Último discurso de Miguel de Unamuno en Salamanca

La Universidad de Salamanca celebra sus 800 años de existencia y yo, orgullosa de haber pasado por sus aulas, quiero rendirle homenaje con este excelente artículo de Carmen Carbonell.

En Salamanca, “Venceréis pero no convenceréis”

Unamuno discurso

Del corazón en las honduras guardo
tu alma robusta; cuando yo me muera
guarda, dorada Salamanca mía,
tú mi recuerdo.

(Miguel de Unamuno)

Tres veces, tres, fue don Miguel de Unamuno rector de la Universidad de Salamanca. Por primera vez en el año 1900, y la última, de 1931 hasta su destitución, el 22 de octubre de 1936. Un hombre singular, de los pocos filósofos españoles contemporáneos que pasaron a la historia, quizá, junto con Ortega y Gasset. Acuñó un estilo basado en la paradoja, de lo que era ejemplo en su vida y en su obra: escritos periodísticos, poesía, novela, ensayo… un intelectual, ante todo.

Detrás de la célebre frase ‘¡Venceréis pero no convenceréis!‘ hay un incidente que ha pasado a ser reflejo de su carácter visceral. El vasco no se callaba ante nada, y así lo demostró el 12 de octubre de 1936, aunque su proverbial incontinencia le acabaría costando el puesto.

Se celebraba entonces el conocido como ‘Día de la Raza’, en un acto solemne en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, al que acudieron -entre otros- la esposa de Franco, Carmen Polo (en representación de su marido), el general José Millán-Astray, el entonces obispo de la diócesis Enrique Plá y Deniel, el poeta José María Pemán, el gobernador militar de la plaza y otras fuerzas vivas de la ciudad. El acto se inauguró con unas palabras de Unamuno, para dar paso al resto de las autoridades, con sus correspondientes discursos. No estaba previsto que el rector de la Universidad de Salamanca volviera a tomar la palabra en ningún otro momento, pero tras la soflama de Millán Astray, quiso hacer una ‘aclaración’, que se ha convertido en uno de los discursos más célebres del intelectual:

“Estáis esperando mis palabras, me conocéis bien y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio ante lo que se está diciendo. Callar, a veces, significa mentir, porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Había dicho que no quería hablar, porque me conozco. Pero se me ha tirado de la lengua y debo hacerlo. Se ha hablado aquí de una guerra en defensa de la civilización cristiana. Yo mismo lo he hecho otras veces. Pero no: ésta, la nuestra, es sólo una guerra incivil. Nací arrullado por una guerra civil y sé lo que digo. Vencer es convencer, y hay que convencer sobre todo. Pero no puede convencer el odio que no deja lugar a la compasión, ese odio a la inteligencia, que es crítica, diferenciadora, inquisitiva (mas no de inquisición…).

Se ha hablado de catalanes y vascos, llamándoles la antiespaña. Pues bien, por la misma razón ellos pueden decir otro tanto. Y aquí está el señor obispo [Plá y Deniel], que lo quiera o no es catalán, nacido en Barcelona, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer. Y yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española que no sabéis. Ese sí es mi Imperio, el de la lengua española y no…”

Dicen las crónicas de la época que la multitud allí congregada interrumpió el discurso del rector Unamuno, con gritos de ‘¡Viva la muerte! ¡Abajo la inteligencia! ¡Mueran los intelectuales!‘, ante lo que prosiguió:

“Acabo de oír el grito de ‘¡Viva la muerte!’. Esto suena lo mismo que ‘¡Muera la vida!’. Y yo, que me he pasado toda mi vida creando paradojas que enojaban a los que no las comprendían, he de deciros como autoridad en la materia que esa paradoja me parece ridícula y repelente. El general Millán Astray es un inválido de guerra. No es preciso decir esto en un tono más bajo. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no se tocan ni nos sirven de norma. Por desgracia hoy tenemos demasiados inválidos en España y pronto habrá más si Dios no nos ayuda. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes se sentirá aliviado al ver cómo aumentan los mutilados a su alrededor. El general Millán Astray quiere crear una España nueva, a su propia imagen. Por ello lo que desea es ver una España mutilada…

Nuevamente fue interrumpido, esta vez al grito de ‘¡Mueran los intelectuales!‘, pero Unamuno quiso finalizar su discurso:

“Este es el templo del intelecto y yo soy su supremo sacerdote. Vosotros estáis profanando su recinto sagrado. Diga lo que diga el proverbio, yo siempre he sido profeta en mi propio país. Venceréis pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha: razón y derecho. Me parece inútil pediros que penséis en España. He dicho”.

