Rainy Mood

Rainy Mood

Speak and I will answer

Your silence is too noisy.

 

Don´t let me down again

And let me read your pain.

 

Your silence is the end

I will not ask again.

 

I long for the sound of your voice,

Cause I´m obsessed by its noise.

 

The past is too crowded,

And the present is haunted.

 

Fear the rainy days without me

And the shadows of our tree.

 

Break your ice

And let me in

 

Or I´ll let you go forever

And you know I won´t be back.

 

Dare to be yourself again,

And I´ll be your lover till the end.

Los mansos

Los mansos

Me paralizan las multitudes

Me angustian

No entienden

No oyen

Y mucho menos escuchan

He logrado enmudecer más

Mis palabras son en vano

Soy la mejor paciente de mi espejo

Es tarde para que la ventisca cese

Cuando la noche es lenta, me escapo a pensar

Los días son absurdos rodeada de mansos

Lo he abandonado todo para seguir viva

El tono de mi voz es más bajo

Para que me escuchen menos

Hablo bajito

Casi no hablo

Dejo que deambulen en paz

Es demasiado tarde

Son demasiado mansos

Y están sordos

 

Asuntos de sangre

Asuntos de sangre

Esperaba por él sentado en el bar de siempre, con los ojos hundidos en la copa casi vacía. Se sentía enfadado consigo mismo porque se había prometido que no le iba a prestar dinero una sola vez más. Sin embargo, había vuelto a acceder a su petición de ayuda. Probablemente, si no se hubiera quedado sin padres a los pocos meses de nacer, no sentiría este vínculo tan fuerte con su hermano, al que, sin embargo, hacía solo un par de años que conocía.

 

Thomas apareció tarde y corriendo, como era su costumbre. Nervioso, se sentó en la barra junto a él. Lucas levantó la mirada y pidió que les sirviesen dos copas. Su hermano no cesaba de hablar de sí mismo, en una especie de verborrea imparable en la que enlazaba un problema con otro, detallando sus deudas de juego y lo que le pasaría si no las saldaba. Agradecía lo que su hermano, que seguía con la mirada perdida en algún punto de la de barra de madera del bar, estaba a punto de hacer: darle el dinero.

 

Sólo que esta vez, si lo hacía, jamás volvería a recuperar su vida, pues el dinero que le iba a entregar era el único del que disponía. “Me he visto obligado a pedir un préstamo al banco para hacer esto por ti, pero ya no puedo asumir ni ese pago mensual”, dijo a su hermano como quien explica que está condenado a muerte. “Es sólo dinero. Ya saldrás adelante”, replicó Thomas sin darle mucha importancia.

 

Sin tan siquiera volver la cabeza para mirarlo y con la absoluta certeza que proporciona la desilusión, entregó el sobre. No pasaron ni minutos antes de que su hermano Thomas abandonase el local con grandes prisas.

 

No volverían a verse. Lucas, iba a terminar con todo, con una existencia que resultaba imposible, porque estaba convencido de que el hueco de deudas sin fin de su hermano crecería hasta que un día lo matasen sin que él pudiese evitarlo. Pero ya no podía hacer nada más por él, ni tampoco por sí mismo, ambos habían sido arrastrados por el mismo destino cuando sus vidas se cruzaron y a causa de un estúpido vínculo sanguíneo al que jamás debió someterse.

 

Antes de haber tomado la decisión, lo había intentado todo, reducir gastos, como dejar de comer fuera, algo que le gustaba ya que vivía solo. También se había visto obligado a controlar sus salidas al cine, uno de sus mayores placeres tras las cenas. Tampoco podía comprarse ropa. Había vendido su flamante Porche y se había comprado un coche modesto de segunda mano, que ahora se caía a pedazos. Caminaba por la nieve con unos zapatos inapropiados que, en cualquier otra circunstancia de su vida, no habría dudado en substituir por otros nuevos. Pero ahora todo, hasta comer, era un lujo del que debía olvidarse.

 

Se sentía hastiado, preso de un cansancio más mental que físico. Había pensado en cambiarse de nombre y adoptar una personalidad falsa, pero no le quedaban fuerzas para ejecutar ningún plan, y estaba solo, sus amigos le habían demostrado que no lo eran, otro golpe, pues siempre había contado con favores exclusivos, así como con auténticas y extensas charlas sobre la amistad. Todo se había ido al garete en cuanto había dejado de frecuentar los lujosos restaurantes de los que era habitual y en los que las botellas de Möet & Chandon se abrían en cuanto traspasaba la puerta. Nunca se había percatado de que las facturas habían sido siempre a su cargo, ni tampoco de que las sonrisas eran fingidas. Ahora su vida se había oscurecido por la claridad con la que lo veía todo.

