El mar, mi pasión salada

Playa Galicia

Las olas eran más grandes que yo ese día, tan altas y con tal fuerza que era impensable acercarme a ellas.

Sin embargo, la fuerza del mar era la única forma de aplacar mis pensamientos que se revolvían una y otra vez como las terroríficas olas de esa salvaje playa.

Cuando mis pies descalzos rozaron la arena blanca y comencé a caminar, comprendí que ese día el mar se sentía tan furioso como yo.

Pasear al lado de su inmenso poder, serviría para calmar mi mente.

Al borde del agua que rociaba y envolvía de sal mi cara y mi cuerpo, el mar intentaba llamar mi atención procurando que me sumergiese en sus entrañas.

Su estado era muy peligroso, casi tanto como mi estado de ánimo en aquel día de verano.

El mar y yo siempre nos hemos sentido atraídos el uno por el otro. Ambos nos conocemos bien.

Mis pies descalzos se hundían en la arena cada vez que una ola se retiraba hacia el mar para volver a la playa con aún más fuerza que la anterior.

A pesar del mensaje que me estaba mandando, yo luchaba para sacar mis pies que, en apenas segundos, se hundían hasta el tobillo en la arena.

Ese día su poder era infinito y cualquiera que ese día se hubiese adentrado en sus entrañas, no habría salido jamás.

El paseo se había convertido en una especie de lucha o de juego peligroso entre ambos. Yo no pensaba abandonar la orilla, aunque vigilaba de cerca las olas que se acercaban, el mar no pensaba dejar de rugir en mis oídos.

Pasé horas caminado. El mar seguía furioso, llamando mi atención mientras la fuerza del sol se había unido a ella, para forzar mi rendición y dejar que sus rizos salados rodeasen mi cuerpo.

Poco a poco, al caer la tarde mientras el sol se tornaba de un rojo anaranjado, las aguas también comenzaron a calmarse.

El profundo mar verdoso y coronado por espuma blanca, se tornó en una mansa piscina de color azul cristalino. Las sospechas de peligro de las horas anteriores, había desaparecido por completo.

Todo estaba en calma y yo también. Los pensamientos que antes agitaban mi mente habían desaparecido en mi particular lucha contra el mar. Ambos estábamos ahora tranquilos.

Miré hacia el horizonte que mostraba un agua plácida en la que la furia había desaparecido.

Decidí que ya era hora de dar la espalda a la furia y abrazar la calma. Bajo el tibio sol de atardecer comencé a abandonar la playa con una dulce sonrisa en mis labios.

Conozco tus secretos y tú mis debilidades. Sabes que eres mi pasión, que te necesito para que mojes todo mi cuerpo con tu sal, pero también sabes que he aprendido a respetarte.

El mar, al igual que una mujer, bajo su aparente calma, está plagado de corrientes internas, de pasiones ocultas, que recorren su interior y, si no las respetas, te arrastrarán hasta sus profundidades para no dejarte salir jamás.

 

Feeling Nowhere

4

A forgotten bottle of Spanish wine brings back memories.

I look out the window holding my glass.

Closing my eyes I breathe in the smell of my wine.

It smells like home.

 

Haunted by my feelings, I begin to fall apart.

Wet eyes full of tears are shouting that I´m wrong.

I wonder why I am so far away from home.

 

I love this country, it´s cold and calm.

My mind speaks languages that I don´t even understand.

 

I close my eyes and again breathe in the smell of my wine.

Images of my country come to mind,

Warmth, light, faces, laughters, and the sun.

It is late at night.

 

I drink the whole glass of wine and then a second one.

The wine tastes like home and takes me to that place in the sun.

 

I breathe the clean, cold air of this quiet night.

I´m not feeling better and I need another one.

I do love this country and the taste of my wine.

 

I´m awake again!

Spanish words run through my blood.

I thought I’d lost them but they are back!

My blood is burning lost in the dark.

 

I love this city, I really do.

But I am dead tired of it too.

My country´s been waiting for a long time.

It can´t wait to have me there and neither can I.

 

Wait for me just one more night!

Though the night I left, I let you die.

And now we know that we only have this glass of wine.

 

¿Para quién escribimos?

 

Espacio
Espacio

Cuando escribimos un blog nos dirigimos a una audiencia inmensa.

