Sin hacer ruido

Sin hacer ruido

Sé que está mal visto hacer ruido.

Cualquier forma de protesta fuera de los canales habituales no debe manifestarse.

Los ataques de ansiedad deben ir dirigidos hacia dentro. Y tu estrés, te lo tragas, no lo compartas. Es mucho más civilizado interiorizar tus sentimientos y asentir con una sonrisa, pienses lo que pienses, sientas lo que sientas.

Hemos creado un mundo donde lo genuinamente humano no se ve con buenos ojos.

Hay que callarse. Impedir que los sentimientos afloren.

Hay que vivir en una calle cualquiera, en una ciudad cualquiera y disimular que, en realidad, te sientes igual que el vecino.

La palabra “compartir” no se lleva, ni se hace. Nos deshumanizamos cada vez más. La empatía con otro ser humano es interpretada como debilidad o estupidez.

Pues nos estamos equivocando y de qué manera.

Un mundo donde los sentimientos se expresasen en nuestras conversaciones, sería un mundo más digno de ser vivido.

Ya que, lo profundamente humano, que nos empeñamos en matar a diario, emergerá siempre, en algún momento y triunfará por encima de toda racionalidad de una forma infantil, irreflexiva y casi involuntaria.

No merece la pena vivir sin mostrar nuestro lado humano, aunque éste, a veces, signifique sufrir, que es mucho mejor que salir huyendo.

Aunque vivas en un país cualquiera, en una ciudad cualquiera, en una calle cualquiera y ayudes a cualquiera.

 

Cómo convertirte en la persona que quieres ser

Pies arena

Si observas a la gente de tu entorno, comprobarás que la mayoría de ellos viven en un bucle. Siguen llevando el mismo tipo de vida dramáticamente igual durante años y no han modificado su pequeña porción de mundo conocido.

Si has dejado de sentir ese entusiasmo que hace que te levantes cada mañana con una sonrisa en los labios, es que la vida que llevas no es la que te gusta.

En muchas ocasiones, durante mi vida, he tenido que tomar la decisión de abandonar la comodidad de lo conocido. En estas ocasiones, lo que me ha impulsado a ello, ha sido que me producía pavor no probar algo distinto y arrepentirme años después. Es decir, no quería que mis sueños se quedasen en eso, en sueños. Y sigo con esa filosofía de vida.

Todos nosotros, sin percatarnos, tomamos decisiones todos los días, bien sean pequeñas o grandes. Esas opciones que se nos presentan diariamente, nos convierten en la persona que somos en el presente y definen quienes somos en realidad.

Sin embargo, aplazar tareas o dejarse llevar por la marea de lo cotidiano por comodidad o miedo, destruye nuestra identidad.

Hay que tomar las riendas y tomar una dirección consciente, para no decepcionarnos a nosotros mismos, procurando no ceder siempre en contra de lo que deseamos. Hay que elegir y decidir de forma activa sobre nuestras vidas. Cada día un poco, para torcer el camino y trazar una nueva ruta, nuestra propia ruta.

Debemos ser conscientes de cada elección que tomemos y utilizarla para construir la persona que queremos ser y no en la que nos hemos convertido. Cada decisión es un paso que nos acercará hacia nuestra meta.

La mala noticia es que es una tarea que no tiene fin, es un viaje que realmente nunca termina, pero es también la que nos hará felices.

Tu manera de actuar cada día determinará cómo será tu futuro, un futuro lleno de posibilidades nuevas, estímulos y cambios reales, aceptando siempre el hecho de que estarás en el proceso de convertirte en esa persona que quieres ser.

Todo se encuentra supeditado a ti, forma parte de tu decisión de emprender ese viaje y aferrarte a él.

Recuerda que, la vida que tienes, depende de ti.

Aquella noche

Manos

De aquella primera noche recuerdo la penumbra de la habitación.

La espera interminable, el agotamiento, la impotencia, la fatiga, el estrés.

Un día normal se había convertido en algo impensable, desmesurado, dantesco, inconcebible.

