¿Para quién escribimos?

 

Espacio
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Cuando escribimos un blog nos dirigimos a una audiencia inmensa.

Si me detengo a pensar en esta idea, mi reacción es de pánico.

Supongo que muchos de vosotros habréis tenido una sensación similar al pulsar el botón de “Publicar Entrada”.

Una vez nuestra entrada forma parte del “espacio” cualquiera puede leerla.

Nuestros lectores tendrán gustos diferentes, vendrán de culturas diversas, tendrán una educación distinta y vivirán en distintos rincones del mundo.

Resulta paralizante escribir si me paro a pensar en esto.

La manera de expresarme pues, no puede amoldarse o ser la adecuada para todo el mundo.

¿Cómo escribir entonces para un público tan amplio?

De la única forma posible.

Cuando escribo, lo hago para mí. Me gusta, me divierte y, a veces, me libera de pesos difíciles de llevar y de los que me libro escribiendo.

A pesar de esto, lo curioso es que existen muchas personas que leen lo que escribo. Y yo leo lo que ellos escriben. Lo leo porque quiero y me interesa.

¿Nunca has estado en una conferencia que te aburría y no te has levantado por respeto al conferenciante?

Una de las ventajas de escribir en esta enorme red que lleva años funcionado y que no tiene trazas de dejar de crecer, es que puedes levantarte de esa conferencia que te aburre con total impunidad. Es decir, puedes dejar de leer.

O, por el contrario, puedes leer lo que te interesa sin parar y seguir a quien quieras.

La difusión de ideas se produce de forma masiva.

Y una de las mayores ventajas de publicar de esta manera, es la libertad de elección de quienes quieren participar en este mundo de ideas flotantes, de comunicación global.

Podemos elegir y ser elegidos con total libertad.

¿Es “mediaval”? Pues, no sé, “petete”.

"petete"
“petete”
Castillo "Mediaval"
Castillo “Mediaval”

El conocimiento del propio idioma es la base para el aprendizaje de lenguas extranjeras.

Cuando una persona no conoce bien su lengua materna, aunque haya pasado por la universidad, es poco probable que pueda desarrollar las habilidades necesarias para dominar un idioma extranjero.

Constato este hecho con la pequeña anécdota que voy a contar en esta entrada.

Estos días al leer las noticias, me he acordado de un antiguo compañero de trabajo, abogado de profesión.

Cuando trabajábamos juntos, el hombre ya tenía una pésima fama entre sus colegas. Yo solía intentar ayudarlo en lo que podía porque, en cierta ocasión, también me había ayudado él a mí, o eso me había parecido.

Su ignorancia en general era vasta como una llanura, pero en cuestión de idiomas era vasta e intensa.

Sus continuas salidas de tono y ridículos públicos lo convertían en objeto de burla por parte de nuestros compañeros, que lo respetaban poco por motivos bien fundados.

En una ocasión recuerdo haber tenido una charla con él sobre edificios o arquitectura, no recuerdo con exactitud. Ahí me explicó que le gustaban bastante las construcciones que se habían hecho en la época “mediaval”.

Con el único fin de ayudar a mi colega y sin intención de reírme de su ignorancia, le explique que se decía “medieval”, que viene del término “medievo”, es decir, “Edad Media” y que se podía incluso decir “Medioevo”, pero lo más utilizado era  “medieval”.

En fin, a él este rollo le importó una higa y con cara de suficiencia, me dijo que se decía “mediaval” porque se derivaba de “Edad Media”, recalcando: “Media”, por tanto “media-val”, me replicó con una sonrisa de suficiencia.

No había nada que hacer.

Nos encontrábamos acuñando estos nuevos términos cuando sonó el teléfono del despacho de mi amigo el cual se apresuró en contestar.

Debo mencionar que por aquel entonces, ambos trabajábamos en un país de habla francófona y, por tanto, una de las lenguas de trabajo era el francés.

Si el español ya era un problema para él, no digamos un idioma extranjero. Pero ya se sabe que la ignorancia es muy atrevida. Descolgó el teléfono.

Por su manera de mover los pies me percaté de que estaba hablando con algún funcionario, ya que esto solía ponerlo bastante tenso. Yo también lo estaría si tuviese que mantener una conversación telefónica en francés sin dominar el idioma.

Sumido en su profunda ignorancia, mi amigo pensaba, que para hablar francés había que terminar casi todas las palabras en “ete” o en “é” y que a partir de ahí, el problema para descifrar ese galimatías pasaba a ser del que lo escuchaba.

Me disponía a irme para preservar la privacidad de lo que sabía iba a ser un diálogo de besugos, cuando oigo: “LLe ne se pa, petete”.

Me paré en seco.

Aquello era mucho. Pensé que le iban a rescindir el contrato y así ocurrió, aunque por éste y otros motivos, que ahora no vienen al caso.

¿Estaba acaso intentando explicarle al funcionario algo sobre “El Libro Gordo de Petete”? ¿Por qué decía aquel espantoso “petete” una y otra vez?

Me acerqué a él, pero para entonces ya llevaba demasiado rato con el auricular pegado a la oreja, y sin entender nada de lo que se le decía al otro lado del aparato, soltaba una retahíla nerviosa de ese tartamudeante “petete”, que en su mente se traducía por un “peut-être”, es decir, “quizás”.

No había más que yo pudiese hacer por él. Cerré la puerta al salir y sólo me consoló el hecho de que allí las puertas de los despachos están insonorizadas. Hay cosas que es mejor guardar bajo llave.

