En tierra de nadie

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Roger destapó el tarro de café y comprobó que no quedaba mucho.

Mientras esperaba a que la máquina preparase lo único que podía servirle de alivio en aquel momento, se sentó en la mesa de madera de la cocina. La mesa de las crisis y las crisis eran siempre con café. Sólo que ella solía estar presente en ellas y ahora ya no estaba.

Era noviembre. Una mañana difícil de sortear, aún para un hombre como él que había sobrevivido a muchas mañanas durante cincuenta y ocho años.

Hacía dos meses ya que ella lo había abandonado y noviembre era una de las pocas cosas que llegaban. Y después de noviembre, diciembre, enero y un mes se confundiría con otro en medio de su absurda existencia. Una vida en tierra de nadie.

Se levantó con la mirada perdida para servirse una taza de aquel negro brebaje que le recordaba las charlas en la cocina. Recuerdos era todo lo que le quedaba. Su vida se había vaciado de un plumazo, de la noche a la mañana y él no podía mirar más que hacia el pasado. El presente era borroso y solitario. No había motivo para la lucha sin que ella estuviese con él.

Y, sin embargo, sabía que él había sido el único culpable de esa marcha. Sus errores habían desembocado en aquella situación que era lo último que hubiese esperado. Nunca sabes cómo van a reaccionar las personas, por mucho que las conozcas.

Hace años ella se hubiese quedado, pero ahora no. Si algo le producía pavor a su mujer es perder su vida en una lucha inútil y él con sus toscas palabras le había demostrado que lo era.

Antes él desconocía que las palabras podían cambiar la vida de dos personas de una forma tan radical, tan sangrante.

Un hombre que había temido a cuchillos y a balas, pero nunca a las palabras, por eso no las había respetado. Se había saltado todas la reglas. Había dicho frases que ningún hospital podía curar. Y así, había matado de un solo golpe el amor que ella sentía por él.

Su imprudencia al expresarse lo había dejado allí, en esa casa vacía, sentado ante esa sólida mesa de madera, solo ante una taza de café, en medio de una cocina que una vez había estado llena de vida, planes y sentimientos.

Siempre se puede hablar. Se puede hablar de todo, pero no se puede disparar a matar e intentar olvidarlo. Hay palabras que se clavan como estacas ardiendo en el corazón de las personas, palabras envenenadas, palabras hirientes que destruyen sin remedio.

Después de aquellas frases teñidas de veneno, ella no había respondido y él, en su ignorancia, había pensado haber ganado la batalla de una discusión absurda, sin saber que en realidad, había perdido la guerra.

La única guerra que hubiese merecido la pena ganar: Vivir junto a ella.

2 comentarios sobre “En tierra de nadie

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  1. A veces no nos damos cuenta de que el arma más peligrosa que tenemos es la que llevamos con menos cuidado… nuestras propias palabras. Dicen que las palabras se las lleva el viento, soy más de pensar que algunas palabras se nos quedan marcadas a fuego en la memoria o el corazón. Puedes curarte, pero la cicatriz queda. Como siempre sientas cátedra y me llevas por donde quieres a golpe de letra.
    Beso

    1. Efectivamente, Fer. Hay que tener mucho cuidado con las palabras que se utilizan, pues son más peligrosas de lo que pensamos.
      Gracias por tu estupendo comentario.
      Un beso,
      Livia

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