Tu perspectiva del mundo

Sea

Una misma copa de vino sabe distinto según el sitio en que la tomes, las emociones que sientas o las circunstancias en las que te encuentres.

No es suficiente con comunicarse de forma coherente, razonable o con exponer ideas brillantes.

La aceptación de tu forma de vivir, de tus charlas o escritos siempre se halla supeditada a quien recibe el mensaje.

Los receptores te interpretarán de formas muy diversas, que dependerán de factores tales como, el prisma de sus emociones, sus prejuicios, sus ideas preconcebidas o de sus creencias determinadas. No existe un receptor objetivo, al tiempo que no existe un mensaje objetivo.

Aunque todos nos hallamos bajo unas circunstancias parecidas, mientras unos piensan que la vida es un juego, otros la encuentran aburrida, algunos arriesgada, están los que piensan que es una aventura, otros creen que es una fiesta y algunos, te dirán que carece de sentido.

La manera en que vivimos, hablamos o escribimos debe nacer desde la creación, el riesgo, el entusiasmo, la libertad, la individualidad y la originalidad, no desde el conformismo.

No podemos vivir o expresarnos intentando adaptarnos a un pensamiento que nos es ajeno. La fidelidad debe ser hacia nosotros mismos. Las audiencias o las personas que nos entiendan, serán entonces, limitadas.

El crear un proyecto individual se basa en elegir aquellos elementos, actividades o personas que encajen más con nosotros, o en que ellos nos elijan.

El mensaje sólo llega al receptor si se identifica con tu modo de ver el mundo, es decir, si siente empatía con lo que dices o haces.

Todos nosotros estamos buscando la mejor manera de resolver un problema o satisfacer un deseo. Y por ello, buscamos sin cesar, nos lanzamos a curiosear en las vidas ajenas o a leer lo que piensan otros porque tenemos hambre de encontrar piezas que aún sentimos vacías.

Todo el mundo tiene su audiencia. El problema es que ni ella ni tú, podéis llamaros por teléfono, quedar y conoceros.

Por este motivo, seguimos viviendo, hablando y escribiendo, por nuestras ansias de lanzar mensajes para ser encontrados y entendidos.

Y navegamos, presos de esa acuciante sospecha de no ser jamás localizados, o de serlo cuando sea demasiado tarde, mientras continuamos con nuestra búsqueda.

Uno de tantos

Justicia 2

¡Debiste ceñirte a la primera versión!

¿Por qué dejaste que ese médico escribiera ese informe sobre tu mierda de dedo? ¡Eres una estúpida!

Si no hubieras ido a verlo, ni hablado por un dedo roto, tu mierda de dedo…

El juez, lo absolvió, basándose en que había sido tan solo una pelea. Ni siquiera influyó en él, ni en la fiscal o demás mujeres de la sala que ella apenas pudiera tenerse en pie después de su operación.

Supongo que todos ellos saldrán a la calle con algún lacito en cuanto la maten.

Mi isla

Isla

Afrontar esta locura global no es fácil sin tu espacio privado.

Tu isla es un lugar donde te cobijas de todas las bombas de furia y miseria que nos acechan a diario en cada esquina.

La pérdida de confianza en tu privacidad es un golpe rápido y certero. Algo que, a mí, me resulta insoportable.

Si ocurriera, sería el principio del fin, ya que por mucho que viajes o por mucha gente que conozcas, hay siempre un lugar de descanso del que formas parte tú y esas escasas personas de confianza que te entienden sin que expliques y que forman parte de esa maleta de la que jamás te puedes deshacer.

Hay gente que llena su isla de gente vacía, sólo por llenarla con muchos.

Esos son los que están solos. Sin embargo, son necesarios, porque mantienen el equilibrio del universo.

Estas personas, en realidad, nos complementan. Son oscuros, nacen del odio, el rencor, la baja autoestima, de problemas personales o de la envidia. Y se rodean de gente también vacía para obviar que no son queridos por quienes son.

