La conversación

Silencio

Se sintió algo asfixiada después de la conversación. Nunca hasta el momento se había tocado el tema pero ya no se podía obviar por más tiempo. Sentía latir su corazón en las sienes, se sentía inquieta, sudaba y su cabeza retorcía una y otra vez las mismas frases sin que lograra que cobrasen sentido.

Era una de esas conversaciones que existen desde hace años pero que no se recuerdan a propósito. Eso sí, había que pasar por ello, ya no había más plazo. Era necesario.

Al salir de la sala aún recordaba que el tono de la misma había escalado sin cesar, que los argumentos se sucedían ágiles y escurridizos, como fuera de control, pero ya no recordaba sobre lo que se había hablado.

En algún momento sintió la angustia en algún sitio ya dolorido, al que había decidido no volver.

Cuando se quedó sola respiró aliviada, mientras sentía como el peso iba desapareciendo. Después de un rato lo había olvidado todo, incluso los sentimientos que la conversación habían provocado en su cuerpo.

Sabía con certeza que se calmaría y hablaría de otros temas caminado en silencio o con una cerveza entre las manos. Ocurriría igual que con las noticias del periódico, al principio la obsesionaban, para caer en el olvido transcurridas unas horas, solapadas por los acontecimientos del día.

Simplemente, su mente decidió no amenazar más su futuro recordando frases que era mejor olvidar. Por eso, apagó el zumbido de sus pensamientos, para no envenenar sus venideros días de luz.

Vidas paralelas

Maleta

Observaba, tras aquel ventanal, cómo un manto de lluvia caía sobre transeúntes que corrían a guarecerse bajo los arcos.

Su café aún estaba caliente y, según su costumbre, lo estrechaba entre sus manos, no sólo para calentarse, sino como en un afán desmedido de que aquel momento no se escapase.

Fue ahí, mientras el humo y el olor de la taza acariciaba sus mejillas, cuando se le ocurrió pensar en la de veces que corremos sin saber hacia dónde, persiguiendo algo que no se sabe lo que es y que, tras mucho tiempo, te dabas cuenta de que, casi siempre, estaba delante de tus narices. Era una tontería pensar en lo que vendría después, era estúpido ir tachando cosas de tu lista imaginaria para llegar. No se llegaba, por lo menos, no así.

Sentada en su cafetería favorita, justo en aquel momento, era ridículo pensar en lo que iba a venir o lo que quería alcanzar. Estaba harta de conducir tan rápidamente, en realidad estaba harta de conducir, siempre atada a su móvil, a sus aplicaciones, respondiendo mensajes continuamente como si le fuese la vida en ello.

Se daba cuenta de que todo podía esperar. Excepto momentos como aquellos y, menos, en aquella ciudad donde un día había vivido una vida paralela a la suya. Una de las muchas ciudades donde había ensayado cómo hubiera sido ella en un sitio al que no pertenecía, imaginándose cómo se hubiera desarrollado todo si hubiese nacido allí.

Un sueño de dos años para, como siempre, hacer las maletas. Ese momento tan difícil, un momento más lleno de decisiones que ningún otro. Hacer y deshacer las maletas implicaba un sinfín de decisiones, miles de previsiones futuras. Odiaba hacer y deshacer maletas, tanto para marcharse, como para llegar y, sin embargo, había sido una constante en su vida.

Siempre persiguiendo aquel espejo paralelo, su otro yo en otra vida, en otro país, en otros brazos, en otra historia, sólo por saber, por curiosidad, por mirar qué había en su otra vida paralela, persiguiendo tachar vidas de su lista, para terminar haciendo las maletas, porque, en el fondo, sabía que su vida se encontraba en aquellos momentos felices tras un ventanal con una taza de café caliente entre sus manos. Y eso, lo tenía en cualquier cafetería, en cualquier barrio de cualquier lugar del mundo. También en el suyo propio. Aunque para entenderlo, hay que tener las maletas bien llenas de vidas paralelas.

Después de la tempestad

Soledad

Estoy sentada en la mesa de madera frente a mi ventana. Veo cómo el océano se torna de un gris oscuro que anuncia tormenta. Me duele todo el cuerpo. No ha sido un día fácil y regresar a casa tampoco lo es.