Si me detengo a pensar en esta idea, mi reacción es de pánico.

Supongo que muchos de vosotros habréis tenido una sensación similar al pulsar el botón de “Publicar Entrada”.

Una vez nuestra entrada forma parte del “espacio” cualquiera puede leerla.

Nuestros lectores tendrán gustos diferentes, vendrán de culturas diversas, tendrán una educación distinta y vivirán en distintos rincones del mundo.

Resulta paralizante escribir si me paro a pensar en esto.

La manera de expresarme pues, no puede amoldarse o ser la adecuada para todo el mundo.

¿Cómo escribir entonces para un público tan amplio?

De la única forma posible.

Cuando escribo, lo hago para mí. Me gusta, me divierte y, a veces, me libera de pesos difíciles de llevar y de los que me libro escribiendo.

A pesar de esto, lo curioso es que existen muchas personas que leen lo que escribo. Y yo leo lo que ellos escriben. Lo leo porque quiero y me interesa.

¿Nunca has estado en una conferencia que te aburría y no te has levantado por respeto al conferenciante?

Una de las ventajas de escribir en esta enorme red que lleva años funcionado y que no tiene trazas de dejar de crecer, es que puedes levantarte de esa conferencia que te aburre con total impunidad. Es decir, puedes dejar de leer.

O, por el contrario, puedes leer lo que te interesa sin parar y seguir a quien quieras.

La difusión de ideas se produce de forma masiva.

Y una de las mayores ventajas de publicar de esta manera, es la libertad de elección de quienes quieren participar en este mundo de ideas flotantes, de comunicación global.

Podemos elegir y ser elegidos con total libertad.

¿Es “mediaval”? Pues, no sé, “petete”.

"petete"
“petete”
Castillo "Mediaval"
Castillo “Mediaval”

El conocimiento del propio idioma es la base para el aprendizaje de lenguas extranjeras.

Cuando una persona no conoce bien su lengua materna, aunque haya pasado por la universidad, es poco probable que pueda desarrollar las habilidades necesarias para dominar un idioma extranjero.

Constato este hecho con la pequeña anécdota que voy a contar en esta entrada.

Estos días al leer las noticias, me he acordado de un antiguo compañero de trabajo, abogado de profesión.

Cuando trabajábamos juntos, el hombre ya tenía una pésima fama entre sus colegas. Yo solía intentar ayudarlo en lo que podía porque, en cierta ocasión, también me había ayudado él a mí, o eso me había parecido.

Su ignorancia en general era vasta como una llanura, pero en cuestión de idiomas era vasta e intensa.

Sus continuas salidas de tono y ridículos públicos lo convertían en objeto de burla por parte de nuestros compañeros, que lo respetaban poco por motivos bien fundados.

En una ocasión recuerdo haber tenido una charla con él sobre edificios o arquitectura, no recuerdo con exactitud. Ahí me explicó que le gustaban bastante las construcciones que se habían hecho en la época “mediaval”.

Con el único fin de ayudar a mi colega y sin intención de reírme de su ignorancia, le explique que se decía “medieval”, que viene del término “medievo”, es decir, “Edad Media” y que se podía incluso decir “Medioevo”, pero lo más utilizado era  “medieval”.

En fin, a él este rollo le importó una higa y con cara de suficiencia, me dijo que se decía “mediaval” porque se derivaba de “Edad Media”, recalcando: “Media”, por tanto “media-val”, me replicó con una sonrisa de suficiencia.

No había nada que hacer.

Nos encontrábamos acuñando estos nuevos términos cuando sonó el teléfono del despacho de mi amigo el cual se apresuró en contestar.

Debo mencionar que por aquel entonces, ambos trabajábamos en un país de habla francófona y, por tanto, una de las lenguas de trabajo era el francés.

Si el español ya era un problema para él, no digamos un idioma extranjero. Pero ya se sabe que la ignorancia es muy atrevida. Descolgó el teléfono.

Por su manera de mover los pies me percaté de que estaba hablando con algún funcionario, ya que esto solía ponerlo bastante tenso. Yo también lo estaría si tuviese que mantener una conversación telefónica en francés sin dominar el idioma.

Sumido en su profunda ignorancia, mi amigo pensaba, que para hablar francés había que terminar casi todas las palabras en “ete” o en “é” y que a partir de ahí, el problema para descifrar ese galimatías pasaba a ser del que lo escuchaba.

