PERDIDOS

Map Better

Es inevitable perderse cuando te obligan.

Hay conductores que van huyendo, huyen de las autopistas porque son caras, y más, si atraviesas Europa. Huyen de la gente porque, según cambias de país, te hablan un idioma diferente ¡Qué gente tan rara! Si pasas por Francia, te hablan francés, si pasas por Alemania, alemán. Y es que hay que huir de semejantes locos.

Si haces un viaje con uno de estos conductores temerosos del mundanal ruido, lo lógico y normal, es que te pierdas. Te pierdes y lo haces en todos los sentidos.

Te pierdes porque te obligan a ir mapa en mano indicándoles caminos alternativos que, si bien, hacen que se ahorren un buen dinero en autopistas, también es verdad que les hacen gastar el doble en gasolina.

Tomas curvas y más curvas, atajos y más atajos, caminos inhóspitos, sin gente, sin casas. Bueno, sí, a veces te topas con una casa, pero sólo una.

Mientras conducen, te obligan con gritos histéricos o furia desatada, a que les indiques si hay que encaminarse hacia, la A8, pasando por el terruño B1 pero sin atravesar la autopista A2.

Y tú, tan cansada como aturdida, te dedicas a descifrar un mapa que, si fueras sola conduciendo, arrojarías por la ventana y, simplemente, seguirías las enormes y claras indicaciones de las autopistas de Europa, que no se parecen en nada a las de mi tierra. En mi tierra tienes que saberte de memoria los pueblos intermedios, porque los gallegos siempre ocultan el destino, por aquello de si te enteras de algo. Pues, en Europa no es así, sólo tienes que seguir el cartel que dice, PARÍS…, BRUSELAS…, GINEBRA, que es la que me apetece tomar a mí cuando estoy al lado de estos seres miedosos y cobardes.

Y tú sigues medio bizca, pues suelen querer conducir por la noche para pasar desapercibidos, ir de incógnito y no encontrarse ni con tráfico, ni con gente, ni con nada que tenga vida o les hable, sigues mirando el dichoso mapa, al que has dado tantas vueltas que, más que un mapa, parece una sábana centrifugada.

Y en estos agradables viajes, con estos conductores que sufren a lo largo de todo el trayecto una especie de ataque de pánico continuado, te dejas decir que, como eres mujer, te has equivocado y que ellos “creen” que, a pesar de lo que diga yo y el mapa, hay que torcer a la derecha. Y por mucho que les expliques que si tuercen, se van a ir directos a Alemania, no se convencen hasta que leen un cartel que dice: “Deutschland”.

Entonces nos deleitan con otro ataque de pánico, pues no hablan ni papa de alemán y empiezan a gritar: “¿Qué pone ahí? ¿Qué dice ese cartel? ¡La culpa la tienes tú porque no sabes leer los mapas! ¡Las mujeres no tenéis orientación! ¡Estos alemanes son una mierda, ponen todos los carteles en alemán!”

Llegados a este punto, me suplican que los lleve a una autopista donde haya gente “civilizada” que hable algún idioma “normal”.

Y como soy así de idiota, en vez de bajarme del coche e irme a un hotel a disfrutar de una ducha y una buena comida, los llevo de vuelta a una autopista.

Abandono el dichoso mapa y leo los carteles para hacer todo el camino de vuelta, entre las quejas y protestas del conductor de marras sobre el gasto inútil de gasolina.

Y, por fin, llegamos a la ansiada autopista. Sin embargo, estos conductores no se sentirán del todo a gusto, pues en el país vecino, resulta que hablan francés y esto tampoco les va, aunque se resignan.

Eso sí, la cola es interminable y ahí, yo no puedo ayudar. Pero, en su mente enferma, encuentran enseguida la solución. Y ésta no es otra que apagar el motor y situarse al lado del vehículo para, cada vez que avance el coche situado delante de nosotros en la cola, empujar y frenar el coche con las manos durante unos metros, conmigo dentro.

Y yo, me sacrifico a aguantar hasta llegar a mi punto de destino, tras unos treinta empujones de vehículo con la consiguiente frenada. Por supuesto, ya he decidido que, una vez se haya terminado semejante vergonzosa pesadilla, tomaré un avión o un tren de vuelta a casa. Hasta entonces, sólo me queda hundirme en el asiento del copiloto para pasar lo más desapercibida posible de la vista de los demás conductores que, por muy franceses que sean, no son idiotas.

Claro que, en cuanto alcanza el control de la autopista, él gritará mi nombre para que le traduzca lo que ése “francés imbécil” le quiere cobrar, ya que no le entiende, porque, el muy “bobo, sólo le habla en francés”.

Y es que hay gente que debería quedarse en su tierra, allí se entiende todo. Bueno, ellos quizá no.

 

Una mujer sin paraguas

 

München (Marienplatz)

Nunca me han gustado los paraguas.

