Los carniceros asesinos y otras costumbres

Fleisch

Cuando quieres vivir en otro  país que no es el tuyo debes saber adaptarte. No hay otro remedio. Es una lección que aprendí hace años.

Por mucho que te pelees las cosas son como son. Haz lo que puedas y lo que toleres y monta tu vida según tus gustos, pero, aún así, debes aceptar que, por mucho que grites, no te van a dar tortilla española si no estás en España. Y si no puedes vivir sin ella, vuelve a tu país.

No me refiero a que cambies, sino a que sepas que hay ciertas costumbres que debes aceptar.

Podría referirme a cientos de anécdotas pero no voy a extenderme.

Cuando tenía trece años, pensaba que los británicos carecían de agua en las duchas, pues cada vez que intentaba lavarme la cabeza, el chorro disminuía considerablemente. Eso hacía que permaneciese allí dentro durante mucho más tiempo del necesario. Sin embargo, me resignaba, pensando que, al vivir en una isla, carecían de los medios suficientes de los que se gozaba en el continente. Ni se  me pasaba por la cabeza pensar, que la familia que me acogía estaba ahorrando a mi costa, tonta de mí.

Lo mismo pensaba de la comida, que consitía en medio tomate al día y después de eso, me mantenía en pie tomando un té tras otro. Mi disculpa era la misma, que era gente aislada y no tenía las mismas comodidades de las que los demás disfrutábamos. Lo único bueno de esto, es que parece que, por aquel entonces, mi autoestima aún no estaba demasiado dañada.

Ya más crecidita comencé mis periplos por tierras germanas y suizas.

Si tenía que bajar a un sótano común con el bolsillo lleno de monedas para poder lavar mis pantalones, lo hacía. No me gustaba, ni encontraba normal estar tirando monedas a una caja negra hasta que una aguja subiera hasta cierto nivel que indicase que ya habías pagado tu parte.

Como tampoco me parecía lógico tener que apuntarme en una lista para avisar a mis vecinos de que el martes a las tres quería usar la lavadora ¿Cómo iba yo a saber qué iba a hacer yo el martes a las tres en punto? Es de locos, pero lo hacía. Utilizaba mis turnos y bajaba con una cesta en una mano y un pesado bolsillo lleno de cambio, para ir rellenando una caja negra provista de unas agujas similares a las de un reloj, que tenían que llegar a un nivel con el fin de que ningún vecino aporrease tu puerta después de un cuarto de hora para decirte que no habías cumplido con lo tuyo.

En Alemania y en Suiza, aprendí también que era inútil pelearse en la carnicería. Los carniceros son capaces de ofenderse hasta el punto de querer cortarte una oreja en medio del supermercado.

Cuando compras carne picada en España, el asunto es mucho más sencillo. Te acercas al tío del cuchillo, escoges el trozo de carne que más se adapte a tus necesidades y que esté más limpio. Él te lo enseña y lo estampa con desprecio contra una tabla para cortarlo y meterlo en la máquina que lo va a picar. Y ya está. Esto puedes pedírselo aunque tenga carne picada ya expuesta. Nadie se ofende.

En mi ignorancia, yo pensaba que podía gozar de estos privilegios tanto en Alemania como en Suiza, pero no. No. No. No.

Si te acercas a un carnicero y le dices que no quieres la carne picada que tiene expuesta bajo esos focos rojos que la maquillan de un perfecto tono rojizo, sino una pieza que tú escojas, entra en cólera. En cólera alemana o en cólera suiza, pero cólera.

Y ahí es cuando se desata la batalla en alemán, ya perdida de antemano.

Su cara comienza a cambiar de tono hacia un rojo chillón y mientras sujeta el cuchillo con una mano por encima de su espléndida panza, te explica que él ha estudiado dos años en un plan de formación dual para convertirse en carnicero profesional, que la carne es fresca, cortada por él y que ha pasado todos los controles de sanidad necesarios y un largo ecétera.