De todos modos, son necesarios, porque al juntarse entre ellos construyen sus islas compuestas de mentiras consentidas donde la verdad es sólo algo de lo que huyen.

Resulta muy distinto que te fastidie un tonto, pues no entenderá tu respuesta. Esta falta de compresión, no me afecta de forma excesiva. Es comparable a establecer un combate de esgrima con quien no porta sable. Es un duelo insulso e inútil.

Por el contrario, si el combate se mantiene contra un contrincante inteligente, la batalla se convertirá en laboriosa y entretenida a partes iguales. Y tus respuestas, formarán parte de un diálogo en el que se abrazarán diferentes puntos de vista.

A los tontos no les contestas, y a los inteligentes, aunque son más difíciles de rebatir, sin duda, son mucho más divertidos, por eso mi isla, definitivamente, es muy divertida.

Tus palabras

Pluma

Anoche entraste en mis sueños y, sin esperarte, estabas.

¿Cómo atravesaste el muro que los siglos separaban?

 

La magia de tus palabras era la llave perdida, aquella que no encontraba.

Ni una pregunta siquiera, para saber qué pasaba.

 

Como a ti te gusta hacerlo, entraste sin que esperara.

Y presa de tus palabras, como hace siglos estaba,

Doblé en poemas mi vida, aquellos que escribe el alma.

 

Tú regresaste con versos, que sólo a mí me tallabas.

Ahora ambos escribimos lo que nos inspira el alma.

 

Y desnudamos palabras, cada noche, cada día.

El tiempo somos nosotros, tras eso, la vida acaba.

 

Sólo tú, yo, los poemas,

y la llave: Tus palabras.

 

No me toques el arroz

Cocina

Las cebollas estaban picadas en trocitos y empezaban a hacer ese ruido chispeante, como susurrándote que las dejes en paz un rato, a fuego lento, si puede ser.

Como lenta y pacífica iba a ser la preparación de mi cena esa noche.

Abrí la nevera para coger el resto de los ingredientes.

Sola en la cocina, después de tanto tiempo. No lo podía creer.

Retomaba mi ritual. Un ritual, cuyos pasos, la mayoría de las veces se abrían a la improvisación.

Me apoyé en la encimera de mármol y, con la copa de vino en la mano, recapacité con regocijo unos instantes, sobre cómo iba a seguir todo aquel proceso.

Un sinfín de ingredientes se paseaban por mi mente en secreto, la cebolla era innegociable, pero había dos tipos de verduras que llevaban dos días impertérritas, sempiternas, eternas y constantes en mi nevera, suplicando que las utilizase para mi arroz.

Mientras abría la puerta del frigorífico para rescatarlas, noté una leve respiración en mi nuca.

Uno de mis mayores placeres y del que disfruto, sólo cuando tengo tiempo, es cocinar. Llevaba seis meses sin hacerlo. Siempre cocinaba él y esta vez le había prohibido que se acercase a un metro de la cocina.

Sin embargo, allí estaba, con esa sonrisa molesta del que mira, no con la intención de compartir, ni acompañar, sino para molestar, interrumpir, sugerir y sugería siempre que se cocinase como en su país, y si en su país se pone cilantro, orégano o eneldo al salmón, pues te sugiere que se lo eches a tu arroz con marisco.

Sin embargo, yo no me hallaba propicia a la discusión. Sonreí, le ofrecí una copa de vino, lo que en España se traduce como una invitación a compartir, a participar… pero esta vez no me iba a tocar el arroz.

Estaba decidida a cocinar yo sola, al igual que yo había dejado que él cocinase durante todos aquellos meses. Incluso con ese estrés de la persona que no disfruta cocinando, sino sólo comiendo. Yo lo había tolerado y esperaba lo mismo.

Se inclinó a oler la sartén y se aproximó a mí mientras cortaba las verduras.

Me hizo indicaciones para que no me cortase un dedo. Imposible, pues utilizo cuchillos que no cortan precisamente para no tener que fijarme en esas chorradas o no tener que irme con un dedo colgando al hospital.

  • Ese cuchillo no corta, dijo.