Sorprendida por el desarrollo de los acontecimientos, pero inmersa todavía en la supina ignorancia hacia lo que en realidad iba a suceder en mi vida: Un antes y un después.

Entrasteis con prisa, en tropel, como una legión, aún siendo sólo dos, invadiendo mi penumbra como un torbellino.

Tu mano. Ese es mi primer recuerdo.

Te sentaste al lado de mi cama asiste mi mano con contundencia y sin más dilación fuiste al asunto directo, rápido, sin rodeos.

Tu mano cogiendo la mía. Era una mano firme, resuelta, decidida, que portaba una decisión rotunda, inapelable y que se apoderó del flanco derecho de mi cama.

Tanta gente en aquella habitación y cuando terminaste de hablar la información que había salido de tus labios me trasladó a otro mundo, a ese túnel que sabes que tienes que cruzar sola. Soltaste unas cuantas frases sin freno porque no había otra manera. Había que hacerlo así y tú lo sabías.

Te solté la mano. Recuerdo haberte soltado la mano para asir mi cabeza con ambas y recuerdo que había otra persona que, por conocedora de las noticias con anterioridad a mí, ya se había muerto por dentro. Así evoco su estoicismo, su sufrimiento hecho silencio.

Después de los primeros segundos en los que la palabra “no” fue la única clavada en mi mente, me enfadé. Me enfadé mucho, no sé bien con quién, supongo que con la situación, conmigo, con todos, con la vida. Tú también has sabido siempre como provocar mis enfados desde el primer día, lo hacías por mi bien, para que reaccionase y lo conseguías. Como aquella noche, exponiéndome de frente con tu entonación baja, la única realidad posible.

Estaba enfadada. Creo que por eso accedí tan pronto. Dije que sí, que vale, que bien, que no quería leer nada, que firmaba, que ya, qué sí, que me ponía en tus manos.

Es cierto que sentía rabia, pero desde que entraste en aquel cuarto no pude evitar tener la certeza de que si alguien podía hacer aquello, eras tú, sólo tú. Tu decisión, ganó mi confianza. Y tú también la tenías en ti mismo y yo, desconfiada por naturaleza, podía olerla, sentirla. Lo tenías claro, muy consciente de que aquello iba a ser un “sí” o un “no” en mi vida.

Y nos sonreímos antes de entrar y yo saludé a diestro y siniestro y les advertí, y me reí, y tú y yo nos pasamos aquella noche juntos, cinco horas ¿verdad? Tú, tus manos y un equipo de quince personas.

Tus manos lo lograron, y tu decisión y tu fuerza y tu esfuerzo.

Gracias, Pablo.

 

Desayuno con diamantes

Desayuno con diamantes

Estoy en la terraza de un bar frente al mar. Junto a mí, una íntima amiga.

Delante de nosotras, un desayuno. La promesa del comienzo del día, rodeadas de esa paz matutina que invita a sentir más que a hablar.

Poco a poco, vamos recuperando un terreno y costumbres que ambas habíamos dejado, y casi olvidado, por aquello de que no importa, da igual, una cosa más a la que habíamos cedido.

Y, ese paulatino cese, implica que un día no recuerdes la esencia que te permitía sentir.

Es un momento de vida. Sencillo, sin nada especial, sólo un desayuno, una charla pacífica y los móviles que, aunque suenen, hemos ocultado en el lugar más recóndito de nuestros bolsos en un tácito acuerdo de no responder más que a un tono especial de llamada. Aquella que te recordaría que las distracciones, a veces, se pagan.

La calma es interrumpida por el paso del tiempo. Ellos nos esperan. No quieren nada de nosotras, sin embargo, esperan. Es un lazo invisible y corto que hace que apuremos más el momento, que lo vivamos con el placer del que sabe que se escapa, a hurtadillas, para arrancar un pedacito de felicidad al día, que guardará en secreto como un tesoro privado.

Las dos habíamos olvidado lo que eran aquellos momentos desde que la vida nos atropelló sin avisar. Poco a poco, los vamos recuperando y tanto los habíamos olvidado que, la primera vez que quedamos, ni siquiera me creyó y yo me quedé sin café hasta las once de la mañana. Nada más llamarla al móvil, le espeté un insulto, de esos insultos que sólo los íntimos comprenden. Y ambas estallamos en estrepitosas risas.