Puntos esenciales, pero que a ti, jamás se te habrían pasado por la imaginación antes de señalar tímidamente con tu dedo el trozo de carne limpia que querías para tu cena.

Ningún país es perfecto, sólo son distintos.

El discurso suele durar bastante, tanto en Alemania como en Suiza, si tienes suerte no hay mucha gente a tu alrededor. Yo no la he tenido. Te disculpas y cabizbaja, te resignas a llevarte a casa el paquetito de la carne que tiene expuesta.

Cuando te la entrega, notas que su animadversión hacia ti no ha pasado y nunca lo hará. Ya puedes empezar a pensar en cambiar de carnicero.

No hay más. Es así. Los extranjeros no deben intentar que España cambie, al igual que yo no me peleo con ciertas normas y costumbres, me adapto y evito las que puedo.

No puede gustarte todo del extranjero. Y si tu intención es sólo comer tortilla, ¿para qué has salido fuera de tu país?

Tedio en Berlín

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Mi desayuno está encima de la mesa, esperándome.

Casi puedo ver cómo me sonríen todas las cosas que hay encima de la mesa.

Te espero.

Mi café se enfría, como siempre.

Bebo un sorbo sin ti, casi a escondidas, con remordimientos.

Me siento como si hubiese cometido un delito.

Sigo esperando a que aparezcas.

Miro mi taza con el café recién hecho, humeante.

Y sin pretenderlo me doy cuenta de que tú nunca sabes lo que pienso.

Mi mente es todo un misterio para ti.

Siempre pienso.

Y tú no tienes ni idea de lo que pasa por mi mente.

Me aburre esperar.

Estoy enfadada.

Hace mucho tiempo que estoy enfadada, ni lo sabía.

Me cansa enfadarme. Me agota. Llevo tiempo exhausta.

Y tú, tú me aburres.

Ayer no sabía que me aburrías tanto. Tampoco me di cuenta antes de ayer, ni el mes pasado, pero es así.

Ya hace algunos meses el hastío me asedia sin que me haya podido dar cuenta hasta ahora.

Este hecho ha provocado que haya ido cediendo poco a poco, que haya abandonado todas las cosas que me gustaba hacer, que me hacían feliz. Olvidando casi mi existencia, adormecida por tu aburrimiento.

Eres tedioso, monotemático, absurdo y sin sentido del humor.

No puedo vivir sin mar ni sin sentido del humor, por eso no me daba cuenta de que me estaba muriendo inmersa en tu aburrimiento diario.

Cuando quieres decir algo gracioso, me avisas, para que me ría. No hay nada más deprimente.

Eres así porque tu mente es estrecha, por eso miras con esos ojos vacíos. Tu mente está siempre en un lugar lejano.

Ojos que miran sin ver.

Te has convertido en un experto en perderte la vida. Te lo pierdes todo. Porque vas en busca de algo tan grande, como inexistente. Dejando pasar los momentos pequeños que es donde en realidad se encuentra la belleza de vivir.

Antes pensaba que yo estaba enferma. Reprimía mis risas porque tú no las entendías. Ignoraba que el enfermo eras tú.

Las personas inteligentes no necesitan comer mirando fijamente al plato mientras se pierden cómo pasa la vida a su alrededor.  En el plato no hay nada interesante, sólo comida. Esa actitud sólo la adoptan los estúpidos, los estúpidos como tú.

Odio cómo saboreas las cosas con el único fin de manifestar tu veredicto sobre lo que comes. Odio tu concentración mientras masticas, porque se nota que todos tus sentidos se concentran en una sola cosa: la comida. No puedes mantener una conversación al mismo tiempo. Tu mente no da para eso.

Cuando terminas y dictaminas si todo estaba en su punto y opinas durante media hora sobre la sal, después retomas el tema de siempre, tu monotema, en el que no avanzas, por mucho que pienses.  Uno no puede hacerse rico sin trabajar y menos si se es un estúpido, por muchas vueltas que le des.