Me niego a llevar un objeto en las manos que me impida moverme con libertad.

Si el frío o la lluvia son excepcionales, me inclino por los gorros, los sombreros, las capuchas o las boinas. Si llueve o hace una frío moderado, me mojo el pelo o me meto en una cafetería.

El tiempo nunca me ha impedido salir. En todos los países y ciudades en los que he vivido ha hecho frío, mucho frío. No esperaba otra cosa. Es verdad también que me he quejado del calor. No sabía cómo luchar contra él, es cierto.

Ahora, a medida que pasan los años, eso del frío se me hace más cuesta arriba.

Hace unos días estuve en Munich. El frío era justo el que esperaba, ni más ni menos. Un frío poco acogedor. Implacable. Mi frío. El de siempre. Si vas a Munich en febrero y esperas otra cosa, es pura ingenuidad.

Cuando el avión tomó tierra, una densa niebla nos esperaba en la pista. Normal. Todo muy normal. Aterrizar sin ver es lo que se lleva por esas tierras. Para eso están los radares. Cada vez que aterrizo así, sé que el suelo estará conmigo antes de lo que espero. Y me gusta que sea así. Que me sorprenda rozar la pista.

Sabía que era un viaje hacia el frío y éste no desaparece por quejarse, si lo hiciera, me quejaría.

Un cielo plomizo e inmóvil, no me impidió disfrutar de los muchos placeres de la ciudad. Una grandiosa urbe llena de todos los olores y sabores en los que deseaba hundirme de nuevo.

Nunca he soportado el Glühwein, ese vino tinto caliente para deshacerse del frío. Prefiero la sopa. Opté por un café.

La ventaja de los sitios en los que hace tanto frío es que la calefacción siempre te acoge, si pasas más del tiempo necesario en el país, también te cansa. Ocurre otro tanto con el aire acondicionado y el calor. Nada es perfecto en la vida. Las cosas son así y adaptarse es de sabios. Quejarse no.

Ahora busco climas más gratos, más cálidos, con luces que me tienten y en las que no te espere esa temprana oscuridad diurna, que antes me bastaba suplir con velas.

Ahora busco el sol. Voy entendiendo paulatinamente a todos esos turistas poseídos por la fiebre del sol. Siempre los había criticado y aún lo hago, pero el frío, que sigo llevando muy bien, cansa, sí es cierto, ahora ya cansa.

Y aunque es verdad que continuo alegrándome de estar rodeada de hielo y nieve, mientras dejo que esa brisa helada se pasee por mi rostro cuando serpenteo por las calles de Centroeuropa, ahora me arrimo al calor. Lo confieso.

Aun así, seguiré viajando hacia el frío sin paraguas. No me gustan los paraguas, nunca me han gustado, no los uso y nunca lo haré.

Marienplazt (Munchen)

Los carniceros asesinos y otras costumbres

Fleisch

Cuando quieres vivir en otro  país que no es el tuyo debes saber adaptarte. No hay otro remedio. Es una lección que aprendí hace años.

Por mucho que te pelees las cosas son como son. Haz lo que puedas y lo que toleres y monta tu vida según tus gustos, pero, aún así, debes aceptar que, por mucho que grites, no te van a dar tortilla española si no estás en España. Y si no puedes vivir sin ella, vuelve a tu país.

No me refiero a que cambies, sino a que sepas que hay ciertas costumbres que debes aceptar.

Podría referirme a cientos de anécdotas pero no voy a extenderme.

Cuando tenía trece años, pensaba que los británicos carecían de agua en las duchas, pues cada vez que intentaba lavarme la cabeza, el chorro disminuía considerablemente. Eso hacía que permaneciese allí dentro durante mucho más tiempo del necesario. Sin embargo, me resignaba, pensando que, al vivir en una isla, carecían de los medios suficientes de los que se gozaba en el continente. Ni se  me pasaba por la cabeza pensar, que la familia que me acogía estaba ahorrando a mi costa, tonta de mí.

Lo mismo pensaba de la comida, que consitía en medio tomate al día y después de eso, me mantenía en pie tomando un té tras otro. Mi disculpa era la misma, que era gente aislada y no tenía las mismas comodidades de las que los demás disfrutábamos. Lo único bueno de esto, es que parece que, por aquel entonces, mi autoestima aún no estaba demasiado dañada.

Ya más crecidita comencé mis periplos por tierras germanas y suizas.

Si tenía que bajar a un sótano común con el bolsillo lleno de monedas para poder lavar mis pantalones, lo hacía. No me gustaba, ni encontraba normal estar tirando monedas a una caja negra hasta que una aguja subiera hasta cierto nivel que indicase que ya habías pagado tu parte.