Me disponía a irme para preservar la privacidad de lo que sabía iba a ser un diálogo de besugos, cuando oigo: “LLe ne se pa, petete”.

Me paré en seco.

Aquello era mucho. Pensé que le iban a rescindir el contrato y así ocurrió, aunque por éste y otros motivos, que ahora no vienen al caso.

¿Estaba acaso intentando explicarle al funcionario algo sobre “El Libro Gordo de Petete”? ¿Por qué decía aquel espantoso “petete” una y otra vez?

Me acerqué a él, pero para entonces ya llevaba demasiado rato con el auricular pegado a la oreja, y sin entender nada de lo que se le decía al otro lado del aparato, soltaba una retahíla nerviosa de ese tartamudeante “petete”, que en su mente se traducía por un “peut-être”, es decir, “quizás”.

No había más que yo pudiese hacer por él. Cerré la puerta al salir y sólo me consoló el hecho de que allí las puertas de los despachos están insonorizadas. Hay cosas que es mejor guardar bajo llave.

La pesadilla de todo traductor

cine21

Si te dedicas a traducir, supongo que ya sabes a lo que me estoy refiriendo.

Efectivamente, a que se borre toda una traducción que tienes que entregar sin más dilación.

La verdad es que esto ya no me ocurre hace años, ya que ahora me aseguro mucho más que cuando no tenía mucha idea de cómo funcionaban las cosas y empezaba en la profesión aprendiendo en solitario, leyendo muchísimo y preguntando si es que algún ser humano de los que me cruzaba a diario era tan raro como yo y tenía el mismo oficio.

La terrible experiencia ocurrió cuando trabajaba para una productora audiovisual que se dedicaba a la post producción de películas de cine en blanco y negro y muy antiguas, cuyos guiones en la mayoría de los casos eran inexistentes.

Yo acepté trabajar para ellos porque lo único que me importaba era que mi pasión por los idiomas y el cine se unían en una profesión: la traducción audiovisual.

Lo que yo ignoraba por aquella época es que aquello que yo hacía era trabajar en unas condiciones penosas y con muy pocos medios o facilidades, pero como pensaba que las cosas funcionaban así, no rechazaba ningún encargo por complicado que fuese.

En principio empecé con películas en inglés tan antiguas y con un sonido tan malo que tenía que emplear mis cinco sentidos y en algún caso creo que desarrollé has diez para entenderlas.

Cuando en la productora descubrieron que también dominaba el alemán, fue cuando empezó una pesadilla sin fin.

Las películas en alemán que me entregaban eran como de los años cuarenta. Las cintas estaban gastadas, los actores hablaban sin pausas, solían ser más largas y encima, muchas veces, empleaban dialectos del alemán tan raros que ni un alemán los hubiera entendido.

Sin embargo, mi entusiasmo reemplazaba cualquier problema y seguía aceptando encargos, que ni la misma productora entendía que pudiese llevar a cabo.

Recuerdo uno en concreto, supongo que porque nunca había pasado por el problema de que una de mis traducciones audiovisuales desapareciese sin dejar rastro del programa de subtitulación que ellos mismos me habían proporcionado.

Se trataba de una espantosa y pesada versión de Sherlock Holmes en alemán que duraba dos horas y media y que yo había tardado toda una semana en traducir por sus extensos diálogos.

Esa mañana de primavera me desplacé a la productora para devolverles el material que me habían dado, que era un guion mal transcrito, que decía cada dos renglones “no se entiende” y dejaba la línea en blanco, una cinta de vídeo y mi traducción.

Cuando abrieron el archivo, estaba en blanco. Y yo también me quedé de ese mismo color.

No lo entendía. Había desaparecido ¡Pero si la había guardado varias veces!

Precisamente ese había sido el problema. En mi afán porque mi costosa obra maestra, no desapareciese, debí de darle a “algún botón” que hizo que yo casi me desmayase en el estudio de grabación.

Solución: Me senté y me preparé a ver la película y traducirla allí mismo porque el cliente la esperaba para el día siguiente.

Tal era mi enfado que en cuanto pusieron la primera escena empecé a teclear como si me estuviesen hablando en mi propia lengua y yo tuviese que sólo que escribirlo.