Eres triste porque casi te hace llorar que una camisa no tenga arrugas. Deberías llorar si al verte, no al mirar una camisa.

Tu interior es lo más feo, lo peor. Lo que no se ve bajo tu aspecto inmaculado. Necesito imperfección para vislumbrar inteligencia.

Tú me produces hastío.

Por no romper la magia del silencio, rellenas sin decir nada. A veces, hasta con esos estúpidos sonidos guturales que se parecen a los que hacen las palomas en su palomar. Lo importante es rellenar el precioso silencio. Quizá evites pensar. No, no, perdona, no recordaba que no eras capaz de tales excesos.

Tu lenguaje es el de la nada, no dices nada por mucho que hables.

Cuando hablas, cuando gesticulas, esparces tu vacío y lo contaminas todo.

Hasta hoy no me había dado cuenta de que ésta era la razón por la que se morían las plantas. Estaban hartas de tu incesante monólogo, se les caían las hojas y se secaban.

Consideras importante colocar los cubiertos siempre en la misma posición y a los mismos centímetros del plato. Todo tiene que estar igual que el día anterior. Debí haberlos comprado de plástico en el supermercado para ver si te suicidabas. Probablemente ni así lo hubiese conseguido, te hubieses refugiado en el cuarto de la plancha para consolarte admirando tus camisas recién planchadas.

“¡Hagamos una locura!” gritaste un día, y tiraste un trapo de cocina que tenía un agujero, cuando para ti, lo sensato hubiera sido coserlo.

Compras uvas para adornar la mesa. Hay que tener cosas frescas en casa. Las uvas son tan perfectas, tan brillantes, tan enceradas, que no me atrevo a morderlas por si se me cae un diente. Nunca me ha ido el plástico. Pero hay que tenerlas para amortiguar la culpabilidad que te produce estar todo el día tomando golosinas. Esas que escondes por todos los cajones y que tomas en cuanto abro la ducha. Por eso, te cuesta tanto trabajo disfrutar de la comida, porque estás hinchado a golosinas. Todo lo haces a hurtadillas, eso es lo malo. Pero te sientes mejor cuando puedes mirar cómo brillan tus frescas uvas de cera.

Cierras las ventanas cuando llueve para que no se muevan las cortinas, para que no se mueva nada, para seguir viviendo enclaustrado, sin aire.

También cierras las ventanas cuando hace sol y si tienes que salir te embadurnas de un cemento químico por todas partes, para que ningún rayo ose rozar tu piel enferma a causa de tanta protección. Pareces de cera.

No sé por qué te espero sin desayunar.

Hace demasiado que te espero sin saber por qué y hace aún más tiempo que me aburres.

Hoy desayunaré sola. Siempre me ha encantado, pero también lo había olvidado. Lo haré hoy y todos los días del resto de mi vida sin ti.

Sin duda esta mañana el café me sabe mucho mejor que ayer.

Herbert

c2f21c05f61f24e4276ee0c967182b45 Existen pocas cosas que me gusten tanto como cocinar en casa para amigos.

Esa tarde, el sol entraba por mi ventana y daba directamente en la enorme mesa de madera barnizada y montada por mí pocos días después de aterrizar en la ciudad. Habían pasado ya casi tres años.

Aún tenía el pelo húmedo de la ducha y me paseaba por la cocina repasando mentalmente los distintos menús que podía ofrecer a mis invitados.

Ellos saben que me gusta cocinar al tiempo que van apareciendo por la puerta, me gusta que entren y salgan de la cocina, que hablemos mientras bebemos la primera copa de vino, que corten un pimiento en trozos o me sugieran una receta nueva.

Ellos me conocen bien, ya que suelen ser pocos e íntimos.

Solemos improvisar.