Los últimos meses de vida, desde octubre hasta diciembre del 36, los pasó en su casa, bajo arresto domiciliario, aquejado de lo que para él había sido, (aunque dialéctico) ‘un disparo en el corazón’, como reconocía a sus allegados. El historiador Fernando García de Cortázar relató la resignada desolación con la que se enfrentó al el decreto de destitución del rector, firmado por Franco dos meses antes de su muerte: la tarde del 31 de diciembre de 1936.

Otra Noche de San Juan

Otra noche de San Juan

Volveremos a reunirnos con los que no están entre nosotros.

Alumbrados por la oscuridad de la noche, rodeados de fuego.

Millones de murmullos y brasas ardiendo que intentan quemar infructuosamente lo que hemos vuelto a hacer mal este invierno.

Por mucho que nos empeñemos en conjuros y quemas, lo cierto es que las palabras fluctuarán por el aire carentes de significado. Sólo formarán parte de un sonido más de otra Noche de San Juan que, por alguna razón que no alcanzo a comprender, me empecino en vivir. Esa noche que me trae esos olores y recuerdos, no puedo decir si buenos o malos, que cada año se vacían más de sentido y me acercan más a la certidumbre.

En algún momento todo fue mucho más fácil, ese lugar perdido en el tiempo en el que todos cantaban al unísono, ahora cada uno va por su cuenta. Sé que ese lugar existió.

Las hogueras harán que el ambiente se vuelva asfixiante, mientras, unos pocos, nos empeñamos en recordar eso que no sabemos recuperar, mientras nos dejamos rodear por gente que no se molesta en comprender, almas vacías que no ven más allá de una fiesta, donde la Queimada deja de ser tradición que rememora esos espíritus, que regresan cada año en esta noche, y la convierten en sólo una manera más de emborracharse. Qué imbéciles, las mejores borracheras carecen de motivo.

Cuando oigo mi nombre en la oscuridad, puedo sentir que han regresado para compartir la magia, que se mueven entre nosotros. Nos honran con su presencia, acercándose a saludar a los que dejaron vivos, pero vacíos.

Y esta vez no sólo las almas de los marineros fallecidos en la oscuridad del mar, que una vez los engulló porque formaba parte de su trabajo, sino también, todos los que dejaron de ser por una estúpida curva que un tren tomó a demasiada velocidad.

Siempre, todo se hace demasiado deprisa, sin pararse demasiado a vivir. Hay que acabar cuanto antes, pisar el acelerador de la vida sin pararse a sentir la lentitud de cada curva ¿Y eso quién lo dice? Quizá, los que aceleran, lo que busquen es alcanzar la muerte más pronto. Son como los que tragan sin saborear lo que tienen en la boca.

Necesitamos que alguien nos encuentre y nos lleve de regreso porque, por muchas hogueras que encendamos esta Noche de San Juan, estamos totalmente ciegos.

Nos asfixiarán lo justo para que podamos seguir de fiesta en fiesta y no oigamos el silencio que hay entre éstas. Intentando que nos olvidemos de todos nuestros muertos, recuerdos y pasado, de los que formaron parte, de unos cuantos cuentos sobre marineros y de otros tantos accidentes con más muertos. Vivamos el presente, no vaya a ser que desenterremos recuerdos que interrumpan la fiesta, pero no la nuestra, sino la de ellos.

Sé que se muere escribiendo tantas palabras y se muere más sintiendo o poniéndose en pie cada día, pero, quién sabe si, entre el incendio, los gritos y el humo, en realidad somos más los que recordamos que los que no recuerdan.

El amanecer cincelará el nuevo día en medio de un mundo de verdad, cruel, caluroso y asfixiante.

Sin embargo, y por experiencia, sé que volveré a escuchar las conversaciones a media voz de los espíritus de La Noche del Veintitrés donde todas las tragedias que fueron, estarán presentes alrededor de las hogueras.