Me voy a la nevera, la luz blanca me da en los ojos como un faro en mitad de la niebla, saco una lata de cerveza fría. La miro y me pregunto por qué tengo las cervezas en la nevera con el frío que hace en la calle. Enciendo la calefacción. Mi mente deja de pensar en la temperatura de la lata que tengo en las manos para regresar al dolor del pasado, invisible para el mundo, pero supurando lentamente en imágenes de lo ocurrido que se incrustan en mi mente cuando menos las espero.

La ayuda ha desaparecido sin previo aviso y un manto negro de silencio me rodea. A veces, el dolor remite, pero vuelve con fuerza en los momentos más insospechados. La tormenta ha pasado y me han dejado sola. La calma es peor que cuando luchaba contra olas de siete metros.

Me siento frente al ordenador y abro Facebook, una de las aplicaciones más absurdas y aburridas que conozco, ideal para días en los que no quieres pensar en nada serio o para personas que no quieren involucrarse en nada, sino sólo dar una imagen de sí mismas que les permita conciliar el sueño.

Observo como muchos de mis contactos pinchan enloquecidos que ayudemos a los refugiados y a los que sufren enfermedades. Vuelvo la mirada hacia mi móvil, justo encima de mi mesa. Hace días que no suena, la tormenta ha pasado, o por lo menos, eso creen ellos, o no.

Toda mi vida he sabido que los cobardes huyen en cuanto pueden. Sin embargo, sé que saben que cuando las olas te han destrozado el barco, cuando tienes el cuerpo lleno de arañazos de las maderas que has arrancado con tus propias manos para no ahogarte, o cuando los troncos inertes a los que te has agarrado, cuando tus heridas aún son muy dolorosas, de un dolor casi insoportable, no es el momento de desaparecer.

Soy consciente de que es más fácil hacer click en tu teclado desde la comodidad de tu casa a favor de los refugiados, que ayudar a las personas que tienes cerca. Hay poca gente dispuesta a oír que, después de las tormentas, sobreviene una calma tan solitaria, que es prácticamente insoportable. También huyen conscientes de que, cualquier día, el mar entrará oscuro y negro en su salón, por mucho que se empeñen en cerrarle las puertas.

Mis pensamientos sobre el ser humano amenazan con desestabilizar mi fe en las personas cercanas, ésas con las que cuentas, en tu ingenuidad, y que, al final, se refugian en su torre, rodeados de costumbres inútiles que los aferran a una periodicidad segura, de horarios apretados, hundidos en una soledad virtual pintada de colores por amigos inexistentes, seguros de que ésos no van a llamar a su puerta.

Bebo un sorbo de cerveza, aún demasiado fría, mientras contemplo cómo se irritan en Facebook por gente a la que no conocen, leo sus comentarios enfurecidos, escandalizados, pidiendo ayuda al que lo necesita. Piden ayuda al que lo  necesita siempre que sea alguien anónimo, que esté lejos, que no les importe nada.

No puedo evitar sonreír pensando que, si un refugiado llamase a su puerta, todos los que hacen click en su defensa, no la abrirían. Lo sé, porque, sino, no habría tanta gente hundida en la angustiosa calma que dejan tras de sí las tormentas.

 

Esperando un tren

Estación vacía

Salto al vacío con los ojos cerrados.

Busco respuestas en el firmamento de la soledad.

Mi mirada perdida vaga entre las vías.

Me encuentro detenida esperando mi tren.

Busco motivos dentro de mi cabeza y, con la tristeza como compañera no deseada, espero una señal.

Mientras el tiempo se me escapa, la duda me retiene y la soledad me acosa.

En el andén vacío mi tren no llega, ni quiero, pero sé que debo subir a ese vagón sin remedio, con la esperanza de que me lleve a un destino mejor.

¿Esperas tú conmigo? ¿O acaso huyes como lo han hecho los demás por ver una estación demasiado fría?

Mis tardes bajo el sol del atardecer son gélidas del calor que preciso, llenas de tormentas mentales, espero el tren de mi destino.

Busco miradas y encuentro voces tenues de océanos grises que no me ayudan por débiles y cobardes.