Desde aquel día ya no hay duda. Los domingos, en la mesa de madera de tu casa, los lunes y miércoles, en una terraza frente al mar respirando los primeros rayos del sol y, cuando éstos se vayan, respiraremos lo que haya que respirar, pero juntas ella, yo y nuestros respectivos desayunos. Nadie más.

Un momento en el que dos mujeres se ocupan sólo de ellas mismas. Unos instantes impagables rodeados por las prisas que van a atar de nuevo nuestro día, un desahogo de libertad que, por corto, se torna de una intensidad casi indescriptible.

Y, por este desayuno, ambas pagaríamos más que por un desayuno con diamantes.

 

Sólo un momento

 

 

Oscuro cortado

Impedid que suenen los teléfonos,

Parad todos los sonidos,

Detened el tiempo,

Sólo un momento.

Callad los gritos,

bajad las voces,

Que los coches no circulen,

Que los trenes se detengan en las estaciones,

Que los aviones vuelen pero no aterricen, que esperen,

Que escriban sobre la nubes, en círculos angustiosos, que todo debe parar,

Sólo un momento.

Que el cielo aúlle en silencio,

Que las gaviotas no vuelen,

Que todos vistan de negro,

Sólo un momento.

Detened a los que hablen,

Acallad a los que se rebelen,

Que sepan que es medianoche en el mundo,

Ahogad las luces,

Apagad las estrellas,

Olvidaos de que existen caminos,

Daos cuenta de que estamos a oscuras,

Sabed que no hay senderos que seguir,

Sólo un momento.

Sed conscientes de que el océano nos ahoga,

Cerrad los ojos aunque esté todo a oscuras,

Necesitáis ser conscientes,

Sólo un momento.

 

Desnuda en Gotemburgo

Avión a Goterburg

Cuando inicié este viaje pensé que no tenía mucho sentido, por tanto, lo que pudiese escribir durante el mismo tampoco iba a tenerlo.

Mi maleta perdida en Amsterdam. Nada que ponerme en Gotemburgo. Parecía que lo peor del viaje no había sido el irrespirable calor húmedo de Barcelona.

No es la primera vez, ya conozco el procedimiento y las sensaciones que se amontonan después. Prefiero obviarlo todo. Es repetido y me aburre repetir.

Cada vez que me abandonan todas las cosas que he pensado me acompañaban en el viaje, las misma sensaciones vuelven a mí. Frustración, enfado, un nuevo comienzo, otro reto, uno de tantos.

Una hoja en blanco en la que debes escribir sin tinta. Un acertijo para encontrarte a ti misma sin lo que, hasta hace un momento, creías imprescindible.

Una reunión en Gotemburgo con la cara lavada con agua fría y los labios pintados. Factible, de momento.

Dos horas y media lidiando con un grupo de suecos en aquella interminable y tediosa reunión, hacen que reconsidere las posibilidades. El kit de viaje de KLM se convierte en insuficiente.

Me doy cuenta de que la mayoría de las cosas que ocurren en la vida cotidiana son mentira y eso me hace más consciente de la realidad. Es una sensación abrupta que, sin embargo, me gusta, pues me despierta de una bofetada.

Una buena manera de equivocarse es pensar que controlas tu viaje.

Comienzo a escribir de otra forma, por la falta de equipaje, supongo. Elimino lo innecesario. Escribo sin utilizar comas. Escribo sin respirar. Es como me siento. Me habían prometido mi maleta y yo había prometido no romper las normas gramaticales. Si ellos no cumplen, yo tampoco. Escribo sin comas.

Las palabras surgen de sentimientos que lo cotidiano había adormecido.

Vuelta al hotel. Sin ropa. Sin nada. Empiezo a pensar en compras. Antes de la próxima cita, esta vez con amigos, necesito una ducha.

Abro la puerta de la habitación y tropiezo. Las maletas. Allí están, erguidas, mirándome en vertical, desafiantes. Estamos aquí. Hemos llegado. Todo se normaliza. Se calma.


