Desde lo alto de la colina

 

oporto-noche

Los pasos del atardecer, sobre el silencioso muelle, enredan a todos los que paseamos por sus orillas.

Mientras, el sol, con sus destellos de un cálido anaranjado, se posa con pausada lentitud en todos aquellos rostros que, al cruzarnos, entrelazamos miradas y jugamos a regalarnos pensamientos. Unos miran a los ojos, otros al suelo, al tiempo que, la gran mayoría, los entrecierra para sumergirse en las luces, los olores y las palabras de conversaciones tan sueltas como inacabadas.

No es momento de hablar, sólo de sentir que existen otros lenguajes en la mirada de otras personas, aquellas que caminan junto a ti por las estrechas y prosaicas calles empedradas en las que la antigüedad de sus piedras, de tacto áspero, invitan a seguir puliendo esos adoquines rozados por los siglos.

Deseamos atrapar aquellos instantes de lucidez que sólo aparecen cuando te permites mirar de frente a lo que se desnuda ante tus ojos.

Un escenario, que parece un sueño, hace más obvia aquella realidad compuesta por gotas negras que se arremolinan para que te pierdas por zonas oscuras que no valen la pena.

Son instantes para aprender los matices de las luces del día, ocasiones para apreciar la melancolía que acompaña a la caída del sol mientras esperas, ansiosa, la llegada de la noche.

En ese puerto, de miradas errantes con historias propias, nos hallamos atrapados en ese mágico muelle de ebrios barcos tambaleantes.

Un lugar de pasiones decadentes, cartas de amor y odio garabateadas en servilletas salpicadas por gotas rojas de sangre y vino. Y, por supuesto, un sitio en el que las fotos jamás logran arrancar esos trozos a la realidad.

Después de unas horas, una luna rosada y ambarina cuelga su luces en un cielo claro que ha perdido su batalla con el día.

Es entonces, cuando las piedras centenarias guían, una vez más, mis perdidos pasos hacia el hotel de la colina. Desde allí, me permitiré, una noche más, el lujo de observar la ciudad desde lo alto.

Oporto desde la colina

Y cuando las luces se hagan pequeñas, el sueño se tornará más grande, cubierto por el esplendor de la belleza nocturna.

Queda mucho por salvar, no todo está perdido, excepto un pequeño centro de quietud en mi corazón que se ha rasgado un poco más, cortado por esa serpiente rellena de agua que divide la ciudad, y mi alma, en dos partes.

Parece un sueño, pero no lo ha sido. He estado allí y ahora, entre brumas, recordaré para siempre esa ciudad que contemplé desde lo alto de la colina.

Una mujer sin paraguas

 

München (Marienplatz)

Nunca me han gustado los paraguas.

Me niego a llevar un objeto en las manos que me impida moverme con libertad.

Si el frío o la lluvia son excepcionales, me inclino por los gorros, los sombreros, las capuchas o las boinas. Si llueve o hace una frío moderado, me mojo el pelo o me meto en una cafetería.

El tiempo nunca me ha impedido salir. En todos los países y ciudades en los que he vivido ha hecho frío, mucho frío. No esperaba otra cosa. Es verdad también que me he quejado del calor. No sabía cómo luchar contra él, es cierto.

Ahora, a medida que pasan los años, eso del frío se me hace más cuesta arriba.

Hace unos días estuve en Munich. El frío era justo el que esperaba, ni más ni menos. Un frío poco acogedor. Implacable. Mi frío. El de siempre. Si vas a Munich en febrero y esperas otra cosa, es pura ingenuidad.

Cuando el avión tomó tierra, una densa niebla nos esperaba en la pista. Normal. Todo muy normal. Aterrizar sin ver es lo que se lleva por esas tierras. Para eso están los radares. Cada vez que aterrizo así, sé que el suelo estará conmigo antes de lo que espero. Y me gusta que sea así. Que me sorprenda rozar la pista.

Sabía que era un viaje hacia el frío y éste no desaparece por quejarse, si lo hiciera, me quejaría.

Un cielo plomizo e inmóvil, no me impidió disfrutar de los muchos placeres de la ciudad. Una grandiosa urbe llena de todos los olores y sabores en los que deseaba hundirme de nuevo.

Nunca he soportado el Glühwein, ese vino tinto caliente para deshacerse del frío. Prefiero la sopa. Opté por un café.

La ventaja de los sitios en los que hace tanto frío es que la calefacción siempre te acoge, si pasas más del tiempo necesario en el país, también te cansa. Ocurre otro tanto con el aire acondicionado y el calor. Nada es perfecto en la vida. Las cosas son así y adaptarse es de sabios. Quejarse no.

