PERDIDOS

Map Better

Es inevitable perderse cuando te obligan.

Hay conductores que van huyendo, huyen de las autopistas porque son caras, y más, si atraviesas Europa. Huyen de la gente porque, según cambias de país, te hablan un idioma diferente ¡Qué gente tan rara! Si pasas por Francia, te hablan francés, si pasas por Alemania, alemán. Y es que hay que huir de semejantes locos.

Si haces un viaje con uno de estos conductores temerosos del mundanal ruido, lo lógico y normal, es que te pierdas. Te pierdes y lo haces en todos los sentidos.

Te pierdes porque te obligan a ir mapa en mano indicándoles caminos alternativos que, si bien, hacen que se ahorren un buen dinero en autopistas, también es verdad que les hacen gastar el doble en gasolina.

Tomas curvas y más curvas, atajos y más atajos, caminos inhóspitos, sin gente, sin casas. Bueno, sí, a veces te topas con una casa, pero sólo una.

Mientras conducen, te obligan con gritos histéricos o furia desatada, a que les indiques si hay que encaminarse hacia, la A8, pasando por el terruño B1 pero sin atravesar la autopista A2.

Y tú, tan cansada como aturdida, te dedicas a descifrar un mapa que, si fueras sola conduciendo, arrojarías por la ventana y, simplemente, seguirías las enormes y claras indicaciones de las autopistas de Europa, que no se parecen en nada a las de mi tierra. En mi tierra tienes que saberte de memoria los pueblos intermedios, porque los gallegos siempre ocultan el destino, por aquello de si te enteras de algo. Pues, en Europa no es así, sólo tienes que seguir el cartel que dice, PARÍS…, BRUSELAS…, GINEBRA, que es la que me apetece tomar a mí cuando estoy al lado de estos seres miedosos y cobardes.

Y tú sigues medio bizca, pues suelen querer conducir por la noche para pasar desapercibidos, ir de incógnito y no encontrarse ni con tráfico, ni con gente, ni con nada que tenga vida o les hable, sigues mirando el dichoso mapa, al que has dado tantas vueltas que, más que un mapa, parece una sábana centrifugada.

Y en estos agradables viajes, con estos conductores que sufren a lo largo de todo el trayecto una especie de ataque de pánico continuado, te dejas decir que, como eres mujer, te has equivocado y que ellos “creen” que, a pesar de lo que diga yo y el mapa, hay que torcer a la derecha. Y por mucho que les expliques que si tuercen, se van a ir directos a Alemania, no se convencen hasta que leen un cartel que dice: “Deutschland”.

Entonces nos deleitan con otro ataque de pánico, pues no hablan ni papa de alemán y empiezan a gritar: “¿Qué pone ahí? ¿Qué dice ese cartel? ¡La culpa la tienes tú porque no sabes leer los mapas! ¡Las mujeres no tenéis orientación! ¡Estos alemanes son una mierda, ponen todos los carteles en alemán!”

Llegados a este punto, me suplican que los lleve a una autopista donde haya gente “civilizada” que hable algún idioma “normal”.

Y como soy así de idiota, en vez de bajarme del coche e irme a un hotel a disfrutar de una ducha y una buena comida, los llevo de vuelta a una autopista.

Abandono el dichoso mapa y leo los carteles para hacer todo el camino de vuelta, entre las quejas y protestas del conductor de marras sobre el gasto inútil de gasolina.

Y, por fin, llegamos a la ansiada autopista. Sin embargo, estos conductores no se sentirán del todo a gusto, pues en el país vecino, resulta que hablan francés y esto tampoco les va, aunque se resignan.

Eso sí, la cola es interminable y ahí, yo no puedo ayudar. Pero, en su mente enferma, encuentran enseguida la solución. Y ésta no es otra que apagar el motor y situarse al lado del vehículo para, cada vez que avance el coche situado delante de nosotros en la cola, empujar y frenar el coche con las manos durante unos metros, conmigo dentro.

Y yo, me sacrifico a aguantar hasta llegar a mi punto de destino, tras unos treinta empujones de vehículo con la consiguiente frenada. Por supuesto, ya he decidido que, una vez se haya terminado semejante vergonzosa pesadilla, tomaré un avión o un tren de vuelta a casa. Hasta entonces, sólo me queda hundirme en el asiento del copiloto para pasar lo más desapercibida posible de la vista de los demás conductores que, por muy franceses que sean, no son idiotas.

Claro que, en cuanto alcanza el control de la autopista, él gritará mi nombre para que le traduzca lo que ése “francés imbécil” le quiere cobrar, ya que no le entiende, porque, el muy “bobo, sólo le habla en francés”.

Y es que hay gente que debería quedarse en su tierra, allí se entiende todo. Bueno, ellos quizá no.

 

Pura ambición

Pura ambición

Hay personas que nunca tienen suficiente. Quizá sea que se acostumbran a acumular y, a fuerza de repetición, se convierte en un vicio imparable. No sé.

Resulta que hay gente que por más que les sobren los recursos, siempre quieren más.

