El arte de improvisar

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Hace años conocí a una mujer menuda, nerviosa, impaciente, capaz de hacer desaparecer el mundo a su alrededor con sólo abrir un libro, con ingenio, sentido del humor y un entusiasmo contagioso que no dejaba indiferente a nadie.

Una persona ingenua e incapaz de mentir ni para hacer felices a sus hijos con los Reyes Magos. Una mujer con una tendencia casi enfermiza a dar explicaciones, a esclarecer lo que ya estaba claro, por si quedaba alguna duda. Meridianamente claro, sin ambigüedades. Coqueta y con un exacerbado sentido de la estética. Una persona con una locuacidad que enganchaba. Poco diplomática y, por ello, sincera, directa, con un sentido claro de la justicia y de carácter genéticamente irascible, que hacía que su rostro plagado de gestos se llenase de colores como un árbol de Navidad durante unos cortos e intensos instantes que la hacían más graciosa.

Durante su infancia había huído de un ambiente familiar casi enfermizo, a través de los libros, que le habían regalado tardes apartada de su odiado libro de matemáticas. Tardes en las que la soledad, la había llevado a pintar sin cesar sobre miles de hojas en blanco. Horas en las que se había escapado al cine para evadirse y contemplar a James Dean en sesión continua para poder soñar que a él sólo le gustaban las mujeres morenas.

Una mujer cuyas cualidades sólo apreciaron aquellos que la conocieron en persona, alguien que, hoy en día, sigue saciando una curiosidad que parece no tener fin.

Ella sola era capaz de convertir una reunión de muertos vivientes en toda una fiesta, podía conseguir que todos los pasajeros de un avión con problemas de aterrizaje hablasen sobre política o que cualquier conversación con ella en una terraza hubiese sido el contrato del siglo para cualquier anunciante.

Recuerdo que, hace algunos años, la ví entrar en la pequeña sala de una casa privada para tomar algo con unos catedráticos de universidad carentes, como mínimo, de un cerebro pensante. Aún puedo ver a todos aquellos intelectuales cabizbajos incapaces de formar una frase, sin saber qué decirse. Pronunciando monosílabos perdidos en un discurso inexistente.

Desde una esquina de la habitación yo observaba cómo todos sujetaban sus copas, mirando alternativamente a éstas y a la alfombra. Sostenían sus vasos intentando, mediante un esfuerzo del intelecto al que no estaban acostumbrados, pensar en formar alguna frase que cortase aquella tensión tan absurda, aquella incomodidad inexplicable.

Recuerdo ver cómo en medio que todo aquello, esta menuda mujer, con su habitual nerviosismo y sus pantalones ceñidos, entró en la sala, saludando con gran naturalidad, uno por uno, a todos aquellos taciturnos profesores y regalando a cada uno de ellos la frase más apropiada. Su ingenio era puro nerviosismo, pero era ingenio al fin y al cabo.

Recuerdo haberla visto sentarse, servirse algo y, ante aquel silencio difícil de soportar, comenzar una conversación con su peculiar soltura sobre temas comunes para después, interesarse por la vida de todos. Y haber logrado en pocos segundos un ambiente distendido, en el que todo comenzó a fluir de un modo que antes parecía imposible.

Era curioso observar cómo improvisaba. Era lo que mejor se le daba. Nunca trazaba un plan, no tenía ni idea del tema que iba a sacar, pero cuando empezaba, hilaba como una costurera profesional y acababa bordando los acontecimientos, haciendo reír, soñar y, muchas veces, librando a los afortunados que la rodeaban de cualquier preocupación.

Usaba su charla para desahogar su timidez, porque era muy tímida, aunque fuese difícil de averiguar. No le gustaba ser el centro de nada y sé que, en muchas ocasiones, le hubiese gustado desaparecer. Precisamente era en estos momentos cuando más hablaba, empujada por un profundo afán de que la gente se fijase en sus palabras, y no en ella. No podía negarse que tenía grandes habilidades sociales y estaba dotada de un gran sentido del humor.

Esta mujer embutida en unos vaqueros blancos y su pelo negro retirado de la cara, cortaba cualquier silencio. No podía evitar mostrar su esencia, su vitalidad, por mucho que se escondiese, brillaba.

Y, una vez más, había logrado, animar la reunión, todos hablaban contagiados por su magia. Hablaban sobre sus vidas, su preocupaciones, sus miedos, su trabajo. Ella escuchaba con atención para, más tarde, responder con su habitual espontaneidad provocando casi siempre una carcajada. Su intención nunca era conquistar, pero lo hacía sin percatarse.

Y yo la observaba, callada, desde una esquina, entre orgullosa y celosa. Me gustaba verla.

Así era, y es, única, atolondrada, inteligente, ingeniosa, generosa y simpática.

Una mujer que aunque quiera evitarlo, no puede dejar de darlo todo.

5 comentarios en “El arte de improvisar”

  1. Hmmm… Segunda vez que me ocurre, Li, que me resulta tan familiar ese personaje… Y que, por otra parte, es lo que me digo siempre: cuando un personaje está bien trazado, termina por serte muy, pero que muy familiar. Hasta la imagino de niña, entrándole los consejos por un oído y saliéndole por el otro, huyendo de las Mates y de la Física o la Química por la ficción escrita o el cine… Y tensiones ambientales a ella, ¡huy, qué risa! Ya te digo, como si fuera mi propia hermana. Enhorabuena, queridiña.

    1. Es extraño que todo mis “personajes” te resulten tan familiares. Como muy bien sabes, es fácil confundir la realidad con la ficción.

      Quizá sean mis descripciones o puede que hayas conocido a personas parecidas hace años.

      Pues me alegro de haberla descrito “tan bien” que, leyéndome pienses que hablo de tu propia hermana.

      O soy muy buena o quizá se trate de tu hermana 🙂

      Un beso y gracias por el comentario.

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