La aplicación

La aplicación

Mira fijamente la aplicación de su iPhone. Veinticinco grados. Cielos despejados. Echa un vistazo al cielo. Vuelve a mira al móvil. Cierra la aplicación y la abre de nuevo. Es curioso. Nada cambia. El mensaje es el mismo. Mira el tiempo en Madrid y vuelve a mirar las predicciones para su ciudad. Igual.

Algo no encaja. Mientras, se pasea bajo un cielo gris que chispea lluvia sin cesar. El horizonte no anuncia nada bueno y las nubes se tornan cada vez más oscuras.

Simplemente no puede ser. Está claro que se han equivocado. Mira al iPhone, mira al cielo. Extiende la mano. Llueve, no un poco, mucho. No lo entiende.

Los del cielo se han equivocado, ¿es que ni se han molestado en consultar los iPhones esta mañana?

¡Hoy van a bombardearlos a reclamaciones!

¿Lo dudas?

Whatsapp

Al otro lado del móvil, me dicen:

-Ya está ¡Los tengo!

En ese momento me viene a la cabeza las palabras que me dijiste en nuestra última conversación.

-No seas fría. Pareces nórdica.

Comienza a hablar y tras unas cuantas frases, me repite lo mismo.

Le respondo que los “whatsapps” carecen de tono y que no me parece serio poner emoticonos a este tipo de mensajes.

-¿Seguro que eres gallega? ¿No se te habrá pegado algo de vivir en el extranjero?

Le gusta picarme. Una reacción muy gallega para un gallego medio suizo.

Empiezo a caer en sus redes y a decirle que la lluvia no me amilana, que sé perfectamente que en junio a las once es aún de día, que sé cómo se hace una ajada, que estoy acostumbrada a beber vino en cunca, que conozco los misterios de los pimientos de Padrón, que soy fan de Estrella Galicia, que de Lugo a Vigo no se debe ir en tren a no ser que lo único que busques sea fotografiar el paisaje, que no me fío de los veranos de 30 grados y siempre llevo una chaqueta, que sé lo que son esas cosas de madera cuadradas en medio de las rías, que el agua del mar no está fría…

Oigo cómo se ríe de mis esfuerzos al otro lado del teléfono.

Reflexiono un momento. Creo que es más gallego que yo. Vale. No pienso entrar más en su juego. Yo también soy de la tierra. En un arranque de orgullo, me río a carcajadas de sus críticas.

Èl insiste en tono burlón. No me contesta y sigue con la pregunta.

-Son buenas noticias, ¿no? ¡Por fin!

Y yo, abandono la lista de tópicos para, también por fin, hablar sin mensajes, con entonación, poniendo todo mi acento y mis risas.

Quizá mañana, empiece a convecerse de que ambos hemos nacido en la misma tierra.

Aunque no puedo evitar tener mis dudas. Al fin y al cabo, soy gallega.

Un saludo R. 🙂

Integración

 

Business dinner

Nada más entrar en el restaurante ya sabía que se iba a tratar de una cena aburrida. Una de esas cenas cordiales, en las que se iba a hablar mucho sobre nada. Lo fundamental entre los suecos era no hablar de nada. Sin embargo, era consciente de que no me quedaba más remedio que asistir.

Reconozco que el restaurante era de una belleza sobrecogedora, lo cual, en cierta medida, me consolaba.

Tras las presentaciones de rigor, nos sentamos en una amplia mesa redonda con magníficas vistas a toda la ciudad de Gotemburgo, cuyo cielo se iba tiñendo de rojo según avanzaba el atardecer.

Después de una somera charla, sirvieron los vinos y, poco más tarde, una sopa de pescado. Todo transcurría según lo previsto.

Varios hombres elegantemente vestidos, dos mujeres y yo. Todos ellos, procurando olvidar su sueco materno para expresarse en inglés, por deferencia a mí.

Miré hacia mi plato de sopa y cogí despacio la cuchara con intención de probarla, cuando escuché un sonido que no pegaba del todo con la elegancia que me rodeaba. Era una especie de sorbido, como una inhalación rápida y sonora, que, aunque he estudiado fonética en profundidad, me resulta difícil de describir.

