Debería

Debería

Debería decirte lo que siento antes de que te vayas.

Debería hablar mientras la luz tenue de la cocina aún alumbra la cena fría.

Debería alzar la copa para brindar por tus logros para que el día no se tuerza al anochecer.

Debería atentenderte para no hundirme en mis recuerdos.

Debería tomar partido.

Debería borrar de la bandeja de entrada todos esos correos.

Debería ofenderme.

Debería pelear y manifestar mi opinión sin miedo, pues nadie escucha.

Debería luchar en tu guerra.

Debería escuchar toda esa música olvidada sin esperar ni un solo instante.

Debería contestar cada llamada .

Debería sumarme al coro de vecinos que desayunan temprano y hablar con ellos despacio.

Debería entender el discurso ajeno.

Debería planchar los vestidos y tirar los zapatos viejos.

Debería cuidar los sentimientos y recogerme el pelo.

Debería mirarte a los ojos, pero me sobran las promesas.

Debería escuchar, olvidar y callarme.

Pero hoy no puedo, quizá mañana.

Una mujer sin paraguas

 

München (Marienplatz)

Nunca me han gustado los paraguas.

Me niego a llevar un objeto en las manos que me impida moverme con libertad.

Si el frío o la lluvia son excepcionales, me inclino por los gorros, los sombreros, las capuchas o las boinas. Si llueve o hace una frío moderado, me mojo el pelo o me meto en una cafetería.

El tiempo nunca me ha impedido salir. En todos los países y ciudades en los que he vivido ha hecho frío, mucho frío. No esperaba otra cosa. Es verdad también que me he quejado del calor. No sabía cómo luchar contra él, es cierto.

Ahora, a medida que pasan los años, eso del frío se me hace más cuesta arriba.

Hace unos días estuve en Munich. El frío era justo el que esperaba, ni más ni menos. Un frío poco acogedor. Implacable. Mi frío. El de siempre. Si vas a Munich en febrero y esperas otra cosa, es pura ingenuidad.

Cuando el avión tomó tierra, una densa niebla nos esperaba en la pista. Normal. Todo muy normal. Aterrizar sin ver es lo que se lleva por esas tierras. Para eso están los radares. Cada vez que aterrizo así, sé que el suelo estará conmigo antes de lo que espero. Y me gusta que sea así. Que me sorprenda rozar la pista.

Sabía que era un viaje hacia el frío y éste no desaparece por quejarse, si lo hiciera, me quejaría.

Un cielo plomizo e inmóvil, no me impidió disfrutar de los muchos placeres de la ciudad. Una grandiosa urbe llena de todos los olores y sabores en los que deseaba hundirme de nuevo.

Nunca he soportado el Glühwein, ese vino tinto caliente para deshacerse del frío. Prefiero la sopa. Opté por un café.

La ventaja de los sitios en los que hace tanto frío es que la calefacción siempre te acoge, si pasas más del tiempo necesario en el país, también te cansa. Ocurre otro tanto con el aire acondicionado y el calor. Nada es perfecto en la vida. Las cosas son así y adaptarse es de sabios. Quejarse no.

Ahora busco climas más gratos, más cálidos, con luces que me tienten y en las que no te espere esa temprana oscuridad diurna, que antes me bastaba suplir con velas.

Ahora busco el sol. Voy entendiendo paulatinamente a todos esos turistas poseídos por la fiebre del sol. Siempre los había criticado y aún lo hago, pero el frío, que sigo llevando muy bien, cansa, sí es cierto, ahora ya cansa.

Y aunque es verdad que continuo alegrándome de estar rodeada de hielo y nieve, mientras dejo que esa brisa helada se pasee por mi rostro cuando serpenteo por las calles de Centroeuropa, ahora me arrimo al calor. Lo confieso.

Aun así, seguiré viajando hacia el frío sin paraguas. No me gustan los paraguas, nunca me han gustado, no los uso y nunca lo haré.

Marienplazt (Munchen)

Mi nuevo libro “Historias para antes de dormir”

Hoy me gustaría comunicaros que mi libro “Historias para antes de dormir” ya está disponible en formato electrónico en Amazon Kindle.