Hoy me he acordado repentinamente de ellos al ver un jamón en el supermercado.

Aún puedo ver aquella escena con nitidez. Una extensa cola de eurodiputados del Parlamento Europeo de Bruselas, cuando regalaban jamón de Guijuelo o cualquier otro producto.

En cuanto les llegaba la hora de la invitación al despacho, salían disparados, se metían a empujones en el ascensor y, nada más salir de él, se atropellaban para conseguir un plato.

Toda la tercera planta se llenaba de hombretones trajeados. Jefazos insaciables de mando, y de jamón, que ocupaban su escaño durante un mínimo de cinco años. Los mismos hombres a los que había que obligar, pagándoles un extra, a que bajasen unos cuantos pisos y apretasen el botón cuando debían votar en el pleno, si no, les daba una tremenda pereza. Era más sustancioso acudir a una comisión o cambiar una coma en alguna pregunta parlamentaria.

Y allí estaban ellos, sosteniendo aquel ridículo plato entre sus manos, ansiosos por llegar al final de la cola en la que les esperaba un habilidoso muchacho cortando jamón con sumo cuidado. Después de la larga espera llegaba el premio y éste les servía unas cuantas jugosas y finas lonchas, sin poder evitar cierta mirada de desprecio.

Esa fila no la hago yo ni por un jamón ibérico de bellota de cuatro mil euros.

Era una cola tan gratuita como interminable, que yo evitaba para ocupar, reposadamente, una mesita del comedor y pagar por mi almuerzo.

Aún hoy en día, no puedo evitar que se me dibuje una sonrisa en los labios al recordar las caras de políticos tan conocidos. Personas que, hoy en día, poseen sustanciosas fortunas, acostumbrados a ser invitados o a obtener todo gratis.

Quizá ese sea el problema, a los niños hay que educarlos desde el principio.

Si pudieseis ver quienes permanecían de pie en estas filas, os estaríais divirtiendo tanto como yo ahora.

Quizá por eso no sea rica, pero me he librado de esas interminables horas en humillantes colas gratuitas y de varices en las piernas.

 

Los carniceros asesinos y otras costumbres

Fleisch

Cuando quieres vivir en otro  país que no es el tuyo debes saber adaptarte. No hay otro remedio. Es una lección que aprendí hace años.

Por mucho que te pelees las cosas son como son. Haz lo que puedas y lo que toleres y monta tu vida según tus gustos, pero, aún así, debes aceptar que, por mucho que grites, no te van a dar tortilla española si no estás en España. Y si no puedes vivir sin ella, vuelve a tu país.

No me refiero a que cambies, sino a que sepas que hay ciertas costumbres que debes aceptar.

Podría referirme a cientos de anécdotas pero no voy a extenderme.

Cuando tenía trece años, pensaba que los británicos carecían de agua en las duchas, pues cada vez que intentaba lavarme la cabeza, el chorro disminuía considerablemente. Eso hacía que permaneciese allí dentro durante mucho más tiempo del necesario. Sin embargo, me resignaba, pensando que, al vivir en una isla, carecían de los medios suficientes de los que se gozaba en el continente. Ni se  me pasaba por la cabeza pensar, que la familia que me acogía estaba ahorrando a mi costa, tonta de mí.

Lo mismo pensaba de la comida, que consitía en medio tomate al día y después de eso, me mantenía en pie tomando un té tras otro. Mi disculpa era la misma, que era gente aislada y no tenía las mismas comodidades de las que los demás disfrutábamos. Lo único bueno de esto, es que parece que, por aquel entonces, mi autoestima aún no estaba demasiado dañada.

Ya más crecidita comencé mis periplos por tierras germanas y suizas.

Si tenía que bajar a un sótano común con el bolsillo lleno de monedas para poder lavar mis pantalones, lo hacía. No me gustaba, ni encontraba normal estar tirando monedas a una caja negra hasta que una aguja subiera hasta cierto nivel que indicase que ya habías pagado tu parte.

Como tampoco me parecía lógico tener que apuntarme en una lista para avisar a mis vecinos de que el martes a las tres quería usar la lavadora ¿Cómo iba yo a saber qué iba a hacer yo el martes a las tres en punto? Es de locos, pero lo hacía. Utilizaba mis turnos y bajaba con una cesta en una mano y un pesado bolsillo lleno de cambio, para ir rellenando una caja negra provista de unas agujas similares a las de un reloj, que tenían que llegar a un nivel con el fin de que ningún vecino aporrease tu puerta después de un cuarto de hora para decirte que no habías cumplido con lo tuyo.

En Alemania y en Suiza, aprendí también que era inútil pelearse en la carnicería. Los carniceros son capaces de ofenderse hasta el punto de querer cortarte una oreja en medio del supermercado.

Cuando compras carne picada en España, el asunto es mucho más sencillo. Te acercas al tío del cuchillo, escoges el trozo de carne que más se adapte a tus necesidades y que esté más limpio. Él te lo enseña y lo estampa con desprecio contra una tabla para cortarlo y meterlo en la máquina que lo va a picar. Y ya está. Esto puedes pedírselo aunque tenga carne picada ya expuesta. Nadie se ofende.