La persona que me había llevado a la cena se acercó a mi oído despacio y me aclaró que el que acababa de emitir ese sonido era del norte, con la intención de disculparlo. En aquel momento no entendí qué me había querido decir con su explicación, pero mi curiosidad ya se había despertado. Lo primero que pensé fue: “Yo también soy del norte y no por eso me dedico a sorber la sopa”.

Pronto escuché un segundo sonido igualmente sorprendente, aunque distinto. Éste se había escapado de los labios de otro de los circunspectos suecos sentados a aquella mesa. Levanté mis ojos del plato por segunda vez. Se trataba del sonido que se efectúa cuando alguien te toca el hombro por detrás y te llevas un susto. Esto ya me resultaba más intrigante ¿Qué era lo que había asustado a aquel hombre que al tiempo parecía tan relajado?

Resultaba del todo imposible no querer catalogar el fenómeno lingüístico al que, sin duda, estaba asistiendo. Dejé de mirar hacia el plato y empecé a observar que los sorbidos, con los labios juntos, y los “sustos”, con los labios abiertos, no cuadraban. Pues no coincidían, ni con las veces que se llevaban la cuchara a la boca, ni tampoco tenían nada que ver con la conversación, porque allí la única asustada era yo.

Según parecía, para el grupo de suecos, su emisión representaba una manera de afirmación o aseveración en la conversación. Como si decimos: “Sí” “Ya, entiendo” o “Efectivamente, tienes razón”.

Tras mi segunda copa de vino, decidí lanzarme a probar si mi teoría poseía alguna base científica. En cuanto se dirigieron  a mí, en vez de responder afirmativamente en la lengua de Shakespeare, me atreví a soltar una ligera aspiración de aire. Abrí la boca, procurando dejar una rendija suficiente entre mis labios, aspiré aire y permanecí con la boca abierta.

Esperé una reacción, pero no la hubo. Tampoco me preguntaron si me había llevado un susto. Nadie se sorprendió, es más, provoqué una reacción en cadena de sonidos en serie en todos los invitados, unos absorbían aire y otros se “llevan sustos” continuos. Aquello constituía todo un descubrimiento fonético.

Parecíamos una reunión de focas en el Ártico, claro que allí no habría tanta gente como en ese restaurante y no me hubiese dado tanta vergüenza. Por eso, eché un tímido y ligero vistazo a mi alrededor, temiendo que nuestra sonora conversación hubiese sido objeto de burlas en la sala. Sin embargo, comprobé, con gran satisfacción que el resto de los suecos que había en el comedor cenaban sin inmutarse.

Me sentí, por tanto, libre para abrazar por completo la integración a Suecia, y, según me iban llenado el vaso con más vino, mi emulación fonética alcanzaba ya los límites de la perfección. Sorbía, me llevaba sustos y todos se mostraban encantados “¿Quieres más vino?” Sorbido, con un guiño al del norte “¿Te gustan las gambas?” Susto, con un guiño para el resto.

Siempre he dicho que, para hablar cualquier idioma, hay que perder la vergüenza y desde luego, éste era uno de esos momentos clave en el aprendizaje de un idioma. O te soltabas o te cambiabas de país.

Si es que siempre se me han encantado los idiomas, hasta sé hablar como las focas 🙂

P.D. Mucho cuidado con sorber la sopa en Suecia o llevarse un susto, podríais meteros en un lío 🙂

Reproducción fonética: Integración

 

 

PERDIDOS

Map Better

Es inevitable perderse cuando te obligan.

Hay conductores que van huyendo, huyen de las autopistas porque son caras, y más, si atraviesas Europa. Huyen de la gente porque, según cambias de país, te hablan un idioma diferente ¡Qué gente tan rara! Si pasas por Francia, te hablan francés, si pasas por Alemania, alemán. Y es que hay que huir de semejantes locos.

Si haces un viaje con uno de estos conductores temerosos del mundanal ruido, lo lógico y normal, es que te pierdas. Te pierdes y lo haces en todos los sentidos.

Te pierdes porque te obligan a ir mapa en mano indicándoles caminos alternativos que, si bien, hacen que se ahorren un buen dinero en autopistas, también es verdad que les hacen gastar el doble en gasolina.

Tomas curvas y más curvas, atajos y más atajos, caminos inhóspitos, sin gente, sin casas. Bueno, sí, a veces te topas con una casa, pero sólo una.