Como tampoco me parecía lógico tener que apuntarme en una lista para avisar a mis vecinos de que el martes a las tres quería usar la lavadora ¿Cómo iba yo a saber qué iba a hacer yo el martes a las tres en punto? Es de locos, pero lo hacía. Utilizaba mis turnos y bajaba con una cesta en una mano y un pesado bolsillo lleno de cambio, para ir rellenando una caja negra provista de unas agujas similares a las de un reloj, que tenían que llegar a un nivel con el fin de que ningún vecino aporrease tu puerta después de un cuarto de hora para decirte que no habías cumplido con lo tuyo.

En Alemania y en Suiza, aprendí también que era inútil pelearse en la carnicería. Los carniceros son capaces de ofenderse hasta el punto de querer cortarte una oreja en medio del supermercado.

Cuando compras carne picada en España, el asunto es mucho más sencillo. Te acercas al tío del cuchillo, escoges el trozo de carne que más se adapte a tus necesidades y que esté más limpio. Él te lo enseña y lo estampa con desprecio contra una tabla para cortarlo y meterlo en la máquina que lo va a picar. Y ya está. Esto puedes pedírselo aunque tenga carne picada ya expuesta. Nadie se ofende.

En mi ignorancia, yo pensaba que podía gozar de estos privilegios tanto en Alemania como en Suiza, pero no. No. No. No.

Si te acercas a un carnicero y le dices que no quieres la carne picada que tiene expuesta bajo esos focos rojos que la maquillan de un perfecto tono rojizo, sino una pieza que tú escojas, entra en cólera. En cólera alemana o en cólera suiza, pero cólera.

Y ahí es cuando se desata la batalla en alemán, ya perdida de antemano.

Su cara comienza a cambiar de tono hacia un rojo chillón y mientras sujeta el cuchillo con una mano por encima de su espléndida panza, te explica que él ha estudiado dos años en un plan de formación dual para convertirse en carnicero profesional, que la carne es fresca, cortada por él y que ha pasado todos los controles de sanidad necesarios y un largo ecétera.

Puntos esenciales, pero que a ti, jamás se te habrían pasado por la imaginación antes de señalar tímidamente con tu dedo el trozo de carne limpia que querías para tu cena.

Ningún país es perfecto, sólo son distintos.

El discurso suele durar bastante, tanto en Alemania como en Suiza, si tienes suerte no hay mucha gente a tu alrededor. Yo no la he tenido. Te disculpas y cabizbaja, te resignas a llevarte a casa el paquetito de la carne que tiene expuesta.

Cuando te la entrega, notas que su animadversión hacia ti no ha pasado y nunca lo hará. Ya puedes empezar a pensar en cambiar de carnicero.

No hay más. Es así. Los extranjeros no deben intentar que España cambie, al igual que yo no me peleo con ciertas normas y costumbres, me adapto y evito las que puedo.

No puede gustarte todo del extranjero. Y si tu intención es sólo comer tortilla, ¿para qué has salido fuera de tu país?

Tedio en Berlín

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Mi desayuno está encima de la mesa, esperándome.

Casi puedo ver cómo me sonríen todas las cosas que hay encima de la mesa.

Te espero.

Mi café se enfría, como siempre.

Bebo un sorbo sin ti, casi a escondidas, con remordimientos.

Me siento como si hubiese cometido un delito.

Sigo esperando a que aparezcas.

Miro mi taza con el café recién hecho, humeante.

Y sin pretenderlo me doy cuenta de que tú nunca sabes lo que pienso.

Mi mente es todo un misterio para ti.

Siempre pienso.

Y tú no tienes ni idea de lo que pasa por mi mente.

Me aburre esperar.

Estoy enfadada.

Hace mucho tiempo que estoy enfadada, ni lo sabía.

Me cansa enfadarme. Me agota. Llevo tiempo exhausta.

Y tú, tú me aburres.

Ayer no sabía que me aburrías tanto. Tampoco me di cuenta antes de ayer, ni el mes pasado, pero es así.

Ya hace algunos meses el hastío me asedia sin que me haya podido dar cuenta hasta ahora.

Este hecho ha provocado que haya ido cediendo poco a poco, que haya abandonado todas las cosas que me gustaba hacer, que me hacían feliz. Olvidando casi mi existencia, adormecida por tu aburrimiento.

Eres tedioso, monotemático, absurdo y sin sentido del humor.

No puedo vivir sin mar ni sin sentido del humor, por eso no me daba cuenta de que me estaba muriendo inmersa en tu aburrimiento diario.

Cuando quieres decir algo gracioso, me avisas, para que me ría. No hay nada más deprimente.

Eres así porque tu mente es estrecha, por eso miras con esos ojos vacíos. Tu mente está siempre en un lugar lejano.

Ojos que miran sin ver.

Te has convertido en un experto en perderte la vida. Te lo pierdes todo. Porque vas en busca de algo tan grande, como inexistente. Dejando pasar los momentos pequeños que es donde en realidad se encuentra la belleza de vivir.

Antes pensaba que yo estaba enferma. Reprimía mis risas porque tú no las entendías. Ignoraba que el enfermo eras tú.

