Último discurso de Miguel de Unamuno en Salamanca

La Universidad de Salamanca celebra sus 800 años de existencia y yo, orgullosa de haber pasado por sus aulas, quiero rendirle homenaje con este excelente artículo de Carmen Carbonell.

En Salamanca, “Venceréis pero no convenceréis”

Unamuno discurso

Del corazón en las honduras guardo
tu alma robusta; cuando yo me muera
guarda, dorada Salamanca mía,
tú mi recuerdo.

(Miguel de Unamuno)

Tres veces, tres, fue don Miguel de Unamuno rector de la Universidad de Salamanca. Por primera vez en el año 1900, y la última, de 1931 hasta su destitución, el 22 de octubre de 1936. Un hombre singular, de los pocos filósofos españoles contemporáneos que pasaron a la historia, quizá, junto con Ortega y Gasset. Acuñó un estilo basado en la paradoja, de lo que era ejemplo en su vida y en su obra: escritos periodísticos, poesía, novela, ensayo… un intelectual, ante todo.

Detrás de la célebre frase ‘¡Venceréis pero no convenceréis!‘ hay un incidente que ha pasado a ser reflejo de su carácter visceral. El vasco no se callaba ante nada, y así lo demostró el 12 de octubre de 1936, aunque su proverbial incontinencia le acabaría costando el puesto.

Se celebraba entonces el conocido como ‘Día de la Raza’, en un acto solemne en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, al que acudieron -entre otros- la esposa de Franco, Carmen Polo (en representación de su marido), el general José Millán-Astray, el entonces obispo de la diócesis Enrique Plá y Deniel, el poeta José María Pemán, el gobernador militar de la plaza y otras fuerzas vivas de la ciudad. El acto se inauguró con unas palabras de Unamuno, para dar paso al resto de las autoridades, con sus correspondientes discursos. No estaba previsto que el rector de la Universidad de Salamanca volviera a tomar la palabra en ningún otro momento, pero tras la soflama de Millán Astray, quiso hacer una ‘aclaración’, que se ha convertido en uno de los discursos más célebres del intelectual:

“Estáis esperando mis palabras, me conocéis bien y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio ante lo que se está diciendo. Callar, a veces, significa mentir, porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Había dicho que no quería hablar, porque me conozco. Pero se me ha tirado de la lengua y debo hacerlo. Se ha hablado aquí de una guerra en defensa de la civilización cristiana. Yo mismo lo he hecho otras veces. Pero no: ésta, la nuestra, es sólo una guerra incivil. Nací arrullado por una guerra civil y sé lo que digo. Vencer es convencer, y hay que convencer sobre todo. Pero no puede convencer el odio que no deja lugar a la compasión, ese odio a la inteligencia, que es crítica, diferenciadora, inquisitiva (mas no de inquisición…).

Se ha hablado de catalanes y vascos, llamándoles la antiespaña. Pues bien, por la misma razón ellos pueden decir otro tanto. Y aquí está el señor obispo [Plá y Deniel], que lo quiera o no es catalán, nacido en Barcelona, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer. Y yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española que no sabéis. Ese sí es mi Imperio, el de la lengua española y no…”

Dicen las crónicas de la época que la multitud allí congregada interrumpió el discurso del rector Unamuno, con gritos de ‘¡Viva la muerte! ¡Abajo la inteligencia! ¡Mueran los intelectuales!‘, ante lo que prosiguió:

“Acabo de oír el grito de ‘¡Viva la muerte!’. Esto suena lo mismo que ‘¡Muera la vida!’. Y yo, que me he pasado toda mi vida creando paradojas que enojaban a los que no las comprendían, he de deciros como autoridad en la materia que esa paradoja me parece ridícula y repelente. El general Millán Astray es un inválido de guerra. No es preciso decir esto en un tono más bajo. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no se tocan ni nos sirven de norma. Por desgracia hoy tenemos demasiados inválidos en España y pronto habrá más si Dios no nos ayuda. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes se sentirá aliviado al ver cómo aumentan los mutilados a su alrededor. El general Millán Astray quiere crear una España nueva, a su propia imagen. Por ello lo que desea es ver una España mutilada…

Nuevamente fue interrumpido, esta vez al grito de ‘¡Mueran los intelectuales!‘, pero Unamuno quiso finalizar su discurso:

“Este es el templo del intelecto y yo soy su supremo sacerdote. Vosotros estáis profanando su recinto sagrado. Diga lo que diga el proverbio, yo siempre he sido profeta en mi propio país. Venceréis pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha: razón y derecho. Me parece inútil pediros que penséis en España. He dicho”.