Mientras conducen, te obligan con gritos histéricos o furia desatada, a que les indiques si hay que encaminarse hacia, la A8, pasando por el terruño B1 pero sin atravesar la autopista A2.

Y tú, tan cansada como aturdida, te dedicas a descifrar un mapa que, si fueras sola conduciendo, arrojarías por la ventana y, simplemente, seguirías las enormes y claras indicaciones de las autopistas de Europa, que no se parecen en nada a las de mi tierra. En mi tierra tienes que saberte de memoria los pueblos intermedios, porque los gallegos siempre ocultan el destino, por aquello de si te enteras de algo. Pues, en Europa no es así, sólo tienes que seguir el cartel que dice, PARÍS…, BRUSELAS…, GINEBRA, que es la que me apetece tomar a mí cuando estoy al lado de estos seres miedosos y cobardes.

Y tú sigues medio bizca, pues suelen querer conducir por la noche para pasar desapercibidos, ir de incógnito y no encontrarse ni con tráfico, ni con gente, ni con nada que tenga vida o les hable, sigues mirando el dichoso mapa, al que has dado tantas vueltas que, más que un mapa, parece una sábana centrifugada.

Y en estos agradables viajes, con estos conductores que sufren a lo largo de todo el trayecto una especie de ataque de pánico continuado, te dejas decir que, como eres mujer, te has equivocado y que ellos “creen” que, a pesar de lo que diga yo y el mapa, hay que torcer a la derecha. Y por mucho que les expliques que si tuercen, se van a ir directos a Alemania, no se convencen hasta que leen un cartel que dice: “Deutschland”.

Entonces nos deleitan con otro ataque de pánico, pues no hablan ni papa de alemán y empiezan a gritar: “¿Qué pone ahí? ¿Qué dice ese cartel? ¡La culpa la tienes tú porque no sabes leer los mapas! ¡Las mujeres no tenéis orientación! ¡Estos alemanes son una mierda, ponen todos los carteles en alemán!”

Llegados a este punto, me suplican que los lleve a una autopista donde haya gente “civilizada” que hable algún idioma “normal”.

Y como soy así de idiota, en vez de bajarme del coche e irme a un hotel a disfrutar de una ducha y una buena comida, los llevo de vuelta a una autopista.

Abandono el dichoso mapa y leo los carteles para hacer todo el camino de vuelta, entre las quejas y protestas del conductor de marras sobre el gasto inútil de gasolina.

Y, por fin, llegamos a la ansiada autopista. Sin embargo, estos conductores no se sentirán del todo a gusto, pues en el país vecino, resulta que hablan francés y esto tampoco les va, aunque se resignan.

Eso sí, la cola es interminable y ahí, yo no puedo ayudar. Pero, en su mente enferma, encuentran enseguida la solución. Y ésta no es otra que apagar el motor y situarse al lado del vehículo para, cada vez que avance el coche situado delante de nosotros en la cola, empujar y frenar el coche con las manos durante unos metros, conmigo dentro.

Y yo, me sacrifico a aguantar hasta llegar a mi punto de destino, tras unos treinta empujones de vehículo con la consiguiente frenada. Por supuesto, ya he decidido que, una vez se haya terminado semejante vergonzosa pesadilla, tomaré un avión o un tren de vuelta a casa. Hasta entonces, sólo me queda hundirme en el asiento del copiloto para pasar lo más desapercibida posible de la vista de los demás conductores que, por muy franceses que sean, no son idiotas.

Claro que, en cuanto alcanza el control de la autopista, él gritará mi nombre para que le traduzca lo que ése “francés imbécil” le quiere cobrar, ya que no le entiende, porque, el muy “bobo, sólo le habla en francés”.

Y es que hay gente que debería quedarse en su tierra, allí se entiende todo. Bueno, ellos quizá no.

 

El malentendido

enfermera

Entró en la sala con un aire decidido y amenazador.

  • ¿Cuál es la de las dos?, preguntó.

Sentadas la una junto a la otra, en un incómodo sofá negro de la sala de espera, nos miramos impertérritas. Ella a mí y yo a ella.

-Eres tú, dijo mi acompañante.

Hija de puta, pensé angustiada.

– Mi cita es a las doce, a ver si se equivocan y me trepanan la mandíbula, le dije a mi amiga.

