El cultivo de la nostalgia

7787b133d24158632bae08ecaaf87e35

La sensación de lo inexorablemente perdido nos sume en la melancolía.

Esa bruma cegadora que algunos se empeñan en cultivar, fuente de las mejores rememoraciones poéticas, no es otra cosa que un proceso de reactivación y magnificación de la nostalgia.

La búsqueda sin pausa de la resurrección del pasado produce su engrandecimiento pues, probablemente, si lo viviéramos de nuevo no sería tal y como lo imaginamos.

Muchos, consciente o inconscientemente, conservan recuerdos de una realidad perdida cuyas dimensiones no fueron las verdaderas.

Cuando éramos niños, temíamos aquel pasillo oscuro, que seguramente no era tan largo, ni sus sombras tan densas.

De igual modo, el motivo por el que dejamos por el camino a aquella persona era, simplemente, porque no la amábamos.

Tampoco los recuerdos de aquellos lugares están exentos de malas experiencias los cuales, nuestra selectiva memoria, ha borrado.

No es cierto que el pasado haya sido mejor, lo único cierto es que hay que pasarlo.

Y, siempre que sea posible, recorrerlo sin mitificarlo.

Pero también es cierto que si optáramos por esta senda de realidad, perderíamos a todos los poetas y escritores que han amplificado sus recuerdos para aterrorizarnos con largos pasillos, hacernos sufrir por amores imposibles de recuperar, o lograr que huyamos con la mente a esos lejanos lugares del planeta por los que abandonaríamos casi todo.

Sería imposible para los que nos gusta soñar que nuestra vida no es una, sino varias, vivir sin esos mundos interiores propios. Mundos amontonados por deseos imposibles de realizar que dan paso a las brumas de la melancolía, ésa que deja los sueños sin retorno.

No podríamos despertarnos sin soñar que la vida es un sueño de realidades perdidas. Esas realidades que alimentan nuestros deseos de vivir posibilidades que nos empeñamos en pensar que, quizá algún día, se vuelvan realidad.

Por eso, seguimos resucitando el pasado, soñando, leyendo y escribiendo, porque nos empeñamos en pensar que viviremos historias aterradoras, que seremos los protagonistas de amores tan intensos como inconfesables y que descubriremos lugares tan perdidos como nosotros.

 

Mi isla privada

zurlindenstr-c04f61c6b6ef3380af58631cf1501909 (1)Recuerdo con nitidez las cenas al lado de nuestra ventana abierta de par en par y los árboles casi rozando mi rostro.

Solía sentarme en el cenador de nuestro piso y veía como la lluvia y los truenos borraban por fin el aplastante sol del día.

Suiza era un horno en verano. Una olla a presión a punto de estallar, pero por las noches siempre nos daba un respiro.

Esos momentos en los que todo cedía eran mágicos.

Nuestras cenas interminables en las que tú luchabas por hablar alemán alto y, después de la segunda copa de vino, ganaba tu dialecto de Zúrich.

Esas cenas tenían esa mezcla de locura que yo necesito para sentirme viva.

Cuando me conociste no sabías que no lo hago a propósito, me sale así, transformo una vida corriente, en otra que no lo es.

En un país lleno de normas que tú me enseñabas y que yo seguía, nuestra vida llegó a discurrir de forma paralela a ellas.

Eran normas razonables, bien pensadas, que seguíamos religiosamente para, en secreto, seguir las nuestras.

Y tú, te pasabas a las mías, sin darte cuenta. Y eras más tú mismo de lo que nunca habías sido.

Reservado como una piedra, no podías evitar contarme historias que habías enterrado hacía tiempo.

Todo aquello que te ardía en el pecho.

Había miradas que lo decían todo ¿recuerdas? Y risas más españolas que suizas.

Cocinabas tus pasiones.

Yo bajaba al sótano a por más vino o a por aceite.

Al regresar, te parecía que había tardado horas, en vez de unos minutos.

Me mirabas, sonreías y seguías cocinando.

Y la lluvia hacía sonar esas campanillas que tenías colgadas de la ventana.

Ese ruido no iba contra las normas.

Recuerdo el tintineo y su paz.

Y esos días de insoportable calor cuando cruzábamos El Lago en Ferry, el coche, tú y yo.

Para llegar a esa bodega en la que nos vendían esas cajas de nuestro vino favorito, ¿te acuerdas?