Ahora busco climas más gratos, más cálidos, con luces que me tienten y en las que no te espere esa temprana oscuridad diurna, que antes me bastaba suplir con velas.

Ahora busco el sol. Voy entendiendo paulatinamente a todos esos turistas poseídos por la fiebre del sol. Siempre los había criticado y aún lo hago, pero el frío, que sigo llevando muy bien, cansa, sí es cierto, ahora ya cansa.

Y aunque es verdad que continuo alegrándome de estar rodeada de hielo y nieve, mientras dejo que esa brisa helada se pasee por mi rostro cuando serpenteo por las calles de Centroeuropa, ahora me arrimo al calor. Lo confieso.

Aun así, seguiré viajando hacia el frío sin paraguas. No me gustan los paraguas, nunca me han gustado, no los uso y nunca lo haré.

Marienplazt (Munchen)

El reencuentro

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Lucía el sol al llegar a Salamanca.

Iba calle arriba, presa de un calor abrasador, buscando el hotel que estaba cerca de La Plaza Mayor.

La Plaza que había cruzado tantas veces saludando al viejo de ojos azules y barba blanca, que sentado en uno de los brazos, vendía sus poemas. Sin él, la Plaza no era la misma.

Sin embargo, huir de los cambios es morir, por eso había regresado tantas veces.

España está hecha de plazas y bares.

Recordó sin querer las piedras rojizas que la sorprendían en primavera con sus cambios de color bajo el sol y la niebla que la acompañaba, rodeándola en invierno. Así como ese frío, que ella adoraba, y que muchas veces se adornaba a sí mismo con un manto blanco de nieve.

Años atrás lo había sentido casi todo en esa ciudad.

Por un momento, el sol le dio en plena frente.

No hay en Salamanca mares que mirar, pero hay tanto que ver y tanto que recordar.

Todo volvía a ser salmantino, hasta ella y su acento.

Se le atragantaron en la memoria las piedras seculares que la rodeaban.

Como siempre, todo era pequeño, acogedor, conocido y, sin embargo, no había tiempo suficiente para mirar todos los cambios, así como todo lo que seguía igual.

Volver era distinto cada vez.

Las sensaciones viejas regresaban y otras nuevas la envolvían.

Recordaba sonriendo, la universidad y un novio que había tenido.

El hotel estaba construido en la calle empedrada de la  Plaza del Corrillo.

Allí está la fachada de la iglesia de San Martín y, como fondo, la colosal Plaza Mayor de la ciudad.

¿Quién llegará a la aquí mañana? ¿Quién se marchará?

Pidió la habitación que ya había reservado como quien pide amparo.

Daba a La Plaza Mayor, a la noche y a una paz rotunda.

Se alegró de estar allí.

Sobre la cama, un blanco albornoz, bueno dos, uno sobre otro, como haciendo el amor. Los miró y sonrió.

Se lavó las manos en agua fría admirando un precioso baño de mármol y piedra que traía ese frescor tan agradable que la protegía del calor de fuera.

Y se sorprendió mirándose en el espejo. La felicidad de quien cruza una frontera invisible que tiñe su alma de sentimientos necesarios.

Cruzó La Plaza una vez más de las miles que lo había hecho antaño, pensando en las que aún repetiría en el futuro. Le pareció aún más bella, más humana y más de verdad.

Se oía hablar a la gente iluminada por estrellas grandes como piedras, ésas tan propias de ese cielo castellano y el aire de la noche, limpio que llenaba sus pulmones.

Te he echado de menos… no sabía hasta qué punto.

Ya en la mesa de una de las muchas terrazas, la melancolía volvió por un instante y ésta dio paso a un vivo apetito. Pidió de todo un poco y su plato favorito. Mientras esperaba, entabló conversación con un soberbio tapiz que se veía al mirar el interior del restaurante.

En esta charla estaba cuando, de repente, llegó él.

Un enorme plato de jamón ibérico de bellota acompañado de una de las mejores botellas de vino de las tierras salmantinas.
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Volvió a enamorarse, casi sin darse cuenta. Miles de párrafos de libros antaño leídos, regresaron sin previo aviso al unir esos dos sabores.

Amándote, muero.

Los olores, los acentos, la noche, los clásicos como Antonio de Nebrija que había estudiado en la misma Universidad que ella, su “Gramática castellana” de 1492, la primera lengua moderna de Europa que tuvo una gramática y cuya primera edición se hizo en Salamanca.