Ella me miró sin hablar, sonrió e insistió.

  • Es ella, le dijo a la enfermera.

Me sentí traicionada. No lo podía creer.

Esta vez, la voz insistió, algo más impaciente:

  • ¿Cuál es de las dos?

¡Ah! Eso es distinto, pensé.

  • Pues soy yo, dije con cara de resignación.

Y entré para que me extrajesen la muela.

Haberlas haylas, hasta en tu barrio

meiga volando

Por estas tierras, de todos es conocido que, en esas calles donde silba el viento, en los caminos que azota la lluvia, en fragas umbrosas o en las encrucijadas de las carreteras, nos podemos encontrar con esos seres misteriosos a los que llamamos “meigas”.

Los que somos gallegos, sabemos que “haberlas haylas”, la cuestión es dónde buscar a las verdaderas brujas.

Sin embargo, debo advertiros de que, a veces, se cuelan en tu propia casa y se destapan tan solo con que pronuncies una inocente queja. Es entonces, cuando sientes ese súbito escalofrio que te recorre todo el cuerpo, esa certeza.

Me encontraba sentada escribiendo tranquilamente frente a mi ordenador cuando llamaron a la puerta.

El dueño del ultramarinos situado debajo de mi casa, se apresuró a subirme un pedido en el ascensor, cargado de bolsas con todas las cosas que le había encargado.

El hombre que regenta este pequeño negocio es muy afable, algo bruto, sí, como buen gallego, dispuesto a que tu pedido siempre alcance los cincuenta euros. Si le pides dos kilos de algo, te trae tres, o sea que si tienes treinta en casa, no lo llames o dile que aparezca con “el chisme”. Es así como él llama al aparato para cobrarte con tarjeta.

Mientras le indicaba dónde dejar las botellas de agua y el resto del pedido, mantuvimos una conversación de pura cortesía sobre cómo me iba y frases comunes de esa índole.

Yo, distraída, más bien pensando dónde colocar todo aquello, le contesté, por decir algo, que tenía que hacer un conjuro contra un fulano, que era el mal en persona para todo el que se topaba con él.

Proseguí diciendo que, como buena meiga gallega, esta noche de San Juan, me iba a emplear a fondo en deshacerme de la racha de mala suerte que, a mi entender, había traído el susodicho especimen a mi vida.

Continuaba yo con mi perorata, sin prestar mucha atención al del ultramarinos, mientras recapacitaba sobre que las latas de atún que me estaba colocando encima de la mesa de la cocina, me servirían para confeccionar una buena ensalada.

Sin embargo, él ya se había quedado con mis palabras sobre el “meigallo” grabadas en su mente.

Sin dudar un segundo, y con una cara muy seria, abandonó su tarea, se giró hacia mí y me respondió: “Pero mujer, para eso te paso yo un número de teléfono y con un par de puñaladas te lo arreglan enseguida”.

Me quedé estupefacta, de piedra, inmóvil, ya que, muy al contrario que yo, él iba totalmente en serio con aquello de deshacerse del tipo.

¡Tenía en mi propia casa al Padrino! o, por lo menos, a uno que trabajaba para las meigas, pero de las malas.

¿Cómo iba a sospechar yo que el paisano del ultramarinos de mi barrio, que se pasaba el día cortando chorizo, pertenecía a alguna organización  que iba por ahí cargándose al personal?

No sabiendo qué contestar a tamaño ofrecimiento, corrí a buscar la cartera, aunque tenía la certeza de que aquello no se arreglaba con una simple propina.

Y es que “haberlas haylas”.

Feliz Noche de San Juan,

Una meiga.

 

El doctor Calma

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Cada vez que ella entraba en el despacho del doctor Calma sentía de todo, menos eso.

Por regla general, él se encontraba sentado de perfil mirando febrilmente hacia la pantalla de su ordenador y tecleando con una sospechosa ansiedad.

En apariencia, podría decirse que se trataba de un hombre distraído, ocupado, metido en sus informes médicos y que apenas oía lo que ocurría a su alrededor. Un hombre de cincuenta y tantos, forzando una meditada apariencia juvenil.

Ella se sentó en un sillón marrón frente a él y saludó cortesmente, como solía hacer. Tras sus repetidas visitas, había algo que la hacía sospechar que, de ninguna manera, debía excitar a este doctor y mucho menos lo haría en un día tan anunciado como era aquel.