Las personas inteligentes no necesitan comer mirando fijamente al plato mientras se pierden cómo pasa la vida a su alrededor.  En el plato no hay nada interesante, sólo comida. Esa actitud sólo la adoptan los estúpidos, los estúpidos como tú.

Odio cómo saboreas las cosas con el único fin de manifestar tu veredicto sobre lo que comes. Odio tu concentración mientras masticas, porque se nota que todos tus sentidos se concentran en una sola cosa: la comida. No puedes mantener una conversación al mismo tiempo. Tu mente no da para eso.

Cuando terminas y dictaminas si todo estaba en su punto y opinas durante media hora sobre la sal, después retomas el tema de siempre, tu monotema, en el que no avanzas, por mucho que pienses.  Uno no puede hacerse rico sin trabajar y menos si se es un estúpido, por muchas vueltas que le des.

Eres triste porque casi te hace llorar que una camisa no tenga arrugas. Deberías llorar si al verte, no al mirar una camisa.

Tu interior es lo más feo, lo peor. Lo que no se ve bajo tu aspecto inmaculado. Necesito imperfección para vislumbrar inteligencia.

Tú me produces hastío.

Por no romper la magia del silencio, rellenas sin decir nada. A veces, hasta con esos estúpidos sonidos guturales que se parecen a los que hacen las palomas en su palomar. Lo importante es rellenar el precioso silencio. Quizá evites pensar. No, no, perdona, no recordaba que no eras capaz de tales excesos.

Tu lenguaje es el de la nada, no dices nada por mucho que hables.

Cuando hablas, cuando gesticulas, esparces tu vacío y lo contaminas todo.

Hasta hoy no me había dado cuenta de que ésta era la razón por la que se morían las plantas. Estaban hartas de tu incesante monólogo, se les caían las hojas y se secaban.

Consideras importante colocar los cubiertos siempre en la misma posición y a los mismos centímetros del plato. Todo tiene que estar igual que el día anterior. Debí haberlos comprado de plástico en el supermercado para ver si te suicidabas. Probablemente ni así lo hubiese conseguido, te hubieses refugiado en el cuarto de la plancha para consolarte admirando tus camisas recién planchadas.

“¡Hagamos una locura!” gritaste un día, y tiraste un trapo de cocina que tenía un agujero, cuando para ti, lo sensato hubiera sido coserlo.

Compras uvas para adornar la mesa. Hay que tener cosas frescas en casa. Las uvas son tan perfectas, tan brillantes, tan enceradas, que no me atrevo a morderlas por si se me cae un diente. Nunca me ha ido el plástico. Pero hay que tenerlas para amortiguar la culpabilidad que te produce estar todo el día tomando golosinas. Esas que escondes por todos los cajones y que tomas en cuanto abro la ducha. Por eso, te cuesta tanto trabajo disfrutar de la comida, porque estás hinchado a golosinas. Todo lo haces a hurtadillas, eso es lo malo. Pero te sientes mejor cuando puedes mirar cómo brillan tus frescas uvas de cera.

Cierras las ventanas cuando llueve para que no se muevan las cortinas, para que no se mueva nada, para seguir viviendo enclaustrado, sin aire.

También cierras las ventanas cuando hace sol y si tienes que salir te embadurnas de un cemento químico por todas partes, para que ningún rayo ose rozar tu piel enferma a causa de tanta protección. Pareces de cera.

No sé por qué te espero sin desayunar.

Hace demasiado que te espero sin saber por qué y hace aún más tiempo que me aburres.

Hoy desayunaré sola. Siempre me ha encantado, pero también lo había olvidado. Lo haré hoy y todos los días del resto de mi vida sin ti.

Sin duda esta mañana el café me sabe mucho mejor que ayer.

Herbert

c2f21c05f61f24e4276ee0c967182b45 Existen pocas cosas que me gusten tanto como cocinar en casa para amigos.

Esa tarde, el sol entraba por mi ventana y daba directamente en la enorme mesa de madera barnizada y montada por mí pocos días después de aterrizar en la ciudad. Habían pasado ya casi tres años.

Aún tenía el pelo húmedo de la ducha y me paseaba por la cocina repasando mentalmente los distintos menús que podía ofrecer a mis invitados.

Ellos saben que me gusta cocinar al tiempo que van apareciendo por la puerta, me gusta que entren y salgan de la cocina, que hablemos mientras bebemos la primera copa de vino, que corten un pimiento en trozos o me sugieran una receta nueva.

Ellos me conocen bien, ya que suelen ser pocos e íntimos.

Solemos improvisar.

Sin prisas y con el relax que proporciona la confianza de estar con los tuyos.

Miro por la ventana y un sol rojizo que me recuerda lo lejos que estoy de mi tierra, me produce un sentimiento de añoranza que procuro apartar de mí. Hoy no. Hoy no hay espacio al recuerdo, sólo quiero dejarme llevar por las sensaciones.