Por lo menos, ellos tienen una causa común, los que seguimos aquí cada vez tenemos menos.

Pura ambición

Pura ambición

Hay personas que nunca tienen suficiente. Quizá sea que se acostumbran a acumular y, a fuerza de repetición, se convierte en un vicio imparable. No sé.

Resulta que hay gente que por más que les sobren los recursos, siempre quieren más.

Hoy me he acordado repentinamente de ellos al ver un jamón en el supermercado.

Aún puedo ver aquella escena con nitidez. Una extensa cola de eurodiputados del Parlamento Europeo de Bruselas, cuando regalaban jamón de Guijuelo o cualquier otro producto.

En cuanto les llegaba la hora de la invitación al despacho, salían disparados, se metían a empujones en el ascensor y, nada más salir de él, se atropellaban para conseguir un plato.

Toda la tercera planta se llenaba de hombretones trajeados. Jefazos insaciables de mando, y de jamón, que ocupaban su escaño durante un mínimo de cinco años. Los mismos hombres a los que había que obligar, pagándoles un extra, a que bajasen unos cuantos pisos y apretasen el botón cuando debían votar en el pleno, si no, les daba una tremenda pereza. Era más sustancioso acudir a una comisión o cambiar una coma en alguna pregunta parlamentaria.

Y allí estaban ellos, sosteniendo aquel ridículo plato entre sus manos, ansiosos por llegar al final de la cola en la que les esperaba un habilidoso muchacho cortando jamón con sumo cuidado. Después de la larga espera llegaba el premio y éste les servía unas cuantas jugosas y finas lonchas, sin poder evitar cierta mirada de desprecio.

Esa fila no la hago yo ni por un jamón ibérico de bellota de cuatro mil euros.

Era una cola tan gratuita como interminable, que yo evitaba para ocupar, reposadamente, una mesita del comedor y pagar por mi almuerzo.

Aún hoy en día, no puedo evitar que se me dibuje una sonrisa en los labios al recordar las caras de políticos tan conocidos. Personas que, hoy en día, poseen sustanciosas fortunas, acostumbrados a ser invitados o a obtener todo gratis.

Quizá ese sea el problema, a los niños hay que educarlos desde el principio.

Si pudieseis ver quienes permanecían de pie en estas filas, os estaríais divirtiendo tanto como yo ahora.

Quizá por eso no sea rica, pero me he librado de esas interminables horas en humillantes colas gratuitas y de varices en las piernas.

 

La fina capa de hielo

 

 

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El hielo no es firme y piso con cuidado. Busco el camino más corto, pero es, al tiempo, el más arriesgado.

Dirijo la mirada hacia mis botas, intentando ver qué trozos de la inmensa masa blanca sobre la que camino son los más sólidos. Nunca se sabe. Es un acto absurdo.

Soy consciente de que estoy arriesgando mi vida. Pero ya estoy en mitad del lago y no puedo retroceder.

Ahora vivo una situación parecida en la que el retroceso, ya no es posible.

Hay que vaciar el lago y asegurarse de que el hielo que pisemos desarrolle una densa capa imposible de romper, para que no sintamos a diario que todos en masa, y no uno, podemos hundirnos.

Los vicios repetidos hasta el infinito, sólo afianzan la inseguridad. Las patrañas nos aburren hasta el hastío. Miramos hacia algún lado que no nos ponga enfermos.

Romper el hielo es arriesgar, pero esta vez nos lo han arriesgado todo, hasta un punto en el que la capa de hielo ya no aguanta el peso. Sólo resta empezar de nuevo. No hay más. No existe término medio.

Los inmovilismos acumulados constituyen un crédito imposible de saldar. Los pocos que lo disfrutan, mantienen la canción de cuna que nos adormila por cansancio sin que nuestros oídos sean ya capaces de captarla. Y otros, ofrecen soluciones que recuerdan viejas aventuras comunistas que no rozan la realidad actual.

Y nosotros, idiotas, aún sabiendo que el orden empieza por los que somos más, caminamos fraccionados en todas direcciones menos en la correcta, tan sólo para encontrar una solución rápida a lo que ya no la tiene.