Sin prisas y con el relax que proporciona la confianza de estar con los tuyos.

Miro por la ventana y un sol rojizo que me recuerda lo lejos que estoy de mi tierra, me produce un sentimiento de añoranza que procuro apartar de mí. Hoy no. Hoy no hay espacio al recuerdo, sólo quiero dejarme llevar por las sensaciones.

Tras ponerme un vestido negro corto y unas sandalias de cuero que suelo utilizar en casa, me voy a la cocina y enciendo las luces bajas de la encimera de madera.

La luz dorada irradia hasta el salón, ya que son dos habitaciones comunicadas.

Como un goteo mis invitados van llegando.

Íbamos a ser cuatro. Somos siete.

Típico cuando vives en el extranjero.

Siempre hay alguien descarriado que no soporta el peso de la soledad. Con el fin de librarlo de que, en noches semejantes, cometa cualquier locura, solemos invitarlo a unirse a nosotros.

No importa.

Aunque debo confesar que me invade algo de rabia al recordar que yo nunca gocé de estos privilegios por muy nueva o sola que estuviese en una ciudad. Tampoco caía en locuras, simplemente solía librarme de la soledad a base de escribir, leer y sacar fotografías.

Hay tres personas en mi casa a las que no conozco.

Los que se han colado son: una chica italiana muy molesta que no deja de reírse y contar anécdotas estúpidas. Tipo de persona al que odio, ruidosas que no escuchan y procuran llamar la atención.

Y dos hombres más, uno francés y otro alemán. El francés parece tímido. No hace más de tres semanas que ha llegado a la ciudad y el alemán es un tipo extraño.

Mis tres amigos son españoles.

Imagino que nos pasaremos al inglés durante la velada, pero no será así.

Por suerte, uno de mis amigos se empeña en remodelar uno de mis platos. Empieza a cortar cosas y poner especies en la sartén que aún está al fuego.

Aprovecho para servirme un vaso de vino tinto que uno de mis amigos ha comprado. Tengo suerte, porque además de generoso, entiende de vinos y ha traído uno de mis favoritos, Marqués de Murrieta Reserva. Una caja, aunque yo tengo botellas de vino diversas en casa.

Apoyada contra una pared, me dedico a uno de mis vicios favoritos: observar.

Sin lugar a dudas, el más raro es el alemán. Tiene una extraña manera de moverse, como si buscara algo que le falta. Está inquieto. Es mucho mayor que nosotros, está muy delgado y desde que ha llegado no deja de repetir que él casi no bebe. Sólo quiere tomar un vaso de blanco y nos advierte de que no va a pasar de ahí. Una advertencia algo extraña por su insistencia.

Sé que hay alguien que lo conoce porque cada vez que me ve observándolo, me hace un guiño de complicidad, como indicándome que la historia me la contará más tarde.

Llevo media hora viendo cómo todos se divierten y se ríen.

Han hecho callar a la chica molesta poniéndola a cortar cebolla y desde ese momento no ha vuelto a hablar. Parece que el acto le exige tanta concentración que sólo mueve la lengua para sacarla de la boca en un gesto que delata que nunca ha cortado una cebolla. Bueno, por lo menos está callada. No puede hablar y cortar al tiempo.

El tipo raro lleva ya unos cuatro vinos en media hora. Todos blancos y cada vez que se sirve nos repite que él no bebe.

Empiezo a ver que no es que no beba, es que además, debe de estar realmente acostumbrado a ello, porque el alcohol no lo altera en absoluto. Creo que está en la fase de lo que yo llamo “de nivelación”. Es decir, que tiene que beber hasta alcanzar el nivel de alcohol al que está acostumbrado porque, por el momento, no siente el efecto.