En mi ignorancia, yo pensaba que podía gozar de estos privilegios tanto en Alemania como en Suiza, pero no. No. No. No.

Si te acercas a un carnicero y le dices que no quieres la carne picada que tiene expuesta bajo esos focos rojos que la maquillan de un perfecto tono rojizo, sino una pieza que tú escojas, entra en cólera. En cólera alemana o en cólera suiza, pero cólera.

Y ahí es cuando se desata la batalla en alemán, ya perdida de antemano.

Su cara comienza a cambiar de tono hacia un rojo chillón y mientras sujeta el cuchillo con una mano por encima de su espléndida panza, te explica que él ha estudiado dos años en un plan de formación dual para convertirse en carnicero profesional, que la carne es fresca, cortada por él y que ha pasado todos los controles de sanidad necesarios y un largo ecétera.

Puntos esenciales, pero que a ti, jamás se te habrían pasado por la imaginación antes de señalar tímidamente con tu dedo el trozo de carne limpia que querías para tu cena.

Ningún país es perfecto, sólo son distintos.

El discurso suele durar bastante, tanto en Alemania como en Suiza, si tienes suerte no hay mucha gente a tu alrededor. Yo no la he tenido. Te disculpas y cabizbaja, te resignas a llevarte a casa el paquetito de la carne que tiene expuesta.

Cuando te la entrega, notas que su animadversión hacia ti no ha pasado y nunca lo hará. Ya puedes empezar a pensar en cambiar de carnicero.

No hay más. Es así. Los extranjeros no deben intentar que España cambie, al igual que yo no me peleo con ciertas normas y costumbres, me adapto y evito las que puedo.

No puede gustarte todo del extranjero. Y si tu intención es sólo comer tortilla, ¿para qué has salido fuera de tu país?

Gastando goma en París

Conducción Con Lluvia

Cada vez llueve con mayor intensidad y el tráfico de la autopista se hace más y más denso.

Mi experiencia como conductora no debería ser probada tal día como hoy. Hace tiempo que no conduzco y no me siento muy segura.

Persigo el coche de unos amigos desde Bruselas a París entre una cantidad ingente de coches, camiones y lluvia. Es viernes y parece que todo el mundo conduce en un estado de desesperación propio del que ansía que llegue el fin de semana.

Procuro guardar la calma y miro de reojo a mi copiloto, que medio adormilado, también me vigila mientras conduzco.

Él tiene muchos más años de experiencia conduciendo que yo, pero bajo la excusa de un cansancio extremo, me ha puesto a mí al volante.

Yo he pensado que era más sensato que condujese alguien sin una dilatada experiencia que una persona con experiencia, pero que se quedaba dormida.

Años más tarde averiguo que su cansancio extremo de aquella tarde lluviosa no era más que su carnet de conducir caducado hacía años, ya que le parecía una tontería gastar en ese tipo de cosas. Bueno, esto es sólo un ejemplo muy pequeño de a qué extremo podía llegar en su afán de subir su cuenta bancaria. Hablando claro, que era una persona tacaña hasta un extremo que yo nunca me hubiese imaginado.

Mientras conduzco por la autopista, cada vez veo menos. La lluvia se hace más copiosa y los camiones aparecen sin previo aviso por todas partes.

Mi cerebro está tan alerta que tengo miedo de cometer algún error precisamente por mi estado de ansiedad.

Respiro profundamente hasta que el aire llene mis pulmones. No llego a hacer respiración diafragmática por estar demasiado ocupada, pero debería.  Lo mejor que puedo hacer es poner algo de música y dejar que ésta me lleve a un estado de relax que me permita controlar la situación. Intento buscar entre el denso y rápido tráfico el coche de mis amigos. Si no lo encuentro, no sé si amaneceré en Alemania.

A mí me da igual dónde amanecer, lo que no quiero es quedar mal y que cuando vuelva a Bruselas me pregunten, ¿qué tal el fin de semana en París? Y yo les conteste, pues no sé, me he desviado un poco y he estado en un hotelito de la Baja Sajonia de lo más mono. Lo dicho, a mí me da igual, una vez que empiezo a conducir donde voy a terminar, pero hay gente que es muy quisquillosa y necesita un plan. Y si de la A 3, no se desvían a la A 4, como habían planeado se ponen de muy mal humor. Yo en eso, soy muy relajada y mientras encuentre una ducha y un buen café al día siguiente, me da igual desviarme un poco. Total, Alemania, Francia…. En fin, todo es Europa, ¿no?

La autopista cada vez se tornaba más peligrosa y si bien es cierto que me da igual dónde dormir, lo que sí quiero es llegar entera y, en esos momentos, no era algo que viese muy claro.

El limpiaparabrisas funcionaba a un ritmo normal, pero eso ya no era suficiente. El tiempo empeoraba por segundos. Necesitaba que funcionase más rápido, que la luna delantera se despejase aún más. Prácticamente no veía el camión que tenía delante de mi coche.

