¿Lo dudas?

Whatsapp

Al otro lado del móvil, me dicen:

-Ya está ¡Los tengo!

En ese momento me viene a la cabeza las palabras que me dijiste en nuestra última conversación.

-No seas fría. Pareces nórdica.

Comienza a hablar y tras unas cuantas frases, me repite lo mismo.

Le respondo que los “whatsapps” carecen de tono y que no me parece serio poner emoticonos a este tipo de mensajes.

-¿Seguro que eres gallega? ¿No se te habrá pegado algo de vivir en el extranjero?

Le gusta picarme. Una reacción muy gallega para un gallego medio suizo.

Empiezo a caer en sus redes y a decirle que la lluvia no me amilana, que sé perfectamente que en junio a las once es aún de día, que sé cómo se hace una ajada, que estoy acostumbrada a beber vino en cunca, que conozco los misterios de los pimientos de Padrón, que soy fan de Estrella Galicia, que de Lugo a Vigo no se debe ir en tren a no ser que lo único que busques sea fotografiar el paisaje, que no me fío de los veranos de 30 grados y siempre llevo una chaqueta, que sé lo que son esas cosas de madera cuadradas en medio de las rías, que el agua del mar no está fría…

Oigo cómo se ríe de mis esfuerzos al otro lado del teléfono.

Reflexiono un momento. Creo que es más gallego que yo. Vale. No pienso entrar más en su juego. Yo también soy de la tierra. En un arranque de orgullo, me río a carcajadas de sus críticas.

Èl insiste en tono burlón. No me contesta y sigue con la pregunta.

-Son buenas noticias, ¿no? ¡Por fin!

Y yo, abandono la lista de tópicos para, también por fin, hablar sin mensajes, con entonación, poniendo todo mi acento y mis risas.

Quizá mañana, empiece a convecerse de que ambos hemos nacido en la misma tierra.

Aunque no puedo evitar tener mis dudas. Al fin y al cabo, soy gallega.

Un saludo R. 🙂

PERDIDOS

Map Better

Es inevitable perderse cuando te obligan.

Hay conductores que van huyendo, huyen de las autopistas porque son caras, y más, si atraviesas Europa. Huyen de la gente porque, según cambias de país, te hablan un idioma diferente ¡Qué gente tan rara! Si pasas por Francia, te hablan francés, si pasas por Alemania, alemán. Y es que hay que huir de semejantes locos.

Si haces un viaje con uno de estos conductores temerosos del mundanal ruido, lo lógico y normal, es que te pierdas. Te pierdes y lo haces en todos los sentidos.

Te pierdes porque te obligan a ir mapa en mano indicándoles caminos alternativos que, si bien, hacen que se ahorren un buen dinero en autopistas, también es verdad que les hacen gastar el doble en gasolina.

Tomas curvas y más curvas, atajos y más atajos, caminos inhóspitos, sin gente, sin casas. Bueno, sí, a veces te topas con una casa, pero sólo una.

Mientras conducen, te obligan con gritos histéricos o furia desatada, a que les indiques si hay que encaminarse hacia, la A8, pasando por el terruño B1 pero sin atravesar la autopista A2.

Y tú, tan cansada como aturdida, te dedicas a descifrar un mapa que, si fueras sola conduciendo, arrojarías por la ventana y, simplemente, seguirías las enormes y claras indicaciones de las autopistas de Europa, que no se parecen en nada a las de mi tierra. En mi tierra tienes que saberte de memoria los pueblos intermedios, porque los gallegos siempre ocultan el destino, por aquello de si te enteras de algo. Pues, en Europa no es así, sólo tienes que seguir el cartel que dice, PARÍS…, BRUSELAS…, GINEBRA, que es la que me apetece tomar a mí cuando estoy al lado de estos seres miedosos y cobardes.

Y tú sigues medio bizca, pues suelen querer conducir por la noche para pasar desapercibidos, ir de incógnito y no encontrarse ni con tráfico, ni con gente, ni con nada que tenga vida o les hable, sigues mirando el dichoso mapa, al que has dado tantas vueltas que, más que un mapa, parece una sábana centrifugada.

