Desde mi esquina

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Un sol abrasador entra por las ventanas del salón y se refleja con fuerza en la robusta e impertérrita  mesa de madera que se mantiene a la espera de esas cenas con amigos que la dejan cansada y satisfecha.

El calor me impide pensar. Hoy es un día cualquiera. La brisa de la terraza situada debajo de mi apartamento se me antoja un paraíso alcanzable para librarme de aquello hasta que caiga la noche.

Sentada en mi mesa del rincón, soy consciente de estar experimentando unos de esos días extraños en los que mi cabeza no es capaz de dejar de vagar de un sitio a otro y de hacerse preguntas estúpidas que no conducen a ningún sitio bueno.

Uno de esos días en los que ni tú misma sabes cómo te sientes, en los que te molesta todo y todos, en los que discutes sin razón, en los que hasta el azul del mar te parece molesto.

No soporto mi desgana, podría escribir mil historias observando todo aquel bullicio de la cafetería, pero no me dejo arrullar por este ambiente contagioso. Todos parecen disfrutar y yo me niego, conscientemente, y eso me enfada aún más.

Sentada en una mesa de la esquina observo  todos esos veleros y yates que entran a puerto. Encuentro cierto consuelo, para, al minuto siguiente, acordarme de todos aquellos que protestan escondidos tras sus ordenadores; todos los que se callan por miedo; los mediocres que piden becas copiando textos de internet, mientras que los que están dotados de un cerebro, trabajan de camareros; vienen a mi mente los que retiran sus acciones sin decir nada a los que carecen de información privilegiada, dejándolos sin sus ahorros; me enfada pensar lo desprotegidos que estamos los que no vamos en coche oficial; pienso en todos aquellos que encadenan su vida a su barrio, al no ser capaces de abandonar sus costumbres; pienso en los expertos en el arte de tergiversar y en mi estúpida confianza en el ser humano.

Y, en ese momento, viene a mi mente mi padre, sentado, sonriendo, consciente de la situación, sin protestar, amable, sin derramar jamás una lágrima, uno de los hombre más valientes que conozco, uno de los hombres que no se deja conocer por nadie… excepto por mí. Recuerdo sus guiños cuando mamá da saltitos a escondidas en la cocina en un intento más por abandonar su muleta, sus silencios llenos de significado, recuerdo mis esfuerzos, mi cansancio, mis enfados, mis traiciones, mi lealtad. Y un remolino de pensamientos contradictorios me ahoga. Y vuelvo a pensar que este día, es uno de mis días extraños, de los que acaban haciéndome daño, de los que hay que pasar rápidamente y sin respirar.

Intento centrarme en la brisa marina. Jorge, el hijo del dueño, se acerca con una sonrisa y comenta algo sobre el tiempo. Continuo tecleando estas notas apresuradas, sintiéndome extraña entre todos esos desconocidos que ya conozco. La gente que me rodea parece también estudiarme con disimulo. No me gusta esta sensación, me gustaría pasar inadvertida, pero es algo que no suelo conseguir. Hay algo en mí que me delata. Quizá esta soledad que yo misma he elegido esta tarde.

En realidad, sería más sencillo ser como Carver y sacarle partido a la vida cotidiana sin más e imaginar historias con solo mirar a mi alrededor para poder escribir sobre camareras y camioneros. Sin embargo, hoy me parezco más al huidizo Salinger en busca de un escondite, a la espera de que un día como hoy pase pronto y no se repita con demasiada frecuencia.

¿Lo dudas?

Whatsapp

Al otro lado del móvil, me dicen:

-Ya está ¡Los tengo!

En ese momento me viene a la cabeza las palabras que me dijiste en nuestra última conversación.

-No seas fría. Pareces nórdica.

Comienza a hablar y tras unas cuantas frases, me repite lo mismo.

Le respondo que los “whatsapps” carecen de tono y que no me parece serio poner emoticonos a este tipo de mensajes.

-¿Seguro que eres gallega? ¿No se te habrá pegado algo de vivir en el extranjero?

Le gusta picarme. Una reacción muy gallega para un gallego medio suizo.

