy arriesgando mi vida. Pero ya estoy en mitad del lago y no puedo retroceder.

Ahora vivo una situación parecida en la que el retroceso, ya no es posible.

Hay que vaciar el lago y asegurarse de que el hielo que pisemos desarrolle una densa capa imposible de romper, para que no sintamos a diario que todos en masa, y no uno, podemos hundirnos.

Los vicios repetidos hasta el infinito, sólo afianzan la inseguridad. Las patrañas nos aburren hasta el hastío. Miramos hacia algún lado que no nos ponga enfermos.

Romper el hielo es arriesgar, pero esta vez nos lo han arriesgado todo, hasta un punto en el que la capa de hielo ya no aguanta el peso. Sólo resta empezar de nuevo. No hay más. No existe término medio.

Los inmovilismos acumulados constituyen un crédito imposible de saldar. Los pocos que lo disfrutan, mantienen la canción de cuna que nos adormila por cansancio sin que nuestros oídos sean ya capaces de captarla. Y otros, ofrecen soluciones que recuerdan viejas aventuras comunistas que no rozan la realidad actual.

Y nosotros, idiotas, aún sabiendo que el orden empieza por los que somos más, caminamos fraccionados en todas direcciones menos en la correcta, tan sólo para encontrar una solución rápida a lo que ya no la tiene.

Hay gente que empieza una y otra vez en su vida. Hay otra que se estanca y prefiere ir únicamente a la tienda que hace veinte años lo trató bien, muriendo así poco a poco.

Los proyectos recién nacidos producen nuevas sensaciones, abriendo paso a la vida, dando paso al entusiasmo. No se debe avanzar en busca de lo que una vez se sintió, pues es morir. Los momentos, los proyectos, las ideas, son únicos e irrepetibles y se hallan sujetos a las circunstancias que te rodean en ese momento.

Sólo el que posee la capacidad de asimilar el cambio y de estrenarse en situaciones, es capaz de vivir.

Aferrarse a un puñado de disculpas para no aceptar la realidad, es un absurdo.

Un país que se desplaza a la deriva sobre una fina capa de hielo y con un rumbo trazado por una minoría, se hunde irremisiblemente.

La reacción hacia el cambio está en los que somos más, que deben liderar lo que ocurre en los despachos y no en los que procuran no moverse para no romper un hielo que les resulta muy conveniente sin importar cuánta sangre o dolor cubra.

Se da la circunstancia de que, en este momento, aunque no os mováis ni un ápice, la capa de hielo ya se ha hecho demasiado fina.

No moverse resulta inútil.

Lo más sensato es apoyar a toda aquella persona o medio que vuelva a dejarnos opinar con absoluta libertad.

¿No lo echáis de menos? Pues despertad de una vez.

 

 

Whisky y almendras

Whisky y almendras

Me encantaba observar cómo hacía saltar las almendras de su mano a su boca con una gesto ágil y rápido mientras mantenía sus ojos entreabiertos observando un punto imaginario en el vacío. No recuerdo haber visto que ninguno de los frutos secos terminase en el suelo. Puros reflejos, de eso trataba el juego.

Nos hacía pensar mediante su semblante estático que andaba ocupado resolviendo algún problema que a los demás no nos incumbía. Siempre supe que lo que hacía era disfrutar de su whisky , así como de la animada conversación de sus, por entonces, dos mujeres favoritas.

Era un hombre que había heredado sus maneras de aquellos sesenta tan difíciles de olvidar. Había pasado por miles de libros. Había copiado ese aire existencial de Jean Paul Sartre. Se había vestido de negro para poder deprimirse con convicción. Había visto incomprensibles películas europeas que tenían un mensaje que nadie se atrevía a confesar que no había captado. Había puesto cara de póker y hasta lo había jugado. Había jugado a lanzar naranjas o huevos al aire trazando rápidos círculos para probar sus reflejos. Leía libros sobre artes marciales. Se había pasado noches en vela de charlas infititas para librase de síntomas que lo perseguían por pura genética. Todo ello y más, formaba parte de él.

Lo recuerdo delgado, solía mantener las piernas montadas una encima de otra. Le molestaban las playas. Disfrutaba en silencio de que su mujer lo engañase para que nos perdiéramos por insólitos caminos en el coche. Despreciaba a la gente que era incapaz de desarrollar una idea. Despreciaba a muchos. Encontraba que los niños estaban intelectualmente poco desarrollados. Le gustaban los restaurantes caros. Huía de las multitudes. Le gustaban las películas de ciencia ficción. Era capaz de cambiar de universidad si no quería examinarse de una asignatura. Sonreía a los descerebrados, pues consideraba inútil contestarles. Se tomaba con humor que algún despistado apagase las luces en sus conferencias. Apagaba los recuerdos. Pensaba que la gente no debía desplazarse en medios que no rozasen el suelo. Y le gustaba el whisky con almendras.

Solía fingir que resolvía alguna premisa metafísica, filosófica o lógica, le gustaba ese sufijo. Lo cierto, es que las resolvía.

