Angrois: No pienses… actúa

Esta es una carta abierta enviada y publicada en “La Voz de Galicia” de forma anónima por uno de los vecinos del barrio de Angrois en la que expresa con valor y sinceridad los sentimientos de los vecinos.

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«Nos han manipulado, no nos han dejado pensar. Todos se han lavado la cara con nuestras lágrimas».

En la pequeña aldea de Angrois hay muchos ancianos. Cuando alguno tropieza y cae al suelo corremos a levantarlo. Es una reacción espontánea, humana. Eso hicimos la noche del 24 de julio. No pensamos, actuamos. Agotados, sin cenar, sin dormir, desde las ocho de la mañana hasta que desfallecimos respondimos al estribillo de cientos de micrófonos: «Dónde estabas, qué hiciste, qué pensaste, qué viste?». Mientras, por la plaza, el puente y las vías transitan uniformes, chalecos amarillos y corbatas; las gigantescas grúas levantan convoyes, las maletas, bolsos y el dinosaurio verde fosforito son transportados a furgonetas custodiadas. Ya no hacemos falta, no nos dejan ni mirar, para regresar a casa hay que dar el paseíllo por senderos oscuros. En casa los teléfonos fijos y móviles no paran de sonar, todos quieren una entrevista, desde Estados Unidos a Japón. Intentamos ser amables, educados. Para no herirnos apagamos el televisor, la radio, el ordenador, apartamos los periódicos.

Llega Rajoy y Ana Pastor, ni siquiera nos saludan. Luego Rubalcaba y otros, lo mismo. El alcalde nos convoca, por fin nos felicita. «No somos héroes, no queremos nada más de lo que ya estábamos demandando». Llegan los primos psicólogos. Un periódico nos concede el premio Gallegos del Año. Siguen los micrófonos acechando, los teléfonos sonando sin parar. «Ven a Madrid, a Barcelona, al programa de fulanito, te pagamos el viaje. El Facebook y la página web de Angrois se bloquean, como nosotros. Hay que ir al Ayuntamiento corriendo: vienen sus altezas los príncipes de Asturias, hay que estar a las 6.30 para recibirlos sonrientes, como así hicimos. Tras ellos, Feijoo, ministros, altos mandatarios. «Para lo que haga falta llámame, mi secretaria te da mi teléfono». Más micrófonos.

La policía judicial se lleva a los vecinos que socorrieron al maquinista para que declaren. El Ayuntamiento se reúne en pleno, nos concede la medalla de oro de Santiago. Un malagueño recoge firmas para nominarlos al príncipe de Asturias. Viene el alcalde, nos comunica el premio. «Gracias, pero no queremos nada». La concejala aprovecha para que le contemos y enseñemos lo que desde hace un año entró por el registro del ayuntamiento. «Hay que hacer algo que conmemore esto». «Por favor, no nos levanten un cementerio». Más micrófonos, más llamadas insistentes, primero elogian, luego piden que concedas una entrevista para un programa basura. Vienen los técnicos del Ayuntamiento, recorremos con ellos toda la aldea, recordándoles lo que ya pedimos y no leyeron. Levantan informes que se serán estudiados. Otro telefonazo, viene el ministro del Interior «¿y qué pintamos nosotros con él?». Viene, ni nos mira. Pero le paramos y le pedimos que rinda homenaje al jefe de caballería de Santiago, que se lanzó a las vías como desde un trampolín y nadó contracorriente toda la noche del 24. Toman nota, dicen. Funeral por las víctimas en la catedral, con tres horas de antelación la Xunta nos ofrece autobuses. Corremos para avisar a todos. Nos colocan los últimos. Don Julián Barrio pregona el descanso y la paz eterna. Eso es lo queremos nosotros también. Un familiar le niega la mano a los príncipes, «Vdes. no me representan». Esa sí que es una heroína. En el Obradoiro les aplauden generosamente. En la aldea nos esperan más micrófonos, cordones policiales, trasiego de maquinaria infernal. «Por aquí no se puede pasar», «Pero si vivo ahí? tengo que ir mañana a trabajar». Más rodeos, más llamadas durante la noche de insomnio. Saltándose los controles, comienzan a aparecer flores en el puente. En YouTube a un vecino le llaman hijoputa, cabrón, sinvergüenza, por haber grabado un vídeo y haber gritado fuera de sí ante el espanto. Se lo ha regalado a los medios de comunicación de todo el mundo. «No hagas caso -le consuelan sus vecinos-, nosotros sabemos lo que hiciste esa noche». Vamos cayendo, más psicólogos. Don José, nuestro cura, nos visita, nos alienta, programa una concentración en el Obradoiro saliendo desde Angrois. Llaman del hospital, van a devolvernos las mantas con que arropamos a los muertos. «Por Dios -grita un vecino-, ¿quién se va a arropar con ellas?». Acordamos que las donen a un centro de asistencia social cercano.

