En esa ciudad del Este

La sensación de calma es intensa. Hay un silencio que casi hace ruido. Los colores del cielo son extraños y nada se mueve.

No hay gente por las calles, si acaso una persona de la que sólo puedo ver la cara a la altura de los ojos y caminando con prisa.

Parece que va a ocurrir algo.

Miro al cielo, está entre negro y rosa. La atmósfera anuncia que algo va a ocurrir y tengo hambre.

Va a nevar y será una gran nevada, pero mi sensación es de inquietud. Quiero ver gente y preguntar. No estoy segura de que no vaya a estallar una bomba o nos vayan a tirar un misil desde el cielo. Aunque el cielo está tan denso que parece como si no fuese a permitir que nada lo atravesara.

Porque la ciudad en la que estoy aún tiene secuelas de pobreza y de guerras pasadas. La gente con la que me cruzo ha vivido otra vida, que yo sólo he visto en las películas.

Levanto la vista, veo un edificio con unas pintadas, es muy triste, muy gris, muy feo y alcanzo a ver trozos de metralla. Hay partes de la ciudad totalmente destruidas que hablan del pasado.

Qué silencio, es atronador.

En mitad de aquella nada, a lo lejos, cruzando una ancha calle, parece que veo luces. Efectivamente, es una cafetería.

Me cubro los labios, con el abrigo y me ajusto el gorro. No se me ven más que los ojos. Hace mucho frío. Estoy cansada de caminar y helada.

Detrás de una puerta de madera, que empujo, llega ruido de conversaciones, calor, la calidez de muchas velas encendidas y gente, mucha gente. Es un sitio muy grande. Hay una gran mesa para que nos sirvamos.

Me siento al lado de una ventana, puedo permitirme el lujo de deshacerme de mi gorro y mi abrigo. Sujeto entre mis manos un enorme café caliente y pasados unos minutos tengo en la mesa más cosas de las que puedo comer.

Bebo un poco de café mientras miro a través del cristal. Los copos de nieve empiezan a caer, toda la tensión cesa. El cielo libera su carga para ponerse a pintar.

Pasan cinco minutos y la calle está totalmente cubierta de una capa blanca e impoluta. Es un cuadro de una belleza que me hace sonreír.

Ya es de noche, está muy oscuro. Miro el reloj, claro, ¡si ya son las tres de la tarde!

La Técnica del Espejo

Yo y mis espejos
Yo y mis espejos

Un día paseando por la calle vino a mi mente una imagen de cuando era una niña pequeña y estudiaba ballet: el espejo que me ponían delante cuando bailaba o adoptaba cualquier posición en la barra. Mediante ese invento, muy común en las clases de danza, el profesor no tenía que corregir los torpes movimientos de sus alumnos, ya que el espejo lo hacía por él. Las aspirantes a bailarinas veíamos con horror nuestra propia imagen de movimientos descoordinados reflejados en aquel enorme e implacable espejo. Ello hacía que corrigiéramos inmediatamente nuestra postura corporal. En aquel enorme espejo podíamos observar con nitidez que nuestra imagen no se correspondía con la que teníamos en nuestra mente. La realidad se imponía cruel. La imagen real que proyectábamos a los demás no era en absoluto la que imaginábamos.

A partir de este pensamiento se me ocurrió una forma de defenderme ante situaciones diarias que a muchos nos resultan molestas.

Me refiero a esos conductores perdidos en enormes monovolúmenes, que utilizan más la bocina que el intermitente; a los empleados de banco que tratan a los clientes como a disminuidos psíquicos; a las dependientas que dan lecciones a sus clientes, creyéndose en posesión de una máster en cosmética avanzada; a los peatones que pasean a sus perros, ignorando que tienen que tirar de la correa para que los demás no tengamos que saltar por encima de ella; a los padres que dejan que sus retoños den alaridos en recintos cerrados, de manera que sea imposible conversar en un tono de voz apropiado; o la persona que te llama al móvil por error y que cuando averigua que tú no eres su sobrina María del Carmen, te cuelga sin disculparse; En fin, gente que nos rodea a diario y con la que no nos queda más opción que convivir.