Empecé a ver algo mejor y ya no sólo alcanzaba a seguir al par de faros rojos del camión que tenía delante de mí, sino que veía el camión entero.

El problema surgió cuando apareció la mano de mi acompañante, que se acercó lentamente al botón que cambiaba la marcha del limpiaparabrisas y no es que lo ralentizase, lo apagó.

No veo. No veo nada, sólo agua y algunas luces procedentes de los coches de la caravana.

Sin perder un segundo y con la inseguridad de mi falta de visibilidad, volví a ponerlo a funcionar. Me dirigí, en un ataque de estupefacción y  furia contenida, a mi acompañante para preguntarle si estaba loco y quería que nos estrellásemos.

No contestó y se hizo el dormido dando un giro hacia su lado izquierdo.

Mientras observaba la autopista, también lo miraba de reojo. Tenía un ojo abierto.

Pasados sólo unos segundos, la misma maniobra. Me para el limpiaparabrisas.

No lo puedo creer. Otra vez no veo. Si eso era una prueba para mis nervios, lo raro es que no soltase el volante para pegarle. Y si es una prueba de conducción en condiciones extremas, la estoy superando con sobresaliente.

Vuelvo a activar el chisme y doy un grito advirtiendo que si vuelve a tocar uno de los mandos del coche mientras yo conduzco, me paro y le pego.

No es que yo acostumbre a pegar a la gente, pero en caso de vida o muerte, creo que es lo más sensato.

Vuelvo a ver su mano acercándose al interruptor para parar la velocidad de lo único que me permite ver un poco.

Mientras me dice en voz alta: “Te lo paro, porque estamos gastando mucha goma”.

Atónita. No me parece una situación real. No sé si reír o llorar.

Esa frase se me queda grabada para siempre.

Empiezo a entender por qué pagaba yo siempre los cafés y a él se le olvidaba la cartera. Todo residía en no gastar… goma, o lo que fuese.

Pero ¿por qué me tengo que dar cuenta de esto en mitad de una autopista y rodeada de camiones?

En resumen, que prefiere estrellarse contra un camión, antes que gastar la goma del limpiaparabrisas del coche. No sé, quizá haya echado las cuentas y salga más barato eso de morirse.  Al fin y al cabo, si nos estrellamos, íbamos a ahorrar un pastón en cafés.

Ya alcanzo a ver la entrada a París. Es peor de lo que pensaba. El tráfico se hace aún más denso. Veo el Arco del Triunfo y, a lo lejos, un montón de carriles, cada vez más. Odio los carriles, los coches y el tráfico. Sólo pienso en dejar ese dichoso coche y bajarme.

Con calma, comienzo a poner el intermitente y a arrimarme como puedo hacia un lado. Ya he logrado pasar un carril, luego otro y otro. Ya está, puedo parar el coche en el arcén y no molesto a nadie. Me bajo. Yo ya no conduzco más.

Le digo que conduzca él, pero que haga el favor de gastar goma, porque como mis manos ya están libres, tengo muchas maneras de obligarlo a que me haga caso.

Y así entramos en París, aquel lluvioso viernes por la tarde y os puedo asegurar que, después de mis amenazas, gastamos mucha, mucha goma.

Dos maneras de viajar

ESTOCOLMO

Existen distintas maneras de viajar:

–         El viaje como mero desplazamiento.

–         El viaje como búsqueda.

Sentimos la necesidad de cambiar de circunstancias y de probar cómo nos sentimos en un entorno que no nos conoce y que no conocemos.

Salir de nuestro medio conocido permite actuar con mayor libertad y, en la mayoría de las ocasiones, incidir sobre el yo adormilado que trasportamos de un sitio a otro a diario.

Muchos viajeros sienten la necesidad de hacer cosas que en su país no hacen.

Este tipo de personas sólo viaja para desatar instintos básicos y comportarse como nunca lo harían en su entorno. Poseen un yo superficial que no tiene demasiada curva de desarrollo.

Me refiero a los que huyen de sus países con el único fin de emborracharse, ligar o meterse en algún tipo de lío.

Viajan sin viajar, sólo se desplazan.

No aprenden nada en su viaje. Yo los denomino “viajeros vacíos de contenido”, aunque más propio sería decir, “personas vacías de contenido”, pues poco aportan a la sociedad o a ellos mismos. Son, a mi modo de ver, prescindibles.

Existe, otro tipo de viajeros, para los que viajar es un modo de ser, de existir y de vivir.

Para ellos viajar es un placer, pero puede ser también un proceso doloroso, pues forma parte de un aprendizaje, de su desarrollo interno.

El camino es visto por ellos como una aventura y un descubrimiento, no sólo en las cosas que encuentran por el camino, sino en cómo su verdadero yo reacciona a nuevas circunstancias y nuevos estímulos.

Viajar como necesidad y como acto compulsivo para indagar sobre lo que la cotidianidad tapa, lo que no muestras en tus circunstancias habituales.