 

Había intentado jugar en el casino, pero no era lo suyo. En su desesperación, se había lanzado a probar cualquier cosa que pudiera alejar el yunque que sentía en el pecho y que no cesaba de ahogarlo. Había probado incluso con la cocaína, a la que se descubrió alérgico, ya que cada vez que la esnifaba sus ojos se llenaban de lágrimas y la respiración se le hacía difícil.

 

Mientras recorría las calles heladas teñidas de un gris desolador, un único pensamiento martilleaba su mente: el suicidio. No concebía otra solución. Lo haría al llegar a casa, puede que se ahorcase o que tomase pastillas o que abriese la llave del gas y se quedase dormido para siempre. Ya nada importaba.

 

Entró en un bar a tomar la última copa de su vida, un sitio oscuro y tétrico cuyo ambiente le hubiese causado terror en otras circunstancias. Quizá tuviese suerte y lo matasen allí mismo.

 

Después de varias copas, descubrió un pequeño cuarto al final de la barra que conducía a otra parte del local. No prestó mucha atención y desvió la mirada hacia el camarero para pagar con las únicas monedas que le quedaban. Entonces, un hombre musculoso, con tatuajes por todo el cuerpo, se acercó hasta él y le susurró varias frases al oído. Él se detuvo a pensar durante unos instantes, después lo miró y, segundos después, lo siguió hacia ese lugar escondido que conducía a un sótano aislado situado en la planta de debajo del bar.

 

Y allí comenzó el juego. Se sentó y sin pensárselo dos veces se puso la pistola en la sien. Estaba fría. Apretó el gatillo. Disparó sin pestañear y todos los hombres de la mesa doblaron su dinero. Su cara no reflejaba ningún tipo de emoción. Sin apenas inmutarse lo intentó de nuevo en aquel garito clandestino.

 

Cuando salió, parecía que había dejado de nevar pero aun así decidió ir a comprarse aquellos zapatos. Por si acaso. Llevaba en sus bolsillos más de veinte mil euros.

Momentos en la jaula

 

 

Momentos en la jaula

Ella se saca los pantalones y se queda con las piernas descubiertas.

Cansada de mojarse los pechos y la blusa para ducharlo y de sus quejas cada vez que lo toca con las manos heladas, esta vez se le ha ocurrido cubrirse con una chaqueta.

Lo agarra para que se sienta más seguro y se tapa ambas manos con las mangas de lana para que él no note el frío.

Una vez que el agua de la ducha empieza a fluir, se remanga hasta los codos y comienza a lavarlo.

Él apenas se sostiene y se agarra con fuerza a la tubería de metal que sostiene la cabeza de la ducha.

Él disfruta del agua caliente mientras las piernas de ella, al igual que parte de la lana que cubre sus pechos se mojan hasta quedar empapada. No importa, ocurre a diario. Es otra cosa más en un mar de tantas otras.

Escucha cada cinco minutos como él le dice que le siguen gustando mucho sus piernas.

Ella sonríe.

Un ritual diario. Pesado. Monótono.

El ritual de cuidar de alguien día tras día, excepto las horas en que a él se lo llevan.

Horas ocupadas por prisas. Horas que se escapan demasiado rápido por mucho que ella intente retenerlas, que se van tan deprisa como el agua de la ducha entre sus manos.

Tiempo que, de tanto querer apurar, casi siempre acaba desperdiciando.

Y luego vienen las horas de encierro. Ese tiempo vacío que ella le regala. Tiempo de vida en el que ella muere un poco por él.

Tras un pasado plagado de años de hielo entre ambos, los mismos que ahora se ríen como dos adolescentes metidos en esa ducha diaria. A veces se ríen con ganas, otras sólo lo hacen conscientes de lo grave de la situación, en un desesperado intento de obviarla. De nada sirve no reírse. De nada sirve ya nada.

Y él que sigue mirándole las piernas después de tantos años de silencio.

Hace años que debió haberle confesado que aún le gustaban.

Una bofetada contra el asfalto

Una bofetada contra el asfalto

 

Estaban a punto de cruzar la calle.

El marido, moreno, bajo y gordo, agarraba de la mano a su delgada alta y rubia mujer que lucía una melena estratégicamente ondulada por manos expertas y que se hallaba pendiente de su cuidado aspecto, al que dedicaba horas.

Una niña de unos cinco años jugaba entre los pantalones de su madre y, de vez en cuando, se metía entre las piernas de su progenitor, el cual, a duras penas, podía mirarla sin fruncir el ceño y ordenarle que se estuviese quieta.

La madre iba vestida con ropa de marca de una calidad y precio excepcionales. Y según parecía, se sentía orgullosa de llevar a su lado a quien, sin duda, pagaba sus elevados gastos.

Guapa como era, había tardado demasiado tiempo en casarse y, tras muchos esfuerzos, lo había conseguido.

