Yo y las moscas

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El silencio de la mañana me envolvía al salir de casa.

La calle comenzaba a llenarse de gente que también se dirigía al trabajo.

Los ojos de una mosca en forma de hombre de mediana edad, me miraron curiosos desde la oscuridad de un portal.

Era Pancho el portero que se empeña en salir a decirme todas las mañanas si le parece que he acertado con la ropa.

Cuando paso cerca de él suele darme su opinión sobre si va a llover y voy a pasar frío o si, por el contrario, hoy voy a pasar calor.

No lo conozco y nunca le he preguntado.

Suelo cruzar de acera porque me cansa oírlo.

Solo que en esta otra acera hay otra mosca, una mujer que me dice lo que ella haría con mi vida, de la que no sabe nada, si fuera yo.

Ambas moscas me molestan, pero lo que más me cansa es escuchar las mismas frases.

Hay moscas que me visitan por mail y me mandan mensajes, hasta del extranjero. Sólo me recuerdan vidas anteriores, capítulos cerrados que estas moscas quieren reabrir.

El pasado no se cambia y no contesto.

Hay moscas en forma de personas que me paran por la calle para preguntarme por cosas privadas.

En este caso suelo contestar algo incongruente o citar a algún escritor o poeta. Aquí se pierden. Piensan que estoy loca. Y creo que tienen razón.

La única manera de tratar con moscas es parecer idiota, porque con las moscas no se puede razonar…

¿O es que a vosotros alguna mosca os ha contestado algo congruente alguna vez?

Entre ruinas y escombros

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Agotados por el esfuerzo de vaciar los escombros, actuábamos sin pensar.

Nadie se paraba a pensar quién era el que tenía al lado, no había tiempo.

Todo podía derrumbarse en cualquier momento.

Estábamos al límite de nuestras fuerzas, sólo queríamos descansar, que nos dejasen llorar por lo irrecuperable.

Y por todos los que se habían quedado en el camino y a los que nos negábamos a olvidar.

Éramos un grupo de desconocidos unidos por unas circunstancias adversas y actuábamos tan coordinados como si llevásemos siglos trabajando en grupo.

Cada movimiento, cada músculo, cada frase, cada idea, llevaba a una solución que surgía espontáneamente dejándonos llevar por el sentido común y el bien de todos.

Lo prioritario era que el grupo no se perdiese para siempre.

Todos sabíamos que aquello que teníamos entre las manos se derrumbaba.

El peligro era inminente. Éramos conscientes.

Las grietas nos cercaban anunciando el hundimiento.

El cansancio se reflejaba en nuestros rostros.

Nos dolía cada músculo, cada centímetro de piel estaba perlado de sudor pero seguíamos, ante la certeza de que aquello era lo único que nos podía salvar.

Nunca antes la unión había sido tan férrea, ni nuestra determinación tan clara.

Había otros grupos rodeándonos, pero cada uno se ocupaba de lo suyo, de los suyos, aunque todos mirábamos hacia el exterior, sin perder de vista lo nuestro.

Esa coordinación, esa unidad, nos hacía cada vez más fuertes, rápidos, sagaces y eficientes.

El engranaje funcionaba.

Después de un esfuerzo continuado en el que todos, en algún momento, deseamos abandonar, rotos por dentro y por fuera, al fin lo conseguimos.

Y así fue cómo logramos volver a vivir en el país que nos merecíamos, el que habíamos construido juntos.

Eso sí, tardamos siglos.

El anonimato en Internet

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El autor de un blog es, en cierta manera, alguien con cierto grado de valentía, pues se está exponiendo de forma continuada cuando publica.

Un blog es una herramienta de comunicación digital en la que muchos pueden participar y aportar opiniones, es una manera de diálogo. El mundo de los blogs, ha permitido a millones de personas compartir opiniones, aportar datos o explicar sus vivencias personales

Sin embargo, los blogs empiezan a mostrar su lado más vulnerable ya que estamos asistiendo a la llegada de un fenómeno que utilizan muchos usuarios de Internet: El anonimato.

El uso de un pseudónimo o el uso del anonimato no es nada malo en sí, pero es una manera de “esconderse” y, de esta manera, pueden llevarse a cabo comportamientos negativos.