Más micrófonos, ya invadiendo huertas, casas, ventanas. El Sindicado Unificado de la Policía Nacional quiere rendirnos homenaje. «Gracias, pero sin vosotros no hubiéramos hecho nada». «Hay compañeros que se tocaron los cojones», responden. Aceptamos, no podemos ser desagradecidos. Nos llegan miles de mensajes y cartas de todo el mundo llamándonos ángeles. Los periodistas rascan en el pasado, el movimiento vecinal en contra del AVE, las promesas del ministro José Blanco, la aldea desgajada durante tres años, las casas derribadas, los terrenos expropiados, las duras negociaciones para levantar las actas, el pago a 3 euros el metro cuadrado por la finca que dio de comer a los abuelos, el no haber visto un duro desde entonces, el aplomo de Isabel Pardo de Vega, jefe de Obras, asegurándonos que en dos meses levantaba el nuevo puente de la Vía de la Plata. Tardó dos años. «Queremos un falso túnel», le demandamos. «No da la altura», responde. Lo hizo un poco más allá, en Castiñeiriño, más bajo, pero residencia de la hija del concejal Bernardino Rama. Bonitos jardines. Para nosotros, unos bancos y unos rododendros que se agostan por la maleza, a pesar de nuestros mimos. «Tenéis que asistir al homenaje de Bonaval», nos dicen desde el Parlamento. «Pero si tenemos la concentración en el Obradoiro». Nos dividimos. El presidente de la asociación de vecinos y el secretario aguardan consolando a la jefa de protocolo de la Xunta, rota en sollozos. Suben al estrado conmocionados por la Negra sombra de Rosalía. «En Angrois nos cogeremos del brazo y despacio, poco a poco, andaremos juntos hacia adelante», dice el primero. El otro recita a Valente y se derrumba. Le rodean decenas de trajes negros.

«Lo que quieras, lo que nos pidas, llámame». «Solo quiero descansar, que me dejen llorar». Un músico de la Real Filarmonía de Galicia le aconseja que les mande a la mierda, que los vecinos de Angrois también están heridos y necesitan ser respetados. El chico asiente.

En el Obradoiro nuestro cura se aparta, deja el protagonismo a un compañero suyo. Otra vez los malditos micrófonos y cámaras. «Pero qué coño quieren que les digamos ya? ¿una mentira?». En Angrois los operarios son incapaces de sacar las locomotoras. El insolente tren que ya circula por una vía libre tiene la desfachatez de cruzar haciendo sonar el estremecedor silbato. Otra noche de insomnio, la séptima. Culpan al maquinista y un vecino acierta «Nos vendieron una Harley y resultó ser una Vespino». Los altos jefazos del ADIF por fin dan la cara ante el pueblo. «Disculpad por no haber hablado antes con vosotros, pensábamos que érais un Ayuntamiento propio». Sonreímos ante su propia contradicción. Levantan acta de daños en viviendas, bienes públicos, pero no de daños personales. El operativo de emergencias del 112 para atender a los vecinos se cierra. «Acudid a urgencias». Citas para el otoño a los que cada día van cayendo. Se levantan las murallas. Decenas de familiares y curiosos invaden todo.

Cruces, recordatorios, flores, esquelas, incluso un artista graba en el hormigón con caligrafía esmerada un agradecimiento. Continúan los sabuesos reporteros grabando, pretendiendo ahora reflejar la vida cotidiana en Angrois. Se les cierran todas las bocas y puertas porque esa vida ya no existe. La policía nos rinde un sencillo pero sincero homenaje, de cinco minutos. Les aplaudimos a rabiar. Los de traje y corbata se despiden. «Ahora me voy de vacaciones, pero ya sabéis dónde estoy». Por fin nos quedamos solos. Llovizna. Nos miramos unos a otros con ojos enrojecidos y ojeras descomunales.