Empiezo a caer en sus redes y a decirle que la lluvia no me amilana, que sé perfectamente que en junio a las once es aún de día, que sé cómo se hace una ajada, que estoy acostumbrada a beber vino en cunca, que conozco los misterios de los pimientos de Padrón, que soy fan de Estrella Galicia, que de Lugo a Vigo no se debe ir en tren a no ser que lo único que busques sea fotografiar el paisaje, que no me fío de los veranos de 30 grados y siempre llevo una chaqueta, que sé lo que son esas cosas de madera cuadradas en medio de las rías, que el agua del mar no está fría…

Oigo cómo se ríe de mis esfuerzos al otro lado del teléfono.

Reflexiono un momento. Creo que es más gallego que yo. Vale. No pienso entrar más en su juego. Yo también soy de la tierra. En un arranque de orgullo, me río a carcajadas de sus críticas.

Èl insiste en tono burlón. No me contesta y sigue con la pregunta.

-Son buenas noticias, ¿no? ¡Por fin!

Y yo, abandono la lista de tópicos para, también por fin, hablar sin mensajes, con entonación, poniendo todo mi acento y mis risas.

Quizá mañana, empiece a convecerse de que ambos hemos nacido en la misma tierra.

Aunque no puedo evitar tener mis dudas. Al fin y al cabo, soy gallega.

Un saludo R. 🙂

La conversación

Silencio

Se sintió algo asfixiada después de la conversación. Nunca hasta el momento se había tocado el tema pero ya no se podía obviar por más tiempo. Sentía latir su corazón en las sienes, se sentía inquieta, sudaba y su cabeza retorcía una y otra vez las mismas frases sin que lograra que cobrasen sentido.

Era una de esas conversaciones que existen desde hace años pero que no se recuerdan a propósito. Eso sí, había que pasar por ello, ya no había más plazo. Era necesario.

Al salir de la sala aún recordaba que el tono de la misma había escalado sin cesar, que los argumentos se sucedían ágiles y escurridizos, como fuera de control, pero ya no recordaba sobre lo que se había hablado.

En algún momento sintió la angustia en algún sitio ya dolorido, al que había decidido no volver.

Cuando se quedó sola respiró aliviada, mientras sentía como el peso iba desapareciendo. Después de un rato lo había olvidado todo, incluso los sentimientos que la conversación habían provocado en su cuerpo.

Sabía con certeza que se calmaría y hablaría de otros temas caminado en silencio o con una cerveza entre las manos. Ocurriría igual que con las noticias del periódico, al principio la obsesionaban, para caer en el olvido transcurridas unas horas, solapadas por los acontecimientos del día.

Simplemente, su mente decidió no amenazar más su futuro recordando frases que era mejor olvidar. Por eso, apagó el zumbido de sus pensamientos, para no envenenar sus venideros días de luz.

Vidas paralelas

Maleta

Observaba, tras aquel ventanal, cómo un manto de lluvia caía sobre transeúntes que corrían a guarecerse bajo los arcos.

Su café aún estaba caliente y, según su costumbre, lo estrechaba entre sus manos, no sólo para calentarse, sino como en un afán desmedido de que aquel momento no se escapase.

Fue ahí, mientras el humo y el olor de la taza acariciaba sus mejillas, cuando se le ocurrió pensar en la de veces que corremos sin saber hacia dónde, persiguiendo algo que no se sabe lo que es y que, tras mucho tiempo, te dabas cuenta de que, casi siempre, estaba delante de tus narices. Era una tontería pensar en lo que vendría después, era estúpido ir tachando cosas de tu lista imaginaria para llegar. No se llegaba, por lo menos, no así.

Sentada en su cafetería favorita, justo en aquel momento, era ridículo pensar en lo que iba a venir o lo que quería alcanzar. Estaba harta de conducir tan rápidamente, en realidad estaba harta de conducir, siempre atada a su móvil, a sus aplicaciones, respondiendo mensajes continuamente como si le fuese la vida en ello.

Se daba cuenta de que todo podía esperar. Excepto momentos como aquellos y, menos, en aquella ciudad donde un día había vivido una vida paralela a la suya. Una de las muchas ciudades donde había ensayado cómo hubiera sido ella en un sitio al que no pertenecía, imaginándose cómo se hubiera desarrollado todo si hubiese nacido allí.

