Desnuda en Gotemburgo

Avión a Goterburg

Cuando inicié este viaje pensé que no tenía mucho sentido, por tanto, lo que pudiese escribir durante el mismo tampoco iba a tenerlo.

Mi maleta perdida en Amsterdam. Nada que ponerme en Gotemburgo. Parecía que lo peor del viaje no había sido el irrespirable calor húmedo de Barcelona.

No es la primera vez, ya conozco el procedimiento y las sensaciones que se amontonan después. Prefiero obviarlo todo. Es repetido y me aburre repetir.

Cada vez que me abandonan todas las cosas que he pensado me acompañaban en el viaje, las misma sensaciones vuelven a mí. Frustración, enfado, un nuevo comienzo, otro reto, uno de tantos.

Una hoja en blanco en la que debes escribir sin tinta. Un acertijo para encontrarte a ti misma sin lo que, hasta hace un momento, creías imprescindible.

Una reunión en Gotemburgo con la cara lavada con agua fría y los labios pintados. Factible, de momento.

Dos horas y media lidiando con un grupo de suecos en aquella interminable y tediosa reunión, hacen que reconsidere las posibilidades. El kit de viaje de KLM se convierte en insuficiente.

Me doy cuenta de que la mayoría de las cosas que ocurren en la vida cotidiana son mentira y eso me hace más consciente de la realidad. Es una sensación abrupta que, sin embargo, me gusta, pues me despierta de una bofetada.

Una buena manera de equivocarse es pensar que controlas tu viaje.

Comienzo a escribir de otra forma, por la falta de equipaje, supongo. Elimino lo innecesario. Escribo sin utilizar comas. Escribo sin respirar. Es como me siento. Me habían prometido mi maleta y yo había prometido no romper las normas gramaticales. Si ellos no cumplen, yo tampoco. Escribo sin comas.

Las palabras surgen de sentimientos que lo cotidiano había adormecido.

Vuelta al hotel. Sin ropa. Sin nada. Empiezo a pensar en compras. Antes de la próxima cita, esta vez con amigos, necesito una ducha.

Abro la puerta de la habitación y tropiezo. Las maletas. Allí están, erguidas, mirándome en vertical, desafiantes. Estamos aquí. Hemos llegado. Todo se normaliza. Se calma.


Maletas

Parece que tendré que volver a escribir siguiendo la gramática. Cada línea, cada palabra se convierten ahora en una batalla contra mí misma. Debo dejar de rebelarme. El mundo cumple y yo debo de hacer lo mismo.

Tras dos días con el mismo vestido, me deshago de él casi con saña. Me desnudo tirándolo al suelo con violencia.

Como si abriese una caja de bombones llena de posibilidades, miro el interior de mi reluciente equipaje. Me siento desbordada ante un mundo de nuevas posibilidades, demasiadas.

Sin embargo, es bueno enfrentarse al mundo desnuda y sin maletas. Conseguir obviar esos espejos cóncavos que nos muestran una grotesca realidad.

Resulta inútil aferrarnos a lo que creemos que va a ocurrir, pues origina letargo y falta de reflejos.

Es una idea tan errónea como pensar que controlas tu vida.

Yo

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