Muchos usuarios vierten su ira o problemas personales, haciendo uso de las redes sociales y, a veces, nosotros, los blogueros, somos objeto de estos insultos o comentarios ofensivos.

Lo que motiva a estos seres anónimos es poder alimentar su ego sin tener que sufrir las consecuencias de sus actos y para ello no utilizan su verdadero nombre.

Algunos blogueros tienen la suerte de conocer quién es esa persona que no deja de enviarle comentarios ofensivos, pueden también conocer su identificación IP o tener la precaución de guardar sus comentarios. En ese caso, hoy en día, se puede actuar en consecuencia. Pero la mayoría de los blogueros, o escritores de blogs, que son objeto de estos abusos no conocen el nombre de la persona o personas de la que son objeto.

Los mensajes de este tipo, que abundan mucho en la red 2.0, persiguen intencionadamente provocar la reacción del autor del blog.

Este tipo de usuarios anónimos suelen ser inmunes a las críticas y a argumentos lógicos. Es totalmente inútil razonar con ellos, aunque tu argumento sea sólido, porque su fin es ofender y entienden sólo lo que quieren entender.

En ocasiones, hacen comentarios que nada tienen que ver con lo que escribes, pues son una especie de sociópatas que se regocijan al herir los sentimientos de otras personas, pues es lo único que persiguen. En otros muchos casos, no entienden la entrada, pero la comentan igualmente.

No sienten ningún tipo de remordimiento.

Escriben para hacer daño y no se atienen a las reglas básicas de convivencia o de educación básica.

No existe límite para ellos cuando desean desatar su ira.

Se escudan en el anonimato que les proporciona la red para, así, soltar su necesidad de descargar su frustración y su odio.

No hay que menospreciar a este tipo de personas, puesto que suelen carecer de escrúpulos y provenir de estratos muy bajos de la sociedad. Nadie les ha enseñado que no todo vale y probablemente hayan tenido problemas para controlar su ira con anterioridad.

Y digo que son peligrosos porque en su personalidad suelen coincidir cuatro rasgos: psicopatía, narcisismo, maquiavelismo y sadismo.

Pero, ¿de qué se alimenta este tipo de sujetos anónimos?

Buscan tu enfado con sus ofensas y les encantará que les dirijas insultos, pues las emociones de indignación que provocan les dan una sensación de placer.

Hay dos formas de lidiar con este tipo de usuario anónimo: ignorarlos o bloquearlos.

La buena noticia es que la impunidad, que hasta ahora había tenido este tipo de comportamientos, empieza a resquebrajarse.

En internet también se deja huella. Lo que se escribe puede tener consecuencias y aunque todavía haya mucha gente que crea que el mundo virtual no tiene relación con el real, ya no es así.

 

La difícil tarea de no hacer nada

 

 

Don Tancredo

No hacer nada no es fácil.

Muy poca gente lo consigue, requiere mucha práctica y un don especial.

Sin embargo, algunos lo logran e incluso lo convierten en su trabajo.

No hacer nada exige sacrifico y un buen entrenamiento.

Debes formar parte de una casta y desarrollar ahí tu carrera.

Dentro de este sistema inmutable de castas, no todos los individuos son aptos para no hacer nada.

La clave está en la resistencia.

Tienes que saber resistir la tentación de hacer algo y no hacer nada.

Si eres hábil y sabes usarlo a tu favor, puedes no contestar preguntas, ser capaz de abstenerte en la toma de decisiones o presidir un país entero, sin que apenas se note que estás ahí. Si dominas todo esto, eres el hombre apropiado.

Eres un líder y, como tal, tienes que rodearte de fieles seguidores para que se ocupen de entretener a la masa. Esa cosa tan molesta con la que debes tener contacto cada cuatro años.

Debes delegar en tus seguidores. Ellos se encargarán de detener el molesto encontronazo con la cantidad de individuos que te ha otorgado la mayoría absoluta, con la que tú no haces absolutamente nada.

También tienes que ofrecer distracciones a esa masa de votantes desagradecidos, ya que no aprecian la escarpada labor que realizas siendo el centro de todas las miradas, y no hacer nada.

Lo sé, no es fácil.

Te preguntan y debes evitar a toda costa contestar.

Te miran y tienes que poner cara de idiota.

Quieren que gobiernes y debe parecer que lo haces.