El viaje es visto, de esta forma, como un sueño, una aventura en la que sabes que va a haber sorpresas, simplemente porque tu enfoque no es sólo moverte de un sitio a otro. Tu interés se centra en observar, integrarte en lo que tú decidas que quieres que forme parte de tu baúl de experiencias. Pruebas lo que se adapta a ti y te mueves en un abanico infinito de detalles que pasan inadvertidos para el viajero que sólo se desplaza.

La intensidad de la experiencia en estos viajes, no depende de la distancia. El recorrido se centra más en tu propio yo.

Viajar puede ser visto como una forma de ser, como una forma de desarrollarte que resulta imposible si permaneces en el mismo sitio y rodeado de los mismos estímulos.

Por mucho que pienses cómo te sentirías si estuvieras observando la luna desde Nueva York, Estocolmo o Checoslovaquia, o tomado un café perdido en mitad de un pueblo a cien kilómetros de donde vives, o cómo reaccionarías sin gasolina en la autopista de París a Bruselas, no lo sabes hasta que no lo haces. La sensación puede ser intensa, divertida, angustiosa o puedes odiar su recuerdo.

En los viajes surgen situaciones de las que deseas formar parte, que quieres probar, otras que no, y otras que ocurren sin que puedas hacer nada para evitarlo.

Es importante viajar sin traicionarte a ti mismo, es decir, obrar según tus propios criterios.

Durante tu viaje encontrarás viajeros clásicos, necesitados, huidizos, enfermos, agobiados, imaginarios, fantasiosos, insatisfechos, presuntuosos, famosos, desasosegados, fóbicos, compulsivos, poco realistas y locos. Habrá de todo, pero tú sigues siendo tú, aunque tu entorno haya cambiado.

Si viajas de esta forma, nunca vuelves siendo el mismo, sino que eres más… tú mismo.

 

Bruselas

Bruselas, José Ovejero y yo

A la morte subite

La primera vez que fui a Bruselas llevaba una pequeña maleta y el libro de José Ovejero titulado “Bruselas”, que me había leído unas tres veces, entusiasmada con la idea de visitar y probar todos los lugares y extravagancias de la capital belga que en él se desvelaban.

El libro y la cara de Ovejero en su contraportada me acompañaron durante todo el tiempo por la ciudad, que pretendía hacer mía, antes de irme a trabajar allí.

Mi persistencia, curiosidad y avidez por aprender, hacían que me agarrase al manoseado libro mientras buscaba los lugares que en él se describían y recorría sin cansancio cada una de las calles, plazas y avenidas de la ciudad. Solía empezar por lo obvio y más turístico para ir adentrándome en lo escondido al ojo del turista.

Durante mi aventura la cara de José Ovejero me observaba y, me atrevería a decir, me consolaba cuando me sentía perdida y sola en alguna callejuela que parecía tener tantas historias que contarme que me alejaba de puro miedo a oírlas.

Sin embargo, J.Ovejero parecía que me sonreía y me susurraba al oído:

 – Tranquila, vete “A La Mort Subite”, tómate una Gueuze y ríete un rato con los circunspectos Vossen, descendientes directos de los que empezaron el negocio.

Y así lo hacía, seguía las indicaciones del libro, encontraba el lugar, y me tomaba la cerveza de imposible pronunciación para mí por aquel entonces. La tragaba, aún consciente de que tenía el listón más alto, en cuanto sabor amargo se refiere, de todas las cervezas belgas que podía probar. Reía para mis adentros con su libro encima de la mesa y su cara risueña, cómo diciendo:

– Amarga ¿eh? Y encima, con esos tres en la barra a punto de escupirte en un ojo por pronunciar mal el flamenco y ser otro espécimen más de turista ignorante. Pues, empieza a acostumbrarte, así es Bruselas a veces – Y así, la soledad compartida, era más llevadera.

Hice varios viajes “de investigación”, un Máster en Derecho Comunitario y Asuntos Europeos, hasta me empeñé en matricularme durante un mes de verano en la Universidad Libre de Bruselas para aprender francés y también con el fin de poder pasar más tiempo diseccionando las antiguas piedras de la ciudad.

En la universidad de Bruselas, aterricé un domingo lluvioso de agosto en un campus inhóspito, sin un alma a la vista, arrastrando mi maleta por un frondoso bosque sin edificio alguno a la vista. Era una universidad fantasma en verano, cuyo recuerdo más nítido no son sus clases de francés, a las que asistí religiosamente, sino más bien su terrible suciedad y abandono.

Pasé ese difícil mes, enclaustrada en mi habitación donde lo más prudente era dormir vestida y ducharme con sandalias de goma para no pisar el suelo de la ducha.

Los que llegaban al campus, solían regresar en avión al día siguiente, sobre todo los españoles. Sin embargo yo, no quise dejarme vencer, por aquello del orgullo de la hija única que, al final, aguanta más.