Hay gente que empieza una y otra vez en su vida. Hay otra que se estanca y prefiere ir únicamente a la tienda que hace veinte años lo trató bien, muriendo así poco a poco.

Los proyectos recién nacidos producen nuevas sensaciones, abriendo paso a la vida, dando paso al entusiasmo. No se debe avanzar en busca de lo que una vez se sintió, pues es morir. Los momentos, los proyectos, las ideas, son únicos e irrepetibles y se hallan sujetos a las circunstancias que te rodean en ese momento.

Sólo el que posee la capacidad de asimilar el cambio y de estrenarse en situaciones, es capaz de vivir.

Aferrarse a un puñado de disculpas para no aceptar la realidad, es un absurdo.

Un país que se desplaza a la deriva sobre una fina capa de hielo y con un rumbo trazado por una minoría, se hunde irremisiblemente.

La reacción hacia el cambio está en los que somos más, que deben liderar lo que ocurre en los despachos y no en los que procuran no moverse para no romper un hielo que les resulta muy conveniente sin importar cuánta sangre o dolor cubra.

Se da la circunstancia de que, en este momento, aunque no os mováis ni un ápice, la capa de hielo ya se ha hecho demasiado fina.

No moverse resulta inútil.

Lo más sensato es apoyar a toda aquella persona o medio que vuelva a dejarnos opinar con absoluta libertad.

¿No lo echáis de menos? Pues despertad de una vez.

 

 

Entre ruinas y escombros

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Agotados por el esfuerzo de vaciar los escombros, actuábamos sin pensar.

Nadie se paraba a pensar quién era el que tenía al lado, no había tiempo.

Todo podía derrumbarse en cualquier momento.

Estábamos al límite de nuestras fuerzas, sólo queríamos descansar, que nos dejasen llorar por lo irrecuperable.

Y por todos los que se habían quedado en el camino y a los que nos negábamos a olvidar.

Éramos un grupo de desconocidos unidos por unas circunstancias adversas y actuábamos tan coordinados como si llevásemos siglos trabajando en grupo.

Cada movimiento, cada músculo, cada frase, cada idea, llevaba a una solución que surgía espontáneamente dejándonos llevar por el sentido común y el bien de todos.

Lo prioritario era que el grupo no se perdiese para siempre.

Todos sabíamos que aquello que teníamos entre las manos se derrumbaba.

El peligro era inminente. Éramos conscientes.

Las grietas nos cercaban anunciando el hundimiento.

El cansancio se reflejaba en nuestros rostros.

Nos dolía cada músculo, cada centímetro de piel estaba perlado de sudor pero seguíamos, ante la certeza de que aquello era lo único que nos podía salvar.

Nunca antes la unión había sido tan férrea, ni nuestra determinación tan clara.

Había otros grupos rodeándonos, pero cada uno se ocupaba de lo suyo, de los suyos, aunque todos mirábamos hacia el exterior, sin perder de vista lo nuestro.

Esa coordinación, esa unidad, nos hacía cada vez más fuertes, rápidos, sagaces y eficientes.

El engranaje funcionaba.

Después de un esfuerzo continuado en el que todos, en algún momento, deseamos abandonar, rotos por dentro y por fuera, al fin lo conseguimos.

Y así fue cómo logramos volver a vivir en el país que nos merecíamos, el que habíamos construido juntos.

Eso sí, tardamos siglos.

Un nuevo año… o no

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Parece que el año empieza como terminó, con una gran tormenta.

Estoy sentada delante de mi ordenador y me pregunto hasta cuándo van a aguantar los cristales de las ventanas todo ese viento, granizo y el rugir furioso de las olas.

Puede que la tormenta pase, pero hay cosas que por mucho que nos obliguen a repetir, no van a pasar.

Este año, como siempre, dejaron de “crear” noticias para ocuparse de mantenernos informados de “lo importante”: las campanadas, las uvas, que hay gente que se muere de hambre, pero sólo por Navidad, el Gordo de la Lotería, lo gordos que nos ponemos por estas fechas y todas esas impactantes noticias que repiten y repiten año tras año con cara de inusitada novedad. En fin, para eso les pagan.

Es curioso que no ocurra nada mientras hay fiestas o vacaciones, pero en cuento cesan, las noticias empiezan a crecer como hongos.