Sólo que tú sabes que, como dirigente, debes abstenerte de resolver cualquier problema que surja.

Sé que no es fácil estar en una reunión y tener la habilidad de mirar hacia el suelo con ojos vacíos. Esa expresión que te ha llevado años conseguir y que ellos, simplemente, no aprecian.

Precisamente por eso, tú estás tan arriba y ellos tan abajo.

No se dan cuenta de tu esfuerzo cuando miras, pero no atiendes.

No saben lo que es no ceder ante la presión del grupo y rechazar los intentos de otros para convencerte. Por eso, si lo intentan, tienes que deshacerte de ellos.

El hecho de tener a todo un país mirando hacia ti y no hacer nada, no es tarea sencilla.

Sin embargo, tú sabes bien que no debes moverte. Jamás. Pase lo que pase. Ni hacia un lado ni hacia otro, ni hacia arriba ni hacia abajo. No manifestarte. Mantener esa lejanía tan poco apreciada y, al tiempo, tan difícil de conseguir.

Has aprendido a aguantar sin doblegarte, aunque para conseguirlo, te hayas doblado muchas veces hasta tocar el suelo con la nariz.

Y ahora, ya en el culmen de tu carrera, que sabes durará cuatro años y ni un segundo más, te sientes orgulloso de aguantar. Aguantar sin hacer nada.

No gobiernas, pero presides.

Nadie como tú conoce el arte de no hacer nada.

Y así estamos todos, asombrados diariamente por la nada en la que estamos.

Y es que, hasta haces que parezca fácil.

Gracias por nada.

Las gafas de Google

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Hay gente que siempre lleva puestas las gafas de Google.

No me refiero a un momento o un par de horas al día, simplemente no entienden sus vidas sin ellas.

Vida, es lo que piensan que tienen cuando se trasladan del trabajo, al supermercado y luego se ponen las gafas de Google para no sacárselas hasta que sus ojos enrojecidos les suplican dormir.

Triste, pero es un fenómeno en masa.

Y la huida de la realidad también lo es.

Es como una invasión de zombis. De hecho, su aspecto y forma de moverse, después de tantas horas frente al ordenador, se asemeja mucho.

Hoy, en el supermercado, he estado observando a la gente y era fácil adivinar los que se acababan de sacar las gafas de Google.

Todos se habían puesto cualquier cosa a toda prisa para bajar de sus respectivos rediles, medio a escondidas, intentando mirar sólo hacia el suelo para evitar tener contacto visual con algún vecino que les obligase a mantener alguna charla molesta con la consiguiente pérdida de tiempo.

Lo único que necesitaban era llenar su nevera con las provisiones suficientes para su próxima sesión con su único amigo: Google.

Por el contrario, su amigo Google, no les exige nada, ni que se duchen, ni que se vistan, ni que hagan ejercicio, ni que hablen, ni que se muevan, pero los provee de todo… o eso creen.

A mí me dan miedo porque han perdido su capacidad de pensar, aunque ellos suelen pensar todo lo contrario.

Es más, se creen verdaderos expertos en diversas materias, lo que les lleva a desarrollar cierto desprecio hacia el prójimo, que desconoce la extrema sabiduría que les han proporcionado sus extensas investigaciones de días, semanas, meses y años en Google.

En medio de estas búsquedas-disculpa, se han abierto, como por arte de magia, otro tipo de páginas que nada tenían que ver con el tema que les ocupaba. Estas otras webs han captado su atención al punto de haberse enganchado a otros temas, unos interesantes, otros banales y, los más, burdos.

Sin embargo, como si de una posesión imposible de frenar se tratase, sólo pueden deshacerse de sus gafas de Google para ir al trabajo de mala gana y regresar, lo antes posible, a la soledad de sus pisos. Allí se sienten seguros y protegidos, pudiendo hundirse en su mundo virtual que ha pasado a ser su única realidad.

Sus ojos, desprovistos de ilusión, no utilizan Internet sino que han dejado que Internet los controle.

Vidas atrapadas que ya no tienen más finalidad que fisgar horas y horas por las entrañas más recónditas de Google.

Sin embargo, un día se despiertan, reaccionan y se dan cuenta de que les han pasado demasiados años por encima.