Los últimos meses de vida, desde octubre hasta diciembre del 36, los pasó en su casa, bajo arresto domiciliario, aquejado de lo que para él había sido, (aunque dialéctico) ‘un disparo en el corazón’, como reconocía a sus allegados. El historiador Fernando García de Cortázar relató la resignada desolación con la que se enfrentó al el decreto de destitución del rector, firmado por Franco dos meses antes de su muerte: la tarde del 31 de diciembre de 1936.

Rainy Mood

Rainy Mood

Speak and I will answer

Your silence is too noisy.

 

Don´t let me down again

And let me read your pain.

 

Your silence is the end

I will not ask again.

 

I long for the sound of your voice,

Cause I´m obsessed by its noise.

 

The past is too crowded,

And the present is haunted.

 

Fear the rainy days without me

And the shadows of our tree.

 

Break your ice

And let me in

 

Or I´ll let you go forever

And you know I won´t be back.

 

Dare to be yourself again,

And I´ll be your lover till the end.

Los mansos

Los mansos

Me paralizan las multitudes

Me angustian

No entienden

No oyen

Y mucho menos escuchan

He logrado enmudecer más

Mis palabras son en vano

Soy la mejor paciente de mi espejo

Es tarde para que la ventisca cese

Cuando la noche es lenta, me escapo a pensar

Los días son absurdos rodeada de mansos

Lo he abandonado todo para seguir viva

El tono de mi voz es más bajo

Para que me escuchen menos

Hablo bajito

Casi no hablo

Dejo que deambulen en paz

Es demasiado tarde

Son demasiado mansos

Y están sordos

 

Debería

Debería

Debería decirte lo que siento antes de que te vayas.

Debería hablar mientras la luz tenue de la cocina aún alumbra la cena fría.

Debería alzar la copa para brindar por tus logros para que el día no se tuerza al anochecer.

Debería atentenderte para no hundirme en mis recuerdos.

Debería tomar partido.

Debería borrar de la bandeja de entrada todos esos correos.

Debería ofenderme.

Debería pelear y manifestar mi opinión sin miedo, pues nadie escucha.

Debería luchar en tu guerra.

Debería escuchar toda esa música olvidada sin esperar ni un solo instante.

Debería contestar cada llamada .

Debería sumarme al coro de vecinos que desayunan temprano y hablar con ellos despacio.

Debería entender el discurso ajeno.

Debería planchar los vestidos y tirar los zapatos viejos.

Debería cuidar los sentimientos y recogerme el pelo.

Debería mirarte a los ojos, pero me sobran las promesas.

Debería escuchar, olvidar y callarme.

Pero hoy no puedo, quizá mañana.

Mi nuevo libro “Historias para antes de dormir”

Hoy me gustaría comunicaros que mi libro “Historias para antes de dormir” ya está disponible en formato electrónico en Amazon Kindle.

El libro consta de una selección de mis entradas más populares que van desde el humor, el suspense, la hipocondría, las reflexiones o los sentimientos.

Podéis descargaros la aplicación de forma gratuita y adquirirlo a través este enlace.

Espero que lo disfrutéis.

Un saludo a todos y gracias por vuestro incondicional apoyo desde que empecé a escribir este blog.

El lector

El lector
Ferdinand Hodler

Hoy he vuelto a tropezarme con el anciano de ojos burlones que trabajó, desde que recuerda, en el gris anonimato de una oficina cualquiera.

Mi anciano amigo, ya jubilado, pasea por las calles en busca del único amigo con el que puede hablar. Se reúnen dos veces a la semana para darse consejos sobre libros y películas. No conversa con nadie más que con él y, de tarde en tarde, conmigo.

Ávido lector desde su niñez, volcado en los libros de la biblioteca de sus padres con pasión incontrolada, afirma, inseguro, que quizá le guste tanto leer porque lleva toda la vida leyendo mal.

Según él mismo cuenta no es capaz de entonar bien lo que lee cuando tiene que hacerlo en voz alta para otros y piensa que, quizá, cuando lee para él mismo, lo hace con tal rapidez que no se para en ningún signo de puntuación. Como si un conductor de vasta experiencia dijese que no presta la más mínima atención a las señales de tráfico.

Y por esta extraña costumbre de leer sin pausa para sí, piensa que interpreta los libros a su manera. Cree que para él tienen otro significado que ni el autor, ni los lectores son capaces de ver porque no “leen tan mal como él”.