Es un tipo realmente curioso. Viste de una extraña forma setentera y tiene un extraño acento de Alemania del Este. Es cutre en sus ademanes, lleva los cuatro pelos que le quedan peinados de una forma muy extraña, como revueltos, para tapar la calva. Eso hace que se la mires con mayor interés. Y para rematar se llama Herbert. Yo también bebería si me llamase así y tuviese ese aspecto.

Transcurrido un rato, todos nos damos cuenta de que su manera de beber raya en lo cómico. Ha conseguido que el alcohol comience a hacerle efecto. Lleva casi dos botellas, pero como buen alemán, es muy persistente y sigue insistiendo en que él no bebe.

Cuando no miramos, Herbert, se sirve una copa hasta el borde del vaso y se la bebe de un tirón. Así cree engañarnos y que todos pensemos que es la misma copa vacía. Por eso se levanta de vez en cuando a la cocina para tirar la botella y abrir otra. Y repite que la botella sigue intacta porque él no bebe.

A estas alturas ya sabemos que las neuronas de Herbert no se comunican entre sí desde hace años.

Se ha convertido en el centro de atención de la reunión.

Nos sentamos a la mesa y comenzamos a cenar.

Herbert nos dice que es un gran empresario, que es dueño de una fortuna. Con este tipo de comentarios en una reunión en la que hay españoles y tú llevas un traje con manchas y que aún conserva polvo del armario del que lo has sacado, te arriesgas a ser objeto de burla o a que piensen que eres muy tacaño. Vivíamos uno de esos momentos en los que las palabras sobraban, bastaba con las miradas, que nos hacían estallar en carcajadas irrefrenables.

Cada comentario que el pobre hombre hacía nos ahogaba de risa. Él seguía bebiendo y comer, comía poco, pero hablaba cada vez más. Y cada vez que nos reíamos, Herbert pensaba que era a causa de sus absurdas anécdotas.

La borrachera de Herbert se convirtió en una de las reuniones más comentadas posteriormente y él, en una de las personas más patéticas que he conocido.

Más tarde me enteré de que este personaje vivía de autoinvitarse a toda reunión que encontrase. La gente que lo conocía decía que siempre llevaba el mismo traje, sólo que las manchas y las arrugas del mismo iban en aumento.

Por cierto, Herbert era un hombre rico que había heredado muchas posesiones. No se le conocía otro oficio más que el de acumular dinero y botellas de otros. Hace pocos días me he enterado de su fallecimiento. No tenía familia, ni amigos. No hubo más que una sola persona en su entierro, su abogado, que según dicen fue para asegurarse de que en la lápida de su tumba grabasen la inscripción: “Yo no bebo”.

Pröst Herbert!

La frontera

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“Die Grenze verläuft nicht zwischen den Völkern, sondern zwischen oben und unten”.

“La frontera no transcurre entre los pueblos, sino entre los de arriba y los de abajo”.

La primera vez que pisé Berlín la ciudad parecía vacía. Estaba silenciosa y cubierta por un cielo que amenazaba nieve.

Un viaje que prometía una celebración se convirtió, en realidad, en una vuelta al pasado, ya que poco o nada vi del Oeste rico y próspero, sino que todo se centró en un Este destrozado y ruinoso.

Llevaba sólo unas horas allí y ya me prometía a mí misma no volver a pisar algo que parecía una cuidad a la que le hubiesen arrancado el alma de cuajo. Algo que continué pensando durante los tres días siguientes. Y algo que no cumplí, pues años más tarde me trasladé a vivir allí.

Sus calles cargadas de tristeza y recuerdos de una guerra pasada, lanzaban persistentes pinceladas de angustia que me golpeaban sin piedad.

Desde tanques abandonados, hasta largos trozos del muro que había separado a un pueblo, grafitis, edificios destrozados por balas y granadas que mostraban un rostro decorado por pintadas de colores, que no hacían más que recordar la voz desesperada de un pueblo que lanzaba mensajes a sus dirigentes.

Edificios como el de esta foto llenaban mi cámara y mis ojos.