Ven que se están perdiendo el mundo real, que su vida se les escurre entre los dedos y que ya nos les queda tanto tiempo como pensaban.

Se miran al espejo y ven los destrozos que ha causado en sus caras y en sus cuerpos la triste mecánica de sus vidas dependientes de Google.

Ahí es cuando la furia se vuelve determinación y deciden tomar el control.

A partir de mañana abandonarán Internet para ocuparse de su vida real.

Pero esta noche no, porque deben consultarle a su amigo Google cómo resolver su adicción. Seguro que hay alguna página que lo explica.

Vuelven a ponerse las gafas, pero sólo por esta noche.

 

Un sueño de verano

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Se acerca el verano y con él todo el mundo empieza a soñar.

Percibes cómo la gente empieza a prepararse, igual que si fuese a cambiar de vida.

Sueñan que este verano va a ser distinto y que ellos dejarán de ser quienes son para convertirse en quienes desean ser.

Los días se hacen más largos y la luz excita nuestras neuronas y este es el principio del sueño.

La mayoría sueña de más.

Piensan que, durante el verano, que casi alcanzan a tocar, van a ocurrir cosas distintas.

No sólo ellos, sino también su vida, va a cambiar.

Preparan su cuerpo y su mente para esta conversión en otra persona que nada tiene que ver con la que los atrapa en invierno.

Desean sentirse vivos, delgados, leer lo que no pueden “por falta de tiempo” mientras trabajan, ansían dejar de sentirse tan cansados, tan hastiados de todo y de ellos mismos.

Algunos sueñan que se van a enamorar y dejarán de sentirse solos para emprender una vida en la que compartan todo con el amor de su vida.

Otros, que “algo” va a ocurrir, una especie de milagro, mientras beben esa cerveza fría en la terraza, que hará que su monótono trabajo desaparezca y que su vida deje de ser anodina para ser parecida a la de James Bonn, un sin parar de aventuras.

Todo promete y los sueños se vuelven tan reales que te obligan a saltar de la cama para prepararte para el verano.

El cambio.

Y habrá un cambio, lo habrá y grande.

Cuando volváis de vacaciones, después de haber tenido largas horas de tiempo libre, no sólo habréis visto la realidad de vuestra vida, sino que probablemente los días ociosos os hayan permitido que compartir más horas con vuestras parejas.

Y todo cambiará después del verano.

Muchos comenzaréis los trámites de divorcio a causa de las acaloradas discusiones por el calor y el exceso de horas con alguien que, como veíais tan poco, os parecía conocer.

Otros, habréis cambiado vuestras grandes barrigas, por otras aún mayores, tras haber comido de todo, porque estabais de vacaciones.

Esa joven mujer u hombre, que se había fijado en vosotros el año pasado, os ha visto más viejos y ha dejado de lanzaros aquellas miradas que presagiaban el milagro de un nuevo amor en vuestras vidas.

El saldo de vuestro banco, después de las vacaciones también habrá sufrido un cambio. Uno que probablemente os obligue a establecer una relación mucho más intensa con vuestro director de banco, que a partir de ahora, os llamará por teléfono con más frecuencia.

Podéis seguir creyendo que, después del verano, todo habrá cambiado, porque es verdad, cambiará 🙂

Sexo y Crítica Literaria

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Cuando estudiaba en la Universidad, tenía un profesor de Crítica Literaria obsesionado por el sexo.

Recuerdo como si fuese hoy que, después de una hora de darnos clase, salía del aula con el pelo revuelto y de punta, con toda la ropa llena de tiza, con la mitad de su camisa por fuera del pantalón y respirando de forma agitada. En vez de salir de impartir clase, parecía que hubiese tenido un orgasmo.

Sus clases de Literatura eran pésimas. Jamás terminaba las frases que empezaba, sólo alzaba los ojos al techo como imaginando algo que nunca llegábamos a saber qué era.

“¿Habéis leído a…?” “¿Y el párrafo donde dice…? ¡No puedo ni decirlo en alto!¡Es puro sexo! ¡Todas esas alusiones a…!” Ninguna frase llegaba a su fin. Mientras, solía garabatear palabras sin sentido, carentes de contexto en la pizarra y así, justificaba el sueldo que no era justo que cobrase.