La pesadilla de todo traductor

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Si te dedicas a traducir, supongo que ya sabes a lo que me estoy refiriendo.

Efectivamente, a que se borre toda una traducción que tienes que entregar sin más dilación.

La verdad es que esto ya no me ocurre hace años, ya que ahora me aseguro mucho más que cuando no tenía mucha idea de cómo funcionaban las cosas y empezaba en la profesión aprendiendo en solitario, leyendo muchísimo y preguntando si es que algún ser humano de los que me cruzaba a diario era tan raro como yo y tenía el mismo oficio.

La terrible experiencia ocurrió cuando trabajaba para una productora audiovisual que se dedicaba a la post producción de películas de cine en blanco y negro y muy antiguas, cuyos guiones en la mayoría de los casos eran inexistentes.

Yo acepté trabajar para ellos porque lo único que me importaba era que mi pasión por los idiomas y el cine se unían en una profesión: la traducción audiovisual.

Lo que yo ignoraba por aquella época es que aquello que yo hacía era trabajar en unas condiciones penosas y con muy pocos medios o facilidades, pero como pensaba que las cosas funcionaban así, no rechazaba ningún encargo por complicado que fuese.

En principio empecé con películas en inglés tan antiguas y con un sonido tan malo que tenía que emplear mis cinco sentidos y en algún caso creo que desarrollé has diez para entenderlas.

Cuando en la productora descubrieron que también dominaba el alemán, fue cuando empezó una pesadilla sin fin.

Las películas en alemán que me entregaban eran como de los años cuarenta. Las cintas estaban gastadas, los actores hablaban sin pausas, solían ser más largas y encima, muchas veces, empleaban dialectos del alemán tan raros que ni un alemán los hubiera entendido.

Sin embargo, mi entusiasmo reemplazaba cualquier problema y seguía aceptando encargos, que ni la misma productora entendía que pudiese llevar a cabo.

Recuerdo uno en concreto, supongo que porque nunca había pasado por el problema de que una de mis traducciones audiovisuales desapareciese sin dejar rastro del programa de subtitulación que ellos mismos me habían proporcionado.

Se trataba de una espantosa y pesada versión de Sherlock Holmes en alemán que duraba dos horas y media y que yo había tardado toda una semana en traducir por sus extensos diálogos.

Esa mañana de primavera me desplacé a la productora para devolverles el material que me habían dado, que era un guion mal transcrito, que decía cada dos renglones “no se entiende” y dejaba la línea en blanco, una cinta de vídeo y mi traducción.

Cuando abrieron el archivo, estaba en blanco. Y yo también me quedé de ese mismo color.

No lo entendía. Había desaparecido ¡Pero si la había guardado varias veces!

Precisamente ese había sido el problema. En mi afán porque mi costosa obra maestra, no desapareciese, debí de darle a “algún botón” que hizo que yo casi me desmayase en el estudio de grabación.

Solución: Me senté y me preparé a ver la película y traducirla allí mismo porque el cliente la esperaba para el día siguiente.

Tal era mi enfado que en cuanto pusieron la primera escena empecé a teclear como si me estuviesen hablando en mi propia lengua y yo tuviese que sólo que escribirlo.

Acababa de luchar durante una semana entera y cada palabra se había clavado en mi memoria de tal forma que no me costó trabajo alguno volver a reproducirla subtítulo por subtítulo sin levantarme de la silla hasta terminar.

Llegué tarde a casa, agotada y, desde luego, había cumplido con mi trabajo como hago siempre, pero también estaba muy frustrada, porque si algo no soporto es hacer algo dos veces.

La experiencia fue la mejor lección. Nunca más volvió a desaparecer algo de mi ordenador.

Una peculiar interpretación en el Parlamento Europeo

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La Linterna del Traductor

REVISTA DE TRADUCCIÓN

Número 3 – Septiembre 2002 – ISSN 1579-5314

Una peculiar interpretación en el Parlamento Europeo

Livia de Andrés

Todo intérprete que lleve algún tiempo ejerciendo su profesión, se habrá encontrado con dificultades añadidas a su, ya de por sí, duro trabajo y tendrá, por tanto, en su currículo un sinfín de anécdotas con las que amenizar las reuniones de sus amigos y parientes.

Existen muchas ocasiones en las que las personas que utilizan los servicios de un intérprete no entienden bien el trabajo de éste y, por tanto, lo dificultan.

Yo recuerdo, y al hacerlo aún se me acelera el pulso, un trabajo de interpretación consecutiva que tuve que realizar cuando trabajaba en el Parlamento Europeo de Bruselas. Eran las tres en punto de la tarde y me habían citado en el despacho de una presidenta de comisión, cuyo nombre no viene al caso mencionar, para hacer de intérprete entre ella, que por cierto era sueca, y una diputada española, que no hablaba inglés. No se trataba de una reunión muy corriente, ya que era la época en la que Romano Prodi acababa de comenzar su andadura como presidente de la Comisión Europea y una de sus políticas consistía en fomentar las relaciones entre el Parlamento, la Comisión y el Consejo de la Unión Europea. Yo pensaba interpretar en una reunión más bien privada, es decir: presidenta, diputada, algún asesor y algún que otro funcionario. Me encontré en medio de un número considerable de personas. Acudieron a dicha reunión, además de los mencionados anteriormente, funcionarios del Consejo, funcionarios de la Comisión, funcionarios de Parlamento, asesores de apoyo para ambos y, cuanto más tiempo pasaba antes de la reunión, iban apareciendo más miembros de la Delegación Sueca que, en mi opinión, más bien venían por el café que por el tema de la reunión. En fin, que aquel jolgorio sólo podía ocurrir en el despacho de una presidenta de comisión, ya que son mucho más amplios que los que se destinan al resto de los diputados, para mi desgracia en aquel momento.

