Jugar otras cartas

Jugar otras cartas

Hora punta en Madrid, Zurich, Nueva York, Estocolmo.

Miles de personas se dirigen a los medios de transporte que son un hervidero de gente con prisa, maletines de trabajo, libros. Las caras son serias. Circunspectas. La mente está en el reloj, en el tiempo.

Las calles, los subterráneos, los pasillos de las diversas estaciones y las escaleras mecánicas se convierten en una carrera de obstáculos, de empujones sin sentido para llegar a un destino que no es el que buscan, sino al que deben llegar.

¿Por qué nadie sonríe? ¿Por qué no se saludan? ¿Por qué están tan serios? No hay nadie que no tenga el gesto rígido, serio, impertérrito.

¿Qué les sucede en el metro, en el tren o en el autobús?

Los pensamientos y acciones parecen controlados por notificaciones electrónicas, melodías para el móvil en las que mantienen sus miradas clavadas. Rostros impertérritos. Adustos.

Continúan sin pausa y sin percatarse del tiempo que no se detiene.

Años de sucesiones de nada más que cosas que hacer, sin pasión, años automáticos. Sucesiones de asuntos sin fin aparente.

Se despiertan por las mañanas con un único pensamiento “¿Qué tengo que hacer hoy?” Ducharme. Preparar el desayuno. El metro. Llegar a tiempo.

Nadas en una rutina robótica en la que ocupas tu mente tres pasos más allá, pero nunca en el presente. Ignoras tu existencia.

Las rutinas se suceden sin pausa con su efecto adormecedor.

Ya no existes. Te has olvidado hasta de eso.

Y un día, por una razón aparentemente estúpida, despiertas del sueño que te mantiene prisionero. Es un momento de pánico. Vuelves a ser consciente y echas la mirada atrás en una calle cualquiera. Te paralizas al pensar en los meses que han pasado uno detrás de otro. Y lo peor es que te ha dado igual.

Tu vida ha estado ocupada por otra persona a la que no reconoces porque no eres tú.

Vivir sin reflexión, sin saborear, ni mirar, ni oler, ni palpar. Sin estar allí. Qué estupidez ¿Quién te ha convencido? Ya no te acuerdas de cuándo empezaste. Pero lo cierto es que no estabas en tu vida. Caminabas con todos tus sentidos anulados en un acto consciente o inconsciente. Anestesiado por tus no necesidades. Persiguiendo lo que en realidad no quieres, pero que debes tener.

Paulatinamente abandonas todo aquello que consideras innecesario, aquello que no aporta nada. Sales de la carrera y dejas que los demás sigan corriendo.

Eliges el riesgo para probar si aún tienes capacidad de sentir algo.

Simplificas. El estrés se reduce. Parece que esas sensaciones, que ya no recordabas, regresan.

Comienzas tus momentos de paréntesis. Tus tiempos de pausa. Sin remordimientos.

Todo se clarifica. Te emborrachas de endorfinas.

Prefieres jugar a otras cartas a morirte de asco.

 

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