Encuentro almas sin alma, ciegas de mando y sin compasión. Ciegas.

Anoche soñaba el atardecer sobre el mar. Todo parecía que iba a ser normal.

Espero con ansiedad mi tren, el que debe llegar y al que temo que llegue.

Ese tren que sacude mis segundos sin compasión ni pausa.

Ese tren que me tiene agotada antes de subir a él.

Aquel que quizá, con el tiempo, mi vida salvará, tal vez.

Mientras, decenas de personas se suben a él cada día, a mí, en mi desamparo, me parece ser la única, rodeada de almas sin alma.

Espero que llegue mi tren al que me subiré bajo la tenue luz de la incertidumbre y del que espero bajar en la estación de la vida.

Y mientras, sigo esperando mi tren.

Sin hacer ruido

Sin hacer ruido

Sé que está mal visto hacer ruido.

Cualquier forma de protesta fuera de los canales habituales no debe manifestarse.

Los ataques de ansiedad deben ir dirigidos hacia dentro. Y tu estrés, te lo tragas, no lo compartas. Es mucho más civilizado interiorizar tus sentimientos y asentir con una sonrisa, pienses lo que pienses, sientas lo que sientas.

Hemos creado un mundo donde lo genuinamente humano no se ve con buenos ojos.

Hay que callarse. Impedir que los sentimientos afloren.

Hay que vivir en una calle cualquiera, en una ciudad cualquiera y disimular que, en realidad, te sientes igual que el vecino.

La palabra “compartir” no se lleva, ni se hace. Nos deshumanizamos cada vez más. La empatía con otro ser humano es interpretada como debilidad o estupidez.

Pues nos estamos equivocando y de qué manera.

Un mundo donde los sentimientos se expresasen en nuestras conversaciones, sería un mundo más digno de ser vivido.

Ya que, lo profundamente humano, que nos empeñamos en matar a diario, emergerá siempre, en algún momento y triunfará por encima de toda racionalidad de una forma infantil, irreflexiva y casi involuntaria.

No merece la pena vivir sin mostrar nuestro lado humano, aunque éste, a veces, signifique sufrir, que es mucho mejor que salir huyendo.

Aunque vivas en un país cualquiera, en una ciudad cualquiera, en una calle cualquiera y ayudes a cualquiera.

 

Cómo convertirte en la persona que quieres ser

Pies arena

Si observas a la gente de tu entorno, comprobarás que la mayoría de ellos viven en un bucle. Siguen llevando el mismo tipo de vida dramáticamente igual durante años y no han modificado su pequeña porción de mundo conocido.

Si has dejado de sentir ese entusiasmo que hace que te levantes cada mañana con una sonrisa en los labios, es que la vida que llevas no es la que te gusta.

En muchas ocasiones, durante mi vida, he tenido que tomar la decisión de abandonar la comodidad de lo conocido. En estas ocasiones, lo que me ha impulsado a ello, ha sido que me producía pavor no probar algo distinto y arrepentirme años después. Es decir, no quería que mis sueños se quedasen en eso, en sueños. Y sigo con esa filosofía de vida.

Todos nosotros, sin percatarnos, tomamos decisiones todos los días, bien sean pequeñas o grandes. Esas opciones que se nos presentan diariamente, nos convierten en la persona que somos en el presente y definen quienes somos en realidad.

Sin embargo, aplazar tareas o dejarse llevar por la marea de lo cotidiano por comodidad o miedo, destruye nuestra identidad.

Hay que tomar las riendas y tomar una dirección consciente, para no decepcionarnos a nosotros mismos, procurando no ceder siempre en contra de lo que deseamos. Hay que elegir y decidir de forma activa sobre nuestras vidas. Cada día un poco, para torcer el camino y trazar una nueva ruta, nuestra propia ruta.

Debemos ser conscientes de cada elección que tomemos y utilizarla para construir la persona que queremos ser y no en la que nos hemos convertido. Cada decisión es un paso que nos acercará hacia nuestra meta.

La mala noticia es que es una tarea que no tiene fin, es un viaje que realmente nunca termina, pero es también la que nos hará felices.