Nuestro Riesling-Silvaner, aunque acabáramos bebiendo vino español.

Y los dos sabíamos que ese calor implacable, arreciaría en forma de una lluvia copiosa con la llegada de la noche.

Esperábamos impacientes a escuchar el sonido de las campanillas de nuestra ventana y del viento doblando los árboles. Siendo la reverencia de éstos la antesala de la tormenta.

Y un millar de sonidos.

El calor y las normas cedían mientras del cielo caía agua, no gotas de lluvia, sino un torrente.

Las normas suizas dejaban de tener vigencia y sentados en el pequeño cenador de mármol, pasaríamos horas interpretando los sonidos que nos traía el ruidoso silencio.

Un silencio cargado de conversaciones ocultas que nos divertíamos en descifrar.

Recuerdo esas noches en las que, en una de las ciudades más ricas de Europa, el dinero carecía de importancia y sólo dejábamos paso a la vida.

En esos momentos en los que tu país es el que tú mismo creas, no en el que vives.

Yo y las moscas

10

El silencio de la mañana me envolvía al salir de casa.

La calle comenzaba a llenarse de gente que también se dirigía al trabajo.

Los ojos de una mosca en forma de hombre de mediana edad, me miraron curiosos desde la oscuridad de un portal.

Era Pancho el portero que se empeña en salir a decirme todas las mañanas si le parece que he acertado con la ropa.

Cuando paso cerca de él suele darme su opinión sobre si va a llover y voy a pasar frío o si, por el contrario, hoy voy a pasar calor.

No lo conozco y nunca le he preguntado.

Suelo cruzar de acera porque me cansa oírlo.

Solo que en esta otra acera hay otra mosca, una mujer que me dice lo que ella haría con mi vida, de la que no sabe nada, si fuera yo.

Ambas moscas me molestan, pero lo que más me cansa es escuchar las mismas frases.

Hay moscas que me visitan por mail y me mandan mensajes, hasta del extranjero. Sólo me recuerdan vidas anteriores, capítulos cerrados que estas moscas quieren reabrir.

El pasado no se cambia y no contesto.

Hay moscas en forma de personas que me paran por la calle para preguntarme por cosas privadas.

En este caso suelo contestar algo incongruente o citar a algún escritor o poeta. Aquí se pierden. Piensan que estoy loca. Y creo que tienen razón.

La única manera de tratar con moscas es parecer idiota, porque con las moscas no se puede razonar…

¿O es que a vosotros alguna mosca os ha contestado algo congruente alguna vez?

Mi tesoro invisible

images

Todos somos propietarios de un tesoro privado.

Un tesoro que nunca podemos compartir al cien por cien, pues su significado es tan íntimo que sólo puede ser interpretado por nosotros.

Cuando hablo de este tesoro, me refiero a cada uno de los libros que hemos leído, a todas las películas que hemos visto, al mapa de los viajes que hemos hecho, las imágenes que se han quedado grabadas en nuestra memoria o a los vinos que hemos probado y cuyo sabor no hemos podido olvidar. Un tesoro todo él compuesto de experiencias convertidas en sensaciones y sentimientos que nos pertenece exclusivamente a nosotros.

Ningún sistema ha podido detectar el mío en ningún aeropuerto o frontera que he atravesado. Es como si llevase una maleta oculta e invisible de la que nadie puede percatarse y que me acompaña siempre.

No puedo evitar esbozar una pequeña sonrisa cuando paso algún control y pienso que no lo ven, que es indetectable, que de tan mío, es invisible para los demás.

Mi tesoro cruza y cruzará con total libertad todas las fronteras y aduanas. Y también sé que, a medida que pasa el tiempo, aumenta, porque lo alimento y lo cuido, incrementando su valor cada vez que puedo.

Existen pocas excusas para no ser poseedores de este tesoro, pues no crece con dinero, crece con el tiempo y las experiencias.

Sólo las dudas, las decepciones, la pereza, la inactividad, lo pueden destruir.

¿Qué vas a hacer hoy, leer, ver una peli, irte de viaje, beber un buen vino o aprender algo nuevo? No importa lo que sea, pero asegúrate de que te hace feliz y emborráchate de vida.

Ya verás como no podrás evitar sonreír la próxima vez que cruces una aduana.