Y Miguel, también Miguel de Unamuno, tres veces rector de esta misma Universidad, cuidad donde los clásicos se mezclan con las copas de un lugar de decoración medieval llamado Cámelot, construido dentro del convento de las Úrsulas, por si te da por dar las gracias a Dios por estar allí.

Sitios en los que Niebla, no es sólo una obra de Unamuno sino también un lugar para estar toda la noche, una ciudad donde puedes sacarte un “Cum Laude” todos los días en su pista de baile y si quieres uno de verdad, vete a la Universidad, aunque ahí siempre han sido más difíciles de conseguir.

Ella se tragó todos estos recuerdos de golpe, tantos eran que se le apretó a la garganta y estalló en llanto.

Fue uno de esos momentos que te rompen el alma en dos.

De esos que quieres repetir a lo largo de tu vida, y lo haces, regresando una y otra vez para ver qué te has perdido y para averiguar, no sin cierto miedo, si puedes volver a sentir otra vez.

Salamanca

Dos maneras de viajar

ESTOCOLMO

Existen distintas maneras de viajar:

–         El viaje como mero desplazamiento.

–         El viaje como búsqueda.

Sentimos la necesidad de cambiar de circunstancias y de probar cómo nos sentimos en un entorno que no nos conoce y que no conocemos.

Salir de nuestro medio conocido permite actuar con mayor libertad y, en la mayoría de las ocasiones, incidir sobre el yo adormilado que trasportamos de un sitio a otro a diario.

Muchos viajeros sienten la necesidad de hacer cosas que en su país no hacen.

Este tipo de personas sólo viaja para desatar instintos básicos y comportarse como nunca lo harían en su entorno. Poseen un yo superficial que no tiene demasiada curva de desarrollo.

Me refiero a los que huyen de sus países con el único fin de emborracharse, ligar o meterse en algún tipo de lío.

Viajan sin viajar, sólo se desplazan.

No aprenden nada en su viaje. Yo los denomino “viajeros vacíos de contenido”, aunque más propio sería decir, “personas vacías de contenido”, pues poco aportan a la sociedad o a ellos mismos. Son, a mi modo de ver, prescindibles.

Existe, otro tipo de viajeros, para los que viajar es un modo de ser, de existir y de vivir.

Para ellos viajar es un placer, pero puede ser también un proceso doloroso, pues forma parte de un aprendizaje, de su desarrollo interno.

El camino es visto por ellos como una aventura y un descubrimiento, no sólo en las cosas que encuentran por el camino, sino en cómo su verdadero yo reacciona a nuevas circunstancias y nuevos estímulos.

Viajar como necesidad y como acto compulsivo para indagar sobre lo que la cotidianidad tapa, lo que no muestras en tus circunstancias habituales.

El viaje es visto, de esta forma, como un sueño, una aventura en la que sabes que va a haber sorpresas, simplemente porque tu enfoque no es sólo moverte de un sitio a otro. Tu interés se centra en observar, integrarte en lo que tú decidas que quieres que forme parte de tu baúl de experiencias. Pruebas lo que se adapta a ti y te mueves en un abanico infinito de detalles que pasan inadvertidos para el viajero que sólo se desplaza.

La intensidad de la experiencia en estos viajes, no depende de la distancia. El recorrido se centra más en tu propio yo.

Viajar puede ser visto como una forma de ser, como una forma de desarrollarte que resulta imposible si permaneces en el mismo sitio y rodeado de los mismos estímulos.

Por mucho que pienses cómo te sentirías si estuvieras observando la luna desde Nueva York, Estocolmo o Checoslovaquia, o tomado un café perdido en mitad de un pueblo a cien kilómetros de donde vives, o cómo reaccionarías sin gasolina en la autopista de París a Bruselas, no lo sabes hasta que no lo haces. La sensación puede ser intensa, divertida, angustiosa o puedes odiar su recuerdo.

En los viajes surgen situaciones de las que deseas formar parte, que quieres probar, otras que no, y otras que ocurren sin que puedas hacer nada para evitarlo.

Es importante viajar sin traicionarte a ti mismo, es decir, obrar según tus propios criterios.

Durante tu viaje encontrarás viajeros clásicos, necesitados, huidizos, enfermos, agobiados, imaginarios, fantasiosos, insatisfechos, presuntuosos, famosos, desasosegados, fóbicos, compulsivos, poco realistas y locos. Habrá de todo, pero tú sigues siendo tú, aunque tu entorno haya cambiado.

Si viajas de esta forma, nunca vuelves siendo el mismo, sino que eres más… tú mismo.