Tu manera de actuar cada día determinará cómo será tu futuro, un futuro lleno de posibilidades nuevas, estímulos y cambios reales, aceptando siempre el hecho de que estarás en el proceso de convertirte en esa persona que quieres ser.

Todo se encuentra supeditado a ti, forma parte de tu decisión de emprender ese viaje y aferrarte a él.

Recuerda que, la vida que tienes, depende de ti.

El interrogatorio

Sala interrogatorio

Interrogatorio realizado por un comisionado de la Gestapo a un prisionero de origen gallego.

Comisionado de la policía alemana: – ¿Estaba usted el 25 de octubre en la Prager Strasse?

Manolo: – ¿Cómo?

Comisionado de la policía alemana: – ¿Estaba usted el 25 de octubre en la Prager Strasse?

Manolo: -Depende.

Comisionado de la policía alemana: – ¿Depende? ¿Depende de qué?

Manolo: – ¿Por qué lo quiere usted saber?

Comisionado de la policía alemana:¡Responda! Quiero saber quién y por qué se detonó ese dispositivo.

Manolo:  – ¡Ah…! Eso puede ser por cualquier cosa.

Comisionado de la policía alemana: – ¿Cualquier cosa? ¡Alguien lo ha planeado y quiero saber inmediatamente todos los detalles!

Manolo: – Vaya usted a saber. Una vez mi tía Rosario, que solía pasearse por el pueblo con su novio, que era primo del que tenía el quiosco más grande, fue acusada de que su novio había deslizado su mano desde el hombro, por el que la solía coger para pasear, hasta su pecho izquierdo. Una calumnia. Pues, lo de que alguien haya detonado algo en el sitio ese, puede ser otra calumnia. Nunca se sabe. La gente es muy mala. Detonar, se detonan tantas cosas…

Manolo recibía el trato característico de las SS y la Gestapo. Llevaba ya cuarenta y ocho horas sometido a un interrogatorio interminable, acompañado de intimidaciones y amenazas. Pero aquello no parecía conmover lo más mínimo al prisionero.

Había llegado ya la hora de utilizar otro método, jugando con la sensación de aislamiento del cautivo y con su inseguridad psicológica.

Inmovilizaron a Manolo y comenzaron a dejar caer gotas de agua sobre su cabeza, de forma ininterrumpida y pausada.

Una gota de agua no parece un arma muy poderosa. No se espera que cause un gran dolor ni que sea dañina. Pero la sucesión de muchas de ellas, causa graves daños psicológicos.

Abandonaron a Manolo y dejaron que las incesantes gotas con su ruido acompasado cayesen una tras otra sobre su cabeza. Este método ya había vencido los nervios de muchos prisioneros.

Lo curioso era que por muchas horas que transcurrían con el caer del agua, Manolo no mostraba señales de que aquello le molestase en absoluto, ni tampoco de tener intención de confesar ni una sola palabra. Muy al contrario.

Aquello se extendió durante horas bajo un permanente estado de observación por parte de sus captores.

Comisionado de la policía alemana: – ¿Cómo es posible que no muestre a estas alturas alguna señal de flaqueza? Es muy raro. Nunca había presenciado tanta fortaleza. Déjenlo unas cuantas horas más. Debe de estar entrenado para este tipo de torturas.

Pasadas ya, no horas, sino días, un oficial de rango inferior se dirigió a su jefe con tono de preocupación: Señor, el detenido lleva dos días y ahora dice que la gota empieza a tener ritmo. Creo que está escribiendo una canción.

Comisionado de la policía alemana: – ¿Una canción? No puede ser una canción. Seguramente ya no podrá más y estará escribiendo su confesión.

Oficial alemán: – Permítame que discrepe, señor. No creo que sea una confesión porque de vez en cuando tararea en alto y sigue el ritmo de la gota con el pie derecho.

Comisionado de la policía alemana (en pleno ataque de ira): – ¡Voy a entrar! ¡Abran la puerta!

Comisionado de la policía alemana: – ¡Dígame inmediatamente el nombre del grupo al que pertenece!

Manolo: -Pertenecer, pertenezco a Cambados.