Él no respondió al saludo de la joven con el fin de parecer más ocupado.

Resignada, se dedicó a observar en silencio las pulseras de colores que llevaba, sus gafas de pasta, siempre a juego con su indumentaria y sus dos anillos en un dedo de la mano derecha.

Esperaba resultados y aunque sus nervios poco más podían aguantar, no encontraba otra solución.

Pasado un rato, que a ella le pareció como si le hubiesen hecho leer el Quijote dos veces, él dejó de escribir. Agitó un par de veces sus, ya escasos rizos teñidos de un castaño oscuro, para mirarla a los ojos y espetarle:

–  Dime.

Ella atónita no pudo pronunciar palabra hasta pasados varios segundos, tras los cuales se atrevió a pronunciar:

– La cita con usted era hoy ¿no?

Él médico, que había insistido infinitamente sobre la importancia de acudir a dicha cita, le respondió con aparente enfado:

– Estás muy bien, estás muy bien, ¿Qué quieres que te diga?

Su tono estaba teñido de un aire de reproche muy extraño para dar la buena noticia. Sobre todo, porque le había asegurado,  basándose en su larga experiencia y sin mirar análisis alguno, que ella estaba muy mal, pero que muy mal y que todo el proceso de su enfermedad pintaba mal. Elucubraciones que tuvieron a la pobre muchacha en un sinvivir durante casi quince días. Y ahora, él le reprochaba, primero estar buena, y segundo, que no estuviese enterada de los resultados de sus análisis, motivo de la ansiada consulta, antes que él y que el propio hospital.

– No sé qué quieres. La enfermedad remite – añadió bastante contrariado

– ¿Querrá matarme? – Se atrevió a pensar ella.

La joven no entendía por qué le gritaba con tanta saña y se debatía entre su estado de alivio y su estado de estupor. No estaba muy segura de si debía indagar más acerca de su mejoría, ya que a los largo de las consultas con este mismo especialista, se había percatado de estas extravagantes reacciones, que le llevaron a concluir que era él, el que tenía alguna patología, pero no física. Por tanto, prefirió dejarlo así y sonreír.

Al terminar la consulta, se levantó y, para sorpresa de ella, él hizo otro tanto, para acercarse a ella y con ese estudiado aire deportivo y juvenil le dio dos besos en las mejillas.

–  Y no vuelvas a interrumpir más el tratamiento – le dijo con voz de reproche al oído.

Ahí, ella sí estuvo tentada de contestar a semejante provocación. Sintió unas ganas casi irreprimibles de replicarle que jamás había interrumpido el dichoso tratamiento.

– ¿Me habrá confundido con otra? ¿Estará mezclando las medicinas? No deberían dejarlo suelto. Es peligroso – No pudo evitar pensar.

Sensatamente, volvió a morderse la lengua, pues sabía que no debía llevar la contraria a nadie en ese estado de paranoia.

Cuando ya estaba a punto de salir por la puerta, escuchó la última frase de aquel eminente médico vestido de quinceañero.

–  Y te voy a trasladar de hospital. No quiero que te quede tan lejos de casa.

Los ojos de la joven se abrieron como platos. Ahora no entendía por qué esas ansias por deshacerse de ella sin aparente motivo, a no ser que se hubiese dado cuenta de que la estaba matando y no quisiese asumir su responsabilidad.

Él regresó a su mesa para volver a refugiarse tras la pantalla de su ordenador mientras decía:

–  Me mata esta burocracia, pero yo soy un luchador, un verdadero luchador, he ganado muchas batallas con la administración. Si yo te contara, podría contarte muchas cosas… – dijo volviéndose hacia ella con los ojos muy abiertos.

La joven abrió la puerta conteniendo su ansiedad por salir de allí. Y tras otra de sus silenciosas sonrisas cerró la puerta con suavidad.

