Uno de tantos

Justicia 2

¡Debiste ceñirte a la primera versión!

¿Por qué dejaste que ese médico escribiera ese informe sobre tu mierda de dedo? ¡Eres una estúpida!

Si no hubieras ido a verlo, ni hablado por un dedo roto, tu mierda de dedo…

El juez, lo absolvió, basándose en que había sido tan solo una pelea. Ni siquiera influyó en él, ni en la fiscal o demás mujeres de la sala que ella apenas pudiera tenerse en pie después de su operación.

Supongo que todos ellos saldrán a la calle con algún lacito en cuanto la maten.

Mi isla

Isla

Afrontar esta locura global no es fácil sin tu espacio privado.

Tu isla es un lugar donde te cobijas de todas las bombas de furia y miseria que nos acechan a diario en cada esquina.

La pérdida de confianza en tu privacidad es un golpe rápido y certero. Algo que, a mí, me resulta insoportable.

Si ocurriera, sería el principio del fin, ya que por mucho que viajes o por mucha gente que conozcas, hay siempre un lugar de descanso del que formas parte tú y esas escasas personas de confianza que te entienden sin que expliques y que forman parte de esa maleta de la que jamás te puedes deshacer.

Hay gente que llena su isla de gente vacía, sólo por llenarla con muchos.

Esos son los que están solos. Sin embargo, son necesarios, porque mantienen el equilibrio del universo.

Estas personas, en realidad, nos complementan. Son oscuros, nacen del odio, el rencor, la baja autoestima, de problemas personales o de la envidia. Y se rodean de gente también vacía para obviar que no son queridos por quienes son.

De todos modos, son necesarios, porque al juntarse entre ellos construyen sus islas compuestas de mentiras consentidas donde la verdad es sólo algo de lo que huyen.

Resulta muy distinto que te fastidie un tonto, pues no entenderá tu respuesta. Esta falta de compresión, no me afecta de forma excesiva. Es comparable a establecer un combate de esgrima con quien no porta sable. Es un duelo insulso e inútil.

Por el contrario, si el combate se mantiene contra un contrincante inteligente, la batalla se convertirá en laboriosa y entretenida a partes iguales. Y tus respuestas, formarán parte de un diálogo en el que se abrazarán diferentes puntos de vista.

A los tontos no les contestas, y a los inteligentes, aunque son más difíciles de rebatir, sin duda, son mucho más divertidos, por eso mi isla, definitivamente, es muy divertida.

Tus palabras

Pluma

Anoche entraste en mis sueños y, sin esperarte, estabas.

¿Cómo atravesaste el muro que los siglos separaban?

 

La magia de tus palabras era la llave perdida, aquella que no encontraba.

Ni una pregunta siquiera, para saber qué pasaba.

 

Como a ti te gusta hacerlo, entraste sin que esperara.

Y presa de tus palabras, como hace siglos estaba,

Doblé en poemas mi vida, aquellos que escribe el alma.

 

Tú regresaste con versos, que sólo a mí me tallabas.

Ahora ambos escribimos lo que nos inspira el alma.

 

Y desnudamos palabras, cada noche, cada día.

El tiempo somos nosotros, tras eso, la vida acaba.

 

Sólo tú, yo, los poemas,

y la llave: Tus palabras.

 

No me toques el arroz

Cocina

Las cebollas estaban picadas en trocitos y empezaban a hacer ese ruido chispeante, como susurrándote que las dejes en paz un rato, a fuego lento, si puede ser.

Como lenta y pacífica iba a ser la preparación de mi cena esa noche.

Abrí la nevera para coger el resto de los ingredientes.

Sola en la cocina, después de tanto tiempo. No lo podía creer.

Retomaba mi ritual. Un ritual, cuyos pasos, la mayoría de las veces se abrían a la improvisación.

Me apoyé en la encimera de mármol y, con la copa de vino en la mano, recapacité con regocijo unos instantes, sobre cómo iba a seguir todo aquel proceso.

Un sinfín de ingredientes se paseaban por mi mente en secreto, la cebolla era innegociable, pero había dos tipos de verduras que llevaban dos días impertérritas, sempiternas, eternas y constantes en mi nevera, suplicando que las utilizase para mi arroz.

Mientras abría la puerta del frigorífico para rescatarlas, noté una leve respiración en mi nuca.

Uno de mis mayores placeres y del que disfruto, sólo cuando tengo tiempo, es cocinar. Llevaba seis meses sin hacerlo. Siempre cocinaba él y esta vez le había prohibido que se acercase a un metro de la cocina.