No contesté.

Bebió algo de vino y reiteró su peligrosa aproximación a mi sartén, pues llevaba en la mano un botecillo de color rojo oscuro.

Sin preguntar, comenzó a volcar un polvo de color rojizo por encima de las cebollas.

No pude evitar que me subiesen las pulsaciones. Habíamos hablado de ello. Habíamos quedado en que tenía un problema de control. Y lo más estúpido, me había confesado que estaba harto de cocinar ¡qué siempre cocinaba él!

Mi cara se puso roja de ira. Retiré con una cuchara lo que pude del nuevo ingrediente y lo invité cortésmente a que desapareciese de la cocina.

Proseguí cortando pimientos y miré de reojo al resto de las verduras jugando mentalmente a conjugar sabores varios.

¡Cómo había echado de menos a la ceremonia que rodeaba aquello!

Apareció otra vez. Esta vez más nervioso. Parecía que su obligación consistía en realizar indicaciones periódicas sobre cómo él haría el arroz.

¡Venía con una lista! Todo un inventario de quejas esta vez algo más ofensivas con el fin de ofender al cocinero, vamos, a mí: los ingredientes, el nivel de agua en la sartén, el punto de sal y un largo etcétera.

Parecía sufrir, sudaba, se movía de forma nerviosa por toda la cocina, agarrado a su lista y asomándose a los fogones.

Tras superar su número de interrupciones consideré necesario interrumpir mi labor.

Me acerqué al pie de madera en el que él guardaba relucientes y recién afilados todos sus cuchillos y le pregunté si le parecía mejor que cortase con éstos, como me había sugerido antes.

Dejó de sudar, ante la posibilidad de mi renuncia, ante el hecho de comenzar a dominar de nuevo. Se calmó y asintió complacido.

Pues, a mí también me parece muy bien, porque aquí, en España, es costumbre como toque final al arroz ¡¡¡echarle un poquito de sangre del tocapelotas que te lo estropea!!! ¡Y menos mal que no vives en Valencia! ¡Ahí creo que los matan si les tocas la paella!

Mi arroz de marisco salió perfecto, lo tomé sola mirando al mar con una copa de vino.

Él ahora vive en su país, creo que limpia cocinas, pero cuando llega a su casa puede ponerle eneldo a TODO.

Entre viñedos

Grapes

Sopla el viento entre los viñedos.

Espero ansiosa esa cena entre amigos.

Cada opinión de la mañana mudará, desatada en conversaciones, cuando se ponga el sol.

Entre viñedos.

La espera de cosecha anuncia una buena racha de buena salud, prosperidad, abundancia, riqueza, felices perspectivas un porvenir mejor.

Espero entre viñedos a que el vino lave mi alma de inquietudes.

Miro el paisaje como posible borrador de una escena que se desarrollará en esa conversación alzando nuestras copas de vino.

Resuena en mis oídos lo que dijeron otros hace miles de páginas y que ahora me relee el viento sur.

Dejaré un hueco a mi lado, en la mesa, por si alguien me contesta desde esas extrañas brechas que, en muchas ocasiones, abre el vino.

Necesito una respuesta, una respuesta de aquellas, de viñedos entre amigos.

Me expondré a la perspectiva, a cualquier perspectiva, a una distinta. Sólo escucharé para retomar aire. Hoy no hay sitio para más.

Sólo quiero cenar entre viñedos, entre promesas de sueños.

En una de esas cenas con un testigo minúsculo, una copa de vino, cuya desproporción está en la altura de su vértigo.

Haberlas haylas, hasta en tu barrio

meiga volando

Por estas tierras, de todos es conocido que, en esas calles donde silba el viento, en los caminos que azota la lluvia, en fragas umbrosas o en las encrucijadas de las carreteras, nos podemos encontrar con esos seres misteriosos a los que llamamos “meigas”.

Los que somos gallegos, sabemos que “haberlas haylas”, la cuestión es dónde buscar a las verdaderas brujas.