Tras ponerme un vestido negro corto y unas sandalias de cuero que suelo utilizar en casa, me voy a la cocina y enciendo las luces bajas de la encimera de madera.

La luz dorada irradia hasta el salón, ya que son dos habitaciones comunicadas.

Como un goteo mis invitados van llegando.

Íbamos a ser cuatro. Somos siete.

Típico cuando vives en el extranjero.

Siempre hay alguien descarriado que no soporta el peso de la soledad. Con el fin de librarlo de que, en noches semejantes, cometa cualquier locura, solemos invitarlo a unirse a nosotros.

No importa.

Aunque debo confesar que me invade algo de rabia al recordar que yo nunca gocé de estos privilegios por muy nueva o sola que estuviese en una ciudad. Tampoco caía en locuras, simplemente solía librarme de la soledad a base de escribir, leer y sacar fotografías.

Hay tres personas en mi casa a las que no conozco.

Los que se han colado son: una chica italiana muy molesta que no deja de reírse y contar anécdotas estúpidas. Tipo de persona al que odio, ruidosas que no escuchan y procuran llamar la atención.

Y dos hombres más, uno francés y otro alemán. El francés parece tímido. No hace más de tres semanas que ha llegado a la ciudad y el alemán es un tipo extraño.

Mis tres amigos son españoles.

Imagino que nos pasaremos al inglés durante la velada, pero no será así.

Por suerte, uno de mis amigos se empeña en remodelar uno de mis platos. Empieza a cortar cosas y poner especies en la sartén que aún está al fuego.

Aprovecho para servirme un vaso de vino tinto que uno de mis amigos ha comprado. Tengo suerte, porque además de generoso, entiende de vinos y ha traído uno de mis favoritos, Marqués de Murrieta Reserva. Una caja, aunque yo tengo botellas de vino diversas en casa.

Apoyada contra una pared, me dedico a uno de mis vicios favoritos: observar.

Sin lugar a dudas, el más raro es el alemán. Tiene una extraña manera de moverse, como si buscara algo que le falta. Está inquieto. Es mucho mayor que nosotros, está muy delgado y desde que ha llegado no deja de repetir que él casi no bebe. Sólo quiere tomar un vaso de blanco y nos advierte de que no va a pasar de ahí. Una advertencia algo extraña por su insistencia.

Sé que hay alguien que lo conoce porque cada vez que me ve observándolo, me hace un guiño de complicidad, como indicándome que la historia me la contará más tarde.

Llevo media hora viendo cómo todos se divierten y se ríen.

Han hecho callar a la chica molesta poniéndola a cortar cebolla y desde ese momento no ha vuelto a hablar. Parece que el acto le exige tanta concentración que sólo mueve la lengua para sacarla de la boca en un gesto que delata que nunca ha cortado una cebolla. Bueno, por lo menos está callada. No puede hablar y cortar al tiempo.

El tipo raro lleva ya unos cuatro vinos en media hora. Todos blancos y cada vez que se sirve nos repite que él no bebe.

Empiezo a ver que no es que no beba, es que además, debe de estar realmente acostumbrado a ello, porque el alcohol no lo altera en absoluto. Creo que está en la fase de lo que yo llamo “de nivelación”. Es decir, que tiene que beber hasta alcanzar el nivel de alcohol al que está acostumbrado porque, por el momento, no siente el efecto.

Es un tipo realmente curioso. Viste de una extraña forma setentera y tiene un extraño acento de Alemania del Este. Es cutre en sus ademanes, lleva los cuatro pelos que le quedan peinados de una forma muy extraña, como revueltos, para tapar la calva. Eso hace que se la mires con mayor interés. Y para rematar se llama Herbert. Yo también bebería si me llamase así y tuviese ese aspecto.

Transcurrido un rato, todos nos damos cuenta de que su manera de beber raya en lo cómico. Ha conseguido que el alcohol comience a hacerle efecto. Lleva casi dos botellas, pero como buen alemán, es muy persistente y sigue insistiendo en que él no bebe.

Cuando no miramos, Herbert, se sirve una copa hasta el borde del vaso y se la bebe de un tirón. Así cree engañarnos y que todos pensemos que es la misma copa vacía. Por eso se levanta de vez en cuando a la cocina para tirar la botella y abrir otra. Y repite que la botella sigue intacta porque él no bebe.

A estas alturas ya sabemos que las neuronas de Herbert no se comunican entre sí desde hace años.

Se ha convertido en el centro de atención de la reunión.

Nos sentamos a la mesa y comenzamos a cenar.

Herbert nos dice que es un gran empresario, que es dueño de una fortuna. Con este tipo de comentarios en una reunión en la que hay españoles y tú llevas un traje con manchas y que aún conserva polvo del armario del que lo has sacado, te arriesgas a ser objeto de burla o a que piensen que eres muy tacaño. Vivíamos uno de esos momentos en los que las palabras sobraban, bastaba con las miradas, que nos hacían estallar en carcajadas irrefrenables.

