Aquella noche

Manos

De aquella primera noche recuerdo la penumbra de la habitación.

La espera interminable, el agotamiento, la impotencia, la fatiga, el estrés.

Un día normal se había convertido en algo impensable, desmesurado, dantesco, inconcebible.

Sorprendida por el desarrollo de los acontecimientos, pero inmersa todavía en la supina ignorancia hacia lo que en realidad iba a suceder en mi vida: Un antes y un después.

Entrasteis con prisa, en tropel, como una legión, aún siendo sólo dos, invadiendo mi penumbra como un torbellino.

Tu mano. Ese es mi primer recuerdo.

Te sentaste al lado de mi cama asiste mi mano con contundencia y sin más dilación fuiste al asunto directo, rápido, sin rodeos.

Tu mano cogiendo la mía. Era una mano firme, resuelta, decidida, que portaba una decisión rotunda, inapelable y que se apoderó del flanco derecho de mi cama.

Tanta gente en aquella habitación y cuando terminaste de hablar la información que había salido de tus labios me trasladó a otro mundo, a ese túnel que sabes que tienes que cruzar sola. Soltaste unas cuantas frases sin freno porque no había otra manera. Había que hacerlo así y tú lo sabías.

Te solté la mano. Recuerdo haberte soltado la mano para asir mi cabeza con ambas y recuerdo que había otra persona que, por conocedora de las noticias con anterioridad a mí, ya se había muerto por dentro. Así evoco su estoicismo, su sufrimiento hecho silencio.

Después de los primeros segundos en los que la palabra “no” fue la única clavada en mi mente, me enfadé. Me enfadé mucho, no sé bien con quién, supongo que con la situación, conmigo, con todos, con la vida. Tú también has sabido siempre como provocar mis enfados desde el primer día, lo hacías por mi bien, para que reaccionase y lo conseguías. Como aquella noche, exponiéndome de frente con tu entonación baja, la única realidad posible.

Estaba enfadada. Creo que por eso accedí tan pronto. Dije que sí, que vale, que bien, que no quería leer nada, que firmaba, que ya, qué sí, que me ponía en tus manos.

Es cierto que sentía rabia, pero desde que entraste en aquel cuarto no pude evitar tener la certeza de que si alguien podía hacer aquello, eras tú, sólo tú. Tu decisión, ganó mi confianza. Y tú también la tenías en ti mismo y yo, desconfiada por naturaleza, podía olerla, sentirla. Lo tenías claro, muy consciente de que aquello iba a ser un “sí” o un “no” en mi vida.

Y nos sonreímos antes de entrar y yo saludé a diestro y siniestro y les advertí, y me reí, y tú y yo nos pasamos aquella noche juntos, cinco horas ¿verdad? Tú, tus manos y un equipo de quince personas.

Tus manos lo lograron, y tu decisión y tu fuerza y tu esfuerzo.

Gracias, Pablo.

 

El cartel

Corredor

Me encontraba esperando y paseando por un inhóspito pasillo, antesala de lo que me habían prometido iba a ser una prueba sencilla y rutinaria. Un examen tan sencillo, que podía llevarse a cabo encima de una camilla y en cinco minutos, si no fuese porque el protocolo del centro hospitalario exigía que se llevase a cabo en un quirófano.

Meterse en un quirófano no le hace gracia a nadie, sin embargo, armada por infinita paciencia y resignación, yo paseaba  por aquel desolado corredor a la espera de que alguien se dignase aparecer y me sacase aquello de encima, de una vez, para poder marcharme cuanto antes.

Sumida en mis pensamientos y contando las espantosas baldosas del suelo, acerqué la nariz a una cartelillo que se encontraba justo a la entrada de la puerta del quirófano.

La primera frase rezaba de esta manera:

  • Mantenga la calma.

Sencillamente, me pareció una frase tan obvia como estúpida.

No conozco a nadie que vaya a entrar en un quirófano que no quiera echar a correr, pero todos procuramos, cada uno dentro de nuestros  límites, mantener cierta tranquilidad.

¡Pues claro que iba a intentar mantener la calma! Aquella advertencia me pareció toda una bobada. En fin, procuré pensar que el que me iba a hacer la prueba, o sea el médico, tuviese más luces que los que habían colgado aquel cartel.

Continué con mi resignada observación de las motas de las baldosas del suelo hasta que se me ocurrió levantar la cabeza y leer la segunda frase.

  • Haga caso al personal.

Aquello empezó a enfadarme. ¿Y qué otra cosa iba a hacer? ¿Darles las órdenes yo y pedirles agujas del siete para calcetar con más soltura? Todo aquello no parecía muy lógico. A mí ya me estaba la impresión de que, dentro de poco, me iban a indicar cómo sacarme la muestra yo misma, eso sí, manteniendo la calma.

¡Pues claro que tenía que hacerle caso al personal! No se me habría ocurrido otra cosa.

  • Utilice las escaleras.

Bueno, esto ya no. Yo las órdenes sobre cómo huir de los sitios, las llevo muy mal. Yo si huyo, huyo y nadie me dice si cojo el ascensor o si corro escaleras abajo, que es más rápido.

Aquellas normas parecían escritas para idiotas y, lo peor, es que yo ya estaba enganchada a la siguiente frase del cartelito dichoso. Bueno, sólo quedaba una más.

Me acerqué con curiosidad. Si decían otra obviedad, me marchaba porque ni me parecía un sitio serio, ni quería imaginar cómo sería el médico que me iba a extraer la muestra. Quizá me preguntara cómo preparaba las croquetas. Aquel era un sitio muy raro y el cartel parecía que te preparaba para una masacre.

Mi curiosidad ya era imparable. Leí la última frase con la avidez del que sabe que después de aquello no cabe más que tomar una decisión y sin dilación, no fuera a ser que apareciese alguien y empezasen con lo de que guardara la calma, que huyese por las escaleras etc..

  • Normas a seguir en caso de incendio, rezaba el último renglón.

Pisando las baldosas con paso firme apareció el cirujano: “Vamos”- dijo.