Prejuicios

bar 2

¡Camarero! Dijo el anciano sentado en la barra del bar.

-Pregunte a aquellos dos caballeros de la mesa de la esquina si puedo tomar dos dedos del vino que están bebiendo.

El camarero sin dar muestra alguna de la extraña petición, se acercó a los dos hombres de aspecto pulcro e hizo lo que le pedía.

Los dos hombres, volvieron su mirada hacia aquel individuo de aspecto bohemio y, minutos después, el camarero sirvió dos dedos del vino al hombre que, levantando la copa, les dedicó una sonrisa.

Cuando ambos terminaron la botella, el anciano encargó que les sirviesen otra de la misma añada.

Ambos se quedaron gratamente sorprendidos, pues jamás pensaron que aquel anciano extravagante, pudiera permitirse pagar cerca de mil euros por aquella botella.

Y es que, en la mayoría de las ocasiones, los prejuicios nos ciegan. Y, a veces, basta con respirar hasta el fondo, sonreír y dejarse sorprender.

¡Feliz 2018!

Ingenuidad

Shy

Mi amiga Joanna siempre ha sido bastante ingenua.

Recuerdo que, cuando éramos adolescentes, la acompañé al dermatólogo porque Joanna tenía psoriasis en los codos. Y menos mal que estaba yo presente, pues lo primero que le pidió el octogenario doctor fue que se sacase el sujetador. En cuanto la vi empezar a desabrocharse, me la llevé de allí gritándole si no sabía en qué parte del cuerpo tenía los codos. Aquel enfado nos duró varios meses.

Sin embargo, debo confesar que, últimamente, me preocupa, pues sus pequeños despistes se han hecho más graves. Ayer, sin ir más lejos, su marido me contó que hace dos años Joanna leyó que los supositorios se habían estado administrando de forma errónea desde hacía años, pues su forma cilíndrica y con punta había llevado a confusión a buena parte de la población. No era la parte afilada la que debía entrar primero, sino al revés. Ella, sin atreverse a confesar, ni siquiera a su propio marido, que llevaba toda su vida haciéndolo “mal”, se pasó dos años enteros poniéndose los supositorios al revés. Vamos que, los introducía por la parte cortada y con aristas, por doloroso que le resultase con el fin de enmendarse. Hasta que, cierto día, leyó en Internet que dicho consejo había resultado ser una broma que había circulado por la red y que sólo unos cuantos incautos se habían tragado. Aquello fue un duro golpe para ella. Se había pasado dos años sufriendo en silencio para terminar como siempre, avergonzada y con la autoestima por los suelos.

En fin, que mi amiga Joanna sufre de ingenuidad incurable. Además de tener una autoestima baja, lo cual únicamente le conduce a una continua desconfianza que se acentúa con sus más allegados. De manera que, cualquier cosa que le dices, la retuerce y comprueba de forma casi enfermiza. Sin embargo, no suele seguir esta pauta con los desconocidos.

Me permito escribir esto sobre ella, porque, en este momento, se encuentra en la barra del bar, pagando las consumiciones de la mesa de al lado, a un grupo que dice ser de Sevilla y que asegura que les han robado la cartera. Y eso que, su acento andaluz tiene visos de ser más bien de Chamberí.

Ella es así.

¿Para qué le voy a estropear la Navidad?