Una vez fuera, cerró los ojos con un alivio inusitado. Después, suspiró mirando hacia el pasillo que le permitiría librarse de aquello, cuando, sin quererlo, oyó comentar a dos enfermeras:

El doctor va a entrar ahora en quirógrafo y ayer le volvió a ocurrir lo mismo con otra chica a la que le iba a sacar una muestra para el laboratorio. Le pasó como las otras veces, no dejó de murmurar mientras probaba diferentes agujas con la pobre paciente, que estaba tumbada en la camilla sin atreverse ni a respirar. No me extraña, con comentarios como:

–  No puedo sacarte nada. Es inútil. Voy a probar en otro sitio. Nada. Esto es muy complicado, muy complicado. Está muy difícil, dame otra aguja, la del siete, la del ocho…

–  Pobrecilla, ¿Y al final qué pasó?

–  Pues que le tuvimos que darle la aguja para biopsias y, por si fuera poco, le sacó de más, tanto es así que ella, aunque la agarrábamos entre cuatro, tuvo un movimiento involuntario con una pierna y casi le saca un ojo.

Después de haber escuchado dicha conversación, si en su cabeza quedaba alguna duda sobre su veredicto, ésta se esfumó de un plumazo.

Con la firme decisión de salir de allí, se acercó a las enfermeras y les preguntó por el ascensor más cercano. Sin embargo, cuando ellas le indicaban hacia dónde ir, ella, ya se encontraba bajando de cuatro en cuatro las escaleras. Lo paradójico era que pensaba: calma, calma…

El interrogatorio

Sala interrogatorio

Interrogatorio realizado por un comisionado de la Gestapo a un prisionero de origen gallego.

Comisionado de la policía alemana: – ¿Estaba usted el 25 de octubre en la Prager Strasse?

Manolo: – ¿Cómo?

Comisionado de la policía alemana: – ¿Estaba usted el 25 de octubre en la Prager Strasse?

Manolo: -Depende.

Comisionado de la policía alemana: – ¿Depende? ¿Depende de qué?

Manolo: – ¿Por qué lo quiere usted saber?

Comisionado de la policía alemana:¡Responda! Quiero saber quién y por qué se detonó ese dispositivo.

Manolo:  – ¡Ah…! Eso puede ser por cualquier cosa.

Comisionado de la policía alemana: – ¿Cualquier cosa? ¡Alguien lo ha planeado y quiero saber inmediatamente todos los detalles!

Manolo: – Vaya usted a saber. Una vez mi tía Rosario, que solía pasearse por el pueblo con su novio, que era primo del que tenía el quiosco más grande, fue acusada de que su novio había deslizado su mano desde el hombro, por el que la solía coger para pasear, hasta su pecho izquierdo. Una calumnia. Pues, lo de que alguien haya detonado algo en el sitio ese, puede ser otra calumnia. Nunca se sabe. La gente es muy mala. Detonar, se detonan tantas cosas…

Manolo recibía el trato característico de las SS y la Gestapo. Llevaba ya cuarenta y ocho horas sometido a un interrogatorio interminable, acompañado de intimidaciones y amenazas. Pero aquello no parecía conmover lo más mínimo al prisionero.

Había llegado ya la hora de utilizar otro método, jugando con la sensación de aislamiento del cautivo y con su inseguridad psicológica.

Inmovilizaron a Manolo y comenzaron a dejar caer gotas de agua sobre su cabeza, de forma ininterrumpida y pausada.

Una gota de agua no parece un arma muy poderosa. No se espera que cause un gran dolor ni que sea dañina. Pero la sucesión de muchas de ellas, causa graves daños psicológicos.

Abandonaron a Manolo y dejaron que las incesantes gotas con su ruido acompasado cayesen una tras otra sobre su cabeza. Este método ya había vencido los nervios de muchos prisioneros.

Lo curioso era que por muchas horas que transcurrían con el caer del agua, Manolo no mostraba señales de que aquello le molestase en absoluto, ni tampoco de tener intención de confesar ni una sola palabra. Muy al contrario.

Aquello se extendió durante horas bajo un permanente estado de observación por parte de sus captores.

Comisionado de la policía alemana: – ¿Cómo es posible que no muestre a estas alturas alguna señal de flaqueza? Es muy raro. Nunca había presenciado tanta fortaleza. Déjenlo unas cuantas horas más. Debe de estar entrenado para este tipo de torturas.

Pasadas ya, no horas, sino días, un oficial de rango inferior se dirigió a su jefe con tono de preocupación: Señor, el detenido lleva dos días y ahora dice que la gota empieza a tener ritmo. Creo que está escribiendo una canción.