El libro consta de una selección de mis entradas más populares que van desde el humor, el suspense, la hipocondría, las reflexiones o los sentimientos.

Podéis descargaros la aplicación de forma gratuita y adquirirlo a través este enlace.

Espero que lo disfrutéis.

Un saludo a todos y gracias por vuestro incondicional apoyo desde que empecé a escribir este blog.

El abismo

3710716_640px

Se incorporó rápidamente y miró a su alrededor. Estaba demasiado oscuro para alcanzar a ver nada. Dio unos pasos hasta que comenzó a notar que la tierra se ablandaba bajo sus pies.

Se arrodilló y comenzó a palpar con las manos hasta que una de ellas, no rozaba nada semejante a la tierra en la que se apoyaba la otra.

En un esfuerzo supremo por vislumbrar algo en una noche tan oscura, y aún temblando tras el accidente, pudo ver un enorme agujero a tan solo unos centímetros de sus rodillas.

Se asomó al borde de un precipicio. Un agujero abismal aún más oscuro que la noche en la que se encontraba preso.

Se alejó cuanto pudo y volvió a ponerse en pie. Estaba desorientado.

La luz de la luna comenzó a alumbrar con tenues rayos una especie de sendero que parecía hallarse a kilómetros de distancia. Nada, excepto esto, servía como punto de referencia, ni un árbol, ni una casa, ni una persona…

Trató de escuchar algún ruido de los muchos que existen en la noche, pero sólo oyó el viento en sus oídos. Lo que le produjo una sensación de soledad que casi no recordaba.

No sabía si había supervivientes, aunque era bastante improbable.

Un deseo violento y repentino de volver corriendo al camino se apoderó de él. Al mismo tiempo, se palpó suavemente el móvil en el bolsillo del pecho. Un absurdo pensamiento se coló en su mente y lo intentó. Sin señal.

Empezó a caminar para intentar acercarse al sendero y alejarse del abismo.

Curiosamente, no sentía vértigo, una sensación que sí se había apoderado de él en aquella ridícula y vieja avioneta en la que los habían trasladado.

Tuvo la prudencia de no mirar a la derecha, pues allí se hallaba el temido borde, de bajada constante y empinada.

La monotonía de sus pasos lo llevó a un estado mental no muy diferente al que lo había llevado la conferencia escuchada el día anterior. Un viaje tan lejano para escuchar a alguien que no había dicho nada. Absolutamente nada, en una de esas charlas repetidas hasta la saciedad en la que, los diversos conferenciantes, sólo se dedican a pasarlo bien a costa de la institución que los envía.

Ese hastío constituía la mejor arma para luchar contra el miedo. No sabía si prefería perderse para siempre en esas llanuras luchando por su vida, rodeado de un oscuro abismo, o si regresar al vacío del abismo en el que hacía años se había convertido su vida.

Había caminado ya un buen trecho de la gigantesca llanura y, ahora, la luna, que estaba justo encima, daba la luz suficiente.

Podía ver ya claramente el camino terroso que lo conduciría de nuevo a la civilización y sus conferencias.

Giró la cabeza y miró los pasos que lo separaban del enorme abismo al que había estado a punto de caer. Miró hacia la enorme luna que pendía de un cielo plagado de sonrientes estrellas.

Y regresó sobre sus pasos para encaminarse, de nuevo, al abismo sin perder de vista la suave luz de la luna.

En tierra de nadie

3ae9980e0575f7ebad3dc04448db5f30

Roger destapó el tarro de café y comprobó que no quedaba mucho.

Mientras esperaba a que la máquina preparase lo único que podía servirle de alivio en aquel momento, se sentó en la mesa de madera de la cocina. La mesa de las crisis y las crisis eran siempre con café. Sólo que ella solía estar presente en ellas y ahora ya no estaba.

Era noviembre. Una mañana difícil de sortear, aún para un hombre como él que había sobrevivido a muchas mañanas durante cincuenta y ocho años.