Sin embargo, en aquellos momentos de whisky y almendras, todos sus pensamientos se centraban en su pequeño juego con aquellos frutos secos. Sé que, aunque lo disimulase, disfrutaba con aquellas minúsculas reuniones en familia a pesar de su fingido aislamiento.

Durante esos ratos de whisky y almendras era feliz. Y nosotros también.

De vez en cuando, despertaba y se unía a la conversación en un tono bajo y contenido. Para más tarde, seguir comprobando que sus reflejos funcionaban, primero con las almendras y después con el coche.

Hoy en día, durante sus conferencias, escucho estupefacta cómo se disculpa ante una panda de jóvenes y no tan jóvenes. Se disculpa por saber demasiado. Se disculpa antes de hablar. Y es que ya se sabe que, saber más que otros, hoy en día, te puede causar muchos problemas. Total, le da igual. Procura mantenerse dentro del círculo porque considera esa lucha inútil. Quizá lo es.

Creo que sigue jugando a tirarse almendras a la boca, pero éstas tienen ahora el amargo sabor a desilusión. Y su fingido aislamiento de antes, se ha convertido en real.

Por lo menos, espero que siga con la misma dosis de whisky o que la haya aumentado.

El asesinato de James

d4f20588428a785b313807171ea587cc

 

La verdad es que conocer a James era todo menos un placer.

Su personalidad mezquina y desordenada te invitaba a marcharte en cuanto le estrechabas la mano.

Se había criado en las calles y de ellas había aprendido todo y un poco más. No había agujero de las cloacas que no conociese y que no controlase.

Coincidí unas cuantas veces con él en el club en el que solía reunirme con viejos amigos y me gustaba observarle. Más que nada su aspecto vulgar, sus ademanes de mafioso que se notaban hasta en cómo sacaba el fajo de billetes que solía llevar en el bolsillo. Todos sus gestos atraían mi atención como si de un imán se tratase.

Era un tipo duro, sí lo era.

Las noches y aquel local eran lo suyo. Ese era el centro donde se cuajaban todas las decisiones o todas las venganzas.

El local era bastante atractivo, sobre todo por su música y su comida, pero cuando James aparecía, todo se convertía en una alcantarilla de la que sólo te apetecía escapar. Era imposible obviar su presencia.

La noche en que su mejor amigo, Loren, entró en el club empuñando un arma, todos dicen, que miraron hacia otro lado. Sonaron varios tiros y un extenso charco de sangre se extendió por el suelo. Sin embargo, la reacción de todos los allí presentes fue la misma, incluso la orquesta alzó el volumen de sus voces y los instrumentos sonaron con más intensidad.

Y James desapareció. La policía se sirvió de la versión falsa de los clientes del local. Procuró no ahondar en detalles que todo el mundo quería evitar escuchar. Y se cerró el caso. A nadie le importó el asesinato de James. El se había dedicado a ello durante toda su vida de mafioso, labrándose así una gran reputación como ganster.

Hoy, entre recuerdos y ginebra, la historia de James sigue recordándose, entre los que siguen acudiendo al local. Se habla de ella en el mismo tono  que si hablasen de lo que van a cenar.

Sin embargo, lo cierto es que desde que James no se pasea por las calles de la ciudad, la música suena más alegre y la comida sabe mejor.

La rendición del individuo

No me apasiona ir en metro, aunque lo haya utilizado mucho.

En mi vida ha habido metros infames, metros lujosos, metros aceptables, metros en túneles sin fin, metros nocturnos y también diurnos. No me gustan. Lo uso por pura necesidad. Pero prefiero caminar. Caminar te despierta, te azota, te calma, te reta.

No recuerdo una sola vez en la que haya utilizado este medio de trasporte y no se me hayan venido mil interrogantes a la cabeza sobre la gente que iba en él. En muy escasas ocasiones, he sido capaz de evitar observar minuciosamente, y con escrúpulos, que casi rozaban el masoquismo, a todas las personas que me rodeaban. Y ello, siempre me ha conducido a la misma sensación de angustia. No sé si por ellos, o por mí misma.

Ante mis ojos pasaban demasiadas vidas sin destino cierto, vidas en las que los acontecimientos diarios no se cuestionaban, caras que reflejaban que nada importaba, rostros desesperados, sin vida, sin saludos, robóticos que recorrían el mismo camino a diario paseando un mensaje de deseperación que no era escuchado por nadie.

Rostros perdidos en la gran urbe blandiendo la ajada bandera de los que saben lo que no ha podido ser.

En las paradas el búnquer de metal, hierro y aluminio que recogía a las mismas almas espectrales que se subían, derrotadas, a algún vagón similar a los otros y se sentaban sobre la rendición de sí mismos, la claudicación de su ser. Sabiendo que formaban parte de una masa, personas que han olvidado que, años atrás, eran individuos.

Han sido derrotados sin percatarse y han hundido el proyecto de juventud que perseguían de formar un yo único, para entrar a formar parte de una masa amorfa por la que deambulan perdidos.