Es cierto que, aunque no era novata en esto de la interpretación y también estaba acostumbrada al despliegue de medios del Parlamento, estaba algo nerviosa. Y mi mayor preocupación era la diputada a la que debía prestar mis servicios como intérprete. La primera dificultad estribaba en que ella era una recién llegada al Parlamento y pensaba que todo lo que ocurría en su despacho era alto secreto, y si bien es cierto que los asuntos de cada diputado no deben salir de su despacho, estos secretos no se extienden ni a los asesores, ni a los intérpretes, ni a cualquier persona que trabaje en el Parlamento y se encuentre implicada de una u otra manera en el asunto que se esté tratando. Pero digamos que la diputada en cuestión había interpretado las normas parlamentarias a su manera y, aunque yo conocía el tema del que trataba la reunión, no había tenido la ocasión de echar ni un ligero vistazo a los papeles sobre los que ella iba a hablar y a los que se aferraba con desesperación. Pero mis problemas no se ceñían únicamente a esto, no, a mí me había tocado el lote completo.

Comenzó a hablar en un tono exageradamente alto para un despacho y mucho más apropiado para un hemiciclo con micrófonos estropeados. El problema era que no se paraba ni a respirar. De su boca brotaban sin cesar un sinfín de fechas, plazos, enmiendas y recomendaciones para sus colegas suecas que la miraban estupefactas.

Tuve que interrumpirla y explicarle que, si no se paraba de vez en cuando, me resultaría imposible realizar mi trabajo. Por supuesto, mi advertencia no le sentó nada bien. Comenzó a increparme delante de todo aquel grupo de gente variopinta que la observaba atónita, preguntándose probablemente, por qué había traído a una intérprete si pensaba darles un discurso en español castizo. Un atento funcionario de los allí presentes intentó socorrerme desviando su atención con algunas de las enmiendas que se presentaban y lo consiguió, cosa que más tarde le agradecí con un café. Yo seguí haciendo mi trabajo lo mejor que pude, pero en un momento determinado de la reunión, diputada en cuestión debió de aburrirse de mi perorata en inglés, que en realidad era la suya, y buscó una solución para que la atención de tan altos representantes no se desviase durante tanto tiempo hacia mi persona. Ni corta ni perezosa, comenzó a gritarle a la sueca en un tono muy superior al anteriormente utilizado y pronunciando como si estuviera sufriendo una especie de parálisis en los órganos fonadores.

Todos se dieron cuenta de lo que intentaba con esto y la presidenta sueca se volvió hacia mí y con su más dulce sonrisa me dijo: “Dile, por favor, que cuando yo me dirija a ella en sueco, también tendré la deferencia de hablarle alto y claro para que me entienda sin dificultad”. Tal era mi vergüenza que me sonrojé. No pude traducir lo que me estaba diciendo y opté por una vía más diplomática, intentando hacer que “nuestra representante española en el Parlamento Europeo de Bruselas” entrase en razón, explicándole que no la estaban entendiendo. Ella me contestó que no fuera ingenua, que si les hablaba claro, la entenderían perfectamente.

Y así continuó, si bien es cierto que, de cuando en cuando, me echaba un vistazo de reojo como preguntándome si su discurso era del todo comprensible o si se estarían perdiendo algo.

En esa ciudad del Este

La sensación de calma es intensa. Hay un silencio que casi hace ruido. Los colores del cielo son extraños y nada se mueve.

No hay gente por las calles, si acaso una persona de la que sólo puedo ver la cara a la altura de los ojos y caminando con prisa.

Parece que va a ocurrir algo.

Miro al cielo, está entre negro y rosa. La atmósfera anuncia que algo va a ocurrir y tengo hambre.

Va a nevar y será una gran nevada, pero mi sensación es de inquietud. Quiero ver gente y preguntar. No estoy segura de que no vaya a estallar una bomba o nos vayan a tirar un misil desde el cielo. Aunque el cielo está tan denso que parece como si no fuese a permitir que nada lo atravesara.

Porque la ciudad en la que estoy aún tiene secuelas de pobreza y de guerras pasadas. La gente con la que me cruzo ha vivido otra vida, que yo sólo he visto en las películas.

Levanto la vista, veo un edificio con unas pintadas, es muy triste, muy gris, muy feo y alcanzo a ver trozos de metralla. Hay partes de la ciudad totalmente destruidas que hablan del pasado.

Qué silencio, es atronador.

En mitad de aquella nada, a lo lejos, cruzando una ancha calle, parece que veo luces. Efectivamente, es una cafetería.

Me cubro los labios, con el abrigo y me ajusto el gorro. No se me ven más que los ojos. Hace mucho frío. Estoy cansada de caminar y helada.

Detrás de una puerta de madera, que empujo, llega ruido de conversaciones, calor, la calidez de muchas velas encendidas y gente, mucha gente. Es un sitio muy grande. Hay una gran mesa para que nos sirvamos.

Me siento al lado de una ventana, puedo permitirme el lujo de deshacerme de mi gorro y mi abrigo. Sujeto entre mis manos un enorme café caliente y pasados unos minutos tengo en la mesa más cosas de las que puedo comer.

Bebo un poco de café mientras miro a través del cristal. Los copos de nieve empiezan a caer, toda la tensión cesa. El cielo libera su carga para ponerse a pintar.