El autor de esta carta es un vecino de Angrois

Mis distintos “yos” según el idioma, un cambio sin vuelta atrás

Berlin

Hay una gran diferencia entre viajar, por muchos países que visites, que vivir en ellos.

He vivido y trabajado tanto en Bruselas, Zúrich, como en Berlín, durante años y viajado por algunos más. Aunque reconozco que Suiza y Alemania están más en mi corazón.

En estos años he desarrollado, lo que denomino “mis distintos yos”. Estas variantes de mí misma, aparecen sobre todo al cambiar de idioma, pues al hacerlo, también cambia mi manera de pensar.

Cuando hablo inglés, alemán o francés, no pienso en español, sino en el idioma en el que hablo. Utilizo estructuras diferentes, que se han ido trazando a base de tiempo.

He aprendido, que tanto para dominar un idioma, como para poder integrarte en un país, no debes forzar el proceso, sino dejar que fluya de forma natural, pues se trata de una trasformación que se alimenta de tiempo.

Las claves son dejarse llevar, observar y permitir que se produzcan cambios en tu interior.

Si pretendes vivir en un país que no es el tuyo y sentirte parte de él, debes abrirte a un proceso de aprendizaje en el que participarán tus sentidos, la manera en que percibes el mundo y entiendes la vida.

No se trata sólo de “saber cómo van las cosas en ese país” sino en encontrar tú yo de ese lugar.

Cuando cruzo la frontera hacia un país en el que ya he vivido y que conozco, en esencia sigo siendo yo, con mi manera de pensar, el mismo sentido del humor y todas las características propias de mi ser, pero también mi manera de hablar, mi comportamiento, incluso mi tono de voz, es otro.

No voy a decir que cuando voy a Suiza me convierto en suiza, ni que cuando voy a Alemania me convierto en alemana, pero desde luego sí se produce un cambio en mí.

Siento que hay una derivación de mí que me hace sentir que pertenezco al país. Igualmente que, si no estoy en él, me falta algo. Y de la misma manera, si no estoy en el mío propio, lo añoro. A esto me refería en mi entrada “Feeling Nowhere”.

Este tipo de sentimientos únicamente se dan cuando te has adaptado a lo nuevo, de manera que ya forma parte de algo que sientes como tuyo.

Uno de los detonantes principales de este otro yo, es el idioma. Pues aunque sigo siendo la misma persona, cuando pienso en alemán, los recorridos que hace mi cerebro para expresar algo, difieren a los que recurro cuando hablo en español.

Si me expreso en inglés o francés no siento igual, que si lo hago en alemán o español.

Una persona que viaje por diversos países, pero viva y trabaje en uno solo, no puede sentirse de esta manera.

Si tu día a día, los sabores, los sonidos, los tonos de voz, la luz, las costumbres, la manera de pensar y todos los factores que te rodean, los has hecho tuyos, es entonces cuando has creado un nuevo yo.

 Museos y café en Berlín

En el aprendizaje de un idioma, por ejemplo, ocurre un fenómeno similar.

Hay gente que es incapaz de formar frases o pronunciar bien un idioma ajeno al suyo porque no derriba esa barrera, y no olvida las estructuras de su lengua materna, ni su fonética.

Estas personas hacen que su mundo sea, en este sentido, monocromo.

Si abandonas estas barreras y te abres, comprendes que la pronunciación de las distintas lenguas parte de un centro que no es el mismo para todas y si pones obstáculos para encontrarlo siempre hablarás ese idioma con acento extranjero.

Del mismo modo, si te empeñas en pensar en español y crees que sólo ésas son las estructuras “correctas” y que en ese otro idioma “deberían ser así, porque así te las han enseñado”, nunca dejarás de cometer errores en ese idioma extranjero.

Es decir, es una cuestión de abrirse o no. Si esta apertura se produce, habrá millones de conexiones cerebrales que cambiarán y también se crearán otras nuevas. El mapa de tu cerebro se ampliará en todos los idiomas que domines. Percibirás las cosas bajo prismas diferentes y dispondrás de un arcoíris de perspectivas, que enriquecerán tu vida.

Yo soy varios” yos” distintos, construidos a base de experiencias muy buenas y también muy malas, que hacen que vea el mundo en colores.