Cada comentario que el pobre hombre hacía nos ahogaba de risa. Él seguía bebiendo y comer, comía poco, pero hablaba cada vez más. Y cada vez que nos reíamos, Herbert pensaba que era a causa de sus absurdas anécdotas.

La borrachera de Herbert se convirtió en una de las reuniones más comentadas posteriormente y él, en una de las personas más patéticas que he conocido.

Más tarde me enteré de que este personaje vivía de autoinvitarse a toda reunión que encontrase. La gente que lo conocía decía que siempre llevaba el mismo traje, sólo que las manchas y las arrugas del mismo iban en aumento.

Por cierto, Herbert era un hombre rico que había heredado muchas posesiones. No se le conocía otro oficio más que el de acumular dinero y botellas de otros. Hace pocos días me he enterado de su fallecimiento. No tenía familia, ni amigos. No hubo más que una sola persona en su entierro, su abogado, que según dicen fue para asegurarse de que en la lápida de su tumba grabasen la inscripción: “Yo no bebo”.

Pröst Herbert!

La frontera

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“Die Grenze verläuft nicht zwischen den Völkern, sondern zwischen oben und unten”.

“La frontera no transcurre entre los pueblos, sino entre los de arriba y los de abajo”.

La primera vez que pisé Berlín la ciudad parecía vacía. Estaba silenciosa y cubierta por un cielo que amenazaba nieve.

Un viaje que prometía una celebración se convirtió, en realidad, en una vuelta al pasado, ya que poco o nada vi del Oeste rico y próspero, sino que todo se centró en un Este destrozado y ruinoso.

Llevaba sólo unas horas allí y ya me prometía a mí misma no volver a pisar algo que parecía una cuidad a la que le hubiesen arrancado el alma de cuajo. Algo que continué pensando durante los tres días siguientes. Y algo que no cumplí, pues años más tarde me trasladé a vivir allí.

Sus calles cargadas de tristeza y recuerdos de una guerra pasada, lanzaban persistentes pinceladas de angustia que me golpeaban sin piedad.

Desde tanques abandonados, hasta largos trozos del muro que había separado a un pueblo, grafitis, edificios destrozados por balas y granadas que mostraban un rostro decorado por pintadas de colores, que no hacían más que recordar la voz desesperada de un pueblo que lanzaba mensajes a sus dirigentes.

Edificios como el de esta foto llenaban mi cámara y mis ojos.

En realidad, la frontera, por aquel entonces, transcurría entre una vida que me estaba atrapando y la vida que yo quería llevar.

Berlín representó un punto de inflexión en mi vida, pero no por la ciudad en sí. Las ciudades poco tienen que ver con las decisiones, sino más bien porque al no tener las riendas de lo que estaba ocurriendo, paseaba entre sombras.

En aquella época y con lo dada que soy a las películas y libros, Alemania entera se me antojaba las fronteras de mi prisión, aunque mi prisión era otra.

Lo siento mucho

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(Os pido disculpas por publicar esto, pero tengo que hacerlo a causa de un pequeño problema con un lector obsesionado).

Siento mucho que sigas persiguiéndome después de tantos años…

Siento mucho que pienses que un recuerdo lejano forme parte de mi presente…

Siento mucho que sigas enfermo y que hayas envejecido tanto…

Siento mucho que estés tan gordo y acabado…

Siento mucho que la enfermedad que te perseguía siga causando estragos en tu rostro y en tu vida…

Siento mucho que una idea salida de mi cabeza y que tú robaste, no te haya salido bien…

Siento mucho que amigos y familia huyan de ti, al igual que hice yo…

Siento mucho esa profunda mirada de tristeza y desilusión en tus ojos…

Siento mucho que sigas buscándome por la red y que mi blog forme parte de tus costumbres del día…

Siento mucho que tu vida esté tan vacía…

Siento mucho que yo siga siendo tu obsesión…

Siento mucho haber sido la primera y que no me puedas olvidar…

Siento mucho haber olvidado hace muchos años la etapa más horrible de mi vida…

Siento mucho que no sepas leer ni hablar español después de tantos años…

Siento mucho aunque sé que lo intentaste, que mi alemán sea bueno…

Siento mucho tener un montón de amigos y una gran carrera profesional…

Siento mucho que te echaran de la escuela a los seis años…

Siento mucho que lo mejor que sigues haciendo es intentar herir y provocar a base de practicar…

Siento mucho que un recuerdo del pasado muy pasado, te haga tan feliz…

Siento mucho NO haber estado enferma desde que te abandoné…

Siento mucho que ya no puedas dejarme enferma en mitad de la calle…

Siento mucho no haber vuelto a tener otra crisis de ansiedad desde que saliste de mi vida…

Siento mucho que ya no puedas decirme lo feliz que eras cuando me veías llorar…

Siento mucho que no puedas traducir cosas que yo no decía…

SIENTO MUCHO ser tan feliz y que tú sigas tan solo.