Pasan cinco minutos y la calle está totalmente cubierta de una capa blanca e impoluta. Es un cuadro de una belleza que me hace sonreír.

Ya es de noche, está muy oscuro. Miro el reloj, claro, ¡si ya son las tres de la tarde!

La Noche de las Meigas

Mi verano en Galicia
Mi verano en Galicia

Cada vez que regreso a Galicia para pasar mis vacaciones de verano, regresan a mí sensaciones que pensaba que no podría recuperar.

Nadar en las transparentes aguas de las rías gallegas, siempre es como un renacer a la vida. Todo lo que parece imposible antes de introducir tu cuerpo en el agua, al salir del mar es posible.

Volverás a sentir tu piel quemada bajo el sol y la sal pegada a tu cuerpo. Buscarás moluscos por las rocas y conchas de colores por la arena blanca de la playa.

También los olores del campo gallego regresarán a tu memoria y la madera de sus bosques, o la leña de sus árboles quemada en días como hoy 24 de junio para celebrar el comienzo del verano. Los recuerdos enterrados en lo más profundo, aflorarán de nuevo para no dejar que me olvide de mis raíces.

Durante todas mis ausencias he llevado conmigo a tierras extranjeras capítulos e historias de mi tierra. Pero las explicaciones sólo dieron su fruto real cuando todas las personas que las habían escuchado, las vivieron. En esos días de verano en que eres tan feliz que sobran las palabras y todo se vuelve real.

En los veranos de este rincón de la tierra, en los que el sol rojizo puede quemarte a las ocho de la tarde, o bien puedes amanecer rodeado de una niebla baja que viene del mar y trae el silencio de la mañana consigo. Ese misterioso silencio que viene del mar y en el que oyes tu respiración y las sirenas de los barcos a lo lejos. Y es cuando tienes la certeza de estar rodeada por las almas de todos esos marineros a los que el mar, mientras trabajaban, les arrancó la vida.

La niebla matutina viene cargada de misterio y sólo te atreves a hablar en voz muy baja, como si estuvieses contando un secreto del que todo el mundo es partícipe, o como si hubiese alguna norma jamás escrita, que dijese que, por respeto, no se puede hablar más alto. Todos los paisanos que se cruzan contigo la conocen y te dan los buenos días en el mismo tono, clavando en ti esos ojos, que se han vuelto del color del mar de tanto mirarlo.

El café de la mañana, lo servirá probablemente la viuda, la madre, la hija o la nieta de algún marinero que duerme en las profundidades del océano, pero el tema no sale a la luz mientras dura el silencio y no se diluya la niebla. Hablaréis del tiempo.

El sol, que parecía ya perdido, aparecerá a mediodía, y con él, la señal de que la vida se reanuda. La playa espera tranquila y limpia, el mar renovará tu cuerpo y tu mente otro día más.

Y después llegará la noche, un techo de enormes estrellas que iluminarán todo como farolas gigantes, el olor a mar, a tierra y el fuego de La Noche de las Meigas.

El vino se mezclará con la charla y los marineros desaparecidos en la tormenta de aquel invierno gris y oscuro, volverán para compartir esa noche con sus paisanos, celebrando, como hacían antaño en su pueblo, la llegada del verano.

Las charlas interminables, las risas y las historias plagadas de recuerdos llenarán el aire. Esa noche todos, vivos y muertos, compartirán vino, comida e historias. Y todos volveremos a estar juntos, gracias a las meigas. 

La Técnica del Espejo

Yo y mis espejos
Yo y mis espejos

Un día paseando por la calle vino a mi mente una imagen de cuando era una niña pequeña y estudiaba ballet: el espejo que me ponían delante cuando bailaba o adoptaba cualquier posición en la barra. Mediante ese invento, muy común en las clases de danza, el profesor no tenía que corregir los torpes movimientos de sus alumnos, ya que el espejo lo hacía por él. Las aspirantes a bailarinas veíamos con horror nuestra propia imagen de movimientos descoordinados reflejados en aquel enorme e implacable espejo. Ello hacía que corrigiéramos inmediatamente nuestra postura corporal. En aquel enorme espejo podíamos observar con nitidez que nuestra imagen no se correspondía con la que teníamos en nuestra mente. La realidad se imponía cruel. La imagen real que proyectábamos a los demás no era en absoluto la que imaginábamos.

A partir de este pensamiento se me ocurrió una forma de defenderme ante situaciones diarias que a muchos nos resultan molestas.

Me refiero a esos conductores perdidos en enormes monovolúmenes, que utilizan más la bocina que el intermitente; a los empleados de banco que tratan a los clientes como a disminuidos psíquicos; a las dependientas que dan lecciones a sus clientes, creyéndose en posesión de una máster en cosmética avanzada; a los peatones que pasean a sus perros, ignorando que tienen que tirar de la correa para que los demás no tengamos que saltar por encima de ella; a los padres que dejan que sus retoños den alaridos en recintos cerrados, de manera que sea imposible conversar en un tono de voz apropiado; o la persona que te llama al móvil por error y que cuando averigua que tú no eres su sobrina María del Carmen, te cuelga sin disculparse; En fin, gente que nos rodea a diario y con la que no nos queda más opción que convivir.

Siempre he sido una persona bastante tímida, pero tengo sentido del humor y soy observadora. Eso ayuda mucho. Suelo comportarme con amabilidad, por muy malo que se presente el día. Siempre he pensado que exteriorizar el mal humor, es una pérdida de tiempo y de energía, además de ser de muy mala educación.

Casi de una forma inconsciente, he logrado poner en práctica una técnica que me ayuda en situaciones molestas, sin que me afecten. Además de divertirme enormemente, consigo grandes resultados.