En realidad, la frontera, por aquel entonces, transcurría entre una vida que me estaba atrapando y la vida que yo quería llevar.

Berlín representó un punto de inflexión en mi vida, pero no por la ciudad en sí. Las ciudades poco tienen que ver con las decisiones, sino más bien porque al no tener las riendas de lo que estaba ocurriendo, paseaba entre sombras.

En aquella época y con lo dada que soy a las películas y libros, Alemania entera se me antojaba las fronteras de mi prisión, aunque mi prisión era otra.

Sexo en el U-Bahn

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Llevaba unos cinco minutos esperando el metro en una céntrica estación de Berlín. Un viento helado me hacía daño en la cara, ésta era la única parte de mi cuerpo que no llevaba protegida. Aquel invierno estaba siendo especialmente frío.

Me ajusté el gorro a la cabeza hasta casi cubrir mis ojos con su ala y eché otro vistazo para ver si llegaba mi trasporte. Llegaron otras dos personas.

Por fin vi acercarse el metro al que subimos los tres con prisa. Dentro había calefacción y los asientos eran muy cómodos o así me lo parecía después de mi larga caminata de aquel día.

Me senté frente a dos señoras, acomodándome en el asiento de la ventana. El trayecto hasta llegar a la parada que me dejaba frente a mi casa era de veinte minutos.

Nadie hablaba. Me quedé inmersa en mis pensamientos que fluían en alemán por mi cabeza. Después de mi lucha contra el frío helado de la tarde estaba cansada.

Las dos señoras tenían todo el aspecto de ir de vuelta a casa después de su jornada laboral. De pronto, una de ellas soltó una frase ¡Una frase en gallego!  que me trasladó de inmediato a mi tierra. Por pura casualidad me había ido a sentar justo enfrente de dos paisanas.

Con media sonrisa en la cara me volví hacia ellas dispuesta informarlas sobre nuestro origen común y quizá charlar un rato, pero me paré en seco, cuando advertí que la conversación era privada, muy privada. Una de esas conversaciones que no debes mantener en público por mucho que te parezca que estás rodeada de gente no te entiende. Sin embargo, ellas al creerse rodeadas de alemanes hablaban con total soltura y en un tono bastante alto.

Al parecer una de ellas tenía un problema de carácter sexual con su marido, que necesitaba resolver con su compañera sin dilación alguna.

Ante esa situación y después de sólo un par de frases, no tuve más opción que no permitir que supiesen que las estaba entendiendo. Decidí poner todos mis esfuerzos en parecer lo más alemana posible.

Puse una mirada distraída, tirando a vacía como quien es sordo y está inmerso en su mundo. Me hubiese dejado bigote, pero no me daba tiempo.

Una especie de intuición hizo que se callasen para echarme una larga mirada de comprobación.

Repasaron mi ropa, mis botas y mi cara de forma tan exhaustiva que me pareció haberme trasladado a un control de la Segunda Guerra Mundial.

Parecían estar seguras de mi origen teutón y de que no me estaba enterando de nada, por tanto, más tranquilas siguieron conversando sobre algo que el marido de una quería intentar en la cama. La otra se reía a carcajadas y la tranquilizaba explicándole que eso ya lo tenía superado desde hacía años con el suyo.

Mientras miraba con ojos lo más fríamente que podía a través de la ventana, haciéndome la idiota, pensé que lo mejor sería sacarme el gorro para que mi pelo rubio me diera más credibilidad. Temía durante todo el tiempo que se me escapase algún gesto, una sonrisa o algo que pudiera delatarme, pero cambiar de asiento, resultaba aún más sospechoso.

Tras una descripción detallada de una postura que yo no alcanzaba a entender, me regalaron otro vistazo de comprobación. No sabiendo que hacer y por miedo a que se me escapara algo, dejé de mirar hacia la ventana y las miré de frente, eso sí, torciendo un ojo hacia dentro como si me hubiese vuelto idiota de tomar tanta salchicha. Una de ellas soltó una frase despectiva sobre mí e indicó a su amiga que continuase hablando sin prestarme atención ya que yo no me enteraba de nada.