Comisionado de la policía alemana: – ¡Ah! Lo sabía. La gota hora tras hora ha logrado taladrar su voluntad y al fin comienza a confesar ¡Explíquese! ¿Qué tipo de organización o grupo terrorista es esa llamada “Cambados”? ¡Y no juegue más conmigo o se arrepentirá! Dígame, ¿han sido ellos los que lo han entrenado? ¿Ha desarrollado usted su formación allí?

Manolo: – Podría decirse. Lo de las gotas éstas, es muy común allí en mi tierra.

Comisionado de la policía alemana: – ¿Cuánto hace que pertenece a ese grupo…“Cambados”?

 Manolo: – ¡Uy! Desde siempre.

 Comisionado de la policía alemana: – ¿Dónde se encuentra?

 Manolo: – Cambados se encuentra en la margen izquierda de la ría de Arousa, ¿Sabe que está considerado como la capital del Albariño? Un vino con mucha fama que elaboramos yo y mis paisanos a partir de cepas que fueron traídas de Renania en el siglo XII. Lo cultivamos de forma artesanal en pequeñas terruños que unos tienen aquí y otros allá, a veces ni se sabe dónde están los lindes. Suele haber muchas disputas vecinales por ellos que, a veces, acaban bastante mal. Hay muchos vecinos con mala leche pero, en general, nos vamos arreglando. Bueno, como le decía, el Albariño está catalogado entre los mejores blancos de Europa. No es que quiera faltarle a usted, señor oficial, aquí tienen buenos blancos, pero ni comparación con el nuestro.

 Comisionado de la policía alemana:  – ¿Y dice usted que es bueno ese vino?

 Manolo:  –  Decir “bueno” es quedarse corto y si lo acompaña de unos pimientos de Padrón o una tapita de pulpo, no vuelve usted a acumular tanta tensión como la que tiene con este trabajo suyo, con tanto grito y tanta orden. Si hasta tiene usted mala cara. Ya lo decía mi tío Ambrosio, hay que saber relajarse y él vivió hasta los ciento cinco años años.

Comisionado de la policía alemana: –  Ciento cinco años años son muchos años… buenos genes.

Manolo: Ya le digo y el Albariño que ayuda mucho.

Comisionado de la policía alemana:  – ¿Cree de verdad que tengo mala cara? ¿Podría, quizá, conseguirme unas botellas de ese vino?

Manolo:– Poder es posible que se pueda. Depende.

Comisionado de la policía alemana: (sentándose en una silla y echándose a llorar):

– ¿Depende de qué?

 

Hazlo

Escribir

Hazlo, si no puedes evitarlo.

Si tienes que pensarlo durante horas

buscando las palabras, es mejor que no lo hagas.

 

Sucederá por sí solo sin que puedas pararlo.

Continuará ocurriendo hasta que mueras

Y morirá cuando lo escribas.

 

Te retorcerás cuando otros lo lean y lo interpreten.

Te robará el alma.

Está en ti y crecerá en ti hasta que lo escupas.

 

Los demás no saben lo que es, pero tú sí lo sabes.

Hazlo.

No te pares.

 

Tampoco podrás detenerlo.

No hay otro camino, no lo busques, ni lo evites.

 

Si te quema por dentro, escribe.

Si tienes que pensarlo, déjalo.

 

Insomnio merecido

Atormentado

Las noches son largas para quien no puede conciliar el sueño.

No es mi caso. Mis noches son dulces, felices y tranquilas. Y es que yo, para dormir bien, creo en algo, albergo planes y esperanzas. Procuro pensar que el día siguiente será mejor, distinto, o que se repetirán los ratos buenos. Me arrimo al lado que me gusta, porque el malo, aparece demasiadas veces sin necesidad de invocarlo.

Sin embargo, para los insomnes, los minutos y sus horas se alargan sin fin, proporcionando la sensación de que su noche no se acaba nunca, convirtiéndose en interminable.

Tú siempre me confesabas el miedo que sentías a dormir, balbuceando palabras sin sentido sobre el mal que habías esparcido por doquier durante tu vida. Quisiste enmendarte conmigo, pero has vuelto a cometer, uno tras otro, todos los errores del pasado. Esta vez vas a peor, acelerando sin precauciones tu pendiente. Inconsciente de que, esta vez, es la definitiva.