Nunca he sido partidaria de enfrascarme en una discusión a gritos con nadie, y tampoco quedarme pasmada es una opción. A lo largo de los años, y sin yo pretenderlo, he desarrollado esta técnica, que, aunque no puede llevarse a cabo en todas las situaciones, es muy útil en muchas.

Lo ideal para ponerla en práctica, sería llevar un espejo encima, pero soy consciente de que la gente no puede ir con algo así por la calle y ponerlo delante de todas las personas que le molestan.

Desde el principio pensé pues, que la única solución posible era la imitación. Soy bastante buena imitando y he practicado ante familia y amigos durante años.

Supongamos que deseas anular una cita con un médico. La enfermera descuelga el teléfono con algo que suena a bufido, más que a voz humana. No te irrites. Contesta que deseas anular la cita en el mismo tono con el que ella ha descolgado el teléfono, es decir, con otro bufido. En este punto habrá un silencio. El silencio se traduce como sorpresa. Bien, ya has captado su atención. Segundo efecto, reflexión. Ahora has logrado algo más, que te preste atención. Si en su segunda frase baja algo el tono y se muestra más accesible, tú has de copiar su cambio de tono con tu voz. Ya ha empezado a verse reflejada en su propio espejo. La imagen que proyecta hacia los demás no le gusta. Está recibiendo el mismo trato y no se siente bien. Mejorará hasta tal punto que, al final de la conversación, hablará en un tono amable y normal. A veces la percepción es consciente y otras inconsciente. En cualquier caso, habrá un entendimiento tácito. Ella ha aprendido que no se debe tratar a la gente así y tú has disfrutado con tu pequeña interpretación.

Vas al banco. Tu asesor personal está de muy malas pulgas. Un día torcido lo tiene cualquiera. Sin embargo, él tiene que pensar que tú eres un cliente y debe atenderte bien. En vez de eso, se pone bastante arisco, empieza a despotricar sobre que no puede perder el tiempo conmigo ese día. Mi cara es de asombro, de momento. Al cabo de un rato pierde totalmente la razón y empieza a hablarme en tercera persona, como si fuera la Pantoja: “Fernando Sánchez (nombre inventado, claro), no tiene que atenderla en esto; Fernando Sánchez no tiene que aclararle esto otro; Fernando Sánchez está muy ocupado hoy para estas cosas”. Y con tanto hablar en tercera persona ya empiezas a desconfiar de ti misma y a mirar hacia un lado de la mesa, a ver si es que hay alguien sentado a su lado. Tú quieres llamar al director, pero antes, ¿por qué no intentar lo que tan bien se te da cuando te enfadas? Empiezas a hablar en tercera persona, como hace él, y te refieres a ti como si no te conocieras. Por su cara de asombro, notas que le extraña tu actitud, después se siente incómodo hasta que tú exageras algo más y pasa a sentirse realmente ridículo. Y ya cuando estáis reunidos los cuatro, es decir, sus dos “yos” más mis dos “yos”, él se da cuenta de que su comportamiento no es el más apropiado. Ha funcionado y ha evitado que tuviese que hablar con el director del banco.  

La técnica del espejo, es muy buena para la salud mental, evita enfrentamientos innecesarios, explicaciones inútiles y mejora las relaciones sociales. Eso sí, hay que ser un buen imitador, poseer un buen espíritu crítico, ciertas dotes para la enseñanza y mucho sentido del humor.

Inténtalo, practica sin cesar, verás cómo mejora tu vida y la de los demás.

Un cóctel muy especial

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Llevaba cinco días ya, recluida en un hotel de la Isla de Lanzarote con unos cuantos turistas ingleses y alemanes, en lo que se suponía iban a ser unas relajantes vacaciones para descansar.

Su estancia transcurría a diario a toque de corneta. Cuantos más días pasaban, más enclaustrada se sentía. Le parecía haber sido reclutada en el ejército, pero en período de guerra, por lo rígido de su horario y obligaciones. Todos los huéspedes del hotel corrían de un lado para otro como sitiados por los Unos… y los otros. Nada tenía que ver aquello con un período de descanso vacacional.

El problema no era la isla, sino su acompañante masculino.

El susodicho, se empeñaba en levantarse al alba y hacer cola, plato en mano, junto con todos los guiris, para desayunar todo lo que pudiese meter en su barriga hasta prácticamente reventar. Ese era su plan de las mañanas.

Acto seguido, libro en mano, no para leer, sino por su manía de  esconder la cara detrás algo, se procuraba una tumbona en la piscina del hotel. En este momento del día, desaparecía cualquier signo vital que hubiese podido haber antes del atracón, quedando el sujeto en un estado de letargo hasta bien entrada la tarde. Cuando su pequeño cuerpo terminaba el laborioso proceso de la digestión, parecía que cobraba algo de vida, no mucha, pero algo sí.

Por la tarde, se abría el bufet gratuito de nuevo, reanudándose con ello su actividad y la de ella, por desgracia. Claro que sólo a su novia se le había ocurrido contratar un paquete vacacional con desayuno y cena incluidos, sabiendo que iba acompañada de la persona más tacaña que ha puesto los pies sobre la faz de la tierra. Y no exagero, pues aunque esto lo lea alguna persona afectada por el mismo defecto, no creo que lleguen a apagar los limpiaparabrisas del coche en medio de una tormenta a riesgo de sufrir un accidente mortal, para no gastar la goma que roza contra las lunas; ni tampoco ser capaces de apagar un coche cargado hasta los bordes, para arrastrarlo y frenarlo continuamente con el fin de ahorrar gasolina en un peaje. Creo que, a estos extremos es difícil llegar ¿no? Pues él llegaba sin problema.