Cada hongo creado con algún fin, claro, con su conclusión y todo, ya que la gente no es capaz de sacar conclusiones por sí misma. No importa, se las dan hechitas para que las repitan durante todo el año: “Estamos saliendo de la crisis” “Parece que hay brotes…” “Hay que marcharse a Alemania” “Nuestro sacrificio ha dado sus frutos”…

Eso de repetir y repetir la lección una y otra vez, funciona. Se la creen. El problema es que les plantees algún tipo de pregunta sobre temas que tienen tan claros. Ellos se saben la frase que les ha dado “el profe” en los apuntes. Es más, no dudan de su veracidad, pues la han visto por escrito o la han oído en algún medio, no importa cuál sea. Sólo por ello, tiene credibilidad. Vamos, ¡qué vulgaridad eso de poner en cuestión a la autoridad! Anda, me ha salido un pareado.

Aparte del comienzo de temporada con la invención de noticias, hay otra estrategia muy útil e igualmente repetida, la ocultación de otras que es mejor que no sepamos. Es mejor lo de la fe ciega, en plan secta.

Existen pues, temporadas sin noticias, período de creación o invención de noticias y “no noticias” de cosas que sí ocurren, pero que no debemos conocer.

Tampoco todo esto importa demasiado, pues los votantes, que son los que en realidad interesan, están de rebajas y después de éstas, tienen que empezar a hacer régimen para primavera y luego llega el verano y ¡puf! vuelta al apagón de noticias. Algo encontrarán que puedan repetir para aquellos desgraciados que no puedan marcharse de vacaciones.

Bueno, voy a asegurar las ventanas para que no las rompa el viento. Vamos, que empiezo el año, como lo acabé, oyendo el rugido del viento y negándome a dejarme embaucar por las “no noticias”. Rara que soy.

¿Conoces a Manolo?

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De todos los animales de la creación, el hombre es el único que bebe sin tener sed, come sin tener hambre y habla sin tener nada que decir.

John Steinbeck

Manolo es un personaje al que le gusta comer y beber. No me gusta presenciar sus visitas a los restaurantes más exclusivos que, en su caso, salen siempre del bolsillo del contribuyente.

Puedo decir que empiezo a sentir repugnancia con tan solo verlo ojear la carta y comentar los platos que puede comer y los que ya comió.

Cuando pide una botella de vino, siempre duda, pero no porque entienda de vinos. No entiende en absoluto, sólo pide los más caros, que supone son los mejores. Utiliza su duda, para pedir dos botellas, con la excusa de comparar. Botellas que siempre termina.

Durante la comida desfilan ante él platos diversos y le gusta probar aunque su estómago no se lo pida, por pura ambición.

En general, me gusta ver cómo la gente disfruta de una buena cena y de un buen vino, pero en el caso de Manolo, tengo que decir que detesto presenciar sus copiosas comidas.

Sin embargo, lo peor es escuchar a Manolo parlotear durante horas sobre temas superfluos. Sus conversaciones nunca son nuevas, son repeticiones y remakes de otras con frases que repite constantemente con el único fin de rellenar, porque para Manolo no existe eso que se llama silencio. Es un discurso ininterrumpido que no cesa.

Manolo no puede dejar de hablar sin decir nada. Tiene miedo del silencio, teme incluso que los demás hablen porque sabe que su cerebro no puede prestar atención.

Come, bebe y habla sin cesar. Vive y cultiva una continua superficialidad. Elabora un vacío que lo hace inexistente, que lo borra, que hace que los demás, incluso él mismo, quieran prescindir de él. No vive para sentir, sino que vive para aturdirse y así, no sentir. 

Manolo es sólo un traje y una corbata bien pagados. Ese tipo de personas a los que les pagan para no pensar, sino para estar.

Supongo que tú también conoces a Manolo.

 

Reforma de la Ley de Tráfico y Seguridad Vial

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Hoy el Consejo de Ministros ha dado luz verde y envía al Congreso la reforma de la Ley de Tráfico y Seguridad Vial que, entre otras cosas, incluye pruebas de alcohol a los peatones que infrinjan normas de circulación.