Un sueño de dos años para, como siempre, hacer las maletas. Ese momento tan difícil, un momento más lleno de decisiones que ningún otro. Hacer y deshacer las maletas implicaba un sinfín de decisiones, miles de previsiones futuras. Odiaba hacer y deshacer maletas, tanto para marcharse, como para llegar y, sin embargo, había sido una constante en su vida.

Siempre persiguiendo aquel espejo paralelo, su otro yo en otra vida, en otro país, en otros brazos, en otra historia, sólo por saber, por curiosidad, por mirar qué había en su otra vida paralela, persiguiendo tachar vidas de su lista, para terminar haciendo las maletas, porque, en el fondo, sabía que su vida se encontraba en aquellos momentos felices tras un ventanal con una taza de café caliente entre sus manos. Y eso, lo tenía en cualquier cafetería, en cualquier barrio de cualquier lugar del mundo. También en el suyo propio. Aunque para entenderlo, hay que tener las maletas bien llenas de vidas paralelas.

Después de la tempestad

Soledad

Estoy sentada en la mesa de madera frente a mi ventana. Veo cómo el océano se torna de un gris oscuro que anuncia tormenta. Me duele todo el cuerpo. No ha sido un día fácil y regresar a casa tampoco lo es.

Me voy a la nevera, la luz blanca me da en los ojos como un faro en mitad de la niebla, saco una lata de cerveza fría. La miro y me pregunto por qué tengo las cervezas en la nevera con el frío que hace en la calle. Enciendo la calefacción. Mi mente deja de pensar en la temperatura de la lata que tengo en las manos para regresar al dolor del pasado, invisible para el mundo, pero supurando lentamente en imágenes de lo ocurrido que se incrustan en mi mente cuando menos las espero.

La ayuda ha desaparecido sin previo aviso y un manto negro de silencio me rodea. A veces, el dolor remite, pero vuelve con fuerza en los momentos más insospechados. La tormenta ha pasado y me han dejado sola. La calma es peor que cuando luchaba contra olas de siete metros.

Me siento frente al ordenador y abro Facebook, una de las aplicaciones más absurdas y aburridas que conozco, ideal para días en los que no quieres pensar en nada serio o para personas que no quieren involucrarse en nada, sino sólo dar una imagen de sí mismas que les permita conciliar el sueño.

Observo como muchos de mis contactos pinchan enloquecidos que ayudemos a los refugiados y a los que sufren enfermedades. Vuelvo la mirada hacia mi móvil, justo encima de mi mesa. Hace días que no suena, la tormenta ha pasado, o por lo menos, eso creen ellos, o no.

Toda mi vida he sabido que los cobardes huyen en cuanto pueden. Sin embargo, sé que saben que cuando las olas te han destrozado el barco, cuando tienes el cuerpo lleno de arañazos de las maderas que has arrancado con tus propias manos para no ahogarte, o cuando los troncos inertes a los que te has agarrado, cuando tus heridas aún son muy dolorosas, de un dolor casi insoportable, no es el momento de desaparecer.

Soy consciente de que es más fácil hacer click en tu teclado desde la comodidad de tu casa a favor de los refugiados, que ayudar a las personas que tienes cerca. Hay poca gente dispuesta a oír que, después de las tormentas, sobreviene una calma tan solitaria, que es prácticamente insoportable. También huyen conscientes de que, cualquier día, el mar entrará oscuro y negro en su salón, por mucho que se empeñen en cerrarle las puertas.

Mis pensamientos sobre el ser humano amenazan con desestabilizar mi fe en las personas cercanas, ésas con las que cuentas, en tu ingenuidad, y que, al final, se refugian en su torre, rodeados de costumbres inútiles que los aferran a una periodicidad segura, de horarios apretados, hundidos en una soledad virtual pintada de colores por amigos inexistentes, seguros de que ésos no van a llamar a su puerta.

Bebo un sorbo de cerveza, aún demasiado fría, mientras contemplo cómo se irritan en Facebook por gente a la que no conocen, leo sus comentarios enfurecidos, escandalizados, pidiendo ayuda al que lo necesita. Piden ayuda al que lo  necesita siempre que sea alguien anónimo, que esté lejos, que no les importe nada.