Maletas

Parece que tendré que volver a escribir siguiendo la gramática. Cada línea, cada palabra se convierten ahora en una batalla contra mí misma. Debo dejar de rebelarme. El mundo cumple y yo debo de hacer lo mismo.

Tras dos días con el mismo vestido, me deshago de él casi con saña. Me desnudo tirándolo al suelo con violencia.

Como si abriese una caja de bombones llena de posibilidades, miro el interior de mi reluciente equipaje. Me siento desbordada ante un mundo de nuevas posibilidades, demasiadas.

Sin embargo, es bueno enfrentarse al mundo desnuda y sin maletas. Conseguir obviar esos espejos cóncavos que nos muestran una grotesca realidad.

Resulta inútil aferrarnos a lo que creemos que va a ocurrir, pues origina letargo y falta de reflejos.

Es una idea tan errónea como pensar que controlas tu vida.

Yo

Otra Noche de San Juan

Otra noche de San Juan

Volveremos a reunirnos con los que no están entre nosotros.

Alumbrados por la oscuridad de la noche, rodeados de fuego.

Millones de murmullos y brasas ardiendo que intentan quemar infructuosamente lo que hemos vuelto a hacer mal este invierno.

Por mucho que nos empeñemos en conjuros y quemas, lo cierto es que las palabras fluctuarán por el aire carentes de significado. Sólo formarán parte de un sonido más de otra Noche de San Juan que, por alguna razón que no alcanzo a comprender, me empecino en vivir. Esa noche que me trae esos olores y recuerdos, no puedo decir si buenos o malos, que cada año se vacían más de sentido y me acercan más a la certidumbre.

En algún momento todo fue mucho más fácil, ese lugar perdido en el tiempo en el que todos cantaban al unísono, ahora cada uno va por su cuenta. Sé que ese lugar existió.

Las hogueras harán que el ambiente se vuelva asfixiante, mientras, unos pocos, nos empeñamos en recordar eso que no sabemos recuperar, mientras nos dejamos rodear por gente que no se molesta en comprender, almas vacías que no ven más allá de una fiesta, donde la Queimada deja de ser tradición que rememora esos espíritus, que regresan cada año en esta noche, y la convierten en sólo una manera más de emborracharse. Qué imbéciles, las mejores borracheras carecen de motivo.

Cuando oigo mi nombre en la oscuridad, puedo sentir que han regresado para compartir la magia, que se mueven entre nosotros. Nos honran con su presencia, acercándose a saludar a los que dejaron vivos, pero vacíos.

Y esta vez no sólo las almas de los marineros fallecidos en la oscuridad del mar, que una vez los engulló porque formaba parte de su trabajo, sino también, todos los que dejaron de ser por una estúpida curva que un tren tomó a demasiada velocidad.

Siempre, todo se hace demasiado deprisa, sin pararse demasiado a vivir. Hay que acabar cuanto antes, pisar el acelerador de la vida sin pararse a sentir la lentitud de cada curva ¿Y eso quién lo dice? Quizá, los que aceleran, lo que busquen es alcanzar la muerte más pronto. Son como los que tragan sin saborear lo que tienen en la boca.

Necesitamos que alguien nos encuentre y nos lleve de regreso porque, por muchas hogueras que encendamos esta Noche de San Juan, estamos totalmente ciegos.

Nos asfixiarán lo justo para que podamos seguir de fiesta en fiesta y no oigamos el silencio que hay entre éstas. Intentando que nos olvidemos de todos nuestros muertos, recuerdos y pasado, de los que formaron parte, de unos cuantos cuentos sobre marineros y de otros tantos accidentes con más muertos. Vivamos el presente, no vaya a ser que desenterremos recuerdos que interrumpan la fiesta, pero no la nuestra, sino la de ellos.

Sé que se muere escribiendo tantas palabras y se muere más sintiendo o poniéndose en pie cada día, pero, quién sabe si, entre el incendio, los gritos y el humo, en realidad somos más los que recordamos que los que no recuerdan.