Y yo me pregunto, ¿por qué no hacen una prueba de alcoholemia a los señores diputados para asegurarnos de que no votan bajo los efectos del alcohol?

Aunque supongo que ni soplados, ni sin soplar, tienen arreglo.

Ethos, Pathos y Logos en el discurso político

 

40FDAC011Hace ya tiempo que vengo observando como los ojos de muchos políticos se vacían mientras pronuncian un discurso, como si las pocas neuronas que les circulan con dificultad, se fueran a dormir la siesta un rato.

A otros les da por pestañear frenéticamente cuando se les hace una pregunta que no tienen intención de contestar, procurando no mirar de frente a nadie  y actuando como si no se les hubiera secado del todo la máscara de pestañas.

Otros repiten frases vacías sin tono alguno y vacías de mensaje, como si pensaran que se les paga por mover los labios.

La retórica tiene su origen en la Grecia clásica. Aristóteles escribió en su famosa Retórica que existen tres tipos de argumentos persuasivos:

  • Ethos  que se refiere a la credibilidad del orador y su relación con la audiencia.
  • Pathos que se refiere  al receptor del discurso, es decir, a los  argumentos emocionales que pueden incluirse en un discurso, como  las historias, anécdotas, analogías, metáforas, símiles, narradas con pasión.
  • Logos que se refiere a los argumentos lógicos apoyados con evidencias sólidas que apelan a la razón.

Probablemente cualquier político que pudiese leer el comienzo de esta entrada, no llegaría ni a la tercera línea sin quedarse dormido.

Y es esto mismo lo que nos ocurre a nosotros cuando les escuchamos argumentos que a ellos mismos les producen somnolencia. Esa pesadez de ojos que les produce la frecuente falta de actividad cerebral.

No es únicamente que carezcan de las mínimas habilidades para pronunciar un discurso, si no que llevan tanto tiempo representando la misma obra de teatro, ensayada hasta la saciedad en conjunto por los partidos políticos ya sean éstos de color rojo, azul, verde o violeta, que aunque antes tampoco se creían ustedes sus insultos, ahora el problema es que su “ethos”, es decir, su credibilidad es completamente inexistente y aunque procuren disimular con enfados fingidos y falsa pasión, carecen de empatía alguna con la situación a la que nos han conducido a conciencia y de forma reiterada a través de los años y de las legislaturas.

Para mentir, también hay que esforzarse y ustedes, ya ni se molestan en eso.

Un recorrido de años tapando las chapuzas los unos a los otros, poniéndose de acuerdo tanto para subirse los sueldos, como para firmar de todo a nuestras espaldas que, aunque tuviesen la habilidad de los antiguos oradores, no convencerían a nadie, pues su credibilidad se ha agotado hace demasiado tiempo.

Por tanto, llegados a este punto, aunque fuesen unos expertos en el arte del discurso, ni su ethos, ni su pathos, ni su logos, podrían salvar lo que pensamos de ustedes. Nuestro pensamiento está ocupado en como iniciar un profundo proceso de purificación de arriba a abajo y sin más dilación.

Ya que nos han dejado en tierra baldía.

Una peculiar interpretación en el Parlamento Europeo

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La Linterna del Traductor

REVISTA DE TRADUCCIÓN

Número 3 – Septiembre 2002 – ISSN 1579-5314

Una peculiar interpretación en el Parlamento Europeo

Livia de Andrés

Todo intérprete que lleve algún tiempo ejerciendo su profesión, se habrá encontrado con dificultades añadidas a su, ya de por sí, duro trabajo y tendrá, por tanto, en su currículo un sinfín de anécdotas con las que amenizar las reuniones de sus amigos y parientes.

Existen muchas ocasiones en las que las personas que utilizan los servicios de un intérprete no entienden bien el trabajo de éste y, por tanto, lo dificultan.