Sin embargo, allí estaba, con esa sonrisa molesta del que mira, no con la intención de compartir, ni acompañar, sino para molestar, interrumpir, sugerir y sugería siempre que se cocinase como en su país, y si en su país se pone cilantro, orégano o eneldo al salmón, pues te sugiere que se lo eches a tu arroz con marisco.

Sin embargo, yo no me hallaba propicia a la discusión. Sonreí, le ofrecí una copa de vino, lo que en España se traduce como una invitación a compartir, a participar… pero esta vez no me iba a tocar el arroz.

Estaba decidida a cocinar yo sola, al igual que yo había dejado que él cocinase durante todos aquellos meses. Incluso con ese estrés de la persona que no disfruta cocinando, sino sólo comiendo. Yo lo había tolerado y esperaba lo mismo.

Se inclinó a oler la sartén y se aproximó a mí mientras cortaba las verduras.

Me hizo indicaciones para que no me cortase un dedo. Imposible, pues utilizo cuchillos que no cortan precisamente para no tener que fijarme en esas chorradas o no tener que irme con un dedo colgando al hospital.

  • Ese cuchillo no corta, dijo.

No contesté.

Bebió algo de vino y reiteró su peligrosa aproximación a mi sartén, pues llevaba en la mano un botecillo de color rojo oscuro.

Sin preguntar, comenzó a volcar un polvo de color rojizo por encima de las cebollas.

No pude evitar que me subiesen las pulsaciones. Habíamos hablado de ello. Habíamos quedado en que tenía un problema de control. Y lo más estúpido, me había confesado que estaba harto de cocinar ¡qué siempre cocinaba él!

Mi cara se puso roja de ira. Retiré con una cuchara lo que pude del nuevo ingrediente y lo invité cortésmente a que desapareciese de la cocina.

Proseguí cortando pimientos y miré de reojo al resto de las verduras jugando mentalmente a conjugar sabores varios.

¡Cómo había echado de menos a la ceremonia que rodeaba aquello!

Apareció otra vez. Esta vez más nervioso. Parecía que su obligación consistía en realizar indicaciones periódicas sobre cómo él haría el arroz.

¡Venía con una lista! Todo un inventario de quejas esta vez algo más ofensivas con el fin de ofender al cocinero, vamos, a mí: los ingredientes, el nivel de agua en la sartén, el punto de sal y un largo etcétera.

Parecía sufrir, sudaba, se movía de forma nerviosa por toda la cocina, agarrado a su lista y asomándose a los fogones.

Tras superar su número de interrupciones consideré necesario interrumpir mi labor.

Me acerqué al pie de madera en el que él guardaba relucientes y recién afilados todos sus cuchillos y le pregunté si le parecía mejor que cortase con éstos, como me había sugerido antes.

Dejó de sudar, ante la posibilidad de mi renuncia, ante el hecho de comenzar a dominar de nuevo. Se calmó y asintió complacido.

Pues, a mí también me parece muy bien, porque aquí, en España, es costumbre como toque final al arroz ¡¡¡echarle un poquito de sangre del tocapelotas que te lo estropea!!! ¡Y menos mal que no vives en Valencia! ¡Ahí creo que los matan si les tocas la paella!

Mi arroz de marisco salió perfecto, lo tomé sola mirando al mar con una copa de vino.

Él ahora vive en su país, creo que limpia cocinas, pero cuando llega a su casa puede ponerle eneldo a TODO.

Entre viñedos

Grapes

Sopla el viento entre los viñedos.

Espero ansiosa esa cena entre amigos.

Cada opinión de la mañana mudará, desatada en conversaciones, cuando se ponga el sol.

Entre viñedos.

La espera de cosecha anuncia una buena racha de buena salud, prosperidad, abundancia, riqueza, felices perspectivas un porvenir mejor.

Espero entre viñedos a que el vino lave mi alma de inquietudes.

Miro el paisaje como posible borrador de una escena que se desarrollará en esa conversación alzando nuestras copas de vino.

Resuena en mis oídos lo que dijeron otros hace miles de páginas y que ahora me relee el viento sur.

Dejaré un hueco a mi lado, en la mesa, por si alguien me contesta desde esas extrañas brechas que, en muchas ocasiones, abre el vino.

Necesito una respuesta, una respuesta de aquellas, de viñedos entre amigos.

Me expondré a la perspectiva, a cualquier perspectiva, a una distinta. Sólo escucharé para retomar aire. Hoy no hay sitio para más.

Sólo quiero cenar entre viñedos, entre promesas de sueños.

En una de esas cenas con un testigo minúsculo, una copa de vino, cuya desproporción está en la altura de su vértigo.