El amanecer cincelará el nuevo día en medio de un mundo de verdad, cruel, caluroso y asfixiante.

Sin embargo, y por experiencia, sé que volveré a escuchar las conversaciones a media voz de los espíritus de La Noche del Veintitrés donde todas las tragedias que fueron, estarán presentes alrededor de las hogueras.

Por lo menos, ellos tienen una causa común, los que seguimos aquí cada vez tenemos menos.

Los peatones

 

 

Los peatones

Juro que he hecho todos mis ejercicios de respiración, de autocontrol, de mediocridad, pero no puedo aún caminar entre ellos. Son demasiado molestos.

Se paran sin importarles que haya gente detrás de sus trabajosos pasos. Son lentos. Carecen de reflejos. Están atontados por tantas sesiones ante la televisión o Internet. No están dotados de ningún reflejo, ni de visión lateral. Deberían ponerles espejos retrovisores en las orejas y ni aún así creo que torciesen la cabeza un ápice para mirar lo que tienen detrás.

Y me tienen a mí, siempre a mí, sorteándolos, saltando por las aceras entre estos obtusos zombis cerriles, siempre tropezando a causa de paradas inesperadas, siempre arriesgando la vida por intentar sortearlos para que no interrumpan mi camino.

No ocurre sólo en las aceras, ni en las calles peatonales, es en general, en mi vida porque son idiotas y es imposible que un idiota claudique o se fatigue. Además, hay muchos idiotas.

Me he portado bien. Me he mantenido alejada. He procurado interiorizar que no van a caminar con algún orden lógico, que no van a dejar fluir el tráfico de los peatones, que sólo pretendemos avanzar hacia nuestro destino. Ellos no tienen. Sé que se pararan cada vez que necesiten decir una frase, porque no pueden hacer dos cosas al tiempo.

No creo que existan como individuos, son masa, pues se comportan al unísono y si los miras de lejos no distingues uno de otro.

No se apartan, no se disculpan si te dan un golpe, sólo miran y miran mucho, miran a mi cara con la sorpresa e intensidad descarada de la estupidez y yo, les devuelvo la mirada en espera de esa pequeña disculpa por haberme empujado. Ese acto de comunicación que cuenta tan poco y que nos hace más humanos: La comunicación. Pero no pueden, les resulta imposible, sus cerebros no dan para tanto. Están concentrados en seguir arrastrando los pies, cambiado de ruta, ni izquierda, ni derecha, nada les convence. Es normal, a mí tampoco.

Juro que he hecho todos mis ejercicios de respiración, de autocontrol, de mediocridad. Me he portado bien. Me he mantenido alejada, pero no puedo evitar que sigan cruzando por mi vida.

Diamantes

 

Diamantes

Su aspecto exterior no le importaba en absoluto.

Era callada e introvertida y, si hablaba, nunca decía estupideces.

Su soledad era quieta, apretada, contenida y olía a destierro.

Su pueblo era un lugar de palabras huecas.

Allí se hablaba sin respirar, sin escuchar, sin pausas, sin alma, sin pasión, triturando la gramática, aplastando una sílabas contra otra, con voces agudas y gritonas.

Ella siempre había sido apartada de estos corros por su descarada intención por conversar. Hasta que había comprendido que era mejor callarse.

Nadie podía leer sus ojos, de un azul más misterioso que profundo. Era consciente de que no la entendían. Siempre había sido así.

Su vida eran sus pensamientos. Y sus palabras monosílabos que cortaban como ráfagas.

Detrás de aquellos rasgos juveniles siempre se había ocultado un alma trazada por violentos hachazos de aislamiento, aquellos que reciben los que se saben diferentes.

Aquella tórrida tarde de agosto, enfrió su soledad llorando despacio pero sin pausa, derramando lágrimas que venían del pasado. Dejando escapar por fin, lo que hasta el momento había acumulado en su desván privado.

Tal era la pureza, transparencia, claridad, brillo y tamaño de las gotas que resbalaban por sus mejillas con su llanto, que hasta un experto joyero hubiera podido asegurar que lloraba diamantes.

Y lo eran. Diamantes de un alma, tallada por años de retraimiento convertidos en joyas de sensibilidad y madurez.