Ahora sé que tú perteneces a aquellos que no pueden dormir porque se lo merecen, porque pagas un ínfima pena por lo que has perpetrado y continúas perpetrando.

Una de las causas más comunes del insomnio es el estrés acumulado y las preocupaciones cotidianas.

Sin embargo, también existe cierta tradición que asocia el insomnio a la mala conciencia. Tú no puedes conciliar el sueño por odiar, o por desear y haber causado el mal a muchos, los cuales proclaman, con voz contenida, el no haber podido recibir justicia por la manera en que has estropeado sus vidas. Las voces impotentes de los que ven libre a su verdugo.

Como digo, yo duermo bien. Actúo de día y sigo mis pasos. Segura y, sobre todo, constante.

Y tú, sé que no puedes dormir porque soportas tus culpas, tus delitos, que se acumulan con los años. Culpas, que no borras ya tan fácilmente con la ingesta prolongada de alcohol, aunque me han dicho que lo intentas con vehemencia.

En tus sueños impera una noche helada, oscura, con un terco silencio sin estrellas, presagio del oscuro mundo de tus tinieblas.

Te engañas por el día. Sin embargo, la noche, persigue tus delitos no expiados. Se venga del culpable y te arrebata el sueño, te castiga con su silencio aterrador, un silencio en el que escuchas a los que sabes que te esperan, que te esperamos. Y, por fin, cuando Morfeo te visita, lo hace en forma de horribles pesadillas de las que te he visto despertar sudando. Esas de las que jamás hablabas.

Tú eres un insomne merecedor del castigo, sólo previo al verdadero, por eso, se te priva de dormir a tus anchas manteniendo tus sentidos vigilantes, con los nervios excitados, engañándote de día.

No dormirás hasta que tu culpa se revierta en resolución. No lo hará nunca. No la hay para ti. Ya te he dicho que soy constante.

Buenas noches.

El patio interior

Hombre patio interior

Sentado en su vieja silla con la sensación de haberlo perdido todo, de no haber vivido nada, empecinado en su intento por  escribir, simplemente por dejar algo tras su muerte.

Aferrado a un viejo ordenador, con los ojos fijos en una patio interior sombrío, húmedo y umbroso, mirando fijamente a la modesta, monótona y mustia ropa que cuelga la vecina de tercero. Forzando la escritura, sin poder escribir.

Si contase lo que siente y cómo ha llegado a esa situación de soledad extrema, no haría más que ponerse en evidencia, por lo menos, eso es lo él que piensa.

Podría contar historias sobre personas de su vida cotidiana, que forzosamente tendría que inventar, pues no ha hablado con nadie desde hace años.

Mucho tiempo atrás se había convencido a sí mismo, por pura fobia social, de falta de interés por nada, ni nadie. Una vez cultivado con persistencia este aislamiento, había logrado alcanzar la soledad más absoluta. Ahora, que ya era demasiado tarde, se daba cuenta de que no la quería.

Siempre había pensado que tendría tiempo. Tiempo para viajar, para conocer a gente que “mereciese la pena”.

No había querido entablar conversación alguna con el vecino al que le cuesta caminar y que da pasos pequeños hasta cruzar la acera para alcanzar la farmacia.

Tampoco le había interesado aquella  mujer que entra en el portal con los ojos clavados en el suelo y un par de libros bajo el brazo, aquella que aquel día de junio, quiso contarle algo sobre los muchos países en los que había vivido y la razón por la que había regresado.

Él pensaba que su inspiración le vendría sin mirar a las personas, sin conocer situaciones, pasando por la vida  en una larga espera para que llegase algo que nunca había sabido definir bien lo que era. Una vida entera sin actuar, sin hablar, sin moverse de su diminuto piso, rechazando invitaciones, levantando un muro difícil de derribar.

Y ahora era demasiado tarde. Se había convertido para los demás en una silueta, una sombra que salía del portal, no lo veían, ni lo saludaban.

Mientras tanto, él sigue pasando las tardes delante de una cuartilla vacía, levantando la cabeza de vez en cuando hacia el patio interior húmedo y vacío, aunque ya sabe, que no hay nada más que pueda esperar.