Sin embargo, debo advertiros de que, a veces, se cuelan en tu propia casa y se destapan tan solo con que pronuncies una inocente queja. Es entonces, cuando sientes ese súbito escalofrio que te recorre todo el cuerpo, esa certeza.

Me encontraba sentada escribiendo tranquilamente frente a mi ordenador cuando llamaron a la puerta.

El dueño del ultramarinos situado debajo de mi casa, se apresuró a subirme un pedido en el ascensor, cargado de bolsas con todas las cosas que le había encargado.

El hombre que regenta este pequeño negocio es muy afable, algo bruto, sí, como buen gallego, dispuesto a que tu pedido siempre alcance los cincuenta euros. Si le pides dos kilos de algo, te trae tres, o sea que si tienes treinta en casa, no lo llames o dile que aparezca con “el chisme”. Es así como él llama al aparato para cobrarte con tarjeta.

Mientras le indicaba dónde dejar las botellas de agua y el resto del pedido, mantuvimos una conversación de pura cortesía sobre cómo me iba y frases comunes de esa índole.

Yo, distraída, más bien pensando dónde colocar todo aquello, le contesté, por decir algo, que tenía que hacer un conjuro contra un fulano, que era el mal en persona para todo el que se topaba con él.

Proseguí diciendo que, como buena meiga gallega, esta noche de San Juan, me iba a emplear a fondo en deshacerme de la racha de mala suerte que, a mi entender, había traído el susodicho especimen a mi vida.

Continuaba yo con mi perorata, sin prestar mucha atención al del ultramarinos, mientras recapacitaba sobre que las latas de atún que me estaba colocando encima de la mesa de la cocina, me servirían para confeccionar una buena ensalada.

Sin embargo, él ya se había quedado con mis palabras sobre el “meigallo” grabadas en su mente.

Sin dudar un segundo, y con una cara muy seria, abandonó su tarea, se giró hacia mí y me respondió: “Pero mujer, para eso te paso yo un número de teléfono y con un par de puñaladas te lo arreglan enseguida”.

Me quedé estupefacta, de piedra, inmóvil, ya que, muy al contrario que yo, él iba totalmente en serio con aquello de deshacerse del tipo.

¡Tenía en mi propia casa al Padrino! o, por lo menos, a uno que trabajaba para las meigas, pero de las malas.

¿Cómo iba a sospechar yo que el paisano del ultramarinos de mi barrio, que se pasaba el día cortando chorizo, pertenecía a alguna organización  que iba por ahí cargándose al personal?

No sabiendo qué contestar a tamaño ofrecimiento, corrí a buscar la cartera, aunque tenía la certeza de que aquello no se arreglaba con una simple propina.

Y es que “haberlas haylas”.

Feliz Noche de San Juan,

Una meiga.

 

Esperando un tren

Estación vacía

Salto al vacío con los ojos cerrados.

Busco respuestas en el firmamento de la soledad.

Mi mirada perdida vaga entre las vías.

Me encuentro detenida esperando mi tren.

Busco motivos dentro de mi cabeza y, con la tristeza como compañera no deseada, espero una señal.

Mientras el tiempo se me escapa, la duda me retiene y la soledad me acosa.

En el andén vacío mi tren no llega, ni quiero, pero sé que debo subir a ese vagón sin remedio, con la esperanza de que me lleve a un destino mejor.

¿Esperas tú conmigo? ¿O acaso huyes como lo han hecho los demás por ver una estación demasiado fría?

Mis tardes bajo el sol del atardecer son gélidas del calor que preciso, llenas de tormentas mentales, espero el tren de mi destino.

Busco miradas y encuentro voces tenues de océanos grises que no me ayudan por débiles y cobardes.

Encuentro almas sin alma, ciegas de mando y sin compasión. Ciegas.

Anoche soñaba el atardecer sobre el mar. Todo parecía que iba a ser normal.

Espero con ansiedad mi tren, el que debe llegar y al que temo que llegue.

Ese tren que sacude mis segundos sin compasión ni pausa.

Ese tren que me tiene agotada antes de subir a él.