Sin embargo, ella llevada por su empeño en disfrutar de aquellos días, intentaba moverse, nadar o entablar una conversación con el cuerpo inerte que había arrastrado hasta aquel lugar. Y lo cierto es que no solía conseguirlo, quizá él pensara que al mover la lengua se le escapaba alguna caloría. Había que acumularlo todo.

Como digo, sumida en su aburrimiento y después de haber leído más que si la hubiesen encerrado en una biblioteca, se iba a nadar. El sol canario la quemaba, entonces subía a la habitación so pretexto de ponerse crema, o lo que fuera, para cruzarse por el hotel con algún ser vivo.

Por la noche ocurría otro tanto de lo mismo, vuelta a la dichosa cola plagada de los guiris zombi que se apiñaban para conseguir su tajada gratuita del bufet y su novio, pelín ansioso, poniéndose constantemente de puntillas, plato en mano para ver qué bandeja se estaba vaciando antes de poder catarla. Los camareros que las reponían, miraban la cola de famélicos turistas con gran desprecio, pero ella intuía que a su novio, más bien, lo querían asesinar. Tal era la imagen que daba con su diminuta figura, saltando, mirando fijamente a su presa, casi sordo de pura concentración.

Ella solía esperar sentada en alguna mesa con cara de aburrimiento extremo, observando y preguntándose por qué no les había hecho caso a sus compañeros de trabajo cuando la habían avisado sobre irse de vacaciones con una pareja con tantas “cualidades”. Su depresión se incrementaba mientras observaba cómo el pobre hombre arrastraba los pies hacia atrás sobre la moqueta del restaurante, igual que hacen los toros cuando van a embestir. Tal era su estado de ansiedad por apropiarse de cuanto más mejor, para regresar finalmente con el plato rebosante de una torreta de alimentos mezclados que sólo servían para empacharlo hasta casi morir.

La mirada de desprecio de la mujer se iba pareciendo cada vez más a la del camarero que la miraba extasiado, como preguntándole, “¿te hacen falta más pruebas para deshacerte de él cuanto antes?” La verdad, tenía razón, pues cuanto más lo observaba, más le recordaba a algún bicho de esos que ven los hombres en los documentales, pues acumulaba tanta comida en alguna parte que parecía que iba a hibernar. Claro que, respetaba más a esos bichos que por lo menos pensaban en sobrevivir, no en ahorrar.

Pero con todo esto, sus vacaciones se estaban convirtiendo en una especie de rutina militar que trascurría en observar todo ese ritual repetido al milímetro a diario, aderezado por interminables siestas para que él se recuperarse entre comida y comida.

Un día tomó una decisión. Ella no se había trasladado desde Bruselas a Madrid, sobrevolado Casablanca y aterrizando con el avión haciendo piruetas sobre sí mismo y ella con todos los pelos de punta, para pasarse las vacaciones de un típico turista aburrido. Estaba cada día más roja por aquel sol de justicia y más gorda por la huelga de su metabolismo a causa de la depresión.

Aquello no podía seguir así. Había que hacer algo. Primera gran idea: alquilar un coche. Decidido. “Lo pago yo, me da igual, para eso lo gano”, pensó.

Sin embargo, también quería cortar con todo ese ritual espeluznante de dominguero triste, en este caso, de catalán tacaño. Nada de irse corriendo a la cama a dormir a toque de corneta, levantarse al siguiente, comer como un cerdo y regresar a Bruselas con mucho peor aspecto y más hundida que si la hubieran metido en Alcalá Meco, que seguro que es mucho más entretenida que aquello.

A esas alturas, a ella le daba igual su cara de desaprobación, pues tenía unas ganas infinitas de disfrutar de aquellas vacaciones tan merecidas tras largos meses en la planta once de su despacho, observando el cielo plomizo de Bruselas. Quería unas vacaciones, de esas que siempre había odiado, de esas de las que su familia siempre había huido, quería unas vacaciones horteras.

Esta noche iba a salir, por fin. Una juerga en toda regla. Aunque, nada más abandonar el hotel, para su desgracia, ya se sentía como todas las noches. Barriga hinchada y empezaban a picarle los granos que le habían salido por el sol, junto con unos bultos probablemente debidos a algún alimento del hotel que le había sentado mal. Vamos que,  entre los bultos en las manos, los granos en la cara y la barriga como de una embarazada de seis meses, podéis perfectamente imaginar que no estaba en el momento más atractivo de su vida. Razones por las que necesitaba sol, descanso, y bajar el estrés.

Ya en la recepción del hotel recibió la primera señal de alarma que la avisaba de que la salida nocturna no era muy buena idea, aunque en su decidido afán por darle un nuevo rumbo a esas vacaciones, decidió obviarla. El recepcionista les advirtió de que soplaba monzón. “Bueno, vale ¿y qué? Ni idea, ni le importaba”, pensó. Un poco de viento no la iba a frenar ¿Un poco? Aquello era todo un huracán. Imposible caminar, pelos de punta y falda equivocada. No es que empezara muy bien la cosa, pero ella ni caso.