 

Bruselas

Mi gran nevada en Zúrich

Estos días las temperaturas son muy bajas, y este frío me ha recordado una de las nevadas más grandes que he presenciado en mi vida y, han sido muchas.

No sé cuál es la razón por la que, desde pequeña, disfruto enormemente con los fenómenos meteorológicos. Todos ellos me hacen saltar de alegría como una niña pequeña.

Éstas son algunas de las fotos que tomé aquel día en Zúrich, en el que me levanté con este impresionante espectáculo, el cual disfruté desde primera hora de la mañana recorriendo y haciendo fotos a todos los sitios a los que pude llegar.

dia6-11º

Nevada Win

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Yo despejando el camino del garaje
Yo despejando el camino del garaje

Carretera nevada Zurich

dia6-2ºFondue

Y por supuesto, ésta es la mejor manera en la que se puede acabar un día así. Sobran las palabras…

Laxe Beach

Laxe Beach
Laxe Beach

An enormous area of sandy ground in the shape of a half moon, with turquoise water, next to the fishing port.

Laxe is a small town situated in the north west of Galicia, forming part of other municipalities in the Costa da Morte (Coast of Death).

Laxe

The good food is one of the attractions that offers A Costa da Morte. In the waters of this coast, a large assortment of fish: hake, turbot, sea bass, sole, monkfish, … and excellent seafood: shrimp, lobster, crab, clams, barnacles … to be found in the varied menu of restaurants. We must not forget of the excellent meat from cattle raised with a juicy grass.

Sunset

Since a couple of miles before entering Laxe, the view from the road is impressive, especially at dusk when the sun goes down behind the port.

Mis distintos “yos” según el idioma, un cambio sin vuelta atrás

Berlin

Hay una gran diferencia entre viajar, por muchos países que visites, que vivir en ellos.

He vivido y trabajado tanto en Bruselas, Zúrich, como en Berlín, durante años y viajado por algunos más. Aunque reconozco que Suiza y Alemania están más en mi corazón.

En estos años he desarrollado, lo que denomino “mis distintos yos”. Estas variantes de mí misma, aparecen sobre todo al cambiar de idioma, pues al hacerlo, también cambia mi manera de pensar.

Cuando hablo inglés, alemán o francés, no pienso en español, sino en el idioma en el que hablo. Utilizo estructuras diferentes, que se han ido trazando a base de tiempo.

He aprendido, que tanto para dominar un idioma, como para poder integrarte en un país, no debes forzar el proceso, sino dejar que fluya de forma natural, pues se trata de una trasformación que se alimenta de tiempo.

Las claves son dejarse llevar, observar y permitir que se produzcan cambios en tu interior.

Si pretendes vivir en un país que no es el tuyo y sentirte parte de él, debes abrirte a un proceso de aprendizaje en el que participarán tus sentidos, la manera en que percibes el mundo y entiendes la vida.

No se trata sólo de “saber cómo van las cosas en ese país” sino en encontrar tú yo de ese lugar.

Cuando cruzo la frontera hacia un país en el que ya he vivido y que conozco, en esencia sigo siendo yo, con mi manera de pensar, el mismo sentido del humor y todas las características propias de mi ser, pero también mi manera de hablar, mi comportamiento, incluso mi tono de voz, es otro.

No voy a decir que cuando voy a Suiza me convierto en suiza, ni que cuando voy a Alemania me convierto en alemana, pero desde luego sí se produce un cambio en mí.

Siento que hay una derivación de mí que me hace sentir que pertenezco al país. Igualmente que, si no estoy en él, me falta algo. Y de la misma manera, si no estoy en el mío propio, lo añoro. A esto me refería en mi entrada “Feeling Nowhere”.

Este tipo de sentimientos únicamente se dan cuando te has adaptado a lo nuevo, de manera que ya forma parte de algo que sientes como tuyo.

Uno de los detonantes principales de este otro yo, es el idioma. Pues aunque sigo siendo la misma persona, cuando pienso en alemán, los recorridos que hace mi cerebro para expresar algo, difieren a los que recurro cuando hablo en español.

Si me expreso en inglés o francés no siento igual, que si lo hago en alemán o español.

Una persona que viaje por diversos países, pero viva y trabaje en uno solo, no puede sentirse de esta manera.

Si tu día a día, los sabores, los sonidos, los tonos de voz, la luz, las costumbres, la manera de pensar y todos los factores que te rodean, los has hecho tuyos, es entonces cuando has creado un nuevo yo.