Aquel que quizá, con el tiempo, mi vida salvará, tal vez.

Mientras, decenas de personas se suben a él cada día, a mí, en mi desamparo, me parece ser la única, rodeada de almas sin alma.

Espero que llegue mi tren al que me subiré bajo la tenue luz de la incertidumbre y del que espero bajar en la estación de la vida.

Y mientras, sigo esperando mi tren.

Sin hacer ruido

Sin hacer ruido

Sé que está mal visto hacer ruido.

Cualquier forma de protesta fuera de los canales habituales no debe manifestarse.

Los ataques de ansiedad deben ir dirigidos hacia dentro. Y tu estrés, te lo tragas, no lo compartas. Es mucho más civilizado interiorizar tus sentimientos y asentir con una sonrisa, pienses lo que pienses, sientas lo que sientas.

Hemos creado un mundo donde lo genuinamente humano no se ve con buenos ojos.

Hay que callarse. Impedir que los sentimientos afloren.

Hay que vivir en una calle cualquiera, en una ciudad cualquiera y disimular que, en realidad, te sientes igual que el vecino.

La palabra “compartir” no se lleva, ni se hace. Nos deshumanizamos cada vez más. La empatía con otro ser humano es interpretada como debilidad o estupidez.

Pues nos estamos equivocando y de qué manera.

Un mundo donde los sentimientos se expresasen en nuestras conversaciones, sería un mundo más digno de ser vivido.

Ya que, lo profundamente humano, que nos empeñamos en matar a diario, emergerá siempre, en algún momento y triunfará por encima de toda racionalidad de una forma infantil, irreflexiva y casi involuntaria.

No merece la pena vivir sin mostrar nuestro lado humano, aunque éste, a veces, signifique sufrir, que es mucho mejor que salir huyendo.

Aunque vivas en un país cualquiera, en una ciudad cualquiera, en una calle cualquiera y ayudes a cualquiera.

 

El doctor Calma

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Cada vez que ella entraba en el despacho del doctor Calma sentía de todo, menos eso.

Por regla general, él se encontraba sentado de perfil mirando febrilmente hacia la pantalla de su ordenador y tecleando con una sospechosa ansiedad.

En apariencia, podría decirse que se trataba de un hombre distraído, ocupado, metido en sus informes médicos y que apenas oía lo que ocurría a su alrededor. Un hombre de cincuenta y tantos, forzando una meditada apariencia juvenil.

Ella se sentó en un sillón marrón frente a él y saludó cortesmente, como solía hacer. Tras sus repetidas visitas, había algo que la hacía sospechar que, de ninguna manera, debía excitar a este doctor y mucho menos lo haría en un día tan anunciado como era aquel.

Él no respondió al saludo de la joven con el fin de parecer más ocupado.

Resignada, se dedicó a observar en silencio las pulseras de colores que llevaba, sus gafas de pasta, siempre a juego con su indumentaria y sus dos anillos en un dedo de la mano derecha.

Esperaba resultados y aunque sus nervios poco más podían aguantar, no encontraba otra solución.

Pasado un rato, que a ella le pareció como si le hubiesen hecho leer el Quijote dos veces, él dejó de escribir. Agitó un par de veces sus, ya escasos rizos teñidos de un castaño oscuro, para mirarla a los ojos y espetarle:

–  Dime.

Ella atónita no pudo pronunciar palabra hasta pasados varios segundos, tras los cuales se atrevió a pronunciar:

– La cita con usted era hoy ¿no?

Él médico, que había insistido infinitamente sobre la importancia de acudir a dicha cita, le respondió con aparente enfado:

– Estás muy bien, estás muy bien, ¿Qué quieres que te diga?

Su tono estaba teñido de un aire de reproche muy extraño para dar la buena noticia. Sobre todo, porque le había asegurado,  basándose en su larga experiencia y sin mirar análisis alguno, que ella estaba muy mal, pero que muy mal y que todo el proceso de su enfermedad pintaba mal. Elucubraciones que tuvieron a la pobre muchacha en un sinvivir durante casi quince días. Y ahora, él le reprochaba, primero estar buena, y segundo, que no estuviese enterada de los resultados de sus análisis, motivo de la ansiada consulta, antes que él y que el propio hospital.