Acababa de luchar durante una semana entera y cada palabra se había clavado en mi memoria de tal forma que no me costó trabajo alguno volver a reproducirla subtítulo por subtítulo sin levantarme de la silla hasta terminar.

Llegué tarde a casa, agotada y, desde luego, había cumplido con mi trabajo como hago siempre, pero también estaba muy frustrada, porque si algo no soporto es hacer algo dos veces.

La experiencia fue la mejor lección. Nunca más volvió a desaparecer algo de mi ordenador.

Una peculiar interpretación en el Parlamento Europeo

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La Linterna del Traductor

REVISTA DE TRADUCCIÓN

Número 3 – Septiembre 2002 – ISSN 1579-5314

Una peculiar interpretación en el Parlamento Europeo

Livia de Andrés

Todo intérprete que lleve algún tiempo ejerciendo su profesión, se habrá encontrado con dificultades añadidas a su, ya de por sí, duro trabajo y tendrá, por tanto, en su currículo un sinfín de anécdotas con las que amenizar las reuniones de sus amigos y parientes.

Existen muchas ocasiones en las que las personas que utilizan los servicios de un intérprete no entienden bien el trabajo de éste y, por tanto, lo dificultan.

Yo recuerdo, y al hacerlo aún se me acelera el pulso, un trabajo de interpretación consecutiva que tuve que realizar cuando trabajaba en el Parlamento Europeo de Bruselas. Eran las tres en punto de la tarde y me habían citado en el despacho de una presidenta de comisión, cuyo nombre no viene al caso mencionar, para hacer de intérprete entre ella, que por cierto era sueca, y una diputada española, que no hablaba inglés. No se trataba de una reunión muy corriente, ya que era la época en la que Romano Prodi acababa de comenzar su andadura como presidente de la Comisión Europea y una de sus políticas consistía en fomentar las relaciones entre el Parlamento, la Comisión y el Consejo de la Unión Europea. Yo pensaba interpretar en una reunión más bien privada, es decir: presidenta, diputada, algún asesor y algún que otro funcionario. Me encontré en medio de un número considerable de personas. Acudieron a dicha reunión, además de los mencionados anteriormente, funcionarios del Consejo, funcionarios de la Comisión, funcionarios de Parlamento, asesores de apoyo para ambos y, cuanto más tiempo pasaba antes de la reunión, iban apareciendo más miembros de la Delegación Sueca que, en mi opinión, más bien venían por el café que por el tema de la reunión. En fin, que aquel jolgorio sólo podía ocurrir en el despacho de una presidenta de comisión, ya que son mucho más amplios que los que se destinan al resto de los diputados, para mi desgracia en aquel momento.

Es cierto que, aunque no era novata en esto de la interpretación y también estaba acostumbrada al despliegue de medios del Parlamento, estaba algo nerviosa. Y mi mayor preocupación era la diputada a la que debía prestar mis servicios como intérprete. La primera dificultad estribaba en que ella era una recién llegada al Parlamento y pensaba que todo lo que ocurría en su despacho era alto secreto, y si bien es cierto que los asuntos de cada diputado no deben salir de su despacho, estos secretos no se extienden ni a los asesores, ni a los intérpretes, ni a cualquier persona que trabaje en el Parlamento y se encuentre implicada de una u otra manera en el asunto que se esté tratando. Pero digamos que la diputada en cuestión había interpretado las normas parlamentarias a su manera y, aunque yo conocía el tema del que trataba la reunión, no había tenido la ocasión de echar ni un ligero vistazo a los papeles sobre los que ella iba a hablar y a los que se aferraba con desesperación. Pero mis problemas no se ceñían únicamente a esto, no, a mí me había tocado el lote completo.

Comenzó a hablar en un tono exageradamente alto para un despacho y mucho más apropiado para un hemiciclo con micrófonos estropeados. El problema era que no se paraba ni a respirar. De su boca brotaban sin cesar un sinfín de fechas, plazos, enmiendas y recomendaciones para sus colegas suecas que la miraban estupefactas.