Respiré aliviada.

Las palabras de la conversación se hicieron más explícitas y dejaron de faltarle palabras. Estaban mucho más metidas en el tema y rellenaban cualquier hueco que pudiera presentar una duda para que la cosa quedara clara.

Cuando acabé por entender la extravagante postura que el marido de una pretendía hacer que adoptase para obtener, según parece, mayor placer, no pude evitar que el ojo que me quedaba libre se fuese a posar en la barriga de la que tenía que hacer semejantes cosas después de una jornada laboral tan larga y en un país tan inspirador para el sexo como es Alemania “Pobre mujer”,  pensé, “anda que no le queda trabajo por hacer y como a él le guste y quiera repetir, está perdida”.

 

Mis distintos “yos” según el idioma, un cambio sin vuelta atrás

Berlin

Hay una gran diferencia entre viajar, por muchos países que visites, que vivir en ellos.

He vivido y trabajado tanto en Bruselas, Zúrich, como en Berlín, durante años y viajado por algunos más. Aunque reconozco que Suiza y Alemania están más en mi corazón.

En estos años he desarrollado, lo que denomino “mis distintos yos”. Estas variantes de mí misma, aparecen sobre todo al cambiar de idioma, pues al hacerlo, también cambia mi manera de pensar.

Cuando hablo inglés, alemán o francés, no pienso en español, sino en el idioma en el que hablo. Utilizo estructuras diferentes, que se han ido trazando a base de tiempo.

He aprendido, que tanto para dominar un idioma, como para poder integrarte en un país, no debes forzar el proceso, sino dejar que fluya de forma natural, pues se trata de una trasformación que se alimenta de tiempo.

Las claves son dejarse llevar, observar y permitir que se produzcan cambios en tu interior.

Si pretendes vivir en un país que no es el tuyo y sentirte parte de él, debes abrirte a un proceso de aprendizaje en el que participarán tus sentidos, la manera en que percibes el mundo y entiendes la vida.

No se trata sólo de “saber cómo van las cosas en ese país” sino en encontrar tú yo de ese lugar.

Cuando cruzo la frontera hacia un país en el que ya he vivido y que conozco, en esencia sigo siendo yo, con mi manera de pensar, el mismo sentido del humor y todas las características propias de mi ser, pero también mi manera de hablar, mi comportamiento, incluso mi tono de voz, es otro.

No voy a decir que cuando voy a Suiza me convierto en suiza, ni que cuando voy a Alemania me convierto en alemana, pero desde luego sí se produce un cambio en mí.

Siento que hay una derivación de mí que me hace sentir que pertenezco al país. Igualmente que, si no estoy en él, me falta algo. Y de la misma manera, si no estoy en el mío propio, lo añoro. A esto me refería en mi entrada “Feeling Nowhere”.

Este tipo de sentimientos únicamente se dan cuando te has adaptado a lo nuevo, de manera que ya forma parte de algo que sientes como tuyo.

Uno de los detonantes principales de este otro yo, es el idioma. Pues aunque sigo siendo la misma persona, cuando pienso en alemán, los recorridos que hace mi cerebro para expresar algo, difieren a los que recurro cuando hablo en español.

Si me expreso en inglés o francés no siento igual, que si lo hago en alemán o español.

Una persona que viaje por diversos países, pero viva y trabaje en uno solo, no puede sentirse de esta manera.

Si tu día a día, los sabores, los sonidos, los tonos de voz, la luz, las costumbres, la manera de pensar y todos los factores que te rodean, los has hecho tuyos, es entonces cuando has creado un nuevo yo.

 Museos y café en Berlín

En el aprendizaje de un idioma, por ejemplo, ocurre un fenómeno similar.