Un lector tan ávido, jamás ha osado escribir una sola línea, porque al compararse con Sófocles, Aristóteles, Ovidio, Dante, Ezra Pound, Garcilaso, Shakespeare, Cervantes Lope, Tirso, Calderón, Stendhal, Balzac Hemingway, Faulkner, Passos, Scott Fitgerald, Cela, Sartre, Camus, Verne, Proust, Pushkin, Dostoievski, Turgueniev, Tolstói, Chéjov, Pérez Galdós, Pardo Bazán. Clarín, Unamuno, Charles Bukowski, Walt Whitman, Henry Miller, Kerouac, James Joyce, Kafka, Yeats, Keats, Dylan Thomas, Borges, Cortázar, Vargas Llosa, García Márquez, Aleixandre y un sinfín de autores más, se paraliza.

Habla perdiendo el hilo y enlazando un tema con otro, relacionando libros con cine, ópera o ballet. Mezclando palabras que pugnan por salir de su boca a borbotones.

Sin embargo, no por ello deja de hablar con mesura, despacio, meditando, buscando las palabras exactas. Me gusta escucharlo. Y a él no le importa que intercale preguntas u opiniones. Quizá por su avanzada edad sabe que escuchar es importante.

La gente lo define como un hombre raro. No lo entienden. Él confiesa que, cuando habla con estas personas, suele echar mano de temas como el tiempo o el estado de las carreteras.

Los raros nunca han sido aburridos. Se distinguen por esa mirada que delata que hay algo más que el simple color de sus ojos. Ese destello que sólo algunos captan. Son personas que hablan susurrando.

Gente que, por su cultura, es más consciente de sus inseguridades y piensa que encaja tan poco con el mundo, que cree que ni siquiera lee bien los signos de puntuación.

 

Rainy Mood

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Speak and I will answer.

Your silence is too noisy.

 

Don´t let me down again.

And let me read your pain.

 

Your silence is the end.

I will not ask again.

 

I long for the sound of your voice.

Cause I´m obsessed by its noise.

 

The past is too crowded.

And the present is haunted.

 

Fear the rainy days without me.

And the shadows of our tree.

 

Break your ice

And let me in.

 

Or I´ll let you go forever.

And you know I won´t be back.

 

Dare to be yourself again

And I´ll be your lover till the end.

Si quieres ser escritor, escribe

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Son muchas las personas que se apuntan a cursos, seminarios o talleres para aprender a escribir y que se arrepienten de haberlo hecho.

La práctica, la disciplina y la pasión te llevarán a tu meta.

Si quieres ser escritor escribe, hazlo todos los días, aunque no publiques.

Tampoco pongas excusas para no leer a diario.

Todas las recomendaciones para escribir que se dan en los talleres de escritura, me parecen bien para quien quiera perder tiempo en no escribir.

Los escritores buenos escribían a diario sin excusas, con problemas, con falta de medios y de dinero.

Sé que lo ideal es alquilarse una cabañita cerca del mar o la montaña para crear tu propio espacio y dedicarte a escribir. Pero, a no ser que quieras crear una imagen de lo que aún no eres, además gastar todos tus ahorros, lo normal es que escribas rodeado de un montón de cosas que te molestan y que no puedas evitar perder la concentración a causa de problemas no resueltos.

La base de ser bueno en lo que haces, suele ser el trabajo y la constancia.

Estaréis pensando ahora en toda esa gente a la que le publican libros, sean buenos o malos. Esa gente vende, pero no porque escriba bien, ni escriben, sólo encargan el libro y luego lo firman. No me refiero a ellos, porque a mi juicio, no son dignos de un oficio como el de escritor.

Sin embargo, sí sé que existe mucha gente en la sombra de una habitación vacía, peleándose con letras, hojas y problemas, como en su época hicieron Stephen King o J.K. Rowling, Stieg Larsson  y otros muchos, que sí trabajaron mucho para convertirse en lo que hoy son.

Esta entrada va dedicada a la gente que lucha a diario y paso a paso por salir de esas tinieblas y tener el éxito que, con toda probabilidad, se merecen.

No estáis solos, aunque lo parezca y, quiero pensar, que yo tampoco.

Literatura y alcohol

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Te conozco desde hace muchos años, por eso no puedo evitar intentar salvar, si es que aún llego a tiempo, lo que queda de tu vida.

Aunque para ello deba hacer lo que una amiga hace: decirte lo que pienso.

Sé que peleas a diario, parecen siglos, por convertirte en un gran escritor, buscas fama y fortuna.

Para lograrlo, soportas ese trabajo por horas en el bar de un barrio cualquiera que te permite sobrevivir.

Cada madrugada te observo llegar por la calle ya de madrugada, cansado, dando tumbos e introducir la llave del portal que lleva a tu piso.