Y en estos agradables viajes, con estos conductores que sufren a lo largo de todo el trayecto una especie de ataque de pánico continuado, te dejas decir que, como eres mujer, te has equivocado y que ellos “creen” que, a pesar de lo que diga yo y el mapa, hay que torcer a la derecha. Y por mucho que les expliques que si tuercen, se van a ir directos a Alemania, no se convencen hasta que leen un cartel que dice: “Deutschland”.

Entonces nos deleitan con otro ataque de pánico, pues no hablan ni papa de alemán y empiezan a gritar: “¿Qué pone ahí? ¿Qué dice ese cartel? ¡La culpa la tienes tú porque no sabes leer los mapas! ¡Las mujeres no tenéis orientación! ¡Estos alemanes son una mierda, ponen todos los carteles en alemán!”

Llegados a este punto, me suplican que los lleve a una autopista donde haya gente “civilizada” que hable algún idioma “normal”.

Y como soy así de idiota, en vez de bajarme del coche e irme a un hotel a disfrutar de una ducha y una buena comida, los llevo de vuelta a una autopista.

Abandono el dichoso mapa y leo los carteles para hacer todo el camino de vuelta, entre las quejas y protestas del conductor de marras sobre el gasto inútil de gasolina.

Y, por fin, llegamos a la ansiada autopista. Sin embargo, estos conductores no se sentirán del todo a gusto, pues en el país vecino, resulta que hablan francés y esto tampoco les va, aunque se resignan.

Eso sí, la cola es interminable y ahí, yo no puedo ayudar. Pero, en su mente enferma, encuentran enseguida la solución. Y ésta no es otra que apagar el motor y situarse al lado del vehículo para, cada vez que avance el coche situado delante de nosotros en la cola, empujar y frenar el coche con las manos durante unos metros, conmigo dentro.

Y yo, me sacrifico a aguantar hasta llegar a mi punto de destino, tras unos treinta empujones de vehículo con la consiguiente frenada. Por supuesto, ya he decidido que, una vez se haya terminado semejante vergonzosa pesadilla, tomaré un avión o un tren de vuelta a casa. Hasta entonces, sólo me queda hundirme en el asiento del copiloto para pasar lo más desapercibida posible de la vista de los demás conductores que, por muy franceses que sean, no son idiotas.

Claro que, en cuanto alcanza el control de la autopista, él gritará mi nombre para que le traduzca lo que ése “francés imbécil” le quiere cobrar, ya que no le entiende, porque, el muy “bobo, sólo le habla en francés”.

Y es que hay gente que debería quedarse en su tierra, allí se entiende todo. Bueno, ellos quizá no.

 

Antes de acabar este año

yo-dasena

Antes de acabar este año, uno de los más difíciles de mi vida, en los que me he agarrado al sentido de humor como única arma para defenderme de imponderables, no quiero dejar de escribiros que ha sido:

Un año con el que podría llenar, fácilmente, las páginas de un libro en el que se mezclarían mucho tipo de géneros, pero que no creo que dejara indiferente al lector.

Un año en el que he descubierto con quién se puede contar y con quién no.

Un año en el que las montañas se hacían cada día más grandes y en el que, a causa de los continuos sustos, no sabía si iba a amanecer con pelos en la cabeza o si se me habrían caído todos.

Ahora, en estos últimos momentos del año, miro hacia atrás y me pregunto cómo he podido ascender una montaña con tantos picos y sólo puedo contar las horas para que empiece el otro, con la esperanza de que sea mejor.

Gracias a todos los que habéis estado ahí y a todos los que me alegráis el día con vuestras entradas.

Espero seguir compartiendo muchos momentos con vosotros.

Feliz Año 2017 a todos.

Livia

No me toques el arroz

Cocina

Las cebollas estaban picadas en trocitos y empezaban a hacer ese ruido chispeante, como susurrándote que las dejes en paz un rato, a fuego lento, si puede ser.

Como lenta y pacífica iba a ser la preparación de mi cena esa noche.

Abrí la nevera para coger el resto de los ingredientes.

Sola en la cocina, después de tanto tiempo. No lo podía creer.

Retomaba mi ritual. Un ritual, cuyos pasos, la mayoría de las veces se abrían a la improvisación.

Me apoyé en la encimera de mármol y, con la copa de vino en la mano, recapacité con regocijo unos instantes, sobre cómo iba a seguir todo aquel proceso.