No puedo evitar sonreír pensando que, si un refugiado llamase a su puerta, todos los que hacen click en su defensa, no la abrirían. Lo sé, porque, sino, no habría tanta gente hundida en la angustiosa calma que dejan tras de sí las tormentas.

 

Esperando un tren

Estación vacía

Salto al vacío con los ojos cerrados.

Busco respuestas en el firmamento de la soledad.

Mi mirada perdida vaga entre las vías.

Me encuentro detenida esperando mi tren.

Busco motivos dentro de mi cabeza y, con la tristeza como compañera no deseada, espero una señal.

Mientras el tiempo se me escapa, la duda me retiene y la soledad me acosa.

En el andén vacío mi tren no llega, ni quiero, pero sé que debo subir a ese vagón sin remedio, con la esperanza de que me lleve a un destino mejor.

¿Esperas tú conmigo? ¿O acaso huyes como lo han hecho los demás por ver una estación demasiado fría?

Mis tardes bajo el sol del atardecer son gélidas del calor que preciso, llenas de tormentas mentales, espero el tren de mi destino.

Busco miradas y encuentro voces tenues de océanos grises que no me ayudan por débiles y cobardes.

Encuentro almas sin alma, ciegas de mando y sin compasión. Ciegas.

Anoche soñaba el atardecer sobre el mar. Todo parecía que iba a ser normal.

Espero con ansiedad mi tren, el que debe llegar y al que temo que llegue.

Ese tren que sacude mis segundos sin compasión ni pausa.

Ese tren que me tiene agotada antes de subir a él.

Aquel que quizá, con el tiempo, mi vida salvará, tal vez.

Mientras, decenas de personas se suben a él cada día, a mí, en mi desamparo, me parece ser la única, rodeada de almas sin alma.

Espero que llegue mi tren al que me subiré bajo la tenue luz de la incertidumbre y del que espero bajar en la estación de la vida.

Y mientras, sigo esperando mi tren.

Sin hacer ruido

Sin hacer ruido

Sé que está mal visto hacer ruido.

Cualquier forma de protesta fuera de los canales habituales no debe manifestarse.

Los ataques de ansiedad deben ir dirigidos hacia dentro. Y tu estrés, te lo tragas, no lo compartas. Es mucho más civilizado interiorizar tus sentimientos y asentir con una sonrisa, pienses lo que pienses, sientas lo que sientas.

Hemos creado un mundo donde lo genuinamente humano no se ve con buenos ojos.

Hay que callarse. Impedir que los sentimientos afloren.

Hay que vivir en una calle cualquiera, en una ciudad cualquiera y disimular que, en realidad, te sientes igual que el vecino.

La palabra “compartir” no se lleva, ni se hace. Nos deshumanizamos cada vez más. La empatía con otro ser humano es interpretada como debilidad o estupidez.

Pues nos estamos equivocando y de qué manera.

Un mundo donde los sentimientos se expresasen en nuestras conversaciones, sería un mundo más digno de ser vivido.

Ya que, lo profundamente humano, que nos empeñamos en matar a diario, emergerá siempre, en algún momento y triunfará por encima de toda racionalidad de una forma infantil, irreflexiva y casi involuntaria.

No merece la pena vivir sin mostrar nuestro lado humano, aunque éste, a veces, signifique sufrir, que es mucho mejor que salir huyendo.

Aunque vivas en un país cualquiera, en una ciudad cualquiera, en una calle cualquiera y ayudes a cualquiera.

 

Cómo convertirte en la persona que quieres ser

Pies arena

Si observas a la gente de tu entorno, comprobarás que la mayoría de ellos viven en un bucle. Siguen llevando el mismo tipo de vida dramáticamente igual durante años y no han modificado su pequeña porción de mundo conocido.

Si has dejado de sentir ese entusiasmo que hace que te levantes cada mañana con una sonrisa en los labios, es que la vida que llevas no es la que te gusta.

En muchas ocasiones, durante mi vida, he tenido que tomar la decisión de abandonar la comodidad de lo conocido. En estas ocasiones, lo que me ha impulsado a ello, ha sido que me producía pavor no probar algo distinto y arrepentirme años después. Es decir, no quería que mis sueños se quedasen en eso, en sueños. Y sigo con esa filosofía de vida.