Su determinación era más fuerte que el viento y en su cabeza sólo había cabida para un pensamiento. Tenía que sacarse la depresión de encima y como “la cosa” que llevaba al lado, no se caracterizaba por su animada conversación, lo único que se le ocurrió fue emular una película de Harrison Ford llamada “Siete Días y Siete Noches” en la que hacía buen tiempo, la protagonista estaba delgada y había muchos cócteles decorados con sobrillitas horteras. El tiempo no iba a mejorar, por lo menos esa noche, menos probable era que su pareja se convirtiese en Harrison Ford, o lo que hubiese sido mejor, que mantuviera una conversación interesante y su colón tampoco iba a deshinchar. Lo único que le quedaba era el plan de las sombrillitas. Se plantó en su cabeza la idea de tomar el cóctel que tuviese más colorines y más alcohol de la isla. Tenía que animarse aunque fuese artificialmente.

El viento soplaba cada vez más fuerte y no podía ni caminar, ni ver por donde pisaba. Se limitaba a seguir un paseo empedrado. Llegó el milagro. Tras una caminata de medio kilómetro luchando contra los elementos de la naturaleza, se alzó antes sus ojos un enorme y lujoso hotel. Su cara se iluminó.

La entrada ya prometía. Piscinas de agua trasparente, iluminadas por un centenar de focos que las hacía brillar como diamantes azules en la oscuridad. Su novio miraba hacia el suelo, a falta de poder taparse la cara con algún papel, libro o documento. Según observó, para entrar en el edificio, había que cruzar un puente de madera construido por encima de la piscina principal que tenía muchas palmeras y arbustos a los lados. Fantástico. Ya se imaginaba en la selva, sus pensamientos se disparaban y le parecía que pronto iba a aparecer un oasis ante sus ojos, quizá plagado de luces estratégicamente colocadas para ocultar granos, barrigas y al final de todo eso, habría un amable camarero con alguna bebida exótica. Esperaba que, por lo menos eso, le bajase la cena y le hiciese pensar que el viaje había merecido la pena.

El puente los condujo por encima del agua cristalina y ya desde éste, vislumbraron el hotel por dentro. La perspectiva de ver gente, quizá tener alguna conversación agradable, tomar alguna bebida maliciosamente cargada de ron isleño que la animase un poco, ya era más que suficiente ¿Qué otra cosa podía pedir esa noche? Bueno, quizá… que no le saliese otro grano.

Entraron entre las quejas de su acompañante, el cual se lamentaba, porque no entendía los motivos para cambiar de hotel, ni tampoco sus  ganas de beber un cóctel, cuando podían beber toda el agua que quisieran, gratis, en el suyo.

Obviando su pánico, ella se fue directa a la entrada. Nada más entrar se le pusieron los ojos como platos al ver una mesa muy hortera con telas horrendas, rosas y fucsias que colgaban hasta el suelo, con lazos enormes de adorno. En el centro de la mesa había un gran cartel que ponía “Coctel Especial de la Casa” ¡Ahí estaba! ¡Lo sabía, lo había logrado! Se le empañaron los ojos de felicidad. Justo lo que necesitaba. Esa noche estaba dispuesta a pasarlo bien y nada ni nadie le iba a amargar esos momentos.

No es necesario mencionar que lo primero que hizo cuando se acercó el camarero fue señalar la mesa, ansiosa como una niña pequeña, los ojos chispeantes de ilusión. Él, resignado, pidió lo mismo.

Tras una dura espera de unos diez minutos, les trajeron dos enormes copas con sombrillas y pajitas como de un litro cada una. Era perfecto, ella sonreía como una niña ilusionada ante su bomba alcohólica.

Comenzó a sorber por la pajita. Trascurridos unos diez minutos esforzándose en chupar y chupar por aquel tubo fluorescente aquel líquido prometedor y afrutado, no conseguía efecto alguno. Era normal. No podía aspirar a un enorme grado de animación instantáneo con unos cuantos sorbitos. Se recostó en el sofá e intentó entablar una conversación. El mutismo de su compañero era, en este caso, para mostrarle su desaprobación ante aquel desmadre.

Decidió seguir con lo suyo, pero esta vez, nada de pajitas, hundió sus labios entre los hielos para amainar su creciente enfado y cerró los ojos. Bebió hasta media copa. Cada vez sentía que le apretaba más la falda. Aquello de sentirse bien no estaba funcionando ¿Qué le pasaba? No acertaba a dar con el quid del asunto. Ella, que con una sola copa de vino, charlaba por los codos totalmente relajada, esta vez no lo conseguía ni con alcohol de 40º. No lo entendía. Claro que, como en aquella isla todo tenía su ritmo, que era más bien lento, quizá el alcohol que fabricasen también lo hiciesen para que se subiera poco a poco. Seguro que era eso, pensó. Si es que le encantaban los canarios, eran tan relajados.

Persistencia no le faltaba, bebía y bebía con el único fin de perderse en los brazos de Baco, pero hasta Baco la había abandonado.

Cuando su copa estaba prácticamente acabada y se sentía como el pez globo, pero con falda, su colón estaba a punto de salir y gritarle que dejase de tomar tanta fruta y también al mamón que hacía que se le irritasen los intestinos, un día sí y otro también. Pero su colón no salió. Se lo comunicó en forma de dolor sordo, diciéndole: “puedes seguir metiendo lo que quieras, pero ya sabes que cuando me planto, me planto, y de aquí no va a salir nada en varios días. Si sigues con esto, sólo vas a conseguir hinchar aún más”

Empezó a pensar que hasta el cóctel estaba trucado. Le preguntó a su novio si notaba el efecto del alcohol, pero como a él le encantaban las cosas dulces, le dijo que no lo notaba de momento, pero que le parecía que estaba muy bueno.