Comisionado de la policía alemana: – ¿Una canción? No puede ser una canción. Seguramente ya no podrá más y estará escribiendo su confesión.

Oficial alemán: – Permítame que discrepe, señor. No creo que sea una confesión porque de vez en cuando tararea en alto y sigue el ritmo de la gota con el pie derecho.

Comisionado de la policía alemana (en pleno ataque de ira): – ¡Voy a entrar! ¡Abran la puerta!

Comisionado de la policía alemana: – ¡Dígame inmediatamente el nombre del grupo al que pertenece!

Manolo: -Pertenecer, pertenezco a Cambados.

Comisionado de la policía alemana: – ¡Ah! Lo sabía. La gota hora tras hora ha logrado taladrar su voluntad y al fin comienza a confesar ¡Explíquese! ¿Qué tipo de organización o grupo terrorista es esa llamada “Cambados”? ¡Y no juegue más conmigo o se arrepentirá! Dígame, ¿han sido ellos los que lo han entrenado? ¿Ha desarrollado usted su formación allí?

Manolo: – Podría decirse. Lo de las gotas éstas, es muy común allí en mi tierra.

Comisionado de la policía alemana: – ¿Cuánto hace que pertenece a ese grupo…“Cambados”?

 Manolo: – ¡Uy! Desde siempre.

 Comisionado de la policía alemana: – ¿Dónde se encuentra?

 Manolo: – Cambados se encuentra en la margen izquierda de la ría de Arousa, ¿Sabe que está considerado como la capital del Albariño? Un vino con mucha fama que elaboramos yo y mis paisanos a partir de cepas que fueron traídas de Renania en el siglo XII. Lo cultivamos de forma artesanal en pequeñas terruños que unos tienen aquí y otros allá, a veces ni se sabe dónde están los lindes. Suele haber muchas disputas vecinales por ellos que, a veces, acaban bastante mal. Hay muchos vecinos con mala leche pero, en general, nos vamos arreglando. Bueno, como le decía, el Albariño está catalogado entre los mejores blancos de Europa. No es que quiera faltarle a usted, señor oficial, aquí tienen buenos blancos, pero ni comparación con el nuestro.

 Comisionado de la policía alemana:  – ¿Y dice usted que es bueno ese vino?

 Manolo:  –  Decir “bueno” es quedarse corto y si lo acompaña de unos pimientos de Padrón o una tapita de pulpo, no vuelve usted a acumular tanta tensión como la que tiene con este trabajo suyo, con tanto grito y tanta orden. Si hasta tiene usted mala cara. Ya lo decía mi tío Ambrosio, hay que saber relajarse y él vivió hasta los ciento cinco años años.

Comisionado de la policía alemana: –  Ciento cinco años años son muchos años… buenos genes.

Manolo: Ya le digo y el Albariño que ayuda mucho.

Comisionado de la policía alemana:  – ¿Cree de verdad que tengo mala cara? ¿Podría, quizá, conseguirme unas botellas de ese vino?

Manolo:– Poder es posible que se pueda. Depende.

Comisionado de la policía alemana: (sentándose en una silla y echándose a llorar):

– ¿Depende de qué?

 

La abeja

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Escuchó un zumbido ronco y penetrante. Miró a su alrededor. La sala parecía vacía y tranquila. Torció la cabeza y siguió golpeando el teclado de su ordenador.

Sin embargo, aquel aterrador zumbido regresó a sus oídos. Se levantó de la silla y miró hacia el blanco techo. Allí estaba. Jamás había visto ante sus ojos una abeja de semejante tamaño. No lo entendía, no era verano, ¿Por dónde había entrado? Entonces recordó haber dejado la ventaba parcialmente abierta durante la media hora que bajó a la calle.

Sintió terror, pues no tenía ningún tipo de spray con el que luchar contra aquel bicho. Y a ella le daban terror los bichos, sobre todo de ese tamaño.

Miró a su alrededor, pensando cómo podía deshacerse de aquella bola peluda, que pronto daría con ella y le picaría. Su pulso se iba acelerando a medida que  los pensamientos se agolpaban en su mente. Recorrió la casa en busca de algo que pudiera servirle. Miró a las servilletas de papel de la cocina. Ridículo. Aquel bicho peludo le atravesaría la mano con su aguijón.