Un sinfín de ingredientes se paseaban por mi mente en secreto, la cebolla era innegociable, pero había dos tipos de verduras que llevaban dos días impertérritas, sempiternas, eternas y constantes en mi nevera, suplicando que las utilizase para mi arroz.

Mientras abría la puerta del frigorífico para rescatarlas, noté una leve respiración en mi nuca.

Uno de mis mayores placeres y del que disfruto, sólo cuando tengo tiempo, es cocinar. Llevaba seis meses sin hacerlo. Siempre cocinaba él y esta vez le había prohibido que se acercase a un metro de la cocina.

Sin embargo, allí estaba, con esa sonrisa molesta del que mira, no con la intención de compartir, ni acompañar, sino para molestar, interrumpir, sugerir y sugería siempre que se cocinase como en su país, y si en su país se pone cilantro, orégano o eneldo al salmón, pues te sugiere que se lo eches a tu arroz con marisco.

Sin embargo, yo no me hallaba propicia a la discusión. Sonreí, le ofrecí una copa de vino, lo que en España se traduce como una invitación a compartir, a participar… pero esta vez no me iba a tocar el arroz.

Estaba decidida a cocinar yo sola, al igual que yo había dejado que él cocinase durante todos aquellos meses. Incluso con ese estrés de la persona que no disfruta cocinando, sino sólo comiendo. Yo lo había tolerado y esperaba lo mismo.

Se inclinó a oler la sartén y se aproximó a mí mientras cortaba las verduras.

Me hizo indicaciones para que no me cortase un dedo. Imposible, pues utilizo cuchillos que no cortan precisamente para no tener que fijarme en esas chorradas o no tener que irme con un dedo colgando al hospital.

  • Ese cuchillo no corta, dijo.

No contesté.

Bebió algo de vino y reiteró su peligrosa aproximación a mi sartén, pues llevaba en la mano un botecillo de color rojo oscuro.

Sin preguntar, comenzó a volcar un polvo de color rojizo por encima de las cebollas.

No pude evitar que me subiesen las pulsaciones. Habíamos hablado de ello. Habíamos quedado en que tenía un problema de control. Y lo más estúpido, me había confesado que estaba harto de cocinar ¡qué siempre cocinaba él!

Mi cara se puso roja de ira. Retiré con una cuchara lo que pude del nuevo ingrediente y lo invité cortésmente a que desapareciese de la cocina.

Proseguí cortando pimientos y miré de reojo al resto de las verduras jugando mentalmente a conjugar sabores varios.

¡Cómo había echado de menos a la ceremonia que rodeaba aquello!

Apareció otra vez. Esta vez más nervioso. Parecía que su obligación consistía en realizar indicaciones periódicas sobre cómo él haría el arroz.

¡Venía con una lista! Todo un inventario de quejas esta vez algo más ofensivas con el fin de ofender al cocinero, vamos, a mí: los ingredientes, el nivel de agua en la sartén, el punto de sal y un largo etcétera.

Parecía sufrir, sudaba, se movía de forma nerviosa por toda la cocina, agarrado a su lista y asomándose a los fogones.

Tras superar su número de interrupciones consideré necesario interrumpir mi labor.

Me acerqué al pie de madera en el que él guardaba relucientes y recién afilados todos sus cuchillos y le pregunté si le parecía mejor que cortase con éstos, como me había sugerido antes.

Dejó de sudar, ante la posibilidad de mi renuncia, ante el hecho de comenzar a dominar de nuevo. Se calmó y asintió complacido.

Pues, a mí también me parece muy bien, porque aquí, en España, es costumbre como toque final al arroz ¡¡¡echarle un poquito de sangre del tocapelotas que te lo estropea!!! ¡Y menos mal que no vives en Valencia! ¡Ahí creo que los matan si les tocas la paella!

Mi arroz de marisco salió perfecto, lo tomé sola mirando al mar con una copa de vino.

Él ahora vive en su país, creo que limpia cocinas, pero cuando llega a su casa puede ponerle eneldo a TODO.

Haberlas haylas, hasta en tu barrio

meiga volando

Por estas tierras, de todos es conocido que, en esas calles donde silba el viento, en los caminos que azota la lluvia, en fragas umbrosas o en las encrucijadas de las carreteras, nos podemos encontrar con esos seres misteriosos a los que llamamos “meigas”.