Todos nosotros, sin percatarnos, tomamos decisiones todos los días, bien sean pequeñas o grandes. Esas opciones que se nos presentan diariamente, nos convierten en la persona que somos en el presente y definen quienes somos en realidad.

Sin embargo, aplazar tareas o dejarse llevar por la marea de lo cotidiano por comodidad o miedo, destruye nuestra identidad.

Hay que tomar las riendas y tomar una dirección consciente, para no decepcionarnos a nosotros mismos, procurando no ceder siempre en contra de lo que deseamos. Hay que elegir y decidir de forma activa sobre nuestras vidas. Cada día un poco, para torcer el camino y trazar una nueva ruta, nuestra propia ruta.

Debemos ser conscientes de cada elección que tomemos y utilizarla para construir la persona que queremos ser y no en la que nos hemos convertido. Cada decisión es un paso que nos acercará hacia nuestra meta.

La mala noticia es que es una tarea que no tiene fin, es un viaje que realmente nunca termina, pero es también la que nos hará felices.

Tu manera de actuar cada día determinará cómo será tu futuro, un futuro lleno de posibilidades nuevas, estímulos y cambios reales, aceptando siempre el hecho de que estarás en el proceso de convertirte en esa persona que quieres ser.

Todo se encuentra supeditado a ti, forma parte de tu decisión de emprender ese viaje y aferrarte a él.

Recuerda que, la vida que tienes, depende de ti.

El interrogatorio

Sala interrogatorio

Interrogatorio realizado por un comisionado de la Gestapo a un prisionero de origen gallego.

Comisionado de la policía alemana: – ¿Estaba usted el 25 de octubre en la Prager Strasse?

Manolo: – ¿Cómo?

Comisionado de la policía alemana: – ¿Estaba usted el 25 de octubre en la Prager Strasse?

Manolo: -Depende.

Comisionado de la policía alemana: – ¿Depende? ¿Depende de qué?

Manolo: – ¿Por qué lo quiere usted saber?

Comisionado de la policía alemana:¡Responda! Quiero saber quién y por qué se detonó ese dispositivo.

Manolo:  – ¡Ah…! Eso puede ser por cualquier cosa.

Comisionado de la policía alemana: – ¿Cualquier cosa? ¡Alguien lo ha planeado y quiero saber inmediatamente todos los detalles!

Manolo: – Vaya usted a saber. Una vez mi tía Rosario, que solía pasearse por el pueblo con su novio, que era primo del que tenía el quiosco más grande, fue acusada de que su novio había deslizado su mano desde el hombro, por el que la solía coger para pasear, hasta su pecho izquierdo. Una calumnia. Pues, lo de que alguien haya detonado algo en el sitio ese, puede ser otra calumnia. Nunca se sabe. La gente es muy mala. Detonar, se detonan tantas cosas…

Manolo recibía el trato característico de las SS y la Gestapo. Llevaba ya cuarenta y ocho horas sometido a un interrogatorio interminable, acompañado de intimidaciones y amenazas. Pero aquello no parecía conmover lo más mínimo al prisionero.

Había llegado ya la hora de utilizar otro método, jugando con la sensación de aislamiento del cautivo y con su inseguridad psicológica.

Inmovilizaron a Manolo y comenzaron a dejar caer gotas de agua sobre su cabeza, de forma ininterrumpida y pausada.

Una gota de agua no parece un arma muy poderosa. No se espera que cause un gran dolor ni que sea dañina. Pero la sucesión de muchas de ellas, causa graves daños psicológicos.

Abandonaron a Manolo y dejaron que las incesantes gotas con su ruido acompasado cayesen una tras otra sobre su cabeza. Este método ya había vencido los nervios de muchos prisioneros.

Lo curioso era que por muchas horas que transcurrían con el caer del agua, Manolo no mostraba señales de que aquello le molestase en absoluto, ni tampoco de tener intención de confesar ni una sola palabra. Muy al contrario.

Aquello se extendió durante horas bajo un permanente estado de observación por parte de sus captores.

Comisionado de la policía alemana: – ¿Cómo es posible que no muestre a estas alturas alguna señal de flaqueza? Es muy raro. Nunca había presenciado tanta fortaleza. Déjenlo unas cuantas horas más. Debe de estar entrenado para este tipo de torturas.