Estas diversas perspectivas son como una droga que nutre de claridad y agudeza a mi mente, pero no está exenta de efectos secundarios como que no sepas cuál de esos” yos” es al que debes seguir. Lo malo, es que, una vez la has probado, no hay posible vuelta atrás.

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Ethos, Pathos y Logos en el discurso político

 

40FDAC011Hace ya tiempo que vengo observando como los ojos de muchos políticos se vacían mientras pronuncian un discurso, como si las pocas neuronas que les circulan con dificultad, se fueran a dormir la siesta un rato.

A otros les da por pestañear frenéticamente cuando se les hace una pregunta que no tienen intención de contestar, procurando no mirar de frente a nadie  y actuando como si no se les hubiera secado del todo la máscara de pestañas.

Otros repiten frases vacías sin tono alguno y vacías de mensaje, como si pensaran que se les paga por mover los labios.

La retórica tiene su origen en la Grecia clásica. Aristóteles escribió en su famosa Retórica que existen tres tipos de argumentos persuasivos:

  • Ethos  que se refiere a la credibilidad del orador y su relación con la audiencia.
  • Pathos que se refiere  al receptor del discurso, es decir, a los  argumentos emocionales que pueden incluirse en un discurso, como  las historias, anécdotas, analogías, metáforas, símiles, narradas con pasión.
  • Logos que se refiere a los argumentos lógicos apoyados con evidencias sólidas que apelan a la razón.

Probablemente cualquier político que pudiese leer el comienzo de esta entrada, no llegaría ni a la tercera línea sin quedarse dormido.

Y es esto mismo lo que nos ocurre a nosotros cuando les escuchamos argumentos que a ellos mismos les producen somnolencia. Esa pesadez de ojos que les produce la frecuente falta de actividad cerebral.

No es únicamente que carezcan de las mínimas habilidades para pronunciar un discurso, si no que llevan tanto tiempo representando la misma obra de teatro, ensayada hasta la saciedad en conjunto por los partidos políticos ya sean éstos de color rojo, azul, verde o violeta, que aunque antes tampoco se creían ustedes sus insultos, ahora el problema es que su “ethos”, es decir, su credibilidad es completamente inexistente y aunque procuren disimular con enfados fingidos y falsa pasión, carecen de empatía alguna con la situación a la que nos han conducido a conciencia y de forma reiterada a través de los años y de las legislaturas.

Para mentir, también hay que esforzarse y ustedes, ya ni se molestan en eso.

Un recorrido de años tapando las chapuzas los unos a los otros, poniéndose de acuerdo tanto para subirse los sueldos, como para firmar de todo a nuestras espaldas que, aunque tuviesen la habilidad de los antiguos oradores, no convencerían a nadie, pues su credibilidad se ha agotado hace demasiado tiempo.

Por tanto, llegados a este punto, aunque fuesen unos expertos en el arte del discurso, ni su ethos, ni su pathos, ni su logos, podrían salvar lo que pensamos de ustedes. Nuestro pensamiento está ocupado en como iniciar un profundo proceso de purificación de arriba a abajo y sin más dilación.

Ya que nos han dejado en tierra baldía.

El día más triste de Santiago Apóstol

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Tengo que escribir esta entrada porque, como gallega, debo decir al mundo que el silencio en Galicia es hoy atronador.

Los gallegos estamos acostumbrados a aguantar, por eso hay silencio, pero todos podemos sentir el dolor.

Un tren que cubría el trayecto entre Madrid y Ferrol, y en el que viajaban al menos 218 personas ha descarrilado cuando se encontraba a apenas tres kilómetros de la estación de Santiago de Compostela.

Este es el peor día de Santiago Apóstol que recuerdo, y lo único que pretendo con esta entrada, es expresar mi más profunda tristeza en este terrible día 25 de Julio, que antes era festivo y no sé cuando podrá volver a serlo.

Este verano 2013 ha quedado truncado. Para mucha gente marcará un antes y un después en su vida y no volverán a considerarlo un día festivo, sino como el día que cambió sus vidas.

El mar, mi pasión salada

Playa Galicia

Las olas eran más grandes que yo ese día, tan altas y con tal fuerza que era impensable acercarme a ellas.

Sin embargo, la fuerza del mar era la única forma de aplacar mis pensamientos que se revolvían una y otra vez como las terroríficas olas de esa salvaje playa.