Los que somos gallegos, sabemos que “haberlas haylas”, la cuestión es dónde buscar a las verdaderas brujas.

Sin embargo, debo advertiros de que, a veces, se cuelan en tu propia casa y se destapan tan solo con que pronuncies una inocente queja. Es entonces, cuando sientes ese súbito escalofrio que te recorre todo el cuerpo, esa certeza.

Me encontraba sentada escribiendo tranquilamente frente a mi ordenador cuando llamaron a la puerta.

El dueño del ultramarinos situado debajo de mi casa, se apresuró a subirme un pedido en el ascensor, cargado de bolsas con todas las cosas que le había encargado.

El hombre que regenta este pequeño negocio es muy afable, algo bruto, sí, como buen gallego, dispuesto a que tu pedido siempre alcance los cincuenta euros. Si le pides dos kilos de algo, te trae tres, o sea que si tienes treinta en casa, no lo llames o dile que aparezca con “el chisme”. Es así como él llama al aparato para cobrarte con tarjeta.

Mientras le indicaba dónde dejar las botellas de agua y el resto del pedido, mantuvimos una conversación de pura cortesía sobre cómo me iba y frases comunes de esa índole.

Yo, distraída, más bien pensando dónde colocar todo aquello, le contesté, por decir algo, que tenía que hacer un conjuro contra un fulano, que era el mal en persona para todo el que se topaba con él.

Proseguí diciendo que, como buena meiga gallega, esta noche de San Juan, me iba a emplear a fondo en deshacerme de la racha de mala suerte que, a mi entender, había traído el susodicho especimen a mi vida.

Continuaba yo con mi perorata, sin prestar mucha atención al del ultramarinos, mientras recapacitaba sobre que las latas de atún que me estaba colocando encima de la mesa de la cocina, me servirían para confeccionar una buena ensalada.

Sin embargo, él ya se había quedado con mis palabras sobre el “meigallo” grabadas en su mente.

Sin dudar un segundo, y con una cara muy seria, abandonó su tarea, se giró hacia mí y me respondió: “Pero mujer, para eso te paso yo un número de teléfono y con un par de puñaladas te lo arreglan enseguida”.

Me quedé estupefacta, de piedra, inmóvil, ya que, muy al contrario que yo, él iba totalmente en serio con aquello de deshacerse del tipo.

¡Tenía en mi propia casa al Padrino! o, por lo menos, a uno que trabajaba para las meigas, pero de las malas.

¿Cómo iba a sospechar yo que el paisano del ultramarinos de mi barrio, que se pasaba el día cortando chorizo, pertenecía a alguna organización  que iba por ahí cargándose al personal?

No sabiendo qué contestar a tamaño ofrecimiento, corrí a buscar la cartera, aunque tenía la certeza de que aquello no se arreglaba con una simple propina.

Y es que “haberlas haylas”.

Feliz Noche de San Juan,

Una meiga.

 

Aquella noche

Manos

De aquella primera noche recuerdo la penumbra de la habitación.

La espera interminable, el agotamiento, la impotencia, la fatiga, el estrés.

Un día normal se había convertido en algo impensable, desmesurado, dantesco, inconcebible.

Sorprendida por el desarrollo de los acontecimientos, pero inmersa todavía en la supina ignorancia hacia lo que en realidad iba a suceder en mi vida: Un antes y un después.

Entrasteis con prisa, en tropel, como una legión, aún siendo sólo dos, invadiendo mi penumbra como un torbellino.

Tu mano. Ese es mi primer recuerdo.

Te sentaste al lado de mi cama asiste mi mano con contundencia y sin más dilación fuiste al asunto directo, rápido, sin rodeos.

Tu mano cogiendo la mía. Era una mano firme, resuelta, decidida, que portaba una decisión rotunda, inapelable y que se apoderó del flanco derecho de mi cama.

Tanta gente en aquella habitación y cuando terminaste de hablar la información que había salido de tus labios me trasladó a otro mundo, a ese túnel que sabes que tienes que cruzar sola. Soltaste unas cuantas frases sin freno porque no había otra manera. Había que hacerlo así y tú lo sabías.

Te solté la mano. Recuerdo haberte soltado la mano para asir mi cabeza con ambas y recuerdo que había otra persona que, por conocedora de las noticias con anterioridad a mí, ya se había muerto por dentro. Así evoco su estoicismo, su sufrimiento hecho silencio.