– No sé qué quieres. La enfermedad remite – añadió bastante contrariado

– ¿Querrá matarme? – Se atrevió a pensar ella.

La joven no entendía por qué le gritaba con tanta saña y se debatía entre su estado de alivio y su estado de estupor. No estaba muy segura de si debía indagar más acerca de su mejoría, ya que a los largo de las consultas con este mismo especialista, se había percatado de estas extravagantes reacciones, que le llevaron a concluir que era él, el que tenía alguna patología, pero no física. Por tanto, prefirió dejarlo así y sonreír.

Al terminar la consulta, se levantó y, para sorpresa de ella, él hizo otro tanto, para acercarse a ella y con ese estudiado aire deportivo y juvenil le dio dos besos en las mejillas.

–  Y no vuelvas a interrumpir más el tratamiento – le dijo con voz de reproche al oído.

Ahí, ella sí estuvo tentada de contestar a semejante provocación. Sintió unas ganas casi irreprimibles de replicarle que jamás había interrumpido el dichoso tratamiento.

– ¿Me habrá confundido con otra? ¿Estará mezclando las medicinas? No deberían dejarlo suelto. Es peligroso – No pudo evitar pensar.

Sensatamente, volvió a morderse la lengua, pues sabía que no debía llevar la contraria a nadie en ese estado de paranoia.

Cuando ya estaba a punto de salir por la puerta, escuchó la última frase de aquel eminente médico vestido de quinceañero.

–  Y te voy a trasladar de hospital. No quiero que te quede tan lejos de casa.

Los ojos de la joven se abrieron como platos. Ahora no entendía por qué esas ansias por deshacerse de ella sin aparente motivo, a no ser que se hubiese dado cuenta de que la estaba matando y no quisiese asumir su responsabilidad.

Él regresó a su mesa para volver a refugiarse tras la pantalla de su ordenador mientras decía:

–  Me mata esta burocracia, pero yo soy un luchador, un verdadero luchador, he ganado muchas batallas con la administración. Si yo te contara, podría contarte muchas cosas… – dijo volviéndose hacia ella con los ojos muy abiertos.

La joven abrió la puerta conteniendo su ansiedad por salir de allí. Y tras otra de sus silenciosas sonrisas cerró la puerta con suavidad.

Una vez fuera, cerró los ojos con un alivio inusitado. Después, suspiró mirando hacia el pasillo que le permitiría librarse de aquello, cuando, sin quererlo, oyó comentar a dos enfermeras:

El doctor va a entrar ahora en quirógrafo y ayer le volvió a ocurrir lo mismo con otra chica a la que le iba a sacar una muestra para el laboratorio. Le pasó como las otras veces, no dejó de murmurar mientras probaba diferentes agujas con la pobre paciente, que estaba tumbada en la camilla sin atreverse ni a respirar. No me extraña, con comentarios como:

–  No puedo sacarte nada. Es inútil. Voy a probar en otro sitio. Nada. Esto es muy complicado, muy complicado. Está muy difícil, dame otra aguja, la del siete, la del ocho…

–  Pobrecilla, ¿Y al final qué pasó?

–  Pues que le tuvimos que darle la aguja para biopsias y, por si fuera poco, le sacó de más, tanto es así que ella, aunque la agarrábamos entre cuatro, tuvo un movimiento involuntario con una pierna y casi le saca un ojo.

Después de haber escuchado dicha conversación, si en su cabeza quedaba alguna duda sobre su veredicto, ésta se esfumó de un plumazo.

Con la firme decisión de salir de allí, se acercó a las enfermeras y les preguntó por el ascensor más cercano. Sin embargo, cuando ellas le indicaban hacia dónde ir, ella, ya se encontraba bajando de cuatro en cuatro las escaleras. Lo paradójico era que pensaba: calma, calma…