Yo recuerdo, y al hacerlo aún se me acelera el pulso, un trabajo de interpretación consecutiva que tuve que realizar cuando trabajaba en el Parlamento Europeo de Bruselas. Eran las tres en punto de la tarde y me habían citado en el despacho de una presidenta de comisión, cuyo nombre no viene al caso mencionar, para hacer de intérprete entre ella, que por cierto era sueca, y una diputada española, que no hablaba inglés. No se trataba de una reunión muy corriente, ya que era la época en la que Romano Prodi acababa de comenzar su andadura como presidente de la Comisión Europea y una de sus políticas consistía en fomentar las relaciones entre el Parlamento, la Comisión y el Consejo de la Unión Europea. Yo pensaba interpretar en una reunión más bien privada, es decir: presidenta, diputada, algún asesor y algún que otro funcionario. Me encontré en medio de un número considerable de personas. Acudieron a dicha reunión, además de los mencionados anteriormente, funcionarios del Consejo, funcionarios de la Comisión, funcionarios de Parlamento, asesores de apoyo para ambos y, cuanto más tiempo pasaba antes de la reunión, iban apareciendo más miembros de la Delegación Sueca que, en mi opinión, más bien venían por el café que por el tema de la reunión. En fin, que aquel jolgorio sólo podía ocurrir en el despacho de una presidenta de comisión, ya que son mucho más amplios que los que se destinan al resto de los diputados, para mi desgracia en aquel momento.

Es cierto que, aunque no era novata en esto de la interpretación y también estaba acostumbrada al despliegue de medios del Parlamento, estaba algo nerviosa. Y mi mayor preocupación era la diputada a la que debía prestar mis servicios como intérprete. La primera dificultad estribaba en que ella era una recién llegada al Parlamento y pensaba que todo lo que ocurría en su despacho era alto secreto, y si bien es cierto que los asuntos de cada diputado no deben salir de su despacho, estos secretos no se extienden ni a los asesores, ni a los intérpretes, ni a cualquier persona que trabaje en el Parlamento y se encuentre implicada de una u otra manera en el asunto que se esté tratando. Pero digamos que la diputada en cuestión había interpretado las normas parlamentarias a su manera y, aunque yo conocía el tema del que trataba la reunión, no había tenido la ocasión de echar ni un ligero vistazo a los papeles sobre los que ella iba a hablar y a los que se aferraba con desesperación. Pero mis problemas no se ceñían únicamente a esto, no, a mí me había tocado el lote completo.

Comenzó a hablar en un tono exageradamente alto para un despacho y mucho más apropiado para un hemiciclo con micrófonos estropeados. El problema era que no se paraba ni a respirar. De su boca brotaban sin cesar un sinfín de fechas, plazos, enmiendas y recomendaciones para sus colegas suecas que la miraban estupefactas.

Tuve que interrumpirla y explicarle que, si no se paraba de vez en cuando, me resultaría imposible realizar mi trabajo. Por supuesto, mi advertencia no le sentó nada bien. Comenzó a increparme delante de todo aquel grupo de gente variopinta que la observaba atónita, preguntándose probablemente, por qué había traído a una intérprete si pensaba darles un discurso en español castizo. Un atento funcionario de los allí presentes intentó socorrerme desviando su atención con algunas de las enmiendas que se presentaban y lo consiguió, cosa que más tarde le agradecí con un café. Yo seguí haciendo mi trabajo lo mejor que pude, pero en un momento determinado de la reunión, diputada en cuestión debió de aburrirse de mi perorata en inglés, que en realidad era la suya, y buscó una solución para que la atención de tan altos representantes no se desviase durante tanto tiempo hacia mi persona. Ni corta ni perezosa, comenzó a gritarle a la sueca en un tono muy superior al anteriormente utilizado y pronunciando como si estuviera sufriendo una especie de parálisis en los órganos fonadores.

Todos se dieron cuenta de lo que intentaba con esto y la presidenta sueca se volvió hacia mí y con su más dulce sonrisa me dijo: “Dile, por favor, que cuando yo me dirija a ella en sueco, también tendré la deferencia de hablarle alto y claro para que me entienda sin dificultad”. Tal era mi vergüenza que me sonrojé. No pude traducir lo que me estaba diciendo y opté por una vía más diplomática, intentando hacer que “nuestra representante española en el Parlamento Europeo de Bruselas” entrase en razón, explicándole que no la estaban entendiendo. Ella me contestó que no fuera ingenua, que si les hablaba claro, la entenderían perfectamente.

Y así continuó, si bien es cierto que, de cuando en cuando, me echaba un vistazo de reojo como preguntándome si su discurso era del todo comprensible o si se estarían perdiendo algo.