Después de los primeros segundos en los que la palabra “no” fue la única clavada en mi mente, me enfadé. Me enfadé mucho, no sé bien con quién, supongo que con la situación, conmigo, con todos, con la vida. Tú también has sabido siempre como provocar mis enfados desde el primer día, lo hacías por mi bien, para que reaccionase y lo conseguías. Como aquella noche, exponiéndome de frente con tu entonación baja, la única realidad posible.

Estaba enfadada. Creo que por eso accedí tan pronto. Dije que sí, que vale, que bien, que no quería leer nada, que firmaba, que ya, qué sí, que me ponía en tus manos.

Es cierto que sentía rabia, pero desde que entraste en aquel cuarto no pude evitar tener la certeza de que si alguien podía hacer aquello, eras tú, sólo tú. Tu decisión, ganó mi confianza. Y tú también la tenías en ti mismo y yo, desconfiada por naturaleza, podía olerla, sentirla. Lo tenías claro, muy consciente de que aquello iba a ser un “sí” o un “no” en mi vida.

Y nos sonreímos antes de entrar y yo saludé a diestro y siniestro y les advertí, y me reí, y tú y yo nos pasamos aquella noche juntos, cinco horas ¿verdad? Tú, tus manos y un equipo de quince personas.

Tus manos lo lograron, y tu decisión y tu fuerza y tu esfuerzo.

Gracias, Pablo.

 

El cartel

Corredor

Me encontraba esperando y paseando por un inhóspito pasillo, antesala de lo que me habían prometido iba a ser una prueba sencilla y rutinaria. Un examen tan sencillo, que podía llevarse a cabo encima de una camilla y en cinco minutos, si no fuese porque el protocolo del centro hospitalario exigía que se llevase a cabo en un quirófano.

Meterse en un quirófano no le hace gracia a nadie, sin embargo, armada por infinita paciencia y resignación, yo paseaba  por aquel desolado corredor a la espera de que alguien se dignase aparecer y me sacase aquello de encima, de una vez, para poder marcharme cuanto antes.

Sumida en mis pensamientos y contando las espantosas baldosas del suelo, acerqué la nariz a una cartelillo que se encontraba justo a la entrada de la puerta del quirófano.

La primera frase rezaba de esta manera:

  • Mantenga la calma.

Sencillamente, me pareció una frase tan obvia como estúpida.

No conozco a nadie que vaya a entrar en un quirófano que no quiera echar a correr, pero todos procuramos, cada uno dentro de nuestros  límites, mantener cierta tranquilidad.

¡Pues claro que iba a intentar mantener la calma! Aquella advertencia me pareció toda una bobada. En fin, procuré pensar que el que me iba a hacer la prueba, o sea el médico, tuviese más luces que los que habían colgado aquel cartel.

Continué con mi resignada observación de las motas de las baldosas del suelo hasta que se me ocurrió levantar la cabeza y leer la segunda frase.

  • Haga caso al personal.

Aquello empezó a enfadarme. ¿Y qué otra cosa iba a hacer? ¿Darles las órdenes yo y pedirles agujas del siete para calcetar con más soltura? Todo aquello no parecía muy lógico. A mí ya me estaba la impresión de que, dentro de poco, me iban a indicar cómo sacarme la muestra yo misma, eso sí, manteniendo la calma.

¡Pues claro que tenía que hacerle caso al personal! No se me habría ocurrido otra cosa.

  • Utilice las escaleras.

Bueno, esto ya no. Yo las órdenes sobre cómo huir de los sitios, las llevo muy mal. Yo si huyo, huyo y nadie me dice si cojo el ascensor o si corro escaleras abajo, que es más rápido.

Aquellas normas parecían escritas para idiotas y, lo peor, es que yo ya estaba enganchada a la siguiente frase del cartelito dichoso. Bueno, sólo quedaba una más.

Me acerqué con curiosidad. Si decían otra obviedad, me marchaba porque ni me parecía un sitio serio, ni quería imaginar cómo sería el médico que me iba a extraer la muestra. Quizá me preguntara cómo preparaba las croquetas. Aquel era un sitio muy raro y el cartel parecía que te preparaba para una masacre.

