La rendición del individuo

No me apasiona ir en metro, aunque lo haya utilizado mucho.

En mi vida ha habido metros infames, metros lujosos, metros aceptables, metros en túneles sin fin, metros nocturnos y también diurnos. No me gustan. Lo uso por pura necesidad. Pero prefiero caminar. Caminar te despierta, te azota, te calma, te reta.

No recuerdo una sola vez en la que haya utilizado este medio de trasporte y no se me hayan venido mil interrogantes a la cabeza sobre la gente que iba en él. En muy escasas ocasiones, he sido capaz de evitar observar minuciosamente, y con escrúpulos, que casi rozaban el masoquismo, a todas las personas que me rodeaban. Y ello, siempre me ha conducido a la misma sensación de angustia. No sé si por ellos, o por mí misma.

Ante mis ojos pasaban demasiadas vidas sin destino cierto, vidas en las que los acontecimientos diarios no se cuestionaban, caras que reflejaban que nada importaba, rostros desesperados, sin vida, sin saludos, robóticos que recorrían el mismo camino a diario paseando un mensaje de deseperación que no era escuchado por nadie.

Rostros perdidos en la gran urbe blandiendo la ajada bandera de los que saben lo que no ha podido ser.

En las paradas el búnquer de metal, hierro y aluminio que recogía a las mismas almas espectrales que se subían, derrotadas, a algún vagón similar a los otros y se sentaban sobre la rendición de sí mismos, la claudicación de su ser. Sabiendo que formaban parte de una masa, personas que han olvidado que, años atrás, eran individuos.

Han sido derrotados sin percatarse y han hundido el proyecto de juventud que perseguían de formar un yo único, para entrar a formar parte de una masa amorfa por la que deambulan perdidos.

Suben a los vagones para unirse al naufragio, algunos aún están medio vivos y luchan por no sentarse, por no tocar, para evitar los microbios, las enfermedades contagiosas que por allí se pasean en busca de su próxima víctima, procuran alejarse de los olores bajos de la metálica madriguera común que recorre esos raíles, transportándolos siempre al mismo punto de desolación. Recorriendo una y otra vez, a diario, en medio de una ciudad que se ha hecho demasiado grande y mucho más absurda, se pierden otro día más entre la muchedumbre de la que saben forman parte.

La rutina ha causado estragos y ya no son conscientes de adonde van, quizá les dé igual o, simplemente, quieren olvidarse porque son conocedores de lo que les espera.

Caminad pues, volved a sentir el aire en ese rostro derrotado sin aparentes músculos al que creéis irremisiblemente perdido. La vida aún está, sólo tenéis que apearos del metro y volver a luchar por aquel proyecto que un día tuvisteis: ser vosotros mismos.

2 comentarios sobre “La rendición del individuo

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    1. Gracias, Santiago por tu estupendo comentario.

      Considero que rendirse es una forma de morir, para vivir hay que luchar de forma constante, enfrentándose cada día a algo.

      Estoy contigo, yo también prefiero caminar.
      Un saludo,
      Livia

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