Tuve que interrumpirla y explicarle que, si no se paraba de vez en cuando, me resultaría imposible realizar mi trabajo. Por supuesto, mi advertencia no le sentó nada bien. Comenzó a increparme delante de todo aquel grupo de gente variopinta que la observaba atónita, preguntándose probablemente, por qué había traído a una intérprete si pensaba darles un discurso en español castizo. Un atento funcionario de los allí presentes intentó socorrerme desviando su atención con algunas de las enmiendas que se presentaban y lo consiguió, cosa que más tarde le agradecí con un café. Yo seguí haciendo mi trabajo lo mejor que pude, pero en un momento determinado de la reunión, diputada en cuestión debió de aburrirse de mi perorata en inglés, que en realidad era la suya, y buscó una solución para que la atención de tan altos representantes no se desviase durante tanto tiempo hacia mi persona. Ni corta ni perezosa, comenzó a gritarle a la sueca en un tono muy superior al anteriormente utilizado y pronunciando como si estuviera sufriendo una especie de parálisis en los órganos fonadores.

Todos se dieron cuenta de lo que intentaba con esto y la presidenta sueca se volvió hacia mí y con su más dulce sonrisa me dijo: “Dile, por favor, que cuando yo me dirija a ella en sueco, también tendré la deferencia de hablarle alto y claro para que me entienda sin dificultad”. Tal era mi vergüenza que me sonrojé. No pude traducir lo que me estaba diciendo y opté por una vía más diplomática, intentando hacer que “nuestra representante española en el Parlamento Europeo de Bruselas” entrase en razón, explicándole que no la estaban entendiendo. Ella me contestó que no fuera ingenua, que si les hablaba claro, la entenderían perfectamente.

Y así continuó, si bien es cierto que, de cuando en cuando, me echaba un vistazo de reojo como preguntándome si su discurso era del todo comprensible o si se estarían perdiendo algo.

En esa ciudad del Este

La sensación de calma es intensa. Hay un silencio que casi hace ruido. Los colores del cielo son extraños y nada se mueve.

No hay gente por las calles, si acaso una persona de la que sólo puedo ver la cara a la altura de los ojos y caminando con prisa.

Parece que va a ocurrir algo.

Miro al cielo, está entre negro y rosa. La atmósfera anuncia que algo va a ocurrir y tengo hambre.

Va a nevar y será una gran nevada, pero mi sensación es de inquietud. Quiero ver gente y preguntar. No estoy segura de que no vaya a estallar una bomba o nos vayan a tirar un misil desde el cielo. Aunque el cielo está tan denso que parece como si no fuese a permitir que nada lo atravesara.

Porque la ciudad en la que estoy aún tiene secuelas de pobreza y de guerras pasadas. La gente con la que me cruzo ha vivido otra vida, que yo sólo he visto en las películas.

Levanto la vista, veo un edificio con unas pintadas, es muy triste, muy gris, muy feo y alcanzo a ver trozos de metralla. Hay partes de la ciudad totalmente destruidas que hablan del pasado.

Qué silencio, es atronador.

En mitad de aquella nada, a lo lejos, cruzando una ancha calle, parece que veo luces. Efectivamente, es una cafetería.

Me cubro los labios, con el abrigo y me ajusto el gorro. No se me ven más que los ojos. Hace mucho frío. Estoy cansada de caminar y helada.

Detrás de una puerta de madera, que empujo, llega ruido de conversaciones, calor, la calidez de muchas velas encendidas y gente, mucha gente. Es un sitio muy grande. Hay una gran mesa para que nos sirvamos.

Me siento al lado de una ventana, puedo permitirme el lujo de deshacerme de mi gorro y mi abrigo. Sujeto entre mis manos un enorme café caliente y pasados unos minutos tengo en la mesa más cosas de las que puedo comer.

Bebo un poco de café mientras miro a través del cristal. Los copos de nieve empiezan a caer, toda la tensión cesa. El cielo libera su carga para ponerse a pintar.

Pasan cinco minutos y la calle está totalmente cubierta de una capa blanca e impoluta. Es un cuadro de una belleza que me hace sonreír.

Ya es de noche, está muy oscuro. Miro el reloj, claro, ¡si ya son las tres de la tarde!

La Noche de las Meigas

Mi verano en Galicia
Mi verano en Galicia

Cada vez que regreso a Galicia para pasar mis vacaciones de verano, regresan a mí sensaciones que pensaba que no podría recuperar.

Nadar en las transparentes aguas de las rías gallegas, siempre es como un renacer a la vida. Todo lo que parece imposible antes de introducir tu cuerpo en el agua, al salir del mar es posible.