Hay gente que es incapaz de formar frases o pronunciar bien un idioma ajeno al suyo porque no derriba esa barrera, y no olvida las estructuras de su lengua materna, ni su fonética.

Estas personas hacen que su mundo sea, en este sentido, monocromo.

Si abandonas estas barreras y te abres, comprendes que la pronunciación de las distintas lenguas parte de un centro que no es el mismo para todas y si pones obstáculos para encontrarlo siempre hablarás ese idioma con acento extranjero.

Del mismo modo, si te empeñas en pensar en español y crees que sólo ésas son las estructuras “correctas” y que en ese otro idioma “deberían ser así, porque así te las han enseñado”, nunca dejarás de cometer errores en ese idioma extranjero.

Es decir, es una cuestión de abrirse o no. Si esta apertura se produce, habrá millones de conexiones cerebrales que cambiarán y también se crearán otras nuevas. El mapa de tu cerebro se ampliará en todos los idiomas que domines. Percibirás las cosas bajo prismas diferentes y dispondrás de un arcoíris de perspectivas, que enriquecerán tu vida.

Yo soy varios” yos” distintos, construidos a base de experiencias muy buenas y también muy malas, que hacen que vea el mundo en colores.

Estas diversas perspectivas son como una droga que nutre de claridad y agudeza a mi mente, pero no está exenta de efectos secundarios como que no sepas cuál de esos” yos” es al que debes seguir. Lo malo, es que, una vez la has probado, no hay posible vuelta atrás.

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En esa ciudad del Este

La sensación de calma es intensa. Hay un silencio que casi hace ruido. Los colores del cielo son extraños y nada se mueve.

No hay gente por las calles, si acaso una persona de la que sólo puedo ver la cara a la altura de los ojos y caminando con prisa.

Parece que va a ocurrir algo.

Miro al cielo, está entre negro y rosa. La atmósfera anuncia que algo va a ocurrir y tengo hambre.

Va a nevar y será una gran nevada, pero mi sensación es de inquietud. Quiero ver gente y preguntar. No estoy segura de que no vaya a estallar una bomba o nos vayan a tirar un misil desde el cielo. Aunque el cielo está tan denso que parece como si no fuese a permitir que nada lo atravesara.

Porque la ciudad en la que estoy aún tiene secuelas de pobreza y de guerras pasadas. La gente con la que me cruzo ha vivido otra vida, que yo sólo he visto en las películas.

Levanto la vista, veo un edificio con unas pintadas, es muy triste, muy gris, muy feo y alcanzo a ver trozos de metralla. Hay partes de la ciudad totalmente destruidas que hablan del pasado.

Qué silencio, es atronador.

En mitad de aquella nada, a lo lejos, cruzando una ancha calle, parece que veo luces. Efectivamente, es una cafetería.

Me cubro los labios, con el abrigo y me ajusto el gorro. No se me ven más que los ojos. Hace mucho frío. Estoy cansada de caminar y helada.

Detrás de una puerta de madera, que empujo, llega ruido de conversaciones, calor, la calidez de muchas velas encendidas y gente, mucha gente. Es un sitio muy grande. Hay una gran mesa para que nos sirvamos.

Me siento al lado de una ventana, puedo permitirme el lujo de deshacerme de mi gorro y mi abrigo. Sujeto entre mis manos un enorme café caliente y pasados unos minutos tengo en la mesa más cosas de las que puedo comer.

Bebo un poco de café mientras miro a través del cristal. Los copos de nieve empiezan a caer, toda la tensión cesa. El cielo libera su carga para ponerse a pintar.

Pasan cinco minutos y la calle está totalmente cubierta de una capa blanca e impoluta. Es un cuadro de una belleza que me hace sonreír.

Ya es de noche, está muy oscuro. Miro el reloj, claro, ¡si ya son las tres de la tarde!