Los tiempos en los que se había visto obligada a salir sola o acompañar a amigas que ya habían pescado marido, pertenecían al pasado. Ya no hacía falta que dulcificase su tono al hablar para caer bien. Ahora, ya era una mujer casada y no necesitaba esforzarse más. Podía, por fin, descansar.

La niña era feliz correteando mientras la luz de aquel semáforo no daba paso a la pareja.

De pronto y sin mediar palabra, en un rapto de genio incontenido, la mano de él se posó violentamente en el rostro infantil de su hija. Y, en unos segundos, la cara de la criatura golpeó el duro asfalto. El cuerpo de la pequeña había sido arrastrado al suelo bajo el poder de aquel violento manotazo de odio desmedido que el hombrecillo no pudo, o no quiso, reprimir.

Se oyó un alarmante grito de dolor de la niña, que rompió a llorar al sentir la fuerza del duro asfalto sobre su cara. A causa del manotazo se había quedado tumbada en mitad de la acera. En su desesperación, levantaba sus brazos hacia su madre en un gesto de súplica, intentado que la cogiese entre sus brazos.

Él se disculpaba con su mujer, diciéndole que la niña lo había provocado ya que no dejaba de moverse.

Normal, las niñas de cinco años suelen mantenerse quietas, comportarse como estatuas de sal, raro es que jueguen y molesten.

La madre miraba al frente sin mover un músculo aunque el terror se podía leer claramente en su rostro.

Parece que, el gordo piernicorto, no sólo perdía los estribos con la niña, pues la reacción normal de una madre hubiese sido levantarla inmediatamente de la acera para comprobar que no se había abierto la cabeza.

Claro que, es de muy mala educación hacer gestos innecesarios en público y además, si te decantas por ayudar a tu hija, ¿quién te va a pagar la ropa en primavera?

Jugar otras cartas

Jugar otras cartas

Hora punta en Madrid, Zurich, Nueva York, Estocolmo.

Miles de personas se dirigen a los medios de transporte que son un hervidero de gente con prisa, maletines de trabajo, libros. Las caras son serias. Circunspectas. La mente está en el reloj, en el tiempo.

Las calles, los subterráneos, los pasillos de las diversas estaciones y las escaleras mecánicas se convierten en una carrera de obstáculos, de empujones sin sentido para llegar a un destino que no es el que buscan, sino al que deben llegar.

¿Por qué nadie sonríe? ¿Por qué no se saludan? ¿Por qué están tan serios? No hay nadie que no tenga el gesto rígido, serio, impertérrito.

¿Qué les sucede en el metro, en el tren o en el autobús?

Los pensamientos y acciones parecen controlados por notificaciones electrónicas, melodías para el móvil en las que mantienen sus miradas clavadas. Rostros impertérritos. Adustos.

Continúan sin pausa y sin percatarse del tiempo que no se detiene.

Años de sucesiones de nada más que cosas que hacer, sin pasión, años automáticos. Sucesiones de asuntos sin fin aparente.

Se despiertan por las mañanas con un único pensamiento “¿Qué tengo que hacer hoy?” Ducharme. Preparar el desayuno. El metro. Llegar a tiempo.

Nadas en una rutina robótica en la que ocupas tu mente tres pasos más allá, pero nunca en el presente. Ignoras tu existencia.

Las rutinas se suceden sin pausa con su efecto adormecedor.

Ya no existes. Te has olvidado hasta de eso.

Y un día, por una razón aparentemente estúpida, despiertas del sueño que te mantiene prisionero. Es un momento de pánico. Vuelves a ser consciente y echas la mirada atrás en una calle cualquiera. Te paralizas al pensar en los meses que han pasado uno detrás de otro. Y lo peor es que te ha dado igual.

Tu vida ha estado ocupada por otra persona a la que no reconoces porque no eres tú.

Vivir sin reflexión, sin saborear, ni mirar, ni oler, ni palpar. Sin estar allí. Qué estupidez ¿Quién te ha convencido? Ya no te acuerdas de cuándo empezaste. Pero lo cierto es que no estabas en tu vida. Caminabas con todos tus sentidos anulados en un acto consciente o inconsciente. Anestesiado por tus no necesidades. Persiguiendo lo que en realidad no quieres, pero que debes tener.

Paulatinamente abandonas todo aquello que consideras innecesario, aquello que no aporta nada. Sales de la carrera y dejas que los demás sigan corriendo.

Eliges el riesgo para probar si aún tienes capacidad de sentir algo.

Simplificas. El estrés se reduce. Parece que esas sensaciones, que ya no recordabas, regresan.

Comienzas tus momentos de paréntesis. Tus tiempos de pausa. Sin remordimientos.

Todo se clarifica. Te emborrachas de endorfinas.

Prefieres jugar a otras cartas a morirte de asco.