El teléfono y yo

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El ruido lejano y las ramas de los árboles tras las ventanas, anuncian que está cerca.

Empieza a oscurecer, las sombras me rodean, me persiguen, me acosan, pero no me acompañan.

Las ramas comienzan a doblarse y rozan sutilmente los cristales del ático, para que les preste atención.

Sin embargo, todos mis sentidos están puestos en el teléfono.

Sólo estamos el teléfono y yo.

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Pero no hay número al que pueda llamar, ni quien me llame, ni conozco una palabra del idioma que debo utilizar, ni tengo un solo conocido en la ciudad.

Hasta ahora no me había dado cuenta, pero al marcharse, me ha dejado incomunicada.

Él lo sabía, son sus modos, así enseña, así cree poder doblegar.

“Sólo son tres días, sólo tres… no te llamo para que te acostumbres, no quiero que seas una niña mimada”.

Enciendo unas velas y me siento en el suelo. En realidad me gusta estar sola, pero ahora no disfruto de mi soledad. Me siento como al que someten a un entrenamiento, como al que preparan para alguna misión reservada a unos pocos para medir su resistencia.

Miro en silencio hacia los árboles que ahora golpean con fuerza las ventanas, doblados casi hasta la mitad de su altura normal.

La tormenta es seca y adusta como la ciudad en la que estoy.

Yo no conozco este tipo de atronadores ruidos, sólo conozco las tormentas del mar, no menos peligrosas, pero distintas.

El estruendo que ahora hace temblar el suelo en el que me siento, es un fenómeno desconocido para mí.

Es un espectáculo para ser estrenado, por lo menos, entre dos.

Sin embargo, allí sentada en la oscuridad, a la luz tenue de las velas, pierdo la concentración en los cristales que me mantienen absorta y de nuevo se planta implacable ante mí, la imagen del teléfono. Ahora se me antoja más grande, enorme. Un objeto inanimado e inútil.

Su silencio me recuerda que estamos él y yo, solos. Sé que nadie me va a llamar, nadie sabe que estoy allí, ni que existo, la única persona que lo sabe, ha dicho que no estoy, que me he ido de viaje con él. Ignorante de este hecho, me concentro en asimilar mi recién estrenada situación: El teléfono y yo presos del mismo silencio.

Cuando él traduce a su idioma cosas que yo no digo, cuando miente en mi nombre, cuando es capaz de no avisar de que yo y el teléfono estamos allí, solos en medio de aquella implacable tormenta, una tormenta que no me permite ni oír mis propios pensamientos, que inunda el silencio de ruido y hace que el ruido sea más silencioso… vuelve a mí aquella frase… “Sólo son tres días…”. También la tormenta serán tres días, sólo tres.

Ese hombre que ahora, pasados tantos años sigue escribiéndome, el mismo que me pide que vuelva, que hablemos, el mismo que ahora está tan solo, ése que me enseñó que hay que huir de cierto tipo de tormentas, porque no vale la pena pasar por ellas.

Ése, sí ése, al que me hace tan feliz no contestar. 

Sexo en el U-Bahn

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Llevaba unos cinco minutos esperando el metro en una céntrica estación de Berlín. Un viento helado me hacía daño en la cara, ésta era la única parte de mi cuerpo que no llevaba protegida. Aquel invierno estaba siendo especialmente frío.

Me ajusté el gorro a la cabeza hasta casi cubrir mis ojos con su ala y eché otro vistazo para ver si llegaba mi trasporte. Llegaron otras dos personas.

Por fin vi acercarse el metro al que subimos los tres con prisa. Dentro había calefacción y los asientos eran muy cómodos o así me lo parecía después de mi larga caminata de aquel día.

Me senté frente a dos señoras, acomodándome en el asiento de la ventana. El trayecto hasta llegar a la parada que me dejaba frente a mi casa era de veinte minutos.

Nadie hablaba. Me quedé inmersa en mis pensamientos que fluían en alemán por mi cabeza. Después de mi lucha contra el frío helado de la tarde estaba cansada.

Las dos señoras tenían todo el aspecto de ir de vuelta a casa después de su jornada laboral. De pronto, una de ellas soltó una frase ¡Una frase en gallego!  que me trasladó de inmediato a mi tierra. Por pura casualidad me había ido a sentar justo enfrente de dos paisanas.

Con media sonrisa en la cara me volví hacia ellas dispuesta informarlas sobre nuestro origen común y quizá charlar un rato, pero me paré en seco, cuando advertí que la conversación era privada, muy privada. Una de esas conversaciones que no debes mantener en público por mucho que te parezca que estás rodeada de gente no te entiende. Sin embargo, ellas al creerse rodeadas de alemanes hablaban con total soltura y en un tono bastante alto.