Volverás a sentir tu piel quemada bajo el sol y la sal pegada a tu cuerpo. Buscarás moluscos por las rocas y conchas de colores por la arena blanca de la playa.

También los olores del campo gallego regresarán a tu memoria y la madera de sus bosques, o la leña de sus árboles quemada en días como hoy 24 de junio para celebrar el comienzo del verano. Los recuerdos enterrados en lo más profundo, aflorarán de nuevo para no dejar que me olvide de mis raíces.

Durante todas mis ausencias he llevado conmigo a tierras extranjeras capítulos e historias de mi tierra. Pero las explicaciones sólo dieron su fruto real cuando todas las personas que las habían escuchado, las vivieron. En esos días de verano en que eres tan feliz que sobran las palabras y todo se vuelve real.

En los veranos de este rincón de la tierra, en los que el sol rojizo puede quemarte a las ocho de la tarde, o bien puedes amanecer rodeado de una niebla baja que viene del mar y trae el silencio de la mañana consigo. Ese misterioso silencio que viene del mar y en el que oyes tu respiración y las sirenas de los barcos a lo lejos. Y es cuando tienes la certeza de estar rodeada por las almas de todos esos marineros a los que el mar, mientras trabajaban, les arrancó la vida.

La niebla matutina viene cargada de misterio y sólo te atreves a hablar en voz muy baja, como si estuvieses contando un secreto del que todo el mundo es partícipe, o como si hubiese alguna norma jamás escrita, que dijese que, por respeto, no se puede hablar más alto. Todos los paisanos que se cruzan contigo la conocen y te dan los buenos días en el mismo tono, clavando en ti esos ojos, que se han vuelto del color del mar de tanto mirarlo.

El café de la mañana, lo servirá probablemente la viuda, la madre, la hija o la nieta de algún marinero que duerme en las profundidades del océano, pero el tema no sale a la luz mientras dura el silencio y no se diluya la niebla. Hablaréis del tiempo.

El sol, que parecía ya perdido, aparecerá a mediodía, y con él, la señal de que la vida se reanuda. La playa espera tranquila y limpia, el mar renovará tu cuerpo y tu mente otro día más.

Y después llegará la noche, un techo de enormes estrellas que iluminarán todo como farolas gigantes, el olor a mar, a tierra y el fuego de La Noche de las Meigas.

El vino se mezclará con la charla y los marineros desaparecidos en la tormenta de aquel invierno gris y oscuro, volverán para compartir esa noche con sus paisanos, celebrando, como hacían antaño en su pueblo, la llegada del verano.

Las charlas interminables, las risas y las historias plagadas de recuerdos llenarán el aire. Esa noche todos, vivos y muertos, compartirán vino, comida e historias. Y todos volveremos a estar juntos, gracias a las meigas. 

La Técnica del Espejo

Yo y mis espejos
Yo y mis espejos

Un día paseando por la calle vino a mi mente una imagen de cuando era una niña pequeña y estudiaba ballet: el espejo que me ponían delante cuando bailaba o adoptaba cualquier posición en la barra. Mediante ese invento, muy común en las clases de danza, el profesor no tenía que corregir los torpes movimientos de sus alumnos, ya que el espejo lo hacía por él. Las aspirantes a bailarinas veíamos con horror nuestra propia imagen de movimientos descoordinados reflejados en aquel enorme e implacable espejo. Ello hacía que corrigiéramos inmediatamente nuestra postura corporal. En aquel enorme espejo podíamos observar con nitidez que nuestra imagen no se correspondía con la que teníamos en nuestra mente. La realidad se imponía cruel. La imagen real que proyectábamos a los demás no era en absoluto la que imaginábamos.

A partir de este pensamiento se me ocurrió una forma de defenderme ante situaciones diarias que a muchos nos resultan molestas.

Me refiero a esos conductores perdidos en enormes monovolúmenes, que utilizan más la bocina que el intermitente; a los empleados de banco que tratan a los clientes como a disminuidos psíquicos; a las dependientas que dan lecciones a sus clientes, creyéndose en posesión de una máster en cosmética avanzada; a los peatones que pasean a sus perros, ignorando que tienen que tirar de la correa para que los demás no tengamos que saltar por encima de ella; a los padres que dejan que sus retoños den alaridos en recintos cerrados, de manera que sea imposible conversar en un tono de voz apropiado; o la persona que te llama al móvil por error y que cuando averigua que tú no eres su sobrina María del Carmen, te cuelga sin disculparse; En fin, gente que nos rodea a diario y con la que no nos queda más opción que convivir.