Hacía dos meses ya que ella lo había abandonado y noviembre era una de las pocas cosas que llegaban. Y después de noviembre, diciembre, enero y un mes se confundiría con otro en medio de su absurda existencia. Una vida en tierra de nadie.

Se levantó con la mirada perdida para servirse una taza de aquel negro brebaje que le recordaba las charlas en la cocina. Recuerdos era todo lo que le quedaba. Su vida se había vaciado de un plumazo, de la noche a la mañana y él no podía mirar más que hacia el pasado. El presente era borroso y solitario. No había motivo para la lucha sin que ella estuviese con él.

Y, sin embargo, sabía que él había sido el único culpable de esa marcha. Sus errores habían desembocado en aquella situación que era lo último que hubiese esperado. Nunca sabes cómo van a reaccionar las personas, por mucho que las conozcas.

Hace años ella se hubiese quedado, pero ahora no. Si algo le producía pavor a su mujer es perder su vida en una lucha inútil y él con sus toscas palabras le había demostrado que lo era.

Antes él desconocía que las palabras podían cambiar la vida de dos personas de una forma tan radical, tan sangrante.

Un hombre que había temido a cuchillos y a balas, pero nunca a las palabras, por eso no las había respetado. Se había saltado todas la reglas. Había dicho frases que ningún hospital podía curar. Y así, había matado de un solo golpe el amor que ella sentía por él.

Su imprudencia al expresarse lo había dejado allí, en esa casa vacía, sentado ante esa sólida mesa de madera, solo ante una taza de café, en medio de una cocina que una vez había estado llena de vida, planes y sentimientos.

Siempre se puede hablar. Se puede hablar de todo, pero no se puede disparar a matar e intentar olvidarlo. Hay palabras que se clavan como estacas ardiendo en el corazón de las personas, palabras envenenadas, palabras hirientes que destruyen sin remedio.

Después de aquellas frases teñidas de veneno, ella no había respondido y él, en su ignorancia, había pensado haber ganado la batalla de una discusión absurda, sin saber que en realidad, había perdido la guerra.

La única guerra que hubiese merecido la pena ganar: Vivir junto a ella.

Obsesionado

682f97c013c1f95ca3a81d767c15a6bb

Había pocas cosas que no me gustasen de ella.

No podía dejar de observar su manera tambaleante de caminar sobre aquellos tacones inexplicables.

No me explicaba la crueldad de su rostro, ni la repentina aparición de su belleza al sonreír.

Me hechizaba el poder de atracción de cada uno de sus gestos.

Me obsesionaba pensar que se concentraba para decidir si me quería o no en su vida, si me prefería delgado, musculoso, callado o muerto.

Sé que no sabía si deseaba abadonarme.

Me atormentaba su escrupulosa mirada sobre cada unos de mis movimientos.

En realidad, no importaba porque hiciera lo que hiciera, no podía dejar de pensar en ella como un misterio que jamás alcanzaría a descifrar.

Desde que aquel día lluvioso y gris en aquella ciudad rota por disparos de guerras inútiles, no he dejado de morir por puro miedo a que un día me aparte de su vida y no volvamos a compartir esos pequeños bocados de existencia juntos.

No quiero volver a sentirme solo, furioso y desencantado en esas noches de alcohol y mañanas de resaca en las que me mantenía despierto cuando todo el mundo dormía.

Prefiero la agonía de cada minuto con ella.

El arte de improvisar

c5a6b3f3c3c25ced32677c6cad56a6a2

Hace años conocí a una mujer menuda, nerviosa, impaciente, capaz de hacer desaparecer el mundo a su alrededor con sólo abrir un libro, con ingenio, sentido del humor y un entusiasmo contagioso que no dejaba indiferente a nadie.

Una persona ingenua e incapaz de mentir ni para hacer felices a sus hijos con los Reyes Magos. Una mujer con una tendencia casi enfermiza a dar explicaciones, a esclarecer lo que ya estaba claro, por si quedaba alguna duda. Meridianamente claro, sin ambigüedades. Coqueta y con un exacerbado sentido de la estética. Una persona con una locuacidad que enganchaba. Poco diplomática y, por ello, sincera, directa, con un sentido claro de la justicia y de carácter genéticamente irascible, que hacía que su rostro plagado de gestos se llenase de colores como un árbol de Navidad durante unos cortos e intensos instantes que la hacían más graciosa.