Luché mucho por vivir en Bruselas, conseguí hacer mío cada rincón de la ciudad, logré trabajar, como deseaba, en el Parlamento Europeo. Allí viví durante tres años experiencias dignas de recordar y otras tantas dignas de olvidar, pero puedo decir que las viví.

Creí haber vencido para, más adelante, creerme que las jaulas doradas me bastaban, que las puertas cerradas no me importaban. Y, por fin, tomar consciencia de que el dinero, en ocasiones, se convierte en la cuerda que rodea tu cuello y en la llave que cierra la puerta de tu libertad o, por lo menos, de la libertad que tú necesitas.

Bruselas, un lugar en que el calor se traduce en millones de mosquitos ansiosos por no dejarte ver por dónde caminas, donde las terrazas y mercadillos te atraen con sus mil curiosidades, donde las antigüedades te seducen hasta la saturación.

La urbe de las mil historias secretas de los que allí trabajan, las lámparas de lágrimas, las velas por doquier, el chocolate de Madame Godiva, los cientos de cervezas, los cócteles, las invitaciones y los restaurantes.

La ciudad que no se pinta la cara ni para los turistas y te recibe con oscuras piedras teñidas de siglos, con marionetas que no te dejan olvidar lo que los españoles hicimos una vez allí.

La nieve, la soledad, la humedad, la falta de luz, me acompañaron mucho tiempo, y con ellas, siempre estaba José, y su cara en aquel libro sonriente y pacífico.

Hasta que un día comprendí. Ya conocía los secretos que, sin saberlo, había ido a buscar. Ese día también entendí que mi trabajo pedía de mí algo más que no le quería dar.

Ahí es cuando decidí que era el momento de recuperar parte de mi ser perdido durante esos intensos años, orgullosa de haber salido victoriosa de otra de mis aventuras, de haberme mantenido firme en mis principios, de no haber cedido a las muchas tentaciones que me habían rondado.

Sin embargo, tampoco salía indemne, sino cansada por la batalla y con las heridas invisibles, las que todos tenemos cuando nos empeñamos en vivir.

Ya era hora de volver a sumergirme en la cálida luz de mi país, de volver sin más. Otra parte de la estatua de mi ser estaba tallada. Era suficiente, pues.

 

“Palourde”

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El restaurante estaba a rebosar de gente de todos los países.

Mis padres acababan de aterrizar en Bruselas y, teníamos un montón de cosas que contarnos.

Yo llevaba todo el día pensando en ir a buscarlos al aeropuerto y llevarlos a cenar a un pequeño restaurante que me encantaba.

El ambiente era perfecto. Los camareros desfilaban atareados entre velas, cortinas rojas de terciopelo y lámparas de cristales.

Imposible entrar sin haber reservado. Era uno de esos sitios que nunca conoces si no vives en la ciudad.

Aquella noche lo único que pedíamos era beber un buen vino y tomar una cena sencilla y caliente en un sitio agradable donde poder ponernos al día.

Mi mesa reservada en La Fin de Siécle, uno de mis restaurantes favoritos, nos esperaba. Una mesa de madera destartalada con una vela enorme en el medio, situada cerca del patio interior convertido en terraza para salir a tomar un café o postre después de la cena.

Entre aturdidas y felices, mamá y yo nos hicimos con la carta para pedir cuanto antes, ya que lo de menos era la cena y lo más importante, la charla.

Encontramos platos sencillos y nos decidimos por pedir algo de carne para papá y un plato de pasta para nosotras.

Mamá se desenvolvía resuelta en su francés olvidado, muy estudiado y rara vez hablado y yo, me estrenaba en mi francés habitualmente hablado y poco estudiado. Pero, ¿qué importaba el francés aquella noche?

Pedimos al camarero que se acercó estresado a nuestra mesa unos entrantes y los platos principales. Mamá y yo queríamos: Tagliatelles aux crevettes géantes, palourdes et persil méditerranéen.

Como no nos íbamos a meter nada que no conociésemos en la boca, y aquellos “palourdes” no alcanzábamos a recordar lo que eran, la pregunta obligada en nuestro atropellado francés al apresurado camarero era:

– ¿Qué es “palourde”?

– Pues, Madame, “palourde” es “palourde”

– “Ah, pescado”, dice mamá.

– ¡No, Madame! ¡Palourde!

Y ahí comienza una descripción crispada y a toda pastilla, acompañada de gestos histéricos con la mano en la que no tiene la bandeja.

Mamá me mira sin entender y con cara de sorna, y yo, en mi intento por ayudar, le soplo al oído:

Debe de querer decir que “n’est pas lourde”, para el estómago, ya sabes. Vamos, que, a pesar de su aspecto, es amable ya que nos advierte de que no es un plato pesado. Por lo menos se preocupa por nuestra digestión.

Ambas, después de una pausa mirándonos a los ojos, encontramos mi traducción tan absurda como la situación.

En realidad  a mí, me daba igual, yo lo que quería era que nos trajera algo y que se callase. El problema era mamá, que como buena Virgo, siempre ha sido más exhaustiva que yo. Por tanto, no abandonaba a su presa y le daba vueltas a todas las frases para dar con la traducción de aquella palabra.