Estaba claro para mí, que no había leído ninguno de los libros sobre los que hablaba con tal vehemencia. Yo sí. Todos y cada uno. Conocía al dedillo el argumento, los personajes, pero lo más importante, interpretaba sin problemas el mensaje del autor, que nada tenía que ver con el sexo.

Este hombre que paseaba como un león enjaulado durante toda la clase, alzando sus brazos al cielo, reemplazaba su falta de conocimientos representando ante sus alumnos una obra de teatro ridícula a mis ojos.

“¿Os habéis fijado en los buzones de Correos? ¡Qué escándalo! ¡Tendrían que retirarlos todos! ¡La ciudad entera está llena de símbolos fálicos!”

El problema era que, para aprobar la asignatura, no te quedaba otra que interpretar cualquier texto bajo este mismo prisma.

Por tanto, dejé de luchar contra corriente, y a pesar de mis acertadas interpretaciones literarias, comprendí lo que había que hacer.

No era complicado. En los textos de los exámenes sólo tenía que fijarme en todo lo que tuviera una forma alargada, estuviese duro, se ablandase, fuese un agujero negro (perdón a los astrofísicos a los que sé que les pagan por estudiarlos) o cualquier otra cosa que se pudiese identificar con sexo.

Todo era sexo. El examen era puro sexo y yo, de esta manera, conservaba mis sobresalientes y mi beca.

Eso sí, no se podía comentar de cualquier manera. Había que ser prolífica en matices, tener cuidado con las palabras, dejar paso a la imaginación, abrir puertas o entreabrirlas, pero sutilmente, para que mis palabras enganchasen a mi profesor y leyese mis textos hasta el final.

Yo me imagino a este buen señor corrigiendo mis exámenes. Recuerdo ser extremadamente discreta en mis comentarios y emplear todo tipo de eufemismos y rodeos dejando, eso sí, siempre claros todos y cada uno de los símbolos a los que el pobre autor de la obra en cuestión nunca había querido referirse.

Yo escribía mis análisis literarios desde la única perspectiva que él aceptaba y utilizaba toda mi imaginación procurando interpretar palabras desde su perspectiva enfermiza. Todo ello, con el único fin de aprobar sin estar de acuerdo con lo que escribía.

Después de corregir mis exámenes, puedo imaginar que tendría que darse una larga ducha fría.

Lo sospecho por el estado en el que estaban las hojas cuando me las entregaba en clase ya corregidas. Llenas de garabatos rojos sin pulso, dibujos inacabados, hojas arrugadas y manoseadas. Papeles que, en vez de parecer que se habían escrito escasos días atrás, daban la impresión de haber salido del siglo XV y en mal estado de conservación.

Me los entregaba mirándome fijamente a los ojos, jadeante y yo leía: “Sobresaliente” en enormes letras escritas con sus manos temblorosas con un rotulador rojo que ocupaba toda la hoja principal. Mientras mi profesor me decía: “Excelente interpretación. Has llegado hasta el fondo.”

Yo sentía un escalofrío por todo el cuerpo cada vez que hacía este tipo de comentarios. Procuraba que aquel momento durase poco tiempo y, a ser posible, no establecer contacto visual con él. Luego respiraba profundamente sin atreverme casi a tocar las hojas que me habían sido entregadas y pensaba lo difícil que era conseguir un sobresaliente.

Es una pena que existan profesores tan malos y digo malos porque, aún después de tantos años, sigo convencida de que este profesor universitario con una licenciatura de una universidad cuyo nombre nadie conocía, no había leído ni uno de los libros, que yo sí me tragué. Libros que ya puedo comentar sin tener que hablar de ningún símbolo sexual donde no lo hay.

¡Qué liberación!

 

 

El rostro, reflejo de tu interior

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“La cara es el espejo del alma, y los ojos son sus intérpretes”.

“Imago animi vultus, iudices oculi”.

Cicerón

A medida que nos hacemos mayores, los sentimientos y lo que hemos vivido, se va reflejando en nuestro rostro, mirada y gestos, de tal forma, que ningún cirujano plástico podría copiar o cambiar, a no ser que nos hinchase de botox de tal manera que consiguiese que tuviéramos la expresión del pato Donald. Con esa cara, todo signo de averiguar qué se esconde debajo, sería inútil. Eso sí, te puedes casar con Daisy J

Hay una gran noticia para la mayoría de la gente que carece de sentimientos y es que no se dan cuenta.