Cuando mis pies descalzos rozaron la arena blanca y comencé a caminar, comprendí que ese día el mar se sentía tan furioso como yo.

Pasear al lado de su inmenso poder, serviría para calmar mi mente.

Al borde del agua que rociaba y envolvía de sal mi cara y mi cuerpo, el mar intentaba llamar mi atención procurando que me sumergiese en sus entrañas.

Su estado era muy peligroso, casi tanto como mi estado de ánimo en aquel día de verano.

El mar y yo siempre nos hemos sentido atraídos el uno por el otro. Ambos nos conocemos bien.

Mis pies descalzos se hundían en la arena cada vez que una ola se retiraba hacia el mar para volver a la playa con aún más fuerza que la anterior.

A pesar del mensaje que me estaba mandando, yo luchaba para sacar mis pies que, en apenas segundos, se hundían hasta el tobillo en la arena.

Ese día su poder era infinito y cualquiera que ese día se hubiese adentrado en sus entrañas, no habría salido jamás.

El paseo se había convertido en una especie de lucha o de juego peligroso entre ambos. Yo no pensaba abandonar la orilla, aunque vigilaba de cerca las olas que se acercaban, el mar no pensaba dejar de rugir en mis oídos.

Pasé horas caminado. El mar seguía furioso, llamando mi atención mientras la fuerza del sol se había unido a ella, para forzar mi rendición y dejar que sus rizos salados rodeasen mi cuerpo.

Poco a poco, al caer la tarde mientras el sol se tornaba de un rojo anaranjado, las aguas también comenzaron a calmarse.

El profundo mar verdoso y coronado por espuma blanca, se tornó en una mansa piscina de color azul cristalino. Las sospechas de peligro de las horas anteriores, había desaparecido por completo.

Todo estaba en calma y yo también. Los pensamientos que antes agitaban mi mente habían desaparecido en mi particular lucha contra el mar. Ambos estábamos ahora tranquilos.

Miré hacia el horizonte que mostraba un agua plácida en la que la furia había desaparecido.

Decidí que ya era hora de dar la espalda a la furia y abrazar la calma. Bajo el tibio sol de atardecer comencé a abandonar la playa con una dulce sonrisa en mis labios.

Conozco tus secretos y tú mis debilidades. Sabes que eres mi pasión, que te necesito para que mojes todo mi cuerpo con tu sal, pero también sabes que he aprendido a respetarte.

El mar, al igual que una mujer, bajo su aparente calma, está plagado de corrientes internas, de pasiones ocultas, que recorren su interior y, si no las respetas, te arrastrarán hasta sus profundidades para no dejarte salir jamás.

 

Feeling Nowhere

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A forgotten bottle of Spanish wine brings back memories.

I look out the window holding my glass.

Closing my eyes I breathe in the smell of my wine.

It smells like home.

 

Haunted by my feelings, I begin to fall apart.

Wet eyes full of tears are shouting that I´m wrong.

I wonder why I am so far away from home.

 

I love this country, it´s cold and calm.

My mind speaks languages that I don´t even understand.

 

I close my eyes and again breathe in the smell of my wine.

Images of my country come to mind,

Warmth, light, faces, laughters, and the sun.

It is late at night.

 

I drink the whole glass of wine and then a second one.

The wine tastes like home and takes me to that place in the sun.

 

I breathe the clean, cold air of this quiet night.

I´m not feeling better and I need another one.

I do love this country and the taste of my wine.

 

I´m awake again!

Spanish words run through my blood.

I thought I’d lost them but they are back!

My blood is burning lost in the dark.

 

I love this city, I really do.

But I am dead tired of it too.

My country´s been waiting for a long time.

It can´t wait to have me there and neither can I.

 

Wait for me just one more night!

Though the night I left, I let you die.

And now we know that we only have this glass of wine.

 

¿Para quién escribimos?

 

Espacio
Espacio

Cuando escribimos un blog nos dirigimos a una audiencia inmensa.

Si me detengo a pensar en esta idea, mi reacción es de pánico.

Supongo que muchos de vosotros habréis tenido una sensación similar al pulsar el botón de “Publicar Entrada”.

Una vez nuestra entrada forma parte del “espacio” cualquiera puede leerla.

Nuestros lectores tendrán gustos diferentes, vendrán de culturas diversas, tendrán una educación distinta y vivirán en distintos rincones del mundo.