A esas alturas, ella había alcanzado su límite de paciencia. Llamó al camarero y le dijo, intentando calmarse, que le explicase el contenido del “Súper Coctel Especial de la Casa”, porque ella sólo lo encontraba especial si lo que querías era beber líquido suficiente como para hacerte una ecografía abdominal a la salida del hotel.

El camarero, con cara de extremo aburrimiento comenzó a soltar la interminable lista de ingredientes que contenía mientras alzaba los ojos hacia el techo, intentando recordarlos todos. Cuando iba por el décimo, lo interrumpió para ir al grano: 

“¿Cuántas clases de alcohol tiene?” “No contiene alcohol, señora”.

Aquella corta frase se le clavó como un cuchillo, no pudo articular palabra ¡Todas esas calamidades para después tomar un litro de fruta triturada! No podía ser cierto.

Era una crueldad ¿Hasta dónde iba a llegar aquella tortura? Llevaba más de una hora haciendo esfuerzos ímprobos para tragarse el cóctel más afrutado y azucarado de toda su vida lo más aprisa que había podido ¿Y no contenía ni una miserable pizca de alcohol?

Regresó a su hotel después de tan fallida y amarga experiencia. La barriga le llegaba aún más allá que antes, las frutas se habían unido a la cena gratuita del bufet y su depresión llegaba mucho más lejos que todo ello junto.

Su novio la cogió por los hombros al cruzar las puertas del hotel y le dijo: “¿Ves qué bien? Después del paseo, estamos cansaditos y ya podemos ir a dormir que mañana hay que bajar prontito a desayunar”.

En mitad de la noche/ In the middle of the night

luna

Te levantas en mitad de la noche porque no puedes dormir. Todo está oscuro y te diriges esa ventana que has dejado abierta. Allí está tu ordenador. Te sientas y cierras los ojos mientras respiras una brisa fresca y limpia. Miras hacia arriba y ves una luna brillante y redonda. Todo está en silencio y ese silencio te devuelve la paz que no encontrabas en tu cama.

Por la noche todo parece distinto. Empiezas a recibir imágenes en tu cerebro del día que acaba de pasar y reflexionas un instante. Ves tu vida desde una perspectiva distinta. Tienes la impresión de verte a ti misma dentro de una película. La cuestión es que el guión parece haber sido escrito por otros. Es totalmente ajeno a ti, de hecho te sorprenden algunas imágenes que recuerdas.

Parece como si te hubieses bajado de un tren que no dejaba de correr y pudieras pararte a pensar. Algo imposible durante el ajetreado día.

La paz que tenías se trasforma en cierta inquietud. Empiezas a ver demasiadas cosas en tu vida que te gustaría cambiar. Los pensamientos se vuelven acuciantes y agitados, cierras los ojos para aplacarlos, respiras el aire fresco de la noche y dejas que llegue al fondo de tus pulmones. Parece como si las preocupaciones desapareciesen por un momento, pero pronto el silencio te devuelve a tu reflexión anterior.

Te preguntas si tus pensamientos nocturnos están distorsionados o si no lo están en absoluto. Piensas sobre parcelas abandonadas que tu consciencia no se atreve a abordar de día. Asuntos para los que ni tienes tiempo a pensar cuando hay luz.

Normalmente los acontecimientos trascurren tan rápidamente y sin apenas interrupción, que no te da tiempo a pararte a vivirlos y ni sabes si te gusta o no tu situación. Hay demasiada prisa como para pararse a recapacitar. Y cuando te das cuenta, te levantas una noche y no ha pasado un día, sino que han pasado unos años.

Parece que te aferres a propósito y por pura cobardía a todas esas banalidades que ocupan tus horas diurnas para no tener tiempo de pararte a pensar en tu realidad. No te atreves a despertar tu consciencia y a hacerte preguntas.

Entonces, ¿a qué pensamientos debemos prestar atención, a los que nos atormentan en mitad de una oscura noche o a los que afloran en mitad de un claro día en el que todo parece normal y cotidiano?

 

In the middle of the night (English)

You wake up in the middle of the night because you can’t sleep. Everything is dark and you walk over to that window you left open. There is your computer. You sit down and close your eyes while you breathe in the fresh, clean air. You look up and see a shining, round moon. Everything is silent and that silence gives you back a sense of peace that eluded you in bed.

Everything is different at night. Images from your day start to flash through your mind and you take a moment to reflect. You see your life from a different perspective. You feel like you are seeing yourself in a movie. The problem is that the script seems to have been written by others. It’s completely foreign to you and some of the images you recall surprise you.

It’s like you fell from a moving train and can finally take a moment to think, something impossible to do during the busy day.

The peace you had turns into a certain restlessness. You start to see too many things in your life that you would like to change. Thoughts become urgent and agitated, you close your eyes against them, breathe the fresh night air deep into your lungs. It seems as if your worries disappear for a moment, but the silence soon brings you back to your previous thoughts.

You wonder if your thoughts at night are distorted or if they’re actually the clearest thoughts of all. You think about those locked-away things you dare not face during the day. Issues which you don’t even have time to think about when it’s light out. 

Events usually happen so quickly and with so little time in between that you never have time to stop and experience them; you don’t know if you like where you’re at or not. Things are too rushed to stop and reconsider. And when you finally take notice, you wake up one night and more than just a day has passed: it’s been a few years.

It seems like you cling to all those things that occupy your daylight hours on purpose and out of sheer cowardice so that you don’t have time to stop and think about your reality. You don’t dare to awaken your consciousness and ask yourself questions.

What thoughts should we pay attention to, then: those that haunt us in the middle of a dark night or those that pop up in the middle of a clear day that seems just like any other?