Alcohol y escritura han estado unidos en muchas ocasiones a lo largo de la historia, sin embargo, sólo puedes permitirte el lujo de escribir borracho si eres un genio. Y aún así, muchos genios han conseguido escribir verdaderamente mal a causa del alcohol. Tanto es así, que han confesado que la escritura era trabajo, rutina y voluntad diaria.

El potencial, por muy bueno que seas, no te hace famoso, sólo lo hace el trabajo.

Llegas a casa borracho no sólo de alcohol, sino también de ideas. Entonces escribes febrilmente, poseído por lo que tú crees que es tu verdadero yo de escritor. Las palabras fluyen de tu mente sin esfuerzo, casi no te da tiempo a escribirlas.

Después de unas cuantas horas vomitando ideas sin cesar, te vas satisfecho a la cama. Has conseguido llenar páginas y páginas de las palabras que tú querías inmortalizar y que te harán rico y famoso.

Después de haber saciado tu cansancio con unas cuantas horas de sueño, te levantas para volver a tu trabajo en el bar.

Antes de irte, te paras y miras de reojo al ordenador y sin poder evitarlo lees con ojos ilusionados los pensamientos y conversaciones de tus personajes que escribiste anoche. No puedes evitar pensar que tu obra maestra por fin está tomando forma.

Y mientras lees con una gran taza de café caliente entre las manos, el mundo comienza a hundirse, se torna oscuro y estéril.

Allí no hay nada, es tierra baldía. Páginas y páginas llenas de palabras vacías que anoche brillaban solas. Las estupideces escritas por un borracho.

Y te das cuenta de que por mucho que repitas que eres escritor, el único arte que dominas a la perfección es beber.

Aun observando tu debilidad, no puedo evitar admirar tu humanidad. Tus lágrimas nunca brotan de tus ojos, pero sí de tu alma. Como si de un caballero herido mortalmente se tratase, sólo el orgullo te mantiene en pie, mientras tu sangre se derrama.

Te admiro porque sé que eres bueno escribiendo, te odio porque tu voluntad falla una y otra vez.

No soporto esas charlas llenas del brillo artificial que sólo te proporciona la ginebra. En ellas, hablas de cómo se deben hacer las cosas para convertirse en un buen escritor, hablas de disciplina, de esfuerzo. Y convences a todos.

Por unas horas el halo de luz que te rodea es tan brillante que ciega al mundo. Y, en esos momentos, dejas de ser ese camarero que se niega a sí mismo que lo es. Porque uno es lo que hace, no lo que desea ser.

Y cuando tu miserable sueldo te lo permite, en vez de escribir, te vas a dilapidarlo en algún restaurante caro o alguna fiesta estúpida donde alimentas tu ego, explicando a todo el mundo que tú eres escritor. Esa profesión que no ejerces.

Estás vacío de ideas porque te mueves en círculos iguales que recorres un día tras otro, pero te niegas a ver la realidad.

Los litros de alcohol presagian la negrura de tu futuro que, en realidad, es tu presente.

Esa alegría de los felices años en los que despuntabas, en los que llegaste a publicar artículos en los cuales la gente sólo veía a un escritor en ciernes, te cegaron. Cegaron tu ego y te quedaste en lo que podías llegar a ser, pero no eras aún.

Ahora lo único que veo es que todos los espejos reflejan tu vacío, un vacío existencial. Y revelan la verdad de la vejez prematura del fracaso.

Tu perpetua borrachera hace que cada día desciendas a un abismo de derrota vital.

Alivias tu frustración castigando tu cuerpo con un exceso de alcohol, del que eres ya un adicto.

Eras fuerte, joven, seguro, descarado y ahora te has vuelto inseguro, destructivo hasta un punto en el que me doy cuenta de que, cuándo las brumas ciegan tu entendimiento, la sombra del suicidio se pasea tentadora por tu mente.

Tu dañada autoestima, tu fragilidad emocional, producto de una infancia demasiado fácil en el que lo tenías todo y eras la promesa que alimentaba el ego de tu familia, desbocaron tus adicciones, único acicate que encuentras para desconectar de una realidad que detestas.

La vida te engulle pero, querido amigo, aún no está todo perdido.

Recuerda todo aquello que probaste por primera vez, recuerda capítulos en los que sufrías a pelo sin necesidad de mitigar tu dolor con ninguna droga, atrapa de nuevo lo que viviste y que te hizo feliz.

Existe un mundo lleno de matices entre estar vivo o muerto. Tú ahora vives muerto.

Elige de una vez, pero suspende el alivio momentáneo que te ayuda a deshacerte de tu depresión, porque te hunde sin remedio.

Sal de ese infierno permanente.

Nos estamos perdiendo a un gran escritor. No nos dejes a oscuras.