Resulta paralizante escribir si me paro a pensar en esto.

La manera de expresarme pues, no puede amoldarse o ser la adecuada para todo el mundo.

¿Cómo escribir entonces para un público tan amplio?

De la única forma posible.

Cuando escribo, lo hago para mí. Me gusta, me divierte y, a veces, me libera de pesos difíciles de llevar y de los que me libro escribiendo.

A pesar de esto, lo curioso es que existen muchas personas que leen lo que escribo. Y yo leo lo que ellos escriben. Lo leo porque quiero y me interesa.

¿Nunca has estado en una conferencia que te aburría y no te has levantado por respeto al conferenciante?

Una de las ventajas de escribir en esta enorme red que lleva años funcionado y que no tiene trazas de dejar de crecer, es que puedes levantarte de esa conferencia que te aburre con total impunidad. Es decir, puedes dejar de leer.

O, por el contrario, puedes leer lo que te interesa sin parar y seguir a quien quieras.

La difusión de ideas se produce de forma masiva.

Y una de las mayores ventajas de publicar de esta manera, es la libertad de elección de quienes quieren participar en este mundo de ideas flotantes, de comunicación global.

Podemos elegir y ser elegidos con total libertad.

¿Es “mediaval”? Pues, no sé, “petete”.

"petete"
“petete”
Castillo "Mediaval"
Castillo “Mediaval”

El conocimiento del propio idioma es la base para el aprendizaje de lenguas extranjeras.

Cuando una persona no conoce bien su lengua materna, aunque haya pasado por la universidad, es poco probable que pueda desarrollar las habilidades necesarias para dominar un idioma extranjero.

Constato este hecho con la pequeña anécdota que voy a contar en esta entrada.

Estos días al leer las noticias, me he acordado de un antiguo compañero de trabajo, abogado de profesión.

Cuando trabajábamos juntos, el hombre ya tenía una pésima fama entre sus colegas. Yo solía intentar ayudarlo en lo que podía porque, en cierta ocasión, también me había ayudado él a mí, o eso me había parecido.

Su ignorancia en general era vasta como una llanura, pero en cuestión de idiomas era vasta e intensa.

Sus continuas salidas de tono y ridículos públicos lo convertían en objeto de burla por parte de nuestros compañeros, que lo respetaban poco por motivos bien fundados.

En una ocasión recuerdo haber tenido una charla con él sobre edificios o arquitectura, no recuerdo con exactitud. Ahí me explicó que le gustaban bastante las construcciones que se habían hecho en la época “mediaval”.

Con el único fin de ayudar a mi colega y sin intención de reírme de su ignorancia, le explique que se decía “medieval”, que viene del término “medievo”, es decir, “Edad Media” y que se podía incluso decir “Medioevo”, pero lo más utilizado era  “medieval”.

En fin, a él este rollo le importó una higa y con cara de suficiencia, me dijo que se decía “mediaval” porque se derivaba de “Edad Media”, recalcando: “Media”, por tanto “media-val”, me replicó con una sonrisa de suficiencia.

No había nada que hacer.

Nos encontrábamos acuñando estos nuevos términos cuando sonó el teléfono del despacho de mi amigo el cual se apresuró en contestar.

Debo mencionar que por aquel entonces, ambos trabajábamos en un país de habla francófona y, por tanto, una de las lenguas de trabajo era el francés.

Si el español ya era un problema para él, no digamos un idioma extranjero. Pero ya se sabe que la ignorancia es muy atrevida. Descolgó el teléfono.

Por su manera de mover los pies me percaté de que estaba hablando con algún funcionario, ya que esto solía ponerlo bastante tenso. Yo también lo estaría si tuviese que mantener una conversación telefónica en francés sin dominar el idioma.

Sumido en su profunda ignorancia, mi amigo pensaba, que para hablar francés había que terminar casi todas las palabras en “ete” o en “é” y que a partir de ahí, el problema para descifrar ese galimatías pasaba a ser del que lo escuchaba.

Me disponía a irme para preservar la privacidad de lo que sabía iba a ser un diálogo de besugos, cuando oigo: “LLe ne se pa, petete”.

Me paré en seco.

Aquello era mucho. Pensé que le iban a rescindir el contrato y así ocurrió, aunque por éste y otros motivos, que ahora no vienen al caso.

