El asesinato de James

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La verdad es que conocer a James era todo menos un placer.

Su personalidad mezquina y desordenada te invitaba a marcharte en cuanto le estrechabas la mano.

Se había criado en las calles y de ellas había aprendido todo y un poco más. No había agujero de las cloacas que no conociese y que no controlase.

Coincidí unas cuantas veces con él en el club en el que solía reunirme con viejos amigos y me gustaba observarle. Más que nada su aspecto vulgar, sus ademanes de mafioso que se notaban hasta en cómo sacaba el fajo de billetes que solía llevar en el bolsillo. Todos sus gestos atraían mi atención como si de un imán se tratase.

Era un tipo duro, sí lo era.

Las noches y aquel local eran lo suyo. Ese era el centro donde se cuajaban todas las decisiones o todas las venganzas.

El local era bastante atractivo, sobre todo por su música y su comida, pero cuando James aparecía, todo se convertía en una alcantarilla de la que sólo te apetecía escapar. Era imposible obviar su presencia.

La noche en que su mejor amigo, Loren, entró en el club empuñando un arma, todos dicen, que miraron hacia otro lado. Sonaron varios tiros y un extenso charco de sangre se extendió por el suelo. Sin embargo, la reacción de todos los allí presentes fue la misma, incluso la orquesta alzó el volumen de sus voces y los instrumentos sonaron con más intensidad.

Y James desapareció. La policía se sirvió de la versión falsa de los clientes del local. Procuró no ahondar en detalles que todo el mundo quería evitar escuchar. Y se cerró el caso. A nadie le importó el asesinato de James. El se había dedicado a ello durante toda su vida de mafioso, labrándose así una gran reputación como ganster.

Hoy, entre recuerdos y ginebra, la historia de James sigue recordándose, entre los que siguen acudiendo al local. Se habla de ella en el mismo tono  que si hablasen de lo que van a cenar.

Sin embargo, lo cierto es que desde que James no se pasea por las calles de la ciudad, la música suena más alegre y la comida sabe mejor.

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