Los peatones

 

 

Los peatones

Juro que he hecho todos mis ejercicios de respiración, de autocontrol, de mediocridad, pero no puedo aún caminar entre ellos. Son demasiado molestos.

Se paran sin importarles que haya gente detrás de sus trabajosos pasos. Son lentos. Carecen de reflejos. Están atontados por tantas sesiones ante la televisión o Internet. No están dotados de ningún reflejo, ni de visión lateral. Deberían ponerles espejos retrovisores en las orejas y ni aún así creo que torciesen la cabeza un ápice para mirar lo que tienen detrás.

Y me tienen a mí, siempre a mí, sorteándolos, saltando por las aceras entre estos obtusos zombis cerriles, siempre tropezando a causa de paradas inesperadas, siempre arriesgando la vida por intentar sortearlos para que no interrumpan mi camino.

No ocurre sólo en las aceras, ni en las calles peatonales, es en general, en mi vida porque son idiotas y es imposible que un idiota claudique o se fatigue. Además, hay muchos idiotas.

Me he portado bien. Me he mantenido alejada. He procurado interiorizar que no van a caminar con algún orden lógico, que no van a dejar fluir el tráfico de los peatones, que sólo pretendemos avanzar hacia nuestro destino. Ellos no tienen. Sé que se pararan cada vez que necesiten decir una frase, porque no pueden hacer dos cosas al tiempo.

No creo que existan como individuos, son masa, pues se comportan al unísono y si los miras de lejos no distingues uno de otro.

No se apartan, no se disculpan si te dan un golpe, sólo miran y miran mucho, miran a mi cara con la sorpresa e intensidad descarada de la estupidez y yo, les devuelvo la mirada en espera de esa pequeña disculpa por haberme empujado. Ese acto de comunicación que cuenta tan poco y que nos hace más humanos: La comunicación. Pero no pueden, les resulta imposible, sus cerebros no dan para tanto. Están concentrados en seguir arrastrando los pies, cambiado de ruta, ni izquierda, ni derecha, nada les convence. Es normal, a mí tampoco.

Juro que he hecho todos mis ejercicios de respiración, de autocontrol, de mediocridad. Me he portado bien. Me he mantenido alejada, pero no puedo evitar que sigan cruzando por mi vida.

El hotel del silencio

El hotel del silencio

Son las ocho de la tarde.

Observo el arco iris desde la suntuosa cafetería del hotel.

La calma del mar se pega directamente a mis movimientos que, desde que he deshecho las maletas, son lentos y pausados.

Un camarero, de los de antes, se acerca para servirme un vino blanco frío.

No ha sido un viaje largo pero me ha transportado a otro mundo.

Cierro los ojos un momento, y al segundo vuelvo a abrirlos ante la posibilidad de perderme alguno de esos instantes de sensaciones regaladas que me merezco.

Extraño que me diga a mí misma “me lo merezco”. Quizá sea cierto eso de que se mejora con los años, por lo menos en algunas cosas. Otras, como los defectos, se agravan.

No puedo dejar de admirar cómo los últimos rayos del sol de la tarde se han mezclado con ese arco iris tan extraño como multicolor.

El silencio del hotel en temporada baja es una bendición en todas sus formas.

Un silencio, que lejos de adormecerme, me despierta.

Los cristales me protegen de un mar que casi puedo rozar con los dedos de la mano. Una gaviota me mira suplicante detrás de ellos mendigando alguna de las enormes almendras que me han servido con el vino.

No pienso abandonar el hotel ni para cenar. Quiero ser su prisionera, como lo he sido de mí misma hasta que he entrado en él.

Llevo media hora mirando un punto azul en el mar que se extiende exultante ante mi extasiada mirada presumiendo de sus diversas tonalidades de azul.

Todo este rato, me ha parecido un segundo, una ráfaga en mi vida. Tengo sed de paz. Quiero más.

Echo un vistazo a la decoración del solemne alojamiento, y mientras repaso unos elaborados cortinajes, me pregunto cómo no me había dado cuenta de que estaba tan cansada del ruido.

Creo que  sólo puedes darte cuenta de esto sentada en medio aquel silencio.

Acaricio la copa de vino. Todo está envuelto en una lentitud que vuelve borrosos los antes y los después mientras una capa protectora aísla mi presente.

Oigo unos pasos en la lejanía que me obligan a desviar la mirada hacia la puerta de la cafetería. Un hombre joven aparece en el umbral y antes de tomar asiento en su mesa, indica al camarero con un rápido movimiento de barbilla que lo atienda con premura.

Camina con seguridad hacia mí mientras en su rostro se va dibujando una sonrisa.

Me besa, se sienta y me dice lo satisfecho que se encuentra por haber elegido ese hotel.

Sonrío contenta por verlo feliz. Yo también lo estoy.

Sin embargo, no puedo evitar preguntarme, ¿por qué el mundo vuelve a girar de nuevo ahora con tanta prisa? ¿Dónde está ese silencio que ya no puedo sentir? ¿Por qué se ha ido? ¿Por qué no se ha quedado ni la suplicante gaviota detrás de los ventanales? ¿Es que no sabe que ahora habrá más almendras en la mesa?

Quizá la que no me de cuenta de nada sea yo.