– ¡Palourde! Gritaba desesperado el pobre hombre exhausto porque su trabajo incluyese clases de francés.

Hacía un buen rato que a mamá y a mí nos costaba contener la risa, pero cedimos a una gran carcajada cuando papá preguntó:

– ¿Por qué lleva este hombre media hora llamándonos “palurdos”?

Casi sin poder abrir los ojos y con las lágrimas corriendo por nuestras mejillas, se nos encendió una luz en el cerebro:

– “¡Almejas!”, dijimos al tiempo, ¡“Palourde” quiere decir almejas!

Papá se sirvió vino mientras murmuraba:

–  Pues menuda cena me espera con estas dos gritando “almejas” y ese tío llamándonos “palurdos”.

Salvada por el jazz

Hugh_Laurie_music2_1854963cLa música de jazz ha estado presente en mi vida desde que puedo recordar.

Mi contacto con el jazz comenzó muy pronto. Ya cuando era un bebé tomaba el biberón al ritmo de la música de Louis Armstrong, Miles Davis, Billie Holiday,  Duke Ellington, Count Basie, Benny Goodman, Billie Holiday, Ella Fitzgerald, entre otros.

El jazz era la música que solía inundar mi casa cuando era niña y aquello me marcó para siempre.

La semana pasada tuve uno de esos días en los que, no es que veas el vaso medio vacío, es que no ves ni el vaso. Estaba cansada y estresada. Aquel estado de ánimo provocaba que todos los pensamientos que acudían a mí mente fuesen negativos, cuanto más tiempo pasaba, más negro lo veía todo.

Decidí que lo mejor era que me regalase un paseo, para ver si se producía el difícil milagro de que alguna idea positiva tuviera la gentileza de pasar por mi mente de nuevo.

La mañana amaneció bañada por el sol, se respiraba ese limpio aire de verano que anuncia el comienzo de un nuevo día en el que sientes que todo está por descubrir.

Paseando despacio y procurando empaparme del ambiente de calma que me rodeaba, me encontré con una bonita cafetería de estilo nórdico con unas mesitas de madera en la terraza. Pensé que era buena idea tomar un café allí, y me senté.

Poco después de tener encima de mi mesa una humeante taza blanca con café recién hecho, llamó mi atención una melodía que provenía del interior. Sonaban los acordes del tema “Swanee river” del album de Hugh Laurie “Let Them Talk”. 

Cerré los ojos y algo se despertó en mi interior… la música, me había olvidado de la música.

Imágenes de situaciones pasadas, memorias que me ofrecen un paréntesis de felicidad ante sentimientos de tristeza o pesimismo, como los  de esa mañana, aparecieron en mi mente como una tabla de salvación en mitad del océano.

Recordé aquella noche lejana en la que había sido invitada a un concierto en un pequeño local de jazz de Bruselas. Un lugar difícil encontrar incluso para los belgas. Recordé cómo después de recorrer un estrecho antro hasta el final, sólo gracias a las indicaciones del camarero, que me condujo a una puerta trasera, presencié el mejor concierto de Dixieland y blues que recuerdo.

Un lugar mágico y escondido de los que abundan en Bruselas, ciudad donde estuvo oficialmente prohibido el jazz por el régimen hitleriano, aunque no por ello dejaba de tocarse y bailarse por todas partes.

Sonreí pensando que si yo hubiese vivido aquella época, habría disfrutado del concierto, aún más si cabe, debido a esa oscura e inexplicable atracción que producen las cosas prohibidas.

Sentada en aquella terraza, tuve otro flash del pasado. Se trataba de un pequeño café en Zúrich donde, de forma espontánea, un grupo de americanos se puso a tocar jazz, ese jazz de siempre, el antiguo, ése en el que el ritmo te conduce el cuerpo y el alma aunque te niegues, ése que expresa los sentimientos más felices y también los más tristes.

No sé si fue por la manera tan espontánea de tocar aquellos blues o porque al final tuve la suerte de poder acabar la noche charlando con estos improvisados músicos, pero éste se convirtió con el tiempo en uno de mis recuerdos más preciados.

Y es que a veces, muchas veces, algo tan simple como un café, acompañado de unas notas perdidas en el aire, hacen que nos reconciliemos de nuevo con la vida y que recordemos que las cosas más simples son las que nos hacen sonreír de nuevo.

Mis distintos “yos” según el idioma, un cambio sin vuelta atrás

Berlin

Hay una gran diferencia entre viajar, por muchos países que visites, que vivir en ellos.

He vivido y trabajado tanto en Bruselas, Zúrich, como en Berlín, durante años y viajado por algunos más. Aunque reconozco que Suiza y Alemania están más en mi corazón.

En estos años he desarrollado, lo que denomino “mis distintos yos”. Estas variantes de mí misma, aparecen sobre todo al cambiar de idioma, pues al hacerlo, también cambia mi manera de pensar.