Esto es algo muy bueno para ellos porque así no sufren. Y van por la vida diciendo que están llenos de buenos sentimientos, cuando sus actos delatan que no sienten nada.

Si os fijáis en la manera de sonreír, de mirar, de atender, y también del tono de voz de una persona, descubriréis un sinfín de cosas sobre ella sin necesidad de preguntar.

¿No tenéis la foto de alguien que en su juventud parecía que iba a ser un chico encantador y pasados unos años lo veis por la calle y se os ponen los pelos de punta del susto?

No se trata de envejecer, se trata de cómo ha vivido, de cómo piensa, de cómo siente esa persona.

La cara es un espejo que pocas veces puede ocultar la trayectoria de nuestra vida.

Refleja lo que hemos leído, aunque nos hayamos olvidado de ello, lo que hemos sentido alguna vez, lo que hemos llorado, los valores que procuramos seguir, lo real que hay en nosotros.

Hace poco ví la foto de un chico que, hace unos años, tenía unas bonitas facciones que reflejaban un cuadro aún sin pintar.

Ahora esa persona se ha convertido en alguien que lleva una vida vacía, aunque él cree que no. Ha dejado de luchar y eso se ha reflejado en su cara adornada ahora por una fláccida papada colgante que lo persigue sin piedad. Su cuerpo, más bien alto y atlético refleja el cansancio y los kilos de alguien sin edad definida. Y, aunque sólo tenga cuarenta y tantos, es una persona que se deja llevar por la vida sin metas de ningún tipo, que busca esos placeres inmediatos que son compañeros inseparables de una soledad que se niega a reconocer.

Él no ha cultivado su interior. Eso se refleja en su cara, unas veces de vacío, otras de venganza, crueldad o egoísmo, las cuales, por años de ensayo, ejecuta bien. Sin embargo, como digo, él, como otros, tiene la suerte de no darse cuenta y afirma a los cuatro vientos que es una persona de buenos sentimientos que trata bien a la gente.

Ya lo decía Cicerón.

“La cara es el espejo del alma, y los ojos son sus intérpretes”.

 

Calamitosas vulgaridades y maquillaje de palabras

 

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Cuando se me acerca un hombre que quiere ligar y lo primero que me dice es: “Yo soy un hombre muy sincero” aunque yo jamás se lo haya preguntado, ni se me haya pasado por la cabeza que no lo fuera, ¿no es algo sospechoso que sea su primera frase? Vale, eso se traduce en mi cabeza como: “Este tío es un mentiroso”.

Excepto en contadas ocasiones y por motivos fundados, no miento, por tanto no suelo presentarme a la gente y decirle, “¿Sabes qué? Yo no miento nunca”. Si alguna vez lo digo, marchaos rápidamente.

De igual manera, cuando se me acerca alguien y me dice: “Yo trato muy bien a las mujeres”. Aparte de sonarme machista, me suena a que las trata fatal. Y ya cuando ves que va saludando a las tan bien tratadas féminas y ellas responden dando imperceptibles e inconscientes pasitos hacia atrás, la cosa queda meridianamente clara.

Existe otra frase que me pone verdaderamente enferma, comprendo que debe de tratarse de alguna moda salida de algún descerebrado y a la gente se le ha pegado. Me refiero a: “Soy muy amigo de mis amigos” Pero, ¿de quién vas a ser amigo, de tus enemigos? Hace falta ser inepto. La frase que quieren decir es: “Tengo muy buenos amigos”.

Hay otro tipo de hombres que te advierten con premura que “jamás les faltes al respeto” La verdad, nunca lo he entendido. Es como si yo me acerco a alguien y le espeto a la cara “No me toques nunca este ojo”. Evidentemente es que tengo un problema con el ojo. Pues lo que les pasa a éstos es que sí les han faltado mucho al respeto, es decir, que tienen la autoestima por los suelos.

De igual manera, no llevo nada bien los cambios en las expresiones que se han utilizado toda la vida para intentar hablar de una manera más culta.

Me refiero a frases como: “me están comiendo la cabeza”, en vez de “me están comiendo el coco” o “me están lavando el cerebro”. Es la expresión de toda la vida. Y además, no se dan cuenta de que la cabeza es lo de fuera.