¿Estaba acaso intentando explicarle al funcionario algo sobre “El Libro Gordo de Petete”? ¿Por qué decía aquel espantoso “petete” una y otra vez?

Me acerqué a él, pero para entonces ya llevaba demasiado rato con el auricular pegado a la oreja, y sin entender nada de lo que se le decía al otro lado del aparato, soltaba una retahíla nerviosa de ese tartamudeante “petete”, que en su mente se traducía por un “peut-être”, es decir, “quizás”.

No había más que yo pudiese hacer por él. Cerré la puerta al salir y sólo me consoló el hecho de que allí las puertas de los despachos están insonorizadas. Hay cosas que es mejor guardar bajo llave.

La pesadilla de todo traductor

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Si te dedicas a traducir, supongo que ya sabes a lo que me estoy refiriendo.

Efectivamente, a que se borre toda una traducción que tienes que entregar sin más dilación.

La verdad es que esto ya no me ocurre hace años, ya que ahora me aseguro mucho más que cuando no tenía mucha idea de cómo funcionaban las cosas y empezaba en la profesión aprendiendo en solitario, leyendo muchísimo y preguntando si es que algún ser humano de los que me cruzaba a diario era tan raro como yo y tenía el mismo oficio.

La terrible experiencia ocurrió cuando trabajaba para una productora audiovisual que se dedicaba a la post producción de películas de cine en blanco y negro y muy antiguas, cuyos guiones en la mayoría de los casos eran inexistentes.

Yo acepté trabajar para ellos porque lo único que me importaba era que mi pasión por los idiomas y el cine se unían en una profesión: la traducción audiovisual.

Lo que yo ignoraba por aquella época es que aquello que yo hacía era trabajar en unas condiciones penosas y con muy pocos medios o facilidades, pero como pensaba que las cosas funcionaban así, no rechazaba ningún encargo por complicado que fuese.

En principio empecé con películas en inglés tan antiguas y con un sonido tan malo que tenía que emplear mis cinco sentidos y en algún caso creo que desarrollé has diez para entenderlas.

Cuando en la productora descubrieron que también dominaba el alemán, fue cuando empezó una pesadilla sin fin.

Las películas en alemán que me entregaban eran como de los años cuarenta. Las cintas estaban gastadas, los actores hablaban sin pausas, solían ser más largas y encima, muchas veces, empleaban dialectos del alemán tan raros que ni un alemán los hubiera entendido.

Sin embargo, mi entusiasmo reemplazaba cualquier problema y seguía aceptando encargos, que ni la misma productora entendía que pudiese llevar a cabo.

Recuerdo uno en concreto, supongo que porque nunca había pasado por el problema de que una de mis traducciones audiovisuales desapareciese sin dejar rastro del programa de subtitulación que ellos mismos me habían proporcionado.

Se trataba de una espantosa y pesada versión de Sherlock Holmes en alemán que duraba dos horas y media y que yo había tardado toda una semana en traducir por sus extensos diálogos.

Esa mañana de primavera me desplacé a la productora para devolverles el material que me habían dado, que era un guion mal transcrito, que decía cada dos renglones “no se entiende” y dejaba la línea en blanco, una cinta de vídeo y mi traducción.

Cuando abrieron el archivo, estaba en blanco. Y yo también me quedé de ese mismo color.

No lo entendía. Había desaparecido ¡Pero si la había guardado varias veces!

Precisamente ese había sido el problema. En mi afán porque mi costosa obra maestra, no desapareciese, debí de darle a “algún botón” que hizo que yo casi me desmayase en el estudio de grabación.

Solución: Me senté y me preparé a ver la película y traducirla allí mismo porque el cliente la esperaba para el día siguiente.

Tal era mi enfado que en cuanto pusieron la primera escena empecé a teclear como si me estuviesen hablando en mi propia lengua y yo tuviese que sólo que escribirlo.

Acababa de luchar durante una semana entera y cada palabra se había clavado en mi memoria de tal forma que no me costó trabajo alguno volver a reproducirla subtítulo por subtítulo sin levantarme de la silla hasta terminar.

Llegué tarde a casa, agotada y, desde luego, había cumplido con mi trabajo como hago siempre, pero también estaba muy frustrada, porque si algo no soporto es hacer algo dos veces.

La experiencia fue la mejor lección. Nunca más volvió a desaparecer algo de mi ordenador.