Mi curiosidad ya era imparable. Leí la última frase con la avidez del que sabe que después de aquello no cabe más que tomar una decisión y sin dilación, no fuera a ser que apareciese alguien y empezasen con lo de que guardara la calma, que huyese por las escaleras etc..

  • Normas a seguir en caso de incendio, rezaba el último renglón.

Pisando las baldosas con paso firme apareció el cirujano: “Vamos”- dijo.

 

 

 

Desde lo alto de la colina

 

oporto-noche

Los pasos del atardecer, sobre el silencioso muelle, enredan a todos los que paseamos por sus orillas.

Mientras, el sol, con sus destellos de un cálido anaranjado, se posa con pausada lentitud en todos aquellos rostros que, al cruzarnos, entrelazamos miradas y jugamos a regalarnos pensamientos. Unos miran a los ojos, otros al suelo, al tiempo que, la gran mayoría, los entrecierra para sumergirse en las luces, los olores y las palabras de conversaciones tan sueltas como inacabadas.

No es momento de hablar, sólo de sentir que existen otros lenguajes en la mirada de otras personas, aquellas que caminan junto a ti por las estrechas y prosaicas calles empedradas en las que la antigüedad de sus piedras, de tacto áspero, invitan a seguir puliendo esos adoquines rozados por los siglos.

Deseamos atrapar aquellos instantes de lucidez que sólo aparecen cuando te permites mirar de frente a lo que se desnuda ante tus ojos.

Un escenario, que parece un sueño, hace más obvia aquella realidad compuesta por gotas negras que se arremolinan para que te pierdas por zonas oscuras que no valen la pena.

Son instantes para aprender los matices de las luces del día, ocasiones para apreciar la melancolía que acompaña a la caída del sol mientras esperas, ansiosa, la llegada de la noche.

En ese puerto, de miradas errantes con historias propias, nos hallamos atrapados en ese mágico muelle de ebrios barcos tambaleantes.

Un lugar de pasiones decadentes, cartas de amor y odio garabateadas en servilletas salpicadas por gotas rojas de sangre y vino. Y, por supuesto, un sitio en el que las fotos jamás logran arrancar esos trozos a la realidad.

Después de unas horas, una luna rosada y ambarina cuelga su luces en un cielo claro que ha perdido su batalla con el día.

Es entonces, cuando las piedras centenarias guían, una vez más, mis perdidos pasos hacia el hotel de la colina. Desde allí, me permitiré, una noche más, el lujo de observar la ciudad desde lo alto.

Oporto desde la colina

Y cuando las luces se hagan pequeñas, el sueño se tornará más grande, cubierto por el esplendor de la belleza nocturna.

Queda mucho por salvar, no todo está perdido, excepto un pequeño centro de quietud en mi corazón que se ha rasgado un poco más, cortado por esa serpiente rellena de agua que divide la ciudad, y mi alma, en dos partes.

Parece un sueño, pero no lo ha sido. He estado allí y ahora, entre brumas, recordaré para siempre esa ciudad que contemplé desde lo alto de la colina.

Desayuno con diamantes

Desayuno con diamantes

Estoy en la terraza de un bar frente al mar. Junto a mí, una íntima amiga.

Delante de nosotras, un desayuno. La promesa del comienzo del día, rodeadas de esa paz matutina que invita a sentir más que a hablar.

Poco a poco, vamos recuperando un terreno y costumbres que ambas habíamos dejado, y casi olvidado, por aquello de que no importa, da igual, una cosa más a la que habíamos cedido.

Y, ese paulatino cese, implica que un día no recuerdes la esencia que te permitía sentir.

Es un momento de vida. Sencillo, sin nada especial, sólo un desayuno, una charla pacífica y los móviles que, aunque suenen, hemos ocultado en el lugar más recóndito de nuestros bolsos en un tácito acuerdo de no responder más que a un tono especial de llamada. Aquella que te recordaría que las distracciones, a veces, se pagan.

La calma es interrumpida por el paso del tiempo. Ellos nos esperan. No quieren nada de nosotras, sin embargo, esperan. Es un lazo invisible y corto que hace que apuremos más el momento, que lo vivamos con el placer del que sabe que se escapa, a hurtadillas, para arrancar un pedacito de felicidad al día, que guardará en secreto como un tesoro privado.

