El mago de la tristeza

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El mundo es feo, sólo que hay personas que lo embellecen casi sin darse cuenta.

Aprietan toda esa fealdad entre sus labios y la sueltan en forma de belleza para sorprendernos.

Convierten lo imposible en poesía, la tristeza y desesperación en versos, la desolación en canciones que se nos quedan grabadas en la mente sin pretenderlo.

Saben rodearse de esa serenidad que sólo enseña el tiempo.

Han vivido muchas más vidas más que el resto de nosotros.

Nos hablan sobre la tristeza del mundo, sobre todo lo que nos rodea, aquello que, en nuestra cotidiana estupidez, nos negamos a ver.

Ellos saben que el mundo es feo, por eso lo reciclan con sus poemas, con sus canciones, y nos regalan esos espacios iluminados de calidez.

Narran sus vidas repletas de oscuras imágenes de las que ellos se ríen porque saben transformar la fealdad en belleza.

Están preparados porque han vivido sombrías tristezas y saben cómo sentir la belleza.

Suelen ser ellos los que antes nos abandonan dejándonos rodeados de toda la fealdad que nos ofrece el mundo.

Y, ahora, todo se torna algo más feo, otra vez.

Me pregunto si sabremos vivir sin ellos…

El malentendido

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Entró en la sala con un aire decidido y amenazador.

  • ¿Cuál es la de las dos?, preguntó.

Sentadas la una junto a la otra, en un incómodo sofá negro de la sala de espera, nos miramos impertérritas. Ella a mí y yo a ella.

-Eres tú, dijo mi acompañante.

Hija de puta, pensé angustiada.

– Mi cita es a las doce, a ver si se equivocan y me trepanan la mandíbula, le dije a mi amiga.

Ella me miró sin hablar, sonrió e insistió.

  • Es ella, le dijo a la enfermera.

Me sentí traicionada. No lo podía creer.

Esta vez, la voz insistió, algo más impaciente:

  • ¿Cuál es de las dos?

¡Ah! Eso es distinto, pensé.

  • Pues soy yo, dije con cara de resignación.

Y entré para que me extrajesen la muela.

Europa y sus cafés

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La uniformidad siempre me ha producido un miedo devorador. La hipocresía o el conformismo también.

Los cafés son lugares para citas, conspiraciones, son clubs cuya función es desarrollar el espíritu.

Por los cafés discurren un sinfín de personas. Son sitios con historia de la que han sido testigos. Por ellos, han pasado grandes pensadores, que se reunían alrededor de esas mesas de mármol y de esas interminables charlas de las que surgían ideas, libros, teorías, conspiraciones y guerras.

Es un espectáculo tentador observar a todo el que entra en unos de estos cafés e imaginar quién es o dudar si aún es posible que en Europa surjan ideas, charlas como las que se daban antes.

Hace tiempo que todo el sistema se mueve en círculos, no sólo en Europa. Hace tiempo que somos más que benévolos con las adicciones al poder.

A medida que se conoce Europa, mientras recorres sus calles, cuando entras en sus cafés, te das cuenta de que las diferencias son, en realidad, nexos entre sus pueblos. Uniones que hay que saber interpretar, pequeñas pistas que nos hablan de un pasado común que nos empeñamos en borrar.

Y estos nexos se van diluyendo para ceder el paso a un todo uniforme. La uniformidad es pavorosa cuando nos iguala, si no permite diversidad de ideas. Se convierte así en un monstruo que lima las diferencias, lo diferente, lo que es nuevo y aún no tiene público, lo que no se entiende, porque aún no se conoce, esto da como resultado que todos formemos parte de la tediosa globalización. Es la muerte de un interesante mosaico de contrastes.

La cultura común europea cargada de mezclas, conexiones y resentimientos sigue viajando con nosotros y es aceptable porque forma parte de nuestro pasado.

Esa es una de las razones por las que en Europa las calles tienen nombres para recordarte la historia y para obligarte a recordar el pasado. En Estados Unidos, por el contrario, las calles tienen números y su pueblo suele mirar hacia el futuro.

Sin sus cafés, Europa muere y pierde su propia esencia. Las tertulias, el intercambio de pensamientos, las grandes ideas morirán también. Están en ello, por eso nos regalan aparatos. De esta manera, Europa y su sociedad se autodestruirán. De hecho, ya lo están haciendo desde hace tiempo y con bastante éxito.

Los cafés son necesarios como puntos de reunión para pensadores, poetas, e intelectuales.

Como también lo es, la diversidad lingüística que tiene que existir, pues la muerte de una lengua es irreparable.

Leer muchos mundos nos proporciona los elementos necesarios para ser capaces de encontrar sus nexos. Esta capacidad de “lectura” solo se adquiere si se cultiva el espíritu, lo cual no es asunto de élites.

Europa y sus cafés, donde se servía de todo y a todos, han tallado canteras de escritores, músicos, pensadores y romances. Han escondido a perseguidos, han preservado lo que se prohibía en algunas de sus ocultas puertas, han  dejado que se siguiera tocando música, que llegó a estar vetada, como el jazz en Bruselas. Han sido escondrijos de lo prohibido.

Las tertulias recorrían infinidad de caminos, algunos tan peligrosos que tumbaban gobiernos o movían ejércitos; Otros abrían nuevas posibilidades al pensamiento y, la mayoría de las veces, servían para cultivar lo que nos hace más humanos: las relaciones sociales.

¿Merece aún la pena recorrer estos caminos? ¿Hemos llegado a un punto muerto en el que todo irá irremisiblemente cuesta abajo? ¿Seguiremos presenciando cómo los andenes de las estaciones de trenes se llenan de zombis solitarios que se aferran a relaciones virtuales inexistentes? ¿Seguiremos como ganado la cultura del mercado de masas?

Crear es un acto desinteresado, una forma de dar, mediante el que regalas parte de ti. Crear ideas o crear belleza profundiza en lo superficial y nos aleja de lo vulgar, que nos deja vacíos, cansados, divididos y confusos.

Acudamos a los cafés, cultivemos las diferencia, retomemos el camino hacia el pensamiento y abandonemos esa tediosa nebulosa de uniformidad globalizadora.