Hay otros que, en su afán de hablar de una forma “más fina”, se empeñan en evitar a toda costa mencionar la palabra “pelo”. Ellos carecen de pelos ¡qué asco! Y suelen decir: “Se me ponen los vellos de punta”. Y aunque la palabra “vello” se utiliza, jamás se usó en esta expresión tan corriente, hasta que la acuñó la Pantoja, qué sí tenía un problema de pelos.

Asímismo, estoy harta de oír continuamente en los medios de comunicación más prestigiosos la expresión “personas humanas” ¿Es que existen las “personas inhumanas”? Yo las llamo simplemente “animales”.

No hace falta que intentemos mejorar estas expresiones de nuestro idioma. Están ahí para ser utilizadas con propiedad y dentro de un registro concreto.

 

Soledad y nuevas tecnologías

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En un mundo donde las nuevas tecnologías nos mantienen conectados de forma fácil y permanente, se ha impuesto la incomunicación.

Cafés, terrazas, calles, semáforos están invadidos por gente que le habla a algún tipo de aparato, fantasmas que ríen, hablan y caminan solos, en un empeño desesperado de aparentar estar permanentemente ocupados y de imaginar que no están solos.

En un intento de escapar de esa soledad que nos engulle, utilizamos escapes que no son otra cosa que un mero espejo de la mentira en la que parece que no estamos solos.

Un día entero sin luz eléctrica, sin posible conexión a redes u otro tipo de aparatos, se torna insoportable, eterno e incluso enloquecedor para un inmenso número de personas.

Sentarse en un café y mirar hacia el cielo, abandonando tu mente al disfrute de las sensaciones que te rodean, como olores, pensamientos o miradas cruzadas con otros seres humanos, no es algo fácil de ver.

Y en vez de eso, vemos imágenes de gente pegadas a pantallas, fomentando su aislamiento, cultivando sus miedos, no haciendo frente a sus inseguridades y asegurando el muro que los separa del mundo real, que es en realidad en el que deberían vivir.

Sin tecnología aparece el fantasma de la soledad, el temido despertar de una consciencia adormecida.

El ser humano es un ser social. Las relaciones sociales no son siempre agradables, requieren esfuerzo y, en muchas ocasiones, son molestas.

Resulta difícil imaginar hoy en día a esa vecina que aparecía sin previo aviso por la puerta a pedirte algo que se le había acabado o que se sentaba a tomar café en tu salón sin haber sido invitada.

En vez de eso, nos encontramos a diario con caras hurañas o gente que le sonríe al móvil, perdidas en un sueño del que se niegan a despertar, porque las relaciones sociales les producen miedo.

Y veo gente que fuma sin necesidad porque no soportan tener las manos libres, gente que no puede apartar su mirada de su móvil, mientras imaginan que están teniendo una conversación real, personas incapaces de conocer a otra gente que la que ya conoce, ni de desplazarse a lugares que los ya frecuentados y que les proporcionan esa seguridad que confunden con felicidad.

Personas que a través de los años, se ven presos de unas costumbres que no pueden abandonar y de las que ya no son conscientes.

No se trata de vivir arriesgando, se trata de volver a ser capaces de vivir mirando más hacia el ser humano que a las máquinas.

Esa deshumanización, es más cómoda y más triste.

Las tecnologías, como todos los avances son un privilegio, pero el mal uso de las mismas, un error.

En el pasado existía la sensación de pertenencia a una comunidad y las relaciones humanas eran normales.

Hoy vemos, cómo se destapa la verdad de un universo egoísta, cómodo y solitario que, como una tela invisible, nos va atrapando, un entramado en el que evitamos en lo posible las molestias externas.

El universo en el que no aceptamos que un amigo pueda necesitar nuestra ayuda a una hora intempestiva. Y nos movemos en un mundo virtual en el que los sentimientos van desvaneciéndose paulatinamente, en el que los roces, las miradas, se evitan en lo posible.

Familia, amistad, amor son difíciles de encontrar, son molestos a veces, requieren sacrificio, esfuerzo, pero todo lo cómodo nos hace morir un poco más cada día.

Seamos valientes y dejemos que nos molesten, por lo menos un poco.