Suben a los vagones para unirse al naufragio, algunos aún están medio vivos y luchan por no sentarse, por no tocar, para evitar los microbios, las enfermedades contagiosas que por allí se pasean en busca de su próxima víctima, procuran alejarse de los olores bajos de la metálica madriguera común que recorre esos raíles, transportándolos siempre al mismo punto de desolación. Recorriendo una y otra vez, a diario, en medio de una ciudad que se ha hecho demasiado grande y mucho más absurda, se pierden otro día más entre la muchedumbre de la que saben forman parte.

La rutina ha causado estragos y ya no son conscientes de adonde van, quizá les dé igual o, simplemente, quieren olvidarse porque son conocedores de lo que les espera.

Caminad pues, volved a sentir el aire en ese rostro derrotado sin aparentes músculos al que creéis irremisiblemente perdido. La vida aún está, sólo tenéis que apearos del metro y volver a luchar por aquel proyecto que un día tuvisteis: ser vosotros mismos.

Depende

Depende

Galicia es un territorio ajeno al orden en el que, en muchas ocasiones, la realidad y la ficción no se distinguen fácilmente.

No es un fenómeno que se extienda a todos los ámbitos, ni a todo el territorio, pero doy fe de que restan muchos agujeros negros en los que el tiempo aún no se ha movido desde hace varios siglos.

En mi tierra es fácil encontrar señales en las carreteras que indiquen direcciones contrarias, si no eres gallego te asaltarán las dudas. Si lo eres, como siempre las tienes, te resignarás a estar inmerso en continuos interrogantes.

No lo sabemos y, si lo sabemos, no te lo vamos a decir, o sea que no preguntes.

Por ello, es aceptable que la mente de los gallegos se halle repleta de tantas historias entrelazadas como bifurcaciones de carreteras sin explicación, como para poder organizarlas con cierta lógica. En los agujeros temporales gallegos no sólo no existe ni el tiempo, ni las explicaciones. Simplemente es así.

Siempre llueve en Galicia. Mentira, pero dejamos que el resto se lo crea, por aquello de seguir anclados en aquella imagen típica que nos conviene  para que no vengan a husmear a nuestras tierras y se enteren de demasiados secretos. Por lo mismo, los millonarios gallegos hacen casas feas por fuera o las acotan con muros descuidados. Pues, con la lluvia pasa lo mismo. En Galicia llueve, siempre, por eso no nos molestan cuando vamos a la playa.

Existen personas que salen de los cuentos, personas que aún te venden el pan mientras hacen las cuentas a lápiz, que te entregan sucios y manoseados billetes mientras sacuden contra sus mandiles la harina sobrante del trozo que has elegido. En Galicia existen personajes así y escenas así. Además, aquí nunca nadie se ha muerto por culpa del pan que le compraba su abuela.

No es difícil apreciar el vínculo de esta tierra con la locura, cierta excentricidad y mucha desconfianza.

Y la desconfianza, lógicamente, engendra dudas y, éstas, mentiras, de ahí  las respuestas no directas hasta que no sepan cuál es el verdadero motivo por el que les preguntas la hora. Y hasta que lo piensan, pasa un rato y después responden: “Depende”. Hasta al presidente del gobierno se le ha pegado, claro que es gallego. Es extraño, porque Franco también y era mucho más directo. Con Fraga no se sabía, ni siquiera nosotros sabíamos lo que respondía por profusa que fuera su respuesta, ya que, simplemente, no se le entendía ni una palabra. Por tanto, todo su discurso lo considerábamos un gran “Depende”. Y nos resignábamos porque, lo peor, es que nunca se sabe de qué depende.

Se dan muchas situaciones irreales que pueden dar paso a grandes novelas colmadas de magia, superstición, esnobismo e irrealidad.

En estas brechas temporales con las que te topas a veces no existe el tiempo y si crees que existe, vete, escapa, apaga el móvil o sumérgete en tu silencio. Pero no preguntes, ni presiones para que las situaciones se desarrollen a un ritmo normal.

La cola del super tiene que esperar a que la cajera escuche el desenlace de la historia que le está narrando, con parsimonia, la señora que paga. Y si interrumpes, toda la cola te hará callar para que les permitas terminar de escuchar la historia entera. En estas tierras, la realidad no puede luchar contra la ficción.

Por otra parte, los gallegos, se agobian por todo, se agobian por la simple sensación de ser. Dudan, están confusos, descentrados, desconfían, lo cual es normal en un territorio que es ajeno al orden. Una tierra en la que los senderos, tanto reales, como irreales, se bifurcan continuamente y sin compasión.

Tierras de sol y mar, de vida y muerte, de puestas de sol que arrancan el aliento, o de voraces temporales de huellas imborrables para las almas de sus desconfiados habitantes.

Un territorio tan mágico en el que es normal encontrar un trasatlántico distinto cada día atracado en la misma puerta de tu casa cuando simplemente te diriges hacia el contenedor a bajar la basura. Entonces, sonríes y comprendes, que todo forma parte de la misma magia, de los mismos cuentos con sus extravagantes personajes.

Y es que en Galicia, nunca se sabe lo que puede ocurrir y, háganme caso, habelas hailas.