Al parecer una de ellas tenía un problema de carácter sexual con su marido, que necesitaba resolver con su compañera sin dilación alguna.

Ante esa situación y después de sólo un par de frases, no tuve más opción que no permitir que supiesen que las estaba entendiendo. Decidí poner todos mis esfuerzos en parecer lo más alemana posible.

Puse una mirada distraída, tirando a vacía como quien es sordo y está inmerso en su mundo. Me hubiese dejado bigote, pero no me daba tiempo.

Una especie de intuición hizo que se callasen para echarme una larga mirada de comprobación.

Repasaron mi ropa, mis botas y mi cara de forma tan exhaustiva que me pareció haberme trasladado a un control de la Segunda Guerra Mundial.

Parecían estar seguras de mi origen teutón y de que no me estaba enterando de nada, por tanto, más tranquilas siguieron conversando sobre algo que el marido de una quería intentar en la cama. La otra se reía a carcajadas y la tranquilizaba explicándole que eso ya lo tenía superado desde hacía años con el suyo.

Mientras miraba con ojos lo más fríamente que podía a través de la ventana, haciéndome la idiota, pensé que lo mejor sería sacarme el gorro para que mi pelo rubio me diera más credibilidad. Temía durante todo el tiempo que se me escapase algún gesto, una sonrisa o algo que pudiera delatarme, pero cambiar de asiento, resultaba aún más sospechoso.

Tras una descripción detallada de una postura que yo no alcanzaba a entender, me regalaron otro vistazo de comprobación. No sabiendo que hacer y por miedo a que se me escapara algo, dejé de mirar hacia la ventana y las miré de frente, eso sí, torciendo un ojo hacia dentro como si me hubiese vuelto idiota de tomar tanta salchicha. Una de ellas soltó una frase despectiva sobre mí e indicó a su amiga que continuase hablando sin prestarme atención ya que yo no me enteraba de nada.

Respiré aliviada.

Las palabras de la conversación se hicieron más explícitas y dejaron de faltarle palabras. Estaban mucho más metidas en el tema y rellenaban cualquier hueco que pudiera presentar una duda para que la cosa quedara clara.

Cuando acabé por entender la extravagante postura que el marido de una pretendía hacer que adoptase para obtener, según parece, mayor placer, no pude evitar que el ojo que me quedaba libre se fuese a posar en la barriga de la que tenía que hacer semejantes cosas después de una jornada laboral tan larga y en un país tan inspirador para el sexo como es Alemania “Pobre mujer”,  pensé, “anda que no le queda trabajo por hacer y como a él le guste y quiera repetir, está perdida”.

 

En esa ciudad del Este

La sensación de calma es intensa. Hay un silencio que casi hace ruido. Los colores del cielo son extraños y nada se mueve.

No hay gente por las calles, si acaso una persona de la que sólo puedo ver la cara a la altura de los ojos y caminando con prisa.

Parece que va a ocurrir algo.

Miro al cielo, está entre negro y rosa. La atmósfera anuncia que algo va a ocurrir y tengo hambre.

Va a nevar y será una gran nevada, pero mi sensación es de inquietud. Quiero ver gente y preguntar. No estoy segura de que no vaya a estallar una bomba o nos vayan a tirar un misil desde el cielo. Aunque el cielo está tan denso que parece como si no fuese a permitir que nada lo atravesara.

Porque la ciudad en la que estoy aún tiene secuelas de pobreza y de guerras pasadas. La gente con la que me cruzo ha vivido otra vida, que yo sólo he visto en las películas.

Levanto la vista, veo un edificio con unas pintadas, es muy triste, muy gris, muy feo y alcanzo a ver trozos de metralla. Hay partes de la ciudad totalmente destruidas que hablan del pasado.

Qué silencio, es atronador.

En mitad de aquella nada, a lo lejos, cruzando una ancha calle, parece que veo luces. Efectivamente, es una cafetería.

Me cubro los labios, con el abrigo y me ajusto el gorro. No se me ven más que los ojos. Hace mucho frío. Estoy cansada de caminar y helada.

Detrás de una puerta de madera, que empujo, llega ruido de conversaciones, calor, la calidez de muchas velas encendidas y gente, mucha gente. Es un sitio muy grande. Hay una gran mesa para que nos sirvamos.

Me siento al lado de una ventana, puedo permitirme el lujo de deshacerme de mi gorro y mi abrigo. Sujeto entre mis manos un enorme café caliente y pasados unos minutos tengo en la mesa más cosas de las que puedo comer.

Bebo un poco de café mientras miro a través del cristal. Los copos de nieve empiezan a caer, toda la tensión cesa. El cielo libera su carga para ponerse a pintar.

Pasan cinco minutos y la calle está totalmente cubierta de una capa blanca e impoluta. Es un cuadro de una belleza que me hace sonreír.

Ya es de noche, está muy oscuro. Miro el reloj, claro, ¡si ya son las tres de la tarde!