Cuando hablo inglés, alemán o francés, no pienso en español, sino en el idioma en el que hablo. Utilizo estructuras diferentes, que se han ido trazando a base de tiempo.

He aprendido, que tanto para dominar un idioma, como para poder integrarte en un país, no debes forzar el proceso, sino dejar que fluya de forma natural, pues se trata de una trasformación que se alimenta de tiempo.

Las claves son dejarse llevar, observar y permitir que se produzcan cambios en tu interior.

Si pretendes vivir en un país que no es el tuyo y sentirte parte de él, debes abrirte a un proceso de aprendizaje en el que participarán tus sentidos, la manera en que percibes el mundo y entiendes la vida.

No se trata sólo de “saber cómo van las cosas en ese país” sino en encontrar tú yo de ese lugar.

Cuando cruzo la frontera hacia un país en el que ya he vivido y que conozco, en esencia sigo siendo yo, con mi manera de pensar, el mismo sentido del humor y todas las características propias de mi ser, pero también mi manera de hablar, mi comportamiento, incluso mi tono de voz, es otro.

No voy a decir que cuando voy a Suiza me convierto en suiza, ni que cuando voy a Alemania me convierto en alemana, pero desde luego sí se produce un cambio en mí.

Siento que hay una derivación de mí que me hace sentir que pertenezco al país. Igualmente que, si no estoy en él, me falta algo. Y de la misma manera, si no estoy en el mío propio, lo añoro. A esto me refería en mi entrada “Feeling Nowhere”.

Este tipo de sentimientos únicamente se dan cuando te has adaptado a lo nuevo, de manera que ya forma parte de algo que sientes como tuyo.

Uno de los detonantes principales de este otro yo, es el idioma. Pues aunque sigo siendo la misma persona, cuando pienso en alemán, los recorridos que hace mi cerebro para expresar algo, difieren a los que recurro cuando hablo en español.

Si me expreso en inglés o francés no siento igual, que si lo hago en alemán o español.

Una persona que viaje por diversos países, pero viva y trabaje en uno solo, no puede sentirse de esta manera.

Si tu día a día, los sabores, los sonidos, los tonos de voz, la luz, las costumbres, la manera de pensar y todos los factores que te rodean, los has hecho tuyos, es entonces cuando has creado un nuevo yo.

 Museos y café en Berlín

En el aprendizaje de un idioma, por ejemplo, ocurre un fenómeno similar.

Hay gente que es incapaz de formar frases o pronunciar bien un idioma ajeno al suyo porque no derriba esa barrera, y no olvida las estructuras de su lengua materna, ni su fonética.

Estas personas hacen que su mundo sea, en este sentido, monocromo.

Si abandonas estas barreras y te abres, comprendes que la pronunciación de las distintas lenguas parte de un centro que no es el mismo para todas y si pones obstáculos para encontrarlo siempre hablarás ese idioma con acento extranjero.

Del mismo modo, si te empeñas en pensar en español y crees que sólo ésas son las estructuras “correctas” y que en ese otro idioma “deberían ser así, porque así te las han enseñado”, nunca dejarás de cometer errores en ese idioma extranjero.

Es decir, es una cuestión de abrirse o no. Si esta apertura se produce, habrá millones de conexiones cerebrales que cambiarán y también se crearán otras nuevas. El mapa de tu cerebro se ampliará en todos los idiomas que domines. Percibirás las cosas bajo prismas diferentes y dispondrás de un arcoíris de perspectivas, que enriquecerán tu vida.

Yo soy varios” yos” distintos, construidos a base de experiencias muy buenas y también muy malas, que hacen que vea el mundo en colores.

Estas diversas perspectivas son como una droga que nutre de claridad y agudeza a mi mente, pero no está exenta de efectos secundarios como que no sepas cuál de esos” yos” es al que debes seguir. Lo malo, es que, una vez la has probado, no hay posible vuelta atrás.

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Feeling Nowhere

4

A forgotten bottle of Spanish wine brings back memories.

I look out the window holding my glass.

Closing my eyes I breathe in the smell of my wine.

It smells like home.

 

Haunted by my feelings, I begin to fall apart.

Wet eyes full of tears are shouting that I´m wrong.

I wonder why I am so far away from home.

 

I love this country, it´s cold and calm.

My mind speaks languages that I don´t even understand.

 

I close my eyes and again breathe in the smell of my wine.

Images of my country come to mind,

Warmth, light, faces, laughters, and the sun.

It is late at night.

 

I drink the whole glass of wine and then a second one.

The wine tastes like home and takes me to that place in the sun.

 

I breathe the clean, cold air of this quiet night.

I´m not feeling better and I need another one.

I do love this country and the taste of my wine.

 

I´m awake again!

Spanish words run through my blood.

I thought I’d lost them but they are back!

My blood is burning lost in the dark.

 

I love this city, I really do.

But I am dead tired of it too.

My country´s been waiting for a long time.

It can´t wait to have me there and neither can I.

 

Wait for me just one more night!

Though the night I left, I let you die.

And now we know that we only have this glass of wine.