Pasadas ya, no horas, sino días, un oficial de rango inferior se dirigió a su jefe con tono de preocupación: Señor, el detenido lleva dos días y ahora dice que la gota empieza a tener ritmo. Creo que está escribiendo una canción.

Comisionado de la policía alemana: – ¿Una canción? No puede ser una canción. Seguramente ya no podrá más y estará escribiendo su confesión.

Oficial alemán: – Permítame que discrepe, señor. No creo que sea una confesión porque de vez en cuando tararea en alto y sigue el ritmo de la gota con el pie derecho.

Comisionado de la policía alemana (en pleno ataque de ira): – ¡Voy a entrar! ¡Abran la puerta!

Comisionado de la policía alemana: – ¡Dígame inmediatamente el nombre del grupo al que pertenece!

Manolo: -Pertenecer, pertenezco a Cambados.

Comisionado de la policía alemana: – ¡Ah! Lo sabía. La gota hora tras hora ha logrado taladrar su voluntad y al fin comienza a confesar ¡Explíquese! ¿Qué tipo de organización o grupo terrorista es esa llamada “Cambados”? ¡Y no juegue más conmigo o se arrepentirá! Dígame, ¿han sido ellos los que lo han entrenado? ¿Ha desarrollado usted su formación allí?

Manolo: – Podría decirse. Lo de las gotas éstas, es muy común allí en mi tierra.

Comisionado de la policía alemana: – ¿Cuánto hace que pertenece a ese grupo…“Cambados”?

 Manolo: – ¡Uy! Desde siempre.

 Comisionado de la policía alemana: – ¿Dónde se encuentra?

 Manolo: – Cambados se encuentra en la margen izquierda de la ría de Arousa, ¿Sabe que está considerado como la capital del Albariño? Un vino con mucha fama que elaboramos yo y mis paisanos a partir de cepas que fueron traídas de Renania en el siglo XII. Lo cultivamos de forma artesanal en pequeñas terruños que unos tienen aquí y otros allá, a veces ni se sabe dónde están los lindes. Suele haber muchas disputas vecinales por ellos que, a veces, acaban bastante mal. Hay muchos vecinos con mala leche pero, en general, nos vamos arreglando. Bueno, como le decía, el Albariño está catalogado entre los mejores blancos de Europa. No es que quiera faltarle a usted, señor oficial, aquí tienen buenos blancos, pero ni comparación con el nuestro.

 Comisionado de la policía alemana:  – ¿Y dice usted que es bueno ese vino?

 Manolo:  –  Decir “bueno” es quedarse corto y si lo acompaña de unos pimientos de Padrón o una tapita de pulpo, no vuelve usted a acumular tanta tensión como la que tiene con este trabajo suyo, con tanto grito y tanta orden. Si hasta tiene usted mala cara. Ya lo decía mi tío Ambrosio, hay que saber relajarse y él vivió hasta los ciento cinco años años.

Comisionado de la policía alemana: –  Ciento cinco años años son muchos años… buenos genes.

Manolo: Ya le digo y el Albariño que ayuda mucho.

Comisionado de la policía alemana:  – ¿Cree de verdad que tengo mala cara? ¿Podría, quizá, conseguirme unas botellas de ese vino?

Manolo:– Poder es posible que se pueda. Depende.

Comisionado de la policía alemana: (sentándose en una silla y echándose a llorar):

– ¿Depende de qué?

 

Hazlo

Escribir

Hazlo, si no puedes evitarlo.

Si tienes que pensarlo durante horas

buscando las palabras, es mejor que no lo hagas.

 

Sucederá por sí solo sin que puedas pararlo.

Continuará ocurriendo hasta que mueras

Y morirá cuando lo escribas.

 

Te retorcerás cuando otros lo lean y lo interpreten.

Te robará el alma.

Está en ti y crecerá en ti hasta que lo escupas.

 

Los demás no saben lo que es, pero tú sí lo sabes.

Hazlo.

No te pares.

 

Tampoco podrás detenerlo.

No hay otro camino, no lo busques, ni lo evites.

 

Si te quema por dentro, escribe.

Si tienes que pensarlo, déjalo.