Durante su infancia había huído de un ambiente familiar casi enfermizo, a través de los libros, que le habían regalado tardes apartada de su odiado libro de matemáticas. Tardes en las que la soledad, la había llevado a pintar sin cesar sobre miles de hojas en blanco. Horas en las que se había escapado al cine para evadirse y contemplar a James Dean en sesión continua para poder soñar que a él sólo le gustaban las mujeres morenas.

Una mujer cuyas cualidades sólo apreciaron aquellos que la conocieron en persona, alguien que, hoy en día, sigue saciando una curiosidad que parece no tener fin.

Ella sola era capaz de convertir una reunión de muertos vivientes en toda una fiesta, podía conseguir que todos los pasajeros de un avión con problemas de aterrizaje hablasen sobre política o que cualquier conversación con ella en una terraza hubiese sido el contrato del siglo para cualquier anunciante.

Recuerdo que, hace algunos años, la ví entrar en la pequeña sala de una casa privada para tomar algo con unos catedráticos de universidad carentes, como mínimo, de un cerebro pensante. Aún puedo ver a todos aquellos intelectuales cabizbajos incapaces de formar una frase, sin saber qué decirse. Pronunciando monosílabos perdidos en un discurso inexistente.

Desde una esquina de la habitación yo observaba cómo todos sujetaban sus copas, mirando alternativamente a éstas y a la alfombra. Sostenían sus vasos intentando, mediante un esfuerzo del intelecto al que no estaban acostumbrados, pensar en formar alguna frase que cortase aquella tensión tan absurda, aquella incomodidad inexplicable.

Recuerdo ver cómo en medio que todo aquello, esta menuda mujer, con su habitual nerviosismo y sus pantalones ceñidos, entró en la sala, saludando con gran naturalidad, uno por uno, a todos aquellos taciturnos profesores y regalando a cada uno de ellos la frase más apropiada. Su ingenio era puro nerviosismo, pero era ingenio al fin y al cabo.

Recuerdo haberla visto sentarse, servirse algo y, ante aquel silencio difícil de soportar, comenzar una conversación con su peculiar soltura sobre temas comunes para después, interesarse por la vida de todos. Y haber logrado en pocos segundos un ambiente distendido, en el que todo comenzó a fluir de un modo que antes parecía imposible.

Era curioso observar cómo improvisaba. Era lo que mejor se le daba. Nunca trazaba un plan, no tenía ni idea del tema que iba a sacar, pero cuando empezaba, hilaba como una costurera profesional y acababa bordando los acontecimientos, haciendo reír, soñar y, muchas veces, librando a los afortunados que la rodeaban de cualquier preocupación.

Usaba su charla para desahogar su timidez, porque era muy tímida, aunque fuese difícil de averiguar. No le gustaba ser el centro de nada y sé que, en muchas ocasiones, le hubiese gustado desaparecer. Precisamente era en estos momentos cuando más hablaba, empujada por un profundo afán de que la gente se fijase en sus palabras, y no en ella. No podía negarse que tenía grandes habilidades sociales y estaba dotada de un gran sentido del humor.

Esta mujer embutida en unos vaqueros blancos y su pelo negro retirado de la cara, cortaba cualquier silencio. No podía evitar mostrar su esencia, su vitalidad, por mucho que se escondiese, brillaba.

Y, una vez más, había logrado, animar la reunión, todos hablaban contagiados por su magia. Hablaban sobre sus vidas, su preocupaciones, sus miedos, su trabajo. Ella escuchaba con atención para, más tarde, responder con su habitual espontaneidad provocando casi siempre una carcajada. Su intención nunca era conquistar, pero lo hacía sin percatarse.

Y yo la observaba, callada, desde una esquina, entre orgullosa y celosa. Me gustaba verla.

Así era, y es, única, atolondrada, inteligente, ingeniosa, generosa y simpática.

Una mujer que aunque quiera evitarlo, no puede dejar de darlo todo.