 Museos y café en Berlín

En el aprendizaje de un idioma, por ejemplo, ocurre un fenómeno similar.

Hay gente que es incapaz de formar frases o pronunciar bien un idioma ajeno al suyo porque no derriba esa barrera, y no olvida las estructuras de su lengua materna, ni su fonética.

Estas personas hacen que su mundo sea, en este sentido, monocromo.

Si abandonas estas barreras y te abres, comprendes que la pronunciación de las distintas lenguas parte de un centro que no es el mismo para todas y si pones obstáculos para encontrarlo siempre hablarás ese idioma con acento extranjero.

Del mismo modo, si te empeñas en pensar en español y crees que sólo ésas son las estructuras “correctas” y que en ese otro idioma “deberían ser así, porque así te las han enseñado”, nunca dejarás de cometer errores en ese idioma extranjero.

Es decir, es una cuestión de abrirse o no. Si esta apertura se produce, habrá millones de conexiones cerebrales que cambiarán y también se crearán otras nuevas. El mapa de tu cerebro se ampliará en todos los idiomas que domines. Percibirás las cosas bajo prismas diferentes y dispondrás de un arcoíris de perspectivas, que enriquecerán tu vida.

Yo soy varios” yos” distintos, construidos a base de experiencias muy buenas y también muy malas, que hacen que vea el mundo en colores.

Estas diversas perspectivas son como una droga que nutre de claridad y agudeza a mi mente, pero no está exenta de efectos secundarios como que no sepas cuál de esos” yos” es al que debes seguir. Lo malo, es que, una vez la has probado, no hay posible vuelta atrás.

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El mar, mi pasión salada

Playa Galicia

Las olas eran más grandes que yo ese día, tan altas y con tal fuerza que era impensable acercarme a ellas.

Sin embargo, la fuerza del mar era la única forma de aplacar mis pensamientos que se revolvían una y otra vez como las terroríficas olas de esa salvaje playa.

Cuando mis pies descalzos rozaron la arena blanca y comencé a caminar, comprendí que ese día el mar se sentía tan furioso como yo.

Pasear al lado de su inmenso poder, serviría para calmar mi mente.

Al borde del agua que rociaba y envolvía de sal mi cara y mi cuerpo, el mar intentaba llamar mi atención procurando que me sumergiese en sus entrañas.

Su estado era muy peligroso, casi tanto como mi estado de ánimo en aquel día de verano.

El mar y yo siempre nos hemos sentido atraídos el uno por el otro. Ambos nos conocemos bien.

Mis pies descalzos se hundían en la arena cada vez que una ola se retiraba hacia el mar para volver a la playa con aún más fuerza que la anterior.

A pesar del mensaje que me estaba mandando, yo luchaba para sacar mis pies que, en apenas segundos, se hundían hasta el tobillo en la arena.

Ese día su poder era infinito y cualquiera que ese día se hubiese adentrado en sus entrañas, no habría salido jamás.

El paseo se había convertido en una especie de lucha o de juego peligroso entre ambos. Yo no pensaba abandonar la orilla, aunque vigilaba de cerca las olas que se acercaban, el mar no pensaba dejar de rugir en mis oídos.

Pasé horas caminado. El mar seguía furioso, llamando mi atención mientras la fuerza del sol se había unido a ella, para forzar mi rendición y dejar que sus rizos salados rodeasen mi cuerpo.

Poco a poco, al caer la tarde mientras el sol se tornaba de un rojo anaranjado, las aguas también comenzaron a calmarse.

El profundo mar verdoso y coronado por espuma blanca, se tornó en una mansa piscina de color azul cristalino. Las sospechas de peligro de las horas anteriores, había desaparecido por completo.

Todo estaba en calma y yo también. Los pensamientos que antes agitaban mi mente habían desaparecido en mi particular lucha contra el mar. Ambos estábamos ahora tranquilos.

Miré hacia el horizonte que mostraba un agua plácida en la que la furia había desaparecido.

Decidí que ya era hora de dar la espalda a la furia y abrazar la calma. Bajo el tibio sol de atardecer comencé a abandonar la playa con una dulce sonrisa en mis labios.

Conozco tus secretos y tú mis debilidades. Sabes que eres mi pasión, que te necesito para que mojes todo mi cuerpo con tu sal, pero también sabes que he aprendido a respetarte.

El mar, al igual que una mujer, bajo su aparente calma, está plagado de corrientes internas, de pasiones ocultas, que recorren su interior y, si no las respetas, te arrastrarán hasta sus profundidades para no dejarte salir jamás.