Aterrada, se fue a Internet para comprobar el saldo de su cuenta bancaria. No podía pensar con claridad. El terror le impedía razonar de forma lógica.

Descolgó el teléfono y llamó al hotel de cinco estrellas que había justo enfrente de su casa.

– Buenas tardes, me gustaría reservar una habitación para esta noche.

Un pensamiento súbito la detuvo.

– Un momento, por favor.

Con las gotas de sudor resbalando por su frente y la mirada siempre en los vuelos cada vez más rápidos y agresivos de aquel insecto, se acercó, aterrada a su ordenador y escribió en Google:

“Esperanza de vida de las abejas”

Google le espetó la respuesta: “Al igual que ocurre con las avispas, el ciclo de vida de las abejas depende, principalmente, del tipo de abeja. Las abejas obreras viven una media de 45 días, una abeja reina vive de 3 a 5 años.”

Angustiada, volvió a coger el teléfono.

– ¿Tienen alguna libre por un período de 45 días? Quería hacer una reserva urgente , después de ese tiempo, si mi problema no se ha solucionado, me iré de viaje.

El cartel

Corredor

Me encontraba esperando y paseando por un inhóspito pasillo, antesala de lo que me habían prometido iba a ser una prueba sencilla y rutinaria. Un examen tan sencillo, que podía llevarse a cabo encima de una camilla y en cinco minutos, si no fuese porque el protocolo del centro hospitalario exigía que se llevase a cabo en un quirófano.

Meterse en un quirófano no le hace gracia a nadie, sin embargo, armada por infinita paciencia y resignación, yo paseaba  por aquel desolado corredor a la espera de que alguien se dignase aparecer y me sacase aquello de encima, de una vez, para poder marcharme cuanto antes.

Sumida en mis pensamientos y contando las espantosas baldosas del suelo, acerqué la nariz a una cartelillo que se encontraba justo a la entrada de la puerta del quirófano.

La primera frase rezaba de esta manera:

  • Mantenga la calma.

Sencillamente, me pareció una frase tan obvia como estúpida.

No conozco a nadie que vaya a entrar en un quirófano que no quiera echar a correr, pero todos procuramos, cada uno dentro de nuestros  límites, mantener cierta tranquilidad.

¡Pues claro que iba a intentar mantener la calma! Aquella advertencia me pareció toda una bobada. En fin, procuré pensar que el que me iba a hacer la prueba, o sea el médico, tuviese más luces que los que habían colgado aquel cartel.

Continué con mi resignada observación de las motas de las baldosas del suelo hasta que se me ocurrió levantar la cabeza y leer la segunda frase.

  • Haga caso al personal.

Aquello empezó a enfadarme. ¿Y qué otra cosa iba a hacer? ¿Darles las órdenes yo y pedirles agujas del siete para calcetar con más soltura? Todo aquello no parecía muy lógico. A mí ya me estaba la impresión de que, dentro de poco, me iban a indicar cómo sacarme la muestra yo misma, eso sí, manteniendo la calma.

¡Pues claro que tenía que hacerle caso al personal! No se me habría ocurrido otra cosa.

  • Utilice las escaleras.

Bueno, esto ya no. Yo las órdenes sobre cómo huir de los sitios, las llevo muy mal. Yo si huyo, huyo y nadie me dice si cojo el ascensor o si corro escaleras abajo, que es más rápido.

Aquellas normas parecían escritas para idiotas y, lo peor, es que yo ya estaba enganchada a la siguiente frase del cartelito dichoso. Bueno, sólo quedaba una más.

Me acerqué con curiosidad. Si decían otra obviedad, me marchaba porque ni me parecía un sitio serio, ni quería imaginar cómo sería el médico que me iba a extraer la muestra. Quizá me preguntara cómo preparaba las croquetas. Aquel era un sitio muy raro y el cartel parecía que te preparaba para una masacre.

Mi curiosidad ya era imparable. Leí la última frase con la avidez del que sabe que después de aquello no cabe más que tomar una decisión y sin dilación, no fuera a ser que apareciese alguien y empezasen con lo de que guardara la calma, que huyese por las escaleras etc..

  • Normas a seguir en caso de incendio, rezaba el último renglón.

Pisando las baldosas con paso firme apareció el cirujano: “Vamos”- dijo.