Las dos habíamos olvidado lo que eran aquellos momentos desde que la vida nos atropelló sin avisar. Poco a poco, los vamos recuperando y tanto los habíamos olvidado que, la primera vez que quedamos, ni siquiera me creyó y yo me quedé sin café hasta las once de la mañana. Nada más llamarla al móvil, le espeté un insulto, de esos insultos que sólo los íntimos comprenden. Y ambas estallamos en estrepitosas risas.

Desde aquel día ya no hay duda. Los domingos, en la mesa de madera de tu casa, los lunes y miércoles, en una terraza frente al mar respirando los primeros rayos del sol y, cuando éstos se vayan, respiraremos lo que haya que respirar, pero juntas ella, yo y nuestros respectivos desayunos. Nadie más.

Un momento en el que dos mujeres se ocupan sólo de ellas mismas. Unos instantes impagables rodeados por las prisas que van a atar de nuevo nuestro día, un desahogo de libertad que, por corto, se torna de una intensidad casi indescriptible.

Y, por este desayuno, ambas pagaríamos más que por un desayuno con diamantes.

 

Desnuda en Gotemburgo

Avión a Goterburg

Cuando inicié este viaje pensé que no tenía mucho sentido, por tanto, lo que pudiese escribir durante el mismo tampoco iba a tenerlo.

Mi maleta perdida en Amsterdam. Nada que ponerme en Gotemburgo. Parecía que lo peor del viaje no había sido el irrespirable calor húmedo de Barcelona.

No es la primera vez, ya conozco el procedimiento y las sensaciones que se amontonan después. Prefiero obviarlo todo. Es repetido y me aburre repetir.

Cada vez que me abandonan todas las cosas que he pensado me acompañaban en el viaje, las misma sensaciones vuelven a mí. Frustración, enfado, un nuevo comienzo, otro reto, uno de tantos.

Una hoja en blanco en la que debes escribir sin tinta. Un acertijo para encontrarte a ti misma sin lo que, hasta hace un momento, creías imprescindible.

Una reunión en Gotemburgo con la cara lavada con agua fría y los labios pintados. Factible, de momento.

Dos horas y media lidiando con un grupo de suecos en aquella interminable y tediosa reunión, hacen que reconsidere las posibilidades. El kit de viaje de KLM se convierte en insuficiente.

Me doy cuenta de que la mayoría de las cosas que ocurren en la vida cotidiana son mentira y eso me hace más consciente de la realidad. Es una sensación abrupta que, sin embargo, me gusta, pues me despierta de una bofetada.

Una buena manera de equivocarse es pensar que controlas tu viaje.

Comienzo a escribir de otra forma, por la falta de equipaje, supongo. Elimino lo innecesario. Escribo sin utilizar comas. Escribo sin respirar. Es como me siento. Me habían prometido mi maleta y yo había prometido no romper las normas gramaticales. Si ellos no cumplen, yo tampoco. Escribo sin comas.

Las palabras surgen de sentimientos que lo cotidiano había adormecido.

Vuelta al hotel. Sin ropa. Sin nada. Empiezo a pensar en compras. Antes de la próxima cita, esta vez con amigos, necesito una ducha.

Abro la puerta de la habitación y tropiezo. Las maletas. Allí están, erguidas, mirándome en vertical, desafiantes. Estamos aquí. Hemos llegado. Todo se normaliza. Se calma.


Maletas

Parece que tendré que volver a escribir siguiendo la gramática. Cada línea, cada palabra se convierten ahora en una batalla contra mí misma. Debo dejar de rebelarme. El mundo cumple y yo debo de hacer lo mismo.

Tras dos días con el mismo vestido, me deshago de él casi con saña. Me desnudo tirándolo al suelo con violencia.

Como si abriese una caja de bombones llena de posibilidades, miro el interior de mi reluciente equipaje. Me siento desbordada ante un mundo de nuevas posibilidades, demasiadas.

Sin embargo, es bueno enfrentarse al mundo desnuda y sin maletas. Conseguir obviar esos espejos cóncavos que nos muestran una grotesca realidad.

Resulta inútil aferrarnos a lo que creemos que va a ocurrir, pues origina letargo y falta de reflejos.

Es una idea tan errónea como pensar que controlas tu vida.

Yo