Siempre he sido una persona bastante tímida, pero tengo sentido del humor y soy observadora. Eso ayuda mucho. Suelo comportarme con amabilidad, por muy malo que se presente el día. Siempre he pensado que exteriorizar el mal humor, es una pérdida de tiempo y de energía, además de ser de muy mala educación.

Casi de una forma inconsciente, he logrado poner en práctica una técnica que me ayuda en situaciones molestas, sin que me afecten. Además de divertirme enormemente, consigo grandes resultados.

Nunca he sido partidaria de enfrascarme en una discusión a gritos con nadie, y tampoco quedarme pasmada es una opción. A lo largo de los años, y sin yo pretenderlo, he desarrollado esta técnica, que, aunque no puede llevarse a cabo en todas las situaciones, es muy útil en muchas.

Lo ideal para ponerla en práctica, sería llevar un espejo encima, pero soy consciente de que la gente no puede ir con algo así por la calle y ponerlo delante de todas las personas que le molestan.

Desde el principio pensé pues, que la única solución posible era la imitación. Soy bastante buena imitando y he practicado ante familia y amigos durante años.

Supongamos que deseas anular una cita con un médico. La enfermera descuelga el teléfono con algo que suena a bufido, más que a voz humana. No te irrites. Contesta que deseas anular la cita en el mismo tono con el que ella ha descolgado el teléfono, es decir, con otro bufido. En este punto habrá un silencio. El silencio se traduce como sorpresa. Bien, ya has captado su atención. Segundo efecto, reflexión. Ahora has logrado algo más, que te preste atención. Si en su segunda frase baja algo el tono y se muestra más accesible, tú has de copiar su cambio de tono con tu voz. Ya ha empezado a verse reflejada en su propio espejo. La imagen que proyecta hacia los demás no le gusta. Está recibiendo el mismo trato y no se siente bien. Mejorará hasta tal punto que, al final de la conversación, hablará en un tono amable y normal. A veces la percepción es consciente y otras inconsciente. En cualquier caso, habrá un entendimiento tácito. Ella ha aprendido que no se debe tratar a la gente así y tú has disfrutado con tu pequeña interpretación.

Vas al banco. Tu asesor personal está de muy malas pulgas. Un día torcido lo tiene cualquiera. Sin embargo, él tiene que pensar que tú eres un cliente y debe atenderte bien. En vez de eso, se pone bastante arisco, empieza a despotricar sobre que no puede perder el tiempo conmigo ese día. Mi cara es de asombro, de momento. Al cabo de un rato pierde totalmente la razón y empieza a hablarme en tercera persona, como si fuera la Pantoja: “Fernando Sánchez (nombre inventado, claro), no tiene que atenderla en esto; Fernando Sánchez no tiene que aclararle esto otro; Fernando Sánchez está muy ocupado hoy para estas cosas”. Y con tanto hablar en tercera persona ya empiezas a desconfiar de ti misma y a mirar hacia un lado de la mesa, a ver si es que hay alguien sentado a su lado. Tú quieres llamar al director, pero antes, ¿por qué no intentar lo que tan bien se te da cuando te enfadas? Empiezas a hablar en tercera persona, como hace él, y te refieres a ti como si no te conocieras. Por su cara de asombro, notas que le extraña tu actitud, después se siente incómodo hasta que tú exageras algo más y pasa a sentirse realmente ridículo. Y ya cuando estáis reunidos los cuatro, es decir, sus dos “yos” más mis dos “yos”, él se da cuenta de que su comportamiento no es el más apropiado. Ha funcionado y ha evitado que tuviese que hablar con el director del banco.  

La técnica del espejo, es muy buena para la salud mental, evita enfrentamientos innecesarios, explicaciones inútiles y mejora las relaciones sociales. Eso sí, hay que ser un buen imitador, poseer un buen espíritu crítico, ciertas dotes para la enseñanza y mucho sentido del humor.

Inténtalo, practica sin cesar, verás cómo mejora tu vida y la de los demás.