Siempre he sido una persona bastante tímida, pero tengo sentido del humor y soy observadora. Eso ayuda mucho. Suelo comportarme con amabilidad, por muy malo que se presente el día. Siempre he pensado que exteriorizar el mal humor, es una pérdida de tiempo y de energía, además de ser de muy mala educación.

Casi de una forma inconsciente, he logrado poner en práctica una técnica que me ayuda en situaciones molestas, sin que me afecten. Además de divertirme enormemente, consigo grandes resultados.

Nunca he sido partidaria de enfrascarme en una discusión a gritos con nadie, y tampoco quedarme pasmada es una opción. A lo largo de los años, y sin yo pretenderlo, he desarrollado esta técnica, que, aunque no puede llevarse a cabo en todas las situaciones, es muy útil en muchas.

Lo ideal para ponerla en práctica, sería llevar un espejo encima, pero soy consciente de que la gente no puede ir con algo así por la calle y ponerlo delante de todas las personas que le molestan.

Desde el principio pensé pues, que la única solución posible era la imitación. Soy bastante buena imitando y he practicado ante familia y amigos durante años.

Supongamos que deseas anular una cita con un médico. La enfermera descuelga el teléfono con algo que suena a bufido, más que a voz humana. No te irrites. Contesta que deseas anular la cita en el mismo tono con el que ella ha descolgado el teléfono, es decir, con otro bufido. En este punto habrá un silencio. El silencio se traduce como sorpresa. Bien, ya has captado su atención. Segundo efecto, reflexión. Ahora has logrado algo más, que te preste atención. Si en su segunda frase baja algo el tono y se muestra más accesible, tú has de copiar su cambio de tono con tu voz. Ya ha empezado a verse reflejada en su propio espejo. La imagen que proyecta hacia los demás no le gusta. Está recibiendo el mismo trato y no se siente bien. Mejorará hasta tal punto que, al final de la conversación, hablará en un tono amable y normal. A veces la percepción es consciente y otras inconsciente. En cualquier caso, habrá un entendimiento tácito. Ella ha aprendido que no se debe tratar a la gente así y tú has disfrutado con tu pequeña interpretación.

Vas al banco. Tu asesor personal está de muy malas pulgas. Un día torcido lo tiene cualquiera. Sin embargo, él tiene que pensar que tú eres un cliente y debe atenderte bien. En vez de eso, se pone bastante arisco, empieza a despotricar sobre que no puede perder el tiempo conmigo ese día. Mi cara es de asombro, de momento. Al cabo de un rato pierde totalmente la razón y empieza a hablarme en tercera persona, como si fuera la Pantoja: “Fernando Sánchez (nombre inventado, claro), no tiene que atenderla en esto; Fernando Sánchez no tiene que aclararle esto otro; Fernando Sánchez está muy ocupado hoy para estas cosas”. Y con tanto hablar en tercera persona ya empiezas a desconfiar de ti misma y a mirar hacia un lado de la mesa, a ver si es que hay alguien sentado a su lado. Tú quieres llamar al director, pero antes, ¿por qué no intentar lo que tan bien se te da cuando te enfadas? Empiezas a hablar en tercera persona, como hace él, y te refieres a ti como si no te conocieras. Por su cara de asombro, notas que le extraña tu actitud, después se siente incómodo hasta que tú exageras algo más y pasa a sentirse realmente ridículo. Y ya cuando estáis reunidos los cuatro, es decir, sus dos “yos” más mis dos “yos”, él se da cuenta de que su comportamiento no es el más apropiado. Ha funcionado y ha evitado que tuviese que hablar con el director del banco.  

La técnica del espejo, es muy buena para la salud mental, evita enfrentamientos innecesarios, explicaciones inútiles y mejora las relaciones sociales. Eso sí, hay que ser un buen imitador, poseer un buen espíritu crítico, ciertas dotes para la enseñanza y mucho sentido del humor.

Inténtalo, practica sin cesar, verás cómo mejora tu vida y la de los demás.