Mientras las lágrimas resbalaban saladas por su rostro, no pudo evitar levantar la mirada hacia un balcón donde unas cortinas de encaje jugaban con el viento, al tiempo que ocultaban miradas tras los ventanales entreabiertos. Esas miradas que siempre la habían acosado desde esquinas ocultas, visillos o cristales, trazando ese círculo de acoso que la había visto crecer.

A temprana edad ignoraba que entablar una conversación en aquel pueblo conllevaba un castigo.

Sin embargo, la cacería a la que había sido sometida, finalizaría en aquella misma estación de tren que tantas veces había visitado sin atreverse a subir a esos vagones que tantas veces había visto partir. Los mismos que ese día se la llevarían entre sus roncos sonidos por encima de oxidadas vías de ruido metálico y seco.

Quizá, con suerte, ese tren la dejase en alguna estación donde las palabras, los sentimientos y las conversaciones, fueran, como mínimo, tan valiosos como los diamantes.

 

Pura realidad

Pura realidad

La demoledora realidad nos espera a la puerta de casa para imponerse con toda su fuerza.

Una realidad que aunque nuestra mente se empeña en trasformar en dulce relato, nos atraca en cualquier esquina con toda su violencia, injusticia, mezquindad y miseria. Monstrándose con brutal descaro, insípida, sin adornos, ni concesiones.

Por tanto, cuanto más avances en tu engañoso entramado para escapar de ella, más cerca estarás de ese vacío en el que caerás sin remedio.

Esa misma realidad que suele aparecer sin previo aviso con esa sobriedad que te devuelve de golpe hacia lo que no quieres ver, y menos mirar. Repentina, directa, clara, sobria.

Cuando luce el sol, es precisamente eso lo que debes dictar a tu mente. No intentes pues, pintar vacuos colores, ni engaños tintados de sueños diciéndote que el astro sol va a brillar. Te toparás con esa tormenta, tan real como la vida en sí misma.

Es imposible que te empeñes en disfrazar instantes que te alcanzarán con certera precisión, quieras o no.

Concéntrate en entrenar el instinto de lo auténtico.

El artificioso e ilusorio autoengaño no se extiende en el tiempo. No despistes tu atención, ni huyas de la angustia, pues el mundo siempre acaba ensuciándote.

La única manera de contemplar la vida es elaborando una visión en consonancia con el lo real. No te empeñes en el cómodo refugio de lo ficticio.

No debería ser tan difícil ser más honesto. Obrar sin justificaciones ni excusas o enfrentarse cuanto antes a esa forma de contemplar lo que te rodea con claridad y sencillez.

Huye de la cómoda oscuridad. No enlaces juegos que sólo cargarán más la ya de por sí pesada mochila que portas hasta que un día cualquiera explote en tu cara.

Inventar resulta peligroso y carente de sentido.

Cualquier noticia acerca del mundo real debe describirse con esos detalles y esa sencillez que no la despojarán de sentimiento o significado.

La gente tiende al autoengaño.

Es imperativo reconocerse a uno mismo sin tapujos ni mentiras. Al fin y al cabo, la imposición de lo real se expandirá con mayor fuerza cuando decida mostrase. Una tormenta imposible de burlar.

Una ventana, un cuchillo o una piedra pueden ser descritos mediante un millar de adjetivos, términos rebuscados o recovecos, pero son lo que son. La vida es igual.

No nos podemos permitir la ilusión de teñir la realidad para terminar entumecidos por los golpes. No hay otro remedio que provocar ese escalofrío sin disfrazar lo que nadie quiere oír y clavar un certero hierro en el centro mismo del corazón.

En la vida o en la literatura se pueden trasladar las comas de sitio, eliminar los puntos, saltarse palabras, tacharlas, reescribirlas, utilizar términos oscuros o enrevesados. Es igual. Los sentimientos directos triunfan descaradamente igual que en la vida.

Si hace sol, simplemente piénsalo y dilo así. No intentes negar lo que es inevitable que se muestre, pues sólo estarás perdiendo el tiempo.